«Villancico del Adviento en Galilea. Homenaje a Federico García Lorca», de Jesús Górriz Lerga

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932​-Pamplona, 2016​), uno de los fundadores de la revista de poesía Río Arga, es un poeta que cultivó con maestría las formas estróficas tradicionales y que se aproximó a la temática navideña en distintas ocasiones, y de forma monográfica en su poemario Memorial del gozo (1994). Así, ya han entrado en el blog poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», el «Villancico que repite la letanía de siempre», el «Villancico de la espera en el portal», los «Gozos para entonar en la Nochebuena», el «Romancillo de la Natividad del Señor» o el «Soneto para un alumbramiento» (y también otras composiciones de tema no navideño como «Primera claridad» o «Canción para Antonio Machado»).

Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia)
Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia).

Vaya para hoy, primer domingo de Adviento e inicio del nuevo año litúrgico, su «Villancico del Adviento en Galilea», que lleva como subtítulo «Homenaje a Federico García Lorca» (y, en efecto, se aprecian en el texto claros ecos lorquianos en el empleo de una métrica neopopularista, con repetición continua del primer verso y de un estribillo que presenta variantes, y en la imaginería empleada: nácar, luna, alborada, verdes algas, etc.). Dice así:

La Virgen se fue a la mar
a buscar conchas de nácar
para hacerle al niño[1] un cofre
de madreperlas y escarcha.

(La Estrella del mar volvía
con el rocío del alba.)

La Virgen se fue a la mar
en buscas[2] de espumas blancas
para coser los pañales
con sus puntillas de Holanda.

(La Estrella del mar volvía
saludando a la mañana.)

La Virgen se fue a la mar
a ver la luna en el agua
para copiar en sus brazos
un regazo de luz alta.

(La Estrella del mar volvía
orilla de la alborada.)

La Virgen se fue a la mar
a buscar las verdes algas
con que hacerle al niño ajorcas
y túnicas de esmeralda.

(La Estrella del mar volvía
con la flor de la enramada.)

La Virgen se fue a la mar
a oírle[3] cantar su nana
para acunarle los sueños
al pequeño Dios del alma.

(La Estrella del mar volvía
por la senda de las barcas.)

La Virgen se fue a la mar
en busca de la alborada
para iluminar el día
de la promesa anunciada.

(La Estrella del mar volvía
con el sol de la mañana.)[4]


[1] Mantengo aquí y unos versos más abajo la minúscula del original.

[2] Tal vez podría enmendarse a «en busca», considerando parásita la s final, atraída por «espumas blancas». En cualquier caso, «en buscas» bien podría ser un plural intensificador querido por el poeta y por ello mantengo lo que dice el texto.

[3] Añado la tilde, ausente en el original.

[4] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [EUROGRAF], 1994, pp. 27-28. El libro fue editado con la colaboración del Departamento de Educación y Cultura (Institución Príncipe de Viana) del Gobierno de Navarra.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «Las médicas en casa»

La acción ocurre en Otaegui, que carece de médico; sí lo hay (médico, veterinario, farmacéutico y practicante) en una villa cercana, distante tres leguas[1]. El narrador afirma que al final de la vendimia «ocurrió lo que voy a contar al curioso lector»: Ramón sufre una indigestión de acelgas, por las muchas que ha comido para celebrar la buena cosecha de uva; le duele el estómago, y el narrador comenta irónicamente:

¿Qué tenía Ramón?

No lo sabemos de seguro, porque no consta concretamente ni en las Actas concejiles ni en las Hojas clínicas de Otaegui; pero creo que podemos deducirlo apoyándonos, no sólo en razones de lógica, sino también en testimonios de autoridad científica (p. 9).

Faustina, su hija, ha sido sirvienta en una casa donde ha visto a la señorita usar el termómetro, así que se decidió a comprar uno para su familia. Ella y la madre, Práxedes, meten en la cama a Ramón; le ponen el termómetro, y como marca 38 grados, le dan un fuerte purgante; además, acuden a otros remedios caseros: le ponen un ladrillo rusiente en el estómago y unas alpargatas calientes en los pies, colocan un brasero en la habitación y seis mantas en la cama, dejando la habitación sin ventilar; Ramón tiene que sufrir esta calurosa tortura durante varios días (en los que padece además hambre y sofoquinas), pero el termómetro marca siempre igual.

