Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (y 3)

Pero pese a su éxito, la novela histórica romántica española tuvo sus detractores. Es muy interesante, en este sentido, el artículo titulado «La novela» que apareció en el Semanario Pintoresco Español, con las iniciales de Ramón de Mesonero Romanos, del que extracto estas dos citas[1]:

La novela de costumbres contemporáneas […] hubo de ceder el cetro a la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo ancho campo en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás a los que pugnaban por imitarle. Y estos pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas modelos por cierto más dignos de respeto ¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales abultando los defectos, y no acertando a reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan a hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquel supo inventar o ennoblecer!

Vemos, por último, a la novela histórica de Walter Scott ridículamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando a los personajes históricos que pretende describir los atrevidos rasgos con que aquella pudo realzar a sus héroes fabulosos; remedando a veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

Ramón de Mesonero Romanos

Ramón de Navarrete, en otro artículo del Semanario, también condena la novela histórica, precisamente porque ni es novela ni es historia del todo:

¿Qué es la novela histórica? Una narración más o menos fiel, más o menos exacta, de sucesos pretéritos, amoldada a las intenciones del novelista, desfigurada según conviene a sus propósitos, y las más veces ridícula e infiel. ¿Puede ser algo más que esto? Por cierto que sí; pero entonces ha de faltar precisamente a las condiciones de su existencia; entonces ha de perder su amenidad, su interés, su ligereza, para convertirse en un curso indigesto de historia que nadie leerá; las mujeres porque se verán burladas en su esperanza y arrojarán el libro con enojo; los hombres porque preferirán la historia en su verdadero terreno, narrada con la detención conveniente, con la severidad que le es propia, con la exactitud indispensable. El que busque instrucción sana y esté sediento de estudio, no irá seguramente a beber en aguas tan turbias; el que desee divertir el ánimo, tampoco se contentará con aquello que le recree a medias[2].

Y en 1867, José Pulido y Espinosa, al hablar de las novelas, arremete contra este tipo peculiar que aquí estamos examinando, particularmente contra las publicadas por entregas que son, como cabe suponer, de peor calidad:

No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista no se cuida de la verdad sino que, truncando los hechos y los tiempos y dando tortura a la historia, finge sucesos y crea personajes e inventa situaciones que muchas veces hacen hasta visible el anacronismo que envuelven y las distancias que separan, para sostener un enredo que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni cabeza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad de pensamiento, ni en la verdad de los tipos que se presentan. ¿Se creerá tal vez probar en esto fecundidad e ingenio? ¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah, qué error! Montañas de pedruscos apenas dan quilates de rico mineral[3].


[1] Semanario Pintoresco Español, año 1839, t. I, p. 254.

[2] «La novela española», Semanario Pintoresco Español, año 1847, p. 83.

[3] Prólogo a Antonio de Padua, María Magdalena, novela bíblica original, Madrid, 1867. Recoge la cita Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 62.

Cervantes poeta: la «Canción desesperada» de Grisóstomo

Va inserta en Quijote, I, 14, en el contexto del episodio pastoril de Grisóstomo y Marcela. Abre ese capítulo, que lleva el epígrafe «Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos». En Sierra Morena, don Quijote tiene ocasión de asistir al entierro de Grisóstomo. Su amigo Ambrosio —que conserva los escritos del pastor, aunque tiene el encargo de quemarlos todos— explica que el último papel que escribió fue uno con el título de «Canción desesperada», y se lo entrega a Vivaldo para que lo lea mientras abren la sepultura.

Entierro del pastor Grisóstomo

El adjetivo desesperada se puede entender en un doble sentido: ‘sin esperanza’ o ‘propia de un suicida’, ya que en el Siglo de Oro la palabra desesperarse valía ‘suicidarse’. A lo largo del episodio Cervantes es ambiguo con relación a las causas del fallecimiento de Grisóstomo: suicidio o muerte por amor. Castro señaló que este era el único suicidio literario postridentino; para él, la canción explica lo que no cuenta la historia: que el pastor Grisóstomo se ha suicidado tras sufrir el desdén de la bella pastora Marcela[1]. Rosales, en cambio, consideró que se trataba de un suicidio metafórico; Avalle-Arce, por su parte, habló de la «realidad ambivalente» cervantina, y luego han seguido otras interpretaciones diversas[2]. Sea como sea, la canción, compuesta seguramente antes que el Quijote, fue introducida aquí para justificar, desde un punto de vista poético y subjetivo, la muerte del enamorado pastor[3].

