Vaya para este día el poema, «Canción de Navidad para conjurar el fin del mundo», con el que Santiago López Navia, filólogo y poeta, y excelente amigo, felicitó la Navidad de 2012 a sus colegas y amistades. La composición está formada por tres estrofas, de 6, 8 y 12 versos, con rima de romance en é e, pero con la particularidad de ser heptasílabos los impares y pentasílabos los pares (es decir, el esquema de rima es 7- 5a 7- 5a…). El poeta, a través de su yo lírico, nos recuerda que frente a las realidades negativas de este mundo (miedo, pobreza, hambre, muerte…) siempre queda un atisbo de esperanza: «Los árboles marchitos / viven a veces / en una rama niña / que reverdece»[1]. Aquí, ese mensaje esperanzado encuentra su máxima expresión en el nacimiento del Salvador, ese momento salvífico —para todo el género humano— en el que «Cristo fundió en su fragua / trono y pesebre».
Que nadie escuche al miedo. Que nadie entregue su libertad al gremio de los intérpretes que entienden las señales que otros no entienden.
Aunque a todos el mundo les pertenece, en poco tiene al mundo el que no tiene. Fin del mundo es el hambre para los débiles y este mundo termina para el que muere.
Que el miedo a los augures no nos silencie. No siempre está perdido lo que se pierde. Los árboles marchitos viven a veces en una rama niña que reverdece. Hasta la paja seca tuvo su suerte: Cristo fundió en su fragua trono y pesebre.
[1] Estos versos me recuerdan el comienzo del poema «A un olmo seco», de Antonio Machado: «Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas nuevas le han salido»; más adelante, en apóstrofe al olmo, el yo lírico expresa su deseo de anotar en su cartera «la gracia de tu rama verdecida».
Pesebre artesanal chileno, del maestro alfarero Norberto Oropesa.
El texto es sencillo, como corresponde a la poesía popular, y refiere los regalos que el yo lírico lleva al Niño, junto con las peticiones o ruegos que le hace a la Virgen María (véanse las notas al pie para algunos comentarios adicionales).
Señora doña María, yo vengo de allá muy lejos y a su niñito le traigo un parcito[1] de conejos.
Zapallos[2] le traigo, papas araucanas, harina tostada[3] paʼ la pobre Ana; recados le mandan[4] mi taita[5] y mi mama, la doña Josefa y la tía Juana.
Señora doña María, cogollito de cedrón[6], consiga con su niñito que nos dé la salvación.
Zapallos le traigo, papas araucanas, harina tostada paʼ la pobre Ana; recados le mandan mi taita y mi mama, la doña Josefa y la tía Juana.
Señora doña María, hermosísimo donaire, consiga con don José que yo sea su comaire[7].
[1]parcito: diminutivo afectivo de par; como los otros diminutivos (niñito, cogollito), refuerza la emotividad del texto, de expresión tan sencilla como sencillos son los regalos que se llevan al Niño.
[2]Zapallos … papas araucanas: calabazas y patatas. La Araucanía y Los Lagos son las dos principales regiones productoras de papas en Chile. Las papas nativas, de muy variadas formas y colores, se distinguen de las papas criollas o amarillas.
[3]harina tostada: las harinas tostadas (más digestibles que las crudas), especialmente las de maíz, forman parte de la cultura tradicional de distintos pueblos de Sudamérica.
[4]recados le mandan: podría entenderse que ʻle mandan recuerdosʼ; ahora bien, en Chile recado es una mezcla de especias e ingredientes aromáticos molidos que se utilizan como sazonadores de guisos o platillos, y tal parece ser el significado que funciona aquí, pues que de comidas se está hablando.
[6]cedrón: planta verbenácea, originaria del Perú, pero que se cría también en Chile y Argentina, aromática, con propiedades medicinales, que florece durante el verano y el otoño; se toma en infusión. Cogollito de cedrón es un hermoso epíteto para la Virgen, muy original con respecto a los habituales en la tradición europea.