Hombre enfermo mirando su temperatura en un termómetro

Emeterio, el hijo, va a buscar al médico, que manda al practicante, gran jugador de tresillo; este ordena ventilar la habitación y quitarle tanta ropa al enfermo, indicando además que beba leche y que le den un baño. Entonces llaman a don Lucas, secretario y maestro del pueblo, porque no saben dónde bañar a Ramón, y se le ocurre meterlo en una comporta, con tan mala suerte que queda atascado. Por fin viene el médico, que se da cuenta de que el termómetro estaba estropeado: Ramón no tenía nada, pero ha pasado trece días en la cama, sufriendo las torturas de las «médicas» y, además, sin sembrar los campos.

La enseñanza que se desprende de esta divertida anécdota es harto clara: es mejor que no haya termómetros en las casas de quienes no saben usarlos y que no se practiquen remedios que pueden resultar perjudiciales para el enfermo, sino que se llame al facultativo cuando sea necesario. El caso presente servirá de lección, y el propio Ramón se encargará de que no se repita, al menos en su familia[2].


[1] Mariano Arrasate Jurico, Cuentos sin espinas, Pamplona, Torrent-Aramendía Hnos., 1932, 124 pp. Manejo un ejemplar de la Biblioteca del Archivo Municipal de Pamplona, signatura K-1; en la cubierta se lee: Cuentos sin espinas (jocoserios), primera serie.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (3)

El número IV de El libro de la creación[1] nos presenta a «el hombre en su proyecto, salido de su sueño», siendo ya «vertida / carne que se ilumina»; se reiteren imágenes de nacimiento: «todo nace vibrante, / de albor y de silencio y de luces fatigado». Las distintas reiteraciones (aquí de los adjetivos «Suprema y esplendente») confieren el ritmo poético a la composición. El V nos anuncia que «Todo queda arrancado de su noche tranquila», nos habla de «arpegios / luminosos y sangrantes». Los seres, en su pasión, salen de la noche; es un instante «de oculto prodigio». La luz es aquí el símbolo esencial:

Se agiganta radiante el penumbroso límite de seres al acecho;
ya el horizonte pisa seguro, desdoblando
límpido la maroma templada de la noche, de su luz revestida.

Amanecer

El VI nos transmite otra vez la sensación del nacimiento de un nuevo día: «Nace supremo el día» (frase que se reitera), día que «emerge en osadía y en fuego de ser» y es «síntesis radical de luz y bravo mundo». Por su parte, el VII nos muestra al hombre como centro de todo este universo («hombre centralmente suyo»). «Todo guarda salvaje relación» ahora y hay una «rotunda ligazón de destinos»: expresiones e imágenes, en suma, que nos reiteran el prodigio de esa nueva mañana.

El VIII desarrolla la idea de una «entonada ascensión luminosa», de «la luz que invade todo», de «ascensiones de mundos sin confines» y de nuevo, en medio de todo, el hombre:

Y de amplio relieve se aísla,
centra el ser,
sublime, en su rotunda y preñada mañana.

La unidad de tema e imágenes que preside este poemario[2] se confirma en el poema noveno, donde se alude a inmensas sombras que se disipan y a horizontes que se abren. Es un poema de afirmación, con el hombre en el centro de todo, iluminado:

Estoy, está aquí, coronación nocturna,
sedición diaria, eterna, vertiendo su horizonte.
[…]
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
y por todo parece que se abre limpiamente entregada,
rompiendo las pesadas arenas, las densas sales blancas,
frescamente doblándolo
todo en adelantos, definidos futuros que pueblan el presente.
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
vivamente cogido por todo,
iluminado.

El siguiente se refiere a la «ordenación más elaborada» del mundo, a la llegada del color (ahora «el grisáceo campo resplandece en colores»); en este proceso, el hombre se muestra como ser que pertenece a una «estirpe milagrosa» que cumple un destino. Y acaba:

Ya, de opacas sombras, arde en el brío del sol más glorioso,
la regia y más colmada concentración de ser.

