Don García Hurtado de Mendoza, Alonso de Ercilla y La Araucana

(Dedico la entrada de hoy, 18 de septiembre, a todos los colegas, amigos y familiares de «Chile, fértil provincia y señalada / en la región Antártica famosa»)

Bandera de Chile

Tal como se ha señalado, La Araucana de Ercilla[1] presenta la peculiaridad de ser un poema épico sin héroe: quien debería, sobre el papel, ser el protagonista principal de la epopeya, el capitán de las huestes españolas tras la muerte de Valdivia, don García Hurtado de Mendoza, aparece, sí, mencionado elogiosamente en algunas ocasiones, pero en modo alguno alcanza la categoría de héroe épico. Si queremos buscar un héroe en La Araucana, este sería colectivo: el pueblo mapuche en defensa a ultranza de su libertad; y, si hubiera que individualizarlo en la persona de uno de sus protagonistas, entonces sería el toqui Caupolicán.

Alonso de Ercilla y Zúñiga

Pues bien, la razón de ese retrato «de bajo perfil» —por así decir— con que aparece caracterizado el Marqués de Cañete en La Araucana la tenemos en el enfrentamiento personal que tuvo lugar entre don García y Ercilla en la ciudad de La Imperial en 1558, que recogen los cronistas y que se menciona también en el juicio de residencia al gobernador, y que el propio soldado-escritor evoca en un par de ocasiones en su poema (se refiere a ello como «un caso no pensado»). En efecto, después del regreso de las tropas españolas de su expedición al canal de Chacao y el archipiélago de Chiloé, se celebraron en La Imperial unas fiestas y justas, en las que se produjo cierto incidente como resultado del cual Ercilla fue detenido por orden de don García y condenado a muerte, aunque luego esa pena le fue conmutada por la de destierro. Así lo evoca Góngora Marmolejo en su crónica:

Don García, estando en este tiempo en la Ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo, quiso un día salir de máscara disfrazado a correr ciertas lanzas en una sortija por una puerta falsa que tenía en su posada, acompañado de muchos hombres principales que iban delante, y más cerca de su persona don Alonso de Arcila, el que hizo el Araucana, y Pedro Dolmos de Aguilera, natural de Córdoba. Un otro caballero llamado don Juan de Pineda, natural de Sevilla, se metió en medio de ambos; don Alonso, que le vido venía a entrar entre ellos, revolvió hacia él echando mano a su espada; don Juan hizo lo mismo. Don García, que vido aquella desenvoltura, tomó una maza que llevaba colgando del arzón de la silla y, arremetiendo el caballo hacia don Alonso, como contra hombre que lo había revuelto, le dio un gran golpe de maza en un hombro, y tras de aquel otro. Ellos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora y se metieron dentro. Luego mandó que los sacasen y cortasen las cabezas al pie de la horca; y él se fue a su posada y mandó cerrar las puertas, dejando comisión a don Luis de Toledo que los castigase; mas en aquella hora muchas damas que en aquella ciudad había, queriendo estorbar el castigo o que no fuese con tanto rigor, quitándole alguna parte del enojo, con algunos hombres de autoridad entraron por una ventana en su casa y se lo pidieron por merced. Condescendiendo a su ruego, los mandó desterrar de todo el reino[2].

Disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García:

 144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[3].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[4].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día.

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana su autor no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza[5]. Por el contrario, Ercilla nos ofrece en su célebre poema una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Pero esto constituye ya materia para otra entrada del blog…

Portada de La Araucana


[1] Manejo esta edición: Alonso de Ercilla, La Araucana, ed. de Isaías Lerner, 3.ª ed., Madrid, Cátedra, 2002.

[2] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, ed. de Miguel Donoso Rodríguez, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 286-287.

[3] Lo recoge Fernando Campos Harriet en su libro Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1969.

[4] Esta formulación recuerda la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[5] Recordaré que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado». El propio don García primero, y su familia después, organizaron una amplia campaña de propaganda para realzar su imagen, que incluiría la composición y publicación de numerosas obras teatrales, biográficas, etc., de las que también se irá hablando próximamente en este blog.

Don Quijote desde Chile: un poema de Pedro Lastra

Interesado como estoy en las recreaciones quijotescas y cervantinas (véase la página web del proyecto que dirijo sobre este tema en el marco de las investigaciones del GRISO: http://www.unav.es/evento/cervantes/Proyecto-rqc), traigo hoy a las páginas del blog un poema de Pedro Lastra titulado «Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales», incluido en su poemario Noticias del extranjero (1979), y reproducido después en distintas ocasiones, como por ejemplo en el libro El Quijote en Chile, introducción y selección de Sergio Macías, Santiago de Chile, Aguilar Chilena de Ediciones, 2005, pp. 131-141, que es por donde lo citaré.

Pedro Lastra, poeta chileno (nacido en Quillota en 1932, pero criado en Chillán), ensayista e investigador de la literatura chilena e hispanoamericana, ha sido profesor en varias universidades de Estados Unidos como Buffalo, Saint Louis, Missouri y, finalmente, la State University of New York at Stony Brook, de la que es Profesor Emérito. Miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua desde 1987, en 2011 ingresó como miembro de número. Desde 2009 es también director de la revista Anales de Literatura Chilena, de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Dejando aparte su producción como investigador y ensayista, Pedro Lastra es autor de los poemarios La sangre en alto (1954), Traslado a la mañana (1959), Y éramos inmortales (1960), Noticias del extranjero (1979; reedición mexicana de 1982; ediciones en Santiago de Chile de 1992 y 1998) o Canción del pasajero (2001), entre otros títulos. Recientemente se ha publicado una completa antología de su poesía, bajo el título Baladas de la memoria (Barcelona, Pre-Textos, 2010). Para un acercamiento a su producción poética, puede verse la monografía de Edgar O’Hara titulada La precaución y la vigilancia (La poesía de Pedro Lastra), Valdivia, Barba de Palo, 1996. Enrique Lihn le dedicó los siguientes versos, en su poema «Postdata»:

Para decirlo todo en dos palabras
sobre tu poesía: Pedro Lastra:
digo que ya eres parte de ella misma.
Y globalmente, salvo error o excepción
parte de ti que escribes contigo mismo como
si fueras el papel frente a la pluma
o viceversa, la vacilación
propia del acto de escribir. La escribes
cuando pones, te pones en un verso y te dices
«menos feroz y astuto cada noche»
en relación a una historia de amor.
Rehúsas, pues, el cálculo de la palabra justa
(propio de los plumíferos o no, pero sagrados)
por otra precisión: la de los gestos
que describen a un tipo sin palabras
cuando opinadamente se distrae
hasta ser el que es a la hora precisa
en el lugar preciso, cuando por
necesidad de la escritura aquí
y ahora son los signos de la ausencia.
Dejemos el espíritu de lado:
el reverso –digamos− de la letra
oscuro como el bosque y la memoria[1].

En fin, su poema dedicado a don Quijote es el siguiente:

Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales

Seco
apergaminado por las largas vigilias
leo una vez y otra
la misma historia de esa Dulcinea
que no es historia porque yo la veo
claramente detrás de las palabras
y en las hojas del bosque rumoroso
que son las que mejor cuentan su historia.
Cómo van a saber lo mismo que yo sé
gentes que sólo saben
refocilarse en su ceguera
ayudados por turbios lazarillos
malandrines
falsos comendadores
que nunca vi en mis libros verdaderos.
Cómo van a saber si aquí el que ama
a una mujer soy yo. Y si no fuera
por el bueno de Sancho a quien le basta
creer para mirar y que ama todo
cuanto sus ojos miran
más valdría
(como dirá Vallejo cuando yo me haya muerto)
que se lo coman todo y acabemos.

No pongo glosa al poema, pero indicaré que lo comenta brevemente Lilián Uribe en su trabajo «Mester de extranjería: la poesía de Pedro Lastra», Inti. Revista de literatura hispánica, 39, primavera de 1994, pp. 216-217. Este artículo está disponible en:

http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss39/19


[1] Tomo el poema de la entrada dedicada a Pedro Lastra en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Lastra

José de Sarabia y su «Canción real a una mudanza»

La cima poética del siglo XVII está representada en Navarra por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Sarabia es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza). En una nota que publicó en 1957[1], José Manuel Blecua vino a aclarar que la canción que se copia bajo el nombre del Trevijano no podía ser de Mira de Amescua. En el manuscrito Span. 56 de la Houghton Library de la Universidad de Harvard, fols. 152-155, se encuentra la solución, porque allí aparece la «Canción» con este encabezamiento: «Canción de don Joseph de Saravia, Secretario del Duque de Medina Sidonia, con nombre impuesto de Trevijano».

González Ollé ha recapitulado sus datos biográficos[2]. Fue vecino y natural de Pamplona (su padre, el capitán Pedro Sarabia de la Riva), caballero de Santiago, señor de la villa de Eransus, secretario del duque de Medina Sidonia, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, y montero de cámara de Su Majestad. En 1628 se le concedió un hábito. Blecua opinaba que debió de nacer hacia 1583-1584, pero González Ollé retrasa la fecha a 1593-1594. Este investigador destaca el hecho de que Sarabia sí resulta un personaje bien conocido por su intervención activa en diversos acontecimientos públicos de importancia de su época. Cabe la posibilidad de que participara en las campañas de Flandes e Italia, pues en septiembre de 1639 ostenta el grado de teniente de maestre de campo en la jornada de Fuenterrabía. Moriría en otro lance bélico, el combate de Martorell de 21 de enero de 1641, en el que las tropas realistas vencieron a los sublevados catalanes.

Por su parte, Alicia de Colombí Monguió[3] ha estudiado los tópicos, las fuentes literarias y emblemáticas y las huellas que la «Canción real a una mudanza» dejó en América:

Desengaños, muertes y tormentos, la próspera fortuna siempre al fin astrosa, la fragilidad de la vida y de todo lo humano, estrofa a estrofa, símbolo a símbolo, verso a verso, la «Canción» de Joseph de Sarabia, engarzando herencia ya secular desde las visiones de Petrarca, engarzará sus mudanzas a un mundo que las fijará en otras, al encontrar en la palabra y la figura de lo cambiante una de las constantes más perennes de nuestra lírica[4].

González Ollé estima a Sarabia como «el príncipe de los poetas navarros» por la perfección expresiva de su composición, con la que Gracián ejemplificó dos pasajes de su Agudeza y arte de ingenio, calificándola de «celebrada canción». Escribe el mencionado crítico:

La poesía de Sarabia está formada por siete estancias de diecinueve versos cada una, a las que sirve de remate una estrofa de envío con la siguiente estructura: 7a 11a 7b 11b 7c 11c. Los once primeros versos de cada estancia ofrecen sucesivas imágenes de seres animados o inanimados (jilguerillo, cordero, garza, militar, dama, navío, pensamiento), radiantes de inocencia, poderío, belleza, cuya tradicionalidad poética les confiere un patente carácter simbólico. Los ocho versos restantes, encabezados en cada estancia por el sintagma anafórico Mas, ¡ay!, describen la fatal destrucción, la completa aniquilación de tales realidades captadas en un momento pletórico de sus excelencias, y afectadas, un instante después, por la muerte, la derrota, la enfermedad, el naufragio. En varias estancias, por medio del pareado que las cierra, el poeta se hace presente para lamentar que la desventura expuesta no es sino imagen de la suya propia[5].

Copio a continuación el principio de la canción, su primera estancia:

Ufano, alegre, altivo, enamorado,
rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
se sentó en los pimpollos de una haya
y con su pico de marfil nevado
de su pechuelo blanco y amarillo
la pluma concertó pajiza y baya;
y celoso se ensaya
a discantar en alto contrapunto
sus celos y amor junto,
y al ramillo, y al prado, y a las flores
libre y ufano cuenta sus amores.
Mas, ¡ay!, que en este estado
el cazador cruel, de astucia armado,
escondido le acecha
y al tierno corazón aguda flecha
tira con mano esquiva
y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
retrato de mi suerte desdichada!

