La crítica ante la poesía de Cervantes

Dedicaba el otro día una entrada a presentar a Cervantes como poeta de vocación. Sin embargo, nos aventuramos por un terreno —el de Cervantes poeta— que ha dado lugar a interpretaciones contrarias, con división de opiniones en la valoración establecida por los críticos[1]: de un lado, los que defienden a ultranza que Cervantes fue destacado poeta; y, de otro, los que le han negado el pan y la sal en ese terreno literario. Repasaré a continuación, brevemente, algunas de esas dispares valoraciones. Por ejemplo, Schevill y Bonilla, refiriéndose a las poesías sueltas de Cervantes, en la introducción a su edición, escribían:

Si se exceptúan algunas, como la Epístola a Mateo Vázquez, o el soneto al túmulo de Felipe II, la mayoría de ellas distan mucho de acreditar la inspiración de la musa cervantina, y solo merecen conservarse por el renombre de su autor[2].

En cambio, para Menéndez Pelayo la posteridad ha dejado en el olvido los versos cervantinos, «dignos por cierto de mejor suerte»:

El Don Quijote ha oscurecido las demás obras de su autor; tal es el privilegio de los ingenios y de las obras superiores. Sin embargo, la posteridad, justa e imparcial, debe asignar a Cervantes un puesto entre los buenos poetas líricos y dramáticos de su siglo. Es verdad que sus versos son muy inferiores a su prosa, y ¿cómo no han de serlo, si su prosa es incomparable? Pero de que sea el primero de nuestros prosistas, ¿debe inferirse que sea el último de nuestros poetas? Sobrados testimonios de lo contrario ofrecen sus obras líricas y dramáticas[3].

Gerardo Diego dejó escritas estas hermosas palabras sobre la poesía cervantina: «La primera impresión que nos causa la poesía de Cervantes —y las primeras impresiones suelen ser las más certeras y profundas— es una impresión mezclada de luminosidad, de simpatía y de torpeza. Y de libertad»[4]. Añade además que «Cervantes es un poeta luminoso, pero sin brillo»[5]. Y un poco antes había señalado:

Nada importa que, en apariencia, Cervantes se muestre sumiso a las convenciones retóricas de su siglo. En el lenguaje poético de Cervantes, como en su sistema estrófico, se rinde culto a la tradición y se intenta el lujo y el primor y la gala de la dificultad vencida y del muestrario escolástico. Por lo mismo que Cervantes se sentía incómodo en el cauce del verso, se ensaya una y otra vez con honestidad y porfía de artífice enamorado de su oficio, de “oficial” o artesano del verso. Unas veces le sale mejor que otras, pero lo que importa, en todo caso, es el acento personal, singularísimo, el grano de rebeldía, de inexactitud, el esguince de humor, y, más que nada, la ausencia de apresto limado y lamido en la expresión retórica y rítmica tan irreductible a cualquier escuela de decoro o figuración estereotipada[6].

Poesia

En su opinión, la poesía de Cervantes es una mezcla de libertad e imperfección, una práctica en la que a veces consigue «el verso memorable y de larga estela, el verso de gran estilo, el inequívoco de gran poeta, el que ni por casualidad puede cazar el poeta vulgar en la lotería de las palabras como dados al aire»[7]. Por su parte, Valbuena Prat opinaba que «en verso, con brillantes excepciones, no pasó Cervantes de un buen aficionado»[8]:

Cervantes trabajaba sobre una forma que no le era fácil, y, de vez en cuando, conseguía efectos que muchas veces se debían más a su ideología y al brío varonil del prosista, que a las calidades esenciales de la musicalidad del ritmo. […] Como obra de amateur, la lírica de Cervantes es desigual e intermitente, revela luchas formales, violencias, y, a la par, triunfos felices. La Galatea, a pesar de ser la obra más propensa a su idealismo lírico, es donde se hallan más versos premiosos e insípidos, la piedra de toque favorita de los enemigos de Cervantes poeta[9].

Volviendo a otros poetas del 27 que han estudiado la poesía de Cervantes, encontramos que Cernuda la valoraba positivamente: «Cervantes era mayor poeta en verso, no me cabe duda, de lo que sus contemporáneos creyeron y dijeron»[10]. Mientras que Gaos insiste nuevamente en la mezcla de luces y sombras que desprende la obra lírica cervantina:

Y Cervantes fue ante todo “poeta mayor”, cualquiera que sea la jerarquía que entre los poetas mayores, esto es, auténticos, le corresponda. Dada su calidad de humorista impar en la prosa, era natural que la poesía burlesca le naciese espontáneamente. El hábil manejo que hizo del romance y de los metros cortos de la lírica de cancionero demuestran que su “torpeza” en el cultivo de otras métricas no provenía de ninguna forzosa falta de facilidad para expresarse en verso. De hecho, Cervantes utilizó el endecasílabo, en toda clase de composiciones estróficas —tercetos, cuartetos, sextinas, octavas—, con soltura nada inferior a la de los máximos poetas del siglo de oro. Y, sin embargo, es verdad que el verso perfecto, el que se alza señero, sin falla en la dicción, de cuño plenamente feliz, es menos frecuente en Cervantes que en otros autores. […] Su “torpeza” como versificador no es la de tipo común, sino un rasgo sui generis, distintivo, complejo y difícil de definir[11].

