Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: asuntos godos

Por lo que hace a los dramas de asunto godo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, sus respectivas acciones vienen a coincidir con sendos momentos críticos de la historia nacional: uno, la conversión de Recaredo al catolicismo, que supuso la unidad de culto de todo el territorio peninsular; otro, los primeros años de resistencia cristiana tras la invasión musulmana y la derrota del Guadalete en 711. En ambos casos consigue Gómez de Avellaneda una ambientación histórica bastante lograda, no tanto por la adecuación de los hechos concretos que presenta a los sucesos realmente acontecidos, como por la plasmación de un «ambiente histórico», del «espíritu» de una época. Por ejemplo, en Recaredo está muy bien descrito, en escena de tono colorista subrayado por la musicalidad del verso, la séptima del acto III, lo que significó esa «unidad de culto» tras la conversión del monarca godo al catolicismo: en las calles se abrazan «godos, suevos y romanos, / que hermana un gozo común», y allí «Se ven con ledos semblantes, / ancianos, mozos, infantes, / esposas, viudas, doncellas» (p. 133a); es decir, participan del regocijo popular gentes de los tres pueblos principales de la Hispania y, además, gentes pertenecientes a todas las clases sociales, edades y condiciones, dentro de cada uno de ellos. Y todo magnificado por la presencia de un anciano de cabello cano, de aspecto noble y grave, en cuyo rostro brilla «de entusiasmo fuego santo», que no es sino Leandro, el obispo de Sevilla.

San Leandro de Sevilla

Con estas palabras relata el Duque a Recaredo lo que sucede en las calles de Toledo:

Allí, gran rey, se confunden
ricos trajes, pobres sayos…
Y el sol, al lanzar sus rayos
—que nueva vida difunden—
sobre aquel cuadro grandioso,
envuelve a par con su luz
del monje el pardo capuz,
los timbres del poderoso,
el pellico del pastor,
la cimera del guerrero,
la alforja del pordiosero
y el bieldo del labrador (p. 133a-b).

En el segundo, Egilona, destacaría en este sentido el final apoteósico, pleno de patriotismo españolista, en que se anuncia a los moros que Rodrigo vive y que se halla dispuesto, junto con Pelayo, para vencerlos y abatir su poder, como simboliza Egilona arrojando al suelo y pisando el estandarte musulmán: los guerreros cristianos lograrán «la libertad del español imperio» y acabarán con el «dominio infando» de los árabes «al tremolar de Cristo los pendones / de uno al otro confín del suelo ibero» (p. 57b). Final efectista que, sin duda alguna, arrancaría los aplausos entusiásticos del público.

En fin, estos dos dramas históricos de materia goda se asemejan también por la importancia que adquiere en el desarrollo de sus respectivos argumentos el sentimiento amoroso: en Recaredo, lo principal de la trama se basa en la relación que se teje entre la princesa sueva Bada y el rey godo, impedida inicialmente por dos causas: en primer lugar, el hecho de ser Recaredo descendiente de Leovigildo, el destructor de la familia de la mujer que ama; en segundo lugar, por un voto solemne de servir a Dios que hace Bada. Al final, la conversión de Recaredo al catolicismo y la oportuna anulación del voto pronunciado permitirán el triunfo del amor y el final feliz del desenlace. Por lo que respecta a Egilona, el conflicto se resume en el amor del emir Abdalasis por dicha dama goda, supuesta viuda del rey don Rodrigo; tal sentimiento se ve frustrado por la reaparición del monarca godo y, en última instancia, por la muerte del caudillo musulmán[1].


[1] Citaré por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Una dosis mínima del Quijote

No puedo detallar ahora —ni siquiera de forma muy resumida— toda la riqueza literaria y toda la complejidad narrativa de una obra maestra tan universal como es el Quijote, cuya Primera parte se publico en 1605 y su continuación o Segunda parte en 1615 (vamos ya, poco a poco, acercándonos a este nuevo centenario). Baste con decir, como primera aproximación o dosis mínima en forma de entrada del blog, que la historia protagonizada por el hidalgo Alonso Quijano, transformado por la locura y la fuerza de la imaginación en el caballero andante don Quijote de la Mancha, convirtió a su autor en el «padre de la novela europea moderna».

