Semblanza de Ángel María Pascual (1911-1947)

Ángel María Pascual[1], nacido en Pamplona en 1911, fallecido en 1947, fue, ante todo, periodista. Como se ha señalado, en sus varios trabajos como articulista, dibujante y diseñador tipográfico en Diario de Navarra, Arriba España de Pamplona y la revista Jerarquía se encuentra la base de su producción literaria. Él mismo escribió a este respecto: «Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo». En efecto, después de afiliarse a Falange, fue fundador y director de Arriba España, y editor y artífice asimismo de Jerarquía. Desempeñó además otros cargos públicos: Delegado provincial de Educación Nacional de Navarra, Jefe provincial del Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, Presidente de la Asociación de la Prensa de Pamplona, director de la Hoja del Lunes, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona. Como periodista, mantuvo diversas secciones, por ejemplo en Diario de Navarra «Cymbalum Mundi» y «Tijerefonemas»; otra destacada columna suya fue «Silva curiosa de historias» (de 1931 a 1937). Colaboró en El Español con la sección «Cartas de Cosmosia», que son «breves artículos de actualidad vistos y tratados desde el prisma de una pequeña capital de provincia»[2]. Colaboró además en numerosas publicaciones: Juventud, Estafeta Literaria, Vida Vasca, Vértice, Santo y Seña y La Voz de España de Santiago de Chile.

Ángel María Pascual

Sus principales títulos literarios son Amadís (Madrid, Espasa Calpe, 1943), novela de tendencia anti-realista en la que acomoda el mito literario caballeresco a la historia coetánea (José Antonio Primo de Rivera es equiparado a Amadís); Don Tritonel de España (Bilbao, Departamento de Propaganda. Frente de Juventudes SEU, 1944); Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto (1947, con una segunda edición de 1971 y otra más reciente, en el año 1997, a cargo del Gobierno de Navarra); y ya póstumos: Catilina. Una ficha política (1948, con reedición de Barcelona, Sirmio, 1989); San Jorge o la política del dragón (1949, reeditada hace unos años junto con Eugenio o Proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, Madrid, Fundación Editorial San Fernando, 1995); Glosas a la ciudad (Pamplona, Morea, 1963), que es una recopilación de artículos periodísticos de Arriba España escritos entre octubre de 1945 y abril de 1947 con semblanzas, recuerdos, paisajes, evocaciones nostálgicas, etc.; y Silva curiosa de historias (Pamplona, Pamiela, 1987), con introducción y selección de Miguel Sánchez-Ostiz. También es autor de una traducción del tratado De monarchia de Dante (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947). En los últimos años el Gobierno de Navarra está publicando —con estudios preliminares de Miguel Sánchez-Ostiz— las obras completas de este interesante, cuanto poco conocido, autor pamplonés, que incluso cuando desciende al terreno del panfleto de propaganda política —caso del Don Tritonel de Españaconserva en su prosa rasgos de buena literatura.

Es esta una curiosa obra de Pascual publicada como número 10 de una colección llamada «Ediciones para el bolsillo de la Camisa Azul». Comienza calcando las técnicas y estructuras narrativas de los viejos libros de caballerías: se refiere en ella la educación del niño Tritonel, que fue encontrado en el agua, dentro de un tonel, por el ermitaño Beltenebros, que antes había sido caballero y ahora vive en una isla deshabitada. Los consejos del anciano se mezclan con diversas reflexiones y evocaciones de la España imperial, cuyo espíritu trata de recuperar la Falange, de forma que el librito pronto degenera en panfleto político. Por su corta extensión podría ser una novela corta, pero es obra difícil de clasificar desde el punto de vista genérico —lo mismo que Amadís—, situada entre la literatura y la política.

De mucha mayor calidad literaria son sus Glosas a la ciudad (1963). Escribe Miguel Sánchez-Ostiz:

Los motivos de los escritos literarios de Pascual son los hechos más anodinos de la realidad cotidiana, los más intrascendentes o los más relevantes, mostrados siempre desde su cara oculta. […] Todo lo que en sus primeros artículos e incluso en su Amadís era una mezcla de clasicismo y barroco, con mayor predominio de este segundo, se transforma en sencillez en las glosas; una sencillez que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la descripción exacta, al detalle minucioso y a un lirismo nada banal, alcanzando la intensidad del poema en prosa. Pecarán a veces, si se quiere, de una nostalgia complaciente hacia un mundo amable, mucho más amable que la época concreta en que estas glosas fueron escritas; pero también expresan el deseo de una ciudad mejor, de una sociedad mejor. Podrá mostrarse irónico, humorístico, mordaz o melancólico o entusiasmado hacia las cosas y las gentes de su ciudad; pero al fondo […] siempre está la «Capital de tercer orden» que Pascual quiso mejorar[3].

En 1987 la editorial Pamiela publicó otra selección de artículos periodísticos de Pascual titulada Silva curiosa de historias, coincidiendo con la celebración de unas Jornadas (los días 14-17 de diciembre de ese año) con motivo del 50 aniversario de su muerte. Estas silvas son, en opinión de nuevo de Sánchez-Ostiz,

historias «inéditas y antiguas» de Pamplona, de los siglos XVI al XIX, que componen un mosaico de los oficios, las devociones, los afanes, las diversiones, los grandes y pequeños acontecimientos que dejaron su huella en los legajos, los personajes de primer y segundo orden, los hechos de armas de la ciudad, unas viñetas escritas en un estilo voluntariamente anacrónico, paródico de un lenguaje arcaico y llenas de humor[4].

Asimismo cabe destacar el interés de la poesía de Ángel María Pascual. Su poemario Capital de tercer orden constituye un retrato de una ciudad provinciana, cuya vida anodina y gris va quedando reflejada en los versos de estos poemas («Consumos», «La calle», «Café», «Melopea parda», «Mercado», «Un balcón», «Urinario», «Novillada», «Hotel», «Pesadilla», «Casas baratas», «Vitrina de fotógrafo», «Soledad», «Casino», «Entierro», «Juerga», «Viático en el suburbio», «Jardín público» y «Estación»). Las composiciones van precedidas de la siguiente indicación: «Cualquier coincidencia con una ciudad existente es siempre casual», y el libro se cierra con un poético —y desengañado— «Envío». El citado Sánchez-Ostiz, en su estudio preliminar a la reedición del poemario, ha señalado que los poemas de Capital de tercer orden son menos formales y culturalistas y más decididamente prosaístas que otros inéditos suyos:

Son distintos a cuanto había publicado Pascual hasta entonces y una vez más, imagino, habrían chocado con toda seguridad en la Pamplona de 1947. Resultaban sobrecogedores por su desesperanza, por su amargura, por su dolor de fondo, por la crudeza con que nombra las cosas en apariencia quietas del mundo entorno, por el desconcierto del poeta que sostiene esos versos[5].

Reproduzco un fragmento de «Melopea parda», que refleja el ambiente de una ciudad —Pamplona o cualquier otra de la primera posguerra— gris y llena de tedio:

Es la hora indecisa. Pronto los gatos pardos
y los cerros pardos
y los tejados pardos
y los mendigos pardos.
Todo es pardo.

Viste de pardo el tardo labriego
y el santero que lleva un Niño milagrero
y el peregrino que canta su «Deogracias»
nocherniego.
Todo es pardo.