Es un lugar común al tratar de esta materia recordar un terceto del Viaje del Parnaso donde Cervantes aparentemente reconoce su fracaso como poeta, al decir que la poesía fue «la gracia que no quiso darme el cielo»; pero solo algunos críticos[12] han advertido el tono irónico de esas palabras, que están lejos de ser —en mi opinión— una amarga confesión de sus limitaciones poéticas. El texto en cuestión dice así:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo,

quisiera despachar a la estafeta
mi alma, o por los aires, y ponella
sobre las cumbres del nombrado Oeta;

pues descubriendo desde allí la bella
corriente de Aganipe, en un saltico
pudiera el labio remojar en ella,

y quedar del licor süave y rico
el pancho lleno, y ser de allí adelante
poeta ilustre, o al menos magnifico.

(Viaje del Parnaso, I, vv. 25-36, ed. Herrero García, pp. 217-218)

Ocurre que los tres primeros versos suelen citarse fuera de contexto, pero leyendo los que les siguen —y conociendo la tradición de la sátira menipea en que se inserta este largo poema narrativo de 1614— podemos apurar mejor su significado. La situación ridícula (el salto fabuloso que quiere dar el narrador hasta la fuente de la inspiración poética), el empleo de palabras y expresiones bajas (como quedar el pancho lleno) o el desplazamiento acentual del último verso citado (magnifico en vez de magnífico), son marcas que nos están indicando que no debemos interpretar este pasaje en serio, sino con pleno sentido irónico. No olvidemos además que el Viaje del Parnaso es, precisamente, un poema entreverado de burlas y veras.


[1] La bibliografía sobre Cervantes ha crecido bastante en los últimos años, y sigue aumentando. Puede verse un listado bastante amplio en un trabajo mío de hace unos años (del que extracto los párrafos de esta entrada): Carlos Mata Induráin, «Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Miguel de Cervantes Saavedra», Mapocho. Revista de Humanidades (Santiago de Chile, Biblioteca Nacional de Chile), núm. 57, primer semestre de 2005, pp. 55-88. En la actualidad, José Montero Reguera dirige desde la Universidad de Vigo un proyecto que tiene por objeto el estudio y edición de las poesías completas de Cervantes.

[2] Cito por Vicente Gaos, «Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 187.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, «Cervantes considerado como poeta», en Estudios y discursos de crítica literaria, vol. I, Santander, CSIC, 1941, p. 259.

[4] Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 219.

[5] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 221. Evocando unas palabras del Viaje del Parnaso, escribe: «Yo más bien creo que Cervantes no fue poeta que al hacer de sus versos sude e hipe, sino de los de vena abundante y rica, aunque ciertamente con sombra y aun sombras de imperfecta» (p. 222). Y añade sus principales defectos: «Desgracia del ritmo sintáctico, de la transición de un verso a otro, de las pausas que despedazan el verso por sitio contrario a las naturales coyunturas, como trinchador que no conoce su oficio […] repetición de palabras simples y compuestas en las rimas, elección, para fin de verso y rima, de vocablos incoloros y poco eufónicos, y colisión de acentos inmediatos» (p. 230).

[6] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 220.

[7] Diego, «Cervantes y la poesía», pp. 220-221.

[8] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 14.

[9] Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», pp. 14-15.

[10] Luis Cernuda, «Cervantes poeta», en Poesía y literatura II, Barcelona, Seix Barral, 1964, p. 46.

[11] Gaos, «Cervantes, poeta», pp. 167-168. También él señala los principales defectos de esta poesía: «Técnicamente considerados, los escritos en verso de Cervantes suele decirse que adolecen de numerosos y graves defectos: así, pobreza de rima, falta de suavidad, uso frecuente de epítetos y frases hechas, exceso de retórica. Todo lo cual, que sería sobrado para juzgarlo cuando menos mal versificador, se une, en general, a la carencia de temblor y de fuego lírico, indispensables en el poeta verdadero» (p. 164).

[12] Véase, por ejemplo, Francisco Ayala, «El túmulo», en Cervantes y Quevedo, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 185-200; Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 170; y Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 686.

Iturralde y Suit (1840-1909) y sus «Tradiciones y leyendas navarras»

Juan Iturralde y Suit (Pamplona, 1840-Barcelona, 1909) es el gran impulsor de la Asociación Euskara de Navarra, que se presentó en Pamplona el 6 de enero de 1878. Fue además concejal en el Ayuntamiento de la capital navarra, académico correspondiente de San Fernando y de la Historia y formó parte de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, de la que fue secretario. Sus relatos, muchos de los cuales se publicaron en la propia Revista Euskara, aparecieron coleccionados en forma de libro póstumamente[1].

Juan Iturralde y Suit

En un primer deslinde, podemos apreciar que en esas colecciones, junto con cuentos y leyendas históricas, aparecen mezclados otros trabajos de signo muy distinto. Por ejemplo, hay artículos eruditos de temas variados («Las guerras civiles de Pamplona en el siglo XIII», «Un conquistador navarro en el Nuevo Mundo», «Los castillos de Navarra durante la Edad Media», «La caza en Navarra en los tiempos pasados», «El tributo de las tres vacas», «Las cruzadas de Navarra en Tierra Santa», «Memoria sobre las ruinas del Palacio Real de Olite», «Prehistoria en Navarra»…), o bien relatos y descripciones de viajes («Recuerdos de Ujué», «El monasterio de Irache», «Una visita al castillo de Javier»…), que para nuestro objeto actual no nos interesan.

