Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

El triunfo de la novela histórica en España: el fenómeno Scott

Waverley, la primera novela de Walter Scott, aparece en 1814, coincidiendo aproximadamente con la caída del Imperio napoleónico. Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas de que este tipo de novelar se adoptara también en España? ¿Eran las circunstancias españolas las mismas que en el resto de Europa? Consideremos estas palabras de Varela Jácome:

La novela histórica surge como género específico a comienzos del siglo XIX. George Lukács analiza los factores que determinan su aparición: la situación económica y política de Europa; la transformación económico-social de fines del siglo XVIII; el pensamiento de Adam Smith; la situación límite de la Revolución francesa; las revueltas de otros países en el período 1789-1814; la amarga experiencia napoleónica… La Península está dentro del área de parte de estas coordenadas, pero las causas analizadas retrasan la aclimatación de la narrativa histórica. Es tan importante vivir fuera o dentro del espacio geográfico español, que son los emigrados los que inician el género[1].

Esta última afirmación nos lleva más lejos, pues hay que matizar el papel que desempeñaron los exiliados españoles en el desarrollo de nuestra novela histórica. El problema es complejo y exige que vayamos por partes. En primer lugar, la novela española empieza a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX gracias a la conjunción de tres elementos necesarios: un público lector, una cierta industria editorial y una serie de autores que escriben novela. Esto permite que la novela española “resucite” después de haber estado muerta siglo y medio (con todas las salvedades y matizaciones que se quieran). Ahora bien, ¿por qué el género que se desarrolla casi en exclusiva es el histórico?

Podemos pensar, en primer lugar, que el factor determinante hubo de ser la moda iniciada por Walter Scott, y en este sentido sí que son los emigrados los primeros en captar su influencia por obvias razones geográficas e idiomáticas: recordemos que en Londres vivieron muchos de ellos; recordemos también las traducciones de Ivanhoe y de El talismán hechas por Mora en 1825 y 1826; e inmediatamente después vendrían las imitaciones directas (las dos novelas de Trueba y Cossío, escritas en inglés[2], son de 1828 y 1829). Lo que podríamos denominar como “el fenómeno Scott” hizo que una traducción o una imitación de sus obras fuera garantía de éxito editorial seguro, y es evidente que esto influyó necesariamente en algunos autores que se lanzaron a escribir a la manera del escocés.

Walter Scott

No obstante, y pese a la innegable y crucial importancia de la influencia de Scott, se trata de un factor puramente externo y es necesario señalar otras circunstancias que coadyuvan a explicar este triunfo de la novela histórica en España. Lo veremos con detalle en una próxima entrada.


[1] Benito Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch, 1974, pp. 21-22.

[2] Siempre que nos encontramos con autores españoles que escriben en otro idioma se plantea el problema o la posible discusión de dilucidar hasta qué punto puede considerarse su producción dentro del ámbito de la literatura española. Sea como sea, incluyo las novelas de Trueba y Cossío en la producción de novela histórica española, puesto que no hablo, en general, de novela histórica en España o de novela histórica en español (las traducciones de sus novelas llegarían unos años más tarde, en 1831 la de Gómez Arias y en 1840 la de El castellano).

Cervantes poeta: sonetos de Erastro y Timbrio

Sigo comentando sonetos insertos en la prosa de La Galatea. En el primero de ellos, el yo lírico, cuya voz corresponde a Erastro, pondera su voluntad de seguir amando, su constancia amorosa, pese a las dificultades que encuentra: caminos ásperos, noche cerrada, oscura y fría, falta de fuerzas, cercanía de la muerte. A pesar de todo, tiene fe para seguir firme su difícil camino, calificado como «estrecha vía» (v. 6). El primer terceto introduce una alegoría muy grata a Cervantes, la de la vida (en particular la vida amorosa) como navegación: en medio de los peligros del mar, y puesto casi al borde de la muerte («morir me veo», v. 5), el yo lírico espera llegar a un puerto seguro de salvación, siendo su fe amorosa la luz que le guía, a modo de faro, en la oscuridad.