[…]

Junto a la última farola crece un cardo.
Color de miseria, nacional tabardo.
Todo es pardo.
pardo, pardo, pardo, pardo, pardo.


[1] Ver para más detalles el trabajo de Juan María Lecea Yábar, «Ángel María Pascual (1911-1947)», Príncipe de Viana, septiembre-diciembre de 1998a, año LIX, núm. 215, pp. 859-874.

[2] Miguel Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IX, p. 45.

[3] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, pp. 46-47.

[4] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, p. 47.

[5] Sánchez-Ostiz, prólogo a Ángel María Pascual, Capital de tercer orden, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, p. 16.

El paso de Lope de Vega por Alcalá de Henares

Como bien señalan Rennert y Castro, «Toda esta primera parte de la vida de Lope está todavía envuelta en la más profunda oscuridad»[1]. Tal confusión tiene que ver, por ejemplo, con los muy probables —pero no seguros— estudios universitarios de Lope en Alcalá de Henares, cuestión que ha sido muy debatida.

Universidad de Alcalá de Henares

Ciertamente, no quedan pruebas documentales de su paso por las aulas complutenses (al menos, su nombre no aparece consignado en los registros y libros de matrículas de los años 1572-1584), pero parece que podemos dar por buenos esos estudios pues Lope los menciona en muchas ocasiones, por ejemplo en su Epístola al doctor Gregorio de Angulo, incluida en  La Filomena:

Criome don Jerónimo Manrique,
estudié en Alcalá, bachillereme,
y aun estuve de ser clérigo a pique;

cegome una mujer, aficioneme,
perdóneselo Dios, ya estoy casado;
quien tiene tanto mal, ninguno teme.

Los versos del primer terceto aluden tanto a su paso por la Universidad de Alcalá como a la protección de don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, que con el tiempo lo sería de Ávila. Los del segundo, al abandono de tales estudios por el hecho de haberse enamorado ciegamente de una mujer. Pero vayamos por partes…

Podemos imaginar que, tras la muerte del padre en 1578, la economía familiar se habría resentido bastante y que hubieron de buscar alguna ayuda para su mantenimiento. Pues bien, son numerosos pasajes de su obra en los que Lope alude a la bondad y agradece la protección del obispo Jerónimo Manrique, al que siempre recordaría con cariño. Así, por ejemplo, en su dedicatoria al duque de Maqueda de la comedia Pobreza no es vileza:

Crieme en servicio del ilustrísimo señor don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila y Inquisidor general, uno de los príncipes que ha tenido esa clara sangre, en el estado eclesiástico […] y cuantas veces me toca al alma sangre Manrique, no puedo dejar de reconocer mis principios y estudios a su heroico nombre, como en tantas partes se conoce mi agradecimiento.

Y también en otra ocasión escribe:

Serví al obispo mi señor don Jerónimo Manrique […]. El amor que le tuve fue inmenso, las obligaciones iguales, las pocas letras que tengo le debo.

Cabe suponer que fue gracias a su apoyo económico como pudo ir Lope a estudiar a la Universidad de Alcalá, aunque no hay mucha seguridad sobre las fechas. Según algunos biógrafos, se habría matriculado hacia 1577, cuando contaba unos quince años, para permanecer allí cuatro años, saliendo hacia 1581-1582. Otros autores reducen el tiempo de permanencia en Alcalá y señalan que posiblemente estudió allí los años 1580-1582. Pérez de Montalbán relata su acomodo con don Jerónimo Manrique y la entrada en la universidad de la antigua Compluto tras la escapada por tierras castellanas y leonesas:

Luego que llegó a Madrid, por no ser su hacienda mucha y tener algún arrimo que ayudase a su lucimiento, se acomodó con don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre, y con la comedia La pastoral de Jacinto, que fue la primera que hizo de tres jornadas, porque hasta entonces la comedia consistía solo en un diálogo de cuatro personas que no pasaba de tres pliegos; y destas escribió Lope de Vega muchas, hasta introducir la novedad de las otras. Para que sepan todos que su perfección se debe solo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido siguiéndose por esta pauta […] Los aplausos que se le siguieron con el nuevo género de comedias fueron tales, que le obligaron a proseguirlas con tan feliz abundancia que en muchos años no se vieron en los rótulos de las esquinas más nombres que el suyo, heroicamente repetido. Mas pareciéndole que sería importante saber de raíz la filosofía para no hablar en ella acaso (desgracia que sucede a muchos), hizo elección de la insigne Universidad de Alcalá, donde cursó cuatro años, hasta graduarse, siendo el más lucido de todos sus concurrentes, así en las conclusiones como en los exámenes.

Si damos por bueno el carácter autobiográfico del personaje de don Fernando en La Dorotea, a esos estudios complutenses aludiría este pasaje en el que conversa con Dorotea y Felipa:

Yo, señoras, la que habla y la que no habla, nací de padres nobles, en este lugar, a quien dejaron los suyos poca renta; mi educación no fue como de príncipe, pero con todo eso quisieron que aprendiese virtudes y letras: enviáronme a Alcalá de diez años, con el que está presente [Julio], que tendría entonces veinte, para que me sirviese de ayo y de amigo, como lo ha hecho con singular amor y lealtad… De la edad que digo ya sabía yo la Gramática y no ignoraba la Retórica. Descubrí razonable ingenio, prontitud y docilidad para cualquiera ciencia; pero para lo que mayor le tenía era para los versos, de suerte que los cartapacios de las liciones me servían de borradores para mis pensamientos, y muchas veces las escribía en versos latinos o castellanos. Comencé a juntar libros de todas letras y lenguas, que después de la griega y ejercicio grande de la latina, supe bien la toscana y de la francesa tuve noticia… Murieron mis padres y un solicitador de su hacienda cobró lo que pudo y pasose a las Indias, dejándome pobre.

Como decíamos, no hay datos para corroborar de forma fehaciente las fechas de permanencia en Alcalá y la hipotética culminación de los estudios. Pérez de Montalbán dice que «cursó cuatro años, hasta graduarse»; el propio Lope, en la cita antes transcrita, escribe «bachillereme». Sin embargo, lo más probable es que no llegase a concluir ningún estudio, aunque los que siguió estarían sin duda relacionados con la posibilidad de ingresar en el estado eclesiástico (lo que parece indicar el citado verso «y aun estuve de ser clérigo a pique»). Alcalá era una ciudad en la que bullía el ambiente estudiantil, y sin duda el tumultuoso Lope gustaría mucho más de la libre vida estudiantil, con sus juergas y francachelas, que de las aulas y los estudios.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Un poeta dieciochesco: Manuel Pedro Sánchez Salvador y Berrio, Doralio (1764-1813)

Al trazar la historia de la poesía en Navarra en el siglo XVIII, el nombre que debemos recordar especialmente es el de Manuel Pedro Sánchez Salvador y Berrio (Pamplona, 1764-1813), militar y político que empleó el seudónimo poético de Doralio. No fue en vida, sino después de su muerte, cuando se publicó un tomo con sus Poesías (Londres, 1818). Existe una edición de las Poesías de Doralio (Pamplona, Diputación Foral de Navarra-Institución «Príncipe de Viana», 1987) debida a Felicidad Patier Torres, que traza la biografía del poeta, estudia sus poesías y las edita.

Poesías de Doralio

De su trabajo extracto a continuación algunos datos más de este desconocido poeta pamplonés del XVIII, que cultiva preferentemente un tipo de poesía de corte neoclásico, a la manera de Villegas y Meléndez Valdés.

