«Navidad», de Octavio Campero Echazú

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.

Belén andino

Este es el texto completo del poema:

Pastora, la contradanza
que tejes sobre la tierra
con los pies desnudos, huele
a pastos de Nochebuena.

Te enlazan dos zagalones,
y entre sus manos labriegas
—arbolito de diciembre—
tu talle se balancea.

Detrás vienen seis pastores
con tres zagalas cimbreñas,
como siguiendo el aroma
de tus huellas.

Y cantan un villancico
—son crecido entre las hierbas—
iniciado por el viento
de las quenas.

Desde el portal de sus voces,
la tuya, como una estrella,
los encamina hacia un verde
retablo de Nochebuena…

Ya los gallos campaneros
dan las doce; y es la tierra,
bajo el viento de los astros,
cuna que se balancea…

¡El Niño Dios ha nacido!
—mies de luz sobre la vega—,
y tus canciones, pastora,
se tiñen de un alba nueva[1].


[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.

«Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo

Para todos aquellos —niños y no tan niños— que, al acostarse esta noche, son capaces todavía de sentir ilusión, esta sencilla poesía de José Luis Hidalgo:

Que es la noche de Reyes,
duérmete pronto,
ya se oyen sus caballos
bajo los chopos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que si te ven despierto,
por ser curioso
tus zapatos, al alba,
estarán solos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que están los Reyes Magos
bajo los chopos[1].

Reyes Magos


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.

«Romance viejo de la madre nueva», de Antonio y Carlos Murciano

¡Feliz Año Nuevo!
Ojalá que el 2014 nos traiga a todos Paz, Amor y Felicidad…

Nacimiento de Cristo

Para todos los lectores y amigos del blog, va dedicada esta composición de los hermanos Antonio y Carlos Murciano, grandes especialistas en poesía navideña, que trata de Santa María, Madre de Dios:

Romance viejo de la madre nueva

(Lc 2, 1-8)

Camina la blanca niña
por los campos de Belén,
camina que te camina,
camino de ser mujer.
Detrás la sigue el esposo,
ciego ya de tanto ver;
delante, la leve huella
del ángel de Nazareth.
En un establo en ruinas
se han venido a guarecer.
Virgen se estaba la niña,
intacta su doncellez:
varón que la mancillase
no viera el mundo nacer.
En el cristal de sus ojos
se copia un breve doncel;
en los sus labios un nombre
se multiplica por tres;
en los sus pechos floridos
cantan la leche y la miel
y en el su vientre sin mancha
comienza el amanecer[1].


[1] Incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 75.

Un «Retablillo navideño en tres cuadros» de Pedro García Merino

Pedro García Merino (Mélida, 1908-Pamplona, 1977) compuso un Retablillo navideño en tres cuadros, subtitulado Nochebuena en la Ribera. Incluye voces riberas y está lleno de gracia y salero, como comenta Víctor Manuel Arbeloa:

El Retablillo vuelve a la larga tradición de las églogas castellanas, donde los pastores son las voces del pueblo, que piensa, habla y ríe como ellos[1].

Los personajes son el señor Juan (pastor viejo), el Repatán primero y segundo, y las señoras Inés, Lucía, Graciosa y Nicereta. El señor Juan les anuncia la profecía del próximo nacimiento de un Niño; cuando eso suceda, todo será felicidad en el mundo (va enumerando una serie de sucesos positivos que tendrán lugar: habrá paz, alegría, comida en abundancia para todos…).

El nacimiento de Cristo, por Lorenzo Costa

El Repatán segundo le replica:

—Una cosa le discuto:
dice usté quiabrá tocino.
¿Pues no es preceto divino
no comer carne de cuto?

A lo que responde el señor Juan:

—Eso es ley de Moisén,
pero en la nueva ordenanza
se podrá comer matanza
y longaniza tamién.

Pero, además de estas bromas a propósito de la comida, hay lugar asimismo en el Retablillo para los pasajes líricos. Por ejemplo, en el cuadro tercero, las mujeres y los pastores se acercan al portal y dedican al Niño estos bellos piropos:

—Precioso, rico, clavel…
—Majico, guapo, salero…
—Florecica del romero…
—Lirio, gotica de miel…


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 45.

«Pastoral de Navidad» (1942) de Genaro Xavier Vallejos

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.» 