El propósito declarado de Cervantes para escribir su libro es el de parodiar el género de las novelas de caballerías, que habían degenerado hasta el punto de convertirse en relatos llenos de disparates. Pero es obvio que el Quijote es mucho más que una parodia genial. La perfecta construcción de don Quijote, un personaje complejo (loco entreverado de cuerdo), un verdadero héroe problemático, unida al alarde estructural y de técnicas narrativas (multiperspectivismo, ironía, distanciamiento…) de que hace gala Cervantes, son elementos que dan como resultado una de las más grandes obras de la literatura universal.

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

Recibido en su tiempo como un libro cómico, de entretenimiento (don Quijote y Sancho son figuras, personajes ridículos de los que todos pueden burlarse y reírse a su costa…), el Quijote fue cargándose de valores más profundos, simbólicos y complejos con el paso de los siglos, con multitud de lecturas e interpretaciones. La galería de personajes principales y secundarios, el conjunto de historias amenas y episodios interesantes que encierra en sus dos partes son de una riqueza verdaderamente impresionante. Todavía más: como se ha afirmado, en el Quijote está compendiada toda la España de Cervantes, de la que es un magnífico reflejo (reflejo pasado, desde luego, por el tamiz de lo literario). En fin, con toda razón se ha considerado que el Quijote es, a la vez, la genial síntesis de todas las modalidades narrativas de su tiempo y el punto de partida de toda la novelística posterior[1].


[1] Para más detalles remito a la guía de lectura preparada por Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote: Miguel de Cervantes, Berriozar, Cénlit Ediciones, 2006. Y, por supuesto, también a futuras entradas de este blog insular y barañario.

Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: asuntos medievales

Voy a analizar las seis obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda que mejor responden, en el conjunto de su producción dramática, a la categoría del drama histórico[1]. Atendiendo a las épocas en que se sitúa la acción de estas piezas, pueden ser agrupadas en tres parejas: Munio Alfonso (1844) y El Príncipe de Viana (1844) están ambientadas en la Edad Media española; otras dos son de materia goda, Egilona (1845) y Recaredo (que fue estrenada en 1850 como Flavio Recaredo); y las dos últimas versan sobre materia bíblica, Saúl (1849) y Baltasar (1858).

Una primera característica común que puede señalarse para las seis obras es la acertada elección de las tramas argumentales y de los momentos históricos. Los dos dramas de ambientación medieval se articulan en torno a la muerte violenta de un personaje: Munio Alfonso ofrece el dramatismo del asesinato de Fronilde, que muere a manos de su propio padre, quien desea lavar con su sangre la supuesta deshonra familiar. El Príncipe de Viana, por su parte, presenta el envenenamiento —recurso tan del gusto romántico— del joven don Carlos, nieto de Carlos III el Noble de Navarra, hijo de Juan II de Aragón, y heredero frustrado de ambas coronas. Ambos se presentan con el subtítulo de drama trágico original. Existe, no obstante, una diferencia esencial entre las dos piezas, y es que la mayor contención que apreciamos en Munio Alfonso, y sobre todo el estricto respeto de las tres unidades (con una mayor concentración espacial y temporal), acercan a esta obra de forma muy clara a la tragedia.