El XI nos presenta a «el ser», es decir, al ser esenciado «en el redondo y fértil nacimiento»: «el ser, / que en su más exultante renovación se ofrece». Y el número XII trata del decaer de la noche: «La mañana acepta, alegre y complacida, la incandescente senda que le lleva incipiente / al ser»[3]. A su vez, el que figura bajo el número XIII insiste en la dicotomía luz que nace / sombras que se disipan. Seguimos asistiendo a ese momento de plenitud en que, «enfrentados y amorosos la tierra y el cielo en primitivo abrazo», «Todo nace» y la luz de la mañana saca de su remanso «al ser íntimo y lleno de progreso inaudito y creciente marea»[4]. En suma, seres formándose, que salen de la nada o del caos primigenio y nacen al ser (igual que sucede, en otro orden de cosas, en el momento creativo de la inspiración poética).

Lo mismo ocurre en el XIV, donde se insiste en la aparición del color («Y gama terminada, se viste en su color la hora»), y «a cada ser toda el alma le sale en su vital frescura», y se hace «consumada belleza», mientras se avanza hacia una perfección que podríamos calificar de guilleniana:

Hay brillante y angélica alegoría,
empeño, apenas dominado, del ser al recrearse en pura entrega a otro,
hay una expresión muda del amor indiviso, un presente que anuncia
muy lejanos futuros de fervientes mañanas y de innúmeros seres
que cumplen, manifiestos, el esplendor que en todo les eleve
y les sobre, en su gran oleada y corriente divina.

En el XV, «Sucede que la gran población se conjunta de luz y vida»[5], luz, vida y fe son sinónimos, hay destinos nuevos («el destino desciende limpio sobre nosotros»); el poeta se recrea en la plasmación de todo ese mundo salido de la nada[6] y atrás quedan la noche y el dolor[7].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] De hecho, varios poemas, incluso el primero, empiezan con una conjunción y, que enlaza unos con otros y da continuidad al poemario (véanse los números X, XI, XIV, XVIII y XXVI).

[3] Termina así: «Ya el esplendente ser, de su noche devuelto, revuela hacia su nido».

[4] Destaco además la sinestesia «la brisa que verdea».

[5] Véase supra (poema X) «la estirpe milagrosa que diariamente nace del populoso ámbito», la «espesa población»; y en este poema XV, más abajo, «la multitud radiante».

[6] Nótese la anáfora de «Sucede que…»; se repite también a lo largo del poema la frase «cuesta creer».

[7] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Crucifixión y Gracia», soneto de Alfonso Albalá

De Alfonso Albalá (Coria, Cáceres, 1924-Madrid, 1973) ya había quedado recogido en este blog su emotivo soneto «Tacto de Dios». Vaya para hoy, Miércoles Santo, este otro poema suyo, también soneto, en el que el hablante lírico muestra su deseo de identificarse con Cristo en su Cruz y en la Eucaristía (destacado por el neologismo cristificar del verso decimotercero).

Cruz y Eucaristía

Cuerpo total, yacente en el madero,
naciente Iglesia en cruz, en mi calvario
déjale así, desnudo, sin sudario,
porque ahora es este Cristo mi cordero.

Soy cordero de Dios, soy sumidero
jubiloso de Dios, hondo sagrario
donde guardar su pan en el almario[1]
de este llagar amor mi manadero.

Ara de Dios, te soy, hambre esteparia
en cruz, en luz, en sed y parusía[2]
hacia el alba total de la plegaria.

En tu madero aguardo la agonía
que cristifique en mí mi necesaria
sazón de serte solo eucaristía[3].


[1] almario: lugar donde reside el alma.

[2] parusía: advenimiento glorioso de Jesús al final de los tiempos.

[3] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Ediciones Alfaguara, 1969, p. 313.

«Filiación», soneto de Julio Mariscal Montes

De Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922- Arcos de la Frontera, Cádiz, 1977) ya quedó transcrito un soneto propio de este tiempo de Semana Santa como es «Jueves Santo». Añado hoy este otro, titulado «Filiación», perteneciente a su poemario Quinta palabra (1958), donde va dedicado a José María Pemán.