En Pastoral de Navidad —obra que ha sido representada durante varios años en Sangüesa por la Agrupación «Misterio de Reyes»— Genaro Xavier Vallejos retoma algunos personajes del libro anterior: Pola, Luperca, la Garula… Se trata de un Poema escénico que se estrenó en Madrid en 1942. En el prólogo, el sacerdote sangüesino explica que introduce en su obra varios anacronismos —es decir, referencias que no corresponden al tiempo y al lugar histórico real de los hechos— para dar mayor fuerza emotiva y evocadora a su obra, porque el misterio del Verbo encarnado es de todos los siglos. Cito:

Para él no hay ni ayer ni hoy, mientras exista esta medida del tiempo. […] Diariamente nace Cristo entre nosotros.

Nacimiento de Cristo

Como se trata de un hecho universal, el escritor localiza la acción en un lugar cercano, e introduce diversas referencias a las costumbres y a la forma de hablar de su localidad natal y de la zona (así, alude a las alubias de Sangüesa, a las ollas fabricadas en Lumbier…).

La obra se divide en seis cuadros: «La Anunciación», «La Visitación», «Camino de Belén», «Belén», «Nacimiento» y «Adoración de los Reyes». En el primero se oyen cañonazos y el tableteo de ametralladoras (este es uno de esos anacronismos de que hablaba antes, porque obviamente tales armas no existían en la época). «¿Hasta cuándo la miseria, y el odio, y el dolor, y las lágrimas?», se pregunta una voz, porque reina en el mundo una noche oscura, de sangre y guerras. Parece que Vallejos hubiera escrito estas palabras en nuestros días. Sin embargo, algo va a cambiar: el ángel Gabriel viene a anunciar a María la concepción y el nacimiento del Salvador; la luz que en ese momento se hace en el escenario simboliza la pronta llegada de Cristo, que será la Luz de los hombres.

El cuadro segundo describe «La Visitación» de la Virgen a su prima Isabel. En el tercero, «Camino de Belén», la acción se traslada a una posada, donde aparecen simpáticos personajes populares: Pola, Luperca, Taratoles y su nieto Peli, que piden alojamiento por caridad… Tras las riñas y discusiones de Luperca y Pola, se oyen unos bellos versos que alguien canta en el campo:

Alma, ya vienen
llamando a tu puerta.
Alma, date prisa,
que la hallen abierta.
Que la hallen abierta,
que la noche es fría.
¡Alma, si supieras,
qué pronto abrirías!

Cuando llegan la Virgen María y San José se encuentran con el «No hay posada» de la poco caritativa Pola, enfadada porque se imaginaba unos huéspedes más ricos. El cuadro se resume en estos cuatro versos finales:

Solitos vinieron,
solitos se van.
La noche está helada.
¿Quién les abrirá?

En el cuadro cuarto, «Belén», vuelven a aparecer esos mismos personajes del pueblo: María Sarmiento, Luperca, María la de la panadería, Agapita, la Garula, Pedro Matú y Manasén, quienes murmuran y cotillean en las ventanas de sus casas. María y José llaman a sus puertas, pero nadie les abre.

No hay posada...

El cuadro quinto se titula «Nacimiento»; un coro de ángeles anuncia a los pastores la Buena Nueva de la llegada del Mesías, y siguen unas coplas de Taratoles y el alegre villancico de la Pastora:

Caminitos del monte,
caminitos en flor.
¿Quién ha ido a contaros
que nacía el Señor?

[…]

Todo es paz en el mundo.
Todo vuelve a nacer
por la gracia de un Niño
que os nació en Belén.

Diversos personajes van entrando en una danza festiva, según son nombrados en el villancico, y al final la Virgen María eleva al Niño como una hostia.

Niño Jesús en la Hostia

En fin, el cuadro sexto representa la «Adoración de los Reyes». Luperca y Pola, ya reconciliadas, acuden al portal, invadidas por la alegría, bailando y cantando:

A Belén, pastores,
que el Rey celestial
ha nacido anoche
en un pobre portal.

Ahora «Todo está cambiado» tras el nacimiento del Niño-Dios y los distintos personajes vienen a adorarlo, al tiempo que Taratoles entona una canción de cuna que comienza:

Duérmete, Niño,
duérmete ya,
no tengas prisa
por despertar.

Gracias al tratamiento humano que les da Genaro Xavier Vallejos, esos personajes humildes que han sido testigos del Nacimiento de Jesús —Pola, Luperca, Taratoles, Peli, los pastores…— se hacen muy cercanos al espectador o al lector de esta Pastoral de Navidad, y con ellos también ese misterio de la Natividad del Salvador del Mundo, según era la intención del escritor.

