Autoría y fuentes del auto sacramental de «La Araucana»

Hay muchos aspectos interesantes del auto sacramental de La Araucana en cuyo análisis apenas me puedo detener aquí. Así, no voy a hacer referencia al contexto histórico de las guerras de Arauco, sino que me centraré en el desarrollo de la alegoría y la conformación del personaje de Caupolicán, en este auto, como figura cristológica. Tampoco haré referencias a las demás piezas dramáticas que abordan la materia araucana (en especial, la relación del auto con la comedia Arauco domado de Lope de Vega, aspecto que merecería un análisis más detallado), ni voy a considerar la problemática cuestión de la autoría. Baste recordar ahora que el auto se ha atribuido tradicionalmente al Fénix, mas, como asevera Lerzundi[1], no existe la certeza total de que sea suyo. Al frente del manuscrito de la BNE figura escrito: «Famosísimo auto sacramental de La Araucana, de Lope de Vega; es la verdad, juro a Dios y a esta †». Desde que lo diera a conocer Menéndez Pelayo, el texto ha sido editado y estudiado —sin mayores cuestionamientos hasta fechas recientes— formando parte del corpus lopeveguesco, pero Lerzundi matiza que este auto «es una de las obras cuya atribución a Lope no se ha verificado o rechazado hasta la fecha»[2], opinión a la que me sumo. Ciertamente, a juzgar por el estilo de los versos, bien pudiera tratarse de una obra temprana de Lope[3], pero en estos momentos no estoy en disposición de aportar otros datos o argumentos que corroboren de forma fehaciente esa autoría, por lo que prefiero seguir considerándolo un auto «atribuido a Lope de Vega». La posible dilucidación de la autoría es cuestión que habrá de quedar pendiente para otro momento[4]: el análisis en profundidad de las formas métricas utilizadas y sus porcentajes, así como la comparación exhaustiva con los autos de segura atribución a Lope, serían dos importantes elementos que deberían considerarse.

AraucanaRespecto a las fuentes manejadas por el dramaturgo —Lope o quien fuese—, ya Menéndez Pelayo señaló que «Para los incidentes dramáticos (tales como la prueba del tronco), el poeta se inspiró más bien en La Araucana de Ercilla que en su propia comedia Arauco domado»[5]. Y de la misma opinión son Medina y otros estudiosos. En efecto, el punto principal en que se basa la alegoría es la prueba del tronco para la elección del toqui[6] entre los araucanos (ver La Araucana, Canto II, estrofas 51-58); y de la obra de Ercilla provienen los nombres de cinco de los siete personajes del auto: Teucapel (así figura en la obra el nombre de Tucapel), Rengo, Polipolo, Colocolo y Caupolicán; inventados son, en cambio, los nombres femeninos de Fidelfa y Glitelda, personajes cuya función sería similar a la de un coro. Sin embargo, Lerzundi[7] ha matizado esta opinión generalizada, señalando además algunos pequeños puntos de contacto con el Arauco domado de Lope: 1) en esta comedia, Caupolicán dice: «Yo soy el dios de Arauco, no soy hombre» (v. 215)[8]; y 2) los versos de un estribillo de canción figuran en ambas obras de forma casi idéntica («Piraguamonte, piragua…», etc.). Pero hay otro detalle, creo que más importante, que podemos tomar en consideración: en un pasaje de Arauco domado, Caupolicán ofrece a sus hombres la sangre de su brazo como alimento, y este es un aspecto que, sin duda, fácilmente podemos poner en relación con la alegoría eucaristía del auto[9]. Lo mismo sucede con el momento en que Caupolicán aparece recostado en un árbol, plasmación visual sobre el escenario en la que cabría percibir cierto carácter de imagen cristológica, que guardaría relación también con el asunto central del auto (Caupolicán-Cristo apoyado en el tronco de la cruz)[10].


[1] Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996, p. 37. Remito también a Patricio C. Lerzundi, La Araucana, an Annotated Critical Edition of a Seventeenth-Century Spanish Auto-Sacramental Text, introduction by Marlene Gottlieb, Lewiston (NY), Edwin Mellen Press, 2011.

[2] Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, p. 71.

