«El estudiante de Salamanca» de Espronceda: argumento y fuentes

Al parecer, José de Espronceda comienza a redactar este poema en 1836, año en que adelantó algunos fragmentos en El Español; en 1837 apareció la primera parte en el Museo Artístico y Literario, y en 1839 leyó un fragmento en la Asociación Literaria de Granada. En cualquier caso, El estudiante de Salamanca no se publicó entero hasta 1840, en el volumen de Poesías.

Poesías (1840), de José de Espronceda

El poema, que consta de 1704 versos polimétricos repartidos en cuatro partes, supone una mezcla de modalidades discursivas, ya que en él se fusiona lo narrativo-descriptivo, lo lírico y lo dramático, circunstancia que podría hacernos dudar del género literario al que pertenece. Por su forma externa, es un poema, está escrito en verso; y, al mismo tiempo, se trata de una obra narrativa que nos cuenta una historia (de ahí el subtítulo cuento del poema). Asimismo, en algunos momentos posee un marcado carácter dramático (especialmente en la tercera parte, dividida en escenas y con réplicas de los protagonistas distribuidas como un diálogo teatral).

También es importante recalcar el carácter de oralidad que Espronceda confiere a su obra, desde el comienzo («antiguas historias cuentan», v. 2) hasta el final («como me lo contaron te lo cuento», v. 1704), a lo que habría que sumar otras marcas repartidas a lo largo del texto (apelaciones a los lectores-oyentes, etc.).

El protagonista es don Félix de Montemar, un joven noble, estudiante en Salamanca, de corrompidas costumbres: seductor, jugador, altanero, irreverente, etc. De él se enamora la bella e inocente Elvira, que, tras ser abandonada por don Félix, enloquece y muere de amor. Para vengar su muerte viene desde Flandes su hermano don Diego de Pastrana, que desafía a don Félix y es muerto por él. Cuando Montemar escapa por la calle del Ataúd, todavía con la espada ensangrentada en la mano, se le aparece una misteriosa figura femenina de blancos ropajes que reza ante una imagen de Jesús. Don Félix, intuyendo una nueva aventura amorosa, sigue a la visión, que le avisa varias veces para que enmiende su conducta. Pero el supuesto lance amoroso terminará siendo un encuentro con la muerte. Muy pronto, la persecución por las calles de Salamanca adquiere un tono de pesadilla, de alucinación, que culmina primero con el encuentro de don Félix con su propio entierro y, más tarde, con una macabra ceremonia de boda: en efecto, la misteriosa dama lo conduce hasta una infernal mansión custodiada por sombras y espectros; allí baja por una escalera que le lleva ante una tumba que es a la vez tálamo nupcial. Cuando don Félix destapa el velo que cubre la cara de la mujer a la que ha seguido, contempla asombrado que es la calavera de Elvira. Se les une el cadáver del muerto don Diego, quien junta las manos de los prometidos. El esqueleto abraza fuertemente a don Félix y este muere sin contrición. Con el amanecer, la atmósfera de pesadilla que ha presidido la noche se desvanece: vuelve la luz y desaparecen los sonidos y las visiones infernales. Por las calles salmantinas se rumorea que esa noche el diablo ha venido para llevarse al infierno a don Félix de Montemar.

Como ha explicado Varela Jácome, en El estudiante de Salamanca se funden «varios motivos temáticos ya fijados por la tradición literaria: el mito de don Juan Tenorio, la locura de la protagonista, la impresionante ronda espectral, la visión del propio entierro, la mujer transformada en esqueleto»[1]. Y son muchas las obras que la crítica ha señalado como posibles fuentes de inspiración para Espronceda.

