Vida y obras de fray Diego de Estella (1524-1578)

La prosa ascético-mística está representada, en el caso de los escritores navarros, por fray Diego de Estella, Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz. A estos tres autores en castellano se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence. No sin cierta exageración escribía José Zalba que

Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide[1].

Hoy repasaré la vida y obras del primero de ellos, fray Diego de Estella.

Fray Diego de Estella

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y episodios bélicos de la centuria anterior en Navarra, era de bonanza. Existía en la ciudad un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal sería el lugar de nacimiento del franciscano fray Diego de Estella (Estella, 1524-Salamanca, 1578), conocido especialmente como autor del Libro de la vanidad del mundo. Su nombre en el siglo era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Teólogo de Felipe II, se incorpora a su Corte entre 1565 y 1569 y en ella fue predicador y consultor. Más tarde se distanció del monarca por el dispendio que suponían las obras de El Escorial.

Sus obras escritas en castellano son Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), Libro de la vanidad del mundo (Toledo, 1562; Salamanca, 1574 y Salamanca, 1576) y Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca, 1576); mientras que entre sus títulos latinos se cuentan In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575); Modus concionandi et explanatio in Psalmum centesimum trigesimum sextum (Super Flumina) (Salamanca, 1576).

En su Libro de la vanidad del mundo, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que son «vanidad de vanidades». La obra consta de tres partes, de cien capítulos cada una. Cien son también las Meditaciones devotísimas del amor de Dios, que Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], elogia indicando que son «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, en efecto, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo, obra sin embargo de fray Diego mucho más popular y difundida:

Las Meditaciones devotísimas —opina— constituyen un florilegio teológico, una filosofía del Amor, pero no en forma abstracta, según los procedimientos de la Escuela, sino al modo espontáneo, artístico y familiar, henchido de emoción, extasiado en el sentimiento de la naturaleza, lleno de imágenes sensibles, con que gustan expresar sus amartelados pensamientos los discípulos del Santo de Asís. Obra a la vez de ciencia y de arte, de poesía y de piedad, es un breviario para todas las almas, lo mismo para aquellas que siguen caminos de perfección como para esotras avezadas a los aires del siglo y que han menester para probar tales manjares, para asimilar tan altas doctrinas, el exquisito aderezo, la culta elegancia de una sabrosa conversación. Cada una de estas cien Meditaciones ofrece un tema espiritual enunciado con candorosa sencillez y desenvuelto libremente como al través de una amorosa plática, de una tierna divagación, a los pies del Amado celestial. Charlando así, con todos los donaires, los requiebros, las copiosas figuras, las exclamaciones ardientes, las mil felices comparanzas de esta lengua española que parece inventada por los ángeles para el amor de Dios y de los hombres, va Fray Diego de Estella engarzando en los puntos de su pluma los más finos diamantes, los más sutiles conceptos de esa eterna Filosofía de la voluntad en que el genio español se anticipó en los siglos a las más agudas aspiraciones del presente[4].

Llama la atención también sobre su actualidad y la riqueza de su contenido. En suma, a lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), fray Diego pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante.

Zalba elogiaba la prosa de fray Diego afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, E. Ochoa refiere:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].


[1] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[2] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[3] Ricardo León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios hechas por fray Diego de Estella de la orden de San Francisco y ahora nuevamente impresas, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas, pp. XI-XII.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay una edición moderna de las Meditaciones devotísimas (1920), por Ricardo León, y otras del Modo de predicar y Modus Concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980), debidas estas dos últimas a Pío Sagüés Azcona, con interesantes estudios preliminares. En 2002 Iñaki Pérez Ibáñez preparó un Florilegio de las Meditaciones y la Vanidad del mundo (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002), con un prólogo titulado «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta». Ver además Carlos Mata Induráin, «Un acercamiento a fray Diego de Estella (1524-1578)», Pregón Siglo XXI, núm. 26, Invierno de 2005, pp. 29-32.

Cuatro citas sobre libros de «El nombre de la rosa», de Umberto Eco

La entrada de hoy, sin que sirva de precedente, será breve. Son tan solo cuatro citas sobre libros extractadas de mi relectura de Umberto Eco, El nombre de la rosa, trad. de Ricardo Pochtar, Barcelona, Debols!llo, 2009:

«Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí» (p. 410).

«Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras» (p. 451).

Umberto Eco

«El bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos, que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por tanto, es mudo» (p. 566).

«Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes» (Apostillas a «El nombre de la rosa», pp. 745-746).

(Post scriptum: Podían haber sido algunas citas más pero, ay, una violenta ráfaga de viento se llevó los papelillos con mis efímeras notas mientras esperaba a la villavesa con mis hijos… Imposible salir corriendo tras ellas. Estas que copio forman parte de los escasos papeles salvados del naufragio. Sic transit gloria mundi…)

(Nota bene para foráneos: Villavesa=autobús urbano en la ciudad de Pamplona y su comarca.)

