«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: resumen de la acción

El deslinde de los bloques de acción de las tres jornadas de la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] (la «Introducción» quedó ya resumida en una entrada anterior), es decir, el resumen de su argumento, servirá al mismo tiempo para ir apuntando algunos detalles sobre la estructura y la caracterización de los personajes que luego, en próximas entradas, comentaré de forma más sistemática.

Jornada primera

El escenario representa un campo árido y una gruta. Lucila, que sale vestida de aldeana, se declara discípula del famoso Merlín[2]. Desde el principio nos advierte de que su intención es humorística: «hoy pretendo, a pesar de mi marido, / el rato disfrutar más divertido». Para ello, va a poner en práctica sus «traviesas invenciones» y, así, solicita al mago Merlín que aparezca «el hidalgo más caballerista / desfacedor de toda fechoría / para poder pasar alegre el día». Una voz le comunica que se le concede su deseo de resucitar a ese «hombre fazañoso», de forma que pueda continuar su vida[3].

Salen unos rayos de la gruta y aparece don Quijote echado, con una bacía como yelmo, rodela, lanza y peto. La acotación nos lo presenta sin color, porque sale de la sepultura, y se le califica además como «esqueleto andante». Lucila se retira para verlo mejor y don Quijote muestra su extrañeza, porque no sabe dónde se encuentra. Recuerda que estaba en la cama a la hora de la muerte, y que todos le lloraron en aquel trance (esta evocación entronca, pues, con el capítulo final del Quijote, el II, 74).

Muerte de don Quijote

Ahora cree que todo eso ha sido un sueño, y piensa que está trastornado por la belleza de Dulcinea, a la que quiere ver desencantada. Al reparar en la cueva se imagina que algún malsín tendrá allí encerrada a alguna princesa encantada.

En ese momento sale Lucila, fingidamente amenazada por su marido Tracañino, hecho que confirma a don Quijote en su idea. Este se ofrece a esa mujer de tan sin par hermosura, mientras que el marido se queja de las brujerías de Lucila y le pide una explicación: «Esta es tramoya tuya, picarona; / declárame el secreto, gran burlona». Tracañino ve en don Quijote a un hombre loco y Lucila le resume la historia del personaje; comenta que, valiéndose de su magia, ha hecho que vuelva a Italia porque intenta formar «un gran divertimento». Tracañino, en un aparte, le pide que se deje de disparates.

Lucila sigue con su traza, fingiendo estar prisionera. Don Quijote se declara enemigo de encantadores y encara a Tracañino. Pero Lucila le solicita que, de momento, suspenda su libertad, y el manchego obedece; y pide a su esposo que entretenga la demencia de don Quijote. Tracañino entra en el juego de Lucila, llamando «don Piltrafas» al hidalgo, aunque no está convencido del todo: «Si yo sé lo que digo, que me muera». Canta Lucila, quejándose de su suerte y suenan unos ladridos. Tracañino se entra y don Quijote le persigue.

Cambia el decorado, que representa ahora un salón (estas mutaciones son habituales en las comedias de magia). Lucila, de princesa ridícula, quiere con su «invención, astucia y arte» embobar al «pollino» de don Quijote, que se empeña en seguir las extrañas y ridículas leyes de los libros de caballerías. Tracañino se queja de Lucila, pero esta le dice que le siga en sus astutas mañas: su arte consiste en embobar a majaderos, porque así «pasar se logra el rato divertido». Don Quijote solo es para ella un «figuronazo andante».

Nuestro hidalgo, que parece un retrato de la muerte (las acotaciones insisten en su aspecto esquelético), se acerca lanza en ristre. Lucila da las pertinentes instrucciones a Tracañino para una nueva burla (se sienta en una silla y queda debajo su esposo). Don Quijote dice que la librará de su prisión; Lucila finge llorar, mientras la música canta que la prisión de la hermosa no tendrá fin. Don Quijote pide que salga el encantador que la maltrata. Entonces se oye un chillido y se ve salir una llama.

Aparece Tracañino por sorpresa con careta y garrote. Don Quijote cree que es un artificio. Luchan ambos. Se obscurece el teatro y se oculta Tracañino. Lucila hace entonces que el salón se transforme en un prado árido «para que este hombre confuso y aturdido / acabe de perder todo el sentido».

Mientras don Quijote reniega del encantador que ha operado tal cambio, salen Tracañino y Lucila de aldeanos. Tracañino sigue reprendiendo a su esposa porque no paran sus embustes, achacándolo todo al genio travieso de las mujeres (todo son, en su opinión, «ideas mujeriles»). Lucila da nuevas instrucciones a su esposo. Este manifiesta su temor (porque tales cariños traen aparejados siempre resultados fatales), pero ella le dice que no desconfíe. Tracañino insiste en los artificios e invenciones de las mujeres, que dejan a los hombres embobados; y reconoce resignado que él vive sujeto por completo a Lucila: «¡Ah, mujeres, y cuánto señorío / sobre el hombre tenéis, y su albedrío!».

Jornada segunda

Don Quijote, solo, afirma que sus fuerzas harán frente a los encantadores (se menciona aquí de nuevo al mago Merlín). Arrima la lanza y sale Tracañino con un cántaro; el marido de Lucila ve a don Quijote como esqueleto o alma en pena y un hombre majadero. Se oyen dentro ruidos de cadenas arrastradas y cómo Lucila se lamenta de su prisión, de que ningún caballero se duela de ella. Don Quijote le dice que no ha acudido antes al rescate porque desconocía su situación, y se ofrece de nuevo para liberarla, arremetiendo contra Tracañino.