[7]comaire: comadre, en pronunciación coloquial. Aquí comaire puede tener no el sentido amplio de ʻamiga, vecina con la que se tiene mucho tratoʼ, sino el específico de ʻmadrina de bautizoʼ. Tomo el texto, transcrito por Cecilia Echenique, de la web Letras, pero añado toda la puntuación, y en el v. 12 la tilde a «de»; en cambio, en el v. 7 sobra la tilde a «mamá» (el ritmo pide la pronunciación llana). Agradezco a la Dra. Mariela Insúa la sugerencia de este villancico chileno, que no conocía.
«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.» (Juan, 1, 14)
Ayer transcribía aquí el villancico «Monterilla de plumas…», y hoy, día de Navidad, traigo otro, «Soberana María», también anónimo y del siglo XVII como aquel. Antonio Torralba, miembro del conjunto musical Cinco Siglos, ofrece este comentario del villancico, al hilo de la grabación del mismo que realizaron el 14 de diciembre de 2014, que puede escucharse aquí:
En los manuscritos 1370 a 1372 de la Biblioteca Nacional de España se encuentran las tres voces de un villancico maravilloso cuya composición en el siglo XVII se atribuye a veces por error a Mateo Romero. Se trata de una versión a lo divino de la célebre “Mañanicas floridas”, que versionaron Lope de Vega y Calderón entre otros. Aquí se llama “Soberana María” y es un prodigio literario y musical salido de la pluma de uno o dos autores anónimos del XVII. La invocación a las estrellas es bellísima y la elevación conceptual soberbia. La Virgen protege al Niño, pero el plano se amplía y son las nocturnas estrellas las que han de abrigar a su vez a la Virgen (abrigad a la Virgen entre vuestros brazos). Y luego están los últimos versos que emocionan aún más. La palabra árabe aljófar (perla irregular y también el conjunto de esas perlas) es un hallazgo poético. Las lágrimas del Niño son el aljófar. Coged el aljófar (sigue invocando a las nocturnas estrellas) de los ojos claros. Y, al final, el lenguaje claro y exacto que solemos identificar con el auténtico refinamiento: Mirad que es tesoro de precio tan alto / que una gota suelda todos nuestros daños.
Sandro Botticelli, Natività mistica (1501). National Gallery (Londres, Reino Unido).
El texto, que se conserva en una recopilación manuscrita de la primera mitad del siglo XVII titulada Romances y letras de a tres voces, dice así:
Soberana María, con vuestro canto, arrullad a mi niño, no llore tanto.
Nocturnas estrellas que en dulce descanso reposáis los cuerpos del largo cansancio, ¿cómo a Dios eterno le dejáis llorando? Arrullad a mi niño, no llore tanto.
Templad las escarchas del invierno helado que el infante tierno es Rey delicado; abrigad la Virgen entre vuestros brazos. Arrullad a mi niño, no llore tanto.
Coged el aljófar de los ojos claros; mirad que es tesoro de precio tan alto, que una gota suelda todos nuestros daños. Arrullad a mi niño, no llore tanto[1].
[1] Tomo el texto de la web de Carlos Ruiz de Arcaute, pero modernizo las grafías y regularizo la puntuación. Ahí pueden encontrarse más datos sobre la colección Romances y letras de a tres voces, y también escucharse el villancico y descargarse la partitura.
Escuchad, hermanos, una gran noticia: «Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».
¡Muy feliz Navidad a todos los lectores y amigos insulanos!
Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…, y desde el blog vamos a celebrar el Nacimiento del Señor, como otros años, con algunos poemas de temática navideña, de diversas épocas, autores y estilos. Comenzaremos hoy con este hermoso villancico anónimo del siglo XVII, cuyo texto se nos ha transmitido en varios testimonios, que ofrecen ligeras variantes en las coplas, pero todas ellas de escasa trascendencia.