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Gloria en los cielos a Dios
y en la tierra al hombre paz.»

«Viñetas antiguas» (1927) de Genaro Xavier Vallejos

Los que soñáis y esperáis
la Buena Nueva,
abrid las puertas al Niño
que está muy cerca.

El sacerdote sangüesino Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) es autor de dos obras navideñas, que son Viñetas antiguas (1927), narrativa, y Pastoral de Navidad (1942), teatro.

Viñetas antiguas es un libro que incluye veintiocho semblanzas narrativas; varias de ellas refieren episodios de la vida de Jesús, y en concreto su nacimiento y su infancia. Tras «Campanas de la Anunciación», la titulada «Las nueve jornadas» describe el viaje de María desde Galilea a Belén, que hace montada en «un jumento gracioso, cegato, vejete, pelón y trotón».

De Nazaret a Belén

Esta secuencia narrativa es interesante porque contiene en germen la acción de la segunda obra navideña del autor, Pastoral de Navidad. María y José van primero a casa de su prima Rebeca, pero son rechazados; lo mismo les sucede en casa de Marta. Acuden entonces al mesón de «la avara, la dura, la terca Luperca», y allí reciben la misma respuesta negativa. Copio el fragmento que corresponde a este pasaje:

El mesón es grande, capaz para muchos huéspedes. Pero la dueña del mesón es la avara, la dura, la terca Luperca. Y antes de que ella admita a un pasajero, mucho tiene que cerciorarse de sus dineros, de sus haciendas, y hasta del repuesto que trae en las alforjas. Esta noche, como es muy copiosa la afluencia de forasteros que vienen al padrón, ella misma está a la puerta con una vigilancia impropia de su extrema vejez.

San José, que la conoce de tiempos atrás, se acerca solícitamente:

—¡Buenas noches, señora Luperca!

De una sola mirada de sus ojos astutos, Luperca investiga la pobre catadura de los viajeros.

—¡Bien crudas están para mi reúma!

—A sus años, debiera cuidarlo.

—¡Ya lo creo! ¡Yo estaría en la cama y el mesón sin huéspedes!

—¿Tendrá un rincón para nosotros, señora Luperca?

—¡Qué pensamiento! Ni para mí lo hay, que tengo que estarme en este poyo toda la noche.

—Aunque sea en el pajar, en el corral, en la cuadra. Algo que no esté a la intemperie.

—¡Doblones me han pagado por un poco de paja! ¡Todo está así!

Y junta los diez dedos de sus manos y miente descaradamente. Como San José había arrimado un poco el jumento, ella se levanta recelosa y les da con la puerta en el rostro. Aún asoma por un resquicio su cara de corcho y dice con verdadera burla:

—¡En las cuevas de allá abajo tendrán casa de balde!

Entonces de los ojos de San José se desbordan dos lágrimas de fuego. Piensa en la Virgen María.La Virgen también llora, pensando en el Niño Jesús. Están en mitad del camino. Un poco más abajo, junto al recodo, se dibuja, bajo la luna, la negra silueta de la cueva. No queda otro recurso.

Me parece un texto especialmente bonito y emotivo, por la ternura con que Vallejos sabe captar la desolación de la Sagrada Familia, en contraste con la avaricia de la mesonera. María y José encuentran la cueva hecha una cuadra, con un buey que no se sabe bien quién dejó allí. Y comenta el narrador: «Los cielos y la tierra aguardan en un silencio de maravilla. / Se acerca la medianoche». Y es que va a ocurrir algo milagroso: la encarnación del Verbo.

La Virgen María encinta

La misma ternura y la misma sensibilidad muestra Vallejos en otras dos viñetas, «Ya sale el niño Jesús», donde vuelve a aparecer la chismosa Luperca, y «La Virgen estaba lavando», donde se refiere la adoración de los Reyes Magos; Luperca, viendo posibilidad de ganancia, quiere llevar a su mesón a los regios personajes, pero otra vecina, Tiberga, los guía hasta el portal.

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Dos poemas a San Francisco Javier

En el día de la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real, copio un par de composiciones sobre su figura, en castellano y en euskera:

HIMNO DE SAN FRANCISCO JAVIER[1]

No le empujó soñar de aventurero
ni la ambición de avaro mercader;
buscando a Dios, de pie sobre el velero,
bogando va Francisco de Javier.

Nunca tu Cruz dejaba a otras banderas
ir más allá por tierra y por mar;
águila audaz, se alzó entre las primeras;
danos, Javier, tu afán de conquistar.

