«El tintero maravilloso», soneto cervantino de Justo Olarán Chans

El uruguayo Justo Olarán Chans (Paysandú, departamento de Paysandú, 1884-Buenos Aires, 1963) fue un poeta que se estableció en Argentina durante su juventud. Entre su producción se cuentan títulos como El bargueño sellado (1937), Estampas de la Boca del Riachuelo (1938), Glosario cervantino (1938), Bodega lírica (1939), Romancero uruguayo (1940) o Galería española. Sonetos (1947), libro publicado con ilustraciones de Carlos Vergottini (Marius). Su Glosario cervantino. Escolios líricos al «Quijote» (Buenos Aires, Imprenta López, 1938), un conjunto de sonetos dedicados a Cervantes y sus personajes literarios, fue una obra que alcanzó bastante popularidad en su tiempo. Sirva como pequeña muestra de su tono y contenido el que figura bajo el epígrafe de «El tintero maravilloso»:

CervantesConPluma

De aventuras de trasgos y gigantes,
de donaires y alegres devaneos,
de proverbios, sentencias y escarceos,
está lleno el tintero de Cervantes.

De don Quijote tiene los desplantes,
del malicioso Sancho los granjeos,
y las burlas y bromas y manteos
del Caballero y Escudero andantes.

Tiene también de la filosofía
de sentido profundamente humano
aquel tintero la sabiduría;

Y henchido como está, desborda ufano
y derrama en la rica escribanía
su puro contenido castellano[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 150.

Un soneto a «Cervantes» de Jacinto Gutiérrez Coll

El venezolano Jacinto Gutiérrez Coll (Cumaná, estado de Sucre, 1835-Caracas, 1901) fue historiador, político y poeta. En 1864 y 1870 ocupó el cargo de ministro de Relaciones Exteriores; también ejerció como funcionario diplomático de Venezuela en París y Nueva York. Sus poesías —que se publicaron en 1926, con prólogo de Juan E. Arcia, secretario de la Academia Venezolana— pueden adscribirse al movimiento parnasiano. Junto a poemas como los titulados «Nocturno», «A mi Ángel guardián», «Caléndulas» o «Sueño de amor», entre otros suyos, destaca el soneto dedicado a «Cervantes», que retoma el motivo clásico de las armas y las letras, concretamente, la gloria de su heroica participación en la batalla de Lepanto y la gloria literaria de la creación de su inmortal novela:

BatalladeLepanto_JuanLuna

Vertió su sangre en la feral[1] jornada
por su patria y su fe, buen caballero,
y del combate en el tropel guerrero
la frente alzó de lauro coronada.

Con su pluma, feliz más que su espada,
al mundo echó su Hidalgo y su Escudero;
y el error que campaba aventurero
murió bajo su inmensa carcajada.

Pasaron ya las rojas claridades
con que brilló en Lepanto su victoria,
timbre de España y del muslim[2] azote;

pasan los tiempos, mueren las edades;
mas del ingenio humano para gloria
como sol inmortal vive el Quijote[3].


[1] feral: cruel, sangrienta (latinismo).

[2] muslim: musulmán.

[3] Incluido en Parnaso venezolano, Barcelona, Casa Editorial Maucci, s. a., pp. 210-211. Lo cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, pp. 150-151.

Los «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» de Antonio Bórquez Solar

Como escribe Juan Uribe-Echevarría, «El poeta y fervoroso cervantista chileno Antonio Bórquez Solar (1874-1938) dedicó dos sonetos panegíricos a su maestro»[1]. Bórquez Solar, natural de Ancud (provincia de Chiloé, región de Los Lagos), alternó su dedicación al periodismo (dirigió los diarios El Progresista y El Ateneo) con el cultivo de la poesía. Su producción lírica, que cabe adscribir al Modernismo, incluye títulos como Campo lírico (1900), Amorosa vendimia (1901), La floresta de los leones (1907), Dilectos decires (1912), La leyenda de la estrella solitaria (1919) o La diamantina fortaleza (1929), entre otros. Para el teatro, el escritor chilote compuso algunos dramas como Carrera (1921) y El trovador paladín (1928), y en el terreno de la narrativa aportó la novela La belleza del demonio: la Quintrala (1914).