Luca Giordano, La Adoración de los Pastores (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).
Monterilla de plumas y pellico de armiños[1] quiérole yo para mi pastorcito; zurroncillo moteado, cayadito florido quiérole yo para mi pastorcito. ¡Ay, qué agraciado! ¡Ay, qué pulido! ¡Ay, que tirita de frío! Niño, no llores; calla, bien mío, que ya los pastores te traen dones ricos. Si estás desnudito, que te abrigue tu Madre, Cuerpo de Cristo. Niño, no llores; calla, bien mío, que aquí traigo yo para tu desabrigo monterilla de plumas y pellico de armiños; zurroncillo moteado, cayadito florido, ¡quiérole yo para mi pastorcito!
Coplas
[1.ª]
No ven cómo llora el rapaz pulido y es más hombre cierto[2] que su Padre mismo. Mírenle cuál tiembla desnudito al frío, siendo un rayo hermoso, siendo un fuego vivo. De una palomita nos dicen que es Hijo, y a mí me parece que es un corderito. Luego bien le aplico monterilla de plumas y pellico de armiños. ¡Quiérole yo para mi pastorcito!
[2.ª]
Si como un gigante corrió su camino, ¿para qué esta noche se nos hace niño? Allá hacía cielos, estrellas y signos, y acá se nos viene a hacer pucheritos[3]. Si una corderita le sacó de quicio, sepa que en la tierra mejoró de impíreo[4]. Luego bien le aplico zurroncillo moteado, cayadito florido. ¡Quiérole yo para mi pastorcito!
[3.ª]
Para que le admiren llama [a] pastorcitos y también a reyes[5]. ¡Oiga el señorito! Quéjase que el mundo no le ha conocido[6] y ángeles y luces lo dicen a gritos: ¡Venga norabuena hacia nuestro aprisco[7], cuide el zagalejo de su ganadito! Luego bien le aplico monterilla de plumas y pellico de armiños. ¡Quiérole yo para mi pastorcito![8]
[1]pellico de armiños: pellico es zamarra de pastor, hecha de pieles; el yo lírico desea que sea de armiños (una piel de alta calidad) para ofrecérsela al Niño Jesús recién nacido, igual que desea que la monterilla (prenda de abrigo para la cabeza), que habitualmente se hace de paño, vaya adornada de ricas plumas. Nótese la acumulación de léxico del ámbito pastoril en estos primeros versos del villancico.
[3]hacer pucheritos: amagar el llanto. Estos versos expresan bella y poéticamente la doble naturaleza de Cristo, que siendo un Dios todopoderoso, autor de la Creación, pasa a adoptar la naturaleza humana de un desvalido infante recién nacido («se nos hace niño»).
[4]impíreo: lo mismo que empíreo, el más alto de los cielos, sitio de la presencia plena de Dios.
[5]llama [a] pastorcitos / y también a reyes: todo el género humano, sin distinción de clases, está llamado a la redención.
[6]Quéjase que el mundo / no le ha conocido: cfr. Juan, 1, 10-11: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron».
[7]aprisco: redil o majada, paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie.
[8] Recogido en el trabajo «Francesc Valls (ca. 1671-1747). Obras en romance conservadas en el archivo musical de Canet de Mar. Edición crítica de Lola Josa y Mariano Lambea», pp. v-vi, disponible en DigitalCSIC. Tomo el texto de ahí, modificando ligeramente la puntuación y quitando la tilde a «qué» en el v. 9 y añadiéndosela a «como» en el primer verso de la primera copla. En ese trabajo se puede ver una anotación más detallada del texto, la mención de las fuentes textuales y la transcripción poético-musical de este «Tono a solo al Nacimiento de Cristo» musicado por Francesc Valls.