Explica Patier que las Poesías de Doralio son un hallazgo tanto para la literatura española del siglo XVIII como para la historia literaria de Navarra, que entre 1790 y 1818 apenas cuenta con otros autores y obras de interés. Doralio es el seudónimo literario del autor, que lo emplea según un uso tradicional de la poesía bucólica del XVIII. Nuestro autor tradujo un Arte de hacer el vino (1803) y La gastronomía o el arte de comer. Poema didáctico en cuatro cantos (1818). Su hijo, José Sánchez Salvador, fue quien reunió en forma de libro diversas composiciones publicadas anteriormente por Doralio en el Diario de las musas, el Memorial literario y Variedades de Ciencias, Literatura y Artes. Destaca la editora la amistad de Sánchez Salvador con fray Diego González, Delio, que formaba parte de la escuela salmantina de poesía. Perteneciente a la generación de Cienfuegos, Doralio cuenta con un corpus poético de valor, en el que es apreciable cierta actitud clásica de contención que lo aleja tanto del prosaísmo como del prerromanticismo. Patier clasifica su obra en tres grandes apartados: 1) poesía de influjo ultrapirenaico y nórdico (Gessner, Saint Lambert, Pope, Thompson, Young), de actitud prerromántica y continuadora de la tradición nacional; 2) poesía amorosa (composiciones dedicadas a Anarda, Ardelia, Lisis…); y 3) poesía que expresa los ideales de la Ilustración. En total, las Poesías de Doralio incluyen doce idilios y varios sonetos, églogas, elegías, letrillas, odas y canciones.

Destaca su editora moderna la sensibilidad y originalidad del poeta pamplonés, pese a recorrer caminos líricos muy trillados. Se nota en su obra una preocupación por crear un lenguaje poético a través de estrofas y ritmos muy variados. «Tres rasgos —escribe Patier— definen el estilo de Sánchez Salvador: la preocupación por la estructura de los poemas, el hipérbaton y su destreza métrica. En los poemas siempre está presente una preocupación por la composición. Logra una plena armonía del conjunto y las partes, incluso en composiciones de actitud prerromántica»[1]. Y más adelante valora su producción con estas palabras: «Si de Sánchez Salvador solo conservásemos las poesías que aparecieron en los periódicos, sus huellas se perderían entre la innumerable y anónima masa de seudónimos e iniciales que firmaban este tipo de composiciones. Pero este poeta nos ha dejado todo un corpus poético de indudable valor literario»[2].

Como muestra de la obra poética de este desconocido vate pamplonés copiaré el comienzo de «Ardelia. Égloga elegíaca», diálogo entre Riselo y Doralio que parafrasea parte de la Égloga I de Garcilaso:

¡Oh, qué dulce es el día
para quien sale al prado
sin pretensiones, sustos ni temores!
¡Con qué paz y alegría,
dirigiendo el ganado,
canto sencillos versos sin amores.
Aquí los ruiseñores
con acentos süaves
y armonía sonora
saludan a la aurora,
y aunque sin tal primor, las demás aves,
en sus toscos acentos,
le muestran su placer sin fingimientos.

Y también el soneto «Roselio pescador a Filis zagaleja» (que en el v. 6 introduce un tradicional juego de palabras: perderse / ganado):

Deja una vez la choza, Filis mía,
que asilo del placer no es solo el prado;
también esta ribera tiene agrado,
tienen también las ondas su alegría.

Si no cedes tal vez a mi porfía
por no dejar perderse tu ganado,
tráelo aquí sin temor, que está adornado
este monte de yerba y fuente fría.

Pacerán tus ovejas libremente
por la agradable sombra y, descuidada,
tú harás redes, cantando dulcemente,

y por quedar en ellas ensayada,
en lugar de prender pez inocente,
prenderasme, hasta estar ejercitada.


[1] Felicidad Patier Torres, introducción a Manuel P. Sánchez Salvador y Berrio, Poesías de Doralio, biografía, edición y estudio de…, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura, Institución Príncipe de Viana), 1987, p. 15.

[2] Patier Torres, introducción a Poesías de Doralio, p. 67.

Dos sonetos neoplatónicos de Villamediana

Me refiero concretamente a los sonetos del conde de Villamediana que comienzan «El que fuere dichoso será amado…» e «Imagen celestial, cuya belleza…», en los que la tradición heredada cuaja —por la perfecta construcción de esos textos, por su intensidad expresiva y por su fuerza emotiva— en dos de las composiciones más hermosas del conde y, también, de toda la poesía en lengua castellana. El primero (núm. 193) dice así:

El que fuere dichoso será amado,
y yo en amor no quiero ser dichoso,
teniendo, de mi mal propio envidioso,
a dicha ser por vos tan desdichado[1].

Sólo es servir servir sin ser premiado;
cerca está de grosero el venturoso;
seguir el bien a todos es forzoso,
yo sólo sigo el mal sin ser forzado.

No he menester ventura para amaros:
amo de vos lo que de vos entiendo,
no lo que espero, porque nada espero;

llévame el conoceros a adoraros;
servir, mas por servir, sólo pretendo:
de vos no quiero más que lo que os quiero.

La composición, bellísima, reúne varios motivos corteses, petrarquescos y neoplatónicos: el servicio a la dama sin esperanza —ni deseo— de premio, el gustoso sufrimiento de amor, la religio amoris (v. 12, «adoraros»), el amor concebido aquí como conocimiento o entendimiento intelectual del objeto amado (aspecto este ya apuntado en otro soneto del conde: «Quereros entender es no entenderos, / pensar en vos parece confianza, / atreverse a miraros es perderos», núm. 127, vv. 12-14). Como escribe José María Pozuelo Yvancos, «Es doctrina neoplatónica también que el amor se ofrece al amante por vía de conocimiento y que implica ausencia de la cosa amada»[2], y ya antes había explicado la oposición ver / entender, como dos formas graduales de percepción: «Ver es apreciar la hermosura sin más; entender es conocer a través de ella su significado interior»[3]. Sobre este soneto, que recuerda el de Lope «Ya no quiero más bien que sólo amaros…»[4], ha escrito Luis Rosales:

No se puede ir más lejos en el acierto poético, en la fijeza y nitidez de la expresión, en la delicadeza del sentimiento. Son muchos los sonetos amorosos de Villamediana que tienen este logro, pero aquí y ahora no nos importa destacar su valor literario, sino su valor expresivo, que constituye, indudablemente, una de las cimas de la espiritualidad española[5].

El otro texto se titula «A un retrato» (núm. 269, catalogado entre los sonetos líricos, con variantes importantes en el núm. 266, «Ofensas son, señora, las que veo…», y en el núm. 271, «Ofensas son por cierto éstas que veo…»[6]):

Imagen celestial, cuya belleza
no puede sin agravio ser pintada,
porque mano mejor, más acertada,
no fió tanto a la naturaleza.

En esto verá el arte su flaqueza:
quedando vida y muerte así pintada,
está menos hermosa que agraviada
sin quedarlo la mano en su destreza[7].

Desta falta del arte, vos, señora,
no quedáis ofendida, porque el raro
divino parecer está sujeto.

Retrato propio vuestro es el aurora,
retrato vuestro el sol cuando es más claro,
vos, retrato de Dios el más perfeto.

