Encontramos también en las Noches de invierno[1] de Antonio de Eslava hechos prodigiosos de diverso carácter[2], como los casos asombrosos de niños sumamente parecidos, mencionados a propósito del parecido de los cuerpos de Berta y Fiameta:
Que más maravilloso caso es el de Semíramis, reina de los asirios, de quien tantas hazañas se escriben, y della dice Justiniano que se parecía tanto a su hijo Nino en el rostro, disposición y talle que, muerto el rey su marido, se vistió en hábito de hombre y, fingiendo y representando la persona del hijo, gobernó cuarenta años el reino, creyendo todos ser Nino su hijo; tanta similitud había entre ellos que pudo todo este tiempo traerlos engañados. […] También escribe Alberto Magno, en el Libro de los animales, otro caso mucho más admirable de dos niños hermanos nacidos de un parto, que él afirma que vio en Alemaña, que se parecían tanto que, apartados el uno del otro, no se podía saber cuál era de los dos y, allende del gesto, era tanta la conformidad en lo demás, que no podían vivir sino juntos, y les era muy grande tormento apartarlos; hablaban de una manera, cuando enfermaba el uno enfermaba el otro, y así parecía que eran dos cuerpos y una naturaleza y una alma y complisión (pp. 229-230);
los relativos a hombres de extraordinaria memoria:
Quintiliano, en el libro segundo, cuenta de Ciro, rey de Persia, por hombre de grandísima memoria, pues con tener grandísimo ejército y de varias naciones, cuantos soldados, capitanes y hombres gastadores se hallaban en su ejército, los nombraba por sus propios nombres. Mitrídates, rey de Ponto, también tuvo gran memoria, pues aprendió veinte y dos lenguas y todas hablaba muy bien. Séneca, filósofo español y maestro de Nerón, escribe él mismo, jatándose de su memoria, que, estando en una rica almoneda que duró todo un día, y al fin della, dijo todas las cosas que habían sido vendidas por el orden que se vendieron y los nombres de los compradores con los precios sin errar un punto. De Julio César se lee también que tuvo particular memoria, porque se dice dél que en un mismo tiempo escribía cuatro cartas a cuatro personas, con cuatro secretarios y sobre diferentes sujetos (pp. 198-199)[3];
distintas variantes del motivo folclórico del nacimiento dificultoso, propio de héroes, las encontramos en los capítulos VIII, X y XI, en las historias relativas a Roldán, Carlo Magno y la reina Telus de Tartaria. Cito este último caso:
Yendo [el rey] un día por su recreación cazando fieras por los más encumbrados montes de Tartaria, en la llanura de una muy alta montaña vio un prodigioso suceso, y fue una pequeña niña que parecía nacer de la tierra, digo que estaba cubierta hasta los tiernos pechos de arena y que una grande y ferocísima leona le daba sus cargados pechos a mamar, la cual, así como sintió el estruendo y ruido de los caballos, se puso en huida dejando a la tierna niña llorando. Y el rey, admirado de tal espectáculo, llegó con sus caballeros, la cual con harto trabajo fue desarraigada de la endurecida arena por manos del rey tirano, el cual, conociendo que no sin misterio había visto aquel monstruoso caso, procuró con grande cuidado se criase la pequeña niña, a la cual puso por nombre Telus, que significa la tierra (p. 234);
en fin, rastreamos la presencia de otros fenómenos curiosos de la naturaleza, como el caso de la oveja que pare un león (Eslava aporta aquí la autoridad de Ludovico Celio en sus Lecciones antiguas, pero como sucede en tantas otras ocasiones está siguiendo literalmente la Silva de Mexía[4]).
[1] Existen varias ediciones modernas de las Noches de invierno: la de Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986), por la que citaré; otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.
Los distintos elementos maravillosos y fantásticos incluidos en las Noches de invierno[1] los podríamos agrupar en varios apartados. Tenemos en primer lugar lo relacionado con la presencia de seres sobrenaturales, que son motivos bastante recurrentes. Por ejemplo, en el capítulo VIII, Berta recibe la visita de un hada convertida en serpiente (episodio que entronca con la leyenda de Melusina):
Quedando la desdichada Berta sola y acompañada de mil varios pensamientos, sucedió un temeroso caso, y fue que vido venir a la puerta de la cueva una grandísima sierpe, arrastrando el duro suelo con su grande y pesado cuerpo, toda vestida de recias escamas de diferentes colores, con dos punzosas alas asestadas al cielo, con una cinta verde por la esquina que la ceñía desde la fiera cabeza hasta la larga cola. Iba echando recios silbos con el áspera y negra lengua, en la cual tenía tres órdenes de agudísimos dientes, y por sus fogosos ojos echaba más centellas que Vulcano. No fue de poco temor y espanto para la sola y afligida Berta semejante visión, y, así, la temerosa señora medio muerta se retiró a lo más dentro de su lóbrega cueva a pidir auxilio a la madre de Dios con grandes clamores y hervor de corazón […]. Mas la fiera y espantable sierpe paró su apresurado paso cerca de la temerosa Berta, y con halagüeño semblante y alegre rostro, si es que mostrarlo podía, le habló en lengua humana y propria desta suerte… (pp. 189-190)[2].
El hada Melusina
A este respecto, interesará recordar especialmente el diálogo que mantienen Leonardo y Fabricio, inmediatamente después de contarse la historia cuarta, sobre la existencia de ninfas y otros seres fabulosos:
Leonardo.– Paso, señor Fabricio; contando esa historia dijisteis que asistieron en ese mágico palacio a las reales bodas del príncipe Valentiniano muchas ninfas, dríades, nereidas y sirenas, que con su suave música suspendían a los oyentes. Pregunto si fue por encanto o si es verdad que la mar produce y cría semejantes criaturas.