Por ásperos caminos voy siguiendo
el fin dudoso de mi fantasía,
siempre en cerrada noche escura y fría
las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo
salir un paso de la estrecha vía;
que en fe de la alta fe sin igual mía,
mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto
seguro a mi tormenta, y sola es ella
quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,
por más que el claro rayo de mi estrella
me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 108a)

En el segundo soneto de hoy, es Timbrio quien pondera su constancia amorosa, su esperanza bien fundada, su firmeza en el amor: su sentimiento, afirma, no sufrirá ningún cambio, y antes se acabará su vida que su confianza. La piedra de toque para el pecho enamorado es el tormento, y él sigue constante pese a todos los peligros, simbolizados aquí en los monstruos marítimos Scila y Caribdis.

Scila y Caribdis

Encontramos, pues, de nuevo la consideración del amor como una peligrosa navegación, en medio de la tormenta, de la que solo se salvan los que tienen la constancia y la fe de llegar a seguro puerto. Cabe destacar además el hermoso remate del soneto, con dos bellos versos bimembres y la paronomasia de mar / amor.

Tan bien fundada tengo la esperanza,
que, aunque más sople riguroso viento,
no podrá desdecir de su cimiento:
tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza
en mi firme amoroso pensamiento,
cuan cerca de acabar en mi tormento
antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila
el pecho enamorado, no meresce
del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,
rabie Caribdis o amenace Cila,
al mar se arroja y al amor se ofresce.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 109a-b)

Poesía de Adviento: un poema del Padre Jesús del Castillo

Muchos son los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En cualquier caso, el terreno que mejor se presta a una evocación subjetiva del tema navideño es precisamente el de la poesía[1]. En los próximos días, dedicaré algunas entradas a reproducir y comentar algunos poemas navideños del ámbito hispánico, que van desde los albores literarios medievales hasta nuestros días, pero hoy quisiera copiar un poema del Padre Jesús del Castillo titulado «Adviento».

Nacido en Sada de Sangüesa (Navarra), el Padre Jesús del Castillo ha sido durante muchos años párroco de la Parroquia Catedral de San Bernardo (Santiago, Chile). En el 2006 celebró sus 50 años de ministerio sacerdotal y hoy goza de un merecido descanso. Cuenta en su haber con poemas navideños como «Revelación» o «Ante el misterio de Belén (aplicación de sentidos)», pero aquí transcribo uno suyo dedicado al Adviento, por ser este —el de la marcha esperanzada hasta la Navidad— un aspecto no muy frecuentemente tratado por quienes han abordado este concreto ámbito temático.

Virgen María con violetas

El poema dice así:

El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.
No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

[1] Ver Carlos Mata Induráin, La Navidad en las letras españolas y en los poetas navarros, Pamplona, Universidad de Navarra, 2006.

Cervantes poeta: sonetos de Lenio y Damón

Seguimos con el comentario de poemas incluidos en La Galatea. También el de Lenio es un soneto artificioso, basado en la definición, no tanto del amor, sino de las raíces de donde nace el sentimiento amoroso (en la serie enumerativa de los dos cuartetos), caracterizado aquí como quimera (v. 10). En el segundo terceto se añade la idea de la desazón en que vive perpetuamente el alma enamorada, ya que no merece (‘no puede’) morar (‘encontrar descanso’) ni en la tierra ni en el cielo.

Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor tal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.

(La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 31a)

En el segundo soneto que comento hoy, el yo lírico, el pastor Damón, canta la crueldad de la desdeñosa Amarili. En el primer cuarteto encontramos el tópico neoplatónico del retrato de la amada impreso en el alma del amante, con la contraposición de semas que connotan ‘blandura’ / ‘dureza’ (blanda cera / duro mármol). El primer terceto apela a la imagen emblemática de la vid y el olmo enlazados para simbolizar la unión del amor y la esperanza[1], mientras que en el segundo —rematado con un bello verso trimembre— aparece el motivo clásico del llanto sin fin del amante.

 Emblema de la vid y el olmo enlazados

Más blando fui que no la blanda cera,
cuando imprimí en mi alma la figura
de la bella Amarili, esquiva y dura
cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera
más alta de su bien y su ventura;
y agora temo que la sepultura
ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza
cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;
mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,
Fortuna sabe bien que jamás cesa
de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

(La Galatea, Libro II, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 41b)


[1] Véase para este motivo Aurora Egido, «Variaciones sobre la vid y el olmo en la poesía de Quevedo: “Amor constante más allá de la muerte”», en Víctor García de la Concha (ed.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232; y también Ignacio Arellano, «Visiones y símbolos emblemáticos en la poesía de Cervantes», Anales cervantinos, 34, 1998, pp. 169-212.