Este cuarto domingo de Adviento nos deja ya a las puertas de la Navidad. Llegamos, pues, al final de este esperanzado camino que nos sirve de preparación para conmemorar la venida al mundo del Mesías Salvador, el Redentor del género humano. Y para cerrar este ciclo poético del Adviento 2024, traigo hoy el soneto «Soy Adviento», del jesuita Pedro Miguel Lamet[1], que dice así:
¡Cómo me gusta andar por los caminos, sentir bajo mis pies latir al mundo, mirar al horizonte en lo profundo y respirar el aire de los pinos!
¡Cómo me calma de mis desatinos marchar de paso como un vagabundo, mientras, sin pensar, los ojos hundo en reflejos de amores tan divinos!
Pues de pronto comprendo iluminado que en caminar consiste nuestra vida hacia la luz del gran descubrimiento,
puesto que andando advierto que he llegado; y en el buscar presiento la venida. Nací para esperar, pues soy Adviento[2].
[1] Lamet es autor de un hermoso tríptico de sonetos de Adviento, dedicados a «Isaías», «María» y «Juan el Bautista», incluidos en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 71-73.
Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento y Solemnidad de la Inmaculada Concepción, un hermoso soneto de Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1933), «María Anunciada», perteneciente a su poemario Del abreviado mar (Madrid, Ágora, 1957). Fernando Carratalá nos ofrece este comentario del poema:
Paz Pasamar posee una amplia cultura religiosa y ha dedicado muchos versos al tema de la trascendencia. De sus incursiones en la temática navideña es una buena muestra el soneto «María Anunciada», de perfecta andadura rítmica en sus endecasílabos, y con estrofas y rimas ajustadas al patrón clásico: el arcángel Gabriel anuncia a María que se ve a convertir en la Madre de Dios. Y la poetisa se refiere a María con un lenguaje metafórico de gran belleza y eficacia estética —a lo largo del primer cuarteto— y con adjetivos que aluden a su sencillez y serenidad —en el segundo cuarteto, que contiene, en los versos 7 y 8, un símil de altísimo valor poético: «plena / como el dorado trigo en la gavilla»—. Pero es, sin duda, en el terceto que cierra el soneto en donde se alcanza un intenso clímax poético: Vino Gabriel [a anunciar la transformación de una sencilla mujer nada menos que en la Madre de Dios]; vino la Luz [divina a realzar su hermosura]; y, por fin, llegó Dios y se fingió pequeño [al hacerse Hombre en el vientre de María][1].
Pedro Pablo Rubens, Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Poco que añadir a tan certero comentario, salvo quizá destacar la bella creación neológica mielar del verso 4. El soneto dice así:
¡Pan virginal, aceite sin mancilla! «Ave María, la de gracia llena», te saludó Gabriel, y la colmena de tu pecho mieló la maravilla.
Tú la más sola. Tú la más sencilla. Mujer por sola, y por la más serena, escogida primero que el mar, plena como el dorado trigo en la gavilla.
Por el milagro de la dulce boda tomaste enorme dimensión y altura, y Dios cruzó despacio por tu sueño.
Vino Gabriel, y te mudaste toda, vino la Luz y supo tu hermosura, y llegó Dios, y se fingió pequeño[2].
[1] Fernando Carratalá, en Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, p. 205.
[2] Tomo el texto de Poesía de Navidad para niños y jóvenes, p. 117. En el primer verso, cierro el signo de admiración, que en la edición por la que cito solo se abre.
El Adviento es esperanza; la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor…
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»)
Vaya para hoy, primer domingo de Adviento, un poema de nuestra llorada Carmen (Auristela para sus queridos amigos de la Asociación de Cervantistas) Agulló Vives (Elche, 1931-Albacete, 2020), perteneciente a su libro Bendita Navidad (Villancicos para un milenio). Este «Canto de Zacarías», que va encabezado por un lema de Lucas, consta de una primera parte (tres breves estrofas de cinco versos, de medidas diversas), a la que sigue una copla y la correspondiente glosa (cuatro estrofas de siete versos octosílabos, con rima de romance, y rimando también en asonante el verso glosado).