[3] El P. José María Aicardo escribe: «Acaso pertenece La Araucana a los primeros años de Lope» («Autos sacramentales de Lope», Razón y Fe, XXI, año 7, mayo-agosto de 1908, p. 39). Hay, en efecto, varios pasajes líricos que bien pudieran ser de Lope (ritmo, gracia, metros populares, etc.) o que, al menos, no desmerecen de su estilo: ver Aicardo, «Autos sacramentales de Lope», p. 40; y también John W. Hamilton, Dos obras de Lope de Vega con tema americano, Auburn (AL), Auburn University Press, 1968, pp. XXXIII-XXXIV.

[4] En su tesis doctoral, Rodrigo Faúndez aporta argumentos para una posible autoría de Claramonte. Ver Rodrigo Faúndez, Edición crítica y anotación filológica del auto sacramental «La Araucana», atribuido hasta la fecha a Lope de Vega, con una nueva propuesta autorial a nombre de Andrés de Claramonte, tesis doctoral inédita, Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 2013.

[5] Marcelino Menéndez Pelayo, «La Araucana», en Obras de Lope de Vega, vol. VII, Autos y coloquios II, Madrid, Atlas (Biblioteca de Autores Españoles), 1963, p. 240. Ver Miguel Zugasti, «El toqui Caupolicán y la prueba del tronco a la luz de un nuevo texto. Entre etnohistoria y literatura», Colonial Latin American Review, 15.1, 2006, pp. 3-28.

[6] En el auto no figura la palabra toqui, sino capitán y cacique.

[7] Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, p. 71.

[8] La numeración de los versos de Arauco domado corresponde a mi propia edición, en preparación.

[9] A su vez, Jaime Concha ya comparó el apresamiento y muerte de Caupolicán de La Araucana con la Pasión y Muerte de Cristo («El otro nuevo mundo», en Homenaje a Ercilla, Concepción, Universidad de Concepción, 1969, pp. 63-66). Ver también Moisés R. Castillo, «La honorable muerte de un bárbaro en Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia. Revista de Poética del Teatro, 6, 2004, pp. 66-68.

[10] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

El auto sacramental de «La Araucana»

En el auto sacramental de La Araucana, atribuido tradicionalmente a Lope de Vega, se aborda en clave alegórica la materia de la guerra de Arauco. En esta obra, el caudillo araucano Caupolicán aparece como figura o tipo de Cristo, al tiempo que la lucha de los araucanos por su libertad es trasunto de la redención de todo el género humano. Este auto ha generado cierta atención entre la crítica, en parte por la relación que guarda con la comedia de Arauco domado de Lope; pero, sobre todo, por el carácter novedoso que supone la visión del indígena americano (el otro) como ser capaz de simbolizar en figura alegórica al propio Hijo de Dios hecho hombre.

Caupolican-Cristo.jpg

Este auto de La Araucana se nos ha conservado en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de España que perteneció al Fondo Osuna; su texto permaneció inédito hasta 1893, año en que lo dio a las prensas Menéndez Pelayo en la edición de las Obras de Lope de Vega de la Real Academia Española (después volvería a editarlo en la colección de la Biblioteca de Autores Españoles). En 1915, José Toribio Medina lo incluyó en su trabajo Dos comedias famosas y un auto sacramental (junto con El gobernador prudente y La belígera española). En 1968 lo editaba John W. Hamilton en su estudio Dos obras de Lope de Vega con tema americano (junto con El Brasil restituido). Su texto también ha sido reproducido por Leopoldo Castedo en su libro Chile: utopías de Quevedo y Lope de Vega (1996). En fin, más recientemente (2011), Patricio C. Lerzundi ha aportado una nueva edición: La Araucana, an Annotated Critical Edition of a Seventeenth-Century Spanish Auto-Sacramental Text. Sin embargo, aunque contamos con todas estas ediciones publicadas para leer el texto, ninguna de ellas ofrece una versión crítica totalmente satisfactoria en su fijación textual ni tampoco están suficientemente anotadas[1].