Fabricio.– No hay duda ninguna, sino que como en la tierra hay jimios y monas que semejan y frisan en sus meneos y rostros con los hombres algún tanto, y como así bien hay perros y elefantes con tanto distinto que en alguna manera parece que tienen uso de razón, que así también el mar ha de haber extraordinaria suerte de peces. Alexandro ab Alexandro dice que Teodor Gaza, que fue hombre docto y ha poco tiempo que murió, vio que, habiendo habido en el mar grande tormenta, con sus combates arrojó en tierra en una playa mucha cantidad de varios peces, y que entre ellos había una nereida que tenía forma y rostro de mujer hasta la cintura, y que de allí para abajo fenecía en una cosa a manera de anguila, que es de la suerte misma que se pintan las sirenas o nereidas. […] Plinio dice que los de Lisboa, ciudad de Portugal, enviaron embajadores al emperador Tiberio, avisándole que por muchas veces habían visto un tritón o hombre marino que se recogía y metía en una caverna cerca del mar, y que allí tañía, y le habían oído con una concha. Y el mismo Plinio dice que también el emperador Octaviano fue avisado que en la costa de Francia se habían hallado muertas algunas mujeres marinas, digo, sirenas. George Trapesuncio, que es harto estimado entre los hombres doctos, dice que, andando riberas del mar, vio que en él se mostró un pescado que todo lo que se descubrió, que fue hasta el ombligo, era mujer; y como con maravilla ahincadamente la mirase, se zambulló en el agua. También escribe un autor moderno que el archiduque de Austria […] llevó a Génova una sirena muerta que le había sido presentada, y que muchos hombres doctos y graves la fueron a ver movidos por la novedad del caso, que ponía admiración. Yo sé decir que Francisco Patrucho, cómitre real de las galeras desta Señoría, me ha dicho por diversas veces haberlas visto en el faro o estrecho de Mesina, y que la una cantaba muy dulcemente sin pronunciación más que solas vocales. Y, así, no hay que dudar que, pues las había en el mar, que con arte mágica fácilmente se hallarían en las reales bodas de Valentiniano y Serafina.
Leonardo.– Pues lo habéis probado con tan graves autores, en parte quedo satisfecho (pp. 124-125)[3].
[1] Existen varias ediciones modernas de las Noches de invierno: la de Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986), por la que citaré; otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.
[2] El hada-serpiente cuenta a Berta que fue condenada por el mago Malagis a pasar seis meses con apariencia de serpiente y otros seis como mujer.
En entradas sucesivas voy a ofrecer algunas notas sobre la admiratio en las Noches de invierno[1], es decir, los elementos que introduce su autor, Antonio de Eslava, para sorprender al lector y mantener de forma continuada su interés[2]: descripción de tormentas y naufragios, alusiones a hechos fantásticos y maravillosos, presencia de la magia, etc. En efecto, en la obra abundan esos elementos de la fantasía y la maravilla, los sucesos mágicos y prodigiosos, los lances caballerescos (torneos, combates…), los recursos de intriga propios de los relatos bizantinos (mujer en hábito varonil y uso de otros disfraces para ocultar la verdadera personalidad de los protagonistas…), la descripción de tormentas y naufragios (muy del gusto del autor), etc., que mantienen vivo el interés del lector. Todo ello va acompañado de las habituales muestras de erudición, de la que el autor quiere hacer gala poniendo en boca de sus personajes citas y menciones de autoridades diversas. Ese recurso continuo a las autoridades, con la acumulación de ejemplos de la Antigüedad, tal vez resulte a los ojos de un lector de hoy algo demasiado pedante y pretencioso. Sea como sea, obviada esa dificultad, creo que el lector contemporáneo podrá disfrutar de las entretenidas historias de Noches de invierno, una obra con la que Eslava nos brinda —como Cervantes en el Quijote de 1605, salvadas las naturales distancias de calidad literaria y trascendencia— un compendio de los principales modos y géneros narrativos vigentes en España a finales del siglo XVI y comienzos del XVII (con excepción del relato picaresco, modalidad no presente aquí).
Antonio de Eslava, Noches de invierno, edición, prólogo y notas de Julia Barella, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013
La presencia en las Noches de invierno de elementos que provocasen la admiratio[3] del lector ya había quedado apuntada por algunos estudiosos; por ejemplo, por Manuel Iribarren, cuando escribía que en sus páginas «se acumulan sin método la historia y la fantasía, la realidad y el mundo maravilloso»[4]. Por su parte, Julia Barella Vigal ha destacado que los gustos literarios de Eslava «siempre parecen inclinarle por lo extraordinario, el dramatismo y las situaciones caóticas, dinámicas, extremas y grandiosas»[5], de ahí que no sea difícil encontrar en la colección numerosas descripciones de tormentas, tempestades, incendios, naufragios…, así como la mención de diversos hechos prodigiosos. También Víctor A. Oroval Martí se ha referido a esta cuestión[6], a propósito de la acusación de antirrealismo formulada contra Eslava por Amezúa[7]. Y quien más recientemente ha apuntado la presencia de elementos fantásticos y maravillosos en las Noches de invierno ha sido Ana Luisa Baquero Escudero, en un trabajo panorámico sobre los lugares de la maravilla en la novela corta del XVII:
Pero sin duda, si tuviésemos que referirnos a una colección de novelas cortas anterior a la aparición de las Ejemplares en donde lo maravilloso se desenvolviese ampliamente, ésta sería las Noches de invierno de Antonio de Eslava. Perteneciente ya al seiscientos, en ella encontramos numerosas historias intercaladas en la estructura dialogística que conforma el texto. Ya González de Amezúa, desde su singular perspectiva crítica por la cual el rasgo realista constituía el barómetro de su valoración del género, destacó —obviamente de manera negativa— la presencia de lo maravilloso y fantástico en dicha obra que además relacionaba él con fuentes no nacionales sino extranjeras. Unas afirmaciones que las excelentes investigaciones posteriores de Barella han rectificado en parte. Construidas a partir de un complicado entramado de tradiciones de muy diverso origen, las diez historias incluidas en dicha obra aparecen narradas por los distintos personajes que constituyen la tertulia. A excepción de la primera presentan todas casos sucedidos a personajes ajenos desde luego a su realidad, y cuya categoría social se corresponde normalmente a la de reyes, príncipes y emperadores. Si bien alguna refleja una realidad histórica reciente, se suelen situar en un pasado lejano —recuérdense aquellas correspondientes al ciclo carolingio—, y en escenarios muy distantes, asimismo, de la geografía nacional —Tartaria, el antiguo reino de Macedonia…—. Dos coordenadas estas, la distancia temporal y el alejamiento geográfico, engarzadas íntimamente para conceder esa singular verosimilitud a la presentación de hechos fantásticos. Una verosimilitud que además en este caso, y como ocurría también en las misceláneas de la época, suele ir respaldada por el principio de autoridades, manejado por los contertulios[8].