Tras el del jilguerillo vienen otros símiles: el corderillo devorado por el lobo, la garza que remonta su vuelo hasta el cielo y es abatida por el águila, el capitán bisoño que pierde la batalla que tenía ganada y la vida, la bella dama que por una enfermedad ve malograrse toda su hermosura, el bajel del mercader que se hunde con todos sus tesoros cuando estaba a punto de llegar a puerto. Tras la indicación de que su pensamiento de amor por una señora se elevó «ufano, alegre, altivo, enamorado» (retoma Sarabia el verso inicial), la voz lírica se identifica con todas las imágenes anteriores:

Mi pensamiento con ligero vuelo
ufano, alegre, altivo, enamorado,
sin conocer temores la memoria,
se remontó, señora, hasta tu cielo,
y, contrastando tu desdén airado,
triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
y en la sublime gloria
de esa beldad se contempló mi alma,
y el mar de amor sin calma
mi navecilla con su viento en popa
llevaba navegando a toda ropa.
Mas, ¡ay!, que mi contento
fue el pajarillo y corderillo exento,
fue la garza altanera,
fue el capitán que la victoria espera,
fue la Venus del mundo,
fue la nave del piélago profundo;
pues por diversos modos
todos los males padecí de todos.

Canción, ve a la coluna
que sustentó mi próspera fortuna,
y verás que si entonces
te pareció de mármoles y bronces,
hoy es mujer, y en suma,
breve bien, fácil viento, leve espuma.

Este verso final es uno de esos enunciados trimembres con los que Sarabia, al decir de González Ollé, consigue «versos de rotunda belleza». En esta composición, seleccionada por Menéndez Pelayo entre las cien mejores poesías de la lengua castellana, se aprecian influencias de una elegía del año 1611 de Quevedo a Luis Carrillo y Sotomayor y de los Emblemas morales (1610) de Covarrubias. También se le han señalado concomitancias con una canción anónima que comienza «Creció dichosa en fértil primavera…». No obstante, Sarabia elabora esas influencias y los motivos de la tradición clásica y nos los devuelve transformados en una muy bella y emotiva expresión.


[1] José Manuel Blecua, «El autor de la canción “Ufano, alegre, altivo, enamorado…”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 1957, 11, pp. 64-65.

[2] Fernando González Ollé, «Biografía de José de Sarabia, presunto autor de la “Canción real a una mudanza”», Revista de Filología Española, 46, enero-junio de 1963, pp. 1-30.

[3] Alicia de Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», Revista Hispánica Moderna, 40, núms. 3-4, 1978-1979, pp. 113-125.

[4] Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», p. 123.

[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 109.

El conde de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda

(A Felipe B. Pedraza,
de quien tomo prestada para el título de esta entrada
la expresión «carne de leyenda» aplicada a Villamediana)

Resulta difícil, al acercarse a la figura y a la obra de Juan de Tassis y Peralta (Lisboa, h. 1582-Madrid, 1622), escapar al poderoso influjo de su leyenda[1], que lo ha convertido en prototipo de enamorados, en un nuevo Macías, patrón de todo idealismo amoroso. Por otra parte, hay que evitar los tentadores paralelismos que pueden establecerse entre sus versos y sus circunstancias vitales: Villamediana es el cantor del «alto atrevimiento» (¿el de haber puesto los ojos y el pensamiento en la reina de España, doña Isabel de Borbón?) que conduce a una «muerte buscada» (y, efectivamente, el Conde moriría violentamente asesinado en las calles de Madrid). En Villamediana, vida, leyenda y poesía parecen querer darse la mano a cada instante[2].

De hecho, la obra del Conde no ha recibido tanta atención crítica como su personalidad, su circunstancia vital y su leyenda: así, su supuesto amor por la esposa de Felipe IV, su rivalidad política con el conde-duque de Olivares y su violenta muerte han eclipsado parte del interés que debería haber despertado su producción literaria, la cual tuvo en su época un éxito muy considerable (la edición príncipe de sus obras fue la de Zaragoza, 1629; hasta 1648 alcanzó seis ediciones). Luego quedó relegado al olvido: el desprestigio de la crítica por el culteranismo arrastró de rechazo a toda la poesía de Villamediana, discípulo privilegiado de Góngora. Sin embargo, en las últimas décadas su obra se ha revalorizado, y hoy contamos con ediciones de su corpus lírico completo[3]. Ya en 1886 Emilio Cotarelo —en uno de los trabajos pioneros sobre Villamediana— ponía de relieve la importancia de sus sonetos[4]; Luis Rosales, en 1969, le otorgaba el primer puesto entre nuestros poetas de amor:

Villamediana no tiene lápida ni epitafio digno en ese cementerio que ha conseguido ser, en sus mejores instantes, nuestra sufrida historia literaria. Es, sin embargo, nuestro primer poeta de amor. Este es su puesto. En su lírica amorosa, continúa la expresión delicada, profunda, traslúcida de Garcilaso: la tradición de su espiritualidad. Su verso no parece escrito: está dicho en voz baja. No se elabora artísticamente, ni se apoya en imágenes que se refieran al mundo natural. Sólo está sostenido por el dolor: es el camino del aire. ¡Tan leve, tan irreparable, tan fundida al espíritu es su expresión![5]

También en fechas recientes han aportado importantes contribuciones a su estudio Rozas, Pedraza y Ruiz Casanova[6].

Hay que señalar que la poesía amorosa del conde de Villamediana presenta los más variados registros, que van, en palabras de Felipe B. Pedraza, «de la obscenidad prostibularia al más encendido neoplatonismo»[7]. Pues bien, en futuras entradas ofreceré el comentario de algunos de sus mejores sonetos amorosos de tono neoplatónico, y también presentaré el tratamiento que ha recibido, convertido en personaje de ficción, en varias novelas históricas contemporáneas. En fin, se volverá a hablar aquí de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda.