Después de esa escena, que ha ocurrido a oscuras, sale el sol y se ve un prado hermoso. Lucila, a los pies de don Quijote, pide que la socorra. Él solicita a la dama que se levante, y asegura que la protegerá. Ella ruega al caballero que se ponga a su servicio y don Quijote acepta, siempre que eso no suponga nada en deshonor de su Dulcinea.

Sale Tracañino en traje de moro, comentando el nuevo embuste preparado por Lucila; insiste en que su mujer le domina y tiene que hacer cuanto ella quiere. Lucila le explica que todo es para pasar el rato: «¿No adviertes que en mi genio todo es chanza, / y que quiero pasar alegre el rato / siempre que reconozco algún pacato?». Lucila comenta que a don Quijote le gusta ser tratado como caballero andante, por ello lo tiene sometido con sus mañas. Tracañino será ahora el encantador Altisidoro, nueva traza para conseguir «embobar a este demente». Lucila entrega una cabeza de pasta a Tracañino y le da instrucciones sobre lo que debe hacer; el marido se apercibe de nuevo al juego, escondiéndose tras una cortina.

Don Quijote dice a Lucila que debe dar gracias a Dulcinea, que es su guía. Se oyen unos versos de Tracañino dentro. Cuando sale, don Quijote y él luchan con espadas. La cabeza, que está sobre la mesa, sale volando y la mesa se convierte en sofá, donde aparece Lucila vestida de gala. Pide a don Quijote obediencia y que le sirva de «bueyero». Don Quijote se enfada por esta proposición deshonrosa, pero ella le explica que es necesaria para desencantar a Dulcinea, así que el manchego acepta resignado el sacrificio.

Jornada tercera

Don Quijote, en traje rústico, se queja de su adversa suerte y pide como remedio la muerte. También se queja de que su amor a Dulcinea le obligue a romper con todas las leyes de la caballería trabajando como boyero, para reconocer a continuación: «Mas fuerza es aguantar a fuer de honrado, / ya que mi Dulcinea lo ha ordenado». Lucila le regaña por andar perezoso en ir al campo con los animales y él protesta: aunque ahora anda como criado, no por ello deja de ser caballero andante. Tracañino le da con un palo, y vuelve a quejarse de la fortuna infeliz. Lucila, que es quien sigue urdiendo todos los hilos de la trama, dice a Tracañino: «Sigamos con la burla comenzada»; ahora la casa se transformará en camposanto, y por ello se debe vestir de ermitaño. Tracañino protesta, como otras veces, por las travesuras de su mujer, que es un demonio: «De trabar disparates, ¿cuándo acabas?», pero de nuevo cede y se presta al juego.

Don Quijote ve una ermita, y se pregunta si será una ilusión, un sueño o un nuevo engaño de sus enemigos encantadores. Cree que Clarisea —nombre fingido que usa Lucila como princesa— le hace obrar así, no porque ella sea malvada, sino impelida también por los encantadores que la tienen sojuzgada. Ve un sepulcro dedicado a un caballero y su esposa Dulcinea; se enfada y reta a quien hable en deshonor de Dulcinea, diciendo que se casó. Llama al ermitaño y le pide una explicación sobre la sepultura. Tracañino, de ermitaño, le dice que Dulcinea —que era hija de un cabretero— casó con don Pentapolipán el africano. La sepultura contiene además los restos de los caballeros de la guerra de Grecia.

Sale Lucila, vestida también de ermitaño, y ofrece una bebida a don Quijote para curar sus heridas. Cuando va a beber, hace que arda el licor y los dos fingidos ermitaños simulan tener miedo, diciendo que don Quijote es un demonio. Afirman que es un hechicero, pero Lucila hará un conjuro para liberarlo de sus encantadores. Saca Tracañino unos calendarios, como si fuesen un libro de ritual; don Quijote ve en esta ocasión lo que hay en realidad, unos calendarios, pero ambos falsos ermitaños le dicen que son libros que contienen fórmulas mágicas. Don Quijote reconoce: «Será lo que queráis, yo me confundo». Lucila le dice que se ponga en cuclillas, se oyen truenos por dos veces y cae don Quijote. De nuevo se muda el teatro, lo que provoca una nueva queja del manchego. Se oye una gaita gallega y la música que canta, y don Quijote cree que será algún caballero que sufre alguna pena. No obstante, se duerme y empieza a roncar.

Nueva invención de Lucila y nueva queja de Tracañino. Se insiste, una vez más, en que van a reírse a costa de ese majadero. Tracañino, como siempre, acaba siguiéndole el humor: «Tu gusto sigo», aunque reconoce que él también va a volverse loco, con tanto cambio de traje; comenta que enmaridó con una mujer loca, y mal de su grado se ve obligado a seguirle el juego si no quiere que corra peligro su mollera (es decir, que ella le tiene completamente dominado y hasta le puede pegar).