Representación de la Pasión de Cristo en Quintanar de la Orden (Toledo).

Nombre: Jesús. El hijo de María.
Nació en Belén. Oficio: carpintero.
Treinta años[1] puliéndose el madero
para tres lentas horas de agonía.

Jerusalén… Betsaida[2]… La alegría
de un loco Tiberiades[3]… El sendero
de la casa de Marta[4]… El hormiguero
de «hosannas» por su frente todavía…

Jesús de Nazaret; Cristo Prendido:
tres años[5] de cosechas y nublados
dándose en su palabra iluminada.

Cristo muerto en la Cruz; escarnecido:
una esponja con hiel[6], unos soldados
y una Mujer que llora[7] desolada[8].


[1] Treinta años: los de la vida oculta de Jesús de Nazaret.

[2] Betsaida: ciudad costera en el mar de Galilea, donde vivían algunos apóstoles de Jesús, y donde este realizó algunos de sus milagros (la multiplicación de los panes y los peces, caminar sobre el agua, devolver la vista a un ciego). Cfr. Mateo, 11, 21-24; Lucas, 10, 13-15; Marcos, 8, 22-26.

[3] Tiberiades: mantengo la forma sin tilde del original. Tiberíades, emplazada en la orilla occidental del mar de Galilea, en la Baja Galilea, es mencionada en Juan, 6, 23 como lugar desde donde zarpaban las barcas hacia el extremo oriental del mar de Galilea (llamado también mar de Tiberíades). Los fieles que buscaban a Jesucristo tras el milagro de los panes y los peces utilizaron estas barcas para viajar hacia Cafarnaún, en el extremo norte del lago.

[4] la casa de Marta: «Aconteció que yendo de camino, entró [Jesús] en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude”. Respondiendo Jesús, le dijo: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”» (Lucas, 10, 38-42).  Según el evangelio de san Juan, la casa de los hermanos Marta, María y Lázaro estaba en Betania.

[5] tres años: los de la vida pública de Jesús.

[6] una esponja con hiel: cuando Jesús está cercano a expirar, uno de los presentes le acerca a la boca una caña con una esponja embebida en vinagre (Marcos, 15,36; Mateo, 27, 48; Lucas, 23, 36; Juan, 19, 29-30). Los soldados romanos tomaban una mezcla de agua, vinagre y, en ocasiones, hierbas aromáticas (mirra, hiel de la tierra o del campo, cuyo nombre científico es Centaurium erythraea) llamada posca. Los comentaristas discuten si el dar a beber vinagre a Jesús ha de interpretarse como un escarnio (una más de las burlas a las que fue sometido) o, por el contrario, como gesto de compasión (para aliviar su sed y calmar su dolor, pues solía darse a los crucificados esa mezcla de vinagre con sustancias narcotizantes). Quevedo tiene un soneto que comienza: «Vinagre y hiel para sus labios pide, / y perdón para el pueblo que le hiere». En la tradición bíblico-judaica el vinagre se asocia al dolor y la amargura. Cfr. por ejemplo el Salmo 69, 21: «También me dieron hiel como alimento, y en mi sed me dieron a beber vinagre».

[7] una Mujer que llora: motivo del Stabat Mater, del dolor de la Virgen María asistiendo a la muerte de su hijo en la Cruz.

[8] Tomo el texto de Impresiones. Revista multicultural de Paterna de Rivera, número 12, octubre de 2017, «Recordando a Julio Mariscal» (número conmemorativo dedicado al poeta Julio Mariscal Montes en el 40 aniversario de su muerte), p. 59.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (1)

En el momento de su aparición original (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980), era un poemario de 75 páginas que se presentaba con un subtítulo que anunciaba la unidad del libro: El libro de la creación. Poema[1]. Y la solapa interior nos ofrecía esta explicación:

El poeta ya conocido entre nosotros, José Luis Amadoz, nacido en Marcilla y residente en Pamplona, donde trabaja como médico-psiquiatra, publica este nuevo libro con el título de El libro de la Creación. Se trata de un poema total dividido en cantos que conservan su unidad a lo largo de la obra. Formalmente de tono versicular, con un ritmo donde se funden la palabra y la idea de un modo preciso, ofrece al lector un intento de descubrir el nacer del hombre cada día en su juego múltiple de luces, cosas, seres y símbolos, destacando el hombre como en un rumor que lo llena todo y desea ser libre sin poderlo, por sentirse atado a su destino. Para leer este libro hay que sumirse en él no tanto en un afán de comprensión como de fe para encontrar a través del mismo su propio destino, su propio poema, su propia existencia[2].

