Quevedo, personaje de ficción

En este blog ya han ido apareciendo autores del Siglo de Oro como Lope y Cervantes, incluso algunos dramaturgos como Cáncer, Moreto y Matos Fragoso, y antes de que don Francisco de Quevedo frunza el ceño y se enfade por el olvido que se hace de su persona, quiero traerlo a él también a la Ínsula. Pero no voy a comentar ahora ningún aspecto de su vida o su obra, sino que voy a tratar de «Quevedo, personaje de ficción».

En efecto, ya desde fechas muy tempranas, todavía en vida, nuestro autor comenzó a convertirse en una especie de personaje popular y legendario. Él mismo contribuyó a ello al transmitir, por medio de romances y poemas festivos, algunos retratos grotescos suyos, alimentando así la imagen popular de un Quevedo chocarrero, vulgar, procaz, etc., que se ha mantenido durante mucho tiempo, hasta la actualidad …

Como sucede con otros autores de nuestro espléndido Siglo de Oro (Garcilaso, Calderón, Lope, Góngora, Villamediana…), Quevedo ha pasado a convertirse en personaje de ficción protagonista de diversas obras literarias. No me refiero ahora a que sus obras hayan dado lugar a imitaciones, continuaciones, segundas partes, etc. (eso, también), sino a la conversión del escritor de carne y hueso en protagonista de ficción. En futuras entradas iré examinando de forma panorámica las principales obras literarias que nos presentan a estos «Quevedos de la ficción», desde el siglo XVIII hasta nuestros días, en los que el satírico madrileño sigue gozando de muy buena salud ficcional. En este recorrido, dejaré de lado el siglo XVII, en el que no me consta que existan obras en las que Quevedo aparezca convertido en personaje de ficción. Hay, sí, libelos, obras de ataque contra él (El Tribunal de la justa venganza), y podríamos recordar incluso la propia biografía de Tarsia (que contiene numerosos elementos fantasiosos), pero no se trata específicamente de obras de ficción.

La consideración de Quevedo como personaje literario constituye una materia muy amplia, que ha sido abordada, por ejemplo, por Alberto Sánchez en su trabajo «Quevedo, figura literaria»[1], que es una buena aproximación de conjunto al tema. Nos recuerda Sánchez en primer lugar, al hablar de la «Personalidad enigmática de Quevedo», que

La difícil personalidad de Quevedo, transformada en mito popular del humor satírico e incluso grotesco y escatológico, se desfleca en irisaciones legendarias[2].

Y añade que

Desde la primera biografía de Quevedo, compuesta por el abad don Pablo Antonio de Tarsia (Madrid, 1663), se mezclan y confunden los perfiles auténticos con las leyendas y episodios de capa y espada[3].

Con su vida turbulenta, sus tres prisiones, sus variadas pendencias, etc., sigue argumentando Sánchez, no debe extrañarnos que la figura del escritor se haya convertido «en señuelo de libelos y loas, fábulas y cuentos, donde la historia y la poesía se entrecruzan y confunden»[4]. En fin, el genial satírico del Siglo de Oro ha dado lugar a «distintos avatares literarios» en dramas y novelas de los siglos XIX y XX:

La personalidad enigmática de Quevedo se transfigura en personaje literario de variados matices. Vida y creación literaria se intercambian y difunden. Se ha dicho que la mejor novela histórica es la historia misma. Pero en el caso de Quevedo resulta hoy en extremo difícil distinguir los elementos de una y otra, separar lo auténtico de lo imaginado y fabuloso[5].

Tendríamos que distinguir, por tanto, una triple dimensión, al hablar del escritor: el Quevedo histórico / el Quevedo legendario / el Quevedo literario. Por su parte, Felipe Pedraza, en su estudio preliminar a la edición facsímil de la biografía de Tarsia[6], ha escrito que Quevedo

se proyectó hacia el exterior como personaje, se instaló en su doble máscara y a través de ella ha vivido durante siglos. Quevedo, hombre de Dios, filósofo estoico, y Quevedo, hombre del diablo, criatura desvergonzada, han aparecido en poemas líricos y narrativos, en comedias, en dramas históricos, en novelones de capa y espada… desde el siglo XVII a nuestros días. Los autores han llegado a él, como la mariposa del tópico petrarquista, atraídos por las luces y las sombras del personaje, por la máscara de Jano que él mismo forjó con su palabra[7].

