La comicidad verbal en «La celosa de sí misma» de Tirso de Molina

La comicidad verbal predomina de forma muy clara en La celosa de sí misma[1], pues prácticamente cada réplica del criado Ventura, el gracioso, es un chiste o un juego de palabras. Para ordenar de alguna forma la materia humorística del tejido verbal de la comedia establezco varios apartados: en el primero resumo las réplicas humorísticas que tienen que ver con las mujeres, el amor y el dinero; en segundo lugar, apunto dilogías, paronomasias y juegos de palabras; explico a continuación algunos chistes más complejos del gracioso; y, por último, consigno las creaciones léxicas de Ventura y las variadas alusiones satírico-burlescas que se encuentran dispersas a lo largo de la comedia. Lo iremos viendo en sucesivas entradas.

Comento primero unidos estos tres temas, las mujeres, el amor y el dinero, pues resultan inseparables en el discurso del criado. Incluyo también aquí la parodia del lenguaje amoroso y de la descriptio puellae, la sátira de la mujer pedigüeña, etc.

Un buen ejemplo de comicidad verbal articulada en una serie es la «declaración amorosa» de Ventura a Quiñones. Don Melchor ha empleado varias metáforas para referirse a la mano de la desconocida, un sol cuyo ocultamiento dentro del guante venía a ser un eclipse, la oscuridad de Noruega, un ocaso que ciega sus esperanzas, etc. A continuación, Ventura se dirige a la dueña con estas palabras (que parodian el estilo cultista):

¿Tiene vuesa dueñería
la mano, cual su señora,
culta, animada, esplendora,
gaticinante y arpía?
¿Brillarale la uñería
cuando el caldo escudillice,
o la loza estropajice,
exhalando cada vez
las aromas que a las diez
vierta cuando bacinice?
Desescarpine ese pie…
Iba a decir esa mano (p. 1075)[2].

Mano

Este contrastar paralelamente las acciones o las palabras de amo y criado se repite en otras ocasiones. Así, cuando don Melchor pide a la tapada que se descubra el manto de esta forma:

Oh, hermosa señora mía,
¿cuándo ha de romper el alba
los crepúsculos oscuros,
dese sol nubes avaras?
¿Cuándo dirá mi ventura,
después de noche tan larga,
que el cielo corrió cortinas,
y amaneció la mañana?,

Ventura replica:

¿Cuándo, oh bella Chirinola,
costurera ballenata,
pues con agujas del sol
nos cosiste ropa blanca,
desnudándoos ornamentos,
pues alba mi amo os llama,
los dos os podremos ver
en sobrepelliz o en alba?
¿Cuándo dirá «Ropa fuera»
el ciego amor que os enmanta,
o rasgará, por leeros,
la cubierta de esa carta? (p. 1141).

Los dos piden a la desconocida que muestre su rostro, pero uno valiéndose de imágenes cultas y el otro por medio de referencias burlescas, por los términos de comparación escogidos, incongruentes en el contexto de una situación amorosa: alusiones a vestiduras eclesiásticas, la muletilla «ropa fuera» (empleada en galeras por el cómitre cuando la chusma tenía que acelerar el ritmo de boga) o la comparación del manto con el sobre de un carta[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Junto a las creaciones léxicas no faltan imágenes degradantes y escatológicas: el vaciado de los servicios, arrojando las inmundicias por la ventana, se hacía a unas horas fijas, al grito de «¡Agua va!», y a eso se refiere la mención de «las aromas que a las diez / vierta cuando bacinice».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Ataúlfo de Moscoso

Don Ataúlfo de Moscoso el Terrible, el principal partidario de la reina doña Urraca y enemigo acérrimo del obispo Diego Gelmírez, es el «villano» de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1]. Su amor por la bastarda Elvira de Trava explica su malvado comportamiento: segundón de la casa de Altamira, vio como su hermano primogénito, Bermudo, ganaba no solo los estados de su padre, sino también el amor de Elvira. La envidia le llevó a encerrar a don Bermudo en las mazmorras del castillo, haciendo correr el rumor de su muerte, para usurpar sus posesiones.