El resto de relatos propiamente literarios pueden clasificarse[2] en los siguientes apartados, que enumero de menor a mayor grado de ficcionalización:

1) Estampas y evocaciones líricas. Iturralde está dotado de una fina sensibilidad poética y en varias de estas semblanzas, al par que capta perfectamente la majestuosidad del paisaje navarro —o de las ruinas históricas conservadas—, evoca los momentos épicos, las pasadas grandezas del Antiguo Reyno, que constituyen el contrapunto del momento de decadencia espiritual que se vivía entonces. Tales evocaciones románticas —pero no de pura evasión, sino cargadas de significado y simbolismo— son «Una noche en Roncesvalles» (boceto de «La batalla de los muertos»), «Las voces del viento en los Pirineos navarros», «Las brisas de los montes euskaros», «La selva. Aguiriko-eliza», «El viejo espíritu de Navarra» o «El desolado de Rada». Algo diferentes son «Junto al hogar», pórtico de la edición de 1912, que es una invitación a la reflexión, en soledad y silencio, sobre la vida (concebida como «viaje doloroso por sendas sembradas de espinas», «valle de amarguras», «vía dolorosa», pero con el consuelo de la esperanza cristiana siempre al fondo); y «El triunfador de la muerte», una reflexión sobre Dios, que es quien la vence.

2) Un segundo grupo lo formarían las leyendas, que podrían separarse en fantásticas («El organista loco de Iranzu», con un tema similar al de «El Miserere» de Bécquer, y «Salkindaria. El traidor»); e históricas, basadas bien en un hecho propiamente histórico, bien en un suceso perteneciente al ámbito más vaporoso e impreciso de la tradición: «Los perros de Martín abade», «La campana de Nájera», «La leprosa. Balada», «El castillo de Tiebas», «Un episodio de la historia de Pamplona», «El santuario de San Juan del Ramo», «La leyenda de San Virila de Leyre», «El puente de Miluce» o el fragmento de «El castillo de Amayur». Otra narración como la titulada «Juan Fermín de Leguía» se acerca a un hecho histórico que es además cuasi-contemporáneo del autor (un episodio de la guerra de la Independencia en el año 1813), con menos posibilidades por tanto de idealización al narrarlo.

3) Apólogos o ejemplos. Son relatos como «El ruiseñor de Errota-zuri», «La paciencia y la limosna», «La felicidad» o «Las lágrimas de la tribulación», con personajes-tipo y una fuerte carga simbólica, en los que se propone una enseñanza, ya a la conciencia de todo el pueblo vascongado (en el primero), ya a cada lector en particular (en los otros tres, cuyos títulos resultan bien significativos).

4) Cuentos satíricos y morales. Guardan cierta relación con los anteriores por su carga didáctica, aunque aquí se presentan unos personajes algo más individualizados y una historia narrativa mejor desarrollada. Incluyo en este grupo «La ínsula de los Penelópidas (Cuento que no lo parece)», que es una parábola que opone los términos de la dicotomía progreso vs. tradición en la Europa moderna; «Del por qué los franceses cuando se ocupan de las cosas de España carecen de sentido común (Cuento)», explicación chistosa del desconocimiento por parte de los franceses de las cosas de España; «El padre Saturnino», sátira del Estado moderno, uniformador y centralista, que devora a sus propios hijos, las provincias o territorios periféricos que lo componen; «Un congreso de protestantes en Pamplona», repaso cómico de algunas sesiones del Ayuntamiento en las que los concejales no hacen más que protestar por todo (de ahí el juego dilógico del título); o «Las santas misiones de El Imparcial», que vuelve a contrastar los intereses contrapuestos de las provincias y de la capital centralista.


[1] Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I., Cuentos, leyendas y descripciones euskaras, Pamplona, Imprenta y Librería de J. García, 1912, con prólogo de Arturo Campión; y Obras de don Juan Iturralde y Suit, vol. III, Tradiciones y leyendas navarras, con prólogo de Carmelo de Echegaray, Pamplona, Imprenta y Librería de García, 1916. En fechas más recientes, Segundo Otatzu Jaurrieta ha publicado dos tomos de sus Obras completas que incluyen sus narraciones y leyendas: Obras,vol. I, Cuentos y leyendas navarras y Obras, vol. II, Cuentos, leyendas e historia, Pamplona, Mintzoa, 1990.

[2] Adapto —con ciertas modificaciones— la clasificación que ofrece Campión para la producción global de este autor en su introducción a Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I, cit., pp. CLVIII y ss.

Cervantes, poeta de vocación

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella (Quijote, II, 16, ed. Rico, p. 757).

Poesía

Con estas palabras da comienzo el loco-cuerdo don Quijote —muy cuerdo y discreto siempre en todas aquellas cuestiones no atingentes a la caballería— a su discurso sobre la poesía en casa de don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán, reflexión suscitada al conocer que este tiene un hijo poeta. Dispersas a lo largo de la obra cervantina podemos encontrar multitud de referencias a la poesía, los poetas y el quehacer poético en general, unas dichas en serio, otras expresadas en tono de burla. Un simple vistazo a las entradas que sobre esta materia recoge la Enciclopedia cervantina de Avalle-Arce bastará para confirmar esta impresión[1]. Si las tomamos en consideración, nos quedará muy clara la alta estima en que Cervantes tenía la verdadera poesía —la ciencia de la poesía, como él dice—; pero si, además, nos acercamos a su obra lírica, nos resultará patente también que Cervantes fue poeta, y poeta de vocación, que estimaba en mucho sus criaturas poéticas.