A su vez, Celsa Carmen García Valdés[8] señala:

Alrededor de la compleja personalidad de Francisco de Quevedo formó la leyenda un velo que ha oscurecido su verdadera figura a la posteridad. Pero fue gracias a esa leyenda como el gran satírico llegó a ser uno de los personajes preferidos de novelistas y dramaturgos posteriores.
Desde El retraído (1635) de Juan de Jáuregui hasta los actuales bestsellers de Arturo Pérez-Reverte, pasando por El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona, son numerosas las obras que tratan distintos aspectos de la vida de Quevedo[9].

Y afirma también lo siguiente:

Quevedo se convirtió pronto en un personaje folclórico a quien se atribuyeron todo tipo de chistes picantes y escatológicos e ingeniosas procacidades que circulaban de boca en boca […] la leyenda popular enseguida hizo a Quevedo protagonista de lances y aventuras caballerescas en las que brilla por su valentía, destreza en las armas y gallardía. […] Esta segunda faceta de las formaciones legendarias creadas alrededor de la personalidad quevediana fue la que interesó a los dramaturgos, especialmente a los dramaturgos románticos, que en algún caso le han tomado como el personaje folclórico popular chocarrero y deslenguado. Y es que la vida de Quevedo o lo que nos ha llegado de ella no carece de aspectos atractivos para un poeta romántico[10].

Estas características que señala García Valdés son las que vamos a encontrar, por ejemplo, en las obras del XIX, todas ellas traspasadas de romanticismo, en dos géneros fundamentales, el drama histórico y la novela histórica.

Pero esta entrada ya se va alargando demasiado, y la materia anunciada habrá de quedar pendiente para una próxima ocasión…


[1] Alberto Sánchez, «Quevedo, figura literaria», en Homenaje a Luis Morales Oliver, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, pp. 563-585. Ver también Narciso Alonso Cortés, «Quevedo en el teatro», Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo, año VI, enero de 1929, núm. 21, pp. 1-22. Reproducido en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 5-43.

[2] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 563.

[3] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[4] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[5] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[6] Felipe B. Pedraza Jiménez, «Prólogo» a Pablo Antonio de Tarsia, Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas (Facsímil de la edición príncipe, Madrid, 1663), reproducción facsimilar cuidada por Melquíades Prieto Santiago, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, pp. VII-XXXIII.

[7] Pedraza, «Prólogo», pp. X-XI.

[8] Celsa Carmen García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», La Perinola, 8, 2004, pp. 171-185.

[9] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», p. 171.

[10] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», pp. 171-172.

«La adúltera penitente», comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La adúltera penitente, Santa Teodora, de tres ingenios, Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, se publicó en la Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657). No es el único caso de colaboración entre estos tres dramaturgos, que juntos compusieron también otras obras como Caer para levantar (1662) o El bruto de Babilonia (1668)[1].

La acción de esta comedia hagiográfica sucede en Alejandría. Filipo ama a Teodora, que se ha casado —por presiones familiares— con el rico Natalio. La dama vive triste porque una sombra lasciva la acosa todas las noches incitándola a que premie el amor constante de su galán, Filipo, que dos años después todavía sigue pretendiéndola. Esa visión la envía el Demonio, que quiere perder las almas de Teodora y Filipo. Una industria urdida por el criado Morondo para sacar a Natalio de casa y la ayuda del propio Demonio —que ahuyenta a unos ladrones que pretendían escalar la casa— proporcionan a Filipo la ocasión para gozar, con violencia, de Teodora. Una vez satisfecho su deseo, deja abandonada a la mujer, retirándose a vivir como bandido en el monte. Teodora huye de casa y marcha a un convento, donde, vistiendo el hábito varonil y acompañada por el gracioso Morondo, se hace pasar por fray Teodoro.