La canción consta de ocho estancias más el envío final dirigido a la propia canción: 133 versos en total (demasiado extensa para copiarla aquí completa). Desarrolla el tópico de la «bella ingrata», de la «hermosa amada enemiga», que encontramos también en algunos sonetos cervantinos. El yo lírico anuncia que quiere lanzar su son doliente para que todo el mundo conozca la fuerza del «áspero rigor» (v. 3) de la amada desdeñosa, «tu rigor tan sin segundo» (v. 46), y la «pena cruel» (v. 31) que le causa. Así las cosas, anuncia: «Yo muero, en fin» (v. 81) y afirma que no le cabe esperar «buen suceso» (v. 82), ni en vida ni en muerte; pese a todo, señala, «alegre a tu rigor me ofrezco» (v. 102). En cuanto al estilo, cabe resumir con Valbuena Prat: «En el Quijote, en la misma canción de Grisóstomo algo prolija y retórica, abundan buenos versos y acertadas expresiones»[4].


[1] Es lo que parece declaran los versos 92-96: «Y con esta opinión y un duro lazo, / acelerando el miserable plazo / a que me han conducido sus desdenes, / ofreceré a los vientos cuerpo y alma, / sin lauro o palma de futuros bienes».

[2] Para las distintas interpretaciones del episodio y de la muerte de Grisóstomo (suicidio / muerte de amores), véase especialmente Américo Castro, Hacia Cervantes, Madrid, Taurus, 1957, p. 239; Luis Rosales, Cervantes y la libertad, vol. II, La libertad soñada, Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1960, pp. 486-510; Harry Sieber, «Society and Pastoral Vision in the Marcela-Grisóstomo Episode of Don Quijote», en J. M. Solà-Solé, A. Crisafulli y B. Damiani (eds.), Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, Barcelona, Hispam, 1974, pp. 185-194; Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes, Grisóstomo, Marcela, and Suicide», PMLA, 1974, pp. 1115-1116 y «Grisóstomo y Marcela (Cervantes y la verdad problemática)», en Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona, Ariel, 1975, pp. 89-116; H. Iventosh, «Cervantes and Courtly Love: The Grisóstomo-Marcela Episode of Don Quijote», PMLA, 1974, pp. 64-76 y 1975, p. 195; J. Herrero, «Arcadia’s Inferno: Cervantes’ Attack on Pastoral», Bulletin of Hispanic Studies, 1978, pp. 289-299; Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 712; Gaspar Garrote Bernal, «Intertextualidad poética y funciones de la poesía en el Quijote», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 121-122; y Stanislav Zimic, «La “muerte de amores” de Grisóstomo», en Los cuentos y las novelas del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 1998, pp. 37-58.

[3] «Bien les pareció a los que escuchado habían la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela» (p. 151). Tras la explicación de Ambrosio, se produce la súbita aparición de Marcela en lo alto de una peña, desde la que pronunciará su discurso sobre la libertad de amar (pp. 153-155) y su defensa por parte de don Quijote, quien pide que la pastora sea honrada y estimada; el episodio, en fin, se cierra con el entierro y el epitafio de Grisóstomo: «Yace aquí de un amador / el mísero cuerpo helado, / que fue pastor de ganado, / perdido por desamor. / Murió a manos del rigor / de una esquiva hermosa ingrata, / con quien su imperio dilata / la tiranía de amor» (p. 156).

[4] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 16. Adriana Lewis Galanes destaca «toda su perfección formal» («Cervantes: el poeta en su tiempo», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 171).

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (2)

Son muy importantes las consideraciones sobre la novela histórica que señala Estébanez Calderón en el «Prólogo» La campana de Huesca (1854), de Cánovas del Castillo. Ahí comenta varias de las dificultades inherentes al género: necesidad de investigación histórica para no falsear los hechos, pero sin caer tampoco en la pesadez, manejo de un idioma castizo, búsqueda de lo novedoso sin llegar al extremo de una exageración inverosímil, etc. Los resultados obtenidos en España no han sido muy felices, pero ello no se debe a la falta de genio entre nuestros autores para tratar los temas históricos, sino al hecho de que no se leen las antiguas crónicas.

Cubierta de La campana de Huesca

Sin embargo —añade Estébanez—, hay novelas que constituyen excepción:

En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa y como por curiosidad y desahogo excepcional, ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vagoDoña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad.

