«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto II)

Examinaremos en esta entrada los bloques escénicos del acto II de La celosa de sí misma[1]. Veamos:

1. Ardides de doña Magdalena y mentiras de Santillana

a) Sale doña Magdalena de luto bizarro, con Quiñones. Comenta que al principio estaba feliz de amar a don Melchor, porque admiraba sus buenas cualidades, pero ahora que va a ser su esposo le resultan enfadosas, pues le causan sospechosos recelos. En concreto, le molesta que viniera a casarse y se fuera con la primera desconocida que le enseñó una mano; y como esa mano era la suya, resulta que siente celos de sí misma. Decide que acudirá a la Victoria como prometió, para poner en práctica los «ardides / de mi amor» (p. 1099): irá con luto y en una silla distinta para que nadie la reconozca.

b) Don Melchor y Ventura. Este se lamenta de que su amo se haya enamorado de una mano, y piensa que la desconocida dama que prometió venir solamente lo hará si intuye que puede sacarles más dinero. Don Melchor comenta que doña Magdalena no le agrada, pues le pareció demasiado fría. Pero si la dama desconocida es fea, posibilidad que le hace ver Ventura, volverá con su prometida, «que si no es hermosa, es rica» (p. 1191).

c) Salen doña Magdalena y don Luis. Este se queja de que los mantos privan a los hombres de admirar la belleza de las damas. Él está interesado en que la tapada entre en relaciones con don Melchor, ya que así le dejará libre a doña Magdalena.

Mujer tapada

d) Doña Magdalena y don Melchor. Ella le reprocha que ama y se casa con una tal Magdalena, «noble, cuerda, hermosa y rica» (p. 1005). Don Melchor protesta diciendo que la belleza de esa Magdalena no tiene ni punto de comparación con la de su mano, y le pide descubra el rostro. Asegura que se irá de casa de su prometida, y que la cederá a don Luis.

e) Ventura interroga a Santillana. Este escudero viejo finge que doña Magdalena es la condesa de Chirinola. Simultáneamente, la tapada enseña los ojos, primero uno, luego otro, a don Melchor, quien confiesa que los de su novia no son tan hermosos. La supuesta condesa les da una sortija.

2. Doña Ángela contraataca

a) Don Sebastián y doña Ángela. Don Sebastián, que ama a doña Magdalena, tiene celos de don Melchor; y doña Ángela, que ama a don Melchor, también está celosa de su vecina. Los dos hermanos traman un plan para estorbar que se casen: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio el sí de esposa. Si es preciso, buscará testigos falsos entre criados y amigos para que acrediten el embuste. Además, él tiene más dinero que el otro: «Don Melchor es muy galán, / pero más lo es el dinero», comenta doña Ángela (p. 1114).

b) Ventura y doña Ángela. Ella le entrega una sortija y el criado, loco de contento al ver que le llueven las alhajas, elogia esta mano perfecta que da y no pide. La dama le pregunta si sería ella rival para la esposa de don Melchor. Ventura le confiesa que su amo ya no ama a doña Magdalena, sino a la condesa del Bolsillo (así la llama[2]), y doña Ángela queda celosa, ahora de esa supuesta condesa. Pero el criado la tranquiliza: como su amo está enamorado de una mano y de un ojo, bastará con que ella le enseñe la nariz, el hocico y la dentadura para desbancar a la rival, comenta humorísticamente.

c) Doña Magdalena, con otro vestido, y Quiñones. Ella sigue estando celosa de sí misma: está quejosa porque don Melchor la ama como dama misteriosa, y la desama como Magdalena, es decir, adora su mano y sus ojos según vaya tapada o no. Insiste en que está envidiosa de sí, sintiendo «el cuchillo de los celos» (p. 1121).

d) Doña Ángela, don Sebastián, don Jerónimo y don Alonso. Don Sebastián cuenta que el leonés está comprometido para casarse con una condesa. Don Alfonso, el padre de doña Magdalena, dice que buscará otro consorte para ella. Don Sebastián se ofrece, con sus seis mil ducados de renta, y propone al mismo tiempo que su hermana case con don Jerónimo.

