De Elisabeth Mulder (Barcelona, 1904-Barcelona, 1987), poeta de la Generación del 27, copiaba ayer su soneto «Rebeldía». Añado hoy su romance «Canción de marinero en la noche», perteneciente a su poemario Poemas mediterráneos (1949).
Mario Galarza, Mujer con toalla en la playa (Artelista, 2021).
La noche trae mi esperanza rodando sobre la arena. ¡Mejilla de estrella virgen, garganta de luna llena! La noche trae mi esperanza con la ropa medio puesta, ¡espalda de nardo fresco, vientre en flor de primavera! Ola, un puñado de sal para ungir a mi morena, la de los senos tan suaves como capullos de seda, la de los muslos de plata como agujones de estela. Gaviota que bate el viento comiéndose los planetas, cuando piques en el mar para besar las sirenas, tráeme ramas de coral que ciñan a mi morena por la hebra de su cintura al lecho de playa en fiesta. Ya cae otra estrella herida, ya huye cantando otra vela, ya va entornando la luna sus grandes ojos de enferma… ¡La noche trae mi esperanza rodando sobre la arena![1]
[1] Cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, pp. 230-231.
Elisabeth Mulder (Barcelona, 1904-Barcelona, 1987) forma parte de la nómina femenina de la Generación del 27 y del grupo de «Las Sinsombrero». Fue escritora (cultivo la poesía, la novela, el cuento y el teatro), traductora, periodista y crítica literaria. Se ha señalado que, en el terreno poético, pasó de un simbolismo decadentista atormentado al equilibrio clásico del novecentismo. Entre sus títulos poéticos se cuentan Embrujamiento (1927), La canción cristalina (1928), Sinfonía en rojo (1929), La hora emocionada (1931), Paisajes y meditaciones (1933) y Poemas mediterráneos (1949). En el año 2010 fue rescatada, junto a diecinueve nombres más, por Pepa Merlo en la antología Peces en la Tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27 (Madrid, Fundación José Manuel Lara). En 2018 se publicó Sinfonía en rojo. Prosa y poesía selecta, con introducción de Juan Manuel de Prada (Madrid, Fundación Banco Santander).
A su poemario Sinfonía en rojo (1929) pertenece este soneto titulado «Rebeldía»:
Señor, ya no más hiel; quiero un momento ser yo quien el atroz látigo empuñe. Hastiado de lo injusto del tormento el león que hay en mí protesta y gruñe.
Señor, ni sumisión ni mansedumbre quiero; no soporto lo inicuo de mi yugo. Soy rayo, río, volcán, soy muchedumbre, no tolero cadenas ni verdugo.
Señor, ya no más hiel, que mi garganta la inhumana ponzoña más no aguanta. Mi corazón, congestionado, estalla…
Y una roja visión me va exaltando… ¡Si he de morir, Señor, que sea matando, como muere el soldado en la batalla![1]
[1] Cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, pp. 225-226.
Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia).
Vaya para hoy, primer domingo de Adviento e inicio del nuevo año litúrgico, su «Villancico del Adviento en Galilea», que lleva como subtítulo «Homenaje a Federico García Lorca» (y, en efecto, se aprecian en el texto claros ecos lorquianos en el empleo de una métrica neopopularista, con repetición continua del primer verso y de un estribillo que presenta variantes, y en la imaginería empleada: nácar, luna, alborada, verdes algas, etc.). Dice así:
La Virgen se fue a la mar a buscar conchas de nácar para hacerle al niño[1] un cofre de madreperlas y escarcha.
(La Estrella del mar volvía con el rocío del alba.)
La Virgen se fue a la mar en buscas[2] de espumas blancas para coser los pañales con sus puntillas de Holanda.
(La Estrella del mar volvía saludando a la mañana.)
La Virgen se fue a la mar a ver la luna en el agua para copiar en sus brazos un regazo de luz alta.
(La Estrella del mar volvía orilla de la alborada.)
La Virgen se fue a la mar a buscar las verdes algas con que hacerle al niño ajorcas y túnicas de esmeralda.
(La Estrella del mar volvía con la flor de la enramada.)
La Virgen se fue a la mar a oírle[3] cantar su nana para acunarle los sueños al pequeño Dios del alma.