Pedro de Górriz Moreda y su leyenda «La cadena de las Navas»

Poeta y prolífico autor teatral, Pedro de Górriz Moreda (Pamplona, 1846-Madrid, 1887) cultivó con asiduidad el género cómico, alcanzando cierto renombre en su tiempo. Así, escribió para la escena ¡Por un teniente!, Tercero interior, Madrid se divierte, Retreta, Cante hondo, El Retiro, La vuelta de Ruiz, Tute de yernos, La partida de bautismo, Levantar la caza, La mantilla blanca, El primer trompa, Género de punto, Año nuevo, vida vieja, Don Antonio, El fin del mundo, Los caciques de Villanueva, N. N., Buena estrella y varias obras más en colaboración. Como narrador, ganó la pluma de oro en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona de 1884 con la leyenda histórica «La cadena de las Navas»; al año siguiente se premió su Cancionero popular navarro, composición escrita en 50 cuartetas, y «Mis montañas»; y en 1886 otra leyenda en prosa titulada «La cruz negra»[1].

«La cadena de las Navas. Leyenda», dividida en doce breves capítulos, se presentó bajo el lema: «La leyenda no es la historia: donde esta empieza, aquella termina». Su protagonista es Íñigo Portillo, un joven menestral enamorado de Blanca, la hija del hombre de guerra don Tristán de Olano. Íñigo, que sueña con la dorada espuela de caballero, decide alistarse como ballestero en la mesnada de don Gutierre de Lodosa para la guerra que el rey don Sancho el Fuerte prepara contra los moros. Marcha con don Tristán y llega el día de la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212. Tristán muere matando enemigos; Íñigo, por su parte, también pelea «como un león» y consigue tomar la bandera y un trozo de las cadenas que rodean la tienda del Miramamolín. El rey don Sancho decide que ese será su blasón y promete nombrarlo caballero. Un año después se celebra la boda de Blanca e Íñigo, que ha sido elegido alférez mayor del reino; sin embargo, en un arca guarda un trozo de cadena que le recuerda su origen humilde.

Batalla de las Navas de Tolosa

Igual que sucede en otros relatos de autores navarros contemporáneos, cabe destacar la inclusión de elementos arqueológicos, especialmente por medio del empleo de un léxico perteneciente al campo semántico de las armas: contera, capacete, almete, montante, arnés de Vizcaya, loriga milanesa… Los diálogos insertos en la leyenda no revisten especial interés.


[1] Cfr. Fernando Pérez Ollo, Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, pp. 401-402.

Cervantes poeta: un soneto de Galatea en «La Galatea»

GalateaLa clasificación de la poesía cervantina podría hacerse por temas, géneros y estilos: poesía seria (amorosa, pastoril…), poesía satírico-burlesca, etc. O en función de las formas métricas utilizadas (poesía tradicional castellana vs. poesía italianizante). O bien atendiendo a su forma de publicación, con cuatro núcleos fundamentales: poesía incorporada a su narrativa, poesía inserta en su teatro, poemas sueltos y, aparte, el Viaje del Parnaso. Sea como sea, puede afirmarse que la poesía de Cervantes constituye un muestrario de los principales temas y preocupaciones presentes en el conjunto de su obra: el amor, la mujer, el mundo pastoril, la guerra y las armas, la libertad, la amistad, la reflexión sobre la literatura, la alegoría y el simbolismo, temas circunstanciales, etc. Pues bien, en sucesivas entradas del blog iré reproduciendo algunos poemas cervantinos, que irán acompañados por un breve comentario explicativo.

Comenzaremos hoy con un soneto de Galatea incluido en La Galatea (1585), novela pastoril de Cervantes en la que encontramos por definición genérica la mezcla de prosa y verso[1]. Entre las poesías abundan los sonetos. Este de Galatea es un texto muy artificioso, con un marcado estilo manierista[2], que se basa en series cuatrimembres continuadas: fuego … abrasa … consuma / lazo … aprieta … ciña / yelo … enfría … yele / flecha … hiere … mate (en los cuartetos);  fuego / ñudo / nieve / flecha y fuego / lazo / dardo / yelo (en los tercetos):

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere,
que por dardo, o por nieve, o red no’spere
tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;
y así no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo[3].