  • Así, para el personaje donjuanesco el referente más claro es El burlador de Sevilla y convidado de piedra de Tirso de Molina, junto con la versión de Antonio de Zamora No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra.
  • Otro precedente importante es el personaje del estudiante Lisardo, que aparece en el Jardín de flores curiosas (1570) de Antonio de Torquemada y en Soledades de la vida y desengaños del mundo (1658) del Dr. Cristóbal Lozano. Hay también dos romances sobre «Lisardo, el estudiante de Córdoba», incluidos en el Romancero general de Durán (1828-1832), con los que el poema presenta varias coincidencias: la visión del propio entierro, el desfile fúnebre y el ambiente tenebroso (hasta los títulos guardan un parecido significativo).
  • La locura de Elvira recuerda la de Ofelia en el Hamlet de Shakespeare.
  • Para la atmósfera tenebrista, de espectros y demonios, se han sugerido fuentes pictóricas (El Bosco o Pieter Brueghel) y musicales (La sinfonía fantástica de Héctor Berlioz).
  • La visión del propio entierro es un motivo folclórico que cuenta además con varias versiones literarias: El niño diablo de Vélez de Guevara, El vaso de elección, San Pablo de Lope de Vega, El purgatorio de San Patricio de Calderón, en el teatro del Siglo de Oro, y, más recientemente, la novela El golpe en vago de José García de Villalta, amigo de Espronceda que prologó su volumen de poesías en 1840.
  • La mujer transformada en esqueleto está en la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine (relato de San Cipriano), en El esclavo del demonio de Mira de Amescua y en El mágico prodigioso de Calderón.
  • Para la escena de juego en la taberna se mencionan El rufián dichoso de Cervantes y San Franco de Sena de Moreto[2].

[1] Benito Varela Jácome, introducción a El estudiante de Salamanca, 6.ª ed., Madrid, Cátedra, 1980, p. 23.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponderán a esta edición.

Valoración crítica de Espronceda

Juan Valera opinaba que «ni los ingleses tienen más derecho a calificar de genio a lord Byron, ni los alemanes a Goethe, que a Espronceda nosotros»[1]. Estas palabras son aplicables, sobre todo, al Espronceda poeta, aspecto de su producción en el que da su verdadera talla de creador genial. En general, en toda la poesía de José de Espronceda se muestra una concepción pesimista de la vida y del hombre, como es frecuente en el Romanticismo. Ortega y Munilla, en unas líneas dedicadas a Espronceda en El Imparcial, decía:

Espronceda es el poeta de los amores tristes y de las indignaciones vehementes. La memoria de lo que fue Espronceda no se compadece con la idea del eterno reposo. Vida de lucha, de febril inquietud, de ininterrumpidas batallas; batallas con las ideas y los hombres, procesamiento, persecuciones, destierros, protesta constante contra todo orden de tiranía. Tal fue el vivir de Espronceda: una tempestad continua. Espronceda es la síntesis de la inspiración desordenada, de la genialidad indomable, del numen frenético, de la exaltación morbosa, de la locura convertida en arte y del frenesí, tratando de romper las duras ordenanzas de la rima…[2].

Espronceda

A veces esa tristeza se ha relacionado con ciertos datos biográficos (concretamente, con su fracaso amoroso con Teresa Mancha); pero más que en esas circunstancias personales hay que pensar en una sensibilidad lúgubre y triste común a toda su época. En ocasiones se le ha acusado, ya lo apuntamos, de no ser original y se ha exagerado su deuda con Byron. Sea como sea, Espronceda encarna el Romanticismo revolucionario en España. Los rasgos más destacados de sus versos son el ya apuntado tono pesimista, el efectismo y la sincerísima pasión. Por lo común, hay en ellos una adecuación perfecta entre lo que escribe y lo que siente. Para muchos críticos es la encarnación del poeta como vate o genio. Y no podemos olvidar que su poesía influye poderosamente en poetas tan señalados como Antonio Machado o Rubén Darío[3].


[1] Citado por Narciso Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, 2.ª ed., Valladolid, Librería Santarén, 1945, p. 130.