Por su parte, el deshonrado Natalio busca a su esposa para, matándola, satisfacer su venganza. Teodora-fray Teodoro hace varios milagros (amansa a un león, consigue que los árboles la ayuden a cantar cuando es expulsada del coro del convento…). El Demonio, mientras tanto, la sigue asediando, pero todas sus asechanzas chocan con la firme virtud de la penitente, que recibe ayuda del Cielo siempre que la solicita, y al final ha de reconocerse vencido por ella. Teodora y un Filipo ya arrepentido de sus pasados errores siguen vistiendo el hábito religioso y llevan una vida de dura penitencia hasta que la protagonista alcanza una muerte santa, como anuncia al final un ángel. Natalio, al ver los prodigios que obra el Cielo, considera lo sucedido «dichosa venganza» de su agravio.

Como podemos apreciar por este apretado resumen argumental, esta pieza hagiográfica maneja —como es habitual en el género[2]técnicas y recursos propios de la comedia de capa y espada: amores, galanteos y enredos varios, honor conyugal en peligro, deseos de venganza del marido ultrajado, disfraz varonil de la protagonista, humor del gracioso (Morondo, el criado de Filipo), etc.

Para quien desee más detalles, he analizado la construcción de esta pieza en mi trabajo «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846, centrando mi análisis en tres apartados: el elemento religioso, el elemento sobrenatural y su espectacularidad y el elemento profano, según el esquema propuesto por Elma Dassbach en su estudio sobre la comedia hagiográfica[3].


[1] Cáncer se acercó en otra ocasión al género de la comedia de santos, con El mejor representante, San Ginés (1668), comedia hagiográfica escrita con Pedro Rosete Niño y Antonio Martínez de Meneses.

[2] Ver Javier Aparicio Maydeu, «A propósito de la comedia hagiográfica barroca», en Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993, vol. I, pp. 141-152.

[3] Ver Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, New York, Peter Lang, 1997, donde el lector interesado encontrará más bibliografía sobre el subgénero hagiográfico. La historia de Santa Teodora se incluye en la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine.

«Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra»

El epígrafe que da entrada a esta ídem del blog es, claro está, toda una declaración de intenciones: «Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…». Con estas palabras que tan claramente parafraseaban las del Credo y cuya difusión tuvo que perseguir la Inquisición española, ponderaban las gentes del siglo XVII la valía poética del Fénix de los Ingenios. También, para alabar cualquier cosa buena, se decía: «Es de Lope». Y cuenta la anécdota que cierto día una mujer, viendo pasar un vistoso entierro, en el que una incontable multitud de gente acompañaba al féretro, exclamó, queriendo indicar su magnificencia: «Este entierro ¡es de Lope!». Sin embargo, la frase habitualmente empleada en sentido metafórico, era en aquella ocasión literalmente cierta: se trataba del entierro de Lope de Vega, que había nacido en Madrid, en 1562, y que en Madrid moriría en 1635. Entre esos dos años, una vida dedicada por entero a la literatura, y una vida convertida, también, en muchas ocasiones, en literatura.

Que Lope hizo de la vida literatura y de la literatura vida es algo que han destacado todos los estudiosos que han hablado sobre él. Morby, por ejemplo, ha escrito que Lope fue «siempre dado a explotar literariamente en forma reconocible los incidentes de su vida»[1]. Cómo no recordar, por ejemplo, los romances y sonetos pastoriles y moriscos inspirados por sus amores con Elena Osorio, en los que el poeta se encubre bajo el seudónimo de Zaide: «Mira, Zaide, que te digo / que no pases por mi calle…». También debemos mencionar, por supuesto, La Dorotea, obra en la que un Lope maduro rememora literariamente ese gran amor de juventud, y en la que el personaje de don Fernando afirma: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe» (acto IV, escena I). Y en los versos finales de un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribe Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Añade el citado crítico, Morby:

Como ocurre con frecuencia en la época, en Lope hay siempre algo de histrión y, como en todo el gremio, algo de espectador de su propio histrionismo. No por eso es insincero, pues a diferencia del representante profesional, cuando sufre, sufre de veras e intensamente; pero es observando y midiendo sus penas, como para adecuar a la causa el ademán… y el vestido, ya pellico, ya albornoz, con que se disfraza a medias[2].