[1] «Villamediana, carne de leyenda» titula Felipe B. Pedraza uno de los apartados de su prólogo a la edición de sus Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, en el que escribe: «Al leer la lírica amorosa de Villamediana es difícil sustraerse al influjo de su leyenda y de su biografía. En sus versos aparecen constantemente temas y motivos en los que adivinamos el trágico destino que le acechaba. Versos que anuncian muertes y desdichas, voluntad de ascender y caídas vertiginosas. La tradición petrarquesca alimentaba con sus tópicos este concepto fatalista del amor, siempre abrazado a la muerte» (p. XXIV). Además, el conde de Villamediana ha sido convertido con frecuencia en personaje literario, protagonista de diversas novelas históricas: así, Villamediana, de Carolina-Dafne Alonso Cortés; Decidnos, quién mató al conde, de Néstor Luján; o Capa y espada, de Fernando Fernán-Gómez, entre otras.

[2] ¿Serían los suyos versos platónicos para cantar un amor platónico? Ni lo sabemos, ni nos interesa especialmente el saberlo. Avanzar por ese camino del posible autobiografismo de los textos —la identificación de poeta y voz lírica, del escritor como persona histórica real y del emisor interno del poema— siempre resulta demasiado peligroso y, por lo general, no aporta nada fundamental al estudio de los textos literarios.

[3] Ver las ediciones debidas a José Francisco Ruiz Casanova (Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990 y Poesía inédita completa, Madrid,  Cátedra, 1994) y Juan Manuel Rozas (Obras, Madrid, Castalia, 1969; 2.ª ed., 1980). Sobre la edición de la Poesía impresa completa de Ruiz Casanova, ver M. Carmen Pinillos, «Escolios a la poesía impresa de Villamediana», Criticón, 63, 1995, pp. 29-46.

[4] «Lo mejor de las obras serias del Conde son, a no dudar, sus sonetos, de los que compuso como unos doscientos o pocos más. En todos ellos aparece una entonación robusta, estilo grave y sentencioso, versificación en general buena; pensamientos filosóficos y profundos; pocas veces hace uso de los peregrinos giros culteranos: pueden sacarse de la colección como unos cuarenta o cincuenta dignos de un poeta superior a su fama» (Emilio Cotarelo y Mori, El conde de Villamediana. Estudio biográfico-crítico con varias poesías inéditas del mismo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1886, p. 219; hay reed. moderna, Madrid, Visor Libros, 2003).

[5] Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969, p. 158.

[6] Felipe B. Pedraza, en su prólogo a Obras, p. XII, ha visto en él «un poeta de excepción». Además de los ya citados de Cotarelo, Pedraza y Rosales, los trabajos de conjunto más importantes para el estudio de la figura y obra de Villamediana son los siguientes: Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio de Santiago, 1928; Juan Eugenio Hartzenbusch, Discursos leídos ante la Real Academia en la recepción pública de don Francisco Cutanda, el 17 de marzo de 1861, Madrid, Rivadeneyra, 1861, pp. 39-90; Luis Martínez de Merlo (ed.), El grupo poético de 1610. Villamediana y otros autores, Madrid, S. A. de Promoción y Ediciones / Club Internacional del Libro, 1986; Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964 y prólogo a Obras, Madrid, Castalia, 1969, pp. 7-72; y José Francisco Ruiz Casanova, introducción a Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 7-68.

[7] Felipe B. Pedraza, prólogo a Obras, p. XI. Y añade: «El neoplatonismo, el endiosamiento de la amada […] contrasta con sus aficiones prostibularias y donjuanescas. […] Quizá el neoplatonismo de su lírica grave no sea más que el contrapeso que hacía oscilar violentamente la balanza de un siquismo desequilibrado. En toda su vida, Villamediana no logró dar con la serenidad y la satisfacción que le permitieran reconciliarse consigo mismo y con la sociedad» (pp. XXIV-XXV).

Semblanza de Jorge Ramón Sarasa, con «La oración del torero»

(Dedico la entrada de hoy a Gonzalo Santonja, que me dice que leerá mi blog «aunque no escribas de toros»…)

Jorge Ramón Sarasa Juanto nació en Pamplona el 20 de abril de 1936 y murió el 2 de septiembre de 2008. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (especialidad en Psicología Social) por la Universidad Pontificia de Salamanca, ejerció profesionalmente como sociólogo. Su tesis doctoral estuvo dedicada a El culto al tsaddiq entre las comunidades judías históricas de Marruecos, pero también abordó otros temas de investigación variados como las capitulaciones matrimoniales en el Derecho foral navarro o la tauromaquia considerada desde los cambios sociales y tecnológicos, entre otros. Formó parte de la Junta de Gobierno del Colegio de Sociólogos y Politólogos de Navarra.

Fue el primer locutor y jefe de programación de Radio Popular (COPE) de Pamplona; presidió la Real Sociedad de Amigos del País de Pamplona, y fundó después el Instituto Navarro-Israelí de Intercambios Culturales. Piloto privado, tomó parte en campeonatos nacionales de aterrizajes de precisión, y fue presidente del Real Aero Club de Navarra y vicepresidente del Real Aero Club de España.

Igualmente, desde muy joven se hizo notar en el mundo taurino, y así presentó una Escuela de Capacitación Taurina e impartió numerosas conferencias sobre estos temas: «La mujer española en los toros» (por Radio Barbastro, el 27 de mayo de 1952) o «El encierro, espectáculo taurino» (el 3 de julio de 1954 en el Olimpia de Pamplona). El 22 de diciembre de 1955 disertó en el Club Taurino de Pamplona sobre cinco temas: la ganadería por dentro, cría del toro de lidia, capeas y peso de los toros, el toro en la plaza y «Chamaco, ¿es un cuento taurino?». En fechas más recientes cabe destacar su participación en el V Congreso Mundial de Criadores de Toros de Lidia, en Aguascalientes (México), donde presentó, el 2 de noviembre de 2007, su ponencia «Sociología del toro de lidia: tesis cultural de la bravura».

