Lope y la herencia de Micaela de Luján

Pasa también Lope breves temporadas en Toledo, y en agosto de ese año 1603 se documenta su presencia en Ocaña, pues firma allí su comedia El cordobés valeroso Pedro Carbonero[1]. En esto llega la noticia de que ha muerto en Perú Diego Díaz, que deja 700 ducados de herencia, y Micaela de Luján se apresura a solicitar ser declarada tutora de sus hijos para poder administrarla. Lope, de nuevo en Sevilla, le ayudará en la gestión de los papeles y saldrá fiador de ella. El 9 de octubre se celebra en la capital hispalense el bautizo de Félix, hijo adulterino.

A estos hijos habidos con Micaela los denomina Lope tiernamente sus «dulces pajarillos», y con cariño paternal evoca en sus versos algunas anécdotas domésticas, como cuando recuerda al esclavillo moro Hamete, propiedad de Gaspar de Barrionuevo, que acompañaba a dos de las hijas de Micaela (¿y de Lope?) a comprar chucherías:

Mariana y Angelilla mil mañanas
se acuerdan de Hametillo, que a la tienda
las llevaba por chochos y avellanas.

Esclavos moros

Son versos que corresponden a la epístola Al contador Gaspar de Barrionuevo, escrita en 1604 desde Sevilla, ciudad que Lope no deja hasta bien entrado el año.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Camila Lucinda, celosa y enferma

El 11 de noviembre de 1602 se documenta la presencia de Lope en Madrid, pero buena parte de 1603 la pasará otra vez en Sevilla[1]. Hay luego un nuevo regreso a Madrid, que se ha atribuido a la posible llegada con la flota de Diego Díaz, el marido de Micaela de Luján.

Puerto de Sevilla

Estando en Toledo en cierta ocasión, Micaela siente celos de una desconocida Flora, quizá uno más de los fugaces amoríos del Fénix. En algún momento ella está enferma en Sevilla, y Lope manifiesta su preocupación en forma lírica, concretamente en el soneto «Al contador Gaspar de Barrionuevo», poeta y dramaturgo toledano amigo suyo:

Gaspar, si enfermo está mi bien, decilde
que yo tengo de amor el alma enferma,
y en esta soledad desierta y yerma,
lo que sabéis que paso persuadilde.

Y para que el rigor temple, advertilde
que el médico también tal vez enferma,
y que segura de mi ausencia duerma,
que soy leal cuanto presente humilde.

Y advertilde también, si el mal porfía,
que trueque mi salud y su accidente,
que la que tengo el alma se la envía.

Decilde que del trueco se contente;
mas ¿para qué le ofrezco salud mía?
Que no tiene salud quien está ausente.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope, entre Sevilla, Toledo y Madrid

Hay una etapa de su vida en la que Lope va a estar yendo y viniendo de Madrid a Sevilla con cierta frecuencia[1]; es decir, va a vivir escindido entre la compañía de Juana en el hogar familiar y los brazos de su amante Micaela, que por su trabajo como actriz debía desplazarse continuamente a distintos lugares.

Es probable un viaje a Sevilla en 1600, no bien documentado. A principios del año siguiente, el del traslado de la corte a Valladolid, tenemos a Lope en Madrid, pero en la primavera de 1602 está con Micaela en Sevilla. Conoce y frecuenta el mundillo literario sevillano, sobre todo la tertulia establecida en torno al poeta don Juan de Arguijo. Sin embargo, su vida tan poco ejemplar, sumada a las envidias y rencillas literarias, hace que tenga también sus detractores, reunidos en otra academia sevillana, la de Ochoa. Seguramente de ese círculo salió un soneto titulado «A Lope de Vega cuando vino de Castilla el año de 1602», que acaba con estos dos versos: «Si no es tan grande, pues, como es su nombre, / císcome en vos, en él y en sus poesías». Enfermo Lope en un par de ocasiones, es asistido por doña Ángela Vernegali, a la que dedicará más adelante la Segunda parte de las Rimas.

Lope acompaña a Micaela de Luján, que trabaja con la compañía de Baltasar de Pinedo, en sus actuaciones por Sevilla, pero también por Granada y Toledo, con algunos viajes de retorno a Madrid. Juntos pasan unos días de septiembre de 1602 en Antequera y Granada. Hacia fines de año corrige y publica La hermosura de Angélica y las Rimas.