[1] Son ediciones que presentan errores de lectura, ofrecen una mala puntuación de varios de los pasajes, etc. Hay que añadir que Rodrigo Faúndez Carreño ha estudiado y editado este auto, atribuyéndolo a Andrés de Claramonte, en el contexto de su investigación doctoral, defendida en julio de 2013 en la Universidad Autónoma de Barcelona (Edición crítica y anotación filológica del auto sacramental «La Araucana», atribuido hasta la fecha a Lope de Vega, con una nueva propuesta autorial a nombre de Andrés de Claramonte), trabajo que se encuentra actualmente en prensa en la Colección «Letras del Reino de Chile» de la Universidad de los Andes / Editorial Universitaria. También se ha encargado de la adaptación del texto para su puesta en escena a cargo de la compañía Teatro del Nuevo Mundo, que se ha representado tanto en Chile como en España, bajo la dirección artística de Tania Faúndez Carreño. Por mi parte, también tengo avanzada una edición crítica del auto que se publicará próximamente en la sección de «Publicaciones digitales» de la página web del GRISO. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

El teatro de Antonio de Solís como reflejo de la sociedad española

Cervantes en Quijote, I, 48 afirmaba por boca del canónigo que la comedia había de ser «espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad». Por su parte Lope de Vega, en el Arte nuevo (1609), indicaba que la finalidad de la comedia es «imitar las acciones de los hombres / y pintar de aquel siglo las costumbres» (vv. 52-53). Consideremos también estas palabras de Díez Borque sobre la mimesis que lleva a cabo el teatro:

Creo que ver reflejada en las tablas la vida de cada día, los verdaderos afanes cotidianos no hubiera atraído al público y no hubiera sido razón para pagar los maravedises que suponía ir al teatro. Decididamente no puedo entrar aquí en tan complejas cuestiones como las del «realismo» en la literatura, lo que llevaría, además, a plantearse el significado y alcance de géneros como la picaresca frente a libros de caballerías o prosa de ficción pastoril. El hecho cierto es que ha sido utilizado nuestro teatro aurisecular como «documento histórico», como fuente de datos de la vida diaria, usos y costumbres, valores ideales, conceptos operativos para la convivencia. Creo que Schevill (1918) acierta al señalar que en la comedia hay una presencia de «datos de la realidad», combinados con elementos imaginarios, encaminado todo a la diversión. Divierte lo extraordinario, no lo ordinario, pero éste da un marco creíble a aquél. A fin de cuentas, volvemos al problema de la mimesis o, en términos más próximos, del cuotidianismo en literatura. La comedia tiene sus propias leyes y fines, y en ello es fundamental la diversión, atrayendo a cuantos más mejor[1].

El amor al uso, de Antonio de SolísEs en las comedias de capa y espada de Solís, por sus propias convenciones genéricas, donde vamos a encontrar reflejados diversos detalles de la España del XVII. Hay que tener en cuenta que estas comedias desarrollaban acciones urbanas, es decir, ambientadas en ciudades españolas como Madrid, Toledo o Sevilla, protagonizadas por caballeros particulares (el sistema onomástico está formado por nombres como: don Luis, don Juan, don Pedro, don Diego…; doña Clara, doña Beatriz, doña Leonor, doña Ana…), con gran concentración temporal y múltiples enredos de amor, amistad y celos. La ambientación contemporánea, cercana al aquí y ahora del espectador áureo, facilitaba la introducción de rasgos costumbristas. Ejemplificaré esta cuestión haciendo algunas calas en dos comedias de Antonio de Solís[2], El amor al uso y El doctor Carlino. Sabemos que vida y literatura son cosas distintas, pero no deja de ser cierto también que se trata de vasos comunicantes que se influyen y relacionan mutuamente. En este sentido, las comedias de capa y espada del dramaturgo complutense, con su ambientación contemporánea y la inclusión de rasgos costumbristas, vienen a reflejar algunos rasgos de esa sociedad española del XVII, que son los que me propongo exponer en las próximas entradas[3].


[1] José María Díez Borque, «Lope y sus públicos: estrategias para el éxito», en El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, ed. J. Enrique Duarte y Carlos Mata, Pamplona, Universidad de Navarra, 2010 (número monográfico de la revista Rilce, 27:1), pp. 7-54.