Los novelistas históricos pueden cumplir el doble objetivo señalado por Horacio que es el de deleitar aprovechando pues, al mismo tiempo que proporcionan entretenimiento, acercan la historia a personas poco capacitadas para leer estudios históricos. Así lo creía Garcí Sánchez del Pinar:

Hace algún tiempo que ciertos autores de novelas han dado en la flor de tomar por asunto de sus obras hechos históricos […]. Siendo los estudios históricos bastante áridos para muchos, en especial cuando se ojean las páginas de aquellos escritores que no saben referir más que batallas y acontecimientos políticos, algunos novelistas han pensado que podrían dar a conocer la historia a trozos, o en determinados períodos de la vida de un pueblo, convirtiendo en obras de arte ciertos hechos consignados en olvidadas crónicas[1].

La novela histórica triunfó pronto en España en los años 30. Cortada indica en unas palabras «Al lector» que preceden a La heredera de Sangumí que se ha decidido a publicar esta su segunda novela en vista de la buena acogida dispensada por el público a su primer relato, Tancredo en Asia[2]. Como se señala también en el Diario de Avisos de Madrid del 4 de mayo de 1832, en una noticia acerca de Inés de Castro, de Mme. Genlis,

desde que los escritores de novelas han tomado por asunto […] importantes pasajes de la historia de los pueblos, su lectura no es tan indiferente como se ha pretendido sostener hasta el día[3].


[1] Prólogo a su obra La campaña del terror o Las vísperas sicilianas, Madrid, 1857. Recoge la cita Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 79, nota.

[2] Ver Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 1128.

[3] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Cervantes poeta: el soneto de Policarpa en el «Persiles»

Es el tercero de los cuatro sonetos incluidos en el Persiles, y se encuentra en el Libro II, capítulo 3. Se intercala en un pasaje en que conversan Sinforosa, la hija del rey Policarpo, y Auristela, ambas decaídas, enfermas, por los efectos del amor que sienten por Periandro. El soneto desarrolla, en concreto, la imagen tópica del amor como enfermedad (aquí se habla de «generoso ardor», v. 5; «doliente ánima», v. 9; «enferma voz», v. 10; «calentura», v. 12; «señales», v. 14) y proclama la necesidad de silencio y secreto (condición imprescindible en el código del amor cortés). De la misma forma que la calentura, síntoma de una enfermedad física, causa señales en la boca, el ardor amoroso hace hablar al enamorado, viene a decir el soneto.

Amor como enfermedad

La voz lírica, dirigiéndose a un interlocutor poético de nombre Cintia, le aconseja que rompa ese silencio: ‘Si no te has desengañado y has recuperado la libertad, habla’. Pero en realidad el mensaje va claramente dirigido a Sinforosa, animándola a que declare su amor[1]. Desde el punto de vista formal, destaca el carácter bimembre del verso tercero («da riendas al dolor, suelta la vida») y la construcción en quiasmo del undécimo («decir la lengua lo que al alma toca»).

Cintia, si desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.

Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.

Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.

Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca[2].


[1] Y así, el soneto va a servir para determinar a la hija del rey Policarpo a seguir revelando a Auristela todo el deseo en que arde: «Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora de todos sus deseos, y, puesto que tenía determinado de sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir» (ed. Romero Muñoz, p. 295).

[2] Persiles, II, 3, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 295

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (1)

Desde el momento en que comienza a producirse este tipo de novela en España hubo división de opiniones al respecto, y surgen voces que defienden o atacan el nuevo género narrativo; y si en el Correo de las Damas de 20 de marzo de 1834 se puede leer que la novela romántica es un «tejido interminable de acontecimientos horrorosos aglomerados uno sobre otro con la mayor confusión posible»[1], para Milá y Fontanals, en cambio, esa novela histórica constituía el logro más glorioso de la literatura contemporánea (si bien es cierto que se refiere a la europea en general)[2].

Copiaré a continuación la definición de novela histórica que ofrece Lista, así como su opinión sobre las licencias que se puede permitir el novelista en el tratamiento de la historia, a propósito de una obra francesa que falsea los usos y caracteres históricos:

Con esta expresión compuesta, cuyas voces parece que se excluyen una y otra, se significan aquellas fábulas en las que, aunque haya aventuras y accidentes fingidos, pertenece sin embargo a la verdad histórica el cuadro en que se ajustan[3].