Carlos, Príncipe de Viana

De hecho, en el «Prefacio» antepuesto a Munio Alfonso, a la hora de editar el texto refundido, indica Gómez de Avellaneda que quería probar con esta pieza «que la edad media —desdeñada por la mayoría de los autores clásicos dramáticos— podía suministrar argumentos y caracteres no menos dignos de la tragedia que los rebuscados todavía en las historias de los antiguos Griegos y Romanos» (p. 9). Munio Alfonso es un drama histórico que reúne casi todas las cualidades de la tragedia, al mismo tiempo que se aproxima al drama de honor, de signo cuasi calderoniano, por la venganza ejecutada por el padre agraviado. El personaje trágico, más bien que Fronilde, la víctima inocente, es su propio padre, precisamente el personaje que da título a la obra, pues Munio Alfonso se ve arrastrado a la durísima decisión de acabar con su descendencia por acatar las férreas disposiciones del código del honor. Además, a lo largo de toda la obra se va subrayando por medio de pequeños detalles, pero de modo muy eficaz, el profundo amor que existe en la relación paterno-filial[2], circunstancia que hace más dura, si cabe, la trágica decisión a que se ve abocado. La muerte de Fronilde no remata la acción del drama, sino que ocurre al final del acto tercero (para ser más exacto, se vislumbra inminente en la última escena de ese acto, y Munio confiesa el asesinato al Arzobispo en la escena tercera del cuarto y último acto). Quedan, pues, todavía varias escenas en las que, aparte de atar los cabos de la rivalidad amorosa entre el infante don Sancho y el conde don Pedro, se señalará la penitencia que el propio Munio Alfonso se impone para tratar de expiar su culpa: peregrinar a Jerusalén y pelear hasta la muerte contra los moros[3].


[1] Citaré por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena.

[2] Por ejemplo, en la escena segunda del acto III donde, tras aludirse a la muerte de la madre de Fronilde, Munio Alfonso bendice a su hija, a la que ve todavía como modelo de pureza e inocencia, llegando a derramar incluso algunas lágrimas.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Otras formas de teatro breve: villancico teatral, folla, matachines y títeres

Finalizaremos el repaso de otras modalidades del teatro breve del Siglo de Oro español con unas breves notas sobre el villancico teatral, la folla, los matachines o los títeres.

El villancico teatral       

Forma parateatral del villancico lírico, que se cantaba o representaba en Navidad y otras fiestas, con ciertos elementos en común con las mojigangas (por ejemplo, el empleo de disfraces) y de carácter contrafactístico. Así, la pieza que comienza «Al villano se lo dan / entre pajas el blanco pan» es una versión a lo divino de «Al villano se la dan / la ventura con el pan».

La folla

Escribe Covarrubias: «Los comediantes, cuando representan muchos entremeses juntos sin comedia ni representación grave, la llaman folla, y con razón, porque todo es locura, chacota y risa». La folla es, por tanto, la acumulación de varias piezas cortas, particularmente entremeses (folla de entremeses), representados bien en su totalidad, bien fragmentariamente, a modo de popurrí. La crítica ha discutido su consideración: para Luis Estepa constituye un género dramático diferente, no así para Huerta Calvo, quien escribe: «Más que una forma literaria diferenciable de las anteriores, la folla (de folía, ‘locura’) era una modalidad de espectáculo, que podía agrupar un conjunto de piezas cortas representadas una tras otra en bulliciosa y frenética sucesión, sin la comedia»[1].

Los matachines

Especie de pantomima que describe con detalle Bances Candamo en su Teatro de los teatros; indica que sus ejecutantes llevan a cabo unos movimientos «los más ridículos que pueden, ya haciendo que se encuentran dos de noche, y fingiéndose el uno temeroso del otro se apartan entrambos. Luego se van llegando como desengañándose, se acarician, se reconocen, bailan juntos, se vuelven a enojar, riñen con espadas de palo dando golpes al compás de la música, se asombran graciosamente de una hinchada vejiga que acaso aparece entre los dos, se llegan a ella y se retiran, y en fin, saltando sobre ella la revientan y se fingen muertos al estruendo de su estallido»[2]. La encontramos descrita también en la Mojiganga de los oficios y matachines de Antonio de Zamora.

Los títeres

En el Siglo de Oro fueron muy frecuentes los espectáculos de acróbatas, volatines, titiriteros, autómatas, linternas mágicas, retablos o mundi novis, que alcanzaron gran difusión en España merced a las compañías italianas[3]. Recuérdese el famoso episodio de maese Pedro en Quijote, II, 26-27, con la interrumpida representación del Retablo de Melisendra.

Retablo de la libertad de Melisendra


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 80.