Las almas son más preciosas perlas
de las que el sol de Oriente hace brillar.
Nunca jamás, al ir a recogerlas,
Javier temió las iras de la mar.

India y Japón imperios son pequeños
para saciar su ardiente corazón,
y al desgarrar los hombres sus ensueños
roto estalló aquel volcán de amor.

San Francisco Javier

EUZKALDUNEN (JABIER)[2]

Euzkaldunen lore berdin gabea
zuri gaude —arren samiñetan
Entzun Jabier —erritaren otoia
Jainkoagan dezu al bizia.

Entzun Jabier Loyolaren bitartez
Jaungoiko onak esandako itzak
ez mundua, begira goi-zerua
au daukazu betiko zoria.

Jaunarentzat sutan dezu biotza
lur guzia beretzat nai dezu.
Piztu Jabier xure gar bizi orretan
maitasunez, gure biotz auek.

Gurutzea, gure zeru bidea
gurutzean gure Jaun Maitea.
Mundu ontan beti izango nekea
gero goian zorion betea.

Zaitugunez gure jarrai bidea
rrakutzi egizko bidea.
Goian degu azken gabe pakea
Jainkoagan zorion betea.


[1] Recogido en Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, San Sebastián, 1967, núm. 102, p. 88.

[2] Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, núm. 260, p. 146.

Pamplona, 7 de julio, ¡San Fermín!

Es la jota de tu Navarra la que hoy te reza,
la que hoy te canta.
Es la jota de tu Navarra, Fermín bendito,
la que hoy te ensalza.

San FermínEsta emotiva jota se canta el 7 de julio en Pamplona, en la procesión de San Fermín, el «santo moreno». Curiosamente, San Fermín no es el patrón de Pamplona (lo es San Saturnino, cuya festividad se celebra el 29 de noviembre), sino copatrón de Navarra, junto con San Francisco Javier. Curiosamente también, hay otra localidad navarra, Lesaka (situada en la comarca de Cinco Villas o Bortziriak), que celebra igualmente sus fiestas el 7 de julio, día de San Fermín, aunque el patrón de la localidad es San Martín, titular de la parroquia.

La letra completa de la jota navarra «A San Fermín», de Joaquín Madurga, es como sigue:

Glorioso San Fermín, venimos a cantarte
mayores y chavales con un igual sentir.
Unimos nuestras voces en un común cantar,
que sea en homenaje de nuestro amor filial.
Alegres cantad al santo sin par, con notas de alegría.
¡Excelso patrón, escucha esta voz y danos tu bendición!
Al glorioso San Fermín cantamos así:

Es la jota de tu Navarra la que hoy te reza,
la que hoy te canta.
Es la jota de tu Navarra, Fermín bendito,
la que hoy te ensalza.
Es la jota de tu Navarra la que hoy te reza,
la que hoy te canta.

Con la jota de tu Navarra,
va la oración del pueblo que te ama.
Es la jota de tu Navarra la que hoy te reza,
la que hoy te canta.
Es la jota de tu Navarra, Fermín bendito,
la que hoy te ensalza.

Con aires de jota por San Fermín,
con tragos de bota por San Fermín.
Con gaitas, con txistus y tamboril,
el pueblo celebra su San Fermín.
El pueblo en alegre cantar
al santo paisano quiere celebrar.

Al glorioso San Fermín cantamos así:

Pamplona, Navarra, la tierra te canta.
San Fermín, en tu pañuelo
se anuda gente del mundo entero.
Pamplona, Navarra, la tierra te canta.
Son tus fiestas arco iris
con los colores del universo.
Pamplona, Navarra, la tierra te canta.
¡Viva San Fermín!
¡Gora San Fermín!

En este enlace puede escucharse esta jota en la procesión de San Fermín de este año:

http://www.diariodenavarra.es/multimedia/videos/san_fermin/2013/actualidad/2013/07/07/jota_san_fermin.html

Y en este, la del año 2011:

Enlace al artículo «Las voces de la jota que hace llorar»:

http://www.diariodenavarra.es/20090707/sanfermin/las-voces-jota-hace-llorar.html?not=2009070701015763&dia=20090707&seccion=sanfermin&seccion2=calle

La religión en la poesía cervantina: un balance

En varias entradas precedentes he tratado de mostrar, siquiera de modo esquemático, que los elementos religiosos se hacen presentes en la poesía cervantina con una recurrencia considerable. Aquí me he limitado a apuntar un inventario de los principales textos y lugares, añadiendo un somero comentario, pero considero que esta materia merece un análisis interpretativo más detenido.