[2] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (y 2)

En cuanto a las mujeres que intervienen en El mariscal de Virón, comedia burlesca de Juan de Maldonado[1], ya sabemos que Blanca mata de sífilis (vv. 55 y ss.)[2]; las damas son comparadas con ranas (vv. 110-112 y 480) y equiparadas a infernales langostas (v. 1472); Blanca va a engordar como una lechona de amor (vv. 250-252) y sus ojos, que son como linternas (v. 301) y luciérnagas en rastrojos (v. 794), están llenos de lagañas (v. 305), no tiene ningún recato (v. 400), un callo adorna su pie (v. 407) y es una buena ganga (v. 422). Por lo que toca a la Reina, se elogia su rara belleza, diciendo que viene sin alabarda (vv. 82-83); se despereza delante de todos (v. 102) y es, en fin, una linda pieza (v. 108), expresión que hay que tomar a mala parte.

Mujeres-rana

En fin, la reducción costumbrista se consigue con alusiones contemporáneas como las Vistillas (v. 523), Atocha (v. 1404) y la Vitoria (v. 1406) o el Sotillo (v. 1742). Hay también algunas indicaciones festivas relacionadas con la religión: cuatro padres franciscos (v. 346), Padre Prior (v. 560), capacha (v. 590)…

La Comedia burlesca del mariscal de Virón, cuyos procedimientos cómicos hemos examinado someramente a lo largo de varias entradas, constituye una de las piezas más entretenidas de este peculiar subgénero dramático del Siglo de Oro. Se asemeja bastante al modelo serio, la comedia homónima de Juan Pérez de Montalbán[3], en cuanto a personajes, estructura y acción. Pero la versión burlesca de Maldonado es, sin duda, una joya dentro del corpus de las comedias burlescas, y también dentro de las creaciones artísticas inspiradas por las figuras históricas del rey Enrique IV de Francia y el mariscal de Biron. A lo largo de sus casi dos mil versos (extensión bastante considerable en comparación con otras piezas paródicas áureas), el autor despliega una muy amplia gama de recursos cuya función primaria, casi única, es provocar y mantener la risa del espectador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

[3] Para este autor, remitimos al Portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (1)

Como ya hemos indicado en otras entradas, las comedias burlescas se representaban durante el Carnaval, época del año en la que el «mundo al revés» se adueñaba de las calles y los palacios[1]. Algunos de los dramaturgos nos recuerdan este detalle, introduciendo en sus obras burlescas —representadas en fiestas cortesanas— distintas referencias a dicha celebración. En la que ahora nos ocupa, El mariscal de Virón de Juan de Maldonado, encontramos las siguientes: correr una gansa (v. 675)[2], típica actividad de Carnaval; rey de gallos (v. 680); «le puso el Rey una maza, / que al fin son Carnestolendas» (vv. 832-833). Otras pudieran ser las de fechas religiosas: Malas Pascuas (v. 309, que es frase hecha, pero actualizada en este contexto y situación), Miércoles Corvillo (v. 415), Domingo de Ramos (vv. 563-564); las de comidas propias del Carnaval: morcón (v. 574), morcillas (v. 1072) y longaniza (v. 1978); o las de instrumentos y sonidos carnavalescos: tocar a cencerra (v. 738) y cascabeles (v. 1801).

Además, no debemos olvidar que el Rey que interviene aquí es un auténtico Rey de Carnaval, como demuestra esta acumulación de notas e indicaciones sobre su persona: se trata de un hombre prolijo (v. 10); se dice de él que tiene su cortijo de «sarracinos y aliatares» (vv. 11 y 70) y mira airado (v. 95); es un rey Cachumba (v. 178); apuesta con Carlos, en el sueño de Blanca, a ver quién come más buñuelos (vv. 278-281), y en realidad el apetito no le falta, porque come más que los obispos griegos (vv. 282-285); es un rey de bastos (v. 368), más baldado que un buboso (v. 369), con hipocondría (v. 383); un rey de mojiganga (v. 421), rey farandulero (v. 467), equiparable al rey Perico (vv. 472-473); no trae dinero (v. 501) y se está en la cuna ‘es un niño’ (v. 666); es rey de copas, de espadas (vv. 1039-1040), un Rey Alfaro (v. 1145), es hombre impertinente (v. 1169), goloso (v. 1263), rico y codicioso (v. 1266), caprichoso (v. 1315), severo (v. 1336), cuyo reino es una bambolla (v. 1386), riguroso y esquivo (v. 1705), un rey de tomo y lomo (v. 1712), y por todo ello no extrañará que se indique que su Alteza ya «caduca» (v. 1939).