[2] Francisco Antonio de Bances y Candamo, Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos, ed. de Duncan Moir, London, Tamesis Books, 1970, p. 25.

[3] Véase John E. Varey, Historia de los títeres en España desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Revista de Occidente, 1957.

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y sus dramas históricos

En la producción dramática de Gertrudis Gómez de Avellaneda[1] (Puerto Príncipe, Cuba, 1814-Madrid, 1873), como en la de muchos otros autores románticos españoles, ocupa un lugar destacado un conjunto de piezas que, con mayor o menor propiedad, pueden ser incluidos bajo ese marbete de dramas históricos. En sucesivas entradas voy a ocuparme de algunas de esas obras: El Príncipe de Viana, Munio Alfonso, Egilona, Recaredo, Saúl y Baltasar, que son las seis que, en mi opinión, mejor se ajustan a dicha etiqueta.

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Existen, ciertamente, otras piezas de Gómez de Avellaneda que sitúan su acción en épocas pasadas, como La verdad vence apariencias (centrada en Castilla, hacia 1367-1370, en el momento del triunfo en Montiel de Enrique de Trastámara), El donativo del diablo («La escena en Suiza, cantón de Friburgo, corriendo el primer tercio del siglo XV»), La hija del rey René (ambientada en Provenza, también en el siglo XV), Oráculos de Talía o Los duendes en Palacio (últimos tiempos de la minoría de Carlos II) o Tres amores (reinado de Carlos III). Pero no siempre la ambientación histórica en una época pasada implica necesariamente que estemos ante un drama histórico: puede ser, como en el caso de Oráculos de Talía, un intento de imitación de las comedias clásicas del Siglo de Oro; o puede tratarse simplemente de un drama de corte romántico (como sucede con Macías, de Larra, con El trovador, de García Gutiérrez y con Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch) para el que su autor ha tenido a bien elegir una localización en el pasado, pero sin que exista el expreso deseo de convertir la historia en objeto de la poesía[2]. Esta característica, la intención del autor de acercarse literariamente a un personaje o un suceso histórico, constituye, en mi opinión, la verdadera piedra de toque para determinar si una determinada obra, ya sea novela, ya sea drama, puede ser apellidada con justicia como histórica.

En este sentido, considero que ese requisito fundamental se da preferentemente en las seis obras citadas en primer lugar, que son además de mayor calidad literaria que las enumeradas después, razones ambas por las que me inclino a escogerlas como corpus de trabajo para esta pequeña aportación sobre el drama histórico de Gertrudis Gómez de Avellaneda[3].


[1] Algunos trabajos destacados sobre su vida y sus obras: Edwin B. Williams, The Life and Dramatics Works of Gertrudis Gómez de Avellaneda, Pennsylvania, 1924; Domingo Figuerola-Caneda, Gertrudis Gómez de Avellaneda. Bibliografía, biografía e iconografía, Madrid, 1929; Emilio Cotarelo y Mori, La Avellaneda y sus obras. Ensayo biográfico y crítico, Madrid, 1930; Rafael Marquina, Gertrudis Gómez de Avellaneda, La Peregrina, La Habana, Trópico, 1939; Mercedes Ballesteros, Vida de la Avellaneda, Madrid, 1949;  y Carmen Bravo-Villasante, Una vida romántica. La Avellaneda, Barcelona, Edhasa, 1967.

[2] Cabría recordar la distinción establecida por Ricardo Navas Ruiz, en El romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 82, entre tres tipos de drama histórico romántico: el romántico, el histórico-político y el arqueológico. En el «romántico», a secas, el contenido histórico es «pretexto más que un objeto» (Macías, El trovador, Los amantes de Teruel); el «histórico-político» refleja un «espíritu de amor a la libertad y odio a las tiranías», y guarda relación con las «tragedias liberales de comienzos de siglo» (La conjuración de Venecia); el «arqueológico» es aquel que «bucea en la historia para revivirla sin otras intenciones ni preocupaciones» (Doña María de Molina, del Marqués de Molíns).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Otras formas de teatro breve: sainete, fin de fiesta, bailete e intermedio lírico