Acaso se responderá a nuestra censura que es lícito al poeta y al novelista desfigurar los hechos. Nosotros no les concedemos más licencia que la de embellecerlos, añadiendo episodios probables que se liguen e incorporen con ellos[4].

Repullés, al anunciar su colección, señala que lo único que se puede pedir al novelista histórico es la verosimilitud:

Lo más que puede exigirse del novelista es la verdad histórica conservada en la tinta particular y marcado colorido que a las costumbres de la época escogida sepa darle en el diálogo, en los hechos principales y circunstancias, formas características de ellas[5].

En el Prólogo de López Soler a su novela El primogénito de Alburquerque, indica el autor que su intención es pintar el reinado de Pedro el Cruel; y añade que si su intento de reconstrucción histórica no satisface a la erudición de sus lectores, a pesar de los estudios e investigaciones realizados, debe perdonársele «en gracia siquiera del laudabilísimo objeto que nos ha obligado a acometerlo»[6].

Portada de El primogenito de Alburquerque

Y en una reseña de esta novela, aparecida en la Revista Española el 2 de marzo de 1834, se lee respecto de la mezcla de ficción e historia:

La imaginación y la invención no deben ceder nunca su puesto a la narración de los hechos […] porque nadie, por más histórica que sea una novela, irá a beber en ella los datos que haya menester, y porque si un autor quiere escribir historia verdadera y fidedigna ni se lo impide nadie, ni nadie le obliga a que la llame Novela, antes al contrario agradeceríamoslo mucho todos, pues buena falta nos hace[7].


[1] Citado por Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, p. 53.

[2] Manuel Milá y Fontanals, Compendio de arte poética, Barcelona, 1844, p. 112. Ver Peers, Historia del movimiento romántico español, vol. II, p. 35.

[3] Alberto Lista, Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, vol. I, p. 156.

[4] Lista, Ensayos literarios y críticos, p. 162.

[5] Citado por Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 29.

[6] Tomo este dato de Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 74, nota.

[7] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Cervantes poeta: el soneto del enamorado portugués Sosa Coitiño en el «Persiles»

Inserto en el capítulo noveno del Libro I del Persiles, el tema central de este soneto —que se vale de una imagen marinera para simbolizar los riesgos y padecimientos del amor[1]— es la ponderación de la constancia. En efecto, se maneja el tópico del ejercicio amoroso, de la vida en general, como navegación (ya nos ha aparecido esta alegoría náutica en varios otros sonetos cervantinos). Se trata de un soneto de temática amorosa, que encaja perfectamente en el plano de la historia personal de Manuel de Sosa Coitiño, enamorado portugués que se mantiene firme en el ejercicio amoroso hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. El yo lírico defiende que el amante debe seguir firme su rumbo amoroso, sin desviarse de su derrota ni dar marcha atrás, por muchos que sean los peligros que lo amenacen, e incluso aunque falte la esperanza de llegar a seguro puerto. El amor, se explica, es enemigo de la mudanza, y ningún amor que no se aquilate con la firmeza en la adversidad —verdadera piedra de toque de su calidad— puede tener buen fin («próspero suceso», v. 13).

Navegación amorosa

Por otra parte, en el macrocontexto de la narración, se ajusta asimismo de forma espléndida a la situación que viven los personajes en ese instante, cuando van navegando en medio de un mar amenazador de borrascas y están rodeados de peligros por todas partes, algunos visibles, otros imprevisibles[2]. Buen ejemplo, de nuevo, de soneto manierista, con tema doble (amor y navegación) y bellas series trimembres en el primer cuarteto (especialmente bello y cadencioso es el primer verso).

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltara la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo amor de la mudanza
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza[3].


[1] El soneto maneja la alegoría tópica de la nave de amor, guiada en esta ocasión por la «limpia honestidad» (v. 8). Romero (en su edición del Persiles, p. 196, nota 13) remite como fuente al soneto CLXXXIX de Petrarca. Para las poesías del Persiles, véase J. Ignacio Díez Fernández, «Funciones de la poesía en Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 93-112; para los sonetos, en concreto, Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Barcelona, Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675.