Semblanza literaria de Manuel Iribarren

De entre los escritores navarros de la primera posguerra, merece la pena destacar de forma especial la figura de Manuel Iribarren Paternáin (Pamplona, 1902-1973), cuya producción narrativa arranca en realidad de los años 30. La vocación literaria despertó muy pronto en él, manifestándose en el doble terreno del periodismo y la literatura. Su aprendizaje literario fue el de un autodidacta y él mismo escribió que se había formado «independientemente en los libros y en la vida». Como periodista colaboró en importantes diarios y revistas del panorama nacional, con artículos que «destacan por la plenitud de su estilo y la agudeza de su visión» y que le valieron, entre otros galardones, el premio «Domund» del año 1953. A la arena literaria saltó en el año 1932 con una primera novela, Retorno, que obtuvo un gran éxito de crítica: columnistas de reconocido prestigio como Enrique Díez-Canedo, Benjamín Jarnés, J. López Prudencio, Melchor Fernández Almagro, José María Salaverría o Roberto Castrovido reseñaron la obra dedicándole encendidos elogios y saludando la aparición de un auténtico novelista. Su carrera teatral la inauguró en 1936 con el estreno de La otra Eva, que obtuvo también una gran acogida por parte del público y de la crítica; esta habló del descubrimiento en Manuel Iribarren de un «indudable valor dramático». Formó parte del grupo de literatos que se reunió en Pamplona en torno a la revista Jerarquía (Pemán, Yzurdiaga, d’Ors, Pascual…) y más tarde fue colaborador asiduo de Pregón. Durante un tiempo ejerció el cargo de director de la revista Príncipe de Viana y después trabajó como empleado en la Diputación de Navarra.

Manuel Iribarren Paternáin

Manuel Iribarren fue ganador de numerosos premios, que jalonan su carrera literaria y nos hablan del reconocimiento que obtuvo en su momento: su Romance sobre la guerra civil fue premiado en un certamen convocado en Barcelona en 1943; los sonetos «A mi madre» alcanzaron el triunfo en los Juegos Florales de Cataluña en 1945; El capitán de sí mismo le valió el primer premio en el certamen nacional organizado con motivo del IV Centenario de la aprobación del libro de Ejercicios de San Ignacio de Loyola; fue Premio Nacional de Teatro en 1952 por La otra Eva y con el Misterio de San Guillén y Santa Felicia ganó el Premio Nacional de Literatura de 1965; en fin, quedó finalista del Premio Vicente Blasco Ibáñez con la novela Las paredes ven. Igualmente, su ensayo Escritores navarros de ayer y de hoy resultó ganador en los III Juegos Florales de Sangüesa.

La copiosa obra de Manuel Iribarren puede repartirse en cuatro apartados: novela, ensayo, teatro y poesía, si bien la producción narrativa constituye el bloque más interesante de su caudal literario. Dentro de la producción ensayística de Manuel Iribarren cabe recordar los siguientes títulos: Una perspectiva histórica de la guerra en España, 1936-1939 (Madrid, Editorial García Enciso, 1941); El Príncipe de Viana. Un destino frustrado (Madrid, Espasa Calpe, 1948); Los grandes hombres ante la muerte (Barcelona, Montaner y Simón, 1951, con una segunda edición en 1966); Navarra. Ensayo de biografía (Madrid, Editora Nacional, 1956, en la colección «Las tierras de España»); y Pequeños hombres ante la vida (Barcelona, Montaner y Simón, 1966, obra pensionada por la Fundación March). Además es autor de algunos de los folletos de la serie «Navarra. Temas de Cultura Popular» publicados en los años 60-70 por la Diputación Foral de Navarra: El paisaje (núm. 16); Príncipe de Viana (núm. 58); Mosén Pierres de Peralta (núm. 94) y En la órbita francesa (núm. 170). Una mención especial merece en este apartado su obra Escritores navarros de ayer y de hoy (Pamplona, Gómez, 1970), valioso repertorio de los literatos de nuestra región.

La obra poética de Manuel Iribarren incluye un Romance (1943) sobre la guerra civil, dividido en tres partes, «El alzamiento», «La lucha» y «La victoria»; unos sonetos «A mi madre» (1945), publicados en Pregón, y varias composiciones más (hasta un total de ochenta y ocho) que reunió para su publicación bajo el epígrafe de Antología imposible, libro que no alcanzó a ser editado y en cuyo prólogo se definió como «francotirador de la poesía». Entre sus obras inéditas quedó también otra, que llegó a anunciarse en preparación, titulada Invierno (Diario lírico en cuatro estaciones).

Sus piezas dramáticas son La otra Eva, comedia en un prólogo y tres actos (estrenada en el Teatro Español de Madrid el 19 de mayo de 1936 y publicada en Madrid, Ediciones Alfil, 1956); La advenediza, drama en tres actos estrenado en el Teatro Principal de Burgos el 9 de mayo de 1938; El capitán de sí mismo. Retablo escénico (Pamplona, Gómez, 1950), que evoca la vida de San Ignacio de Loyola y su conversión de capitán de milicias a soldado de Cristo al frente de la Compañía de Jesús. El Misterio de San Guillén y Santa Felicia (Pamplona, Morea, 1964, con una reedición moderna de 1994) fue el texto literario que fijó para ser representado anualmente en Obanos, como así se hizo entre 1965 y 1977, de forma ininterrumpida. Fue Manuel Iribarren hombre interesado por el mundo del teatro, como prueban las numerosas piezas inéditas, comedias y tragedias, conservadas por su familia, por ejemplo Sol de invierno, La gran mascarada, Santa diablesa, Entre mendigos, Hoy como ayer, A gusto de todos, Buscando una mujer, Cuando la comedia terminó…, El huésped, La ilusa admirable o Una aventura en la noche.