e) Acompañado de Ventura, se presenta don Melchor, a quien interesa despedirse de su prometida y quedar libre para casar con la condesa. Don Alonso, don Jerónimo, don Sebastián y doña Ángela le dan parabienes por su nuevo matrimonio y lo abandonan tras despedirse con cortantes réplicas. Tampoco Quiñones quiere saber nada con Ventura. Doña Magdalena, por su parte, dice al leonés que la Condesa, que es amiga suya, marcha a Italia para casarse con su primo Enrico, y que ella se va a casar con otro. Don Melchor queda corrido, abandonado por todos: tendrá que irse de Madrid, pues las dos mujeres (su prometida Magdalena y la misteriosa dama de la Victoria, convertida en condesa) le dejan[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Considero que hay que editar «condesa del Bolsillo» así, con mayúscula, como si se tratase de un título nobiliario.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto I)

La celosa de sí misma[1] constituye una buena muestra del ingenio cómico de Tirso de Molina, que voy a estudiar en el doble plano de la comicidad «en obras» (es decir, la comicidad de situación y la escénica), por un lado, y la comicidad «en palabras» o verbal, por otro[2]. Antes de entrar en materia, resumiré por «bloques escénicos» la acción de la comedia; luego (en próximas entradas) comentaré los hilos principales del enredo, estudiaré los dos planos de la comicidad enunciados en el título y, en fin, me detendré en la consideración del personaje protagonista, don Melchor.

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

Estos serían los bloques escénicos que podemos deslindar en el acto I:

1. Don Melchor, prendado de una mano en la Victoria

a) Aparecen don Melchor y su criado Ventura, de camino, pues acaban de llegar a Madrid; comentan que la corte es una «agradable confusión» y se admiran de la bizarría de sus casas. Por su diálogo nos enteramos de que don Melchor viene de León a casarse con una mujer que aporta sesenta mil ducados de dote, mientras que él, caballero pobre, solo trae doscientos escudos. Don Melchor expresa su deseo de casar con una mujer rica, pero quiere que reúna además en su persona belleza y virtud. Como es día de fiesta, se acercan a la iglesia de la Victoria para oír misa, mientras siguen comentando que Madrid constituye un abismo de hermosura y valor.

b) Don Jerónimo y don Sebastián, vecinos de casa, hacen amistad y charlan de sus cosas: don Jerónimo comenta que su hermana está prometida a un pariente leonés que llega a la corte. Por su parte, don Sebastián, que pretende un hábito, le habla de Ángela, su hermana sevillana.

c) Don Melchor y Ventura. El primero relata a su criado que ha contemplado en misa una bellísima imagen de mujer; en realidad, solo le ha visto la mano, cuando ella se quitó el guante para santiguarse. También vio que un hombre robaba el bolsillo a la hermosa. Ahora espera la salida de la dama para vislumbrar de nuevo su mano, cuando se acerque a tomar el agua bendita.

d) Salen de misa doña Magdalena y Quiñones. Don Melchor se declara a la dama y es rechazado porque —se excusa ella— no es ni el lugar ni la ocasión. No obstante, el leonés pide a doña Magdalena que se descubra. Ventura, por su parte, se dirige a la criada Quiñones, en humorística acción paralela, y la dueña le da un cachete. Don Melchor explica a la dama que le han cortado el bolsillo y le entrega el suyo, como si fuese el robado que él ha encontrado, insistiendo en que se descubra. Como se muestra tan importuno, la dama ordena a su criada que coja el bolsillo para que se vaya y las deje en paz, aunque sabe que no es el suyo. Promete volver al día siguiente por si aparece el verdadero dueño, y muestra la mano desnuda, sin guante, como señal para poder ser conocida.

e) Ventura reprocha a su amo el haber dado doscientos escudos por ver una mano, comentando festivamente que la broma le ha costado cara, a cuarenta escudos por dedo. Además, se han quedado sin blanca, lo que está mal en un galán que viene a pretender en la corte. Entonces don Melchor saca el bolsillo de la dama, que hizo devolver al ladrón, y juntos examinan su contenido.