Para el análisis de esta cuestión resulta de especial interés un artículo de Julia Barella Vigal publicado en 1985 en el que, tras resumir algunos datos generales acerca del autor y la obra, estudia en un primer apartado «Las historias narradas y el folklore» y analiza las fuentes literarias de cinco de ellas. El segundo apartado de su trabajo está dedicado a «La erudición en los diálogos glosadores», con tres capítulos: «Anécdotas de personajes históricos», «Curiosidades y costumbres bárbaras, hechos maravillosos y noticias de la filosofía natural» y «El amor: sus distintos tipos y temibles efectos». Barella Vigal explica que cuando Eslava incluye en su obra anécdotas de personajes históricos, respeta las fuentes que maneja, sobre todo la Historia Imperial de Mexía. Pero no sucede lo mismo cuando se ocupa de materias maravillosas:
La actitud de Eslava es bien distinta cuando se trata de sucesos maravillosos, costumbres de pueblos lejanos o demás curiosidades. Eslava se distancia de su fuente y aumenta, colorea, exagera la noticia a su antojo. Los ejemplos que elige de entre los compendios suelen ser los más increíbles, las supercherías, los acontecimientos asombrosos y las leyendas más fantásticas.
Su principal fuente es la Silva de varia lección de Pedro de Mexía, y si bien la copia es en la mayoría de las ocasiones literal, Eslava nunca menciona tan magnífica obra[9].
Y más adelante añade a propósito de esta aparente falta de originalidad:
Lo original de Eslava es que parece no contentarse con la simple exposición de hechos y acude a otras fuentes en busca de una explicación científica o simplemente se la inventa. Esta actitud es la que hace que la obra adquiera ese tono entrañable y humano[10].
[1] Existen varias ediciones modernas de las Noches de invierno: la de Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986), por la que citaré; otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.
[3] Véase Edward C. Riley, «Aspectos del concepto de admiratio en la teoría literaria del Siglo de Oro», en Studia Philologica. Homenaje ofrecido a Dámaso Alonso, Madrid, Gredos, 1963, vol. III, pp. 173-183.
[4] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, p. 84.
[5] Julia Barella Vigal, «Antonio de Eslava y William Shakespeare: historia de una coincidencia», El Crotalón. Anuario de Filología Española, 2, 1985, p. 499.
[6] Véase Víctor A. Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, tesis doctoral mecanografiada, Valencia, Universidad de Valencia, s. a. [1978], pp. 178-181; en la p. 178 se refiere a la presencia de «fuentes mágicas, magos, palacios encantados, hechos sobrenaturales, hadas…».
[7] Véase Agustín G. de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956, vol. I, p. 438.
[8] Ana L. Baquero Escudero, «Los espacios de la maravilla en la novela corta áurea», en Ignacio Arellano (ed.), Loca ficta: los espacios de la maravilla en la Edad Media y Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2003, pp. 61-62.
[9] Julia Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava: entre el folklore y la tradición erudita», Príncipe de Viana, 175, 1985, p. 554.
[10] Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», p. 555.
Antonio de Eslava no es un autor completamente desconocido en el panorama literario del siglo XVII: de hecho, existe cierta bibliografía sobre su única obra conservada, la colección de historias titulada Noches de invierno (1609)[1]. Hace un tiempo les dediqué aquí una entrada, que ofrezco ahora en versión ampliada.
A Eslava se le suele considerar en el conjunto de los cultivadores de la novela corta española de los siglos XVI y XVII[2], y particularmente se le ha recordado en diversas ocasiones como posible fuente de inspiración de William Shakespeare, en concreto para su comedia The Tempest. Sin embargo, hay muchos aspectos de la colección de narraciones de Eslava merecedores de un análisis más detenido y que hasta la fecha apenas han recibido atención por parte de la crítica.
Aparte de otras ediciones fragmentarias[3], existen varias ediciones modernas en las que leer las narraciones de Eslava: Noches de invierno (Madrid, Saeta, 1942), con prólogo de Luis María González Palencia, versión incompleta y con algunas incorrecciones; otra más reciente (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986), con un clarificador estudio preliminar y una extensa anotación, debida a Julia Barella Vigal; otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266. En el «Prólogo al discreto lector» Eslava ofrecía una segunda parte, que al parecer no llegó a escribir.
Antonio de Eslava, Noches de invierno, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 36)
Navarro de «la que nunca faltó», es decir, de Sangüesa, es Antonio de Eslava; él mismo hace constar su condición de sangüesino en la portada de su única obra conocida: Parte primera del libro intitulado Noches de invierno. Compuesto por Antonio de Eslava, natural de la Villa de Sangüesa. Allí nació hacia el año 1570. Y muy pocos más son los datos biográficos que de él conocemos. Todos los que han escrito sobre las Noches de invierno han aludido a la ausencia casi total de noticias relativas a la vida y persona de su autor. En el Archivo General de Navarra se conserva un documento, transcrito por Juan Castrillo, relativo a su matrimonio: «… a los cuatro días de 1603 Antonio de Eslava, nuestro escribano y portero real, y Susana Francés, su mujer, vecinos de Sangüesa…»[4]. Sabemos que tuvo un hermano, de nombre Juan de Eslava, que fue racionero de la catedral de Valladolid, autor de dos sonetos laudatorios incluidos entre los textos preliminares de la obra, los que comienzan «Levántese mi rudo entendimiento…» y «Báñese ya el planeta más lucífero…».
Quienes han tratado sobre la historia literaria de Navarra, le han dedicado por lo general algo de atención, aunque no siempre. Por ejemplo, José Zalba, en sus pioneras «Páginas de la historia literaria de Navarra», del año 1924, al referirse a las Noches de invierno, se hacía eco de la idea de que en su capítulo cuarto «se encuentra el argumento que poco más tarde, en 1613, desenvolvió Shakespeare en su drama La Tempestad»; añadía también que la obra de Eslava «tuvo muchos imitadores en España»[5]. Una entrada bio-bibliográfica algo más extensa le dedica Manuel Iribarren en su libro Escritores navarros de ayer y de hoy (1970):
Eslava, Antonio. Sólo sabemos de él que nació en Sangüesa y que se le titula escribano. Debió de venir al mundo hacia 1570. Publicó: Parte primera del libro intitulado Noches de invierno. En Pamplona, impreso por Carlos Labayen, 1609. La segunda parte no se publicó. Contiene once novelas, digresiones históricas y morales, una apología del sexo femenino y una fábula alegórica. En sus páginas se acumulan sin método la historia y la fantasía, la realidad y el mundo maravilloso. Se escribió en forma dialogada, entre personajes imaginarios «para aliviar la pesadumbre de las noches holgando los oídos del lector con algunas preguntas de filosofía natural y moral, insertas en apacibles historias». Noches de invierno, no obstante su tosco estilo, encontró buena acogida en el público. Alcanzó cuatro ediciones en pocos años y se tradujo al alemán. A juicio de Menéndez Pelayo, «todo en el libro de Eslava anuncia su filiación italiana. Ninguna de las historias es de asunto español». En efecto, la acción tiene por escenario Venecia. Se ha dicho que uno de los relatos, el contenido en el capítulo 4.º —Do se cuenta la soberbia del rey Nicéforo [sic, por Nicíforo] e incendio de las naves y la arte mágica del rey Dárdano— sirvió de inspiración a Shakespeare para escribir La tempestad. La semejanza del argumento y la identificación de los personajes de una y otra obra no parecen ser mera coincidencia. Nos lo confirma el hecho de que el drama de Shakespeare se representó a los dos años o cuatro quizás de aparecer el cuento de Eslava[6].