El poema sirve a Galatea para mostrar su rechazo del sentimiento amoroso, al afirmar categóricamente que el amor jamás la tendrá sujeta (puede compararse con otro soneto de la misma obra, el de Gelasia que comienza «¿Quién dejará del verde prado umbroso / las frescas yerbas y las frescas fuentes? »).

Portada de La Galatea (1585)


[1] Para las funciones poéticas en La Galatea, véase Alicia Pérez Velasco, El diálogo verso-prosa en «La Galatea» de Cervantes, Ann Arbor (Michigan), UMI, 1991; Marcella Trambaioli, «La utilización de las funciones poéticas en La Galatea», Anales cervantinos, XXXI, 1993, pp. 51-73; y José Manuel Trabado Cabado, Poética y pragmática del discurso lírico: el cancionero pastoril de «La Galatea», Madrid, CSIC-Instituto de la Lengua Española, 2000. Los poemas de La Galatea los ha editado exentos Alfonso Martín Jiménez, Poemas de «La Galatea», Dueñas (Palencia), Simancas, 2002, dos vols.

[2] Para el manierismo de la poesía cervantina, véase José Miguel Caso González, «Cervantes, del Manierismo al Barroco», en Homenaje a José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1983, pp. 141-150; y Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 165-177.

[3] Miguel de Cervantes, La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 25b.

Federico García Lorca: resumen biográfico (de 1933 a 1936)

1933-1936 Los últimos años

1933 Estreno de Bodas de sangre en el Teatro Beatriz de Madrid, y de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín en el Teatro Español. Se publica en México la «Oda a Walt Whitman».

1933-1934 Triunfal estancia en Argentina y Uruguay. En Buenos Aires da conferencias y asiste a las clamorosas representaciones de Mariana Pineda, Bodas de sangre y La zapatera prodigiosa. Conoce a Pablo Neruda. Bodas de sangre alcanza un gran éxito, sobrepasando las cien representaciones. Estancia en Montevideo, donde pronuncia varias conferencias. Regresa a España en el mes de mayo. Muere en la plaza de toros de Manzanares (Ciudad Real) su amigo el torero Ignacio Sánchez Mejías. Continúan las representaciones de La Barraca. Pasa a limpio el original de Diván del Tamarit. Estreno triunfal de Yerma en Madrid por la compañía de Margarita Xirgu.

Federico García Lorca

1935 Publica el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Trabaja en Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Estancia en Barcelona, donde da conferencias y asiste a las representaciones de Yerma y Bodas de sangre. Estrena Doña Rosita la soltera y trabaja en los Sonetos. La compañía de Lola Membrives estrena La zapatera prodigiosa en el Teatro Coliseum de Madrid.

1936 Concluye La casa de Bernarda Alba, que no se representará hasta 1945, en Buenos Aires. Participa en un homenaje a Luis Cernuda. El 13 de julio sale de Madrid hacia Granada. El 18 de julio se produce el Alzamiento militar contra el gobierno de la República. El 16 de agosto es detenido. En la madrugada del 18 de agosto es asesinado en el camino de Víznar a Alfacar (Granada). Deja inédita e inconclusa una abundante obra. Se publican después de su muerte Primeras canciones.

Algunos problemas que plantea la poesía de Cervantes

Al tratar de valorar la capacidad lírica de Cervantes, nos enfrentamos con algunos problemas o dificultades, que me obligan a añadir las siguientes consideraciones:

1) Por un lado, la comparación inevitable con su prosa (la del Quijote, sobre todo), cuya calidad cimera hace que quede oscurecido o en un segundo plano de interés —y de atención por parte de la crítica— el resto de su producción[1] (las demás novelas que no son el Quijote, el teatro y la poesía).