En el corpus del teatro breve del Siglo de Oro español encontramos otros subgéneros como son el sainete, el fin de fiesta, el bailete, el intermedio lírico, el villancico teatral, la folla, los matachines o los títeres. Repasaremos hoy las cuatro primeras modalidades:

El sainete

El Diccionario de Autoridades indica que es «el intermedio que se hace entre la segunda y tercera jornada [de la comedia], cantado y bailado, y por eso llamado así, que por otro nombre se llama sainete». El vocablo, que se hace más abundante a partir de 1660, suele aparecer como sinónimo de entremés en las colecciones antológicas de la época: así, Flor de sainetes (1640), de Francisco Navarrete, o Sainetes y entremeses representados y cantados (1674), de Gil López de Armesto. Su triunfo definitivo se producirá en el siglo XVIII, en el que se prolonga la vigencia de los géneros dramáticos breves del Barroco.

El fin de fiesta

Constituía el remate de algunas fiestas palaciegas; por eso, estos fines de fiesta solían ser «de carácter más refinado que las mojigangas, pero en muchas ocasiones es difícil distinguir unos de otras»[1]. Abundan, especialmente, a finales del XVII y comienzos del XVIII. Por ejemplo, el Fin de fiesta para la comedia «El Faetón», de Antonio de Zamora.

El bailete

Variante del baile, «de más corta extensión, sin apenas trama argumental y de carácter muy cortesano en cuanto a su temática»[2], y parecido al fin de fiesta. Podemos recordar, a modo de ejemplo, el Bailete con que se dio fin la comedia «Duelos de ingenio y fortuna», de Bances Candamo.

Duelos de Ingenio y Fortuna, de Bances Candamo

El intermedio lírico

Son piezas que se desarrollan a finales del XVII, cantadas casi en su totalidad y por voces femeninas. Se trata de un subgénero muy lírico, cercano al mundo bucólico de la literatura pastoril. Autor destacado de esta modalidad es Gil López de Armesto, que con piezas como El pajarillo, El zagal agradecido o Las tonadas grandes del Retiro ha sido considerado precursor de la tonadilla del siglo XVIII.


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 78.

[2] Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, p. 78.

«Apuntes sobre el drama histórico», de Martínez de la Rosa (y 3)

Más adelante Martínez de la Rosa centra su atención en el tema de las tres unidades, comenzando por el comentario de la unidad de acción, que es tan necesaria en el drama histórico como en cualquier otra obra dramática que se precie de bien construida:

Habiéndose de representar un grave acontecimiento histórico, el arte del poeta consiste en elegir los hechos y circunstancias más notables que puedan dar de él una cabal idea; en disponerlos de manera que cada uno esté en el lugar más oportuno, sin dañarse los unos a los otros, y antes bien prestándose recíproca ayuda; y en abarcar de tal suerte todos los materiales, que pueda reunirlos como en un haz, y atarlos con un fuerte nudo (p. 343).

Respecto a la unidad de lugar, afirma que se puede tolerar en una pieza un par de cambios de decoración, ya que «Muy menguado concepto tendrá de su arte el poeta que sacrifique una situación hermosísima, o que incurra en un absurdo manifiesto, por no mudar una que otra vez el lugar de la escena» (p. 344). Así, sugiere por vía de ejemplo que la acción pueda ocurrir en un lugar distinto en cada acto.

Francisco Martínez de la Rosa

Por lo que toca a la unidad de tiempo, lo más adecuado sería comprimir los lapsos necesarios entre acto y acto, de forma que el tiempo representado en cada uno de ellos viniera a coincidir con el tiempo de representación[1]; puede aceptarse que la acción se dilate a lo largo de «algunos días», sin que sea necesario ajustarse al «angustioso plazo de veinticuatro horas»; pero tampoco es conveniente ni verosímil que, en el conjunto de la obra, transcurran «muchos años».