Detalle de El nacimiento de Venus, de Botticelli

También aquí se da una interesante acumulación de motivos: se parte del retrato de una dama —motivo reiterado en la lírica amorosa, lo mismo que en las comedias auriseculares—, pero no se utiliza para la tópica descriptio puellae, sino para presentar la belleza física de la amada con valor trascendente: esa belleza física de la dama es trasunto de la belleza de su alma, y esta lo es a su vez de la Suma Belleza que es Dios. El poema se basa en imágenes de luz y claridad: la aurora y el sol son retratos de la mujer amada, de la misma manera que esta es retrato de la Divinidad. Con esto enlaza otra cuestión muy debatida en el Renacimiento y el Barroco, la del arte como imitación de la naturaleza, que es bella precisamente por su misma variedad (con ecos en numerosas obras literarias como el Quijote y el Persiles de Cervantes o la Dorotea de Lope de Vega). Aquí, el artista no es capaz de captar la belleza de la dama, pero su arte no es culpable, porque esa belleza física es reflejo de la Hermosura divina (pintada por otra «mano mejor, más acertada», esto es, por Dios, que con frecuencia aparece en otros textos bajo el tipo alegórico de «Divino Pintor»). Por otra parte, la estructura circular del soneto (comienza con «Imagen celestial» y acaba en «retrato de Dios el más perfeto») redondea desde el punto de vista estructural esta hermosa composición[8].

Como he tratado de mostrar con un par de textos, dispersos en los sonetos líricos del conde de Villamediana podemos encontrar distintos motivos tomados de las teorías amorosas de raigambre neoplatónica vigentes en la época. Un rastreo exhaustivo daría resultados interesantes en otros autores. En cualquier caso, creo que los ejemplos aducidos bastan para mostrar la importancia de esa huella que la doctrina filosófica neoplatónica dejó impresa —valga la expresión— en la lírica amorosa española del Siglo de Oro.


[1] La edición de Ruiz Casanova trae «a dicha de ser por vos tan desdichado», que hace el verso largo. Lo enmiendo. Todas las citas y referencias corresponden a Juan de Tassis, conde de Villamediana, Poesía impresa completa, ed. de José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 1990.

[2] José María Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, Murcia, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1979, p. 75.

[3] Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, pp. 75 y 72, respectivamente.

[4] Sus cuatro primeros versos son: «Ya no quiero más bien que sólo amaros, / ni más vida, Lucinda, que ofreceros / la que me dais, cuando merezco veros, / ni ver más luz que vuestros ojos claros» (Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, soneto 133, núm. 170).

[5] Luis Rosales, Pasión y muerte del Conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969, p. 162.

[6] Para esas variantes, ver Rosales, Pasión y muerte del Conde de Villamediana, pp. 159-160.

[7] Modifico la puntuación del soneto que trae Ruiz Casanova, para darle mejor sentido.

[8] Ruiz Casanova anota que el mismo tema se aborda en el soneto de Quevedo núm. 364, ed. Blecua («A un retrato de una dama. Soneto amoroso», que comienza «Tan vivo está el retrato y la belleza…»), aunque con tratamiento distinto.

«El maestro de Carrasqueda» y «San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno

Los puntos de contacto del cuento de Unamuno «El maestro de Carrasqueda»[1] con la novela San Manuel Bueno, mártir son varios, tanto es así que su texto podría ser considerado un precedente –lejano, eso sí– del relato de 1931. El primer paralelismo lo tenemos en el tema de fondo: «El maestro de Carrasqueda» nos presenta a una comunidad aldeana que vive espiritualmente animada gracias al esfuerzo de un hombre de valía excepcional, y algo similar ocurrirá en San Manuel. En la novela, el sacerdote tratará de transmitir la fe a sus parroquianos de Valverde de Lucerna; en este relato es sobre todo el progreso material, pero también el espiritual, el que trata de llevarles don Casiano. Don Manuel convierte al pueblo en su monasterio y finge una fe que no tiene para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos; algo parecido es lo que intenta don Casiano, que también vive solamente para sus vecinos: «He derramado mi espíritu en Carrasqueda […] Carrasqueda es mi mundo […] Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (pp. 151-152). Además, como sucede en la novela, la evocación del guía ocurre poco después de su muerte y por parte de una persona que llegó a conocerle en vida[2].

A lo largo de todo el cuento el narrador insiste en describir la acción benefactora de don Casiano, que «se vaciaba el corazón ante los alumnos». Él ha sido el auténtico regenerador del pueblo, a cuyos habitantes ha conseguido quitar el pelo de la dehesa, venciendo su suciedad y su ignorancia, es decir, limpiando las impurezas materiales y espirituales. Se dice, en efecto, que «les mondó cuerpos y mentes» y que les enseñó sobre todo «a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua» (p. 150)[3]. En todo momento es consciente de lo sordo de su lucha, pero también del valor de la misma, y así lo reconoce ante Ramonete:

¿Qué prefieres, que tu nombre trasponga el Pirineo y ande en bocas de extraños, o que tu alma se derrame en silencio por España, entre los que piensan con la lengua que piensas tú? […] Sí, se lo que vas a decirme: [en un lugarejo] se embrutece, se envilece y se empobrece. Pero ¿no era mi deber trabajar para que se humanizaran, ennoblecieran y enriquecieran tus hermanos los carrasquedeños? (pp. 151-152).

Si, a la hora de la agonía, don Manuel pide que le lleven junto al altar para morir en el seno de la iglesia –de la iglesia de Valverde de Lucerna–, don Casiano es llevado en el mismo trance a la escuela, que era su púlpito; desde su ventana se ve el paisaje de la montaña (recuérdese la importancia del simbolismo del lago y de la montaña en San Manuel). Todavía se pueden señalar más analogías entre ambos textos. En la novela, el sacerdote se identificaba de forma muy clara con Cristo, con el Cristo agonizante en la Cruz. Pues bien, en «El maestro de Carrasqueda» son varias las alusiones cristológicas referidas a don Casiano: igual que Jesús, nuestro protagonista es «el maestro», tiene algunos discípulos y uno de ellos es su predilecto; como el Nazareno, habla por medio de parábolas: las palabras con que se inicia el relato no son otra cosa que una parábola, y luego, en la p. 150, se afirma explícitamente: «Era en el campo, entre los sembrados, bajo el infinito tornavoz del cielo, donde, rodeado de los chicuelos […] le brotaban las parábolas del corazón».

Más adelante se recuerda otro testimonio suyo: «Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (p. 152), que enlaza (sobre todo por el empleo del verbo enterrar) con la cita del cuarto Evangelio que hace escribir en el encerado de la escuela a la hora de su muerte: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él sólo queda; mas si muriere, lleva mucho fruto» (p. 153). Para algunos de sus convecinos don Casiano ha sido una voz que clamaba en el desierto; sin embargo, sabemos que su semilla ha caído en buena tierra y ha fructificado en su hijo espiritual, don Ramón Quejana, el Rehacedor y, a través de este, en todo el pueblo. Su inmolación personal ha sido necesaria para que su palabra surtiese todo su benéfico efecto: el maestro se ha sacrificado por los demás, entregándose a los vecinos del pueblo de Carrasqueda en una especie de comunión espiritual. En el último consejo dado a don Ramón antes de fallecer le pide que siga transmitiendo sus enseñanzas a los demás, que se convierta en un verdadero espíritu vivificador:

Y calló para siempre. Y Quejana besó aquella boca, sellada para siempre por el supremo silencio, y al besarla cayeron de los ojos vivos del discípulo dos lágrimas a los ojos del maestro, fijos en la eternidad (p. 154).