2. Un rival bien acogido

a) Llega don Luis, primo de don Melchor, quien le presenta a su cuñado, don Jerónimo. Este se lamenta de que el leonés se apease en un mesón, en lugar de dirigirse directamente a su casa, y se va a avisar a su hermana.

b) Don Luis y don Melchor. Don Luis pide noticias de León. Por su parte, cuenta que es rico, pues salió con un mayorazgo. Don Melchor sabe que su primo amaría a doña Magdalena, su prometida, de no mediar él. Don Luis dice noblemente que sacará del pecho la imagen de la dama «aunque me cueste la vida, / con la ausencia o con el tiempo» (p. 1085), y que se marchará a Toledo. Sin embargo don Melchor, que desea verse libre para cortejar a la misteriosa dama de la mano, le invita a continuar en sus pretensiones con doña Magdalena.

3. Doña Magdalena, celosa de sí misma

a) Doña Magdalena y Quiñones. La dama reconoce que ha quedado enamorada del forastero galán y desea que el novio que le traen de León sea, si no tan perfecto, por lo menos amante y discreto como el desconocido.

b) Ama y criada reciben la visita de don Sebastián y doña Ángela, los vecinos de arriba. Doña Ángela es retratada como una hermosura cruel que rehúsa el matrimonio.

c) Don Alonso, el padre de doña Magdalena, le presenta a su esposo, don Melchor. Sabe que el primo leonés no es rico, pero sí noble, y él aprecia más la sangre que la riqueza. Doña Magdalena lo reconoce enseguida como el forastero galán de la Victoria, pero don Melchor a ella no (ha mudado de traje), pese a que su criado Ventura le asegura que es la misma mujer: en comparación con la desconocida, esta le parece fea. A su vez, don Jerónimo queda enamorado de doña Ángela, la hermana de don Sebastián. El acto se remata con las cuitas de Ventura por los doscientos escudos perdidos[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Más antigua es la edición de Blanca de los Ríos, en Obras dramáticas completas, tomo II, Madrid, Aguilar, 1962. Ver también, de entre la bibliografía más reciente, los trabajos de: Philippe Meunier, «Pour un espace “à la lettre” dans La celosa de sí misma de Tirso de Molina», Cahiers du GRIAS, 1, 1993, pp. 153-174; Luis Vázquez, «La originalidad ingeniosa de La celosa de sí misma de Tirso en relación con el manuscrito previo de Remón Tres mujeres en una», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 325-338; Bernardo Sánchez Salas, La celosa de sí misma, Madrid, Compañía Nacional de Teatro Clásico, 2003; Blanca Oteiza, «El lenguaje poético y dramático de Tirso. A propósito de El burlador de Sevilla y La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 37-55; Felipe B. Pedraza Jiménez, «La celosa de sí misma: comedia urbana y fantasía erótica», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 155-173; José María Ruano de la Haza, «Tirso a escena: la construcción del personaje de Don Melchor, en La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 175-191; Marc Vitse, «De La jalouse d’elle même de Boisrobert a La celosa de sí misma de Tirso de Molina», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), Tirso, de capa y espada. Actas de las XXVI Jornadas de teatro clásico de Almagro, 8, 9 y 10 de julio de 2003, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2004, pp. 97-126; Gemma Gómez Rubio, «Sobre la representación de La celosa de sí misma», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), El corral de comedias, espacio escénico, espacio dramático. Actas de las XXVII Jornadas de teatro clásico de Almagro, 6, 7, 8 de julio de 2004, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2006, pp. 205-210; Charles Victor Ganelin, «Confusing Senses and Tirso de Molina’s La celosa de sí misma», Bulletin of Spanish Studies: Hispanic Studies and Research on Spain, Portugal and Latin America, vol. 90, núms. 4-5, 2013 pp. 619-638; Robert L. Turner, «Reality and Illusion in La celosa de sí misma: The Doubling of Identity», Bulletin of the comediantes, vol. 66, núm. 1, 2014, pp. 55-74; Rocío Arana Caballero, «La mujer amada, ¿quimera o realidad? El caso de La celosa de sí misma», de Tirso de Molina», Revista de Estudios Hispánicos, 2.1, 2015, pp. 137-148; y Françoise Gilbert y Teresa Rodríguez-Saintier, Comédies du Siècle dʼor: Lope de Vega, «El acero de Madrid». Tirso de Molina, «La celosa de sí misma», Neuilly-sur-Seine, Atlande, 2024.