En fin, su producción narrativa está formada por Retorno (1932, con una 2.ª ed. revisada de 1946), La ciudad (1939), Encrucijadas (1952), El tributo de los días (1968), Símbolo (1939), San Hombre (1943), Pugna de almas (1944) y Las paredes ven (1970). Son novelas interesantes pero, para no prolongar excesivamente esta entrada, dejaremos pendientes su análisis para una próxima ocasión.

«La Galatea», novela pastoril de Cervantes

La producción narrativa de Miguel de Cervantes está formada por La Galatea (1585), el Quijote (1605 y 1615), las Novelas ejemplares (1613) y el Persiles (1617, obra póstuma), corpus que iremos repasando en sucesivas entradas del blog. Hoy ofrezco unas simples notas aproximativas a La Galatea, novela pastoril, primera en el haber narrativo del ingenio complutense.

La primera novela cervantina, impresa en 1585, es La Galatea (en realidad, se trata de su Primera parte; Cervantes anunció varias veces una continuación, que no llegó a salir nunca[1]). De los géneros en boga durante el siglo XVI (novela de caballerías como el Amadís, novela morisca como el Abencerraje, novela picaresca como el Lazarillo…), elige para su primer trabajo literario de fuste el modelo pastoril, cuyos representantes más conocidos eran las Dianas de Jorge de Montemayor y Gaspar Gil Polo, escritas a su vez sobre el molde italiano de la Arcadia de Sannazaro.

Arcadia, de Sannazaro

La Galatea, que apareció con el subtítulo de égloga, se divide externamente en seis libros. Su argumento puede resumirse brevemente así: Elicio, pastor del Tajo, está enamorado de la pastora Galatea, pero el padre de ella, Aurelio, quiere casarla con el rico pastor lusitano Erastro. Elicio envía a sus amigos en embajada al padre de Galatea para que no la mande a Portugal, desterrando «de aquellos prados la sin par hermosura suya». Esta historia sentimental constituye el núcleo central de la novela, al que se añaden multitud de acciones secundarias que forman una compleja maraña de amoríos, celos, equívocos, encuentros, etc. entre los distintos pastores. Todas esas historias secundarias sirven al autor para el análisis de diversos matices del sentimiento amoroso, de los variados estados anímicos de los amantes: esperanza, ingratitud, tristeza, desesperación, locura… La concepción del amor que se maneja está sumamente idealizada, de acuerdo con el modelo genérico pastoril: se trata de un amor espiritual que responde a las teorías neoplatónicas (se ha puesto de relieve la influencia de los Diálogos de amor, de León Hebreo), un amor condenado al dolor y el sufrimiento más que a la dicha. Los personajes de la novela, aunque se esconden bajo el disfraz pastoril, no son en realidad rústicos pastores, sino trasuntos de los enamorados cortesanos que se expresan en un lenguaje culto y estilizado, altamente poético, cargado de metáforas e imágenes petrarquistas y neoplatónicas. Se trata, en efecto, de una novela «en clave», que da entrada a diversos amigos literatos de Cervantes ocultos tras la máscara pastoril.

Además, como era habitual en el género pastoril, la prosa se mezcla con el verso: Cervantes incluye en La Galatea unas ochenta composiciones poéticas (sonetos, canciones, octavas…), entre ellas el extenso Canto de Calíope, que le sirve como vehículo para introducir sus juicios de valor sobre distintos poetas contemporáneos.

Este idealizado mundo pastoril será retomado por Cervantes en el Quijote, en el episodio de Marcela y Grisóstomo y en la historia de Leandra (Primera parte) o en los episodios de las bodas de Camacho y la fingida Arcadia, sin olvidar la posibilidad que se le ofrece a don Quijote de convertirse en el pastor Quijotiz (Segunda parte). La mayoría de las veces, esta reaparición de lo pastoril presentará un tono paródico, que debemos relacionar con las bromas de Berganza contra el género bucólico en El coloquio de los perros: el modelo pastoril está gastado y ya no le sirve, de ahí que jamás Cervantes escribiera su anunciada Segunda parte.

El estilo de La Galatea es artificioso y retórico, y en ocasiones nos brinda algunos pasajes con un lenguaje de subida belleza, tanto en la prosa como en el verso. Cabe destacar que, como sucede en otras ocasiones, Cervantes sabe ir más allá de los modelos imitados y añadir elementos novedosos: por ejemplo, aunque sus personajes no dejan de ser tipos convencionales, su caracterización psicológica se hace más compleja y variada al introducirse elementos trágicos en algunas de las historias. Así, es capaz de ofrecernos el asesinato de Carino por Lisandro (más tarde Lisandro narra su historia, salpicada de crímenes horrendos, con extremos de crueldad y sadismo), y este hecho, presentar un crimen en medio del idealizado ambiente pastoril, es una novedad absoluta que dinamita los cánones del género. En general, los protagonistas de esta novela son pastores vivos, de carne y hueso, con pulsiones humanas, cercanos a la experiencia del dolor y la muerte, no entelequias o abstracciones a la manera tradicional, y esto supone un primer paso en la humanización del personaje literario del pastor bucólico.