José María Corella, en su Historia de la literatura navarra (1973), aporta una semblanza similar, añadiendo algunos datos más, y en la antología con la que cierra su libro transcribe la mencionada historia cuarta de las Noches de invierno. Por su parte, Fernando González Ollé, en su Introducción a la historia literaria de Navarra (1989), no le dedica un capítulo específico, sino que se limita a mencionarlo brevemente, aludiendo a «los relatos, pedestres y engolados, contenidos en Noches de invierno (1609)»[7].
Por lo que respecta al carácter de Antonio de Eslava, él mismo se retrata en la dedicatoria de su obra a don Miguel de Navarra y Mauleón, marqués de Cortes y señor de Rada y Traibuenas, presentándose ante nuestros ojos como un aficionado a la lectura y el saber. Merece la pena copiarla íntegra:
Considerando, Ilustrísimo Señor, que la ociosidad es madre de todos los vicios, he procurado siempre de hablar con los muertos, leyendo diversos libros llenos de historias antiguas, pues ellos son testigos de los tiempos y imágenes de la vida; y de los más bellos y de la oficina de mi corto entendimiento, he sacado con mi poco caudal estos toscos y mal limados Diálogos, y, viendo también cuán estragado está el gusto de nuestra naturaleza, los he guisado con un sainete de deleitación, para que despierte al apetito, con título de Noches de invierno, llevando por blanco de aliviar la pesadumbre dellas, halagando los oídos al lector con algunas preguntas de la filosofía natural y moral, insertas en apacibles historias. Y a la hora que amigos míos con instancia de razones y continua persuasión me convencieron a que los sacase a luz, me determiné y resolví en dedicárselos a V. S., para ponerlos en una roca fortísima do se defiendan y estén seguros de los mordaces y detractores, los cuales, considerando que están debajo del amparo de persona de tan claro y universal ingenio, a quien naturaleza en todo se ha mostrado propicia, podría ser que disimulen mis defectos, y aunque es cosa muy sabida ser pequeño servicio éste para persona tan grave y tan benemérita, pues deciende V. S. de aquella realísima estirpe del rey Carlos Tercero de Navarra, por lo cual es más inclinado V. S. a hacer mercedes que a recebir servicio, y así tengo por cierto no seré digno de reprehensión, suplico a V. S. que, aunque el presente sea pequeño y de poca estima, lo acepte y reciba, que esa sola aceptación bastará para hacer agradables mis Diálogos a todos y animarme a mí [a] servicios mayores. Nuestro Señor la ilustrísima persona de V. S. guarde por muchos años.
Tenemos, por tanto, que este escribano y portero real en Sangüesa publica en Pamplona, en 1609, sus Noches de invierno, una colección de relatos cortos que sigue una técnica constructiva —enraizada en la narrativa oriental— similar a la del Decamerón de Boccaccio: varios personajes se reúnen en tertulia durante varias noches y cada uno de ellos va contando una historia diferente. Un pequeño marco dialogístico sirve para dar unidad al conjunto, marco en el que se insertan además los distintos comentarios de los contertulios, que hablan y discuten sobre las más diversas cuestiones (para comprobarlo, basta echar un vistazo a la «Tabla de las cosas más notables de este libro» incluida al final). Como el título sugiere, se trata de relatos para ser leídos o contados, al calor del hogar, en las largas noches de invierno[9].
Mencionaba antes que la primera edición de las Noches de invierno salió en Pamplona, en 1609, por el editor Carlos de Labayen. Pues bien, el libro alcanzó un enorme éxito, porque conoció de forma inmediata otras ediciones: una del mismo año 1609 en Barcelona (con varias reimpresiones con la misma foliación) y otra de Bruselas en 1610. En 1649 se tradujo completo al alemán y parcialmente al francés en 1777 y al inglés en 1832. Sin embargo, las Noches de invierno tuvieron también problemas con la Inquisición, y así, en los Índices de 1667 y 1747 se ordenaría expurgar y corregir de nuevo, respectivamente, el texto. La obra también quedó incluida en el Índice último de libros prohibidos (Madrid, Sancha, 1780). «Los censores —explica Barella Vigal— coinciden en señalar un sospechoso fondo de inmoralidad en los temas, una actitud poco decorosa en los protagonistas y una ausencia, en suma, de ejemplaridad y buenos consejos»[10].
En lo que sigue, resumiré los rasgos generales de las Noches de invierno, siguiendo las aportaciones de sus principales estudiosos[11].
La crítica ha destacado de forma especial lo acertado en la disposición de los diálogos que sirven de marco a los relatos: Leonardo, Albanio, Silvio y Fabricio (y una noche también Camila) se reúnen para pasar entretenidos las frías noches de invierno, contando historias. Esta acción-marco de los relatos se sitúa en Venecia. Las charlas, amenas y burlescas, de estos contertulios están salpicadas de anécdotas, chascarrillos y curiosidades, y en ellas ha visto Juana de José y Prades la parte más original de las Noches de invierno:
La originalidad del autor —escribe— se reduce al mínimo más inexcusable. Si entresacamos del libro las imitaciones y plagios a Pedro Mexía, a Antonio de Guevara, a los libros de caballerías y a las leyendas leídas aquí o allá, apenas nos queda nada en las manos. Pero lo poquito que permanece tiene mucho sabor castizo, me refiero a esos cortos pasajes que Eslava emplea para pasar de un cuento a otro; en ellos vemos a los cuatro ancianos, Leonardo, Silvio, Albanio y Fabricio, arrimados a la chimenea hogareña para defenderse del frío excesivo; beben una copa tras otra de vino para calentarse y se entretienen en asar castañas en la brasa y en cambiar tal cual broma socarrona de viejo navarro. Pese a los deseos de Eslava de situar el desarrollo de los diálogos en la ciudad de Venecia, más recuerdan los interlocutores a cuatro viejos navarros que buscan refugio contra el frío del Pirineo que no a cuatro caballeros venecianos que huyan de la humedad de los canales[12].