La hermosura de Angélica con otras diversas rimas (1602)

Notemos que solo al cumplir cuarenta años edita Lope reunida en volumen su producción lírica, que hasta ese momento había tenido la habitual circulación por medio de copias manuscritas. En el soneto que empieza «Versos de amor, conceptos esparcidos…» escribe con relación a lo estragados que se difundían sus versos:

… expósitos al mundo, en que, perdidos,
tan rotos anduvistes y trocados,
que solo donde fuistes engendrados
fuérades por la sangre conocidos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope en Valencia: fiestas y amoríos

Y los amoríos no se detienen…[1] Estando lejos de su amante Micaela (y de su esposa Juana), Lope se consuela con los amores fugaces que mantiene con una mujer valenciana, de los que nacerá un hijo, Fernando Pellicer (al que se aludirá años después, en unas cartas de 1616, como excusa para hacer un viaje a Valencia). Bien puede Lope, que ha conocido y tratado a tantas mujeres, ofrecernos en las Rimas este ejemplo típico de soneto-definición:

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría;
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer, al fin, como sangría,
que a veces da salud y a veces mata.

Mujer

En julio, una vez acabadas las fiestas valencianas, en las que la compañía de Villalba ha representado su auto Las bodas entre el Alma y el Amor divino, el de Sarria y Lope regresan a Madrid. El día 26 de ese mismo mes es bautizada Jacinta, hija legítima de Lope y Juana de Guardo, primer fruto de su matrimonio, que morirá joven. Pasa el resto del verano acompañando al marqués en Chinchón, donde escribe y firma su comedia El blasón de los Chaves de Villalba, pero pronto dejará de estar bajo su amparo, tras haberle servido unos dos años.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega: dos mujeres, dos familias, dos hogares

Mientras Lope mantiene esta larga y prolífica relación con Micaela de Luján, su esposa Juana de Guardo sigue viva y Lope es bien consciente de ello[1]; en tal sentido se ha interpretado el último terceto de su soneto «A don Luis de Vargas»:

¡Ay del que tiene, por su mal consejo,
el remedio imposible de su vida
en la esperanza de la muerte ajena!

Así pues, durante varios años, Lope llevará una vida doble, manteniendo dos mujeres, dos familias, dos hogares. Irá creciendo así el número de sus hijos, y crecerá igualmente el de sus obras, junto con su fama y popularidad: a estas alturas de su vida Lope se ha convertido ya en el Fénix de los ingenios españoles.

En abril de 1599 acompaña al marqués de Sarria a Valencia, para asistir a las dobles bodas de Felipe III con Margarita de Austria y de su hermana Isabel Clara Eugenia con el archiduque Alberto. Lope, que tiene el encargo de hacer el relato de los festejos para la madre de su señor, describirá las celebraciones en la composición titulada Fiestas de Denia.

Matrimonio de Felipe III con Mariana de Austria en la catedral de Valencia, de Vicente Lluch

Esas celebraciones de Denia fueron organizadas por don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y marqués de Denia, que muy pronto se convertirá en el valido del rey. Las fiestas de Valencia coinciden con el Carnaval: Lope sale disfrazado de botarga, y un bufón del rey de Ganassa, representando respectivamente al Carnaval y la Cuaresma.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lucinda, más hermosa que Angélica la Bella

En un poema de «Lope de Vega a Lucinda», puesto al frente de La hermosura de Angélica, escribe el Fénix estos versos donde explica que el retrato idealizado de su heroína, Angélica la Bella, es trasunto del de su enamorada[1]:

Volved a estar bien conmigo,
pues nunca me ayude Dios
si no he sacado de vos
cuanto de Angélica digo.

Y, efectivamente, en el canto V de esa obra leemos este pasaje en el que declara que, si Lucinda hubiera vivido en tiempos de Angélica, se vería que su belleza aventajaba a la de esta:

Agradézcalo Angélica, que tuvo
seiscientos años antes hermosura,
que aquellos ojos en que solo estuvo
tener clara victoria o fama escura.
Estrella celestial, si aquí no subo
tu claro nombre a la mayor altura,
si no te doy el premio, es porque entiendo
que el mundo es poco y que tu cielo ofendo.

Si en aquella famosa edad vivieras,
hermosura inmortal, bella Lucinda,
¿quién duda que de Angélica vencieras
la que hoy con el tercer planeta alinda?
Tú solo el justo premio merecieras,
y aun es razón que su laurel te rinda,
conociendo que haberle merecido
fue por no haber tu oriente amanecido.