En cualquier caso, pese a esta original renovación del género, que no está reñida con el aprovechamiento brillante de los lugares comunes de la tradición, no parece que La Galatea tuviera mucho éxito, si nos atenemos a las escasas ediciones que alcanzó.


[1] Cervantes prometió varias veces la Segunda parte: en Quijote, I, 6; en la dedicatoria de las Ocho comedias, en el prólogo de la Segunda parte del Quijote y en la dedicatoria del Persiles (redactada cuatro días antes de su muerte). Pueden consultarse, entre otras ediciones, la de Juan Bautista Avalle-Arce, Madrid, Espasa Calpe, 1968 (2.ª ed.), 2 vols; la de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1995; o la de Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, Madrid, Cátedra, 1995. Ver también, entre otras aproximaciones, Francisco López Estrada, La «Galatea» de Cervantes: estudio crítico, La Laguna (Tenerife), Universidad de La Laguna, 1948; y Juan Bautista Avalle-Arce (ed.), «La Galatea» de Cervantes cuatrocientos años después (Cervantes y lo pastoril), Newark (Delaware), Juan de la Cuesta, 1985.

Don García Hurtado de Mendoza, Alonso de Ercilla y La Araucana

(Dedico la entrada de hoy, 18 de septiembre, a todos los colegas, amigos y familiares de «Chile, fértil provincia y señalada / en la región Antártica famosa»)

Bandera de Chile

Tal como se ha señalado, La Araucana de Ercilla[1] presenta la peculiaridad de ser un poema épico sin héroe: quien debería, sobre el papel, ser el protagonista principal de la epopeya, el capitán de las huestes españolas tras la muerte de Valdivia, don García Hurtado de Mendoza, aparece, sí, mencionado elogiosamente en algunas ocasiones, pero en modo alguno alcanza la categoría de héroe épico. Si queremos buscar un héroe en La Araucana, este sería colectivo: el pueblo mapuche en defensa a ultranza de su libertad; y, si hubiera que individualizarlo en la persona de uno de sus protagonistas, entonces sería el toqui Caupolicán.

Alonso de Ercilla y Zúñiga

Pues bien, la razón de ese retrato «de bajo perfil» —por así decir— con que aparece caracterizado el Marqués de Cañete en La Araucana la tenemos en el enfrentamiento personal que tuvo lugar entre don García y Ercilla en la ciudad de La Imperial en 1558, que recogen los cronistas y que se menciona también en el juicio de residencia al gobernador, y que el propio soldado-escritor evoca en un par de ocasiones en su poema (se refiere a ello como «un caso no pensado»). En efecto, después del regreso de las tropas españolas de su expedición al canal de Chacao y el archipiélago de Chiloé, se celebraron en La Imperial unas fiestas y justas, en las que se produjo cierto incidente como resultado del cual Ercilla fue detenido por orden de don García y condenado a muerte, aunque luego esa pena le fue conmutada por la de destierro. Así lo evoca Góngora Marmolejo en su crónica:

Don García, estando en este tiempo en la Ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo, quiso un día salir de máscara disfrazado a correr ciertas lanzas en una sortija por una puerta falsa que tenía en su posada, acompañado de muchos hombres principales que iban delante, y más cerca de su persona don Alonso de Arcila, el que hizo el Araucana, y Pedro Dolmos de Aguilera, natural de Córdoba. Un otro caballero llamado don Juan de Pineda, natural de Sevilla, se metió en medio de ambos; don Alonso, que le vido venía a entrar entre ellos, revolvió hacia él echando mano a su espada; don Juan hizo lo mismo. Don García, que vido aquella desenvoltura, tomó una maza que llevaba colgando del arzón de la silla y, arremetiendo el caballo hacia don Alonso, como contra hombre que lo había revuelto, le dio un gran golpe de maza en un hombro, y tras de aquel otro. Ellos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora y se metieron dentro. Luego mandó que los sacasen y cortasen las cabezas al pie de la horca; y él se fue a su posada y mandó cerrar las puertas, dejando comisión a don Luis de Toledo que los castigase; mas en aquella hora muchas damas que en aquella ciudad había, queriendo estorbar el castigo o que no fuese con tanto rigor, quitándole alguna parte del enojo, con algunos hombres de autoridad entraron por una ventana en su casa y se lo pidieron por merced. Condescendiendo a su ruego, los mandó desterrar de todo el reino[2].

Disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García:

 144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[3].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[4].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día.

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana su autor no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza[5]. Por el contrario, Ercilla nos ofrece en su célebre poema una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Pero esto constituye ya materia para otra entrada del blog…

Portada de La Araucana


[1] Manejo esta edición: Alonso de Ercilla, La Araucana, ed. de Isaías Lerner, 3.ª ed., Madrid, Cátedra, 2002.

[2] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, ed. de Miguel Donoso Rodríguez, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 286-287.