Fue, en efecto, poeta Miguel de Cervantes desde el principio de su carrera como escritor hasta el fin de sus días, hasta las vísperas mismas de su muerte. Suele comentarse que su salto a la arena literaria se produce en 1585 con la aparición de La Galatea, y ciertamente ese es su primer libro publicado; sin embargo, ya antes había dado a las prensas algunos escritos, y esas primeras publicaciones del ingenio complutense fueron precisamente varios poemas, los dedicados a la muerte de la reina Isabel de Valois, en el año 1569. Si pasamos al otro extremo y nos situamos al final de sus días, ¿cómo no recordar la famosa cuanto emotiva dedicatoria del Persiles al Conde de Lemos, que firma «Puesto ya el pie en el estribo / con las ansias de la muerte…»? No es sólo que, para su despedida del mundo, eche mano, adaptándolos, de unos versos de la copla antigua, sino que además, en esa novela que a la postre sería póstuma, introduce Cervantes cuatro hermosos sonetos y otras diversas poesías. Entre ambos hitos, las composiciones juveniles dedicadas a Isabel de la Paz y las insertas en su Historia setentrional, numerosos testimonios nos iluminan acerca de la vocación poética cervantina. Así, en las palabras a los «Curiosos lectores» con que se abre La Galatea, justifica su decisión de dar a la estampa esa novela escrita en prosa y verso, y para ello alega «la inclinación que a la poesía siempre he tenido…». Esa vocación la reitera decididamente en el Viaje del Parnaso:«Desde mis tiernos años amé el arte / dulce de la agradable poesía» (Viaje del Parnaso, IV, vv. 31-32, ed. Herrero García, p. 254); así lo reconoce ahora que ya es un anciano, y puede nombrarse el «Adán de los poetas» o presentarse graciosamente: «Yo, socarrón; yo, poetón ya viejo».

Doblo aquí la hoja por hoy, y en una próxima entrada me referiré a los planteamientos de la crítica ante la poesía de Cervantes. En fin, en futuras entradas iré comentando diversos textos poéticos del autor del Quijote.


[1] Véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato, Universidad de Guanajuato / Centro de Estudios Cervantinos, 1997, pp. 378a-381a.

Algunas claves del pensamiento unamuniano

El eminente filólogo Ernst Robert Curtius llamó a Miguel de Unamuno «praeceptor» y «excitator Hispaniae», es decir, maestro y, sobre todo, aguijoneador de España, verdadero despertador de la conciencia nacional. En efecto, él quería sacar del sueño del dormir al sueño del soñar a aquella España que vivía sumida en el marasmo («Sobre el marasmo actual de España», artículo de En torno al casticismo, 1895) y  que pronto conocería el «Desastre» de 1898.

Miguel de Unamuno

Unamuno fue, sin duda, uno de los grandes intelectuales de la España de principios del siglo XX. No cabe duda de que su personalidad es muy rica, no solo compleja sino incluso contradictoria. Suele afirmarse a veces que «Unamuno es todo uno», porque buena parte de su copiosa producción (ahí están los diez volúmenes de sus Obras completas publicadas por Escelicer, al cuidado de García Blanco) supone continuas variaciones sobre unos mismos pocos temas, que podrían resumirse en dos: por un lado, el problema religioso (Dios, la fe, la vida y la muerte, el ansia de inmortalidad…); y por otro, pero muy relacionado con el anterior, el conflicto de la personalidad.

Miguel de Unamuno fue una persona agónica, torturada, apasionada, que arremetió siempre «contra esto y aquello». Una persona, o un personaje agónico, como prefiere Sánchez Barbudo[1], quien ve en el autor bilbaíno una continua pose. En su faceta pública, Unamuno profesó una ideología política progresista, encarnando, en palabras de Gullón, el «espíritu inconformista y heterodoxo del modernismo». En el aspecto religioso íntimo, su vida fue una sucesión de crisis: educado como católico, perdió la fe y luchó duramente por recuperarla, haciendo gala de una férrea voluntad de creer, pero llegando casi siempre a la conclusión de la imposibilidad de concordar razón y fe.

Las principales ideas, las claves del pensamiento unamuniano, pueden resumirse en estos puntos esenciales:

—Es el suyo un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras, las dilogías, las etimologías… tan frecuentes en sus textos.

—Unamuno tuvo «hambre de inmortalidad»: su mayor drama fue que deseaba creer, pero no podía creer. Aunque no ortodoxo, fue un hombre profundamente religioso, como pocos: todos los días leía el Evangelio, marcando los pasajes y anotando comentarios al margen; buena prueba de ellos son las innumerables citas intertextuales que salpican las páginas de todas sus obras. En el fondo, imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Él solía decir: «Hay que echarse a dormir como quien se echa a morir» y, en efecto, se acostaba en la cama boca arriba, con los dedos entrelazado sobre el pecho, en la misma postura en que se pone a los difuntos. Sin duda don Miguel conocía el aforismo clásico «Somnium imago mortis».

—Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, entre lo que uno es realmente y la imagen que de uno tienen los demás.

—Con todo lo apuntado, se comprende la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo; él aspira a la inmortalidad, pero no en el sentido estrictamente católico, sino como un puro deseo de perpetuarse, de eternizarse de alguna forma.

—Y no hay que olvidar el tema de España, una preocupación constante para él, aspecto en el que recibió el gran influjo de Costa. Como buen regeneracionista, Unamuno fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial (para la intimidad de cada persona).

Estas ideas esenciales de su pensamiento se expresan en las obras unamunianas por medio de diferentes temas, siendo los principales los siguientes: la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer, etc.); el otro; el mito de Caín y el de don Juan…


[1] Ver Antonio Sánchez Barbudo, Miguel de Unamuno, Madrid, Taurus, 1974.