[2] Cfr. la teoría sobre la «risa en obras y palabras» expuesta por López Pinciano en la epístola nona de su Philosofía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1953, vol. III, pp. 33-44.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (y 2)

En cuanto a las mujeres que intervienen en El mariscal de Virón, comedia burlesca de Juan de Maldonado[1], ya sabemos que Blanca mata de sífilis (vv. 55 y ss.)[2]; las damas son comparadas con ranas (vv. 110-112 y 480) y equiparadas a infernales langostas (v. 1472); Blanca va a engordar como una lechona de amor (vv. 250-252) y sus ojos, que son como linternas (v. 301) y luciérnagas en rastrojos (v. 794), están llenos de lagañas (v. 305), no tiene ningún recato (v. 400), un callo adorna su pie (v. 407) y es una buena ganga (v. 422). Por lo que toca a la Reina, se elogia su rara belleza, diciendo que viene sin alabarda (vv. 82-83); se despereza delante de todos (v. 102) y es, en fin, una linda pieza (v. 108), expresión que hay que tomar a mala parte.

Mujeres-rana

En fin, la reducción costumbrista se consigue con alusiones contemporáneas como las Vistillas (v. 523), Atocha (v. 1404) y la Vitoria (v. 1406) o el Sotillo (v. 1742). Hay también algunas indicaciones festivas relacionadas con la religión: cuatro padres franciscos (v. 346), Padre Prior (v. 560), capacha (v. 590)…

La Comedia burlesca del mariscal de Virón, cuyos procedimientos cómicos hemos examinado someramente a lo largo de varias entradas, constituye una de las piezas más entretenidas de este peculiar subgénero dramático del Siglo de Oro. Se asemeja bastante al modelo serio, la comedia homónima de Juan Pérez de Montalbán[3], en cuanto a personajes, estructura y acción. Pero la versión burlesca de Maldonado es, sin duda, una joya dentro del corpus de las comedias burlescas, y también dentro de las creaciones artísticas inspiradas por las figuras históricas del rey Enrique IV de Francia y el mariscal de Biron. A lo largo de sus casi dos mil versos (extensión bastante considerable en comparación con otras piezas paródicas áureas), el autor despliega una muy amplia gama de recursos cuya función primaria, casi única, es provocar y mantener la risa del espectador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

[3] Para este autor, remitimos al Portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (1)

Como ya hemos indicado en otras entradas, las comedias burlescas se representaban durante el Carnaval, época del año en la que el «mundo al revés» se adueñaba de las calles y los palacios[1]. Algunos de los dramaturgos nos recuerdan este detalle, introduciendo en sus obras burlescas —representadas en fiestas cortesanas— distintas referencias a dicha celebración. En la que ahora nos ocupa, El mariscal de Virón de Juan de Maldonado, encontramos las siguientes: correr una gansa (v. 675)[2], típica actividad de Carnaval; rey de gallos (v. 680); «le puso el Rey una maza, / que al fin son Carnestolendas» (vv. 832-833). Otras pudieran ser las de fechas religiosas: Malas Pascuas (v. 309, que es frase hecha, pero actualizada en este contexto y situación), Miércoles Corvillo (v. 415), Domingo de Ramos (vv. 563-564); las de comidas propias del Carnaval: morcón (v. 574), morcillas (v. 1072) y longaniza (v. 1978); o las de instrumentos y sonidos carnavalescos: tocar a cencerra (v. 738) y cascabeles (v. 1801).