[3] Lo recoge Fernando Campos Harriet en su libro Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1969.

[4] Esta formulación recuerda la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[5] Recordaré que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado». El propio don García primero, y su familia después, organizaron una amplia campaña de propaganda para realzar su imagen, que incluiría la composición y publicación de numerosas obras teatrales, biográficas, etc., de las que también se irá hablando próximamente en este blog.

Chile visitado y descrito por Miguel Delibes

En la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes realizó su primer viaje a América. Voló desde Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956[1]. Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros “americanos”; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes[3].

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar como una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia[4].

Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5], y un cotejo de ambas obras lo ofrece también Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes.

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje y en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico. En su viaje, Delibes descubre Chile y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[6]. En futuras entradas volveré sobre este interesante libro para ofrecer más detalles de su contenido.


[1] Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias, Barcelona, Destino, 1961. Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Miguel Delibes, Recuerdos y viajes, Barcelona, Destino, 2010. Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137. Y de forma similar se expresaba en el prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[3] Amparo Medina-Bocos, introducción a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1997, p. XVI.

[4] Amparo Medina-Bocos, introducción a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, p. XVII. Ver también Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», en Estudios sobre Miguel Delibes, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1983, pp. 203-213.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en El autor y su obra: Miguel Delibes, ed. Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] El lector interesado encontrará más detalles en mi trabajo «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294.

Don Quijote desde Chile: un poema de Pedro Lastra

Interesado como estoy en las recreaciones quijotescas y cervantinas (véase la página web del proyecto que dirijo sobre este tema en el marco de las investigaciones del GRISO: http://www.unav.es/evento/cervantes/Proyecto-rqc), traigo hoy a las páginas del blog un poema de Pedro Lastra titulado «Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales», incluido en su poemario Noticias del extranjero (1979), y reproducido después en distintas ocasiones, como por ejemplo en el libro El Quijote en Chile, introducción y selección de Sergio Macías, Santiago de Chile, Aguilar Chilena de Ediciones, 2005, pp. 131-141, que es por donde lo citaré.

Pedro Lastra, poeta chileno (nacido en Quillota en 1932, pero criado en Chillán), ensayista e investigador de la literatura chilena e hispanoamericana, ha sido profesor en varias universidades de Estados Unidos como Buffalo, Saint Louis, Missouri y, finalmente, la State University of New York at Stony Brook, de la que es Profesor Emérito. Miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua desde 1987, en 2011 ingresó como miembro de número. Desde 2009 es también director de la revista Anales de Literatura Chilena, de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Dejando aparte su producción como investigador y ensayista, Pedro Lastra es autor de los poemarios La sangre en alto (1954), Traslado a la mañana (1959), Y éramos inmortales (1960), Noticias del extranjero (1979; reedición mexicana de 1982; ediciones en Santiago de Chile de 1992 y 1998) o Canción del pasajero (2001), entre otros títulos. Recientemente se ha publicado una completa antología de su poesía, bajo el título Baladas de la memoria (Barcelona, Pre-Textos, 2010). Para un acercamiento a su producción poética, puede verse la monografía de Edgar O’Hara titulada La precaución y la vigilancia (La poesía de Pedro Lastra), Valdivia, Barba de Palo, 1996. Enrique Lihn le dedicó los siguientes versos, en su poema «Postdata»:

Para decirlo todo en dos palabras
sobre tu poesía: Pedro Lastra:
digo que ya eres parte de ella misma.
Y globalmente, salvo error o excepción
parte de ti que escribes contigo mismo como
si fueras el papel frente a la pluma
o viceversa, la vacilación
propia del acto de escribir. La escribes
cuando pones, te pones en un verso y te dices
«menos feroz y astuto cada noche»
en relación a una historia de amor.
Rehúsas, pues, el cálculo de la palabra justa
(propio de los plumíferos o no, pero sagrados)
por otra precisión: la de los gestos
que describen a un tipo sin palabras
cuando opinadamente se distrae
hasta ser el que es a la hora precisa
en el lugar preciso, cuando por
necesidad de la escritura aquí
y ahora son los signos de la ausencia.
Dejemos el espíritu de lado:
el reverso –digamos− de la letra
oscuro como el bosque y la memoria[1].

En fin, su poema dedicado a don Quijote es el siguiente:

Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales

Seco
apergaminado por las largas vigilias
leo una vez y otra
la misma historia de esa Dulcinea
que no es historia porque yo la veo
claramente detrás de las palabras
y en las hojas del bosque rumoroso
que son las que mejor cuentan su historia.
Cómo van a saber lo mismo que yo sé
gentes que sólo saben
refocilarse en su ceguera
ayudados por turbios lazarillos
malandrines
falsos comendadores
que nunca vi en mis libros verdaderos.
Cómo van a saber si aquí el que ama
a una mujer soy yo. Y si no fuera
por el bueno de Sancho a quien le basta
creer para mirar y que ama todo
cuanto sus ojos miran
más valdría
(como dirá Vallejo cuando yo me haya muerto)
que se lo coman todo y acabemos.