2) Por otra parte, el juicio negativo de sus contemporáneos: sin duda, a muchos de ellos les escoció el éxito obtenido en 1605 por el advenedizo Cervantes, y sus jóvenes rivales en la república de las letras no estaban dispuestos a conceder también al maduro escritor su reconocimiento como buen poeta. Lope, en carta de 4 de agosto de 1604 al duque de Sessa, escribía: «Muchos poetas hay en jerga, pero ninguno tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». Pedro de Espinosa no lo incluyó en sus Flores de poetas ilustres (Valladolid, 1605). Melo lo llamó «Poeta infecundo, cuanto felicísimo prosista». Esteban Manuel de Villegas, en la segunda parte de sus Eróticas (1618), consignaba estos versos: «Irás del Helicón a la conquista / mejor que el mal poeta de Cervantes, / donde no le valdrá ser quijotista». Habría que sumar a estas otras diatribas de Cristóbal Suárez de Figueroa, de Vicente Espinel y de Baltasar Gracián. En cambio en el Laurel de Apolo, de 1631, Lope rectifica su juicio y se permite elogiar a quien en vida fue uno de sus mayores rivales literarios, ya fallecido varios años atrás:

En la batalla donde el rayo Austrino,
hijo inmortal del Águila famosa,
ganó las hojas del laurel divino
al rey del Asia, en la campaña undosa,
la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
no su ingenio, que en versos de diamantes,
los de plomo volvió con tanta gloria,
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria,
porque se diga que una mano herida
pudo dar a su dueño eterna vida.

3) Podemos sumar a esto algunas afirmaciones del propio Cervantes, dichas irónicamente, pero tomadas la mayor parte de las veces al pie de la letra, como el famoso terceto del Viaje del Parnaso al que aludía en una entrada anterior o el prólogo a sus Ocho comedias, donde recoge la opinión corriente de que «de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada» (en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 878a).

Portada de Viaje del Parnaso (1614)

También en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, al encontrar el barbero un ejemplar de La Galatea, afirma el cura: «Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos» (Quijote, I, 6, ed. Rico, p. 86). Pero, sea como sea, no nos queda duda de que Cervantes apreciaba notablemente su obra poética, a tenor de versos como los siguientes:

Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escribe versos y los dice?
¿Por qué desdeña lo que más aprecia?

Jamás me contenté ni satisfice
de hipócritos melindres. Llanamente
quise alabanzas de lo que bien hice.

(Viaje del Parnaso, IV, vv. 337-342, ed. Herrero García, pp. 261-262)

4) Otra cuestión distinta es el arcaísmo de la poesía de Cervantes; estamos, en efecto, ante un autor que se incorpora tarde, con mucho retraso, al mundillo literario de su época: Julián Marías, en su libro Cervantes clave española, ha puesto de relieve que nuestro autor fue, cronológicamente, un hombre del XVI, pero un escritor del XVII (por la fecha de publicación de sus principales obras, acumuladas en esa «década prodigiosa» que va de 1605 a 1615[2]). No obstante, con relación a su poesía, Gerardo Diego señala que Cervantes es por su estilo y maneras un poeta muy siglo XVI, muy 1560, aunque esos textos líricos suyos se dan a conocer mucho más tarde. Hay, en efecto, en el Cervantes poeta —y lo mismo en el Cervantes dramaturgo— un desfase motivado por los más de diez años que pasa fuera de España (sirviendo como soldado y cautivo en Argel). Además, cuando por fin regresa a España y se incorpora al quehacer literario, está surgiendo ya otra generación de escritores, en la que van a brillar con luz propia poetas de la talla de Lope, Góngora o Quevedo.

5) En fin, la poesía de Cervantes constituye un corpus poco estudiado y, en ocasiones, mal entendido. Ya vimos que, entre la crítica, ha tenido defensores apasionados y acérrimos detractores. Algunos textos poéticos suyos se conocen mucho (por ejemplo, su celebérrimo soneto al túmulo de Felipe II que comienza «Voto a Dios que me espanta esta grandeza…») mientras que otros han quedado en el más completo olvido. Un par de detalles significativos: Quintana no seleccionó a Cervantes en los cuatro volúmenes de sus Poesías selectas castellanas, desde el tiempo de Juan de Mena a nuestros días (Madrid, 1830); y tampoco Menéndez Pelayo incluyó ninguna composición cervantina en sus Cien mejores poesías líricas de la lengua castellana.