Analizado desde el punto de vista temático, podríamos considerar que este nuevo poemario de Amadoz constituye una continuación de lo ya expuesto en el anterior, Límites de exilio. El tema nuclear es la idea de un hombre trascendido más allá de la muerte y sus limitaciones: un hombre que avanza hacia la luz, la altura, la vida… El mundo se concibe como un caos que poco a poco se va ordenando en forma de cosmos, como un inmenso material que va pasando de lo informe a lo con forma, de lo gris a lo coloreado…

Caos cósmico

Igualmente, el hombre, que es de cuna eterna, yace caído en un prolongado destierro, vive en medio de su noche de dolor. Pero, convertido en niño recién nacido, será capaz de protagonizar una ascensión luminosa, en la que se va abriendo a lo que de divino hay en su interior[3]. Como en el libro anterior, el hombre debe, por tanto, salir de la noche y el sueño a la vida y el sol. En efecto, en este poemario la imagen del sueño se concibe en sentido negativo, pues es sinónimo de vacío, mientras que encontraremos imágenes positivas como alba, amanecer, nacimiento, creación… Así lo ha destacado Ángel-Raimundo Fernández González:

Los grandes símbolos del poema son la luz, la alborada, la mañana. Sobre todo la luz. […] el símbolo de la luz, en «un Génesis» bíblico, es la máxima expresión del poder creador y de la vida. En casi todos los casos, […] luz y vida se emparejan. […] Frente al símbolo de la luz aparece el de la noche, las sombras. El día vence y crea. La noche, las sombras, son el símbolo de la nada[4].

En definitiva, el hombre se concibe ahora como un ser nacido, un ser esenciado, portador de un alto destino, y debe por ello recorrer un largo camino hacia lo alto (lo Alto) y hacia la luz (la Luz), debe experimentar, mejor dicho, debe protagonizar un lento proceso que se concibe en términos de subida, de ascenso hacia al orden, hacia la luz, hacia una «mañana» en la que se disipan todas las sombras. Aquí los hombres son ríos «que van a dar en la mar», pero no entendida la frase a la manera manriqueña como mera desembocadura en la muerte, sino como final esperanzado en Dios. De ahí que apreciemos un tono marcadamente optimista en algunos poemas e, incluso, ciertas referencias cristológicas que ya se hacían presentes en Límites de exilio.

Desde el punto de vista estilístico, y a tenor de lo que llevamos dicho, fácil será comprender que el poeta vuelva a manejar dicotomías esenciales del tipo noche / día, cuerpo / alma, vacío y esterilidad / frutos y cosecha, tiempo / eternidad, etc. Todo ello de nuevo en versos libres de larga extensión que tratan de recrear la fluida cadencia de los salmos bíblicos[5].


[1] Llevaba entonces la siguiente dedicatoria: «A las últimas y pequeñas de mis hijas, M.ª Juana (Anuka) y M.ª Victoria (Toyoya)». Con respecto al título, el autor prefiere escribir la palabra creación en minúscula, porque se está refiriendo a un fenómeno creacional de índole universal, a la evolución del cosmos, sin un valor necesariamente trascendente.

[2] En la otra solapa interior se anunciaban las «Obras publicadas» del autor: Sangre y vida y Límites de exilio, mientras que figuraban «En preparación» Callado retorno, Poemas primeros y Elegías del hombre.

[3] Escribe Ángel Raimundo Fernández: «Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica» («Río Arga» y sus poetas, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70).