El teatro se transforma en una marina. Tracañino se viste de marinero y Lucila aparece disfrazada de sirena. Suenan cajas y clarines y despierta don Quijote, que queda sorprendido por la nueva mutación, al verse en un puerto, y por el aviso de que los genoveses quieren prender a Dulcinea. Ve a la sirena, y le pregunta por Lucila. Ella dice que es Dulcinea encantada. Tracañino aparece como un barquerolo genovés; el barco se transforma en cepo y el teatro en cárcel. Lucila dice a don Quijote que el cepo es un castigo a sus locuras, y que van a deshonorarle de caballero andante. Don Quijote canta la palinodia, afirmando ser tan solo Alonso Quijano. Reconoce que todas sus aventuras no han sido sino disparates y supercherías: la propia existencia de Dulcinea, el yelmo de Mambrino, la dueña Dolorida, la princesa Miquimicona (sic)… y dice que ahora está desengañado de todo ello. Lucila, tras preguntar a Tracañino si no celebra haber pasado un rato divertido de esa manera, hace volver a don Quijote a su panteón, y quedan los dos esposos juntos en buena paz y compaña[4].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Recuérdese que Merlín, el famoso encantador de la traducción artúrica, se menciona con cierta frecuencia en el Quijote (véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia Cervantina, 2.ª ed., Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos / Universidad de Guanajuato, 1997, pp. 307b-308a), con un importante papel para el desencantamiento de Dulcinea.

[3] Santiago López Navia ha estudiado las principales continuaciones, ampliaciones, imitaciones y paráfrasis narrativas del Quijote en su artículo «“Contra todos los fueros de la muerte”: las resurrecciones de don Quijote en la narrativa quijotesca hispánica», en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 6-9 de noviembre de 1989), Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 375-387. En la conclusión indica: «Pero el principal valor que atesoran todas estas “resurrecciones” consiste en entender que, a pesar de tantas páginas y tantos capítulos como tiene la obra original de Cervantes, la compañía entrañable de don Quijote ha sabido a poco, y más allá de la eternidad y la gloria que le confieren sus primeras hazañas y su primera historia, ha habido autores que han solicitado su presencia dispuestos, “contra todos los fueros de la muerte”, a mostrar a la posteridad que no admiten el final del caballero» (p. 387).

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

El subgénero de la comedia de magia

La comedia de magia —continuadora, en cierta manera, de la comedia de santos aurisecular— es uno de los géneros dramáticos más populares del siglo XVIII. Dado que existe bibliografía pertinente (pienso sobre todo en trabajos de Álvarez Barrientos, Caldera o Caro Baroja, entre otros), me limitaré aquí a recordar algunos datos esenciales que sirvan para establecer el contexto literario de la pieza que voy a comentar en próximas entradas, la comedia burlesca Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia.

ComediademagiaDomenech1La comedia de magia, junto con la comedia heroica o militar y la comedia de santos, pertenece al bloque de las denominadas por Luzán «comedias de teatro» (La Poética, Libro II, cap. I), esto es, aquellas de enorme vistosidad que explotan los más diversos recursos escenográficos, el uso de bastidores, de la tramoya y la música, y que presentan continuas mutaciones escénicas. Se trata de un teatro de imaginación concebido expresamente para la diversión del público, cuyo gusto buscan seguir los autores; de ahí que conociera un enorme éxito popular[1], al mismo tiempo que suscitó las diatribas de los preceptistas neoclásicos «por no reducirse [estas obras] a las reglas y por considerarlas restos del oscurantismo y de la tradición»[2]. Su escenografía resultaba muy compleja, pero los efectos empleados no eran un mero adorno, sino una necesidad provocada por las acciones del mago protagonista, «que transforma la realidad según sus necesidades»[3]. Además del aparato de las mutaciones, que buscan impresionar al espectador, pero sin alejarse de una deseada verosimilitud, explotaban otros recursos como el empleo de disfraces y los cambios de personalidad de los personajes. Además, en estas obras la música desempeñaba una función muy destacada[4].

La comedia de magia ocupa buena parte del panorama teatral —español y europeo— del siglo XVIII y fue, en palabras de Mesonero Romanos, áncora de salvación para muchas compañías y teatros. Aunque se prohibieron en 1788, esta medida fue transitoria y muy poco efectiva, y todavía en el siglo XIX conoció momentos de esplendor: la siguieron cultivando autores importantes como Hartzenbusch, Bretón de los Herreros o Tamayo y Baus (aunque la más famosa del periodo decimonónico fue la versión de La pata de cabra preparada en 1828 por Juan de Grimaldi) y, como ha destacado Álvarez Barrientos, a este género debe el drama romántico muchas de sus innovaciones formales y técnicas.

Pues bien, en este contexto de teatro espectacular, de aparato, se inscribe la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, que analizaré en las próximas entradas[5].


[1] Véanse los datos ofrecidos por René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia / Fundación Juan March, 1976, pp. 36-43.

[2] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, p. 13. Por su parte, Emilio Palacios Fernández, «La comedia de magia», en Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Editorial Trotta / CSIC, 1996, p. 161, ha escrito: «Para los renovadores dieciochescos la comedia de magia era un espectáculo despreciable. Como neoclásicos criticaron la ruptura de la verosimilitud y su amanerado estilo barroco; como hombres ilustrados vieron con malos ojos la presencia de supersticiones y falsas creencias que estaban lejos de su mentalidad racionalista, por más que se enmascararan en su misión lúdica. A los cristianos más estrictos tampoco les gustaba que los viejos resabios de paganismo entraran en litigio con su fe. Por eso no resulta extraño que la comedia de magia fuera víctima de varias condenas oficiales».

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, pp. 21-22.