Que si mostraras esos ojos bellos,
azules como el cielo y los zafiros,
de donde Amor, aunque se abrase en ellos
hace a las almas amorosos tiros;
si mostraras la red de tus cabellos,
dulcísima prisión de mis suspiros,
que los excede si en amarme calmas,
y ojalá que suspiros fueran almas;

si mostraras la boca envuelta en risa,
la blanca mano y el nevado pecho,
basas de la columna tersa y lisa
en que se afirma aquel divino techo,
sospecho que bajaran tan aprisa
almas como laureles, a despecho
de tantos pretendientes; pero ignoro
quién fuera de tus méritos Medoro.

Angélica y Medoro, de Jean-Baptiste Bénard

Y aunque Micaela es analfabeta y no sabe siquiera firmar, Lope no tiene reparo en atribuirle diversos poemas laudatorios puestos al frente de distintas obras suyas.

Estos amores con Micaela durarán hasta 1608, fecha a partir de la cual deja de tenerse noticia de ella. Fruto de su relación serán cuatro hijos: Juan (nacido en Sevilla en 1601 y muerto en la niñez), Félix (nacido en Sevilla en 1603, registrado a nombre del esposo de Micaela, y fallecido también en la infancia) y dos de los predilectos de Lope: Marcela (nacida en Toledo en 1605, que sería monja trinitaria y moriría en Madrid en 1688) y Lope Félix (vendría al mundo en Madrid en 1607 y hallaría la muerte en la isla Margarita en 1634). Los otros cinco hijos que tuvo Micaela (Agustina, Dionisia, Ángela, Jacinta y Mariana) eran de Diego Díaz, aunque a veces se ha atribuido al Fénix la paternidad de alguna de esas niñas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope y Lucinda: nuevas evocaciones poéticas

A su amada Lucinda (Micaela de Luján) Lope de Vega la evoca continuamente en varios poemas amorosos publicados en las Rimas, como en la Égloga segunda de Elisio[1]:

Luz que alumbras el sol, Lucinda hermosa,
que aun no te precias de volver los ojos
al alma que llamabas dueño suyo,
si vives porque vivo, desdeñosa,
acaba por mi vida tus enojos,
pues no has de hallar defensa en lo que es tuyo.
El cuello es este, no dirás que huyo;
desnudo de mi propia resistencia
le ofrezco a tu clemencia.

[…]

Dulcísima homicida,
no mates con desdenes mi esperanza;
antes la vida muera,
que el bien que no se alcanza,
al fin es bien, mientras gozarse espera.

Y también en otras composiciones, como estos dos sonetos:

Belleza singular, ingenio raro,
fuera del natural curso del cielo,
Etna de amor, que de tu mismo hielo
despides llamas entre mármol paro;

sol de hermosura, entendimiento claro,
alma dichosa en cristalino velo,
norte del mar, admiración del suelo,
émula al sol como a la luna el faro.

Milagro del Autor de cielo y tierra,
bien de naturaleza el más perfeto,
Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra;

nieve en blancura y fuego en el efeto,
paz de los ojos y del alma guerra:
dame a escribir, como a penar, sujeto.

Nieve y fuego en el Etna

Blancos y verdes álamos, un día
vi yo a Lucinda a vuestros pies sentada,
dándole en flores su ribera helada
el censo que a los suyos le debía.

Aquí pedazos de cristal corría
esta parlera fuente despeñada,
y la voz de Narciso enamorada,
cuanto ella murmuraba, repetía.

Aquí le hurtaba el viento mil suspiros,
hasta que vine yo, que los detuve
porque era el blanco de sus dulces tiros.

Aquí tan loco de mirarla estuve
que, de niñas sirviendo a sus zafiros,
dentro del sol sin abrasarme anduve.

Álamos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope enamorado de Lucinda: prácticas galantes

En un soneto-aniversario (un tópico usual en la poesía de tradición petrarquesca), recogido en las Rimas (1602), evoca la fecha exacta en que conoció a su nueva amada, Micaela de Luján, una víspera del día de la Asunción, esto es, un 14 de agosto, probablemente el de 1598:

Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra,
de la cárcel mortal y humana guerra
para la patria celestial salía

[…]

Cuando amor me enseñó la vez primera
de Lucinda, en su sol, los ojos bellos
y me abrasó como si rayo fuera.

Dulce prisión y dulce arder por ellos,
sin duda que su fuego fue mi espera,
que con verme morir, descanso en ellos.