Opinión de la que se hace eco Barella Vigal, para apuntar al mismo tiempo su parecer sobre el punto en que radica la originalidad de la obra:
Quizá no exagere Juana de José y Prades cuando dice que el tono coloquial y cotidiano de los diálogos es lo más original del libro […]. En lo que a mí respecta, creo que la originalidad descansa en la manera que ha elegido Eslava de presentar un variado material literario, procedente de muy distintas fuentes, y hacerlo cumpliendo los nuevos presupuestos de la época, entreteniendo y adoctrinando al lector, narrando historias antiguas, pero aproximando sus fines y su lenguaje al presente[13].
Los títulos de los once capítulos incluidos por Eslava en sus Noches de invierno son: 1) «Do se cuenta la pérdida del navío de Albanio»; 2) «Do se cuenta cómo fue descubierta la Fuente del Desengaño»; 3) «Do se cuenta el incendio del galeón de Pompeo Colona»; 4) «Do se cuenta la soberbia del rey Nicíforo y incendio de sus naves, y la arte mágica del rey Dárdano»; 5) «Do se cuenta la justicia de Celín Sultán, Gran Turco, y la venganza de Zaida»; 6) «Do se cuenta quién fue el esclavo Bernart»; 7) «Do se cuentan los trabajos y cautiverio del rey Clodomiro y la Pastoral de Arcadia»; 8) «Do se cuenta el nacimiento de Roldán y sus niñerías»; 9) «Do defiende Camila el género femenino»; 10) «Do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, rey de Francia y emperador de romanos»; y 11) «Do se cuenta el nacimiento de la reina Telus de Tartaria». Aunque este listado contenga once capítulos, en realidad las historias narradas al calor del fuego son diez, porque el capítulo noveno corresponde propiamente a un género literario distinto (el debate sobre la condición de la mujer, que tiene amplias manifestaciones en la tradición literaria, ya se trate de literatura misógina, ya —como sucede en este caso— de literatura laudatoria). Por lo que toca al origen de estos relatos, es decir, a sus fuentes, hay que indicar que en muchos casos lo que hace Eslava es reelaborar historias de otros autores o de carácter tradicional:
Las diez historias que se cuentan —resume Barella Vigal— presentan un complicado entramado de tradiciones, leyendas folklóricas, cuentos medievales, reminiscencias mitológicas, de romances, de libros de caballerías, bizantinos, pastoriles y moriscos, y temas y motivos de la literatura italiana y francesa[14].
En cualquier caso, el fondo que subyace en las historias narradas pertenece plenamente a la tradición hispánica:
No cabe duda de que el libro está ambientado en Italia, pero el asunto de sus historias es de tradición hispánica en la medida en que ejemplifica una serie de preocupaciones que son constantes en nuestra literatura: lo celestinesco, el duelo, el cautiverio, lo morisco, los problemas de religión, de honra y de raza; si bien no quiero decir que sean éstos exclusivos de la literatura española[15].
También Víctor A. Oroval Martí, en su trabajo Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava[16], comenta esta cuestión relativa a la variedad de procedencias de los elementos incluidos en la obra del sangüesino, al tiempo que apunta la intencionalidad del autor:
Los relatos cortos de las Noches de invierno —llamados familiarmente «historias»— presentan un conglomerado aparentemente dispar de raigambre medieval y renacentista sobre todo, con elementos de superficie engranados entre sí por una comunidad de intención: el entretenimiento y la moralización —esta última a base del castigo del vicio y el premio de la virtud—, por unos contenidos literarios —fundamentalmente el sustrato bizantino, bucólico y caballeresco— y por un desarrollo a base de un orden clasista preestablecido que se rompe con el subsiguiente desequilibrio (desorden-nudo del relato en el que los personajes suelen perder su «status») que acaba con el restablecimiento del orden y papeles iniciales junto a un simulacro de final feliz —nunca total—, aristocrático y con los parabienes de la divinidad, siempre al lado de los buenos-nobles[17].
Añade que la obra queda «enmarcada dentro del relato corto del XVII en el que constituye al parecer un eslabón inicial por su notable independencia de los patrones italianos hasta entonces imperantes, en la modalidad narrativa de Eslava, a través de traducciones o plagios». Con respecto a esta cuestión, matiza Oroval que Eslava plagia «sólo en los diálogos» y que astutamente omite la mención de sus fuentes (que son fundamentalmente Mexía, Pinciano y Guevara), «pero se trata de una parte minoritaria incluso dentro de los mismos diálogos, campo exclusivo de tal práctica»[18].
La crítica, influida quizá en exceso por la opinión de Menéndez Pelayo, había destacado la dependencia casi exclusiva de fuentes italianas. A este respecto, señala Oroval en sus conclusiones:
La obra de Eslava, salvo algún plagio, se halla lejos de sus fuentes literarias más inmediatas, que son los novellieri italianos del siglo XVI. En esto el autor sigue la idea latina de originalidad, o sea, el basarse en elementos de obras ajenas —tomados de «libros llenos de historias antiguas» según Eslava confiesa en la dedicatoria al Marqués de Cortes—, desde los que origina una creación nueva sin apenas contacto con su fuente. A esta conclusión se llega siguiendo los antecedentes literarios de los diálogos y relatos cortos de las Noches de invierno, sin descartar el influjo de la tradición oral o los pliegos de cordel cuyos estudios —incipientes— prometen interesantes resultados[19].