Hay que destacar asimismo su importante vinculación con las fiestas de San Fermín, pues impulsó la celebración de las corridas vasco-landesas y de los concursos de recortadores. Estuvo casado con María del Carmen Rosales Lacuey (1935-2005), hija del ex picador Antonio Rosales Pinazo Carrilero. Fue el primer apoderado del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza (el propio Sarasa participó como jinete en concursos de doma clásica), creador del premio «Carriquiri» al toro más bravo de San Fermín (que luego pasó a conceder la Casa de Misericordia) y moderador de las tertulias taurinas sanfermineras en el Hotel Maisonnave, como recuerda Ignacio Murillo en la necrológica que le dedicó en su blog:

http://diariodesanfermin.diariodenavarra.es/2008/09/muri-jorge-ramn-sarasa.html

Puede verse también esta otra necrológica aparecida en Diario de Navarra:

http://www.diariodenavarra.es/20080903/culturaysociedad/fallece-experto-taurino-sociologo-escritor-jorge-ramon-sarasa.html?not=2008090301125955&dia=20

Y el lector interesado encontrará más datos y anécdotas sobre este gran taurófilo en la semblanza «Un pamplonés abigarrado y activo» que le dedicó en el mismo periódico Fernando Pérez Ollo, de la cual he extraído varios de los datos aquí mencionados:

http://www.diariodenavarra.es/20080903/culturaysociedad/un-pamplones-abigarrado-activo.html?not=2008090301125729&idnot=2008090301125729&dia=20080903&seccion=culturaysociedad&seccion2=navarra&chnl=40

Como escritor (y esta es la faceta que a mí más me interesa), hay que recordar que Jorge Ramón Sarasa presentó una muestra de temas taurinos bajo el título Caracol desparramado en Poemas de Guk (publicación conjunta hecha en 1975 por el grupo navarro Guk al que pertenecía, ya desaparecido). Además, la mejor parte de su producción poética está recogida en el volumen Fragua de sonetos (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1994), que se presenta con prólogo de Carlos Baos Galán. En esta antología, el mundo hebreo, por un lado, y el mundo del toreo y la equitación, por otro, constituyen dos de sus temas literarios predilectos y son, por tanto, bien representativos de su producción poética. Por hoy me limitaré a reproducir su hermoso soneto «La oración del torero»:

No es tu nada, Señor, la que me espanta,
pues mi yo en esa nada se cobija.
Es mi vida escanciada en tu vasija
la congoja total de mi garganta.

No me dejes, Señor, en hierofanta
soledad de una losa sin rendija.
No me robes tu luz de mi valija.
Yo te imploro, Señor, en esta santa

indigencia de lápida y olvido,
estameña sayal de mi mortaja.
Yo te pido, Señor, desde el tendido

—opulencia de sedas y alamares—,
pues me jugué la vida a la baraja,
estoquees mis dudas y pesares.

P. S. para el susodicho Gonzalo Santonja: Podrías argumentar, amigo Gonzalo, que en esta entrada y en este poema se habla más bien de toreros que de toros. Es cierto, a fe mía, pero demos tiempo al tiempo y todo se andará, y ya verás cómo aparecen recorriendo esta Ínsula de Palabras los toros (y las vacas), que el tema taurino, como muy bien sabes, ha dado mucho juego en la literatura de distintas épocas y latitudes… Vale.

Breve biografía de José de Espronceda (1808-1842)

José de Espronceda, el máximo poeta del Romanticismo español, nace en Pajares de la Vega (cerca de Almendralejo, en Extremadura) el 25 de marzo de 1808, cuando sus padres estaban de paso hacia Badajoz. Su padre, Juan de Espronceda, teniente coronel del regimiento Borbón, era de ascendencia navarra, y su madre, María del Carmen Delgado y Lara, andaluza. En sus primeros años de vida, el futuro escritor es educado por su madre, una mujer de carácter dominante y posesivo.

A partir de los años veinte vive con su familia en Madrid; obtiene plaza de cadete en el Colegio de Artillería de Segovia y en 1821 ingresa como alumno interno en el colegio de San Mateo, la casa de educación fundada por Alberto Lista, José Gómez Hermosilla y Juan Manuel Calleja. Pronto se interesa por la literatura y la política. Alberto Lista, que era su maestro, lo introduce en la Academia del Mirto, de inspiración neoclásica, donde lee sus primeros poemas. Con quince años, tras haber visto ahorcar al general liberal Riego, pasa a formar parte, con sus amigos Escosura, Miguel Ortiz, Ventura de la Vega y Núñez de Arenas, de la sociedad revolucionaria secreta «Los Numantinos», que se propone acabar con el absolutismo. Descubierta la maquinación, es juzgado y recluido unos meses en el convento de San Francisco de Guadalajara. Allí empieza a escribir un poema épico, El Pelayo, que quedaría inconcluso.

Retrato de Espronceda

Con dieciocho años, en agosto de 1827, huye a Lisboa para unirse a los exiliados liberales. Suele recordarse la anécdota —que es a la vez un gesto romántico— de que el joven Espronceda arrojó las pocas monedas que constituían todo su caudal tras el pago de los derechos de aduana: «Yo saqué un duro, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero». Al parecer, es allí donde conoce a Teresa Mancha, joven de la que se enamora perdidamente, y a la que sigue a Inglaterra (septiembre de 1827). Para otros biógrafos, es en Londres donde entra en relación con esta mujer, casada con el comerciante vasco Gregorio del Bayo. Sea como sea, estos amores darán lugar al nacimiento de un mito romántico, el «rapto» de Teresa: en realidad, ella deja a su marido para huir con el poeta.