Sus «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» son dos composiciones puestas en boca de la creatura cervantina que, frente al olvido que conoce su creador en vida, vaticina su gloria futura y, además, la unión de ambos en la inmortalidad de la fama. Los textos de los sonetos rezan así:

I

Mi Señor y mi Padre, ¡oh, Cervantes!
Al morir, con el pie sobre el estribo
hacia la eternidad, es justo que antes
te dé mi acción de gracias, pues que vivo.

Más fuerte que los bronces y diamantes,
sellada en un troquel el más altivo,
irá tu alma a los siglos más distantes,
plena de este ideal que yo concibo.

Porque sólo yo soy tu creatura,
y como tú también amo y espero
una vida ideal mucho más pura.

Que al fin hemos de ver que yo no muero,
que detrás de mi última aventura
apacientan el lobo y el cordero.

Busto de Miguel de Cervantes

II

Yo te alabo, Señor, pues que has de verte
en bronces inmortales esculpido.
Te aclamarán las gentes de tal suerte,
que igual que un semidiós serás tenido.

Junto contigo venceré a la muerte,
y a tu inmortalidad iré yo unido…
Te alabo, pues, Señor, que se convierte
en tu gloria perenne el de hoy tu olvido.

Tal vez, y sin tal vez, no haya mañana,
en el planeta, ni una raza sola
que no ame en ti la lengua castellana…

¡Escucho ya las voces resonantes,
que al aclamarte a ti, Patria Española,
gloria del mundo llaman a Cervantes![2]


[1] Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 125.

[2] Reproduce los textos Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), pp. 125-126, indicando en nota que «Aparecen estos sonetos en la Antología Escolar Hispano-Americana e Iniciación Literaria. Tomo I de J. C. Zorrilla de San Martín, S. J. (Pág. 297)». Mantengo las mayúsculas (Señor, Padre, Patria Española) tal como figuran en la antología de Uribe-Echevarría.

Un soneto a Cervantes de Washington Espejo

Cervantes, por Manuel Wssel de GuimbardaContinuamos la serie de evocaciones poéticas de don Miguel de Cervantes con este soneto escrito en alejandrinos del poeta chileno Washington Espejo, el cual se publicó el 12 de octubre de 1947 (año del centenario del natalicio del escritor) en el periódico La Nación de Santiago de Chile. Washington Espejo (1884-1952), poeta y contador que fue director de la revista En viaje, es autor de algunos libros como los titulados Del largo camino (1938), Canto al romance castellano (1939), Canto perdido (1942), Nada nuevo (1944), Poemas del hombre (1945) y Sonetos (1945). Su poema dedicado a Cervantes insiste en ideas tópicas bien conocidas: pobreza, cautiverio, amargos sinsabores, falta de recompensas por los servicios prestados, que no le impidieron a este «Moisés del castellano» (v. 14) escribir la Biblia del español, en la que sus dos personajes centrales, don Quijote y Sancho Panza, quedan convertidos en resumen antagónico y complementario de lo ideal y lo pragmático que anida en el alma del ser humano. El soneto reza así:

¡Oh, Miguel de Cervantes, señor desconocido,
en Alcalá de Henares, en Lepanto en Argel!
Porque ibas a la gloria, te retrató el olvido;
fue preciso el acíbar para la eterna miel.

De sueños coronado, de la pobreza ungido,
cada esperanza tuyo tuvo una risa cruel.
Venciste el cautiverio, mutilado, rendido,
… y tu patria tampoco miró al soldado fiel.

¡Oh, Miguel de Cervantes, gran errabundo triste!
En celda de injusticia, como ruin o liviano,
tu Quijote y tu Sancho… con qué dolor sentiste!

Y al partir en sus almas lo real del ser humano,
la Biblia de tu idioma con tu gracia escribiste,
¡gran Miguel de Cervantes! ¡Moisés del castellano![1]


[1] Tomo el texto de Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 158.