[2] Citado por Julio Romano, Espronceda: el torbellino romántico, Madrid, Editora Nacional, 1950, p. 200.

[3] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

«El Pelayo» y «El diablo mundo» de Espronceda

Comentábamos[1] que José de Espronceda es autor de tres poemas extensos: El Pelayo, El diablo mundo y El estudiante de Salamanca. En esta entrada ofreceré algunas notas de los dos primeros, que quedaron inconclusos, dejando para más adelante lo relativo a El estudiante de Salamanca.

El fragmento de El Pelayo es un poema épico juvenil en octavas reales corregido por Alberto Lista (similar a Florinda del duque de Rivas). Como ha señalado la crítica, contiene formas e imágenes neoclásicas, aunque apunta ya en él una nueva intención expresiva.

El diablo mundo es un poema disperso, que quedó sin terminar porque al autor le sorprendió la muerte. Fue publicado en cuadernillos desde 1840. Lo forman más de 8.000 versos polimétricos, distribuidos en una introducción y siete cantos. Se trata de un ambicioso poema lírico, filosófico y social, de tono alegórico-simbólico, una epopeya de la vida humana. Espronceda intenta reflejar toda la existencia del hombre a través de las aventuras del protagonista, que simbólicamente se llama Adán ‘el hombre’, como resume esta estrofa:

Nada menos te ofrezco que un poema
con lance raro y revuelto asunto,
de nuestro mundo y sociedad emblema,
que hemos de recorrer punto por punto
si logro yo desenvolver mi tema;
fiel traslado ha de ser, cierto trasunto,
de la vida del hombre y la quimera
tras de que va la humanidad entera.

El diablo mundo, de José de Espronceda

A Adán se le permite elegir entre la muerte (que supone el conocimiento de la verdad y la esencia de todo) y la vida eterna. Elige esto último y enseguida comprende que ha cometido un error, porque se ve rodeado de amarguras, tristezas y dolores. El poema es un tapiz complejo: se compone de trozos narrativos, de fragmentos corales, etc. Canta aspectos diversos de la condición humana, con una actitud pesimista. El segundo fragmento es el famoso Canto a Teresa (elegía que mezcla la ternura amorosa y el satanismo), transposición lírica de su desgraciada relación amorosa con Teresa Mancha: el amor intenta llenar el vacío que dejan la fe, la religión o la razón, pero está abocado al fracaso.


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Semblanza literaria de Narciso Serra

Para hacernos una idea de la personalidad de Narciso Serra, poeta y dramaturgo romántico, transcribo aquí un párrafo de José Fradejas Lebrero, donde da entrada a sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así: «Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta» (Eusebio Blasco)[1].

El mismo Fradejas Lebrero recoge algunas anécdotas que demuestran que poseía dotes poéticas desde la infancia. En el terreno lírico, se dio a conocer con sus Poesías líricas en 1848; publicó también algunos romances de ciego y La confesión de un muerto (1875), cuento en verso dedicado a Alfonso XII. Así enjuicia el editor de La calle de la Montera la producción poética de Serra:

En su poesía paga tributo al romanticismo con una serie de leyendas: Matador y santo (San Macario), Un castigo por amor (los hermanos Carvajales) y a la poesía amorosa […]. Se distingue en dos facetas: la jocosa y la seria que, a su vez, se subdividen en humana y religiosa. Su carácter alegre e improvisador —lo mismo daba un recado que transmitía una orden militar o solicitaba crear un periódico en verso—, se toma a sí mismo como sujeto poético: Ése soy yo, ¿Con quién me caso? o El buey suelto; o escribe ligeros, irónicos y breves epigramas sobre actores y dramaturgos, quienes, riéndose, nunca se ofendieron[2].

Y recuerda también algunas ocurrencias suyas que dieron pie a las llamadas obras sueltas de Serra. De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre y a la Virgen María.