Bufón El Primo, de Velázquez

Pero no pensemos que el Mariscal y los demás nobles quedan mejor parados: ya hemos aludido en la entrada anterior a su mal vestido, que se compara con un queso añejo (vv. 35-40); añadamos ahora que el Duque de Saboya sufre jaqueca y almorranas (v. 74), es una buena lanza (v. 86) y queda asimilado a un escribano (v. 88); el Conde de Fuentes es un dormilón y un menguado (vv. 131 y ss.) y vive en una cabaña (v. 153); los nobles, en general, son buena boya (v. 170), unos borrachos y unos muertos de hambre (v. 1072).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: vestidos y accesorios

Las acotaciones en el texto de la burlesca de El mariscal de Virón son muy pobres, en la mayoría de los casos simplemente se anota la entrada y salida de los personajes, al igual que los ruidos de la batalla[1]. Sin embargo, a partir de los diálogos podemos inferir algunos de los gestos y movimientos que deben hacer los actores. Igualmente, el texto no ofrece muchas indicaciones sobre los vestidos y accesorios de los personajes; pero hay que destacar el pasaje en el que se alude directamente a la forma pobre y andrajosa en la que viste el protagonista: al llegar a Palacio en la primera jornada, Jaques, el criado del Mariscal, compara a su amo, por lo viejo y arrugado de sus vestidos, con un queso añejo: «(porque siempre andas de mala / conmigo y con tu vestido), / no vinieras de manera, / que mirando en un espejo / parecieras queso añejo / metido en la ratonera» (vv. 35-40)[2].

El joven mendigo, de Murillo

Hay también un par de referencias a accesorios de la época, como los chapines (vv. 62, 495 y 1859) y el guardainfante (v. 216), ambos artículos femeninos, aludidos aquí en referencias festivas: los chapines, para hacer grande (en vez de Grande, título honorífico) a un personaje; el guardainfantes, para que se lo ponga un hombre (v. 216, en un carnavalesco cambio de género).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: el «lenguaje de la plaza pública»

La comedia burlesca del Siglo de Oro recoge con frecuencia elementos del habla coloquial de la época (refranes, muletillas lingüísticas, apodos…)[1]. También los personajes de El mariscal de Virón[2] utilizan varios recursos del habla popular, como insultos o maldiciones, al igual que frases hechas y un sinnúmero de refranes y proverbios (lo que Bajtin llamó «lenguaje de la plaza pública»). Entre los insultos podríamos incluir algunos calificativos jocosos y la onomástica burlesca. Veamos: la Reina es «Reina del Haba» (v. 90); al rey de Francia lo llaman «rey Cachumba» (v. 178) y después «rey de mojiganga» (v. 421); el Mariscal se refiere al Conde de Fuentes, jugando con su nombre, como fontanero (v. 721) y Conde del Agua (v. 723); a su vez, el Mariscal recibe el apelativo jocoso de Sornabirón (v. 530); se habla de «un don Millán de Cardona, / un don Pascual Memoriales, / un don Pedro el loco y un / Andrés de Ávila arrogante» (vv. 1023-1026).

Que los personajes se insulten mutuamente es algo típico en la comedia burlesca. En El mariscal de Virón destacan los siguientes insultos: se habla de «tu bobería» (v. 2, Jaques al Mariscal); Reina del Haba (v. 90, el Duque a la Reina); al Mariscal se le llama gallina en algunas ocasiones (vv. 116 y 719); los franceses son gabachos, que en la Insultosépoca era una palabra despectiva (v. 119, gabacho; v. 587, gabacha); otros insultos: borracho (v. 120), menguado (v. 168), habladora (v. 311), el Rey es un baldado (v. 369), mientras que el Mariscal es paciente, esto es, a mala parte, ‘cornudo’ (v. 428); majadero (v. 502), mentecato (v. 582), chilindrón (v. 613), traidor, aleve, malvado (v. 709), cuitado (v. 712), el Conde de Fuentes es un mayorazgo tabernero (v. 724; se acusaba a los taberneros de aguar el vino), chocarreros (v. 729), cueros (v. 732), o sea ‘borrachos’; Belerma es picaña (v. 838) y mocha (v. 1596); villano (v. 843), baladí (v. 846, como insulto), orate (v. 1014), salvaje (v. 1022), el rey de Francia es un rey de copas (v. 1039), en otras palabras, un borracho; Lafín es un parlero (v. 1156); otro personaje es un gran bonete (v. 1277) y el Duque un frisón (v. 1283).