La Tolosa y la Molinera del «Quijote», evocadas por Sagrario Torres

Don Quijote llega a la venta

En su poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), al que ya dediqué alguna entrada anterior, Sagrario Torres evoca líricamente la figura de las dos mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta —para él castillo— en la que terminará siendo armado caballero por escarnio a manos de su socarrón ventero (Quijote, I, 2-3). Recordemos el pasaje en cuestión:

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada […] se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando[1].

El poema de Sagrario Torres se localiza en el apartado «Intermedio» de su poemario y va precedido, a modo de lema, por una cita de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:

Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas […] ¡Pobres mujeres que, sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.

La glosa unamuniana contextualiza perfectamente el poema de Torres. En efecto, sus versos evocan bellamente la transformación que se opera en las mozas del partido al contacto con don Quijote, hombre soñador que con su presencia y su trato caballeroso eleva y purifica (adoncella, escribe hermosamente Unamuno) a las dos mujeres de la venta: «Las miraste en dulcísimo respeto, / con inmensa ternura. / […] / Y te fuiste, Quijote, / dejándoles un nombre ennoblecido». El mero hecho de tratarlas con dignidad y respeto redime a las mozas de la sordidez de su dura vida, tal como reflejan estos otros bellísimos versos de Sagrario Torres: «De luz y de perfume / se sintieron envueltas, / ingrávidas, limpísimas». Y todavía más: el trato dispensado por «el Amador andante» no solo las ennoblece puntualmente, sino que puede llegar a tener una trascendencia todavía mayor, pues tal encuentro puede decidir a las mozas a emprender un cambio de vida (así parece sugerirlo, al menos, el final del poema: «Y pensaron la huida»).

Este es el texto completo de la composición, que no lleva un título específico:

QUIJOTE:

Las nodrizas celestes
que atraviesan los mundos,
escriben los destinos
desde la aurora de las cunas.

Rondan los edificios,
planean hasta posarse en los tejados,
corren por las barandillas,
atisban los balcones y los abren.

Se acercan a los predestinados
con sus pechos de nueces
abiertas y lechosas,
y aquellos elegidos beben.

Las nodrizas les soplan
en sus frentes tiernísimas,
les ungen y les marcan con la huella
que no verán ni sus progenitores.

TOLOSA y MOLINERA. Ellas nacieron
como la flor arriba de los tallos.

En precioso saltar
—su fresca voz, la boca de la risa—,
iban por los limpios regatos de las peñas
persiguiendo vilanos y calandrias.

Dientes de su niñez descantillaron
el duro pan.

Echaron en sus cestas restos de las vendimias.

Y fueron al cercao. Y ahecharon el trigo.
Y trabaron la harina del escaso comer.

Y dijeron adiós a las carretas.
Y algunos acechaban aquel luciente
y palmeral cabello.

Chapas de alcantarilla les cerraron
su alegre corazón.
Emborracharon a sus cuerpos
para anestesia de los golpes.

Enfrente de sus ojos ya no estaban
las serenas llanuras, fulgores de sus cielos,
sino hombres doblados de lujuria sobre ellas.

Bubas internas taponaron aquel hondón
hecho para otras ilusiones.

Solícitas, humildes, te ciñeron espada,
te calzaron espuela,
con la emoción con que se toca
el borde del vestido de un ser predestinado.

Las miraste en dulcísimo respeto,
con inmensa ternura.

De sus bocas huyó la risotada.
Les vino un ademán sereno.
Fueron dignísimas al punto.

Se quedaron suspensas, silenciosas.
En comunicación estaban sin hablarse.

Te miraron, y un rubor no sentido
se extendió por sus rostros.

Una ola el pecho les movía.
Un estallido de conocimiento
apareció en sus mentes.

Canales agitados sintieron por sus venas.
Flores en su arenal.

Su memoria borraba escenas que vivieron,
los cuerpos de los hombres.
Un mismo pensamiento les unía.

Y te fuiste, Quijote,
dejándoles un nombre ennoblecido.

Admiradas como nunca lo fueran,
preferidas de ti,
envueltas en aquella dulzura indefinible,
vieron marchar al Hombre enflaquecido,
dos veces Caballero.