NarcisoSerra

Como dramaturgo, Narciso Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, que escribió él solo o en colaboración con otros autores como Miguel Pastorfido, L. M. de Larra, Pina Domínguez o Juan Dot y Michans. Algunas de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Algunas de ellas recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras dramáticas del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por sus obras El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVI (1861) y su segunda parte, El bien tardío (1867), ambas sobre con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña, o ¡Don Tomás! (1867). Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas[3], y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Rodríguez Sánchez valora así el conjunto de su obra dramática:

Continuador en lo teatral de la fórmula costumbrista de Bretón, aunque también compuso dramas románticos al estilo de Zorrilla, Serra mostró una gran facilidad para el verso y cierta habilidad para componer la trama de sus obras y cargar los argumentos de emotividad. Escribió un buen número de piezas teatrales, que en su época tuvieron mucho éxito, aunque hoy apenas se valoran[4].

El propio Serra, en el prólogo a sus Leyendas, cuentos y poesías originales hace balance en 1876 de sus escritos:

El que traza penosamente hoy estas líneas escribió con pluma fácil en otro tiempo las obras de teatro intituladas La boda de Quevedo, El reló de San Plácido, Don Tomás, Un hombre importante, Luz y sombra, El loco de la guardilla y bastantes más.

Por su parte, Fradejas Lebrero clasifica sus mejores obras en los siguientes apartados:

1) Obras de inspiración barroca: Con el diablo a cuchilladas (1854, comedia romántica), La boda de Quevedo (1854, comedia de capa y espada), El reló de San Plácido (1858, comedia romántica) y La calle de la Montera (1859, comedia de capa y espada).

2) Obras costumbristas: El todo por el todo (1855), El amor y la Gaceta (1863) y Don Tomás (1867).

3) Sainetes y zarzuelas: El último mono (1859, zarzuela), El loco de la guardilla (1861, zarzuela), A la puerta del cuartel (1867), Luz y sombra (1867, zarzuela).

En fin, también nos ayuda a la valoración de su obra dramática este ramillete de opiniones recogido por el mismo crítico[5]:

Sin ser amigo del señor Serra, sin conocerle, y sin que me mueva simpatía, afecto hacia él o esperanza de ganarme el suyo, y de que se me muestre agradecido, voy a corroborar aquí, ex cathedra crítico literaria, la opinión del público que le apellida ingenioso, elegante y discreto poeta cómico… el primer poeta cómico de España, después de Bretón (Juan Valera).

Era Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo… apto para pintar sentimientos delicados y tiernos… aficionado ante todo al chiste, que siempre manejó con soltura y naturalidad. Ser poeta era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores… Era un hombre nacido para hacer versos y decir chistes. Heredero legítimo del autor de Marcela, tan natural y fácil como éste, pero con mayor delicadeza de sentimientos (Revilla).

Fue uno de los escritores más originales de nuestro moderno teatro (Diccionario enciclopédico hispano-americano).

Narciso Serra, aunque volandero y superficial, por más espontáneo y sin pretensiones, sobre todo de algunos esbozos de costumbres, pintorescos, chispeantes, de una jovialidad fresca y viva (José Yxart).

Serra no sólo compartía el sentimentalismo de Eguilaz; tenía también amor a los artificios, extremosidades y sorpresas románticas, y las obras en que intenta un estudio detenido de la vida real son mucho menos numerosas que sus obras más imaginativas, escritas bajo la influencia del Siglo de Oro o del romanticismo de 1833 (Edgar Allison Peers).


[1] José Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 13.

[2] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 14-15.

[3] Algunas de ellas con muy pocas canciones, y con la indicación final del autor de que pueden representarse como comedias suprimiéndose las partes cantadas.

[4] Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554a.

[5] Todas las opiniones que siguen están recogidas por Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 20-21.