Algunos de los poemas comentados son meramente de circunstancias y no ofrecen demasiada calidad literaria; pero en otros, en cambio, hay un buen aprovechamiento de la materia religiosa, tanto en el caso de versos insertos en la narrativa (Quijote, Novelas ejemplares, Persiles) o el teatro, como en el terreno de la poesía satírica, que a veces parte de una idea o un motivo religioso, con alusiones certeras y sutiles que demuestran el buen conocimiento de las Escrituras que tuvo Cervantes.

Como valoración de conjunto, puede avanzarse que la religión en la poesía cervantina tiene una importancia temática muy destacada. Otra cuestión distinta —que en esta ocasión no me he planteado— sería discernir si, dado que la lírica constituye, en principio, un cauce adecuado para la expresión de la subjetividad del poeta, cabe interpretar esos poemas de temática religiosa como una prueba de una religiosidad católica íntima.

Símbolos religiosos

Otros elementos religiosos en la poesía cervantina (y 3)

Esta lista de reminiscencias bíblicas podría ampliarse fácilmente con otros pasajes del teatro y la poesía de Cervantes[1]:

—Hay una alusión a Judas Macabeo al final de la Jornada II de La casa de los celos, en este parlamento de Buena Fama:

Aquí, con inmortal, alto trofeo,
notado tengo en la verdad que sigo
aquel gran caballero Macabeo,
guía del pueblo que de Dios fue amigo…[2]

El triunfo de Judas Macabeo, de Rubens

—En La elección de los alcaldes de Daganzo, dice el escribano Estornudo: «no quiere Dios del pecador más malo / sino que viva y se convierta»[3].

—Apreciamos ecos de la Epístola de San Pablo a Timoteo en la elegía en tercetos a la muerte de doña Isabel de Valois[4].

—En Quijote, I, 27 (ed. del Instituto Cervantes dirigida por F. Rico, p. 303), el segundo soneto de Cardenio que comienza «Santa amistad, que con ligeras alas…» canta el motivo clásico de la amistad que abandona la tierra para volar al cielo. El yo lírico pide a la amistad —la amistad verdadera, se entiende— que deje el cielo, es decir, que regrese a la tierra; o, en todo caso, que no permita que el engaño se vista su librea, esto es, que haga lo necesario para que el engaño no ande disfrazado de verdadera amistad y se confunda con ella: si la amistad no lo despoja de esa falsa apariencia, su poder destructor —concluye el texto— llevaría al mundo a una situación semejante a la de «la discorde confusión primera» (v. 14), que es una clara alusión al pecado original, la primera disensión entre el ser humano y Dios[5].

En la «Canción desesperada» de Grisóstomo, cuando el personaje afirma: «ofreceré a los vientos cuerpo y alma / sin lauro o palma de futuros bienes» (Quijote, I, 14, p. 150) tenemos una alusión velada a su posible suicidio (sabe que no irá al cielo, no espera el lauro y palma de la santidad y el martirio). Y en el mismo sentido debemos leer su afirmación: «y en voz baja / —si ya a un desesperado son debidas— / canten obsequias tristes, doloridas» (Quijote, I, 14, p. 151), es decir, ‘si se pueden dedicar obsequias a un suicida’.

—Una evocación de San Juan, como precursor de Cristo, aparece en la canción «Niña, la que esperas» de Pedro de Urdemalas[6], y otra alusión a la fiesta de San Juan de Dios en El viejo celoso[7].

Como es lógico, este tipo de alusiones microtextuales podrían multiplicarse fácilmente, pero pongo ya punto final a este recorrido por los elementos religiosos de la poesía cervantina.


[1] Ver, para más detalles, P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, pp. 109-137.

[2] La casa de los celos, en Obras completas, ed. Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 929a; ver Antolín, 1948, p. 115.

[3] Citado por Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», p. 122.

[4] Ver Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», p. 134.

[5] Ver Carlos Mata Induráin, «Del amor y la amistad en la primera parte del Quijote: los sonetos de Cardenio y Lotario», en Chul Park (ed.),  Actas del XI Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas. Seúl, Universidad Nacional de Seúl, 17-20 de noviembre de 2004. In memoriam José María Casasayas, Seúl, Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros, 2005, pp. 147-161.

[6] Ver Miguel de Cervantes, Poesía, selección e introducción de José Manuel Caballero Bonald, Barcelona, Seix Barral, p. 254.

[7] Ver Cervantes, Poesía, ed. Caballero Bonald, pp. 268-269.