Domenico Ghirlandaio, Zacarías escribe el nombre de su hijo. Fresco en la Cappella Tornabuoni, Santa Maria Novella (Florencia, Italia).
El poema dice así:
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz
Lucas I, 78-79
Canto de Zacarías en futuro[1], tiempo de la esperanza, Futuro ya presente, ¿pasado ya?, ¿letra muerta en las Biblias olvidadas?
Dos mil años futuro y aún espera el corazón creyente, y la salmodia de las Horas sube desde la rosa de los vientos más allá de imposibles horizontes.
Y la inocente pluma —¡Manes de Lope, disculpad su intento!— en métricas arcaicas se humedece para cantar de nuevo al Dios que se entregó en la Navidad:
Ven, amigo, ven conmigo, que nos guía la esperanza a encontrar a Dios vestido de naturaleza humana.
GLOSA
1
Es historia conocida —algunos la llaman mito—, la razón se encalabrina al no explicar el prodigio. El corazón se me esponja, me pide que diga a gritos: Ven, amigo, ven conmigo.
2
Al declinar de diciembre los cristianos se preparan —¡ay, si lo hicieran a fondo!— a celebrar la llegada de Cristo a la tierra pobre. Incredulidad, aparta, que nos guía la esperanza.
3
María y José, obedientes, han hecho largo camino: sabemos de un mesonero de comportamiento indigno; sabemos de los pastores que acudieron al aviso a encontrar a Dios vestido.
4
Jesús, lucero, clavel, sonrisa, mirada clara; naciste, asombrose el mundo, creciéronle al hombre alas al hermanarse contigo. ¡Tanto da quien se engalana de naturaleza humana![2]
[1] El cántico de Zacarías (Benedictus) es la oración que recitó Zacarías al volver a poder hablar tras el nacimiento y circuncisión de su hijo san Juan Bautista. En ella alaba y da gracias a Dios por el Mesías, y se interpreta como un anuncio de la venida salvadora de Jesús. Cfr. Lucas, 1, 67-79: «En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: “Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz”».
[2] Cito, con algún ligero retoque, por Carmen Agulló Vives, Bendita Navidad (Villancicos para un milenio), Albacete, Gráficas Cano, 2001, pp. 101-102.
Pues seguimos todavía en el tiempo litúrgico de Navidad, copiaré hoy una composición de Juana de Ibarbourou —Juana Fernández Morales, que usó como nombre literario el apellido de su esposo— (Melo, Uruguay, 1895-Montevideo, 1979). La de esta escritora, «Juana de América», que fue nombrada también «Mujer de las Américas», constituye una de las voces líricas más personales de la poesía hispanoamericana de comienzos del siglo XX. Entre sus libros de poesía se cuentan títulos como Las lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920), Raíz salvaje (1922), La rosa de los vientos (1930), La mancha de humedad (1944), Perdida (1950), Azor (1953), Mensaje del escriba (1953), Romances del destino (1955), Oro y tormenta (1956), La pasajera (1967), Angor Dei (1967) o Elegía (1968). Existe además una edición de su Obra completa, en cinco volúmenes al cuidado de Jorge Arbeleche (Montevideo, Instituto Nacional del Libro, 1992).
El Greco, La huida a Egipto (h. 1570). Museo del Prado (Madrid).
«Burrito santo» —un soneto de versos dodecasílabos, con cesura al medio, y rimas agudas en los vv. 2, 4, 6, 8, 11 y 14, que le imprimen un ritmo musical, muy en la línea de la lírica modernista— aborda otro tema tradicional de este tiempo de Navidad, la huida a Egipto de la Sagrada Familia tras la adoración de los magos de Oriente[1].
Borriquillo blando[2] de la Virgen María, manso borriquito[3] que llevó a Jesús con su Santa Madre que al Egipto huía una noche negra sin astros ni luz[4].