El soneto «A España» de Guillermo Matta

Guillermo Matta Goyenechea (Copiapó, 1829-Santiago, 1899) constituye uno de los máximos exponentes del romanticismo en la poesía chilena, ámbito en el que su nombre debe unirse a los de Salvador Sanfuentes, Eusebio Lillo, Guillermo Blest Gana, Eduardo de la Barra, Carlos Walker Martínez o José Antonio Soffia, entre otros. Matta tuvo una destacada faceta como político (fue fundador del Partido Radical Chileno, varias veces diputado y senador, etc.) y diplomático (representante de su país, con distintos cargos, en Alemania, Italia, Argentina y Uruguay).

Guillermo Matta

En su faceta como literato cultivó, fundamentalmente, los géneros del cuento, la fábula, el apólogo y la poesía. Como escriben Ginés Albareda y Francisco Garfias, Matta

Inicia sus estudios de Humanidades en el colegio de Santiago y continúa su formación cultural en Europa. La poesía que conoce en España, Alemania e Inglaterra —Espronceda, Heine y Byron— da cauce romántico a su fecundidad imaginativa. […] Su poesía, abundante, elocuente y exaltada, llega a poco cuando se adentra en temas sociológicos; pero, en cambio, sus versos endógenos tienen emotividad y melancolía verdaderas. Su obra está recogida en Cuentos en verso (Santiago, 1853); dos volúmenes de Poesías (Madrid, 1858); un Canto a la patria (Santiago, 1864), y dos tomos publicados en Leipzig de Nuevas poesías (1887)[1].

Transcribo a continuación su soneto dedicado «A España», en el que, junto al recuerdo de algunas de las glorias pasadas de la antigua madre patria, encontramos una vibrante evocación cervantina: como leemos en el segundo terceto, España «Es el pueblo inmortal del Dos de Mayo, / que enseña con la pluma de Cervantes / y vence con la espada de Pelayo».

Miguel de Cervantes

El soneto completo dice así:

España es una tierra en que germina
hermanado el valor con la nobleza;
a través de los siglos su grandeza
el horizonte histórico ilumina.

Si la suerte vencerla determina,
revístese de heroica fortaleza;
señala en cada sitio una proeza,
muestra un templo de gloria en cada ruina.

España es una tierra de gigantes,
que en los agrestes picos del Moncayo
aún tremola sus lábaros triunfantes.

Es el pueblo inmortal del Dos de Mayo,
que enseña con la pluma de Cervantes
y vence con la espada de Pelayo[2].


[1] Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, p. 25.

[2] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, p. 121.

Obstáculos para el amor de los protagonistas en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Un motivo habitual en la novela romántica suele ser la distancia social que separa a los protagonistas, aquí a Jimeno y Blanca, una reina y, supuestamente, el hijo de un judío:

¡Ay! Entre la Princesa de Viana y el hijo de Samuel, entre la heredera del trono, entre la legítima señora de Navarra y el antiguo salteador de caminos, había la misma distancia que entre la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, el polvo y las estrellas.

Beaumont, Navarra, Peralta y Luxa

Caso similar, aunque no idéntico, en esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] es el de don Felipe de Navarra y doña Catalina de Beaumont, que pertenecen a grupos rivales en la guerra; en esta ocasión, no es solo que sus respectivas familias encabecen los bandos de agramonteses y beaumonteses; ocurre además que el padre de Catalina, el Conde de Lerín, es el asesino del padre de don Felipe. A pesar de todas las dificultades —y es otra estructura repetida—, el matrimonio de los jóvenes se plantea como una posible solución para acabar con la guerra entre los bandos que dividen el reino; pero al final no puede verificarse porque el novio es asesinado por el padre de su prometida, por una confusión en la entrega de unos castillos, requisito que se contemplaba en los contratos de boda (cfr. el cap. XXVI de la segunda parte).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Argumento de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (segunda parte)