Altamira

Su único objetivo es casar con doña Elvira; sin embargo, cuando está a punto de conseguirlo, los remordimientos por el crimen cometido no le dejan vivir en paz. Terriblemente orgulloso, su derrota en el juicio de Dios a la vista de todo el pueblo supone para él una profunda humillación. Don Ataúlfo es uno de esos personajes que se distingue por una muletilla lingüística, su afición a los votos y por vidas, mostrando una singular preferencia a jurar «por el alma de mi abuela, que murió en olor de santidad».

A lo largo de la novela se muestra colérico, iracundo y cruel; el amor que siente por Elvira podría haber sido su tabla de salvación: delante de ella, el lobo de Altamira se convierte en manso cordero. Pero pronto el amago de arrepentimiento pasa: vencido por la desesperación y la impotencia al ver sus escasas posibilidades de defensa, ordena inundar los calabozos para ahogar a sus prisioneros y prende fuego al castillo. Finalmente, muere a manos de Ramiro, aunque este ha intentado salvarle la vida. En el último capítulo, en el breve diálogo entre Ramiro y doña Urraca, se nos dirá que don Ataúlfo murió «castigado, no por la mano del hombre, sino por la mano de Dios», como corresponde a la intención moralizante de Navarro Villoslada: igual que en el caso de la reina Leonor en Doña Blanca de Navarra, el malvado criminal muere providencialmente, recibiendo así el justo castigo que le corresponde por sus malas acciones[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: recursos escenográficos

La comedia de magia burlesca Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] es muy artificiosa y explota los recursos habituales en el género de la comedia de magia, como las frecuentes mutaciones de escenarios: un campo con una gruta, el salón de un palacio, un prado árido, un prado hermoso, una casa que se transforma en camposanto con varios sepulcros y una ermita, un puerto de mar y una cárcel. Estas mutaciones quedan subrayadas por juegos de luz y sonido (oscurecimientos de la escena, intervención de la música, etc.). También es importante el empleo de disfraces, que a veces traen aparejado un cambio de personalidad en los personajes: Lucila de aldeana, Lucila de princesa ridícula, Tracañino con careta y garrote, Tracañino y Lucila de aldeanos, Tracañino de moro como encantador Altisidoro, Lucila vestida de gala, como princesa, don Quijote en traje rústico para servir de boyero, Tracañino y Lucila de ermitaños, Tracañino de marinero, Lucila de sirena fingiendo ser Dulcinea encantada…

Sirena (1873), de Elisabeth Jerichau

El propio Tracañino alude a esta circunstancia:

TRACAÑINO.- No se verá en mujer tal travesura;
por Dios que le previene bella cura
al pobre loco para sus manías;
mas no son menos las locuras mías
pues ya doscientos trajes he mudado
y, a fe mía, me siento harto cansado.

Los elementos acústicos y visuales son también muy importantes. La obra incluye muy variados efectos sonoros: la voz de Merlín dentro, el canto de Lucila en varios pasajes, diversos cantos de la Música, ladridos, ruidos de cadenas arrastradas, truenos, el sonido de una gaita gallega, cajas y clarines… Hay una cabeza de pasta que vuela desde la mesa donde había sido colocada, y la mesa se convierte luego en un sofá en el que aparece Lucila; una copa de licor comienza a arder; un barco que se veía en la marina se transforma en cepo para don Quijote, etc. El carácter artificioso de la pieza viene subrayado verbalmente con expresiones de los propios personajes, como la voz tramoya (que emplea Tracañino), y ya quedaba anunciado desde la «Introducción»:

Del famoso don Quijote
la fabula se presenta,
a la Italia transplantada
con mágicas apariencias.
Hay varias transformaciones,
truenos, rayos y tormentas
un panteón, una ermita
y una habladora cabeza.
Hay otras mil maravillas
que admirará el que lo vea;
si así no fuere será
lo que él quisiere que sea.