Esas dos lágrimas pasando de los ojos del vivo a los del muerto simbolizan la continuidad de sus ideas, el trasvase de la savia nutricia del uno a otro, la asimilación del mensaje y de las enseñanzas. Don Casiano y don Ramón, unidos en la eternidad de las ideas, se convierten en los padres espirituales del pueblo de Carrasqueda de Abajo, trasunto a su vez, claro está, de la patria española en decadencia.

Miguel de Unamuno


[1] Cito por Miguel de Unamuno, Cuentos de mí mismo, selección e introducción de Jesús Gálvez Yagüe, Madrid, Libros Clan A. Gráficas, 1997, pp. 147-154.

[2] El narrador, en efecto, ha conocido a don Casiano, como revelan estas palabras suyas: «¡Todo un alma aquel pobre maestro de escuela de Carrasqueda de Abajo! Los que le hemos conocido […] anciano, achacoso, resignado y humilde, a duras penas lograremos figurarnos a aquel joven fogoso, henchido de ambiciones y de ensueños, que llegó hacia 1920 al entonces pobre lugarejo en que acaba de morir, a ese Carrasqueda de Abajo, célebre hoy por haber en él nacido nuestro don Ramón Quejana, a quien muchos llaman el Rehacedor» (p. 148).

[3] En un pasaje reforzado estilísticamente por el polisíndeton de la conjunción copulativa y: «Y cuando aquellos niños se hicieron hombres y padres, don Casiano les hacía leer los domingos, comentándoles lo que leían, y les mondó cuerpos y mentes, y les enseñó a cubrir el estiércol y a aprovecharlo, y, sobre todo, a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua».

Una escapada del joven Lope hasta tierras leonesas

Estudios y versos y precocidad aparte, debió de ser Lope un muchacho inquieto y dado a las aventuras[1]. Lo fue, sin duda, a su edad adulta, pero el carácter apasionado apuntaba ya en la adolescencia y juventud. A falta de otros datos, podemos recordar de nuevo lo que escribe Pérez de Montalbán en la Fama póstuma; relata en efecto que, a poco de fallecer su padre (cuya muerte se produjo el 17 de agosto de 1578), Lope hizo una escapada con un amigo hasta tierras leonesas, por el simple deseo de ensanchar sus horizontes y vivir aventuras:

Viéndose ya más hombre, y libre del miedo de su padre, que ya había muerto, ambicioso de ver mundo y salir de su patria, se juntó con un amigo suyo que hoy vive, llamado Hernando Muñoz, de su mismo genio, y concertaron el viaje, para cuyo intento cada uno se previno de lo necesario. Fuéronse a pie a Segovia, donde compraron un rocín en quince ducados, que entonces no sería malo, por el valor que tenía el dinero. Pasaron a La Bañeza, y últimamente a Astorga, arrepentidos ya de su resolución por verse sin el regalo de su casa; y así, determinaron volverse por el mismo camino que llevaron, y faltándoles en Segovia el dinero, se fueron entrambos a la Platería, el uno a trocar unos doblones y el otro a vender una cadena. Pero apenas el platero (escarmentado quizá de haber comprado mal otras veces) vio los doblones y la cadena, claro está, pensó lo peor pero lo posible, y dio parte a la justicia, que luego vino y los prendió. Mas el juez, que debía de estar bien con su conciencia, habiéndoles tomado su confesión y viendo que decían entrambos verdad porque decían una misma cosa, y que su culpa era mocedad y no delito, y en efeto que su modo, su hábito y su edad no daban indicios de otra cosa, les dio libertad y mandó que un alguacil los trujese a Madrid y los entregase a sus padres, con los doblones y la cadena.

El episodio tiene sin duda tintes novelescos pero, a falta de otras noticias y documentos, podemos darlo por bueno para atestiguar esa inclinación a la aventura en el joven Vega.

Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Semblanza de José María Sanjuán (1937-1968)

Destaca en el panorama de los años 60-70 del siglo XX la figura del periodista y escritor José María Sanjuán Urmeneta; nacido en Barcelona en 1937, era de ascendencia navarra por parte de madre y pasaba los veranos con su familia en Pamplona y Linzoáin, en el valle de Erro, de forma que siempre se sintió vinculado a esta tierra, como recuerda Joseluís González:

José María Sanjuán siempre confesó sentirse navarro y a esta tierra profesó un cariño profundo. Quienes han estudiado la historia de las letras navarras así lo han manifestado al añadir el apellido de Sanjuán en las nóminas de autores de la provincia[1].

En 1952 se traslada a Madrid, donde cursa estudios de Sociología en la Universidad Central y de Periodismo en la Escuela Oficial de Periodismo. Publica su primer artículo en El Pensamiento Navarro, y en 1956 obtiene un premio por un trabajo sobre la figura de Pedro Malón de Echaide. Diversas colaboraciones suyas aparecen en la revista Pregón y José María Iribarren, asiduo colaborador de esa publicación, le guía en los comienzos de su aventura literaria. Colabora en El Alcázar desde 1961, pero su temperamento de reportero le lleva a viajar por Europa y África como enviado especial, publicando sus artículos y reportajes en varias revistas y periódicos: ABC, Ya, Actualidad Española… En 1965 obtiene una beca de la Fundación Juan March para la creación literaria, en concreto para la redacción de su libro El ruido del sol. No fue la única distinción que alcanzó: en efecto, Sanjuán recibió varios premios periodísticos y literarios, entre los que sobresalen el «Sésamo» de novela corta 1963 por Solos para jugar (Madrid, Aula-Cies, 1963), el «Ayuntamiento de Jerez» de relatos, el «Hucha de Oro» 1966 por su cuento «Una nueva luz» y el «Nadal» 1967. Su novela Réquiem por todos nosotros, ganadora ese año (y publicada al siguiente, Barcelona, Destino, 1968), fue a la vez una revelación y su consagración como escritor. Sin embargo, víctima de una enfermedad incurable, el escritor fallecía en Pamplona en 1968, truncándose así bruscamente la carrera de una de las jóvenes promesas de las letras navarras.

Cubierta de Réquiem por todos nosotros

Además de las obras ya mencionadas, Sanjuán escribió otra novela, El último verano (Madrid, La Novela Popular, 1965), y dos libros de cuentos, El ruido del sol (1968) y Un puñado de manzanas verdes (1969). Dio también a las prensas otros títulos ensayísticos o de investigación como Fray Pedro Malón de Echaide (Pamplona, Gómez, 1957), que fue Premio «Biblioteca Olave», publicado con prólogo de Héctor Aurelio de Mendizábal; Gayarre (Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1978); o Acción, periodismo y literatura en Ernesto Hemingway (Madrid, Punta Europa, 1967)[2].