En 1829 pasa a Bélgica y Francia. Está en París durante la Revolución de 1830 (actúa como agente de Torrijos y participa en la revolución, viviendo el ambiente de las barricadas). Se suma luego a una expedición de los liberales contra el gobierno absolutista español, la de Joaquín de Pablo Chapalangarra. En 1832 reside de nuevo en Inglaterra y en 1833 regresa a España merced a la amnistía concedida tras la muerte de Fernando VII: entonces es designado benemérito de la patria y oficial de la Milicia Nacional. Se instala con Teresa en Madrid y se dedica plenamente a la política activa (dentro de la facción exaltada del liberalismo), siendo desterrado a Cuéllar (donde redactaría su novela Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar). Funda con otros jóvenes como Ventura de la Vega y Ros de Olano el periódico progresista El Siglo (ante las continuas censuras, decide publicar un número en blanco, hecho al que dedicaría un artículo Mariano José de Larra) y el Nuevo Ateneo de Madrid. Interviene en una campaña de prensa contra el ministro Mendizábal. Es miembro de la junta directiva del Liceo y catedrático de literatura moderna comparada en esa institución. En política, avanza hacia posiciones republicanas, mientras que, en el terreno literario, se convierte en el adalid del Romanticismo español. Gracias al éxito obtenido por algunos de sus poemas, por ejemplo «La canción del pirata» (publicada en El Artista), adquiere fama nacional y se convierte en el poeta romántico español más importante.

Fruto de la relación con Teresa ha nacido una hija, Blanca, en 1834, pero años más adelante la pareja terminará separándose: Teresa lo abandona en 1837 por su vida anárquica y desordenada. No obstante, cuando muera Teresa, en septiembre de 1839, Espronceda le dedicará su célebre canto II de El diablo mundo. De nuevo la biografía de Espronceda se adorna con visos de leyenda, pues al parecer quedó hondamente impresionado al ver su cadáver a través de una ventana.

El poeta se halla entonces sumido en una profunda desesperación. Pero la vida de Espronceda es una tempestad y pronto aparece una nueva mujer en su vida, Carmen de Osorio, apodada la generala, famosa en Madrid por su conducta frívola y atrevida (quizá sea la misteriosa Jarifa que canta en sus poemas). Sabemos también que a comienzos de 1840 se bate en duelo, aunque se ignoran las circunstancias que lo motivaron. Espronceda milita ahora en la extrema izquierda del partido liberal, y en ese mismo año de 1840 es fundador del Partido Republicano. Tras ocupar un cargo diplomático en La Haya (secretario de la legación española en los Países Bajos), en 1842 es elegido diputado por Almería, y en aquellas Cortes demuestra su sólida formación; al decir de Navas Ruiz, su pensamiento político se resume en estos puntos: «predominio de lo social sobre lo individual, necesidad de un gobierno capaz de dirigir al pueblo, moralidad administrativa, expansión del espíritu mercantil, protección ante el libre cambio, defensa del pueblo y los trabajadores»[1].

Espronceda muere el 23 de mayo de 1842 de una repentina enfermedad, una afección en las vías respiratorias, cuando iba a casarse con una joven de la burguesía llamada Bernarda de Beruete, con la que se había comprometido a su regreso de los Países Bajos. Su entierro fue multitudinario[2].

Doblamos aquí la hoja, pero en próximas entradas seguiremos hablando de Espronceda: su carácter, el contexto del Romanticismo español, el conjunto de su obra literaria y su originalidad, los temas presentes en su poesía, su estilo, etc.


[1] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 224-225.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Garcilaso de la Vega, príncipe de los poetas españoles

Como es sabido, la serena y elegante poesía de Garcilaso de la Vega (Toledo, 1501 o 1503-Niza, 1536) vino a renovar profundamente el panorama de la lírica española. Aquel valeroso soldado y poeta genial —prototipo perfecto del caballero renacentista— manejó con igual maestría la pluma y la espada, aunando en su persona las armas y las letras. Y si las heridas que recibió en una de sus acciones bélicas fueron causa de su muerte, su extraordinaria habilidad en el manejo de los metros y formas estróficas de origen italiano le legaron la inmortalidad eterna de la fama. Fama muy notable que alcanzó en fecha temprana.

Posible retrato de Garcilaso de la Vega, de autor desconocido (Galería de Pinturas de Kassel, Alemania)
Posible retrato de Garcilaso de la Vega, de autor desconocido (Galería de Pinturas de Kassel, Alemania)

 Sus poesías no fueron publicadas en vida, sino que salieron juntamente con las de su amigo Juan Boscán, unos pocos años después de la muerte de ambos: Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega, repartidas en cuatro libros (Barcelona, Carles Amorós, 1543). Pronto los editores desligaron del conjunto los poemas de Garcilaso, que de esta forma —en un pequeño volumen dado a las prensas en Salamanca el año 1569— empezaron a correr su suerte en solitario. Perdida la compañía de los versos de Boscán, encontraron la de eruditos comentaristas: en efecto, la poesía garcilasiana mereció en seguida los mismos honores rendidos por los humanistas del Renacimiento a las grandes obras de la Antigüedad greco-latina, al ser editada con comentarios y anotaciones relativas a fuentes y procedimientos estilísticos. Así, debemos recordar las ediciones del catedrático salmantino Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense (1574) y la del poeta sevillano Fernando de Herrera (1580). Unas décadas después, en 1622, se uniría a estas la edición de Tomás Tamayo de Vargas. Así pues, no en vida, pero sí poco tiempo después de su muerte, Garcilaso se había convertido ya en un clásico.

Otra prueba de la fama de Garcilaso y de la extraordinaria difusión de su producción lírica la tenemos en el hecho de que desde fechas tempranas conociera también diversas versiones a lo divino (lo mismo sucedería más adelante con obras de Cervantes, Lope, Góngora o Quevedo). Los autores de estos contrafacta trataban de aprovechar el éxito de la poesía garcilasiana para aumentar la difusión del mensaje didáctico-moralizante que querían transmitir, convirtiendo los inmortales versos de amor profano del modelo en versos de amor divino. El más conocido de entre los contrafactistas de Garcilaso es Sebastián de Córdoba, con su Garcilaso a lo divino (1575); pero también podemos recordar el centón que Miguel de Andosilla y Larramendi —madrileño de ascendencia navarra— compuso y publicó bajo el título Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos del príncipe de nuestros poetas, Garcilaso de la Vega, sacados de diferentes partes y unidos con ley de centones (Madrid, por la viuda de Luis Sánchez, 1628).