Además, no debemos olvidar que el Rey que interviene aquí es un auténtico Rey de Carnaval, como demuestra esta acumulación de notas e indicaciones sobre su persona: se trata de un hombre prolijo (v. 10); se dice de él que tiene su cortijo de «sarracinos y aliatares» (vv. 11 y 70) y mira airado (v. 95); es un rey Cachumba (v. 178); apuesta con Carlos, en el sueño de Blanca, a ver quién come más buñuelos (vv. 278-281), y en realidad el apetito no le falta, porque come más que los obispos griegos (vv. 282-285); es un rey de bastos (v. 368), más baldado que un buboso (v. 369), con hipocondría (v. 383); un rey de mojiganga (v. 421), rey farandulero (v. 467), equiparable al rey Perico (vv. 472-473); no trae dinero (v. 501) y se está en la cuna ‘es un niño’ (v. 666); es rey de copas, de espadas (vv. 1039-1040), un Rey Alfaro (v. 1145), es hombre impertinente (v. 1169), goloso (v. 1263), rico y codicioso (v. 1266), caprichoso (v. 1315), severo (v. 1336), cuyo reino es una bambolla (v. 1386), riguroso y esquivo (v. 1705), un rey de tomo y lomo (v. 1712), y por todo ello no extrañará que se indique que su Alteza ya «caduca» (v. 1939).

Bufón El Primo, de Velázquez

Pero no pensemos que el Mariscal y los demás nobles quedan mejor parados: ya hemos aludido en la entrada anterior a su mal vestido, que se compara con un queso añejo (vv. 35-40); añadamos ahora que el Duque de Saboya sufre jaqueca y almorranas (v. 74), es una buena lanza (v. 86) y queda asimilado a un escribano (v. 88); el Conde de Fuentes es un dormilón y un menguado (vv. 131 y ss.) y vive en una cabaña (v. 153); los nobles, en general, son buena boya (v. 170), unos borrachos y unos muertos de hambre (v. 1072).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: vestidos y accesorios

Las acotaciones en el texto de la burlesca de El mariscal de Virón son muy pobres, en la mayoría de los casos simplemente se anota la entrada y salida de los personajes, al igual que los ruidos de la batalla[1]. Sin embargo, a partir de los diálogos podemos inferir algunos de los gestos y movimientos que deben hacer los actores. Igualmente, el texto no ofrece muchas indicaciones sobre los vestidos y accesorios de los personajes; pero hay que destacar el pasaje en el que se alude directamente a la forma pobre y andrajosa en la que viste el protagonista: al llegar a Palacio en la primera jornada, Jaques, el criado del Mariscal, compara a su amo, por lo viejo y arrugado de sus vestidos, con un queso añejo: «(porque siempre andas de mala / conmigo y con tu vestido), / no vinieras de manera, / que mirando en un espejo / parecieras queso añejo / metido en la ratonera» (vv. 35-40)[2].

El joven mendigo, de Murillo

Hay también un par de referencias a accesorios de la época, como los chapines (vv. 62, 495 y 1859) y el guardainfante (v. 216), ambos artículos femeninos, aludidos aquí en referencias festivas: los chapines, para hacer grande (en vez de Grande, título honorífico) a un personaje; el guardainfantes, para que se lo ponga un hombre (v. 216, en un carnavalesco cambio de género).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: el «lenguaje de la plaza pública»