[4] Sobre estas cuestiones, además de la bibliografía específica sobre la comedia de magia recogida en el apartado final, puede consultarse también el trabajo de Emilia Palacios Fernández, «Los adornos de la fiesta: mutaciones, tramoyas, música y sainetes», en El teatro popular español del siglo XVIII, Lleida, Editorial Milenio, 1998, pp. 128-137.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia», una comedia de magia burlesca

No son muchos los datos de que disponemos acerca de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, aparte de los que proporciona la propia obra, que se encuentra en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid). El subtítulo nos aclara que se trata de una Comedia nueva de magia, burlesca, en tres jornadas para tres personas y que está «Compuesta por dos ingenios». Va fechada además «En Madrid, año de 1805». Tras la indicación de la fecha, sigue una «Introducción» (72 versos de romance con rima -é a) en la que se explican algunas circunstancias de su redacción. De ser ciertos los datos que ahí se contienen, tenemos que un ingenio compuso con «traviesa idea» una «pieza burlesca» para «un recreo casero». Las dos primeras jornadas de esa obra se perdieron y otro autor que encontró la tercera escribió de nuevo las anteriores, logrando así «formar / una comedia completa».

La introducción, que responde en parte a la función de la captatio benevolentiae de los espectadores, insiste además en dos puntos importantes: por un lado, la pertenencia de la obra al género de la comedia de magia (se enumeran algunos de los recursos escenográficos que luego vamos a encontrar); por otro, su propósito eminentemente lúdico: «a vuestra atención mi ingenio / por divertiros intenta / una nueva travesura / presentar de una comedia»; se dice que las aventuras aquí recogidas «es preciso que diviertan»; se invita a los espectadores a que «admitan la diversión» y disfruten del jocoso humor de la pieza…, etc. Es esta una cuestión importante, en la que insistirán también los propios personajes de la obra.

Los catálogos y repertorios bibliográficos no ofrecen datos relevantes sobre esta pieza: desconocemos los nombres de los dos supuestos autores —si en realidad fueron dos, y no se trata de una superchería— y tampoco sabemos si la obra llegó a representarse públicamente (quizá sí tuvo alguna puesta en escena privada, para «un recreo casero», como se dice en la introducción). Por otra parte, la calidad literaria de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia no es muy alta, pero sí resulta una obra muy interesante por las pistas que nos da acerca de la recepción de los temas cervantinos, y en particular del personaje de don Quijote, que va a ser presentado aquí como mera figura ridícula[1].

DonQuijote

En sucesivas entradas, voy a centrar mi análisis en tres apartados: en primer lugar, ofreceré unos pocos datos sobre el género de la comedia de magia, en que se inscribe esta pieza; a continuación, iré comentando los bloques en que puede deslindarse la acción de la comedia; y, en un último apartado, resumiré los principales aspectos dignos de comentario en cuanto a estructura, personajes, recursos escénicos y rasgos estilísticos[2].


[1] Don Quijote es personaje llevado a las tablas desde fechas muy cercanas a la publicación de la novela cervantina, siempre como figura ridícula. Así, sobre él escribieron comedias Guillén de Castro (Don Quijote de la Mancha, publicada en la Parte primera de sus comedias, Valencia, 1621); y, con el mismo título, Calderón de la Barca (perdida) y Matos Fragoso. Igualmente, Antonio José de Silva escribió un Don Quijote y Francisco José Montero Nayo una farsa jocoseria titulada Don Quijote renacido. Don Quijote aparecía también como figura grotesca en bailes y mascaradas, y tenemos también Los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, entremés de Francisco de Ávila, publicado en la Octava parte de las Comedias de Lope de Vega, Barcelona, 1617 (incluido en la Colección de Cotarelo, núm. 52, pp. 198-203). A este respecto, ver Miguel Herrero, Entremés de don Quijote, Madrid, Revista bibliográfica y documental (Suplemento 1), 1948; Francisco García Pavón, Teatro menor del siglo XVII, Madrid, Taurus, 1964, pp. 127-152; Ricardo Senabre, «Una temprana parodia del Quijote: Don Pascual del Rábano», en Antonio Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (eds.), Estudios sobre literatura y arte dedicados al Profesor Emilio Orozco Díaz, Granada, Universidad de Granada, 1979, vol. III, pp. 349-361 (estudia ese Entremés de las aventuras del caballero Don Pascual del Rábano, ms. 16.785 de la BNM). René Andioc y Mireille Coulon, en Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII (1708-1808), Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1996, p. 696 nos informan de que el 11 de julio de 1768 se representó en el Teatro del Príncipe Don Quijote, sainete desconocido de Ramón de la Cruz. Gregorio Torres Nebrera ha estudiado la presencia de «Don Quijote en el teatro español del siglo XX», en Cervantes y el teatro, Madrid, Ministerio de Cultura / INAEM, 1992 (Cuadernos de teatro clásico, núm. 7), pp. 93-140, y recoge bibliografía como Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Ed. Millá, 1947.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra: estilo y valoración

No me resulta posible analizar con detalle cuestiones relacionadas con el estilo de las dos obras[1] de Narciso Serra, pero quiero dejar constancia, al menos, de la importante presencia de elementos humorísticos, que apreciamos en los latinajos del doctor, o en los celos de Josef cuando Quevedo corteja a Magdalena, así como en los continuos chistes y juegos de palabras que van salpicando ambas obras: «las monjas Trinitarias / que trinan de pobres» (El loco de la guardilla, p. 6); la insinuación sobre el destino de un rocín comprado por un pastelero (El loco de la guardilla, p. 15); la jocosa indicación de Josef, enamorado de Magdalena, que proclama que «Magdaleno / estoy siendo por su cara» (El bien tardío, p. 10), etc.