Blanca II de NavarraVeamos ahora el argumento de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], Quince días de reinado. Han pasado quince años desde 1464, pero las guerras civiles siguen siendo el azote del menguado reino de Navarra. Doña Leonor de Foix, una vez eliminados los dos «obstáculos» que se interponían en su camino hacia el trono (sus dos hermanos mayores, don Carlos y doña Blanca), es ya la heredera, aunque mientras vive su padre Juan II solamente puede ostentar el cargo de gobernadora general o lugarteniente del rey. Al morir este en 1479, doña Leonor es coronada, pero durante la ceremonia una mujer le vaticina que su reinado durará únicamente quince días. Se trata de Inés, que reaparece ahora como la penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella: sigue enamorada de Jimeno, aunque sabe que es el suyo un amor sin esperanza, y se limita a procurarle toda la ayuda que necesita allí donde se encuentre por mediación de sus amigos, los judíos. Jimeno se presenta en esta segunda parte haciéndose llamar don Alfonso de Castilla, misterioso personaje que se ha convertido en el favorito de la reina (que, por supuesto, no le reconoce); tiene trazado un plan de venganza contra doña Leonor que consiste en suministrarle un veneno en dosis tal que venga a fallecer precisamente el día del aniversario de la muerte de doña Blanca. Sin embargo, Inés le convence para que desista de esta idea, dejando el castigo en manos de la Providencia, por lo que Jimeno se limita a hacer sufrir a doña Leonor con sus continuos desdenes.

En efecto, la reina siente agudísimos celos de Catalina de Beaumont, una bella joven a la que don Alfonso ha salvado del incendio de su castillo, y por la que siente un cariño especial ya que posee la misma belleza e inocencia que doña Blanca. Doña Leonor, que no tiene inconveniente en eliminar a sus enemigos haciendo uso del veneno, proporciona uno de efecto lento a Catalina. Esta, que es hija del Conde de Lerín, caudillo de los beamonteses, no ama a Jimeno, sino a don Felipe de Navarra, mariscal del reino y cabeza del bando contrario, el agramontés. La rivalidad entre ambas familias parece disminuir, merced a la tregua firmada para la coronación de la reina, hasta el punto de prepararse la boda de ambos jóvenes (que supondría la paz definitiva), pero una confusión —relativa a la entrega de unos castillos— hace que se enconen los viejos odios, y el padre de Catalina mata a don Felipe. Entonces Catalina, que no desea ya vivir, arroja al suelo el frasco que le traen con el contraveneno; no obstante, logra salvarse gracias a un nuevo antídoto que le da Inés. Mientras tanto, van pasando los quince días de reinado vaticinados a doña Leonor y esta, sintiéndose cada vez peor, fallece, de muerte natural —castigada por Dios—, en la fecha para la que había sido emplazada. Inés y Catalina ingresan en un convento y Jimeno parte a pelear en la guerra de Granada.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Éxito editorial de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaEl éxito de la primera novela de Francisco Navarro Villoslada[1] fue enorme, como prueban las numerosas ediciones en tan pocos años. Algunas crónicas contemporáneas señalaron que había alcanzado «un triunfo literario desconocido hasta hoy entre nosotros». En los años cincuenta, además de alguna otra edición, llegaron las traducciones, al portugués (1853) y al inglés (dos en 1854, en Londres y Nueva York). En 1861 se publicó en un nuevo periódico ligado a Navarro Villoslada, El Pensamiento Español, y las ediciones siguieron en los años 80 y 90, siendo también numerosas las del siglo XX, en especial a cargo del Apostolado de la Prensa.

La obra se resiente, en su versión definitiva, de algunos defectos motivados precisamente por la forma en que fue redactada, con sucesivos añadidos y correcciones. Se ha comentado que la segunda parte es notablemente inferior a la primera, lo cual es cierto porque —como señala Simón Díaz— «la prematura desaparición de la protagonista disminuye el interés, que no puede lograrse por más que se acumulen intrigas y hechos insólitos»[2]. Navarro Villoslada añadió toda la segunda parte llevado, sin duda, por el éxito que alcanzó la primera, pero también por su deseo explícito de completar la enseñanza moral (la renuncia a la venganza personal de Jimeno, junto con el castigo de la culpable, doña Leonor). En cualquier caso, hay también momentos interesantes en Quince días de reinado, como por ejemplo la escena de la coronación de la reina, de gran sabor arqueológico.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 179.