¡Lindo borriquito de luciente lomo!: hasta el niño mío te venera ya, y dice, mirando tu imagen en cromo: —¿Es el de la Virgen que hacia Egipto va?
¡Dulce borriquito, todo mansedumbre!: nunca a tus pupilas asomó el vislumbre más fugaz y leve del orgullo atroz;
y eso que una noche sin luna ni estrellas por largos caminos dejaste tus huellas, llevando la carga sagrada de Dios![5]
[1] Comp. Mateo, 2, 13-15: «Cuando se marcharon [los sabios de Oriente], un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”».
[4]luz: ha de leerse con seseo, para la rima consonante con Jesús; y lo mismo sucede más abajo (vv. 11 y 14) con atroz–Dios.
[5] Cito el texto por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 153-154. En el verso 3 enmiendo la mala lectura «el Egipto huía».
Vaya para este 6 de enero —Epifanía del Señor— un poema del padre Ramón Cué Romano, SJ (Puebla de Zaragoza, México, 1914-Salamanca, 2001), perteneciente a su libro Versos de Navidad (1964). Se titula «Noche de Reyes» y va fechado en 1958.
Adoración de los Reyes Magos o Epifanía, de Giotto. Capilla de los Scrovegni o de la Arena (Padua).
Melchor, Gaspar y Baltasar.
Los tres, con pies de raso, de puntillas, para no desvelar ojos que os sueñan, que solo ojos cerrados os ven pasar.
Melchor, Gaspar y Baltasar.
Esta noche existís gracias al sueño de tantos niños. Con juguetes ciertos vuestra falsa existencia les pagáis.
Melchor, Gaspar y Baltasar.
¿No quedará un juguete en vuestra alforja para el niño que dentro de este viejo me estoy naciendo y llora y sueña ya?
Melchor, Gaspar y Baltasar.
¿No encontrasteis perdido en los caminos de la ilusión aquel juguete mío, ave azul —mi inocencia— de cristal?
Melchor, Gaspar y Baltasar.
¿No la visteis vagar de bosque en bosque?
Melchor, ¿en tu jaula de pájaros no entró?
Gaspar, ¿no se posó en tu cetro a gorjear?
Baltasar, ¿no brincaba ante el Niño en el portal?
Melchor, Gaspar y Baltasar.
¿Quién viene de los tres con mi ave blanca? La luz apago ya. Cierro los ojos. Ya os sueño. Ya existís. Ya os acercáis.
Melchor, Gaspar y Baltasar.
Dadme en sueños al menos mi inocencia. Mi mano alisará en sueños sus plumas. Junto a mi almohada en sueños cantará…
Del político y poeta colombianoRafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990) ya hemos transcrito aquí alguna otra composición navideña, como su soneto «Jesús». Para esta mágica Noche de Reyes traigo este otro poema suyo, «Esta es la fiesta», también soneto, que evoca la jubilosa emoción de una noche como la del 5 de enero en la que muchos —sea cual sea la edad— volvemos a sentir la misma ilusión que sienten los niños. Cabe destacar, desde el punto de vista estructural, la construcción anafórica de la composición: las tres primeras estrofas repiten «Esta es la noche…», que en el segundo terceto figura con variatio, «Esta es la fiesta de la noche…».
Esta es la noche blanca y misteriosa de los azules y encantados trinos, noche de los divinos peregrinos, tras de la estrella errante y luminosa.
Esta es la noche de los rojos vinos y de los panes blancos, la armoniosa noche de los luceros cantarinos y del padre, del niño y de la esposa.
Esta es la noche pura y amorosa y fraterna, en la mesa deleitosa del cordero y los vinos cristalinos.
Esta es la fiesta de la noche hermosa y la fiesta del alba jubilosa, de los sueños humanos y divinos…[1]
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 329-330. Distribuyo los últimos seis versos (que en el original figuran juntos) como dos tercetos.