Como ya ha quedado indicado en alguna entrada anterior, la calidad literaria de estas dos piezas de Narciso Serra no es excesiva: hay, sí, una fácil versificación, y cierta gracia y ligereza en la construcción de las tramas y los personajes; pero no están exentas de errores, anacronismos y ripios. En cualquier caso, más allá de su relativo valor como obras de arte, sí que resultan piezas de alto interés pues reflejan muy bien la imagen que se tenía del escritor y su obra en ese determinado momento decimonónico y todavía post-romántico. Cervantes es el genial escritor maestro de la lengua castellana, creador del personaje inmortal de don Quijote, quintaesencia a su vez —pudiera decirse así— del carácter español. Se le contempla admirativamente como un genio olvidado y no recompensado que murió en pobreza y soledad.

CervantesByN

En suma, El loco de la guardilla y El bien tardío son dos obras interesantes no tanto por su valor estrictamente literario, sino por ser dos eslabones en la cadena de la recepción cervantina en el siglo XIX, en este caso en relación con la propia biografía del escritor, convertido aquí por Serra en ser de ficción, esto es, en personaje de zarzuela y drama[2].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

Cervantes en «El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra (y 2)

A continuación citaré un par de pasajes representativos que muestran la imagen que Narciso Serra tenía de Cervantes y que servirán, además, para que podamos hacernos una somera idea de su estilo y de su facilidad de versificación (facilidad que en muchas ocasiones desemboca en el puro ripio)[1]. Veamos este diálogo entre Cervantes y Lope en El loco de la guardilla:

MIGUEL.- Hoy que en mi casa os contemplo
siento alegría sin tasa;
que pues tan notable ejemplo
ha venido a honrar mi casa,
de hoy más mi casa es un templo;
vuestro nombre bendecido,
por siempre en bronce y en piedra
guardará España esculpido.

LOPE.- ¿Y el vuestro?

MIGUEL.- Está en el olvido:
Miguel Cervantes Saavedra.
Las comedias que escribí,
casi por amor de Dios
en los corrales metí,
y cuando empezasteis vos
a cantar, yo enmudecí.

LOPE.- ¡Silencio injusto y cruel!
Pues mientras tanto que fiel
conserve la raza hispana
su rica habla castellana,
hablará de vos, Miguel. (Alzando el manuscrito.)
Yo no sé si valgo algo,
mas por bien corta revancha
diera todo lo que valgo
por vuestro ingenioso hidalgo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
Fama lograréis sin par
vos que tal libro lográis,
os lo puedo asegurar.
Yo escribí, y vos alcanzáis,
El premio del bien hablar.
Famoso os hará el QUIJOTE,
y no es canto de poeta
el daros famoso mote:
es que con voz de profeta
os lo dice el sacerdote.
Bien haya el ruidoso son
que fijando mi atención
aquí me trujo no en vano:
Cervantes, ¿me dais la mano?

MIGUEL.- La mano y el corazón (pp. 27-28)[2].

Cervantes y Lope

Y ahora este otro pasaje, estructuralmente similar, el diálogo entre Cervantes y Quevedo en El bien tardío:

MIGUEL.- Yo soy un pobre mortal
que se halla enfermo y lisiado…

DON FRANCISCO.- Y debe ser coronado
por un laurel inmortal.
La envidia con su malicia
os posterga, bien está;
algún siglo llegará
en que se os haga justicia,
y alumbrando como soles
vuestras lágrimas de gloria,
viviréis en la memoria
de todos los españoles.
¿Cuándo podrán esos viles
que hablan en la sombra oscura
ni soñar tanta aventura
como contiene el Persiles?
En el estilo sencillo,
¿a quién no asombra mirar
cómo supisteis trazar
Rinconete y Cortadillo?
Y aunque sea un Iscariote
que todo lo ve con ira,
decidme, ¿quién no se admira
con vuestro inmortal Quijote?
¡Oh, miradme por favor
como a un amigo! (Dándole la mano.)

MIGUEL.- Sí,
tenéis un amigo en mí;
mejor diré un preceptor,
por la edad, porque recelo
por vuestro naciente bozo
que debéis de ser muy mozo
y puedo ser vuestro abuelo (pp. 19-20)[3].

Cervantes y Quevedo


[1] Cito por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] Y las últimas (y efectistas) palabras de la obra, puestas en boca del escritor, son: «Si Lope me adivinó / al darme famoso mote, / la patria ingrata no vio / que Cervantes no cenó / cuando concluyó el QUIJOTE» (p. 30).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

Cervantes en «El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra (1)

Las dos piezas[1] de Narciso Serra, por medio de pinceladas con función informativa en las réplicas de los personajes (sobre todo, Magdalena), recuperan algunos datos biográficos y literarios de Cervantes: su oficio de soldado y su participación en Lepanto, el cautiverio en Argel, su estancia preso en la cárcel de Sevilla, el olvido de su teatro tras la exitosa irrupción de Lope, etc. Todo ello manejando con gran libertad la biografía cervantina y dando entrada a numerosos errores y anacronismos. Algunos ejemplos: se habla del Fénix como frey Félix Lope de Vega, a la altura de 1605, cuando ese nombramiento honorífico le fue otorgado por el Papa muchos años después; se presenta a Quevedo en 1615 con 26 años, cuando en realidad tenía 35 (había nacido en 1580); emplea Serra la palabra Ministerio, cuando lo que hubiera debido decir era Consejo (el de Indias), que otorga a Cervantes el nombramiento de gobernador (algo que, por otra parte, nunca llegó a suceder); o detalles más pequeños: los personajes hablan por lo general de reales, pero una vez se le escapa a Serra la mención de pesetas.