Por último, Martínez de la Rosa dedica algunos párrafos al estilo y al lenguaje, limitándose a señalar que ambos deben ser decorosos («acomodados al argumento, a la condición de las personas, a su situación y demás circunstancias», p. 345), intermedios entre los característicos de la comedia y del drama. Pero esta cuestión, apostilla, no depende específicamente de normas y reglas, sino que requiere más bien el buen gusto, «o, por mejor decir, el instinto del genio».


[1] Cfr. K. Spang, Teoría del drama. Lectura y análisis de la obra teatral, Pamplona, Eunsa, 1991, cap. 6, «Tiempo», especialmente las pp. 246-247.

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: la mojiganga

«La palabra mojiganga — escribe Huerta Calvo — parece provenir de boxiganga, y esta de bojigón, alteración de vejigón, luego mojigón, un tipo de máscara que llevaba unas vejigas atadas a un palo, que le servían para sacudir a quienes contemplaban los festejos carnavalescos»[1]. Existió, pues, primero la mojiganga como una fiesta pública típica de Carnaval, especie de comparsa de máscaras o cabalgata grotesca, caracterizada por el empleo de disfraces ridículos, exóticos y vistosos, organizada a veces por los distintos gremios, y con carácter eminentemente burlesco (temas y personajes de la mitología, la historia o la literatura). Más tarde, pasa al teatro y a Palacio, y se convierte en mojiganga teatral, siempre ligada al Carnaval. La mojiganga dramática supone la carnavalización del teatro breve: como bien escribe Madroñal,

si algún subgénero de teatro breve tiene que ver con el Carnaval, ese es precisamente la mojiganga dramática. La mojiganga, en cuanto significa presentación deliberada de confusión, mundo al revés, parodia, disfraz y otros componentes, es específicamente carnavalesca[2].

Según la define Cotarelo[3], la mojiganga dramática es una mascarada grotesca —procedente de la fiesta callejera— que se representaba como fin de fiesta teatral, y consistía en una serie de danzas descompuestas (entre ellas los matachines, a los que me referiré en una próxima entrada) y movimientos ridículos, disfraces de animales, etc. Igual de ridícula que la coreografía lo era la música, producida con instrumentos absurdos (el barullo estrepitoso que se formaba recibía el nombre de pandorga). Buezo ha establecido los principales rasgos definitorios de este género que alcanza su apogeo en torno a 1640[4]: estructura de desfile, disfraz, carácter grotesco o bufo, confusión y movimientos rápidos, abundancia de palos… Arellano, al tiempo que destaca el carácter elemental de estas piezas, basadas en el caos del movimiento y del ruido y en los vestidos ridículos y bufonescos, puntualiza que, como en el resto de géneros breves, «un examen sistemático revela, debajo de la aparente simplicidad, una variedad compleja y una serie de objetivos y funciones, según los ámbitos (cortesano, urbano, eclesiástico, etc.) en los que se desarrolla»[5].

Mojiganga del grupo de Teatro Experimental del Centro Asturiano

Para Asensio, el entremés de Los refranes del viejo celoso de Quevedo sería un antecedente claro de mojiganga. Algunas piezas breves de Quiñones de Benavente como El mago, Los planetas, La capeadora (segunda parte) o El casamiento de la Calle Mayor con el Prado Viejo han sido consideradas mojigangas. En cualquier caso, una de las mejores piezas del género se debe a Calderón, autor de La mojiganga de las visiones de la muerte, cuya trama presenta un mayor grado de elaboración. En ella,

un borracho se despierta para encontrarse con los actores de una compañía de cómicos (que van a representar un auto sacramental y han volcado el carro) vestidos de ángeles, demonios y Muerte, desorientando al pobre pasajero que no comprende dónde se encuentra ni a qué lógica responden un ángel jurador y un demonio que se santigua como buen cristiano[6].

Otros títulos de mojigangas calderonianas son Los sitios de recreación del Rey, El pésame de la viuda, La garapiña o Los guisados. También compusieron mojigangas otros autores como Juan Vélez de Guevara (Mojiganga de las figuras), Simón Aguado (Mojiganga de los niños de la Rollona), Suárez de Deza (Lo que pasa en el río de Madrid en el mes de julio, La ronda en noche de Carnestolendas, La ronda del alcalde, La encantada, Personajes de títulos de comedias), Monteser (La mojiganga de la ballena), Bances Candamo (Mojiganga para «El primer duelo del mundo»), Rodríguez de Villaviciosa (Las figuras y lo que pasa en una noche), León Merchante (Los motes, La manzana) o Francisco de Castro (El barrendero).