No pongo glosa al poema, pero indicaré que lo comenta brevemente Lilián Uribe en su trabajo «Mester de extranjería: la poesía de Pedro Lastra», Inti. Revista de literatura hispánica, 39, primavera de 1994, pp. 216-217. Este artículo está disponible en:

http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss39/19


[1] Tomo el poema de la entrada dedicada a Pedro Lastra en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Lastra

Arauco en la literatura española del Siglo de Oro

Ahora que se acerca el 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, es un buen momento para que el Gobernador de esta Ínsula, chileno consorte, empiece a dedicar algunas entradas a autores y obras de la literatura chilena, o bien a la presencia de Chile y de temas chilenos en la literatura española. Comenzaremos hoy con esto último, ofreciendo algunas notas sobre la presencia de las guerras de Arauco en la literatura áurea, tema al que vengo prestando cierta atención en los últimos años.

La considerable presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos al tema de las guerras de Arauco, encontramos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De entre los cronistas, historiadores y autores de relaciones, habría que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y El Arauco domado de Pedro de Oña, pero no hay que olvidar otros títulos como El Purén indómito de Diego Arias de Saavedra o Las guerras de Chile, atribuido a Juan de Mendoza y Monteagudo.

En lo que respecta al teatro, aparece plasmada esa materia de Arauco, además de en el auto sacramental que nos ocupa, en las comedias La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete (1622), de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos. A estos títulos cabría añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte, cuya acción no está ambientada en Arauco, pero sí en un imaginario reino situado entre Perú y Chile[2]. Se trata de un volumen de obras muy considerable —sobre todo, en proporción con el conjunto global de piezas de asunto americano en el teatro áureo español[3]—, y esa abundancia se explica, en buena medida, por la existencia de dos prestigiosos modelos épicos que popularizaron en España los temas, personajes y motivos de aquel «Flandes indiano»: las obras ya mencionadas de La Araucana de Ercilla y El Arauco domado de Oña. Esa es, precisamente, una de las razones que apuntaba Dille para justificar tan crecida producción:

El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].

Es esta una cuestión sobre la que existe abundante bibliografía, pero ya volveremos sobre ella en otra ocasión. En cuanto a las recreaciones del personaje de Caupolicán, sabido es que ha inspirado distintas obras literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta el famoso soneto de Rubén Darío, pasando por romances, novelas históricas y otros destacados hitos textuales, a los que no puedo referirme ahora. También de estas recreaciones del cacique araucano se hablará en futuras entradas.


[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro. Homenaje a Jesús Cañedo, Kassel, Reichenberger / Gobierno de Navarra, 1992; Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Teresa J. Kirschner, «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y José Antonio Martínez Berbel (eds.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; Marcos A. Moríñigo, América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires-Instituto de Filología Amado Alonso, 1946; Concepción Reverte Bernal y Mercedes de los Reyes Peña (eds.), América y el teatro español del Siglo de Oro, Cádiz, Universidad de Cádiz, 1998; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993, o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), ed. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse, vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442; también el número especial de Teatro, 15, 2001, titulado América en el teatro español del Siglo de Oro, o el volumen La imagen del indio en la Europa moderna, Sevilla, CSIC, 1984. El lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada en Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (IN), Purdue University Press, 2009.

[2] Pieza peculiar dentro de este corpus, que ha generado bastante interés crítico en los últimos años.

[3] Ver por ejemplo Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 (especialmente pp. 21 y 44-45).

[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493.

Mester de juglaría en Navarra: el «Roncesvalles navarro»

El siglo XIII supone una transformación de los principios de la sociedad feudal y trae el desarrollo de la poesía en las distintas lenguas vernáculas. En el caso de Navarra, no debemos olvidar la importancia del Camino Francés o de Santiago como vía de introducción de nuevas ideas y corrientes artísticas y literarias. Por este camino —al que se ha llamado también «la calle Mayor de Europa»— iban y venían los juglares, personajes que recitaban las poesías compuestas por los trovadores, aunque a veces en la misma persona se unían el trovador y el juglar, esto es, compositor y recitante. José María Romera ha señalado que existe constancia documental de que la juglaría estaba bastante extendida en Navarra, aunque los testimonios literarios de esta actividad son más bien escasos:

Habría sido interesante conocer en qué medida la épica popular difundida en Navarra participaba de las características de la castellana o recibía influencia francesa, teniendo en cuenta la terminante diferenciación establecida entre ambas por los investigadores, o incluso saber si, además de los ciclos temáticos conocidos, Navarra aportaba otros nuevos que su agitada historia y su condición de tierra fronteriza estaban en condiciones de ofrecer[1].

Al decir de José María Corella, «los juglares influyeron decisivamente en el campo de la lírica, y Navarra los acogió con los brazos abiertos»[2]. Sin embargo, es poco lo que se sabe a ciencia cierta, aunque podemos recordar algunos nombres: Juan de Navarra, juglar de problemática existencia, Sancho (o Ancho) de Echalecu, Arnant Guillén de Ursúa, García de Churri… Eso sí, la juglaría no es solo cosa de hombres, y está documentada la existencia de juglaresas, por ejemplo una tal Graziosa, que recitaba en la Corte de Carlos III el Noble[3].