Hay, en cualquier caso, algunos aspectos interesantes en estas obras; por ejemplo, las dos retratan muy bien la situación de pobreza, de extrema necesidad, en que viven Cervantes y su familia: se alude a que ha sido pretendiente en la Corte, pero en vano; en varias ocasiones se dice que no tienen nada para comer o cenar; Lope, en la primera pieza, lo quiere socorrer con su limosna, pero el orgullo de Miguel le impide aceptarla; y Quevedo, ya lo señalé, ofrece su dinero para el entierro, en la segunda. Obvio es decir que la presencia de estos dos grandes escritores, más allá de cómo fuera su relación personal con el autor del Quijote en la realidad, sirve en estas obras para que ambos ponderen el ingenio de Cervantes, se lamenten de su suerte y le vaticinen la fama y gloria futuras, aunque Miguel confesará que la gloria humana es humo y que solo desea la eterna que da Dios.

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Otro aspecto muy bien reflejado, además de la pobreza y el desamparo, es en El bien tardío la enfermedad, la hidropesía que padece Miguel[2]. Ya lo anuncia Josef: «Muy mal anda / de la hidropesía» (p. 9); pero además eso se visualiza sobre el escenario haciendo aparecer a Cervantes con un jarro y un vaso y bebiendo agua continuamente, al tiempo que se ponen en su boca expresiones como estas: «Oh, me consume este fuego!» (p. 16); «¡Oh, Dios, me abraso, me quemo!! (Bebiendo.) / Quisiera beber un río» (p. 18); «morir / es preferible a vivir / bebiendo hasta reventar» (p. 20); «un río me fuera poco» (p. 27); «Agua, más agua, esta sed (Bebe.) / me devora, es mi tormento» (p. 27); «me abrasa / las entrañas esta sed» (p. 27); y ya casi hacia el final Miguel siente: «Aquí una fragua, / que el pecho me parte en dos» (p. 37)[3].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] También se alude a la enfermedad de su esposa Catalina; este personaje no interviene en escena, pero se indica en varias ocasiones que está enferma.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

«El bien tardío» (1867), recreación cervantina de Narciso Serra

El bien tardío, de Narciso SerraPor lo que respecta a la trama de El bien tardío, de Narciso Serra, continuación de El loco de la guardilla[1], se puede resumir, igualmente, con pocas palabras. En esta segunda parte de 1867, que no se presenta ya como zarzuela (no tiene números musicales) sino como drama original en un acto y en verso, nos trasladamos al año 1616, concretamente a los últimos momentos de la existencia de Cervantes, que vive muy pobre y muy enfermo de hidropesía, con fama, sí, pero sin dineros. En esta ocasión es Francisco de Quevedo quien aparece en su casa (no se dice su nombre hasta el último verso del drama, pero la descripción del personaje, feo, cojo, con anteojos, escritor satírico en ciernes, no deja lugar a dudas). Es tal la admiración que Quevedo siente por Cervantes, que no duda en cortejar a su hermana Magdalena como excusa para poder acercarse e intimar con él: venera a don Miguel, y hasta se ofrece para ser su escribiente, y pide consejo al maestro para que le ayude a pulir su estilo (Cervantes, por cierto, le recomienda que lea a Lope y se olvide de Góngora)[2]. En el tramo final de la pieza se produce la llegada del conde de Lemos, que trae el nombramiento dado por el Ministerio (sic) en el que se nombra a Cervantes gobernador en Indias; pero, como sucede en tantas obras románticas, ya es demasiado tarde: Cervantes acaba de expirar y el premio del empleo ya no sirve para nada. Al enterarse de que el escritor ha muerto, Lemos rompe el pliego y se lamenta con estos versos que explican el título:

CONDE.- ¡Un bien tardío ha sido
el mío, y harto lo siento!
Dios le dé la gloria (p. 39).

En fin, Quevedo ofrece su pobre bolsa de estudiante para que Cervantes pueda ser enterrado de limosna. Tal es, reducida igualmente a su mínima expresión, la acción de El bien tardío. Como en la obra anterior de Serra, hay también en esta otros episodios que alcanzan cierto desarrollo; por ejemplo, los celos que siente Josef (antiguo demandadero y ahora alguacil) cuando Quevedo corteja a su amada Magdalena; o todo un episodio con sabor a comedia de capa y espada, el de la dama tapada que visita a Miguel, y que resulta ser la madre de su hija Isabel (con un largo relato intercalado que explica el incidente con Gaspar de Ezpeleta)[3].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] El consejo es: «Procurad no ser difuso, / imitando los rodeos / de Luis de Góngora; vale / mucho, muchísimo, pero / tantas vueltas da en sus giros, / que no se comprende él mesmo. / Leed a Lope, imitadle, / y hallaréis, yo os lo prometo, / la gloria que ambicionáis / de vuestro trabajo en premio» (p. 24).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

«El loco de la guardilla» (1861), recreación cervantina de Narciso Serra

El loco de la guardilla, de Narciso SerraEl estreno de El loco de la guardilla[1], con música del maestro Manuel Fernández Caballero[2], fue recibido positivamente por Juan Valera con una crítica en El Contemporáneo en la que indicaba que el de Narciso Serra era un paso «discreta e ingeniosamente escrito, aunque no tanto como otras muchas obras suyas», para añadir que «tiene con todo el merito de lo imprevisto, que al público tanto le agrada»[3]. Su argumento, que coincide grosso modo con el del cuento de Hartzenbusch «La locura contagiosa» (publicado en 1844 en el diario El Globo e incorporado posteriormente a la edición del Quijote de Gaspar y Roig de 1847)[4], puede resumirse así: estamos en Madrid en el año 1605. Magdalena, hermana de Cervantes, está muy preocupada porque cree que Miguel ha enloquecido, pues no hace más que reírse con tremendas carcajadas en su retirada habitación:

MAGDALENA.- En la risa su mal fundo,
porque sin duda ninguna
es la más inoportuna
que pudo haber en el mundo (p. 15).