La comedia burlesca del Siglo de Oro recoge con frecuencia elementos del habla coloquial de la época (refranes, muletillas lingüísticas, apodos…)[1]. También los personajes de El mariscal de Virón[2] utilizan varios recursos del habla popular, como insultos o maldiciones, al igual que frases hechas y un sinnúmero de refranes y proverbios (lo que Bajtin llamó «lenguaje de la plaza pública»). Entre los insultos podríamos incluir algunos calificativos jocosos y la onomástica burlesca. Veamos: la Reina es «Reina del Haba» (v. 90); al rey de Francia lo llaman «rey Cachumba» (v. 178) y después «rey de mojiganga» (v. 421); el Mariscal se refiere al Conde de Fuentes, jugando con su nombre, como fontanero (v. 721) y Conde del Agua (v. 723); a su vez, el Mariscal recibe el apelativo jocoso de Sornabirón (v. 530); se habla de «un don Millán de Cardona, / un don Pascual Memoriales, / un don Pedro el loco y un / Andrés de Ávila arrogante» (vv. 1023-1026).

Que los personajes se insulten mutuamente es algo típico en la comedia burlesca. En El mariscal de Virón destacan los siguientes insultos: se habla de «tu bobería» (v. 2, Jaques al Mariscal); Reina del Haba (v. 90, el Duque a la Reina); al Mariscal se le llama gallina en algunas ocasiones (vv. 116 y 719); los franceses son gabachos, que en la Insultosépoca era una palabra despectiva (v. 119, gabacho; v. 587, gabacha); otros insultos: borracho (v. 120), menguado (v. 168), habladora (v. 311), el Rey es un baldado (v. 369), mientras que el Mariscal es paciente, esto es, a mala parte, ‘cornudo’ (v. 428); majadero (v. 502), mentecato (v. 582), chilindrón (v. 613), traidor, aleve, malvado (v. 709), cuitado (v. 712), el Conde de Fuentes es un mayorazgo tabernero (v. 724; se acusaba a los taberneros de aguar el vino), chocarreros (v. 729), cueros (v. 732), o sea ‘borrachos’; Belerma es picaña (v. 838) y mocha (v. 1596); villano (v. 843), baladí (v. 846, como insulto), orate (v. 1014), salvaje (v. 1022), el rey de Francia es un rey de copas (v. 1039), en otras palabras, un borracho; Lafín es un parlero (v. 1156); otro personaje es un gran bonete (v. 1277) y el Duque un frisón (v. 1283).

De entre las frases hechas, proverbios y refranes, podemos destacar: la paz de Francia (v. 189), cual digan dueñas (v. 291), que llaman Sancho al callar (v. 318), no se me da un higo (vv. 332 y 1168), andar a caza de gangas (vv. 422-423, «A fe que sois buena ganga. / ¿Y por eso a caza andáis?», y luego ir a caza de zorras, v. 1588), dar una en el clavo y ciento en la herradura (vv. 468-469, «ciento en la herradura / para echármela de clavo», y también en vv. 1887-1888), son como pueblos en Francia (v. 606, de la frase hecha «Pueblos son en Francia»), de tomo y lomo (vv. 623 y 1712), la gata de Mari Ramos (v. 711), a mí, que las vendo (v. 716), seréis Marta con sus pollos (v. 720), dar con la de Rengo (v. 728) y dar con la del martes (v. 1002), callen cartas y hablen barbas (v. 847, inversión del conocido refrán «Hablen cartas, callen barbas»), averígüelo Vargas (v. 848), habla por boca de tabla (v. 1119), echádmelo en la capilla (v. 1315), os diré cuántas son cinco (v. 1353, por alusión a la frase hecha «No saber cuántas son cinco»), a espulgar un galgo fuese (v. 1403), aquí paz y después gloria (v. 1454), doblada quedó la hoja (v. 1518), a pan y manteles (v. 1603), dar quince y sobra (v. 1654), viva quien vence (v. 1659), ser perro de muchas bodas (v. 1662), caldo de zorra (v. 1672), batirse el cobre (v. 1719), a humo de pajas (v. 1737), sacar el ovillo por la hebra (vv. 1739-1740, expresión inspirada en el refrán «por el hilo se saca el ovillo»), me dijo el escardillo (v. 1741), manga y zanga (vv. 1814-1817, juego basado en la frase hecha «de zanga y manga»), de vicio (v. 1832), darle en caperuza (v. 1899), llorar hilo a hilo (v. 1936), pintar la uva (v. 1951, de la frase hecha «Alón, que pinta la uva»), etc.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: animalización y cosificación