La intención del libro —ya quedó apuntado en alguna cita anterior— responde a la vieja fórmula horaciana del deleitar aprovechando: el autor ofrece a los lectores entretenimiento y diversión y al mismo tiempo enseñanzas y avisos. En España, son muchos los libros de estas características que buscan mezclar «lo útil» de la enseñanza y «lo dulce» de la forma narrativa, desde las colecciones de exempla medievales o el Arcipreste de Hita hasta El patrañuelo de Juan de Timoneda o los Diálogos de apacible entretenimiento de Lucas Hidalgo. Además, como explica Barella Vigal[20], en la época en que escribe Antonio de Eslava contar cuentos era un modo de cortesanía. No ha pasado por alto a los críticos cierta contradicción existente entre las moralidades que promete el autor en los preliminares y el fondo disoluto y relajado de la narración. Pero es que, como insiste Barella Vigal, entretener al lector contando historias es la finalidad principal de la obra, mientras que la supuesta intención moral parece interesarle poco a Eslava[21].
En el tomo III de sus Orígenes de la novela, Menéndez Pelayo hablaba —y su opinión ha pesado— del estilo «tosco y desaliñado» de Eslava e indicaba que en su prosa abundan las enumeraciones de pedantesca erudición y mala retórica (el abuso de las citas y referencias eruditas es aspecto que pone de manifiesto el trabajo de Juana de José y Prades[22]). En particular, se detecta en las Noches de inviernouna clara influencia del estilo de fray Antonio de Guevara. Sea como sea, para Barella Vigal la «prosa en formación» de Eslava, al tiempo que recoge fórmulas y recursos medievales, «es protagonista de originales aciertos narrativos, nada frecuentes en el panorama prosístico del recién inaugurado siglo XVII»[23]; y opina que la importancia de Eslava y de su obra en el contexto literario de su época no es, en modo alguno, desdeñable:
El marco narrativo que se inauguraba en la quinta de Florencia o en la tertulia de Eslava reproducía un antiguo hábito que se había convertido en acto social y que se reflejaba como tal en toda la literatura de los Siglos de Oro. La obra de Eslava en este sentido es fundamental; su importancia en el desarrollo de la novela moderna y el ser uno de los más importantes precedentes del género novelístico junto con Timoneda y Gaspar Lucas Hidalgo, a excepción de su gran coetáneo Cervantes, le convierten en pieza clave para conocer el panorama prosístico español de los albores del Barroco[24].
[2] Sobre el género de la novela corta, pueden consultarse los trabajos de Caroline B. Bourland, The Sort Story in Spain in the Seventeenth Century with a Bibliography of the Novela from 1576 to 1700, Northampton, Smith College, 1927; Wolfram Krömer, Formas de la narración breve en las literaturas románicas hasta 1700, Madrid, Gredos, 1979; Walter Pabst, La novela corta en la teoría y en la creación literaria. Notas para la historia de su antinomia en las literaturas románicas, Madrid, Gredos, 1972; María Pilar Palomo, La novela cortesana. Forma y estructura, Barcelona, Planeta / Universidad de Málaga, 1976. Pabst menciona a Antonio de Eslava y sus Noches de invierno en la «Tabla cronológica de la novelística» (p. 491), aunque no lo estudia en su libro.
[3] Una selección de historias puede encontrarse, por ejemplo, en Cuentos viejos de la vieja España (del siglo XIII al XVIII), estudio preliminar y adaptación por Federico Carlos Sainz de Robles, 5.ª ed., Madrid, Aguilar, 1964.
[4] Véase Juan Castrillo, «Apuntes biográficos. Partidas de nacimiento de algunos hijos ilustres de Santa María la Real de Sangüesa», Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra, VI, 1915, pp. 203-206.
[5] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 353.
[6] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 83-84.
[7] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 169.
[8] Antonio de Eslava, Noches de invierno, ed. de Julia Barella Vigal, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación y Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1986, pp. 53-54. Para las ediciones antiguas y los ejemplares conservados, remito a Barella , introducción a Noches de invierno, 1986, pp. 41-42; y a Víctor A. Oroval Martí, «Narrativa y crítica literaria», Príncipe de Viana, 166-167, 1982, pp. 1045-1046.
[9] Cfr. las palabras de Cervantes en el Coloquio de los perros: «consejos o cuentos de viejas, como aquellos del caballo sin cabeza y de la varilla de virtudes con que se entretienen al fuego las dilatadas noches de invierno»; en El celoso extremeño: «aun hasta en las consejas que en las largas noches de invierno en la chimenea sus criadas contaban»; o en Quijote, I, 42: «lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego»; y de Lope en El mayor imposible: «cuentos de viejas, para la lumbre, las noches de invierno» (testimonios mencionados por Julia Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava: entre el folklore y la tradición erudita», Príncipe de Viana, 175, 1985, p. 546, nota 41).
[10] Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», p. 514.
[11] Remito también al trabajo de Giovanna de Gregorio Formichi, «Narratori del Seicento: Le Noches de invierno di Antonio de Eslava», Lavori Ispanistici, II, Florencia, 1970, pp. 145-256; y al prólogo de Luis María González Palencia a Antonio de Eslava, Noches de invierno, Madrid, Nuevas Gráficas (Saeta), 1942, pp. IX-XXXI. Remito también a los trabajos de Ana Flores Ramírez: Edición y estudio lingüístico de «Noches de invierno», tesis doctoral dirigida por Antonio Prieto Martín, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1997; «Estudio lingüístico de Noches de invierno de Antonio de Eslava», Dicenda. Estudios de lengua y literatura españolas, 18, 2000a, pp. 147-208, y «Diálogo y conversación en las Noches de invierno de Antonio de Eslava», en José Jesús de Bustos Tovar (coord.), Lengua, discurso, texto: I Simposio Internacional de análisis del discurso, Madrid, Visor Libros, 2000b, vol. 1, pp. 1363-1380. Puede verse asimismo la ficha que le dedica Rafael Bonilla Cerezo en el Diccionario Biográfico electrónico (DB-e) de la Real Academia de la Historia, <http://dbe.rah.es/biografias/8910/antonio-de-eslava>.
[12] Juana de José y Prades, «Las noches de invierno de Antonio de Eslava», Revista Bibliográfica y Documental, III, 1949, p. 167. Algo similar es lo que escribe Barella Vigal: «… cuando termina la narración, cuando vuelve la conversación en torno a la chimenea y se acompaña de burlas y bromas sobre el vino, más parece que estemos en el interior de una casona navarra que en algún rancio palacio veneciano. El humor socarrón de los octogenarios contertulios, las castañas asadas y la carne de membrillo están más cerca de acompañar una tertulia de costumbres y tradición española» («Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», p. 517).
[13] Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», p. 565.