En un pasaje posterior explica la pobreza del hidalgo y su supuesta locura (y con ello el título de la obra):

MAGDALENA.- Por las noches se le siente
que las pasa desveladas,
paseos y carcajadas
y palmadas en la frente,
y siempre por nuestro mal
esa risa que no cesa. […]

Su pobreza no se tapa,
porque es tanta su pobreza,
que el escudo de nobleza
le sirve de cuelga-capa;
y es tal la capa, que dudo
que le guarezca en enero,
porque por cada agujero
deja entrever el escudo.
¡Hidalgo de capa rota
y morador de guardilla,
que por falta de golilla
la ropilla se descota!
¿Cómo tras tanto cilicio
la sangre no se le fríe?
¿Cómo ríe? Y si se ríe,
¿cómo ríe y tiene juicio?
El casero, que no es lerdo,
quiere que le satisfaga,
y viendo que no le paga,
sostiene que no está cuerdo:
el bachiller Bobadilla,
el que habita con su ama
el cuarto bajo, le llama
«El loco de la guardilla».
Corrió el mote poco a poco,
y extendiose tanto el mote,
que los vecinos a escote,
todos le llaman el loco (pp. 16-17).

Para intentar curarle de su enfermedad de la risa, pide la ayuda de un clérigo y un doctor. Entra primero el clérigo a ver al loco en su habitación, y pronto se oyen las risotadas de ambos; es decir, el clérigo se ha contagiado de la locura. Pasa a continuación el doctor, y sucede lo mismo: ahora son tres los que ríen a carcajadas. Unas vecinas (que cumplen en la zarzuela la función de coro) entran e igualmente se contagian de la risa. El temor de Magdalena aumenta ante el avance imparable del contagio de la locura. Al final, dado el creciente alboroto, aparece un familiar del Santo Oficio (que no es otro que Lope de Vega) y Cervantes, por fin, sale de su habitación y se explica el misterio de las risas; tiende a Lope unos papeles, que corresponden al libro que está escribiendo, el Quijote, cuyas aventuras causaban la risa incontenible del escritor y, después, la de los otros personajes que se han ido sumando en la buhardilla:

MIGUEL.- Entendimiento sencillo
de esta pobre hermana mía
de todo la causa ha sido:
pobre, y sin empleo, y viejo,
doyme a componer un libro,
y con gracia, o desgraciado,
yo a solas con él me río;
por verme risueño y pobre,
todos loco me han creído,
y entraron a verme todos
cuando leía un capítulo;
y ved, un loco hace ciento:
todos rieron conmigo (p. 24).

Hay, por supuesto, otros episodios o elementos secundarios de la acción[5], pero lo esencial es lo que acabo de señalar[6].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888.

[2] Se conservan las partituras de los números musicales en reducción para piano de Pablo Hernández. El autor indica (pp. 31-32) los cambios necesarios para que la zarzuela pudiera hacerse como comedia, algo que era usual en la época. Para lo relativo a la música, ver Begoña Lolo, «Don Quijote de la Mancha de Francisco Asenjo Barbieri y Ventura de la Vega en las conmemoraciones de la Real Academia de la Lengua de 1861», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2008, p. 400.

[3] Para el éxito de la pieza ver Emilio Cotarelo y Mori, Historia de la zarzuela o sea el drama lírico en España, desde su origen a fines del siglo XIX, introducción de Emilio Casares Rodicio, Madrid, Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2000 (ed. facsímil de la de Madrid, Tipografía de Archivos, 1934), pp. 783-784 y 813. Esta es la valoración que ofrece Menéndez Onrubia, «Notas sobre la presencia de Cervantes en la obra de Narciso Serra (1830-1877)», Anales Cervantinos, 35, 1999, p. 332): «Aunque El loco de la guardilla no sea como obra literaria un prodigio de perfección, admira por su facilísima versificación y por el ingenio y la gracia que supo imprimirle su autor. La comicidad de las primeras escenas, en las que se escuchan los requiebros amorosos de Josef y Magdalena, sirven de preparación para la presentación de las figuras principales. De la risa pasa Serra con maestría a unas escenas llenas de sentimiento y ternura, en las que las dos grandes figuras de la literatura española [Cervantes y Lope] muestran su respeto y admiración mutuas». Y en otro trabajo: «La belleza de la obra, su poca extensión y fácil puesta en escena, contribuyó a que Cervantes recibiera un gran homenaje nacional desde las tablas tanto de los escenarios privados como comerciales» («Cervantes en escena: El loco de la guardilla, de Narciso Serra», Arbor, núms. 699-700, 2004, p. 672).

[4] También se reprodujo en el núm. 6 del Semanario Pintoresco Español, 11 de febrero de 1849, pp. 42-43. Valera, en su estudio a Cuentos y fábulas de D. Juan Eugenio Hartzenbusch (tomo I, pp. 46-47), señala que es uno de los relatos del autor que menos le gustan, por parecerle una tradición pueril.