Génesis y estructura de «Doña Blanca de Navarra» (1847) de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra es, junto con Amaya, la obra más conocida de Francisco Navarro Villoslada[1], y presenta unos personajes y unos escenarios navarros, en un momento conflictivo (sobrepasada ya la mitad del siglo XV) de la historia del reino de Navarra. En efecto, el autor trata aquí novelescamente unos sucesos históricos ya de por sí altamente dramáticos: la muerte de la Princesa de Viana doña Blanca, fallecida en extrañas circunstancias en 1464, y, tras un paréntesis temporal de quince años, el corto reinado de su hermana doña Leonor, Condesa de Foix, que duró solamente quince días, después de su coronación a finales de enero de 1479.

Atraído por la idea de escribir sobre la turbulenta época que vive Navarra en los años centrales del siglo XV (con el reino dividido por una cruel guerra civil entre los bandos de agramonteses y beamonteses y la presencia, siempre amenazadora, de los tres poderosos reinos vecinos: Castilla, Aragón y Francia), Navarro Villoslada redactó primero los esbozos de una obra dramática. En el archivo del autor se conservan varios de esos borradores, que figuran con distintos títulos: Los bandos de Navarra, El Mariscal, Don Felipe de Navarra, La Penitente… Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tema brindaba mejores posibilidades para ser tratado en forma de novela.

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaAsí, entre octubre de 1845 y mayo de 1846 fue apareciendo en las páginas de El Siglo Pintoresco, uno de los periódicos que Navarro Villoslada dirigía, una novela corta titulada La Princesa de Viana. Más tarde, de diciembre de 1846 a febrero de 1847, publicó en El Español, otro periódico de su dirección, una versión corregida de la misma, ahora con el título de Doña Blanca de Navarra. En ese mismo año de 1846 la novela tuvo dos ediciones, ya en forma de libro (por los editores Gaspar y Roig y Santa Coloma), y una más al año siguiente (Santa Coloma), con el mismo título de Doña Blanca de Navarra y con nuevas correcciones, aunque todavía no había alcanzado su extensión definitiva: hasta entonces la novela constaba solo de diecinueve capítulos; pero después añadió toda una segunda parte, titulada Quince días de reinado, con treinta nuevos capítulos. En el prólogo de esa edición íntegra (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1847, «tercera edición corregida y aumentada con una segunda parte») explicaba las razones de la adición:

No es mero capricho, ni exigencia de los editores, ni mucho menos es una mira de especulación el añadir una segunda parte a la novela que al parecer termina en los sucesos del castillo de Ortés. Doña Blanca de Navarra y Quince días de reinado son en verdad dos novelas distintas; pero entrambas se concibieron al mismo tiempo; y si el interés queda cuasi del todo satisfecho en la primera, el pensamiento moral no se desarrolla ni se completa hasta la segunda.

En suma, esta es ya la versión definitiva de la novela, que se titula en conjunto Doña Blanca de Navarra, conservándose el título original de La Princesa de Viana para la primera parte. Dos años después aparecería una nueva edición, Madrid, Gaspar y Roig, 1849, «cuarta edición corregida y aumentada con la segunda parte intitulada Quince días de reinado».


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Contexto literario de Navarro Villoslada

Francisco Navarro Villoslada[1] puede ser incluido en la nómina de los escritores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Espronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y escenarios de muchos de sus escritos.

Sir Walter ScottComo novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia, fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las producciones originales.

Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830),de Ramón López Soler; La conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.