Sus manos reprimían
golpes del corazón.
El sueño no les llegó esa noche
con grosero dormir.

Atrancaron la puerta. Abrieron el ventano.

De luz y de perfume
se sintieron envueltas,
ingrávidas, limpísimas.

A lo lejos, en medio de la noche,
rezaba y se perdía el Amador andante.

La Tolosa recordó su promesa al Caballero:
«Dondequiera que ella estuviese,
le serviría y le tendría como señor»[2].

Y pensaron la huida[3].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradelas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 48-49.

[2] Compárese con el texto cervantino: «Hecho esto, [el ventero] mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción […]. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienhaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndoles nuevos servicios y mercedes» (Quijote, I, 3, pp. 60-61; el destacado en itálica es mío).

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, pp. 36-39. Es el poema II de la sección «Intermedio», y le siguen dos sonetos (pp. 40-41) «En homenaje a la Tolosa y la Molinera». Para el contenido y la estructura global de Íntima a Quijote, puede verse otra entrada del blog.

«A Miguel de Cervantes», de Manuel del Palacio

La figura de Manuel del Palacio y Simó (Lérida, 1831-Madrid, 1906) resulta bien conocida: destacó como periodista y dramaturgo, pero especialmente como poeta satírico. Los rasgos más notables que se aprecian en su poesía son la facilidad versificatoria y el marcado tono festivo, que le convirtieron en un autor muy popular. Cuando Clarín indicó que en la España de su tiempo solamente había dos poetas y medio, se refería a Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce (los dos poetas) y a Manuel del Palacio (el medio)[1]. Liberal en sus inicios políticos, más tarde se hizo conservador. En 1892 ingresó en la Real Academia Española.

Estatua de Cervantes en Toledo

Entre sus obras que recopilan sus versos se cuentan títulos como Cabezas y calabazas: retratos al vuelo de las notabilidades en política, en armas, en literatura, en artes, en toreo y en los demás ramos del saber y de la brutalidad humana (1863), Cien sonetos políticos, filosóficos, biográficos, amorosos, tristes y alegres (1870), Veladas de otoño (1884), Melodías íntimas (1884) o Chispas (1894). De su producción poética, entresaco hoy su composición dedicada «A Miguel de Cervantes», ocho quintillas que ponen de manifiesto su habilidad versificatoria en las que nos ofrece la siguiente evocación del autor del Quijote:

Soldado, pobre, poeta,
sufrido, alegre, leal,
hallo en tu existencia inquieta
la encarnación más completa
del carácter nacional.

Sin mirar a dónde vamos,
sin ver lo que queda en pos,
quimeras cual tú soñamos
y al imposible aspiramos
puesta la esperanza en Dios.

Y de este o del otro modo,
rugiendo en el Sinaí,
o blasfemando en el lodo
nos parecemos a ti
menos en ingenio, en todo.

Tú, al fin, cautivo en Argel
o silbado en el corral
por muchedumbre crüel,
dejaste un libro inmortal
y un mundo pintado en él.

Nosotros sin el quebranto
de privaciones y encierros,
dejaremos en mal canto
la historia de nuestros yerros
escrita con nuestro llanto.

Por eso a tu polvo inerte
bien es que luz se demande,
pues vivimos de tal suerte
que hay que robarlo a la muerte
para tener algo grande.

Luz te pedimos, Miguel,
y juntando en este día
con su palma tu laurel,
por un libro como aquel
suspira la patria mía.

Que la discordia tenaz
crece aquí loca y audaz
desde que no da la tierra
Quijotes para la guerra
ni Sanchos para la paz[2].


[1] Palacio contestó al autor de La Regenta con el folleto titulado Clarín entre dos platos (1889).

[2] Cito, con algún leve cambio en la puntuación, por Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 102-103.