Otros dos sonetos de Garcilaso comentados (XXIII y XXXVIII)

En dos entradas anteriores ofrecía unos breves comentarios de varios sonetos de Garcilaso de la Vega, por un lado el I, el V y el VIII, y por otro el X, el XIII y el XV. Comentaré ahora otros dos más, el XXIII y el XXXVIII.

El Soneto XXIII desarrolla dos tópicos clásicos, la descriptio puellae (descripción canónica de los elementos de la belleza de la amada, utilizando una serie de términos de comparación tópicos) y el carpe diem (exhortación a la amada para que goce de su belleza y juventud antes de que sea demasiado tarde).

Retrato de dama, por Ghirlandaio

Ejercicio académico clásico consiste en compararlo con el también famoso «Mientras por competir con tu cabello…», de Góngora: los dos textos tocan el mismo tema y presentan una estructura constructiva similar (basada en la anáfora de En tanto que… y de Mientras…, respectivamente), pero con una actitud muy distinta, más serena y reposada en el poema renacentista, mucho más acuciante por la conciencia del paso del tiempo y su poder destructor («en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada») en el texto barroco. Esta es la versión de Garcilaso:

En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del oro s’escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello, blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena,

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre[1].

Y este otro soneto, el de Góngora, constituye la versión barroca del mismo tópico:

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello,

goza cuello, cabello, labio, frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[2].

En fin, terminaré este repaso a los más destacados sonetos garcilasistas transcribiendo el XXXVIII, el último de los de atribución segura, que retoma el motivo del llanto y los suspiros eternos del enamorado, a quien ya no le queda luz ni ningún tipo de esperanza para recorrer el «camino estrecho de seguiros» (dificultosa senda ascensional esta del ejercicio del amor, en la que muchos otros antes que él han caído: «a cada paso espántanme en la vía / ejemplos tristes de los que han caído», vv. 10-11). Como en el Soneto I, de nuevo el amante se detiene a analizar su estado anímico, que es de confusión, de caos mental, de total enajenamiento, perdido como se halla en errabundo deambulaje «por la oscura región de vuestro olvido» (¡magnífico verso de remate!):

Estoy contino en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con sospiros,
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy y en lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huïros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía
ejemplos tristes de los que han caído;

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido[3].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 59; en otras versiones el verso cuarto es «enciende el corazón y lo refrena», lectura preferida por Fernando de Herrera. Ver María Rosso Gallo, La poesía de Garcilaso de la Vega. Análisis filológico y texto crítico, Madrid, Real Academia Española, 1990, pp. 208-212.

[2] Tomo el texto de Antología poética del Renacimiento al Barroco, selección, estudio y notas por Edelmira Martínez Fuertes, Madrid, Suma de Letras, 2001, pp. 136-137.

[3] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 74.

Presencia de San Francisco Javier en el teatro español

(Esta entrada debería haber salido con más propiedad ayer lunes, 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, copatrón de Navarra —junto con San Fermín— y patrono universal de las Misiones, pero… no fue posible programarla a tiempo. En cualquier caso, más vale tarde que nunca, y un día de retraso, tampoco es tanto…)

San Francisco JavierLa figura señera de san Francisco Javier (1506-1552), santo navarro y universal, ha dado lugar a numerosas recreaciones literarias, a lo largo de los siglos y en los tres grandes géneros de la narrativa, la poesía y el teatro. Me acercaré hoy someramente a este último aspecto de la presencia del personaje en el teatro español.

En su importante trabajo de 1961 sobre San Francisco Xavier en la literatura española, el Padre Ignacio Elizalde, SJ, explicaba con estas palabras el hecho de que la vida del santo resulte un tema muy adecuado para su tratamiento en el teatro:

La vida de Xavier, esencialmente dramática y profundamente humana, constituyó un tema fecundo y apropiado para el dramaturgo y comediógrafo. Su intensidad emocional, su aventura a lo divino, la psicología de su conversión, el clima exótico y legendario del Oriente, su apostólica impaciencia, su ardiente y volcánico amor, su carácter emprendedor que tejió el mapa de las naciones en una red de viajes, la simpatía de su carácter, hacen de Xavier una figura extraordinariamente apta para la escena[1].

Buena parte de esa producción dramática sobre San Francisco Javier corresponde al siglo XVII: se trata de obras compuestas según los patrones del teatro jesuítico y concentradas en torno a tres fechas claves: 1619, beatificación, 1622, canonización, y 1640, primer Centenario de la Compañía de Jesús. Después de la época barroca, la presencia del tema javeriano en el teatro es más escasa, pero reaparece con cierta intensidad en el siglo XX. Tenemos, por un lado, obras en las que el santo es el protagonista o tiene un papel muy destacado. En 1923, el jesuita argentino Juan Marzal publica en Buenos Aires El caballero de Dios, Ignacio de Loyola. Monólogo y escenas dramáticas; pues bien, dos de las piezas contenidas en ese volumen son javerianas: Adiós a las armas, sainete de estudiantes, y Desdén, afición y amor, drama histórico en tres actos. En 1922 se estrena y en 1923 se publica Volcán de amor, de Genaro Xavier Vallejos, quien además de este drama sacro compondría otra pieza dramático-musical, Xavier. Estampas escénicas (1930). Del año 1933 es el estreno de El Divino Impaciente de José María Pemán y de 1952 el de Las estrellas fulguran, de Adolfo Muñoz. A esta lista debemos sumar Destellos javierinos. Escenificación de la vida del santo dividida en 11 cuadros, de Luis María Arrizabalaga, SJ (1958), con ilustraciones musicales de Antonio Massana, SJ[2]. Y pocos años después (1963) se representaba Dolores y gozos del Castillo de Javier, un espectáculo de luz y sonido en cuya preparación colaboraron José María Recondo, SJ (sinopsis histórica), José María Pemán (guión literario), Cristóbal Halfter (música) y Cayetano Luca de Tena (puesta en escena).