(La Estrella del mar volvía por la senda de las barcas.)
La Virgen se fue a la mar en busca de la alborada para iluminar el día de la promesa anunciada.
(La Estrella del mar volvía con el sol de la mañana.)[4]
[1] Mantengo aquí y unos versos más abajo la minúscula del original.
[2] Tal vez podría enmendarse a «en busca», considerando parásita la s final, atraída por «espumas blancas». En cualquier caso, «en buscas» bien podría ser un plural intensificador querido por el poeta y por ello mantengo lo que dice el texto.
[4] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [EUROGRAF], 1994, pp. 27-28. El libro fue editado con la colaboración del Departamento de Educación y Cultura (Institución Príncipe de Viana) del Gobierno de Navarra.
Como poeta, la producción de Lucía Sánchez Saornil (Madrid, 1895-Valencia, 1970) —que usó el seudónimo literario Luciano de San-Saor— se adscribe principalmente al movimiento ultraísta. Además de escritora y periodista, fue una destacada militante anarquista y luchadora por la emancipación de la mujer. Como escribe José Luis Ferris, «La figura de Lucía Sánchez Saornil va indefectiblemente unida al Ultraísmo, movimiento de vanguardia del que fue pionera, y al anarcofeminismo, por su enérgico papel en la lucha sindical, su antifascismo y su tenaz defensa de los derechos de la mujer»[1]. Su obra poética está formada por Estuario (1925, poemario anunciado en la revista Tobogán, que no llegó a publicarse), Romancero de Mujeres Libres (1938; hay edición facsímil del año 2020); Siempre puede volver la esperanza (poemario inédito de hacia 1960); Poesía, edición de Rosa María Martín Casamitjana (Valencia, Pre-Textos, 1996) y Corcel de fuego, edición e introducción de Nuria Capdevila-Argüelles (Madrid, Ediciones Torremozas, 2020), que recoge poesía del periodo 1914-1931.
Sirva como pequeña muestra de su quehacer poético este soneto suyo titulado «Soñar, siempre soñar» y fechado a finales de los años sesenta.
Has jugado y perdiste: eso es la vida. El ganar o perder no importa nada; lo que importa es poner en la jugada una fe jubilosa y encendida.
Todo lo amaste y todo sin medida. ¿Cómo puedes sentirte defraudada si fuiste por amor crucificada con un clavo de luz en cada herida?
Sobre urdimbres de olvido van tejiendo lanzaderas de ensueño otra esperanza de un morir cotidiano renaciendo.
Porque un nuevo entusiasmo nos transporta a otro ensueño entrevisto en lontananza y en la vida, el soñar, es lo que importa[2].
[1] José Luis Ferris, en Mujeres del 27. Antología poética, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 89.
[2] Recogido en Lucía Sánchez Saornil, Poesía, ed. de Rosa María Martín Casamitjana, Valencia, Pre-Textos, 1996. Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, p. 100, restituyendo la mayúscula al comienzo del segundo verso.
Tras «Desde el olvido» y «Mediterráneo», transcribo hoy otro poema de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Forma parte de la segunda parte, «Ritual de caracolas», de su poemario Cárcel de la memoria (1991).
El rayo verde es un fenómeno óptico atmosférico que ocurre al amanecer y al atardecer, donde la luz del sol se descompone por la atmósfera y crea un destello verde visible durante uno o dos segundos justo antes de que el sol se oculte o después de que aparezca. La creencia popular dice que ver el rayo verde otorga felicidad para toda la vida; y si una pareja lo ve junta, se dice que sella su amor, y a esto es a lo que parece aludir el poema.
La soledad desbocada de sus venas acelera el fuelle de un triste corazón. Fuego, volcán inapagable, erupción cotidiana de ansiedad y temor. Busca sin saber detenerse. Su quebrada sonrisa nos iguala el cansancio. Inesperadamente el fenómeno extraño se produce. De madrugada con el cálido gesto del Amor revoloteando en plumas de sorpresa, ella ve aparecer el rayo verde[1].
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 70.
Ayer traía al blog el poema «Desde el olvido», de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Copio hoy una segunda composición de su poemario Cárcel de la memoria (1991), también de la sección «Entre las algas», en la que el desengaño amoroso expresado por la voz lírica queda subrayado por el irónico final.