El universo degradado de la comedia burlesca se consigue también por medio de procesos de animalización y cosificación de los personajes, sobre los que operan comparaciones grotescas, ridículas y disparatadas[1].

Animalización

Presentamos a continuación una lista de los recursos de este tipo que utiliza Juan de Maldonado en El mariscal de Virón: las damas de la Corte parecen ranas en laguna (v. 112)[2]; el Mariscal es gran gallina (v. 116); el Rey hace engordar a Blanca como si fuese una lechona (v. 252); el Rey es un pollino criado en Aranjuez (vv. 547-448); según el Duque, «no es cosa peregrina / hacerse un hombre gallina» (vv. 592-593); los soldados del Mariscal son más valientes que camellos (v. 628); el Rey de Francia es también un rey de gallos (v. 680, alusión propia del ámbito del Carnaval); el Conde amenaza con molerle el cuerpo a coces al Mariscal (v. 706); el Mariscal considera un burro al Conde y piensa ponerlo a una noria (v. 778); Blanca cuenta a Jaques que el Rey puso una maza al Mariscal, igual que a los perros por Carnestolendas (v. 832); el Rey amenaza al Mariscal con darle una brava zurra (v. 1098); el Mariscal riñó en la defensa del Rey como una onza (v. 1510), etc., etc.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: comida y bebida

En un género eminentemente carnavalesco como es la comedia burlesca del Siglo de Oro no pueden faltar las alusiones a la comida y la bebida[1]. En El mariscal de Virón de Juan de Maldonado encontramos un rico inventario de comidas, entre las que destacan: queso añejo (v. 39)[2], peladillas (vv. 132 y 520), carnero verde (v. 205), buñuelos (v. 281), espinacas (v. 414), morcón (v. 574), pepitoria (v. 594), molleja (v. 692), bollos (v. 717), borrego cocido con berenjenas (v. 820), sopas (v. 1038), pan de neguilla (v. 1160), alcachofa (v. 1430), anchovas (v. 1592), panecillos de sal (v. 1784), asadura (v. 1957) o longaniza (v. 1978). Algunos de los productos mencionados son comidas propias de gente rústica, como los derivados del cerdo, productos grasos, etc., y constituyen referencias habituales en el género.

Festín burlesco, de Jan Mandijn

También aparecen mencionadas frecuentemente las bebidas: chocolate (vv. 336 y 1006), garapiña de aloja (v. 744) y aloja (v. 1456), además de varias alusiones a las borracheras, como una del Mariscal y el Duque (v. 14); «¡Vive Cristo que aqueste está borracho!», exclama el Conde al ver al Mariscal (v. 120); cueros, en el sentido de ‘borrachos’ (v. 732); el Rey es un rey de copas (v. 1039); licor de Alanís (v. 737); se asegura que el vino es un buen colchón (v. 1190), porque hace dormir al borracho…


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: escatología y suciedad

Agruparemos en distintas categorías los principales procedimientos cómicos —de jocosidad disparatada— presentes en El mariscal de Virón, que iremos examinando en sucesivas entradas, empezando en esta por lo relativo a escatología y suciedad[1].