[4] Fernández, «Río Arga» y sus poetas, pp. 71-72.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (y 6)

Como balance de Límites de exilio[1], podríamos decir que sus nueve cantos forman un poema unitario en el que, a través de diversas reminiscencias bíblicas, se nos habla del hombre y de Dios, de la caída humana y su posterior redención, de su anhelo de vida eterna. El hombre —trasunto del poeta— sigue debatiéndose en una continua lucha entre el creyente y el increyente. Hay referencias aquí a Isaías, a Job, a Jeremías, es decir, a los profetas que apostaron por la fe; el yo lírico, en cambio, no está tan seguro, se nos aparece en un continuo vaivén, en un camino de ida y vuelta que no termina de alcanzar su meta, y no será hasta Callado retorno en que se nos muestre ya completamente rendido a la trascendencia. Las imágenes básicas son las del hombre peregrino, que recorre su camino desde las sombras a la luz, del hombre navegante que después de una procelosa travesía llega a su destino final, a la fe, a un espacio donde no hay ya más llanto, ni más dolor, ni más noche. El hijo va al encuentro del Padre (el «amado» de algunos poemas se transformará en el último en el «Amado», subrayando esos ecos místicos, apreciables también en alguna otra expresión como «ventalle suave»).

Odiseo

Los motivos manejados son, pues, los relacionados con el ascenso a una cima, con la navegación por el mar (con ecos del mito de Odiseo), los relativos a límites superados o los que hablan de frutos y cosechas (de eternidad). El sol y la luz son aquí símbolos positivos (el hombre sale de su noche de la no fe, de sus sombras) en tanto que el viento tiene una consideración muy negativa (peligros, amenazas). En la construcción estructural de este poema unitario se manejan parejas de opuestos como trascendencia / terrenalidad; ascenso / caída; noche / amanecer; travesía / meta, todo ello para tratar de reflejar con medios de expresividad poética ese prolongado debate entre la conciencia de la condición mortal del hombre y su ansia de eternidad (debate rematado al final de este libro con la idea de un ciclo que se culmina feliz, esperanzadamente).

Para terminar, diremos que este deseo de trascendencia que hemos visto manifestarse aquí acerca muy claramente la poesía cultivada por Amadoz en este momento a la órbita del existencialismo cristiano, especialmente a la obra del filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel[2] (1899-1973), cuya filosofía arranca de un análisis existencial de la vida, que le lleva a la existencia de Dios como fundante. El hombre vive entre la angustia de su finitud y su deseo o esperanza de eternidad, siendo la fe el único puente entre ambos sentimientos: por la fe se manifiesta Dios, que es indemostrable. Tal es el trasfondo existencial de estos poemas de Límites de exilio y, en general, de la toda la poesía de Amadoz[3].


[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.

[2] Podríamos ver también algunos ecos de Unamuno y de Rilke, no tanto de Kierkeegard (angustia sin resolverla), de Heidegger (ser para el tiempo) o de Sartre (náusea). También es perceptible cierto tono guilleniano (más adelante se apreciará el influjo de Salinas, especialmente de su poemario La voz a ti debida).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «Fierabrás»

Dionisio, el «ministrante» de un pueblo (hace de barbero, practicante y sacador de muelas), es un personaje locuaz y simpático, aunque temible en su práctica médica, pues arranca los dientes o maneja la lanceta sin ningún tipo de contemplaciones, hasta el punto de ganarse entre sus paisanos el apodo de «Fierabrás»[1]. Es más, a los que se quejan del trato con lamentos los llama «gallinas». Pero un día él, que hasta entonces había tenido una magnífica salud, ve que se le ha podrido la raíz de la uña de un dedo del pie y que hay que arrancarla. Comienza a sentir miedo e incluso tiene una pesadilla. Pospone varios días la cura, hasta que finalmente un compañero se dispone a arrancar la uña mala. En ese momento, el fiero barbero se desmaya.

Gerrit van Honthorst, LʼArracheur de dents (1627). Museo del Louvre (París, Francia)
Gerrit van Honthorst, LʼArracheur de dents (1627). Museo del Louvre (París, Francia).