El soneto «Cervantes» de Ángel del Arco

Ángel del Arco y Molinero (Granada, 1862-1925), historiador y arqueólogo, fue autor de diversas obras literarias. Al terreno de la narrativa pertenecen la leyenda histórica La algarada de Lucena (1886), la leyenda heroica El rey mártir (1893) y otros títulos como Andrea (1886) o Juana la Violetera (1892). Publicó también unas Siluetas granadinas (1892). Como autor teatral escribió un juguete cómico en un acto y en prosa, Sólo para hombres (1891). En el ámbito de la poesía, dio a las prensas Hojas y flores. Poesías originales (1884), el canto épico La reconquista de Málaga (1888), Dos poesías (1896) y Laureles: obras poéticas (1902), y editó además un Romancero de la conquista de Granada (1889).

Miguel de Cervantes

De su producción poética nos interesa rescatar hoy su soneto «Cervantes», que dice así:

Cegados por el vértigo de gloria,
soñando un ideal de honor y ciencia,
los pueblos sufren rasgos de demencia
que se cuentan por siglos en la Historia.

Buscó la vanidad fama ilusoria;
y roto el freno ya de la prudencia,
surgió un genio de recta inteligencia
que atacó su locura transitoria.

Su sarcástica risa dio al olvido
delirios del honor, sacando a flote
el genio nacional, mal comprendido;

y de nuestras locuras como azote
desde entonces resuena en nuestro oído
la eterna carcajada del Quijote[1].


[1] Poema recogido en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 20.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

«Un soneto a Cervantes» de Rubén Darío

Este poema de Rubén Darío se publicó originalmente en la revista Helios (Madrid), IX, 1903, p. 37, con dedicatoria «A Ricardo Calvo». En 1904 se reprodujo en tres revistas de Hispanoamérica, con el título «A Cervantes»[1] y, finalmente, al año siguiente quedó recogido en Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos y Bibliotecas, 1905). Es, junto con la «Letanía de nuestro señor don Quijote», escrita expresamente para el III Centenario del Quijote en 1905, uno de los textos cervantinos más conocidos del poeta nicaragüense.

Miguel de Cervantes Saavedra

El texto de este soneto (cuyos versos séptimo, undécimo y duodécimo son heptasílabos, en la línea de experimentación métrica propia del Modernismo) dice así:

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino![2]


[1] Para más detalles remito a Jorge Eduardo Arellano (ed.), Rubén Darío. Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, p. 21.

[2] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza. Edición homenaje, Salta, Editorial Biblioteca de Textos Universitarios, 2006, pról. y ed. de Íride M. Rossi de Fiori et al., poema XVIII, p. 159. Está incluido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 46.

«Ínsula», de Felipe Cortines Murube

Felipe Cortines Murube (Los Palacios y Villafranca, Sevilla, 1883-1961) es un escritor adscrito al Modernismo poético, autor de poemarios como De Andalucía. Rimas (1908), El poema de los toros (1910), Nuevas rimas (1911) y Del levantamiento por la tradición de España (1936). Publicó también relatos de viajes y algunas novelas. Hoy nos interesa recordar una composición poética suya, un soneto, que constituye una evocación de Sancho Panza y su gobierno de la Ínsula Barataria. Dice así:

Un costal de malicias y refranes
llamaba don Quijote a su escudero[1],
el gran Panza, el famoso marrullero,
prez de los castellanos ganapanes.

Como premio a sus múltiples afanes
Sancho ganó la Ínsula primero,
y al regirla, un maligno curandero
no le dejó comer[2]: sufrió desmanes.

Sube al mando el humilde guardacabras
porque, al fin, aquel sandio[3] sin oficio
era un hombre gracioso en sus palabras.

¡Pero cuántos hoy son corregidores,
y solo alegan este vil servicio:
ser lacayos de apócrifos señores![4]

José Moreno Carbonero, Festín de Sancho Panza en la Ínsula Barataria


[1] Un costal de malicias y refranes / llamaba don Quijote a su escudero: «… que toda esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y malicias» (Quijote, II, 43).

[2] un maligno curandero / no le dejó comer: se refiere al doctor Pedro Recio de  Agüero o doctor Tirteafuera (por ser natural de este lugar de Ciudad real), «médico insulano y gobernadoresco» (Quijote, II, 45) que mata de hambre a Sancho Panza.

[3] sandio: tonto, necio.

[4] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 44.