[2] Joaquín Casalduero creía ver concentrado en este soneto todo el sentido de la novela, de acuerdo con su interpretación alegórica del conjunto (Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975, pp. 46 y 49). En efecto, la historia de Sosa Coitiño sirve de lección para Auristela y Periandro; véase Carlos Mata Induráin, «Bodas místicas vs bodas humanas en el Persiles de Cervantes: Sosa Coitiño y Leonora Pereira, contrapunto de Periandro y Auristela», en Ignacio Arellano y Jesús M.ª Usunáriz (eds.), El matrimonio en Europa y el mundo hispánico. Siglos XVI y XVII, Madrid, Visor Libros, 2005, pp. 95-112. Francisco Ynduráin señala que el soneto «viene a dar realce a una situación de sentimientos levantados», destacando que es un pasaje en que va unido sentimiento y canto («La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 226). Por su parte, Pedro Ruiz Pérez escribe: «Su soneto, además de hacer gala de un lirismo inhabitual en las poesías sueltas de Cervantes, resulta, por otra parte, un ejemplo perfecto de estructura manierista, tal como los señala Orozco en algunos sonetos gongorinos» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 171).

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, I, 9, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 196

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1845 a 1870)

La cuarta etapa sería de 1845 a 1870. Estamos ya en una fase posromántica en la que la novela histórica se escindirá en dos grandes corrientes[1]: por un lado, se continuará escribiendo una novela documentada, erudita o, por lo menos, seria, cultivada por autores como Cánovas del Castillo (La campana de Huesca, 1852)[2], Amós de Escalante (Ave, Maris Stella, 1877), Castelar (Fra Filippo Lippi, 1877; El suspiro del moro, 1885-1886) o Navarro Villoslada (Doña Blanca de Navarra, 1846; Doña Urraca de Castilla, 1849; Amaya, 1877). De otra parte, los temas históricos serán tomados en los años 50-60 por los entreguistas y autores de folletines (Fernández y González, Ortega y Frías, Parreño…), con escaso cuidado en la documentación y reconstrucción histórica (que se pierde en beneficio de la aventura, de la simple peripecia novelesca), lo que conducirá a la degeneración[3] y casi desaparición de la novela histórica romántica[4]. El año de 1870 es señero[5], en este sentido, al tener ya escrita Pérez Galdós La Fontana de Oro, obra con la que se iniciará una nueva forma de tratar la historia, sobre todo de ambiente contemporáneo, que culminará con las series de los Episodios Nacionales. Por otra parte, en la literatura no histórica ha triunfado ya plenamente el Realismo, movimiento en el que se producirá la gran novela española del siglo XIX.

Cubierta de La Fontana de Oro

En definitiva, la novela histórica romántica ofrece en España sus mejores frutos desde  1834 hasta 1844 —o desde 1830, si queremos incluir la novela de López Soler—[6], con una producción de cierta originalidad (pese a las grandes influencias recibidas, siempre señaladas, en lo concerniente a recursos narrativos y situaciones, sobre todo de las novelas de Scott). Con El señor de Bembibre, y al tiempo que empiezan a influir varios autores extranjeros en nuestro costumbrismo (Balzac, George Sand, Soulié…), culmina ese primer gran momento de la novela histórica española que coincide, grosso modo, con el triunfo del movimiento romántico. Todavía aparecerán después algunas obras importantes, pero habrá que esperar a Galdós y a sus Episodios nacionales para encontrar una renovación dentro de este peculiar subgénero narrativo.


[1] «Todavía en esta fase post-romántica se da algún que otro ejemplo de la novela romántica histórica, pero tienen todas ellas un aire de antiguallas teatrales. Ocurría con esta modalidad literaria del romanticismo lo que con otras muchas. No muere la novela histórica, se desintegra, y en el mismo proceso se transforma y se revitaliza. De un lado […], se degrada en manos de escritores que no conservan de la modalidad anterior más que el dominio de los temas y de la técnica. Es el caso de Fernández y González (cuya primera novela, La mancha de sangre, data de 1845) y, después de él, de todos los abastecedores de novelas seudohistóricas por entregas. De otro lado, y los ejemplos son mucho menos frecuentes, tenemos la novela histórica seria y documentada, siguiendo el ejemplo de Walter Scott, de Francisco Navarro Villoslada», escribe Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, pp. 35-36.

[2] Baroja no encontró, de todas formas, tan seria esta novela: «A mí me ha parecido Cánovas igualmente malo como orador que como escritor. Yo leí La campana de Huesca sin poder contenerme, a carcajadas» (Juventud, egolatría, Madrid, Caro Raggio, 1917, p. 292).