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 73.

[2] Abraham Madroñal, «Quiñones de Benavente y el teatro breve», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, Madrid, Gredos, 2003, vol. I, p. 1050.

[3] Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, ed. de Emilio Cotarelo y Mori, Madrid, Bailly-Baillière (NBAE), 1911, vol. I, p. CCXCI.

[4] Ver Catalina Buezo Canalejo, La mojiganga dramática. De la fiesta al teatro, Kassel, Reichenberger, 1993. Y también Mojigangas dramáticas (siglos XVII y XVIII), ed. de Catalina Buezo, Madrid, Cátedra, 2005.

[5] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 677.

[6] Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, p. 677.

«Apuntes sobre el drama histórico», de Martínez de la Rosa (2)

Ya los autores del teatro clásico español como Juan de la Cueva, Lope o Calderón—sigue comentando Martínez de la Rosa— llevaron a efecto algunas «imitaciones de hechos históricos, sobrado sencillas y groseras» (p. 338), que fueron bien acogidas, «concurriendo a ello de consuno el gusto de la nación y la inclinación de los poetas» (p. 340). Sin embargo, considera que el drama histórico exige «lento estudio y profunda meditación»[1], circunstancia que no se avenía bien con el talante de los autores auriseculares, que tendían más bien a dar rienda suelta a su «fácil inventiva», cometiendo a las veces «faltas groseras de geografía y de historia» (p. 341); además, a ellos les importaba mucho más la acción externa, la sucesión de lances y acontecimientos, que la introspección psicológica en los caracteres de los personajes.

Prosigue después con una interesante reflexión que atañe a la contraposición entre la verdad histórica y la verdad poética, a propósito del concepto de mímesis o imitación literaria, de raigambre aristotélica, y la dicotomía entre Naturaleza y Arte:

Cabalmente, cuando se trata de argumentos históricos, la primera verdad es la verdad de la imitación; pues aunque no se exija, y antes bien sea grave falta reducirse a una copia servil, nunca debe perderse de vista la índole de semejantes composiciones. Ni por eso haya miedo que a la imaginación del poeta le falte en ellas campo para ostentar sus fuerzas; que en las obras del arte, aun cuando se propongan retratar a la Naturaleza, siempre hay que corregir y hermosear; sólo es preciso cuidar grandemente de no soltar la rienda a la fantasía, ni dejarla correr a ciegas (pp. 341-342).

Aquí pone Martínez de la Rosa el dedo en la llaga pues, en efecto, el acierto de un dramaturgo —o de un novelista— histórico radica fundamentalmente en la adecuada proporción y en la sabia mezcla de los materiales históricos y de los elementos ficticios que acarrea para la construcción de su obra. El autor no debe pecar por defecto en su labor documental, ni tampoco por exceso, sin olvidar jamás que la producción resultante de esa mezcla de historia y poesía, de realidad y de ficción, es una obra ficticia correspondiente al terreno de la literatura, no de la historiografía: en las etiquetas drama histórico o novela histórica, lo histórico es lo adjetivo o circunstancial, en tanto que lo sustantivo o esencial es drama y novela.

La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa

En efecto, el autor de La conjuración de Venecia recomienda poco después con ahínco la fidelidad histórica, pero reconoce explícitamente que «el poeta no es cronista; el fin que se proponen es distinto, diversos los instrumentos de que se valen; sus obras no deben parecerse» (p. 342). Dado que un drama no está pensado para que el receptor lo lea con tranquilidad y detenimiento, sino para ser representado sobre la escena —sigue argumentando—, la obra ha de tener «acción, movimiento, vida» para que no resulte desangelada y fría. Al dramaturgo le resulta necesario tratar de «conmover el corazón, presentando al vivo sentimientos naturales y lucha de pasiones», para conseguir el objetivo «de embargar la atención, de excitar interés, y de ganar como por fuerza el ánimo de los espectadores». De esta forma, si así fuese, se lograría reunir en esta clase de dramas «la utilidad de la historia y el encanto de la tragedia» (p. 342).