Por otra parte, encontramos otras obras en las que Javier interviene, no como personaje principal, sino secundario: así sucede en El Marqués y el bachiller (1940), de Víctor Espinós, El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, y El capitán de sí mismo (1950), de Manuel Iribarren[3].

De todo este corpus dramático del siglo XX sobre la figura de San Francisco Javier, las dos piezas más exitosas e interesantes son, sin duda alguna, Volcán de amor (1922), de Genaro X. Vallejos, y El Divino Impaciente (1933), de José María Pemán, pero el análisis de estas obras requiere más espacio y serán, por tanto, objeto de futuras entradas en este blog.


[1] Ignacio Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, Madrid, CSIC, 1961, p. 107. La revisión más completa y reciente del teatro jesuítico javeriano en el Siglo de Oro es la de Ignacio Arellano, al frente de su edición de San Francisco Javier, el Sol en Oriente (comedia jesuítica del P. Diego Calleja), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006. Para un panorama amplio de la presencia de San Francisco Javier en el teatro español, ver Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, pp. 105-189.

[2] Si nos fijamos en las fechas, veremos que tres de esas piezas se compusieron en torno a 1922, con motivo del Centenario de la canonización, o 1952, Centenario de la muerte del santo, mientras que la de Pemán apareció en un momento especialmente conflictivo, coincidiendo con las persecuciones contra la Iglesia católica que tuvieron lugar durante la II República.

[3] En este caso, las dos primeras obras se escriben en torno al año 1940, Centenario de la Compañía de Jesús.

Breve apunte sobre Juan Huarte de San Juan (1529-1588)

De entre los autores navarros del siglo XVI cuyas obras presentan un carácter más didáctico que literario, destaca Juan Huarte de San Juan, natural de la merindad de Ultrapuertos (nació en San Juan de Pie de Puerto en 1529, y moriría en Linares, Jaén, en 1588). Cursó estudios de Humanidades en Huesca y de Medicina en la Universidad de Alcalá entre 1553 y 1559. Vivió en varias ciudades españoles: Huesca, Granada, Baeza (de la que fue nombrado médico vitalicio el año 1566 por Felipe II) y Linares. Contrajo matrimonio con Águeda de Villalba, con la que tuvo siete hijos.

Juan Huarte de San Juan

Juan Huarte de San Juan es autor de una obra que pronto se hizo famosa, el Examen de ingenios para las sciencias (Baeza, Juan Bautista de Montoya, 1575). El libro, cuyo título completo es Examen de ingenios para las sciencias. Donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en los hombres, y el género de letras que a cada uno responde en particular, contó con varias reediciones en pocos años: Pamplona, 1578; Bilbao, 1580; Valencia, 1580; Huesca, 1581, etc. y con traducciones a varias lenguas europeas.

Portada de Examen de ingenios para las sciencias

Esteban Torre Serrano, uno de los editores modernos del Examen[1], ha destacado la actualidad de la obra de Huarte de San Juan:

Al cabo de cuatro siglos, la lectura de este libro extraordinario ofrece poco que perdonar y mucho que agradecer. Sus páginas son, ante todo, un regalo para los oídos que saben disfrutar con las palabras sencillas y claras, portadoras de un pensamiento transparente. El objetivo principal de Juan Huarte es el establecimiento de un principio de justicia distributiva, según el cual cada uno debe ocuparse solo de aquellas tareas para las que está realmente capacitado. De una distribución racional de los trabajos […] se seguirían los mayores beneficios para el individuo y para el conjunto de la sociedad. La verdadera orientación profesional habría de partir del examen previo de las capacidades naturales, que para Juan Huarte dimanan de la constitución del cerebro, es decir, de su «naturaleza», que no es otra cosa sino el «temperamento de las cuatro calidades primeras».

Esas cuatro calidades primeras son calor, frialdad, humedad y sequedad, que dan origen a los cuatro elementos (aire, fuego, tierra, agua) y a los cuatro humores (sangre, cólera, melancolía, flema). Según se encuentren mezclados en cada individuo, tendremos los distintos temperamentos. Respecto al género del Examen, copio estas esclarecedoras palabras del mencionado crítico:

Dada la complejidad de los elementos —filosóficos, científicos, literarios— que intervienen en la obra de Juan Huarte, no resulta fácil su clasificación en el conjunto de las manifestaciones del espíritu humano. Se le suele aplicar una fórmula de compromiso, «prosa didáctica» o «literatura ideológica», que trata de soslayar, entre otros, el debatido problema de los géneros literarios. Lo cierto es que el Examen de ingenios para las ciencias se inscribe, por derecho propio, en la gran Historia de la Cultura española. El admitir, o no, la «literariedad» de este hermoso libro depende del concepto mismo que se tenga de literatura.

El estilo de Huarte de San Juan es claro y sencillo, siendo la suya una prosa que busca la concisión y el equilibrio, una naturalidad típicamente renacentista. Torre Serrano recuerda todavía un elemento más, la inclusión de rasgos de finísimo y contenido humor, que «dan una nota de auténtica y castiza galanura a los temas —tan serios— que se estudian en el Examen». Y evoca el elogioso juicio que le mereciera a Rufino J. Cuervo: «Fuera del valor científico de Huarte, que todos han reconocido, me parece que este escritor es modelo acabado de estilo y lenguaje didáctico, claro, preciso, sencillamente elegante».