Dejando aparte estos juglares, de los que apenas nos queda más documentación que sus nombres, hay que consignar una importantísima aportación de Navarra al mester de juglaría. Me refiero al Cantar de Roncesvalles (también llamado el Roncesvalles navarro, para distinguirlo del Roncesvalles latino). Conservado en una copia con posible datación en 1310, constituye al decir de Romera «el primer texto literario navarro propiamente dicho»[4] y es uno de los pocos restos conservados de la épica juglaresca peninsular. En efecto, la épica castellana nos ha legado el monumento, a la vez histórico y literario, del Poema de mio Cid y algunos restos de ciclos sobre los siete infantes de Lara y otros personajes. El hallazgo de este fragmento del Cantar de Roncesvalles vino a confirmar la teoría de la existencia de otros cantares de gesta compuestos en suelo hispánico y en lengua vernácula.

El Cantar de Roncesvalles solo se conserva fragmentariamente: dos hojas escritas por las dos caras, con un total de cien versos, que parecen pertenecer a una copia de un texto de mediados del siglo XIII. Apareció en el Archivo Provincial de Pamplona (hoy Archivo General de Navarra), dentro de un registro de vecinos de Navarra titulado en su encuadernación moderna Libro de Fuegos de todo el Reyno. Año de 1366. Lo publicó Ramón Menéndez Pidal, el gran estudioso de la épica castellana, en un trabajo titulado «Cantar de Roncesvalles: un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII» (1917). Su contenido entronca con el tema carolingio de la batalla de Roncesvalles y la derrota de Roldán y los demás Pares de Francia en los desfiladeros pirenaicos. El texto que ha llegado hasta nosotros describe la lamentación del Emperador Carlo Magno ante los cadáveres de sus paladines, episodio recogido también en la célebre Chanson de Roland; pero importa destacar que el texto navarro se aparta en determinados detalles de la materia rolandiana francesa (por ejemplo, la muerte de Oliveros). Los siguientes versos corresponden a ese pasaje en que el Emperador encuentra los cadáveres de los Pares:

Aquí clamó a sus escuderos Carlos el enperante:
«Sacat al arçobispo d’esta mortaldade.
Levémosle a su terra, a Flánderes la ciudade.»
El enperador andava catando por la mortaldade,
vido en la plaça Oliveros o jaze,
el escudo crebantado por medio del braçale.

El Cantar de Roncesvalles navarro ha recibido cierta atención por parte de la crítica, así que remito para más detalles a los trabajos existentes de Jules Horrent (Roncesvalles. Étude sur le fragment de cantar de gesta conservé à l’Archivo de Navarra (Pampelune), París, Les Belles Lettres, 1951), Ramón Menéndez Pidal («Roncesvalles. Un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII», Revista de Filología Española, tomo IV, cuaderno 2.º, abril-junio de 1917, pp. 105-204; reeditado en Textos hispánicos medievales, Madrid, 1976, pp. 9-102) y Martín de Riquer (Chanson de Roland. Cantar de Roldán y el Roncesvalles navarro, texto original, traducción, introducción y notas por…, Barcelona, Sirmio, 1983)[5].


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, pp. 169-200, p. 172a.

[2] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 56.

[3] Ver María de los Desamparados Cabanes, «Juglares navarros del siglo XIV», Saitabi, 1963, 13, pp. 61-66; Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, pp. 219-276, pp. 242-246; María Rosa Pan Sánchez, «Navarra y la literatura inglesa: trovadores, juglares y ministriles ingleses en la Corte navarra», Notas y Estudios Filológicos, 11, 1996, pp. 157-177, y María Narbona Cárceles, «La consideración del juglar en la corte de Carlos II y Carlos III de Navarra, a través del estudio de su atuendo», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. I, pp. 429-442.

[4] Romera Gutiérrez, «Literatura», p. 172a.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

José de Sarabia y su «Canción real a una mudanza»

La cima poética del siglo XVII está representada en Navarra por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Sarabia es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza). En una nota que publicó en 1957[1], José Manuel Blecua vino a aclarar que la canción que se copia bajo el nombre del Trevijano no podía ser de Mira de Amescua. En el manuscrito Span. 56 de la Houghton Library de la Universidad de Harvard, fols. 152-155, se encuentra la solución, porque allí aparece la «Canción» con este encabezamiento: «Canción de don Joseph de Saravia, Secretario del Duque de Medina Sidonia, con nombre impuesto de Trevijano».

González Ollé ha recapitulado sus datos biográficos[2]. Fue vecino y natural de Pamplona (su padre, el capitán Pedro Sarabia de la Riva), caballero de Santiago, señor de la villa de Eransus, secretario del duque de Medina Sidonia, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, y montero de cámara de Su Majestad. En 1628 se le concedió un hábito. Blecua opinaba que debió de nacer hacia 1583-1584, pero González Ollé retrasa la fecha a 1593-1594. Este investigador destaca el hecho de que Sarabia sí resulta un personaje bien conocido por su intervención activa en diversos acontecimientos públicos de importancia de su época. Cabe la posibilidad de que participara en las campañas de Flandes e Italia, pues en septiembre de 1639 ostenta el grado de teniente de maestre de campo en la jornada de Fuenterrabía. Moriría en otro lance bélico, el combate de Martorell de 21 de enero de 1641, en el que las tropas realistas vencieron a los sublevados catalanes.