[14] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, 1986, p. 25.
[15] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, 1986, p. 34.
[16] Se trata de su tesis doctoral, dirigida por el Dr. Ángel Raimundo Fernández González, Valencia, Universidad de Valencia, s. a. [1978]. Manejo el ejemplar mecanografiado de este trabajo inédito, que dedica distintos apartados a «Antonio Eslava», «Argumentos, temas e historias», «Estructuración global», «Indicios», «Informantes», «Personajes», «Las autoridades», «Técnica narrativa», «Las fuentes en Noches de invierno», «Eslava y Boccaccio», «Eslava y Mejía», «Eslava y Shakespeare», «Análisis sociohistórico», «A. Eslava desde su obra», «Elementos simbólicos en las Noches de invierno», «Conclusiones provisionales» y «Bibliografía». La cita corresponde a la p. 3.
[17] Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, Valencia, Universidad de Valencia, s. a. [1978], pp. 496-497.
[18] Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, p. 11. Ahora no me detendré en el comentario de las fuentes, aspecto bien estudiado en los trabajos de Barella Vigal, Formichi, Juana de José y Prades y Oroval Martí.
[19] Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, p. 503.
[20] Véase Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, 1986, pp. 17-18.
[21] «Lo que pasa es que la finalidad moral le interesa muy poco a Eslava cuando nos la presenta inserta en la materia novelesca. Será en los diálogos, pedantes y monótonos en muchos momentos, cuando la enseñanza y el ejemplo ocupen un lugar primordial» (Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», p. 519).
[22] José y Prades, «Las noches de invierno de Antonio de Eslava», pp. 163-196.
[23] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, 1986,p. 35.
[24] Barella Vigal, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava…», 1986, p. 515.
El amor es el motor principal del actuar del caballero andante, la fuerza que le da vida y ser («Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser», leemos en Quijote, II, 30), y el servicio amoroso a «su sin par Dulcinea», la alta señora de sus altos pensamientos, queda evocada en el texto de Larráyoz Zarranz[1] en la frase «juramos fidelidad a una única y sola dama» que pronuncia don Quijote. En cualquier caso, la presencia de Dulcinea, aparte algunas menciones sueltas de este tipo, no adquiere en esta obra una función estructural, ni siquiera una importancia destacada.
Añadiré para cerrar este apartado que la intertextualidad de la obra, además de con el Quijote, se produce con la novela histórica Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879), de Francisco Navarro Villoslada, de la que hay claros ecos: así, la alusión a la célebre expresión «Domuit vascones» con la que comenzaban las crónicas de los reinados de todos los monarcas godos, la legendaria elección de Jimeno García como primer rey de Pamplona, o el comienzo del capítulo II, con un comentario del narrador que recuerda mucho el estilo del escritor vianés (aprendido, a su vez, en Cervantes y el Quijote[2], inicio y origen último de toda la novela moderna occidental):
Mejor será, paciente lector, dejar de lado todas estas disquisiciones de las escuelas, para seguir más de cerca al Caballero de la Triste Figura en sus primeros pasos por el reino de Navarra, que por habernos detenido en ellas más de la cuenta, hemos dado lugar a que háyannos dejado rezagados (p. 24)[3].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
Finalizaré esta serie de entradas sobre Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982) con un breve comentario de sus principales rasgos estilísticos. Lo más destacado a lo largo de todo el poemario es, sin duda alguna, el frecuente empleo de juegos de palabras. De hecho, podría afirmarse que la poesía de Irigoyen es, en buena medida, un puro juego, un continuo alarde verbal, fruto de un afán lúdico comprobable también en su prosa. Aquí encontramos juegos de palabras a partir de año y ano, en las disociaciones vill-anos, m-ano, Vatic-ano, ciudade-anos (pp. 17 y 23); las paronomasias: calma y cama (p. 18); égida y héjira (p. 19); «la paranoia, la menopausia, la paronomasia» (p. 19); «a mi papá y al Papa» (p. 20); «rayada por el Rayo» (p. 21); «escasas casas de putas» (p. 24); «los beocios y los batracios» (p. 24); «sarro de serrallo» (p. 35); el empleo de nombres comunes para aludir a nombres propios: «las arias de su testamento» (p. 19), alusión casi transparente a Carlos Arias Navarro.
Más ejemplos: franco por Franco, en todo el libro; pintura becerril, en el epílogo, aludiendo a la ministra Soledad Becerril; el calambur: pistola como un compuesto de pis y de estola (p. 27); la modificación con fines humorísticos de frases hechas: «las hacía [las traducciones] para pasar el rapto» (p. 31). A veces el juego es más complejo; explica el yo lírico al comienzo del fragmento XI que tiene la memoria rayada, de ahí que el poema finalice con estos versos:
La sopa conyugal la sopa conyugal
la sopa conyugal se ha helado (p. 33),
donde la repetición del sintagma emula, efectivamente, el sonido de un disco rayado. Lo mismo ocurre en el fragmento III, donde se repite cuatro veces el verso «que escribe poesía de santos» (p. 21).
En fin, es también notable la elaboración retórica, con figuras como los paralelismos: «porque no me gusta trabajar la lluvia / y mucho menos trabajar el campo» (p. 20), a veces combinados con polisíndeton anafórico (pp. 21 y 28); la anadiplosis: «al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado» (p. 20); las metáforas sugerentes: «los aviones de los orgasmos» (p. 20); «el betún de tus besos / y […] los polvos de las uñas de tus telarañazos» (p. 35); «mi chocolate del camposanto» (p. 36); las imágenes, cercanas en ocasiones a la greguería: la estola «es el foulard de moda en el Vaticano» (pp. 28-29), etc.[1]
[1] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.
El tema caballeresco se hace presente en Don Quijote en las Améscoas[1] a través de la mención de ciertos nombres como Amadises, Palmerines y Cirongilios; se alude además a la famosa historia del Caballero y el Cisne, o se habla de ciertas princesas Briolanjas, de la princesa Magalona… Pero más interesantes que estas alusiones sueltas son los pasajes en los que Larráyoz Zarranz inventa algunas nuevas aventuras pseudocaballerescas, por ejemplo la historia de la «mustia infanta Isomberta», en el episodio de la alacena de la casa rectoral de San Martín de Améscoa. Ese nombre de Isomberta pertenece a la tradición caballeresca, y su historia, recogida en la Gran conquista de Ultramar, preludia la del Caballero del Cisne. Sin embargo, hasta donde se me alcanza, no lo encuentro documentado en el Quijote[2], donde sí son frecuentes las referencias a aventuras caballerescas protagonizadas por menesterosas damas[3]. Parece, pues, invención de Larráyoz Zarranz esta famosa aventura de la alacena narrada en el capítulo XII: «De la misteriosa alacena que descubrió don Quijote en la sacristía de San Martín de Améscoa, con otros regocijantes sucesos dignos de referirse». Al verla, don Quijote exclama:
—¡Alégrese la mustia infanta Isomberta, que ya di con la alacena de las seis llaves, en donde se esconde sin duda el talismán que trocará en claro gozo su negro dolor! (p. 94).