Las citas similares podrían multiplicarse fácilmente. Así, José Manuel Blecua señala:

Ningún poeta español ha tenido tanta capacidad como Lope de Vega para transformar su propia vida en auténtica poesía, y lo curioso, a su vez, es que además tuvo conciencia muy clara de este fenómeno. Lope fue capaz de poetizar desde su propio nacimiento a la huida de su hija Antonia Clara al final de su vida. Desde sus primeros amores a los últimos, pasando por numerosos sucesos familiares y amistosos, reflejados en sus epístolas, todo lo contará el genial escritor en versos bellísimos, y por eso José F. Montesinos pudo decir que Lope es el mejor poeta de circunstancias de toda nuestra lírica[3].

Por su parte, Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy afirman:

En el conjunto de esta obra destaca la profunda capacidad de Lope para escribir poesía; todo cuanto vive o imagina lo pasa ágilmente y con fluido desenfado a la escritura poética. […] Lope ajusta su vida con la literatura en grado extremo»[4].

Igualmente, Antonio Villacorta Baños ha puesto de relieve su entrega total a la vida, su entrega sin reservas al amor y a la literatura:

Su entrega y adhesión al amor, al amor entendido sobre todo con un sentido profano, aunque también al “espiritual o divino”, no tiene reservas. Como dice en una de sus obras: “yo amo por fuerza de estrella y sigo mi inclinación”. La generosidad de Lope en el amor es tan extrema que lejos de guarecerse en el caparazón de la huida o defenderse, vuelve a él una y otra vez, con la misma ingenuidad inicial, enamorándose de distintas mujeres con el ímpetu de una juventud indemne. Es como si la angustia, el desequilibrio, el temor al fracaso, el desdén, la fricción de una convivencia malsana, la imposible fidelidad, e incluso el desprecio explícito y el abandono, que de todo eso hubo en sus amores, fueran mil veces preferibles al silencio de la indiferencia o al vacío de la soledad. Su entrega es total, sin trabas ni reservas, arrebatada. Para lograr el amor que desea se humilla, suplica, implora y acosa, sin temor al fracaso. Pero sumergido Lope en las aguas confusas del amor todos los sentidos se le avivan. Además, sus emociones le enloquecen, y la emoción en él es un estado desequilibrado de conciencia[5].

Sí, lo digo alto y claro: Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…, y por ello el Fénix se hará presente, con mucha frecuencia, en este blog insular y barañario.


[1] Edwin S. Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, Madrid, Castalia, 1968, p. 10.

[2] Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, p. 15.

[3] José Manuel Blecua, introducción a su ed. de Lope de Vega, Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1983, p. IX.

[4] Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, estudio preliminar a El remedio en la desdicha, Barcelona, PPU, 1991, pp. 19-20.

[5] Antonio Villacorta Baños, Las mujeres de Lope de Vega, Madrid, Aldebarán, 2000, pp. 12-13.

Semblanza de Dulcinea

En el año 2005, con motivo del Centenario de la Primera Parte del Quijote, escribí también una pequeña semblanza de Dulcinea que me pidieron para Euskonews, la cual puede verse en el siguiente enlace:

http://www.euskonews.com/0344zbk/gaia34402es.html

Recupero ahora ese texto para el blog, y es como sigue:

En Don Quijote de la Mancha[1] adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos[2]. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplatónicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)[3].

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo[4]— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»[5], reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-287).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.


[1] Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-676. Esta disponible en: https://www.academia.edu/1472697/_Ella_pelea_en_mi_y_vence_en_mi_Dulcinea_ideal_amoroso_del_Caballero_de_la_Voluntad
[2] Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.
[3] Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998.
[4] A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

[5] Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).