Un día, acaso lo recuerdes, construimos una gran casa de cristal dibujando los sueños más profundos dando vida al Amor en otras vidas.
Tú ibas a ser marino. Yo, escritora.
Dime, ¿por qué llegó el invierno ahogándonos en sombras? El destino es cruel y ahora se ríe. Acabas de llamarme. Me invitas a tu boda[1].
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 38. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.
La obra poética de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008) está formada por los siguientes títulos: Testamento de lunas (1983), Los hijos de la sombra (1986), Cárcel de la memoria (1992), Al viento (1996) y Dos orillas (2003, poemario bilingüe árabe-español).
Su volumen poético Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991) fue publicado con una ayuda a la Creación Literaria del Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra. Está formado por dos secciones, «Entre las algas» (36 poemas) y «Ritual de caracolas» (otras 30 composiciones), y los textos están acompañados por bellas ilustraciones de Piluca Aranguren Ilarregui. «Desde el olvido» es el séptimo poema de la primera sección, y constituye un buen ejemplo de la temática amorosa —de desamor, más bien— que reflejan varios de los poemas aquí incluidos.
No he visto los ojos necesarios. Ni las pequeñas manos que aprisionan las rosas. Ni tus labios de fuego abrasando mi ausencia. Preguntarás sin saber responderte. Te quiero. Te quiero detrás de nuestra sombra. Detrás del desamor. Desde el olvido.
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 16.
De Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, he traído al blog estos días sus poemas «¡Gritar, gritar a la luna…», «¡Cómo temblaban mis labios…» y «Qué repetido deseo…». A su poemario Medida del tiempo (inédito hasta 1989) pertenece este soneto, de tono dolorido y gran fuerza expresiva:
José Gutiérrez Solana, [Mujer ante el espejo] (1963). Calcografía Nacional (Madrid), núm. de inventario: E-6724.
Cuando veo mi imagen reflejada en la luna impasible del espejo, siento cómo me duele su reflejo tan fiel a mi verdad enajenada.
Esta forma que late y se rebela, un tiempo fue de amor y fue de vida; y aún hoy, que huellas saben de su huida, queda una voz para su luz en vela.
Pero un día vendrá el irremediable que a este espejo me asome, ya acabada. Y la raíz de fuego insobornable
que crece en mi interior, aún no saciada, conmoverá la cárcel indomable con su llanto de ruina abandonada[1].
[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 289.
Tras «¡Gritar, gritar a la luna…» y «¡Cómo temblaban mis labios…», de Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, añado hoy «Qué repetido deseo…», también de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, que presentan algunas rimas asonantes, de forma esporádica.
La dormeuse (1932), de Tamara de Lempicka. Colección privada.
Qué repetido deseo, todo igual y siempre el mismo, distinto y otro, inconsciente, confundido y tan preciso, se me va quedando dentro escondido y dueño solo, perdido y presente siempre. Altas noches, muros largos, patios de la madrugada. Y mi deseo rodando —número de circo— libre. Una y otra vez, alerta dando la voz en mis sienes, centinela de mi pecho, fiel compañero constante. Qué repetido deseo tan inseguro y tan firme, ignorada certidumbre. Distancia, viento y espacio[1].
[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 283.
Copiaba ayer el poema «¡Gritar, gritar a la luna…», de Josefina de la Torre (Las Palmas de Gran Canaria, 1907-Madrid, 2002), poeta de la Generación del 27, y hoy traigo otra composición suya, esta de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, varios de ellos con rima asonante en é o, pero la estructura métrica no es la de un romance. Las repeticiones paralelísticas contribuyen también a crear un ritmo que tiene la gracia de la poesía popular.
Paisaje de labios, de Patrik Molntuss.
¡Cómo temblaban mis labios al despertarme mi sueño! ¡Qué parado mi deseo! Mi pensamiento, qué libre por los caminos del viento. Cuando cerraba los ojos, el día los iba abriendo; yo recogiendo mi imagen, él desdoblando su anhelo. ¡Cómo temblaban mis labios a la sombra de mi sueño![1]
[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, pp. 282-283.