La posible influencia ejercida por la obra de Huarte de San Juan en el Quijote ha dado lugar a algunas entradas bibliográficas. Es posible que Cervantes pudiera inspirarse en la lectura del Examen para determinados pasajes de su inmortal novela y para trazar el carácter del cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue sobre todo Rafael Salillas, en su obra de 1905 Un gran inspirador de Cervantes. El doctor Juan Huarte y su «Examen de ingenios», quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Una última cuestión que cabe recordar al referirnos a Juan Huarte de San Juan es la «apasionada defensa» de la lengua castellana que realiza en el capítulo VIII del Examen:

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.


[1] Esteban Torre, que editó el Examen en los años 1976 y 1988, es autor de un estudio titulado  Ideas lingüísticas y literarias del doctor Huarte de San Juan (1977). Ahora puede consultarse además la excelente edición a cargo de Guillermo Serés (Madrid, Cátedra, 1989).

Francisca Sarasate Navascués y sus «Cuentos vascongados» (1896)

Francisca Sarasate Navascués (La Coruña, 1853-Pamplona, 1922) fue hermana del músico Pablo Sarasate y esposa de Juan Cancio Mena, de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena. Lo más interesante de su producción literaria es una colección de Cuentos vascongados (Barcelona, 1896), que incluye trece relatos, localizados todos —de forma imprecisa— en pueblos de Navarra o las Provincias Vascongadas.

Cubierta de Cuentos vascongados
Cuentos vascongados

En cierto modo, se asemejan a los cuentos de Antonio de Trueba, en el sentido de que ofrecen un elogio de la vida sencilla en el campo, aunque su calidad sea inferior con mucho. De casi todos ellos se desprende una enseñanza (algunos títulos son reveladores: «La caridad bien entendida…», «Antes que te cases, mira lo que haces»), aunque esa carga moralizante no llega a ser demasiado abrumadora. En algún caso la enseñanza no solo se deduce del ejemplo presentado, sino que se formula explícitamente; por ejemplo, en «Sueños de color de rosa» —que recuerda los Cuentos de color de rosa de Trueba—, hay una reflexión sobre el juego, presentado como una pasión que «absorbe todo, aniquila todo, rompe los lazos de parentesco y amistad, imposibilita de sentir y es ciega de tal modo que se asiste a las mayores catástrofes con la indiferencia de los estoicos» (pp. 37-38).

Estos Cuentos vascongados son narraciones sencillas, tanto por su forma como por su contenido: en efecto, entran en ellos historias y vidas vulgares, contadas sin grandes complejidades desde el punto de vista técnico. Es más, atendiendo a su estructura, algunos finales parecen algo precipitados, como si estuviera sin desarrollar plenamente la acción planteada; o bien sucede lo contario, algunos relatos son llevados hasta un extremo exagerado en sus últimas líneas, como si se buscara un efecto de sorpresa impactante sobre el lector (en «El ideal», tras el fallecimiento de Amado, Rosa muere sin que quede muy claro por qué; la muerte de Sofía y de César en «¡Noche triste!» es igualmente muy folletinesca). Cierta originalidad en la construcción presenta «¡Me aburro!», pues se trata de un cuento epistolar: el texto lo constituyen tres cartas dirigidas por Elvira, que veranea en San Sebastián, a una amiga; el desenlace se presenta en una postdata añadida a la tercera.

Los personajes no siempre están bien trazados y a veces resultan contradictorios: por ejemplo, Pura, de «El ideal», se hace simpática al lector porque es maltratada, pero en realidad es una mujer casquivana que galantea con todos y merece nuestra antipatía; en «Gavón» (mantengo las grafías del original) se insinúa que Fermín es el hermano amable y cariñoso con su madre, mientras que Esteban es el malo, pero al final sucede al revés; la Rosa de «Sermón perdido» viene a comportarse como un don Quijote femenino, aunque en el fondo no pase de ser una deslenguada mujer de mala vida. Esas contradicciones y vacilaciones de carácter, que en otras circunstancias (por ejemplo, en una novela) podrían ser consideradas aciertos de caracterización —la vida no es como parece; la vida es más compleja de como se nos presenta a primera vista—, más bien pueden tenerse aquí por defectos debidos a impericia narrativa de la autora.

En algunos de estos cuentos apenas existe el diálogo: se ha reducido al mínimo, o bien ha quedado sustituido por el estilo indirecto. En conjunto, el mejor relato tal vez sea «Contra viento y marea», que ocupa el primer lugar del volumen. Narra la historia de una viuda joven con varios pretendientes que termina casándose con su criado Sancho, pese a la oposición de todo el pueblo y de su propia familia: Catalina ha de defender su decisión tal como indica el título para triunfar de la hipocresía y el rechazo general, viendo al final premiado su esfuerzo con un matrimonio feliz.

Francisca Sarasate es autora de otras obras: Un libro para las pollas (1876), que es una novela didáctica destinada a la educación de las señoritas, Horizontes poéticos. Libro rítmico (1881), Amor divino (1882), Fulvia o los primeros cristianos (1888), novelita corta escrita a la manera de la Fabiola del cardenal Wiseman, Romancero aragonés (1894), Poesías religiosas (1899) y Pensamientos místicos (1910).