En sucesivas entradas de esta Ínsula de Letras iremos comentando algunos de los mejores sonetos del «príncipe de los poetas españoles» (así lo denominó su comentarista Fernando de Herrera),  y recordaremos también que Garcilaso fue armado caballero de Santiago… en la ciudad de Pamplona. Por hoy, nos limitamos a remitir, como recomendación para una primera aproximación a su figura, su vida y su obra, a la página web que le dedicó el Centro Virtual Cervantes con motivo del 500 aniversario de su nacimiento, «500 años de Garcilaso de la Vega».

Miguel Hernández o la emotiva sencillez de la poesía tradicional

Recupero para esta entrada el texto «“Las desiertas abarcas” de Miguel Hernández o la emotiva sencillez de la poesía tradicional», que escribí, gracias a la amable invitación de Jesús Arana, para el blog Barañáin recuerda a Miguel Hernández de la Biblioteca Pública de Barañáin (abarcasdesiertas.wordpress.com), posteado el 24 de marzo de 2010, con motivo del Centenario del nacimiento del escritor.

 

Miguel Hernández (1910-1942) es, sin duda, una de las voces poéticas más importantes de la literatura española del siglo XX. Es un poeta popular, en un doble sentido: por sus temas y preocupaciones sociales («Vientos del pueblo me arrastran»), pero también por ser la suya una poesía sencilla, emotiva, directa al corazón, que llega con facilidad a un público amplio. Entre los poetas de generaciones posteriores su influencia y magisterio también es destacable. Por desgracia, su temprana muerte, cuando ya había encontrado su voz poética personal, impidió la realización de la que hubiese sido su obra de plena madurez.

Los que le conocieron hablan de su carácter espontáneo y franco y de su enorme vitalidad. De su formación, el rasgo más significativo es su autodidactismo. Apenas pudo ir al colegio porque tenía que ayudar a su familia con el rebaño de cabras, pero supo formarse con abundantes lecturas y se dedicó con un esfuerzo tenaz a la literatura, a leer y a escribir versos. Pero más allá de ese mito del pastor-poeta (que él mismo alimentó), otro rasgo que destaca notablemente es su hondo compromiso: compromiso no solo con la poesía, sino también de signo social y humano, en aquellos tiempos difíciles que le tocó vivir.

Hernández cantó tres grandes temas: la vida, el amor y la muerte. Y lo hizo con una poesía que destaca por su fuerza y dramatismo, por su sabor de autenticidad y sinceridad («la lengua en corazón tengo bañada», dice uno de sus más célebres versos). Tras conseguir el dominio de la técnica poética, pero sobre todo cuando su voz se hace íntima y doliente, es cuando su poesía alcanza las más altas cimas de calidad. Cultivó tanto los metros tradicionales de arte menor como los versos y formas de arte mayor. Y algunos de sus sonetos, sobre todo varios de El rayo que no cesa, figuran con todo merecimiento en las antologías de la mejor poesía española de todos los tiempos.

La poesía de Miguel Hernández, bajo su aparente sencillez, esconde un trabajo grande de elaboración y reescritura. Juega mucho con las repeticiones y paralelismos para lograr el ritmo poético, y utiliza una serie de imágenes de gran fuerza expresiva y simbólica: el vientre femenino, la sangre, la tierra, el toro, el rayo, el cuchillo… Como estudioso del Siglo de Oro, me interesa destacar que en su obra se aprecia un poderoso influjo de los autores del XVII; y no solo Góngora (hay en la época todo un movimiento poético neogongorino, al que responde su poemario Perito en lunas), sino también Quevedo, Lope y Calderón, influjo apreciable igualmente en sus piezas dramáticas (faceta esta menos conocida del autor oriolano).

Su poema «Las desiertas abarcas» quizá no sea uno de los mejores de su corpus poético, ni tampoco uno de los más conocidos. Los editores recientes de la obra hernandiana (por ejemplo, José Luis Ferris en su Antología poética de Espasa Calpe) lo incluyen bajo el epígrafe «Poemas sueltos IV», que agrupa composiciones, escritas desde 1937 hasta mayo de 1938, no incluidas en sus dos poemarios de poesía bélica, Viento del pueblo y El hombre acecha, seguramente porque el poeta consideraba que no reunían suficiente calidad literaria. En cualquier caso, se difundieron en revistas y publicaciones republicanas; en concreto, «Las desiertas abarcas» salió publicado por primera vez en Ayuda el 12 enero de 1937 (y ha sido musicado recientemente por Vicente Monera). En ese mismo apartado de su producción destacan otros títulos como «Andaluzas», «La guerra, madre» o la «Letrilla de una canción de guerra…», composiciones estas dos últimas de marcado tono popular, enraizadas en la lírica tradicional.

También «Las desiertas abarcas» tiene algunos de los rasgos más característicos de la mejor poesía tradicional: anáforas, paralelismos y repeticiones de palabras que consiguen crear el ritmo poético, gracia del heptasílabo combinado en esta ocasión con la rima consonante, etc. El poema nos «cuenta» una pequeña historia: cada año por el 6 de enero, día de los Reyes Magos, el pobre «calzado cabrero» del yo lírico, trasunto aquí del autor, amanecía tal cual lo había dejado la noche anterior, es decir, vacío, sin acompañamiento de regalos… (de ahí la mención de sus abarcas «heladas», «sin nada», «desiertas»…, abarcas rotas que contrastan maniqueamente con el calzado de la «gente de trono», la «gente de botas»). Pero más allá de la circunstancia personal y concreta que inspira la creación de este texto, la lectura del poema nos ilumina sobre algunos rasgos íntimos del escritor Miguel Hernández: un hombre que siempre supo de fríos, de pobrezas y de penas; un hombre que solidariamente anhelaba la felicidad universal («yo quería / que fuera el mundo entero / una juguetería», para los niños; pero igualmente deseaba «un mundo de pasta / y unos hombres de miel»).