[1] La misma característica hubiese señalado para las novelas: Martínez de la Rosa es representante de una corriente de novela histórica bien documentada, casi erudita, como demuestran las prolijas notas que acompañan a su Doña Isabel de Solís. 

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: la jácara

La palabra jácara, derivada de jaque, designa en su origen el romance cantado sobre la vida y andanzas de un rufián o valentón, habitualmente acompañado de su dama ‘prostituta’. La jácara era una pieza muy demandada en el espectáculo teatral barroco, y podía ir como pieza exenta (se representaba entonces en los entreactos) o bien dentro de una comedia o un entremés, para darles variedad.

Representacion teatral

Poco a poco, se convertirá en una especie de entremés cantado (normalmente por una actriz) o con alternancia de trozos cantados y representados (y a menudo bailables), con protagonistas rufianescos, que por lo general terminan recibiendo su castigo. La jácara, ya dialogada (recitada), ya entremesada (representada), describe el mundo marginal del hampa, dando entrada a su léxico peculiar, el de la germanía literaria. «La singularidad estética de la jácara estriba en el alarde de retórica cruel que se despliega en el escenario, y de la que no se evitan los detalles más escabrosos en punto a los castigos y las torturas que sufrían marcas y valentones», escribe Huerta Calvo[1]. Se conocen algunas jácaras de tema cortesano, muy pocas, y también otras a lo divino.

Dejando aparte ciertos precedentes como las composiciones recogidas por Juan Hidalgo en Romances de germanía (Barcelona, 1609), las jácaras poéticas —con escasas dimensiones teatrales— más célebres son las de Quevedo, que ha sido considerado el creador del género. Su Jácara del Escarramán (1612) se hizo famosísima y conoció infinidad de glosas e imitaciones. Además de Escarramán y la Méndez, otros personajes hampescos cantados por Quevedo fueron Lampuga o Añasco el de Talavera[2].

Cáncer, por su parte, escribió otras jácaras dedicadas a Mulato de Andújar, el Ñarro o Torote el de Andalucía, y además cuatro a lo divino sobre Santa Catalina, San Juan Bautista, San Francisco de Asís y San Juan Evangelista. A Calderón debemos la Jácara del Mellado y la Jácara de Carrasco; a Solís, Celos de un jaque y satisfacción de una marca; a Cáncer, Periquillo el de Madrid; a Diamante, La Pulga y la Chispa; a León Merchante, Gargolla. Quiñones incluye seis jácaras en Jocoseria (Jácara de doña Isabel, la ladrona, que azotaron y cortaron las orejas en Madrid, Jácara que se cantó en la compañía de Alonso de Olmedo, Jácara que se cantó en la compañía de Pedro de Ortegón, Jácara que cantó Francisca Paula en la compañía de Bartolomé Romero…), a las que hay que sumar su Jácara nueva de la plemática, publicada en Ociosidad entretenida (1668). El baile de Moreto La Chillona, que mencionaba en otra entrada, es ajacarado. Muchos otros autores, entre ellos Juan de Matos Fragoso, Antonio Folch de Cardona y Francisco de Avellaneda, escribieron jácaras, y Calderón se burló de esta moda en el entremés titulado Las jácaras[3].


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 71.

[2] Ver Francisco de Quevedo, Jácaras (Edition critique), Thèse présentée et sostenue publiquement par Emmanuel Marigno, Nancy, Université de Nancy II, 2000.

[3] En la actualidad, María Luisa Lobato (Universidad de Burgos) dirige un proyecto de investigación titulado Violencia y fatalismo en la literatura áurea: la jácara, que ha dado lugar a varias publicaciones y a la celebración de un congreso sobre el tema (Burgos, octubre de 2012).