De la misma manera, los propios personajes (Lucila y Tracañino) se encargan de recordarnos que el objetivo principal de la obra es provocar la risa: gran burlona, burla, burla comenzada, chanza, rato divertido, divertirme, divertimento, haberte divertido, un día nos dio tan divertido, etc.[2]


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (y 2)

La comicidad escénica de La celosa de sí misma[1] de Tirso de Molina va in crescendo y alcanza su cota más alta en el acto tercero. Una escena muy divertida es la protagonizada por don Melchor, Ventura y el viejo Santillana (pp. 1132-1134). Recordemos que este les trae de parte de la condesa dos mil escudos, más otros regalos consistentes en comida y ropa. Ventura exterioriza su alegría tratando de abrazar y besar al rodrigón: «¡Oh, viejo Medoro! / Por Dios, que te he de besar», pero aquel le despacha airado: «Arre allá. ¿Venís en vos? / Aun el diablo fuera el beso. / No está el tiempo para eso». Sin embargo, los excesos expresivos de Ventura continúan y sigue intentando darle «mil abrazos», lo que provoca la nueva queja de Santillana: «¿Quieren apostar, hermano, / que os he de hacer acusar?», frases que hemos de interpretar así: ‘Si os seguís comportando de esta forma tan equívoca, abrazando y queriendo besar a una persona del mismo sexo, os tendré que acusar ante la Inquisición de pecado nefando’, con las graves consecuencias que tal pecado traía aparejadas (el castigo para los sodomitas era la hoguera). Cuando Ventura se marcha a buscar a la condesa, el escudero se sigue quejando delante de don Melchor: «¡Válgate el diablo el leonés! / ¡Beso a Santillana! […] ¡A mí beso[2]! Vive Dios, / que a no venir sin espada…» (p. 1133). Poco después regresa Ventura, que vuelve a las andadas; en realidad, se limita a elogiar al viejo con un «¡Oh escudero chirinol!», pero Santillana está receloso ante tantos arrumacos y muestra su preocupación: «¿Mas que vuelve a lo del beso?», es decir, ‘¿A que intenta de nuevo besarme?’, frase con que se remata la escena.

Gran potencialidad cómica tiene asimismo la acumulación de «ojitapadas» en la Victoria. La que aparece primero es doña Ángela, y Ventura reconoce por el ojo que enseña que no es la dama de la primera entrevista. Luego sale doña Magdalena, y esa duplicidad visual se subraya verbalmente con el comentario de Ventura de que las enlutadas aparecen duplicadas como cartas de Indias (p. 1143).

Tapadas en San Jerónimo

Ya al final, hay que mencionar la escena de noche en que don Melchor hace sus protestas de amor (o de desamor, según pinten condesas o Magdalenas en la ventana) subido a espaldas de un poco sufrido Ventura, que terminará por derribarlo al suelo (pp. 1155-1157). En efecto, don Melchor quiere besar la mano de su dama, pero como la reja está demasiado alta, pide ayuda a su criado: «Para que la mano pueda / alcanzar de un serafín, / sé atlante de mi firmeza. / Tus espaldas me sublimen» (p. 1155). El aludido se queja («arre allá», «mal año») y le pide se busque como poyo una yegua o el banco de un herrador, «que soy macho y no eres hembra». En efecto, no se muestra nada dispuesto a aceptar: «¿Yo debajo de ti? ¡Afuera! / Ni aun de burlas, vive Dios. / Echa esa carga a otra bestia», aunque don Melchor lo convence con la promesa de un vestido. En cualquier caso, Ventura le encarece la brevedad: «Acabemos, sube y besa, / que ya estoy en cuatro pies»; y sus quejas interrumpen constantemente el diálogo amoroso: si don Melchor encomia la belleza de la mano: «¡Ay, hermosa mano mía!», el criado replica: «¡Ay, pelmazo, y cómo pesas!»; cuando el amo encarece la suavidad y ligereza de aquella, Ventura compara su carga con un costal de arena que pesa más que una deuda. Siguen los intercambios de expresiones amorosas entre los amantes («¡Mi cielo, mi luz, mi gloria!», dice don Melchor; «¡Mi dueño, mi bien, mi prenda!», le responde doña Magdalena), y Ventura:

¡Mi rollo, mi pesadilla!
¡Cuerpo de Dios con la flema!
¿Chicolíos a mi costa?