[1] Escribe Gerardo Diego: «Ahora bien, es muy fácil decir: Vamos a juzgar la poesía de Cervantes en sí misma, olvidando quién fue su autor. Es muy fácil decirlo, pero resulta imposible realizarlo. Y esta imponente sombra del Cervantes verdaderamente grande se proyecta sobre su poesía, falsea su luz y nos mantiene siempre frente a ella inquietos y problemáticos. Y no es solo la sombra de una obra fraterna y grandiosa. Es también que Cervantes, Miguel de Cervantes Saavedra, se mantiene tan incorporado, tan corpóreo, tan indesarraigable en sus versos que de ningún modo podemos olvidarle. No hay más que un Cervantes. Y este Cervantes de los versos le sentimos y palpamos tan vivo y caliente como al entrañable amigo de los prólogos, dedicatorias, adjuntas y confidencias en prosa» («Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 217).

[2] Véase Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, pp. 61-73.

Federico García Lorca: resumen biográfico (de 1925 a 1932)

1925-1928 Publicaciones y vida pública

1925 Termina Mariana Pineda. En primavera tiene lugar su primera estancia en Cadaqués, en casa de la familia Dalí.

1926 Realiza numerosas excursiones, principalmente por las Alpujarras, con Manuel de Falla. La familia adquiere la Huerta de San Vicente, en la Vega granadina, donde pasa frecuentes temporadas. La Revista de Occidente publica su «Oda a Salvador Dalí». Lee en el Ateneo de Valladolid poemas de sus libros en preparación (Suites, Canciones, Cante jondo y Romancero gitano).

1927 Publica el libro Canciones. Segunda estancia en Cataluña. La compañía de Margarita Xirgu estrena Mariana Pineda en el Teatro Goya de Barcelona. El grupo de L’Amic de les Arts (S. Gasch, J. V. Foix, L. Montanya, S. Dalí…) organiza, en las Galerías Dalmau de Barcelona, una exposición de sus dibujos. La compañía de Margarita Xirgu estrena Mariana Pineda en el Teatro Fontalba de Madrid. Conoce a Vicente Aleixandre. En diciembre, el Ateneo de Sevilla, en ocasión del Homenaje a Góngora, organiza una lectura de Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Juan Chabás, José Bergamín y Rafael Alberti. Conoce a Luis Cernuda y Joaquín Romero Murube.

1928 Un grupo de intelectuales granadinos, dirigidos por Federico García Lorca, funda la revista Gallo, de la que se publicarán dos números. Publica en la Revista de Occidente su primer Romancero gitano. Publica, de modo parcial, la «Oda al Santísimo Sacramento del altar». Lee en la Residencia de Estudiantes la conferencia «Canciones de cuna españolas».

 Federico García Lorca

1929-1932 Entre América y España

1929 Segunda edición de Canciones. Estreno de Mariana Pineda en Granada. En junio sale para los Estados Unidos, vía París-Londres, en compañía de Fernando de los Ríos, arribando a Nueva York. Se matricula en la Universidad de Columbia. Frecuenta teatros, cines, museos y se apasiona por el jazz. Veranea en Vermont, huésped de Philip Cummings, y luego en Catskill Mountains, con Ángel del Río. De vuelta a Nueva York se instala en el John Jay Hall de la Universidad de Columbia, donde permanecerá hasta enero de 1930. Comienza a trabajar en lo que será Poeta en Nueva York, escribe el guión de Viaje a la luna y empieza El público.

1930 Pronuncia algunas conferencias en la Universidad de Columbia y en el Vassar College. El torero Ignacio Sánchez Mejías y la cantante La Argentinita le visitan en Nueva York. Invitado por la Institución Hispano-Cubana de Cultura marcha a La Habana, donde pronuncia varias conferencias y termina El público. De vuelta en España, estrena en Madrid la versión breve de La zapatera prodigiosa.

1931 Publica algunos poemas de Poeta en Nueva York y Poema del cante jondo. Termina Así que pasen cinco años. Dirige y funda con Eduardo Ugarte el teatro universitario ambulante La Barraca. Conferencia y lectura de poemas de Poeta en Nueva York en la Residencia de Señoritas de Madrid.

1932 Conferencias en Valladolid, Sevilla, Salamanca, La Coruña, San Sebastián y Barcelona. Escribe Bodas de Sangre. Exposición de dibujos en el Ateneo Popular de Huelva. Primera salida de La Barraca, que representa obras del teatro clásico español en varios pueblos de la Península.

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