Sanjuán es, en efecto, un cuentista de indudable calidad. En El ruido del sol (1968 y nueva edición en 1971) colecciona quince relatos que tienen en común el mundo del toro y, sobre todo, del torero. Sus protagonistas son toreros, ya se trate de espadas profesionales, ya de simples maletillas y aficionados. El libro de Sanjuán se asemeja a otros de Ignacio Aldecoa, tanto por el hecho de reunir diversos relatos centrados en un oficio, como por la ternura con que quedan retratados los personajes más desvalidos. En efecto, en todos ellos la acción —cuando la hay— se centra más que en los toreros triunfadores, en los fracasados, en aquellos que no han podido llegar, o en los que llegaron pero ya han visto cómo pasaba su hora. Y más que desde el momento culminante de la corrida, de las diversas suertes taurinas (que en ningún momento se describen), estos cuentos de El ruido del sol se enfocan muchas veces desde la perspectiva de la espera, lenta y angustiosa, de los toreros en sus habitaciones de hotel. Sanjuán sabe captar muy bien la atmósfera asfixiante que —física y moralmente— agobia a estos personajes (el calor, la humedad, las amistades interesadas, etc.), al tiempo que proporciona a sus relatos un marcado y nostálgico tono lírico, muy evocador y sugerente.

Su libro póstumo Un puñado de manzanas verdes (1969) reúne diez narraciones cortas que tocan, de una manera u otra, el tema de la adolescencia. Esta circunstancia, el hecho de existir un hilo conductor que engarza los relatos, o mejor, un tema central que sirve de telón de fondo para todos ellos, es característica que lo emparenta con el libro anterior. Igual que en El ruido del sol, también aquí la relación con los cuentos de Aldecoa resulta bastante clara. Los diez nuevos relatos de Sanjuán, escritos con trazos sencillos pero vigorosos, son páginas llenas de vida: se advierte en ellos un pálpito de humanidad y ternura, también de emocionada nostalgia. Sanjuán sabe dar a cada anécdota, a cada detalle, la máxima categoría estilística. Destaca su capacidad para captar los diversos sentimientos de los personajes: el miedo, la esperanza, la angustia, la resignación, en especial de los seres más desvalidos de la sociedad (niños, jóvenes jornaleros, personas derrotadas…), de nuevo vistos cariñosamente por el narrador, envueltos en su mirada tibia y amorosa.

José María Sanjuán viene a representar en las letras navarras la corriente de preocupación social que invadió la narrativa española de los años 50 y 60. Pero en Sanjuán, al contrario de lo que ocurre en otros autores, el cultivo de una literatura «social» no disminuye ni un ápice su calidad literaria. Esta circunstancia es interesante, porque apenas encontramos en otros escritores navarros de los mismos años una preocupación similar, inmersos como estaban —por lo general— en el cultivo de los temas costumbristas o históricos, o bien centrados en la construcción de mundos narrativos personales (caso de Rafael García Serrano o de Carmela Saint-Martin).


[1] Joseluís González, Los cuentos de José María Sanjuán, Memoria de Licenciatura dirigida por el Dr. D. Ángel Raimundo Fernández González, Pamplona, Universidad de Navarra, 1986, inédita, p. 19.

[2] Existen dos tesinas de licenciatura sobre este autor: una de I. Javier Fernández, José María Sanjuán, escritor y periodista, del año 1972; y otra, la ya citada de Joseluís González, de 1986. Por mi parte, he dedicado un trabajo a sus cuentos, que forman a mi juicio lo más destacado de su producción literaria; ver Carlos Mata Induráin, «Un puñado de cuentos maduros: los relatos de José María Sanjuán», Príncipe de Viana, año LXI, núm. 220, mayo-agosto de 2000, pp. 595-609.

Espronceda, poeta romántico: «Sólo en la paz de los sepulcros creo»

Ante todo y sobre todo, José de Espronceda es poeta lírico[1]. En efecto, el grueso de su obra lo componen sus poesías. Son unos cincuenta poemas líricos y tres textos narrativos, dos de ellos incompletos. El autor parte de unos comienzos neoclásicos y acaba con un tono plenamente romántico: hay ya un abismo entre él y Martínez de la Rosa o el duque de Rivas (entre las dos generaciones de románticos). En Espronceda, lo que queda de neoclásico es ya un mero residuo marginal correspondiente a su época de juventud. Es notable su traducción juvenil del «Beatus ille» de Horacio y se recuerda su sátira anticlasicista «El pastor Clasiquino» (1835).

José de Espronceda

Su poesía circuló en copias manuscritas, se difundió a través de lecturas públicas y se imprimió en periódicos y revistas. Luego fue recopilada en volumen en 1840. El libro Poesías de don José de Espronceda, publicado por sus amigos, reúne composiciones juveniles de aire neoclásico y otras románticas. Junto a la originalidad de algunos asuntos y la experimentación poética, destaca el tratamiento de algunos temas típicamente románticos, como el dolor o el desengaño. Sus composiciones se pueden separar en varios grupos:

1) Poemas políticos y patrióticos: «Canción patriótica», «A la muerte de don Joaquín de Pablo», «A la muerte de Torrijos», «¡Guerra!», «A la patria. Elegía», «El dos de mayo», «A la traslación de las cenizas de Napoleón», «El desterrado», «Muerte a los carlistas». Son composiciones cívicas y de militancia.

2) Poesías amorosas: en piezas como «Serenata», «A una dama burlada», «El pescador», «Soneto» o «A Matilde» encontramos motivos neoclásicos, que a veces sirven para expresar circunstancias y sentimientos personales. Tras la ruptura con Teresa, aparece una nueva interpretación del amor, considerado como «mentida ilusión» (hastío, desengaño, muerte…). En opinión de Casalduero, en este grupo de poesías subjetivas, «Espronceda no analiza su yo, pone al descubierto su dolor»[2].

3) Las canciones: la «Canción del pirata», «El canto del cosaco», «El mendigo», «El reo de muerte» y «El verdugo» constituyen el grupo de poemas más famosos y significativos de Espronceda. En ellos presenta a personajes marginales, aislados de la sociedad, que muestran una actitud de rebeldía frente a toda norma de conducta; son símbolos de la lucha por la libertad absoluta o contra las convenciones sociales. Cabe destacar el magnífico manejo del ritmo en estas cinco composiciones, como ha puesto de relieve Casalduero:

Espronceda ha reducido el mundo a sentimiento y el sentimiento a ritmo, un ritmo ágil, sonoro, lleno de color que se pliega a la emoción, a la mirada y al gesto. Ritmo incorporado a una figura[3].

4) Poemas filosóficos: destaca entre ellos el «Himno al sol» (el único exclusivamente filosófico). Trata del anhelo de todo lo eterno y durable, en contraste con la inutilidad y fugacidad del hombre (el poeta viene a decirnos que nada es eterno, ni siquiera el sol). Otro poema, «Óscar y Malvina», es con el anterior uno de los raros ejemplos de la imitación de Ossian en España.

Los poemas de Espronceda constituyen lo más logrado de la poesía romántica española (antes de Bécquer). La visión pesimista que se aprecia en su novela Sancho Saldaña apunta de forma muy clara en estos poemas:

A mí tan sólo penas y amarguras
me quedan en el valle de la vida;
como un sueño pasó mi infancia pura,
se agosta ya mi juventud florida.

(«A una estrella»)

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida.
Sólo en la paz de los sepulcros creo.