De entre las frases hechas, proverbios y refranes, podemos destacar: la paz de Francia (v. 189), cual digan dueñas (v. 291), que llaman Sancho al callar (v. 318), no se me da un higo (vv. 332 y 1168), andar a caza de gangas (vv. 422-423, «A fe que sois buena ganga. / ¿Y por eso a caza andáis?», y luego ir a caza de zorras, v. 1588), dar una en el clavo y ciento en la herradura (vv. 468-469, «ciento en la herradura / para echármela de clavo», y también en vv. 1887-1888), son como pueblos en Francia (v. 606, de la frase hecha «Pueblos son en Francia»), de tomo y lomo (vv. 623 y 1712), la gata de Mari Ramos (v. 711), a mí, que las vendo (v. 716), seréis Marta con sus pollos (v. 720), dar con la de Rengo (v. 728) y dar con la del martes (v. 1002), callen cartas y hablen barbas (v. 847, inversión del conocido refrán «Hablen cartas, callen barbas»), averígüelo Vargas (v. 848), habla por boca de tabla (v. 1119), echádmelo en la capilla (v. 1315), os diré cuántas son cinco (v. 1353, por alusión a la frase hecha «No saber cuántas son cinco»), a espulgar un galgo fuese (v. 1403), aquí paz y después gloria (v. 1454), doblada quedó la hoja (v. 1518), a pan y manteles (v. 1603), dar quince y sobra (v. 1654), viva quien vence (v. 1659), ser perro de muchas bodas (v. 1662), caldo de zorra (v. 1672), batirse el cobre (v. 1719), a humo de pajas (v. 1737), sacar el ovillo por la hebra (vv. 1739-1740, expresión inspirada en el refrán «por el hilo se saca el ovillo»), me dijo el escardillo (v. 1741), manga y zanga (vv. 1814-1817, juego basado en la frase hecha «de zanga y manga»), de vicio (v. 1832), darle en caperuza (v. 1899), llorar hilo a hilo (v. 1936), pintar la uva (v. 1951, de la frase hecha «Alón, que pinta la uva»), etc.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: animalización y cosificación

El universo degradado de la comedia burlesca se consigue también por medio de procesos de animalización y cosificación de los personajes, sobre los que operan comparaciones grotescas, ridículas y disparatadas[1].

Animalización

Presentamos a continuación una lista de los recursos de este tipo que utiliza Juan de Maldonado en El mariscal de Virón: las damas de la Corte parecen ranas en laguna (v. 112)[2]; el Mariscal es gran gallina (v. 116); el Rey hace engordar a Blanca como si fuese una lechona (v. 252); el Rey es un pollino criado en Aranjuez (vv. 547-448); según el Duque, «no es cosa peregrina / hacerse un hombre gallina» (vv. 592-593); los soldados del Mariscal son más valientes que camellos (v. 628); el Rey de Francia es también un rey de gallos (v. 680, alusión propia del ámbito del Carnaval); el Conde amenaza con molerle el cuerpo a coces al Mariscal (v. 706); el Mariscal considera un burro al Conde y piensa ponerlo a una noria (v. 778); Blanca cuenta a Jaques que el Rey puso una maza al Mariscal, igual que a los perros por Carnestolendas (v. 832); el Rey amenaza al Mariscal con darle una brava zurra (v. 1098); el Mariscal riñó en la defensa del Rey como una onza (v. 1510), etc., etc.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: comida y bebida