Al firmar sus escritos, Lope antepone a su nombre una M, inicial de Micaela, práctica galante que él mismo había explicado en su comedia El dómine Lucas:

Porque es uso en corte usado,
cuando la carta se firma,
poner antes de la firma
la letra del nombre amado.

Firma de Lope de Vega con la inicial M (de Micaela) antepuesta

O le dedica bellos sonetos como este que, impreso en las Rimas, conoce otras dos versiones, con ligeras variantes, en la comedia Los comendadores de Córdoba y en un manuscrito autógrafo de la Biblioteca Nacional:

Ya no quiero más bien que solo amaros,
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.

Para vivir me basta desearos;
para ser venturoso, conoceros;
para admirar el mundo, engrandeceros,
y para ser Eróstrato, abrasaros.

Erostrato

La pluma y lengua, respondiendo a coros,
quieren al cielo espléndido subiros,
donde están los espíritus más puros;

que entre tales riquezas y tesoros,
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros
de olvido y tiempo vivirán seguros.

Un nuevo amor de Lope: Micaela de Luján

El matrimonio de conveniencia con Juana de Guardo no aplaca el carácter apasionado de Lope, a quien pronto vamos a ver echarse en brazos de otra mujer[1]. De 1599, el mismo año de publicación de El Isidro (glosa en quintillas de la vida del santo patrón madrileño), Fiestas de Denia y Romance a las venturosas bodas, parecen datar sus ardorosos amores con la bella e inculta Micaela de Luján, una cómica rubia, blanca de cutis, de grandes ojos «azules como el cielo y los zafiros», que aparecerá en sus escritos como Lucinda o Camila Lucinda (quizá también como Celia, aunque es discutida la identidad que se esconde tras este nombre poético).

Lope de Vega y Camila Lucinda, de Rodríguez Marín

La belleza de la nueva amante va a quedar reflejada en obras como La hermosura de Angélica, las Rimas y Jerusalén conquistada, así como en los poemas incluidos en El peregrino en su patria. Micaela estaba casada con el representante Diego Díaz, pero este había marchado a América hacia el año 1596 y moriría en el Perú en 1603. Como explica Pedraza:

Mientras el marido peregrinaba por las Indias, Lope y Micaela iban colocándole los hijos habidos en sus relaciones. Incluso estando ya muerto —noticia que aún no se conocía en Sevilla—, le atribuyeron la paternidad de Félix, bautizado el 19 de octubre de 1603.

Es posible que Lope conociera a su nuevo amor en Toledo; al menos, eso es lo que parecen indicar estos versos pertenecientes a la bellísima epístola «Serrana hermosa, que de nieve helada…», incluida en El peregrino en su patria:

Bajé a los llanos de esta humilde tierra
adonde me prendiste y cautivaste,
y yo fui esclavo de tu dulce guerra.

No estaba el Tajo con el verde engaste
de su florido margen cual solía,
cuando con esos pies su orilla honraste.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope: nuevos hijos y nuevos libros

Lope pasa a vivir, al decir de Entrambasguas, en un ambiente familiar entre burgués y mercantil[1]. Su mujer, Juana de Guardo, es enfermiza y nada atractiva, y todo parece apuntar a que, en efecto, no se trató de un matrimonio por amor, sino por interés. Hijos del nuevo matrimonio serán Jacinta (nacida en 1599 y muerta en la infancia), Juana (de la que apenas queda noticia, fallecida también en temprana edad), Carlos Félix (uno de los hijos predilectos del Fénix, nacido en Toledo en 1606 y muerto en Madrid en 1612) y Feliciana (nacida en 1613 en Madrid, que sobrevivirá largos años a su padre, pues fallecería en 1657). El matrimonio vivirá sucesivamente en Madrid (1598-1604), en Toledo (1604-1610) y otra vez en Madrid (1610-1613), pero con ausencias prolongadas de Lope que se irán comentando en próximas entradas.

Sigue escribiendo comedias y ese año de su segundo matrimonio publica La Dragontea, poema épico dedicado a la muerte del corsario Francis Drake. Sale también en 1598 su novela pastoril de la Arcadia, en cuya portada coloca el escudo atribuido a Bernardo del Carpio, que incluye diecinueve torres, el cual se repetirá al frente de otras obras posteriores como El peregrino en su patria (1604) y Jerusalén conquistada (1609).

Portada de la Arcadia de Lope de Vega

La inclusión de ese escudo, con el que se estaba atribuyendo una nobleza que no le correspondía, causaría la reacción de sus enemigos, con Góngora a la cabeza.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.