[3] La decadencia de la novela histórica romántica coincide con el desarrollo de la conciencia de la historicidad en España. Cfr. Enrique Tierno Galván, Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 19.

[4] Por supuesto, algunas novelas históricas con características similares a las románticas se pueden encontrar hasta finales de siglo, pero se trata de autores que cultivan una tendencia pasada ya de moda. En 1877 se publicarían tres obras importantes Ave, Maris Stella de Escalante, Fra Filippo Lippi de Castelar y Amaya de Navarro Villoslada, lo que permite a Amado Alonso hablar de «un conato de resurgimiento» de la novela histórica romántica (Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 66).

[5] «… el año 1870 es un año clave y límite para la novela española, ya que en el mes de diciembre del mismo, acabó su primera novela un tal Benito Pérez Galdós. Naturalmente, la novela histórica, en sus tres tendencias, se va a continuar produciendo pero, digámoslo cuanto antes y aunque sea en desdoro de un Navarro Villoslada, nos encontramos ya ante una moda fuera del tiempo, ante un hacer sin mucho significado para la historia literaria» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 202). La primera edición conocida de La Fontana de Oro es de 1871, pero conservo la fecha de 1870 que da Ferreras como tope final de la etapa, porque para entonces la novela ya estaba redactada.

[6] La antología de Felicidad Buendía recoge con las obras seleccionadas este marco temporal, con una novela de 1830 (Los bandos de Castilla), una de 1831 (La conquista de Valencia por el Cid), dos de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña), tres de 1835 (Ni rey ni Roque, El golpe en vago y La heredera de Sangumí), una de 1837 (Doña Isabel de Solís), otra de 1838 (Cristianos y moriscos) y la de Gil y Carrasco de 1844.

Cervantes poeta: soneto de don Antonio en La entretenida

Lo declama don Antonio, hermano de Marcela y enamorado de otra dama de igual nombre, al comienzo de la tercera jornada de La entretenida. Se construye con un motivo tópico asociado al del amor, el de los celos. Los dos cuartetos y el primer terceto muestran cómo muere y renace en primavera la naturaleza; en cambio, el segundo terceto establece el contrapunto en el plano amoroso: si el amante muere tras verse atacado por «la infernal rabia de los celos» (v. 14), ya jamás podrá renacer. Pondera, en definitiva, el poder abrasador de los celos, que eran considerados en la época hijos bastardos del amor[1].

 Árbol desnudo

En la sazón del erizado invierno,
desnudo el árbol de su flor y fruto,
cambia en un pardo desabrido luto
las esmeraldas del vestido tierno.

Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,
vuelve a cobrar el general tributo,
y al árbol seco, y de su humor enjuto,
halla con muestras de verdor interno.

Torna el pasado tiempo al mismo instante
y punto que pasó: que no lo arrasa
todo, pues tiemplan su rigor los cielos.

Pero no le sucede así al amante,
que habrá de perecer si una vez pasa
por él la infernal rabia de los celos.

(La entretenida, Jornada III, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)


[1] Comenta Pedro Ruiz Pérez: «Su primer verso, “En la sazón del erizado invierno”, introduce un tema tan barroco como el del tiempo y su paso inexorable, pero, a la postre, recibirá un tratamiento decididamente manierista, ya que es dispuesto como tema secundario respecto del principal, “la infernal rabia de los celos”, y recibe, sin embargo, un tratamiento cuantitativamente más importante. Este rasgo, consistente en destacar y dar primacía al tema secundario sobre el principal, lo señala Orozco como propio de la pintura y de la poesía, y constituye para él un inequívoco rasgo de manierismo» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 171-172).

Los relatos de Iturralde y Suit: algunas características

En una entrada anterior ofrecía una clasificación de las obras de Juan Iturralde y Suit. Ahora no voy a detenerme en el análisis exhaustivo de sus leyendas y cuentos, que sin duda merecen un estudio mucho más profundo, pero sí que me gustaría señalar algunos rasgos generales que se aprecian en esos relatos.