Como vemos se trata de una narración muy sencilla en la que se fustiga a aquellas personas que, por así decir, ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio: Dionisio, sano, moteja de cobardes a los enfermos que se quejan de sus males; pero su reacción es la misma, o todavía más exagerada, cuando padece el mal en su propia carne. Y, aunque no se dice en el relato, podemos suponer que desde ese momento la actitud del barbero será más comprensiva con los demás[2].


[1] Utilizo una edición de Cuentos sin espinas, por Mariano Arrasate Jurico, s. l., s. i., s. a., 86 pp. (Biblioteca General de Navarra, signatura 2-2/14) formada por recortes encuadernados del folletín de un periódico.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (3)

El poema IV de Límites de exilio[1], de notable extensión, es también muy importante, pues insiste reiteradamente en ese camino de redención recorrido por las «generaciones nómadas», coronadas ahora ya de fe y gracia; los «caminos de tu peregrinaje» se concretan aquí en imágenes marineras: barco no encallado, viejos navíos otoñales, oleaje mañanero, olas, rada… El yo lírico del hombre se dirige a un Tú, con mayúscula, que es Dios: «Tú, poderoso, / estás lindando en ellos con el principio de nuestra nada»; y se acumulan imágenes positivas que evocan la deseada trascendencia: «Ha empezado el destino de todos los tiempos», «ya se cumplen armonías y cantos llenos de vida», «atrevidos destinos que no mueren», «Ha empezado el destino que no acaba». La idea de redención se manifiesta en imágenes de escalada hacia lo alto y de abrazo final con la divinidad:

Hombre en lo alto de una montaña

El hombre, vencido ya su llanto, posa su fe y escala ardiente la paz que en tu montaña domina.
Dios con él,
hundido en su fuente,
la redención hiere su llanto.
[…]
Ha empezado el destino de todos los tiempos
[…]
Un dolor final edifica la oculta sombra,
y el Dios, tan hijo,
bello e iluminado se colma en las manos del amado.
Una acabada mora que el polvo del camino en su jugo sazona,
sincera se ofrece al caminante que en su fe y su llanto se mueve,
se ofrece al hombre lanzado en la noche lleno de sombras.
ha empezado el destino que nos une y resucita en este mar de aguas obscuras,
vital concordia de hijos que se parten mortales en lluviosa sangre,
y la amplitud que ciega y confunde nos abre nuestra impronta primera.
Todo sumiso el hombre con su Dios se queda germinal y desnudo en obediente abrazo de hijo[2].

El hombre, que ha hecho «solemne promesa de filial retorno», se nos muestra ya como «enseñoreado príncipe» que «necesita del beso refrescante del amado, que en sus labios le hurte».

El poema V, el que ocupa el puesto central del poemario, sigue presentando al hombre en paz con todo («consonancias maritales del hombre con el mundo»): ya no hay llanto doloroso, sino canto pletórico y «ventalle suave» (eco de san Juan de la Cruz); dada «su genital altitud», este «príncipe heredero» del canto divino aparece como un «gran guerrero» conquistador del reino, con «designios de poderoso y gran príncipe que avanza seguro en la herencia o ducado paterno»:

¡Hermosa bandera
que sujeta al hombre guerrero del señor de lábaro más seguro,
que centuplica su dolor y esperanza en el fuego del amor más duradero,
de la muerte menos perecedera!

El sentido trascendente resulta, por tanto, bastante claro. Reaparecen asimismo las imágenes marineras: peregrinos de remos no divididos, conquistadores de oros venturosos, copas de nuestras velas, circes luminosas (otras alusiones al mito de Ulises se reiterarán más adelante). En suma, tenemos al hombre como pequeño Dios, «heredero y señor de la fragua más esplendorosa», con el «señorío de la muerte ya vencida», triunfante en su paz, superados todos sus dolores, alcanzando cosechas de gran fruto: de ahí que se afirme que «el hombre se alza vigil y soberano, consciente sobre su cima»; de ahí, en suma, que el canto nos presente «el hombre y su ángel anudados en el sendero infinito de los enajenados mortales»[3].


[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.