(«A Jarifa en una orgía»)

Como apuntaba en una entrada anterior, se ha exagerado bastante la deuda de la poesía de Espronceda con Byron y otros modelos extranjeros. En general, no cabe duda de que estamos ante un poeta muy original. Una valoración de conjunto nos la ofrecen Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez:

En los versos de Espronceda encontramos ramplonerías, martilleos rítmicos, textos carentes de expresividad…; pero junto a esto, momentos felicísimos, densos, reveladores de la compleja estructura de la realidad humana. Las piezas capitales, junto a bisutería barata que puede aportar cualquier poetastro, contienen sugerencias, intensos matices que sólo un gran poeta nos puede ofrecer[4].

Espronceda es autor también de tres poemas extensos, dos de ellos inconclusos: El Pelayo y El diablo mundo; el tercero es El estudiante de Salamanca. Pero estas piezas merecen comentario aparte.


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

[2] Joaquín Casalduero, Espronceda, Madrid, Gredos, 1961, p. 219.

[3] Casalduero, Espronceda, p. 171.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. VI, Época romántica, Tafalla, Cénlit, 1982, p. 518.

El neoplatonismo en la poesía de Villamediana

La poesía amorosa del conde de Villamediana presenta los más variados registros, que van, en palabras de Felipe Pedraza, «desde la obscenidad prostibularia al más encendido neoplatonismo»[1]. A continuación ofrezco algunas calas, a la fuerza selectivas, en los sonetos del Conde que presentan un tono más neoplatónico[2]. Estos textos pertenecen al primero de los cuatro mundos poéticos que Juan Manuel Rozas distinguió en la producción de Villamediana, puesto bajo la advocación de Ícaro, que recoge la lírica amorosa escrita entre 1600-1610, aproximadamente. Ruiz Casanova ha resumido muy bien la imbricación de elementos de esas dos grandes tradiciones amorosas, la cortés-cancioneril y la petrarquista-neoplatónica, que se aprecia en el conjunto de esos poemas:

Villamediana presenta dos momentos bien diferenciados: uno, quizá hasta 1611 —fecha de su viaje a Italia—, en el que el autor trata el tema amoroso desde los presupuestos corteses y cancioneriles, tanto en el nivel retórico (derivaciones, políptotos, paronomasias, paradojas, antítesis) como en cuanto al nivel léxico (la expresión paradójica del estado del amante, la metáfora de la «cárcel de amor», el amante como esclavo o reo, el «servicio», «galardón», «vasallaje», el tratamiento de «vos», el tema de la «ley de amor», las «cadenas» que supone el amor, las dualidades razón / pasión, etc.); y un segundo en el que da entrada a los tópicos petrarquistas y neoplatónicos (los ojos de la dama, las flechas o rayos que lanza, la guerra trabada, la imagen del laberinto, la metáfora náutica, la ejemplificación mitológica, o el tema del silencio), junto a elementos clásicos, tanto horacianos como virgilianos, como son la visión beatífica, la metáfora del destierro, el marco bucólico, la «inscripción de amor» y otros, que dan noticia de su síntesis poética[3].

En varios de estos poemas de trasfondo petrarquista y neoplatónico —a veces resulta difícil el deslinde— la voz lírica analiza su estado anímico, en un ejercicio de profunda introspección[4], para descubrirse enajenado: es un sujeto que se encuentra mal consigo mismo, que huye fuera de sí, que está desterrado de toda esperanza (núm. 184, v. 14, «el que se desterró de la esperanza»), en estado casi de locura. Es también el reo preso en las cadenas de amor o el náufrago que, no escarmentado de los peligros sufridos en anteriores ocasiones, se lanza a una nueva navegación amorosa (cfr. núm. 76, v. 3; núm. 133, v. 11; núm. 186, vv. 4-5). Villamediana es el poeta del silencio y el sufrimiento amorosos (cfr. los sonetos que comienzan «¡Oh cuánto dice en su favor quien calla…» y «Callar quiero y sufrir, pues la osadía…», núms. 11 y 63, respectivamente; y estos otros textos: «En manos del silencio me encomiendo», núm. 96, v. 9; «el preso corazón, la lengua muda», núm. 148, v. 8; «un morir pretendido, un sufrir mudo», núm. 156, v. 14), aunque se trate siempre de un sufrimiento gozoso por el que hay que estar agradecido a quien lo causa («lo que más siento más os agradezco», núm. 115, v. 11).

Obras de don Juan de Tarsis

Poeta también de la osadía, del «alto atrevimiento» (cfr. el soneto núm. 66, «Es tan glorioso y alto el pensamiento…», o el verso «es sólo para amar mi atrevimiento», núm. 191, v. 8), de una porfía amorosa que es locura («del bien incierto y de mi mal seguro», núm. 191, v. 14), que puede sufrir una caída en castigo de su arrogancia (Villamediana recurre con frecuencia a los mitos de Ícaro y Faetón, símbolos claros de aquellos que se elevan por encima de sus posibilidades para terminar cayendo castigados; cfr. por ejemplo, para el primero, los núms. 5, 78 y 136). Es igualmente el cantor de la ausencia y la distancia de la amada (cfr. el núm. 50, «Ausencia de dos almas en distancia…»), de su olvido[5] y desdén («Muerto en lo más oscuro del olvido», núm. 153, v. 5; «Sé que cuanto más lejos, más os quiero», núm. 163, v. 11). E, igualmente, del no arrepentimiento («Muerto estaré y jamás arrepentido, / pues si por veros fue mi desventura, / dichosamente he sido desdichado», núm. 150, vv. 9-11). Forzado a amar sin esperanza alguna («amar es fuerza y esperar locura»[6]), el sujeto lírico de estos poemas queda condenado a un «esperar oscuro» (núm. 77, v. 14): aunque trata de buscar «en mar de sinrazón puerto de olvido» (núm. 90, v. 8), ve continuamente «la esperanza que mengua, el mal que crece» (núm. 111, v. 6) y se siente amenazado por la presencia continua de la muerte (una muerte presentida y apetecida, la «muerte buscada», vista como un remedio temido y deseado a un mismo tiempo como única salvación posible: «Huyo del bien porque morir deseo» (núm. 190, v. 9), muerte, en fin, pregonera de su misma pasión inconfesada.

Pero entremos ya en materia más propiamente neoplatónica. Muy conceptual es, por ejemplo, el soneto núm. 45, como prueba su primer cuarteto:

Como amor es unión alimentada
con parto de recíproca asistencia
en la mayor distancia está en presencia
por milagros de fe calificada (vv. 1-4).

Este soneto-definición se construye en torno a dualidades antitéticas como razón / amor, ausencia / presencia y distingue entre un amor puramente humano y otro espiritual, que pertenece a la «porción superior» (v. 9).

También desde un planteamiento neoplatónico se construye el núm. 50, en torno al tema de la ausencia y la distancia, y la dualidad ya planteada amor físico / amor espiritual:

Ausencia de dos almas en distancia,
y debe ser distancia, mas no ausencia,
cuando amor, en ideas de presencia,
de inseparable unión forma constancia (vv. 1-4).

Como vemos, el léxico empleado es de raigambre neoplatónica. Más adelante, en ese mismo soneto, se habla de una lícita jactancia mental de afectos puros contrapuesta a la «material violencia», y se oponen los ojos ciegos y mortales a la parte superior: «La parte superior del pensamiento, / en complicados ñudos con su objeto, / logre prendas de fines inmortales» (vv. 12-14).