Y hasta aquí llega el aguante del impaciente criado: comparándose con una mula de alquiler que se echa al suelo cuando se cansa, derriba por tierra a su amo, y se disculpa diciendo que: «a cuestas / con seis quintales de plomo, / no hay espaldas ni paciencia»[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Me parece mejor lectura la de Blanca de los Ríos en la edición de Aguilar, «beso» y no «besó», en ambos casos: creo que el criado no llega a besar a Santillana, de forma que las palabras de este las debemos interpretar como: ‘¡Qué desfachatez, querer darme un beso a mí, a Santillana! El mero intento de besarme merecería que le diese su merecido, si hubiese traído mi espada’.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: el paje Ramiro

El protagonista masculino de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] es Ramiro, el joven y tímido pajecillo del obispo de Santiago, que presenta algunas de las características del héroe romántico, como la melancolía. Pero el autor nos lo quiere mostrar como un héroe muy sencillo; cuando el joven es llevado a una habitación, después de recibir el tormento, y se queda dormido nada más acostarse, el narrador explica con ironía:

Ya se ve, Ramiro no era un héroe de novela, sino un hombre de carne y hueso como nosotros, y más que hombre todavía para el caso, pues era chico.

En otro momento se añade esta reflexión para justificar la escasa preocupación del paje: «A los veinte años las cavilaciones no son largas».

MuñozLucena_Un paje y un perro de caza

Ramiro se verá rodeado por el cariño de tres mujeres, el de doña Urraca, el de su vecina Munima y el de Elvira, la hermosa dama que ha conocido en la Corte del príncipe Alfonso y de la que se ha enamoriscado. A pesar de su juventud y de su inexperiencia, Ramiro es valiente, como demuestra al portar el mensaje del obispo a don Alfonso y traer de Mérida la respuesta del príncipe; al recibir el duro tormento que le aplican los partidarios de la reina sin confesar nada acerca de su secreta misión; al derrotar en el juicio de Dios a don Ataúlfo el Terrible, a pesar de la disparidad de fuerzas; o al ser el primero en coronar una de las torres durante el asalto al castillo de Altamira. Su generosidad se pone de manifiesto cuando penetra en la habitación en llamas para salvar a su enemigo don Ataúlfo: cuando este le ataca, no tiene más remedio que matarlo para no perecer los dos en la lucha abrasados por el fuego. Intenta también salvar a la anciana Gontroda, pero lo único que consigue es rescatar su cadáver. Al final, la novela termina con la promesa de la reina de armarlo caballero, una vez conocida su alta cuna[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Un soneto «A la Resurrección» de Lope de Vega

Este soneto del Fénix dedicado a la Resurrección de Cristo, «la luz del mundo» (v. 8), se construye como un apóstrofe a los que vieron su muerte en el Calvario y las señales que se produjeron en ese momento en Jerusalén (eclipse de sol y consiguiente oscuridad de día, terremoto, rasgadura del velo del Templo, etc.). La estructura de los once primeros versos se basa en el paralelismo («Los que vistes el sol… los que vistes la vida … mirad el Sol … mirad la Vida…»), jugando, claro, con el distinto significado de los significantes sol / Sol y vida / Vida: si antes vieron el astro sol eclipsado y la vida muerta (el fallecimiento del Dios-hombre en la Cruz), ahora pueden contemplar la resurrección de Cristo, que es Sol que se libera de la prisión del mortal cuerpo humano y Vida eterna «que a la muerte espanta» (v. 11). En el último verso, «el cinco veces roto velo humano», el sintagma velo humano alude a la naturaleza humana de Cristo, en tanto que la mención de cinco veces roto es referencia a sus cinco llagas (las de las manos, las de los pies y la del costado). En suma, el soneto —que es todo él una sola oración— invita a los interlocutores a ser testigos de la Resurrección de Jesús, a contemplar a Cristo vencedor de la muerte. Ilustro el poema con «La resurrección de Cristo» de Tiziano.

Resurrección de Cristo, de Tiziano
Resurrección de Cristo, de Tiziano.

Los que, fuera del curso y armonía
que con ley inmortal gobierna el suelo,
vistes[1] el sol entristecer el cielo
y suceder la noche al mediodía;

los que vistes con triste melodía
llorar las piedras y romperse el velo,
morir la vida y convertirse en hielo
la luz del mundo, que en sí misma ardía,

mirad el Sol que la prisión levanta
al luminoso cuerpo soberano;
mirad la Vida que a la muerte espanta,

pues con los rayos de su eterna mano
renueva de su templo el alma santa
el cinco veces roto velo humano[2].


[1] vistes: visteis.

[2] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 319, con algunos cambios en la puntuación; además en el v. 4 edito mediodía en vez de medio día.