Este es el texto completo de la composición:

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

El poeta de Orihuela dejó escritos algunos versos memorables. Espigo aquí algunos de ellos, sacados de su contexto, pero rotundos todos ellos en su formulación:

Un amor hacia todo me atormenta…

Mi vida es una herida de juventud dichosa…

… la lengua en corazón tengo bañada

Me llamo barro aunque Miguel me llame

Para el hijo será la paz que estoy forjando

Para la libertad sangro, lucho, pervivo

Hablo y el corazón me sale en el aliento

Pues bien, el hombre que escribió versos tan sentidos como estos es Miguel Hernández, alguien que también dejó dicho: «Mis tres grandes pasiones han sido siempre la poesía, el amor y la justicia. Ellas están siempre en mi obra»; y en otro lugar: «Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y, a su lado, estoy tan dispuesto a vivir como a morir». Deseo de justicia y valores del pueblo presentes, de forma sencilla, en esta emotiva composición que es «Las desiertas abarcas».

«Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra»

El epígrafe que da entrada a esta ídem del blog es, claro está, toda una declaración de intenciones: «Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…». Con estas palabras que tan claramente parafraseaban las del Credo y cuya difusión tuvo que perseguir la Inquisición española, ponderaban las gentes del siglo XVII la valía poética del Fénix de los Ingenios. También, para alabar cualquier cosa buena, se decía: «Es de Lope». Y cuenta la anécdota que cierto día una mujer, viendo pasar un vistoso entierro, en el que una incontable multitud de gente acompañaba al féretro, exclamó, queriendo indicar su magnificencia: «Este entierro ¡es de Lope!». Sin embargo, la frase habitualmente empleada en sentido metafórico, era en aquella ocasión literalmente cierta: se trataba del entierro de Lope de Vega, que había nacido en Madrid, en 1562, y que en Madrid moriría en 1635. Entre esos dos años, una vida dedicada por entero a la literatura, y una vida convertida, también, en muchas ocasiones, en literatura.

Que Lope hizo de la vida literatura y de la literatura vida es algo que han destacado todos los estudiosos que han hablado sobre él. Morby, por ejemplo, ha escrito que Lope fue «siempre dado a explotar literariamente en forma reconocible los incidentes de su vida»[1]. Cómo no recordar, por ejemplo, los romances y sonetos pastoriles y moriscos inspirados por sus amores con Elena Osorio, en los que el poeta se encubre bajo el seudónimo de Zaide: «Mira, Zaide, que te digo / que no pases por mi calle…». También debemos mencionar, por supuesto, La Dorotea, obra en la que un Lope maduro rememora literariamente ese gran amor de juventud, y en la que el personaje de don Fernando afirma: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe» (acto IV, escena I). Y en los versos finales de un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribe Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Añade el citado crítico, Morby:

Como ocurre con frecuencia en la época, en Lope hay siempre algo de histrión y, como en todo el gremio, algo de espectador de su propio histrionismo. No por eso es insincero, pues a diferencia del representante profesional, cuando sufre, sufre de veras e intensamente; pero es observando y midiendo sus penas, como para adecuar a la causa el ademán… y el vestido, ya pellico, ya albornoz, con que se disfraza a medias[2].

Las citas similares podrían multiplicarse fácilmente. Así, José Manuel Blecua señala:

Ningún poeta español ha tenido tanta capacidad como Lope de Vega para transformar su propia vida en auténtica poesía, y lo curioso, a su vez, es que además tuvo conciencia muy clara de este fenómeno. Lope fue capaz de poetizar desde su propio nacimiento a la huida de su hija Antonia Clara al final de su vida. Desde sus primeros amores a los últimos, pasando por numerosos sucesos familiares y amistosos, reflejados en sus epístolas, todo lo contará el genial escritor en versos bellísimos, y por eso José F. Montesinos pudo decir que Lope es el mejor poeta de circunstancias de toda nuestra lírica[3].

Por su parte, Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy afirman:

En el conjunto de esta obra destaca la profunda capacidad de Lope para escribir poesía; todo cuanto vive o imagina lo pasa ágilmente y con fluido desenfado a la escritura poética. […] Lope ajusta su vida con la literatura en grado extremo»[4].

Igualmente, Antonio Villacorta Baños ha puesto de relieve su entrega total a la vida, su entrega sin reservas al amor y a la literatura:

Su entrega y adhesión al amor, al amor entendido sobre todo con un sentido profano, aunque también al “espiritual o divino”, no tiene reservas. Como dice en una de sus obras: “yo amo por fuerza de estrella y sigo mi inclinación”. La generosidad de Lope en el amor es tan extrema que lejos de guarecerse en el caparazón de la huida o defenderse, vuelve a él una y otra vez, con la misma ingenuidad inicial, enamorándose de distintas mujeres con el ímpetu de una juventud indemne. Es como si la angustia, el desequilibrio, el temor al fracaso, el desdén, la fricción de una convivencia malsana, la imposible fidelidad, e incluso el desprecio explícito y el abandono, que de todo eso hubo en sus amores, fueran mil veces preferibles al silencio de la indiferencia o al vacío de la soledad. Su entrega es total, sin trabas ni reservas, arrebatada. Para lograr el amor que desea se humilla, suplica, implora y acosa, sin temor al fracaso. Pero sumergido Lope en las aguas confusas del amor todos los sentidos se le avivan. Además, sus emociones le enloquecen, y la emoción en él es un estado desequilibrado de conciencia[5].

Sí, lo digo alto y claro: Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…, y por ello el Fénix se hará presente, con mucha frecuencia, en este blog insular y barañario.


[1] Edwin S. Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, Madrid, Castalia, 1968, p. 10.

[2] Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, p. 15.

[3] José Manuel Blecua, introducción a su ed. de Lope de Vega, Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1983, p. IX.

[4] Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, estudio preliminar a El remedio en la desdicha, Barcelona, PPU, 1991, pp. 19-20.

[5] Antonio Villacorta Baños, Las mujeres de Lope de Vega, Madrid, Aldebarán, 2000, pp. 12-13.