El núm. 103, que canta «Estos mis imposibles adorados…», plantea el tema del amor más allá de la muerte, en particular en sus vv. 12-14, al afirmar que la fe «hará que viva amor aunque yo muera, / y vos iréis adonde el alma fuere, / que esto no me podrá quitar la muerte». Como anota su editor moderno, podemos relacionar su tema con el del famoso soneto de Quevedo «Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día…» (ed. Blecua, núm. 472[7]), que canta ese «Amor constante más allá de la muerte».

Importante por desarrollar la metáfora amada=luz es el núm. 117, «Milagros en quien sólo están de asiento…». Se articula como una serie de apóstrofes a la amada («Milagros… resplandeciente norte… éxtasis puro… misteriosa razón… ejecutiva luz, noble crédito… oriente»), y el remate es: «cierta muerte hallara en vos mi vida / a ser morir, morir por esos ojos» (vv. 13-14; modifico la puntuación de Ruiz Casanova). En la luz insiste también el núm. 119, «De aquella pura imagen prometida, / que en la mente inmortal se fue formando…». No hará falta recordar la importancia vital que en las teorías neoplatónicas tienen los ojos, la mirada, como vehículos transmisores del amor. En palabras del mencionado Ruiz Casanova:

Este soneto amoroso es todo él un tratado platónico del amor. La Idea se concreta en «especies», y la pasión, desde su propia idea, alimenta la paradoja de la «muerte en vida» del amante. La voluntad sobrepasa a la razón y conduce al amante hacia el fin menos indicado. Destaca en la composición el léxico utilizado por el Conde (especies, comprensión, idea, bien, forma, acción, fines), términos propios del lenguaje filosófico platónico[8].

El núm. 121, que comienza «Divina ausente en forma fugitiva», insiste en la idea de la ausencia, y a él pertenece este bellísimo verso cuarto: «yo quedo en soledad de luz altiva». No menos sugerente es el verso quiasmático con que se remata, según el cual el amante se halla «con noche eterna y con eternos males».

Algunos de estos sonetos que he comentado brevemente pueden resultar para el gusto de hoy muy fríos, demasiado «intelectuales» por el excesivo rigor conceptual de su construcción, si bien presentan aciertos parciales —algunos versos sueltos, un cuarteto o un terceto— de superior belleza. Sin embargo, en otras composiciones ese rigor en la construcción del soneto no está reñido con el sugerente poder expresivo y un más alto aliento poético, como tendremos ocasión de comprobar en una próxima entrada.


[1] Felipe B. Pedraza Jiménez, prólogo a Conde de Villamediana, Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, p. XI. Y añade: «El neoplatonismo, el endiosamiento de la amada […] contrasta con sus aficiones prostibularias y donjuanescas. […] Quizá el neoplatonismo de su lírica grave no sea más que el contrapeso que hacía oscilar violentamente la balanza de un siquismo desequilibrado. En toda su vida, Villamediana no logró dar con la serenidad y la satisfacción que le permitieran reconciliarse consigo mismo y con la sociedad» (pp. XXIV-XXV).

[2] La numeración de todos los textos que cito corresponde a la edición de José Francisco Ruiz Casanova: Conde de Villamediana, Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990. Sobre esta edición, ver M. Carmen Pinillos, «Escolios a la poesía impresa de Villamediana», Criticón, 63, 1995, pp. 29-46.

[3] José Francisco Ruiz Casanova, introducción a Conde de Villamediana, Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990, p. 31.

[4] Recuérdese el famoso modelo garcilasiano «Cuando me paro a contemplar mi ’stado…» (Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, soneto I).

[5] La contraposición entre la memoria del amante y el olvido de la amada aparecía también en el núm. 174, vv. 13-14: «permitiendo que quede mi memoria / en vuestro olvido siempre sepultada».

[6] Ese soneto núm. 66 es importante, y bello. Comienza: «Es tan glorioso y alto el pensamiento / que me mantiene en vida y causa muerte / que no sé estilo o medio con que acierte / a declarar el bien y el mal que siento» (vv. 1-4); y concluye con la ya citada invocación al amor para que sea osado, porque «amar es fuerza y esperar locura» (v. 14).

[7] Para este soneto ver también Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, ed. de Lía Schwartz e Ignacio Arellano, Barcelona, Crítica, 1998, núm. 134, pp. 227-228, con las notas de los editores y la bibliografía a la que remiten.

[8] Ruiz Casanova, introducción a Poesía impresa completa, p. 195 nota.

«El señor maestro», cuento de Gabriel Miró

Se trata de un relato, sin indicación de fecha, publicado por Gabriel Miró en Corpus y otros cuentos[1] (1908). Presenta a ese personaje anónimo, el señor maestro, que trata de inculcar a los niños –inútilmente, como se verá– la idea de respeto a los animales. Él vive acompañado de un cuervo que recogió herido, al que llama Arturo, en recuerdo del rey de Camelot; un día viene de visita su hijo, sacerdote y mata en una jornada de caza al querido animal.

maestroescuela

El relato se estructura en cinco secuencias, separadas tipográficamente por espacios blancos:

1) La narración se abre con una breve secuencia donde se presenta la escuela, al maestro y a los niños.

2) En la segunda se cuenta que el maestro ha criado un cuervo al que llama hijo y Arturo (en cambio, ni del maestro ni de su hijo llegaremos a conocer sus nombres propios). El maestro pide a los niños que no rompan los nidos de los pájaros.

3) En un flash-back se recuerda el día en que el maestro recogió a Arturo: unos pastores tiraban piedras a las cabras, «no para advertir, sino enfurecidos, con deseo de acertar en la res» (p. 111). Su violencia y crueldad contrastaban con la serenidad del paisaje. Más tarde dispararon piedras con sus hondas y cayó herido un cuervo, que él se llevó a casa y curó.

4) Cuarta secuencia. El cuervo mitiga la soledad del anciano: «Y el cuervo daba fidelísima compañía al maestro, que vivía solo», explica el narrador (p. 112); en efecto, se dice que su mujer murió ya, en tanto que su hijo, sacerdote, vive en otro pueblo. Al principio el maestro utilizaba al cuervo como elemento pedagógico con los niños y lo dejaba corretear por la clase «por creer que amando los animales y compadeciéndose de ellos se domaba la fiereza o animalidad del niño» (p. 112); pero su experiencia fracasó, pues le enseñaban palabrotas y le hacían sufrir con sus crueldades, de forma que ahora el cuervo se retira asustado nada más ver a los niños.

5) Última secuencia. Hay fiesta en la escuela por la venida del hijo del maestro. Se rememora otra crueldad infantil: los niños desplumaron un pájaro y lo dieron a un mastín, que se lo tragó vivo. El hijo, que ha salido a cazar, al volver arroja sobre la mesa el cuervo muerto, la única pieza que ha abatido. «Y el señor maestro sollozó…» son las palabras finales del relato (p. 113).

Con esta sencilla narración Gabriel Miró nos muestra la incapacidad de la palabra (y por un experto en usarla, un maestro) para modificar la conducta de los otros, así como la indefensión frente a la naturaleza, violenta y cruel, del hombre. En suma, estamos ante un cuento de alto valor simbólico y reflexivo (tiene algo de apólogo) en el que el escritor alicantino condensa algunos de los puntos nucleares de su temática: la presencia de la muerte, la crueldad con los animales, la incomunicación entre los seres humanos y, en definitiva, el sentimiento de enajenación que invade la vida de muchas personas.


[1] Cito por Gabriel Miró, Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969, pp. 110-113. Para más detalles sobre los cuentos de Miró, remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332