[2] En el poema VIII hablará de «el frutal rosa de esta gran colina donde los hijos de los hijos se moran no sazonados».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (2)

En el poema inicial, una primera persona anuncia: «Henos llegados al final de la única travesía…» (la anáfora de «Henos» recorre todo el canto), a «la dorada mansión del hombre que ya no huye». Se insiste en que «Ha servido su promesa el Dios grande de todos los tiempos», y luego:

El hombre escala victorioso la pendiente rizada de su carne,
salta sobre los alcores más plateados de su espíritu
donde refleja su Dios y belleza.
Henos al final
en la travesía de todos los océanos,
henos en el cenit y gólgota de pesadumbre de nuestro hombre caído,
en la fe que amilana todo viento quebrándolo,
toda efímera sortija que en su dulzor se ofrece y agota.

El poema refiere «la andadura del hombre» (en un determinado momento se habla de «nuestros pies marineros»), que culmina en «la paz de los campos soleados», con imágenes positivas de luz y alba al final de la travesía, cuando «el hombre se viste de mago» para el encuentro con «el Dios soñado al borde de toda prisa», «el Dios que se ofrece sin reservas en su denunciado hábito de padre». Se afirma taxativamente que «un salto de eternidad nos aventura hacia conquistas de pueblo ilimitado», para cerrarse la composición con estas hermosas palabras:

Henos en el sinfín de los deseos e ilusiones colmados,
ante nuestra conquista más resplandeciente,
con los pies doloridos,
bañados en la sangre de las cimas más rudas.
Henos en el retorno sereno de los tiempos,
clavados y compañeros en la cruz que nos rinde y lanza por encima de nuestra soledad primera.

Campo soleado

El poema II introduce algunas expresiones transparentes para aludir a Dios: «el anciano de todos los tiempos», que tiene «la tabla de su ley»; su vástago es el hombre, el «fruto martirizado del hombre», para el que llega la «llorada paz», cuando por fin puede caminar por el «pórtico de su gloria». Se trata del «hombre desterrado», del «viejo peregrino», que ha conseguido llegar al final de su travesía, sumamente fatigado («cede el hombre de su exilio su planta ya cansada»), pero dispuesto a mostrar su sumisión de hijo:

En las manos que recogen su polvoriento estrago de lucha y de camino,
los claros horizontes que le exaltan venciendo su medida
en fe y vida se juntan.

En palabras de Fernández González, en este canto «La creación se suma al gozo: los pájaros, los claros horizontes, el otoño, las montañas, etc.». Constatamos aquí la utilización del símbolo viento con carácter negativo, como sinónimo de inclemencias y dificultades, igual que ya sucediera en Sangre y vida: «la trémula rosa de su vida aguijoneada / por el viento que al fin le mueve y restituye». Al final se introduce un apóstrofe al Señor y una mención a Cristo, «el Hijo del hombre», esto es, al Dios humanado hacia el que camina ese «pueblo transeúnte» de hombres:

Helo al final, Señor,
vertida su descompuesta savia en el cáliz de tu sediento canto,
helo reseca su arboladura vieja
rezumando ya en nuevos y anhelados vientos perfumados.
Donde la noche se cita y gime de hombre suyo,
cada estrella en su gloriosa ventura y ángel
se elige y ofrece severa guardiana de su caído vástago.
El Hijo del hombre recoge la perdida cosecha,
y por los pueblos orientales y castos
se ciñen virtudes y coronas de sabios y consejeros que siguen su canto.
El mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late.

El tercer poema insiste en la imagen de los hombres como nómadas que finalmente llegan a una meta, como sugieren estas imágenes y expresiones: «una mañana libre de muertes y destinos», «música de advenimiento», «el céfiro suave de la inmensa mañana en profecía», «la irrespirada mansión del verdadero día», «nuestras casas futuras más soleadas», «el pan reciente de la mañana». El canto acaba con una nueva alusión al Hijo del hombre, presentando a su vez al hombre como hijo del Hijo:

Al Hijo del hombre retornaría la mesnada nómada
en su dolorido caminar de interminables años.
En Él sumiría la fe de sus mañanas frescas,
el dolorido caminar de sus noches obscuras.
El hijo del Hijo
al fin arribaría al pie de sus playas redimidas[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.