Juan Iturralde y Suit

Cabe destacar en primer lugar el uso brillante de la adjetivación en las descripciones paisajísticas: la fina captación de la naturaleza se une al hondo sentimiento de amor por la tierra que impregna esos escritos —Iturralde defiende la navarridad vascónica— y que lleva a una visión arcádica de la Euskal-Erria: Vasconia es uno de los últimos reductos puros e incontaminados frente a los efectos devastadores de la civilización moderna y del progreso, destructores inmisericordes de las costumbres de la raza. El tema del respeto a la tradición, encarnada en los mayores, implica en ocasiones consecuencias estructurales, ya que en muchos relatos cobra enorme importancia la oralidad: el narrador es con frecuencia un viajero que tiene oportunidad de escuchar una historia de labios de un anciano, que es quien conserva las viejas leyendas y tradiciones, a quien se cede la palabra. Existen también otros relatos de magnífica arquitectura, construidos por medio de repeticiones paralelísticas y con una estructura circular (ejemplo señero sería el de «Las brisas de los montes euskaros»).

En cuanto a su concepción de la historia, Iturralde y Suit acude al pasado como espacio donde aprender una lección para el presente. Contrapone un pasado glorioso con un presente poco halagüeño, pero en él siempre queda abierta una puerta a la esperanza regeneradora (véase el final de «Las brisas…»), debido en buena medida a sus creencias religiosas. Existen en sus relatos rasgos románticos, como la presencia constante de ruinas de castillos y monasterios, pero no se muestran como mero elemento decorativo, ni siquiera como mero escenario de los episodios históricos narrados, sino que son símbolo de los desgarrones, reales y dolorosos, de la identidad navarra en ese momento crítico de la historia.

En fin, al brillante empleo de la adjetivación, al tono lírico y a la pericia técnica ya apuntada, se podrían añadir como marcas de estilo de estas narraciones (que, por lo general, fluyen de forma sencilla y sobria) la presencia de ciertos rasgos de humor —en los relatos contemporáneos, no así en los ambientados en el pasado— o la inclusión de palabras o expresiones vascas, que por lo común suelen ir destacadas en cursiva: por ejemplo, sorguiñas, aitona, makillas, alayua ‘el grito de guerra vascón’, Jaun-goikoa, irrintz, chirula, lamiñacs, Basso-jaun, ezpata, chaolas, Heren-sugue o Herentsugue ‘dragón mitológico’, nor da or, ongui etorri, jaunac, kaiku, belarra, azkona, gazteluaren jauna, batzarre, maisterrak, mutil, ene seme maitia, sagarduos ‘vascos provincianos’, etc.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica (de 1834 a 1844)

La tercera etapa va de 1834 a 1844. Es la gran década de la novela histórica[1], coincidiendo con el triunfo del movimiento romántico (y con una serie de cambios sociopolíticos importantes)[2]. El año 34 es considerado como el cenit de la novela histórica española por Peers y Buendía. En efecto, se publican ese año novelas importantes como son Sancho Saldaña, de Espronceda, El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra y Los expatriados o Zulema y Gazul, de Vayo, además de la segunda novela de Húmara y Salamanca, Los amigos enemigos, y la adaptación por parte de López Soler de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, con el título de La catedral de Sevilla. El triunfo de la novela histórica o, como señala Buendía, el triunfo del Romanticismo en la novela, se consolida en 1835 al dar a la prensa sus novelas otros autores señalados: Cortada y Sala (La heredera de Sangumí), Escosura (Ni rey ni Roque), García de Villalta (El golpe en vago). El otro límite de esta etapa es también claro, pues en 1844 se publica El señor de Bembibre, obra que ha sido considerada tradicionalmente por la crítica como la mejor de su género en España. Se suele señalar un «parón» en la producción desde 1838[3] (fecha de Cristianos y moriscos, de Estébanez Calderón) hasta ese año 44; sin embargo, hay que destacar que 1840 es un año importante, no solo porque se publican varias obras, sino por aparecer El templario y la villana, de Cortada, que puede colocarse entre las mejores de la tendencia.

El señor de Bembibre


[1] «Y desde 1834 hasta la década siguiente (1844) se desarrolla lo que pudiéramos llamar novela histórica española en cuanto es cultivada por nuestros escritores con un sentido de autenticidad española y buscando sus formas propias, sin que por eso dejen de recordar en su técnica a los modelos del autor escocés, pero distando ya mucho de ser una imitación servil. Aun en los peores casos, es decir, en las más infelices novelas, el sello de la personalidad del autor y de la característica patria confieren personalidad suficiente como para que sean bautizadas, con cierto fundamento, como originales por sus primeros escritores» (Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 24).

[2] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, p. 63.

[3] Cfr., por ejemplo, Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, pp. 295 y 297.