Incluimos en este apartado todas las referencias a necesidades fisiológicas y actividades de higiene corporal, sobre todo las consideradas vulgares y groseras, así como todo tipo de enfermedades, destacando los padecimientos vergonzosos o los asociados a las relaciones sexuales, junto con las menciones de parásitos. Así, Blanca, la amada del Mariscal, es una mujer que mata a los hombres, pero no con la mirada, sino porque transmite la sífilis o mal francés (vv. 64-66)[2], y el Duque de Saboya padece una «una gran jaqueca y almorranas» (v. 76); más adelante el Conde acusa al Mariscal de tener el color quebrado ‘está pálido’ (v. 156), y para solucionarlo le dice: «vete a tomar el acero» (v. 157, dilogía ‘tomar la espada’ y ‘beber aguas ferruginosas’); a su vez, el Conde de Fuentes sufre por las llagas que padece (vv. 172-174, con dilogía de la palabra fuentes); a continuación, Blanca se santigua «del mal de ojo» (v. 271) y comenta a Belerma que entre sus mañas está rascarse la cabeza y limpiarse las lagañas (vv. 305-307); Blanca afirma que el Rey de Francia es «más baldado que un buboso» (v. 369) y él le pide que se calle, pues está con hipocondría (v. 383); durante este encuentro entre Blanca y el Rey, a ella le aprieta un callo (v. 407).

Vieja espulgando a un niño, de Velázquez

El Mariscal llega luego a interrumpir el encuentro, mas el Criado se lo impide, pues dentro está «el Rey sin camisa / y Blanca le está espulgando» (vv. 434-435), a lo que el Mariscal responde: «y todos juntos veréis / cómo le mato los piojos» (vv. 438-439); Jaques desea al Duque que Dios le «dé dos mil diviesos» (v. 555); el Duque a su vez ofrece al Mariscal la mano de su hermana, que también es «hermana de la Capacha» (v. 590), clara alusión al Hospital de Antón Martín, donde curaban a los enfermos de sífilis; Jaques se va a espulgar detrás de un alcacer (vv. 661-662); Suisón advierte que deben llamar más gente, para arrestar al Mariscal, pero el Rey responde que no ha «menester ayuda» (v. 1211), pues ya ha evacuado (v. 1215), y poco después Lafín, continuando la alusión escatológica, le advierte: «procurad aflojaros» (v. 1340); Jaques huele mal porque, literalmente, se ha cagado de miedo (vv. 1798-1799), y más adelante insiste en la misma circunstancia cuando le dice a Belerma: «catad que oleremos mal» (v. 1825).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

«El mariscal de Virón»: el modelo serio y su parodia burlesca

No es nuestra intención trazar aquí una comparación exhaustiva de las dos versiones de El mariscal de Virón[1]. Diremos tan solo que la parodia burlesca de Juan de Maldonado difiere muy poco del modelo serio de Juan Pérez de Montalbán[2] en lo que respecta a los personajes que intervienen y en la estructura compositiva general, que en realidad es prácticamente la misma en ambas comedias. En la seria hay tan solo dos personajes que no aparecen en la burlesca, Clavela y Monteni, de importancia secundaria. Los cambios relevantes se dan sobre todo en la caracterización de los personajes, siendo completamente disparatada en la burlesca, lo mismo que las situaciones que protagonizan. Mientras que en la seria encontramos caballeros virtuosos, sabios, galantes y valerosos, como son el Mariscal y el Rey, en la burlesca el de Virón queda reducido a un hidalgo pobre, bobo, borracho y cornudo; y el Rey es un puro «rey de mojiganga» (v. 421)[3], «más baldado que un buboso» (v. 369), etc., etc.

Sobre el final de la trama, queda añadir que en la comedia burlesca el Mariscal revive después de ser ejecutado (hay otros casos de «muertos resucitados» en estas comedias burlescas del Siglo de Oro, género carnavalesco donde todo es posible) y el Rey avisa a Blanca que la casará esa misma tarde. En la versión seria de Pérez de Montalbán, como es lógico, una vez muerto el Mariscal, muerto queda. A su vez, el Rey demuestra ser justo y noble, ya que respeta la decisión de Blanca de jamás contraer matrimonio.

Ejecución del mariscal de Biron


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Para este autor, remitimos al Portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

[3] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.