[5] Serra reconoce la deuda: «Con el mismo pensamiento de este Paso en su primera parte, ha escrito el eminente literato Sr. Hartzenbusch un bellísimo cuento titulado La locura contagiosa; de su escrito nació la idea del mío, ¡ojalá pudiera imitarle, siquiera fuese remotamente!» (p. 30). Quede para otra ocasión la comparación entre ambos textos.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

El «Soneto del Quijote ultramoderno» de Hugo Alejandro Díez Guzmán

Como es sabido, las recreaciones quijotescas han sido muy frecuentes en todos los géneros literarios (novela, poesía, teatro, ensayo…), y cabe imaginar que lo seguirán siendo durante mucho tiempo. Tal es la fuerza del héroe cervantino, que ha inspirado a incontables escritores —y artistas, en general— desde la aparición de la novela a comienzos del siglo XVII hasta nuestros días. Pues bien, en un libro de reciente publicación titulado Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán[1], encontramos que la composición que lo cierra es un «Soneto del Quijote ultramoderno», el cual forma parte del tercero y último de los apartados poéticos del volumen, el de los sonetos «Esquizofrénicos». Ciertamente, la calidad literaria del texto no es perfecta, pero desde el punto de vista simbólico no deja de tener su interés el hecho de que Díez Guzmán[2] nos presente al inmortal cuerdo loco manchego enfrentado con el horror de la bomba nuclear (Nagasaki) y los lodos de una guerra (la de Irak) que, a día de hoy, todavía siguen salpicando al mundo. Este es —sin necesidad de mayor comento— el texto del poema:

don-quijote-y-los-molinos-salvador-dali

Don Quijote fue a la ONU sonriendo
pero todos condenaron su sonrisa
y se enfureció la Mona Lisa
y jugó junto a Da Vinci en su Nintendo.

Y el Ingenioso Hidalgo fue diciendo
con una voz tronante y muy precisa:
«Si regulan las leyes de la risa,
de pena por Irak me iré muriendo».

Y aquella Mona Lisa tan famosa
en su computadora portentosa
los gritos de Da Vinci proclamó,

y el Ingenioso Hidalgo de la Mancha
subió junto a Da Vinci en una lancha
¡y rumbo a Nagasaki navegó![3]

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[1] Fredo Arias de la Canal, Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán, México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2016.

[2] En sus palabras de presentación, «El peligro del psicoanálisis», Fredo Arias de la Canal nos informa acerca del autor: «En el caso de Hugo Alejandro, el complejo arquetípico autónomo inconsciente inundó su consciente, creándole una psicosis o esquizofrenia, perdiendo el sentido de la realidad, por lo que fue internado en un hospital psiquiátrico, en Holguín, Cuba» (pp. VII-III). Y en uno de sus poemas «Cósmicos», el propio autor escribe: «Yo soy cósmico y místico poeta / porque escribo a la luz de mis visiones […]. Construyo una catástrofe de versos; / volcanes erupcionan en mi mente» (p. 27).

[3] Fredo Arias de la Canal, Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán, p. 84. Añado en el v. 7 la coma final.

«Unas palabras a don Quijote», soneto de Roberto Liévano

Roberto Liévano (Bogotá, 1894-1975) fue poeta, ensayista, historiador y traductor. Colaboró con crónicas y escritos periodísticos en publicaciones como La Patria, El Tiempo o El Espectador. Entre su producción se cuentan títulos como El mensaje inconcluso (poemas), En torno a Silva (ensayos), Viejas estampas (crónicas), La conjuración septembrina y otros ensayos (historia) o Evocación de Santafé de Bogotá (crónicas), entre otros.

En su libro de poesías El mensaje inconcluso (1947) Liévano incluye un soneto de versos alejandrinos que se presenta bajo el epígrafe «Unas palabras a don Quijote», a propósito del cual ha escrito David Jiménez:

Roberto Liévano pertenece, en este soneto, a la cofradía de los esteticistas que ven en don Quijote, no tanto el paladín guerrero, sino el poeta. Por eso, los dos símbolos que prefiere son el yelmo de Mambrino y la ínsula Barataria, algo así como los triunfos momentáneos de la fantasía sobre la realidad. Quijotes son los que van «tras la pía ínsula del Ensueño» que algunos llaman Utopía. Los demás son antiquijotes: sanchos, amas, curas, sobrinas, barberos. Extraño que, siendo Barataria una isla soñada, su soñador, Sancho Panza, se encuentre en la lista de los no soñadores[1].

Don Quijote y la utopía

Y este es el texto del poema:

Rebotan en el peto de tu recia armadura
—Padre nuestro y Maestro de la Caballería—
los dardos que te asesta la zafia hipocresía
del barbero y el ama, la sobrina y el cura.

Pero como una estrella bajo la noche oscura
el yelmo de Mambrino las almas fieles guía,
que en el vino divino de la melancolía
hallaron la embriaguez de tu sabia locura.

Y así, mientras la prole de Sancho se acrecienta
y desborda, nosotros sobre la ruta cruenta
seguimos tus pendones y vamos tras la pía

ínsula del Ensueño, donde te encontraremos.
¿Qué importa si los bárbaros la llaman Utopía?
Para que sea verdad basta que la soñemos…[1]


[1] David Jiménez (con la colaboración de Bibiana Castro), «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 279.

[1] Roberto Liévano, El mensaje inconcluso (Poesías), Bogotá, Ministerio de Educación, 1947, p. 67. Cito el texto, con algún ligero retoque, por Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 155 (aquí el primer verso figura con la errata «Retoban», que corrijo). Se reproduce también en Don Quijote en la poesía colombiana, compilación, presentación y notas de Vicente Pérez Silva, 2.ª ed., Bucaramanga, Sic Editorial, 2001, p. 89; y en «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 279.