En un género eminentemente carnavalesco como es la comedia burlesca del Siglo de Oro no pueden faltar las alusiones a la comida y la bebida[1]. En El mariscal de Virón de Juan de Maldonado encontramos un rico inventario de comidas, entre las que destacan: queso añejo (v. 39)[2], peladillas (vv. 132 y 520), carnero verde (v. 205), buñuelos (v. 281), espinacas (v. 414), morcón (v. 574), pepitoria (v. 594), molleja (v. 692), bollos (v. 717), borrego cocido con berenjenas (v. 820), sopas (v. 1038), pan de neguilla (v. 1160), alcachofa (v. 1430), anchovas (v. 1592), panecillos de sal (v. 1784), asadura (v. 1957) o longaniza (v. 1978). Algunos de los productos mencionados son comidas propias de gente rústica, como los derivados del cerdo, productos grasos, etc., y constituyen referencias habituales en el género.

Festín burlesco, de Jan Mandijn

También aparecen mencionadas frecuentemente las bebidas: chocolate (vv. 336 y 1006), garapiña de aloja (v. 744) y aloja (v. 1456), además de varias alusiones a las borracheras, como una del Mariscal y el Duque (v. 14); «¡Vive Cristo que aqueste está borracho!», exclama el Conde al ver al Mariscal (v. 120); cueros, en el sentido de ‘borrachos’ (v. 732); el Rey es un rey de copas (v. 1039); licor de Alanís (v. 737); se asegura que el vino es un buen colchón (v. 1190), porque hace dormir al borracho…


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: escatología y suciedad

Agruparemos en distintas categorías los principales procedimientos cómicos —de jocosidad disparatada— presentes en El mariscal de Virón, que iremos examinando en sucesivas entradas, empezando en esta por lo relativo a escatología y suciedad[1].

Incluimos en este apartado todas las referencias a necesidades fisiológicas y actividades de higiene corporal, sobre todo las consideradas vulgares y groseras, así como todo tipo de enfermedades, destacando los padecimientos vergonzosos o los asociados a las relaciones sexuales, junto con las menciones de parásitos. Así, Blanca, la amada del Mariscal, es una mujer que mata a los hombres, pero no con la mirada, sino porque transmite la sífilis o mal francés (vv. 64-66)[2], y el Duque de Saboya padece una «una gran jaqueca y almorranas» (v. 76); más adelante el Conde acusa al Mariscal de tener el color quebrado ‘está pálido’ (v. 156), y para solucionarlo le dice: «vete a tomar el acero» (v. 157, dilogía ‘tomar la espada’ y ‘beber aguas ferruginosas’); a su vez, el Conde de Fuentes sufre por las llagas que padece (vv. 172-174, con dilogía de la palabra fuentes); a continuación, Blanca se santigua «del mal de ojo» (v. 271) y comenta a Belerma que entre sus mañas está rascarse la cabeza y limpiarse las lagañas (vv. 305-307); Blanca afirma que el Rey de Francia es «más baldado que un buboso» (v. 369) y él le pide que se calle, pues está con hipocondría (v. 383); durante este encuentro entre Blanca y el Rey, a ella le aprieta un callo (v. 407).

Vieja espulgando a un niño, de Velázquez

El Mariscal llega luego a interrumpir el encuentro, mas el Criado se lo impide, pues dentro está «el Rey sin camisa / y Blanca le está espulgando» (vv. 434-435), a lo que el Mariscal responde: «y todos juntos veréis / cómo le mato los piojos» (vv. 438-439); Jaques desea al Duque que Dios le «dé dos mil diviesos» (v. 555); el Duque a su vez ofrece al Mariscal la mano de su hermana, que también es «hermana de la Capacha» (v. 590), clara alusión al Hospital de Antón Martín, donde curaban a los enfermos de sífilis; Jaques se va a espulgar detrás de un alcacer (vv. 661-662); Suisón advierte que deben llamar más gente, para arrestar al Mariscal, pero el Rey responde que no ha «menester ayuda» (v. 1211), pues ya ha evacuado (v. 1215), y poco después Lafín, continuando la alusión escatológica, le advierte: «procurad aflojaros» (v. 1340); Jaques huele mal porque, literalmente, se ha cagado de miedo (vv. 1798-1799), y más adelante insiste en la misma circunstancia cuando le dice a Belerma: «catad que oleremos mal» (v. 1825).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.