Por su parte, Alicia de Colombí Monguió[3] ha estudiado los tópicos, las fuentes literarias y emblemáticas y las huellas que la «Canción real a una mudanza» dejó en América:

Desengaños, muertes y tormentos, la próspera fortuna siempre al fin astrosa, la fragilidad de la vida y de todo lo humano, estrofa a estrofa, símbolo a símbolo, verso a verso, la «Canción» de Joseph de Sarabia, engarzando herencia ya secular desde las visiones de Petrarca, engarzará sus mudanzas a un mundo que las fijará en otras, al encontrar en la palabra y la figura de lo cambiante una de las constantes más perennes de nuestra lírica[4].

González Ollé estima a Sarabia como «el príncipe de los poetas navarros» por la perfección expresiva de su composición, con la que Gracián ejemplificó dos pasajes de su Agudeza y arte de ingenio, calificándola de «celebrada canción». Escribe el mencionado crítico:

La poesía de Sarabia está formada por siete estancias de diecinueve versos cada una, a las que sirve de remate una estrofa de envío con la siguiente estructura: 7a 11a 7b 11b 7c 11c. Los once primeros versos de cada estancia ofrecen sucesivas imágenes de seres animados o inanimados (jilguerillo, cordero, garza, militar, dama, navío, pensamiento), radiantes de inocencia, poderío, belleza, cuya tradicionalidad poética les confiere un patente carácter simbólico. Los ocho versos restantes, encabezados en cada estancia por el sintagma anafórico Mas, ¡ay!, describen la fatal destrucción, la completa aniquilación de tales realidades captadas en un momento pletórico de sus excelencias, y afectadas, un instante después, por la muerte, la derrota, la enfermedad, el naufragio. En varias estancias, por medio del pareado que las cierra, el poeta se hace presente para lamentar que la desventura expuesta no es sino imagen de la suya propia[5].

Copio a continuación el principio de la canción, su primera estancia:

Ufano, alegre, altivo, enamorado,
rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
se sentó en los pimpollos de una haya
y con su pico de marfil nevado
de su pechuelo blanco y amarillo
la pluma concertó pajiza y baya;
y celoso se ensaya
a discantar en alto contrapunto
sus celos y amor junto,
y al ramillo, y al prado, y a las flores
libre y ufano cuenta sus amores.
Mas, ¡ay!, que en este estado
el cazador cruel, de astucia armado,
escondido le acecha
y al tierno corazón aguda flecha
tira con mano esquiva
y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
retrato de mi suerte desdichada!

Tras el del jilguerillo vienen otros símiles: el corderillo devorado por el lobo, la garza que remonta su vuelo hasta el cielo y es abatida por el águila, el capitán bisoño que pierde la batalla que tenía ganada y la vida, la bella dama que por una enfermedad ve malograrse toda su hermosura, el bajel del mercader que se hunde con todos sus tesoros cuando estaba a punto de llegar a puerto. Tras la indicación de que su pensamiento de amor por una señora se elevó «ufano, alegre, altivo, enamorado» (retoma Sarabia el verso inicial), la voz lírica se identifica con todas las imágenes anteriores:

Mi pensamiento con ligero vuelo
ufano, alegre, altivo, enamorado,
sin conocer temores la memoria,
se remontó, señora, hasta tu cielo,
y, contrastando tu desdén airado,
triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
y en la sublime gloria
de esa beldad se contempló mi alma,
y el mar de amor sin calma
mi navecilla con su viento en popa
llevaba navegando a toda ropa.
Mas, ¡ay!, que mi contento
fue el pajarillo y corderillo exento,
fue la garza altanera,
fue el capitán que la victoria espera,
fue la Venus del mundo,
fue la nave del piélago profundo;
pues por diversos modos
todos los males padecí de todos.

Canción, ve a la coluna
que sustentó mi próspera fortuna,
y verás que si entonces
te pareció de mármoles y bronces,
hoy es mujer, y en suma,
breve bien, fácil viento, leve espuma.

Este verso final es uno de esos enunciados trimembres con los que Sarabia, al decir de González Ollé, consigue «versos de rotunda belleza». En esta composición, seleccionada por Menéndez Pelayo entre las cien mejores poesías de la lengua castellana, se aprecian influencias de una elegía del año 1611 de Quevedo a Luis Carrillo y Sotomayor y de los Emblemas morales (1610) de Covarrubias. También se le han señalado concomitancias con una canción anónima que comienza «Creció dichosa en fértil primavera…». No obstante, Sarabia elabora esas influencias y los motivos de la tradición clásica y nos los devuelve transformados en una muy bella y emotiva expresión.


[1] José Manuel Blecua, «El autor de la canción “Ufano, alegre, altivo, enamorado…”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 1957, 11, pp. 64-65.

[2] Fernando González Ollé, «Biografía de José de Sarabia, presunto autor de la “Canción real a una mudanza”», Revista de Filología Española, 46, enero-junio de 1963, pp. 1-30.

[3] Alicia de Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», Revista Hispánica Moderna, 40, núms. 3-4, 1978-1979, pp. 113-125.

[4] Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», p. 123.

[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 109.