Nicasio Landa (1830-1891), médico y literato pamplonés

Nicasio Landa y Álvarez de Carballo (Pamplona, 1830-1891), conocido como el Dr. Landa, médico militar cofundador de la Cruz Roja Española y escritor, dirigió la Revista Euskara en 1878-1879 y es autor de obras seudo-literarias como Un viaje a Canarias (1863) o La campaña de Marruecos. Memorias de un médico militar (1880).

Monumento a Nicasio Landa en PamplonaEn el panorama del cuento literario cultivado en Navarra en el siglo XIX nos interesa especialmente su relato «Los primeros cristianos de Pompeïopolis. Leyenda de San Fermín», escrito para el Certamen del Ayuntamiento de 1882, aunque finalmente lo dejó fuera de concurso al ser elegido como miembro del jurado. Conoció una segunda edición (Pamplona, Imprenta Provincial, 1891), a cargo de la Diputación de Navarra. Es una narración de dieciséis páginas con la que el autor desea «acreditar más y más el amor y veneración que los hijos de Pamplona sienten por su glorioso patrono San Fermín, el primer cristiano de Pompeïopolis».

En el prólogo afirma que se ha ceñido a la verdad histórica (cita los autores y fuentes que ha manejado, así como los hallazgos arqueológicos que le han servido para las referencias a antigüedades romanas de Pamplona). «En lo demás —advierte— he dejado correr la imaginación, mas no a rienda suelta sino ajustando todos los detalles» a los conocimientos históricos de que disponía. La leyenda se divide en cuatro capítulos: «Las Thermas de Pompeyo», «La casa de Firmo», «El templo de Diana» y «Cristo vence, Cristo reina» más un «Epílogo» que presenta el martirio de San Fermín en Tolosa. Lo mejor es con mucho el sabor de época: los amplios conocimientos del autor se reflejan en el empleo de un léxico preciso (atrium, impluvium, apodyterium, pallium, vermiculatum, tepidarium, exedra…) y en las propias notas que coloca al pie con explicaciones. Y si bien es cierto que todo ello proporciona verosimilitud a lo contado, ese tono erudito recarga innecesariamente y hace un tanto pesada la narración.

Es autor igualmente de «Una visión en la niebla. Los guerreros euskaldunas», relato que recuerda a algunos de Iturralde y Suit: el narrador está contemplando el paisaje pirenaico desde la cumbre del pico de Larrhun, cuando se levanta la niebla; los montes semejan entonces castillos y el murmullo del viento suena como unos pasos: el narrador «ve» a los primitivos euskos, hijos de Aitor; a los éuskaros o cántabros; a multitud de guerreros euskaldunas, protagonistas de diversos hechos gloriosos a lo largo de los siglos: cruzados, navegantes y descubridores, guerrilleros, soldados de las guerras carlistas y coloniales…

La aportación bibliográfica más completa sobre este interesante personaje corresponde al libro de José Javier Viñes titulado El Doctor Nicasio Landa: médico y escritor. Pamplona 1830-1891, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura-Institución Príncipe de Viana, 2001.

Cronología y semblanza de Santiago Rusiñol (1861-1931)

1861 Nace en Barcelona en el seno de una familia de la burguesía industrial[1].

1887 Comienza a concursar con sus cuadros en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, en las que participará hasta 1930.

1888 Viaje a París con el pintor Moragas. A su regreso abre su primer estudio en Barcelona.

1889 Vuelve a París, donde convive con Miguel Utrillo y Ramón Casas en el ambiente bohemio de Montmartre. Escribe sus crónicas periodísticas para La Vanguardia de Barcelona.

1890 Comienza a exponer regularmente en la prestigiosa Sala Parés de Barcelona. Obtiene su primera distinción –una segunda medalla– en la Exposición Nacional de Bellas Artes de este año.

1894 Visita Italia con su amigo Ignacio Zuloaga, con el que había contactado en París, quien le transmite su pasión por El Greco. Viaja a Granada, donde pinta paisajes de la Alhambra y el Generalife. A partir de ahora se especializará en cuadros de jardines.

1897 Funda con Ramón Casas el grupo «Els quatre gats». Comienzan a publicar la revista Pel i ploma. Publica Oracions (traducido como Plegarias), manifiesto del Modernismo español.

1908 Primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes.

1911 El pueblo gris.

1912 Vuelve a ganar la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. El indiano.

1931 Muere en Aranjuez cuando pintaba sus jardines.

Santiago Rusiñol

Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931) fue pintor y escritor. Nacido en Barcelona, la mayor parte de su obra literaria, formada por novelas y cuentos en los que hace gala de un humor sentimental muy característico, está escrita en catalán. Entre sus títulos se cuentan: Anant pel mon, L’illa de la calma, L’auca del senyor Esteve, convertida esta en pieza representativa de la pequeña burguesía catalana. El éxito que obtuvo con L’alegria que passa le llevó a cultivar el teatro: El pati blau, L’hereu, El místic, Gente bien… En general, se trata de comedias sentimentales o costumbristas, teñidas de humor, que a veces se convierte en sátira mordaz. Varias de sus obras fueron traducidas al castellano: Por el mundo, Hojas de la vida, Pájaros de fango, Las aleluyas del señor Esteve

Su obra como pintor le sitúa en la base del Modernismo catalán; su tema preferido es la pintura de paisajes, en concreto jardines, como los de Granada, Aranjuez y Barcelona. En París se puso en contacto con el impresionismo francés. Legó a Sitges un importante museo de hierros artísticos, el Cau Ferrat.


[1] Texto extraído de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.