Y poco después explica las razones de su contento:
—¿Quién ignora que la fiel infanta Isomberta vio bendecidos sus amores hacia el temerario conde Eustasio con el alumbramiento de siete angelicales mellizos? ¿Quién desconoce la larga envidia y retuerta trapacería de su artera madrastra —madrastra, el nombre le basta— que envió recado al buen conde, anunciándole que su mujer había dado a luz, ¡oh, infamia!, siete cachorrillos podencos? ¿Quién no sabe como los siete infantes, acurrucados en el hueco de un añoso roble en el fondo de un bosque, fueron amamantados por una cierva y educados ocultamente por un ermitaño? ¿Quién no conoce como al dar con ellos los esbirros de la madrastra para matallos, tornáronse en otros tantos cisnes, que huyeron raudos por los aires graznando cua, cua? ¿Quién no sintió henchido su pecho de justo gozo al ver satisfecha la justicia con el emparedamiento de la pérfida madrastra, que mal poso haya su ánima? ¿Y quién de voacedes, clérigos navarros venerables, no mezcló luego sus lágrimas con las de la egregia y cuitada Isomberta, cuando aquella sufrió tamaño desencanto, como lo fue el de ver desencantados a todos sus hijos menos a uno, al cual solo no le fue dado tornar a su prístino y natural ser, y hubo de continuar con la figura de cisne, por razones luengas de explicar y sobradamente de todas vuesas reverendas mercedes conocidas? ¿Y quién, en fin, no está sabidor de que el contrahechizo para sacallo de su encantamiento, ora fuese un talismán, ora un amuleto, ora unas hierbas, quizás un ungüento, tal vez un mejunje, hállase puesto a buen recaudo en un lugar escondido y apartado del siglo, como lo es aqueste de la Améscoa, en una férrea alacena, como lo es también aquesta, y cerrado con seis cerrojos, como lo son aquestos? (pp. 95-96).
Sin embargo, el señor Nemesio, el sacristán, se niega decididamente a abrir la alacena, donde además de lo que habitualmente se guarda en ella (un copón viejo, el cáliz de uso diario en la misa y la botella con el vino de celebrar, para tenerlo lejos del alcance de los monaguillos), hay algo bien distinto del pretendido talismán que imaginara don Quijote, como se explica hacia el final del capítulo:
Abriéronla enhoramala para don Quijote y para el señor Nemesio, porque, aunque hallaron como había manifestado este, un añosísimo cáliz y otro usado a diario, encontraron otrosí junto a ellos algo que el sacristán habíales celado: un trozo de pan con tortilla y unas viejas alpargatas, todo ello envuelto en unos arremendados calzones, cosas de las que había ido proveído porque, al dar remate a los funerales, pensaba irse a regar unos bróquiles a su huerta (p. 97).
Además de este humorístico episodio original del escritor navarro, debemos mencionar otra aventura que evoca las antiguas caballerescas: cuando el cura don Xavier baila durante la sobremesa de la cena a manera de gigante de la comparsa de Tafalla, don Quijote reacciona —todo lo que tenga que ver con gigantes le trastorna el juicio y lo transporta de inmediato al terreno de lo caballeresco— arremetiendo contra él (es algo similar a lo que sucede en el episodio del retablo de maese Pedro, cuando don Quijote carga contra el teatrillo donde se representa la historia de Melisendra, desbaratando muchas de las figurillas).
En la novela de Larráyoz Zarranz, don Quijote cree que un cazo de sopa que tiene al alcance de la mano es un venablo, y tal es el arma con la que pretende atacar al gigante-don Xavier[4].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] En efecto, Isomberta no figura en Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato (México), Universidad de Guanajuato, 1997; ni tampoco en Carlos Alvar (dir.), Alfredo Alvar Ezquerra y Florencio Sevilla Arroyo (coords.), Gran enciclopedia cervantina, vol. VII, Ínsula Firme-luterano, Madrid, Castalia-Centro de Estudios Cervantinos, 2008.
[3] Por ejemplo, en I, 49 don Quijote inventa una historia caballeresca tipo, la del Caballero del Lago; recordemos además la historia de la princesa Micomicona fingida por Dorotea para sacar a don Quijote de Sierra Morena, o la de la dueña Dolorida en el palacio ducal.
Encontramos en Don Quijote en las Améscoas de Larráyoz Zarranz[1] algunas alusiones a los «encantadores invidiosos»[2] (envidiosos, se entiende, de las hazañas y la fama de don Quijote) y a sus encantamientos (y, en concreto, al «gigante encantador Malambruno»). Ellos son, como en el Quijote, quienes le atormentan trastocando la realidad para robarle la honra y prez que sin duda ganaría en todas sus aventuras con la fuerza de su valiente brazo, movido siempre al impulso ideal de su Dulcinea. Así, en el capítulo II Sancho Panza ve la realidad tal cual es, un carbonero navarro, pero don Quijote se empeña en imaginar que tal personaje es un príncipe (esto es, justamente, lo que sucede en la Primera Parte del Quijote: el hidalgo manchego deforma la realidad para ajustarla a las características de su monomanía caballeresca; en cambio, en la Segunda Parte son otras personas —el cura y el barbero, Sansón Carrasco, los Duques…— las que transmutan esa realidad, que don Quijote ve ahora tal cual es, con el fin de llevarlo de vuelta a casa, o peor —en el caso concreto de los Duques—, para burlarse cruelmente de él y reírse a su costa). En efecto, al ver al carbonero, dice Sancho:
—También lo digo yo […], pero cátese bien mi amo antes de lo que hace, que aquellos no parecen príncipes de sangre, ni tan siquiera marqueses, ni condeses. Al menos, aquel que yo mejor veo, por la negrura de su rostro y manos, más parece demonio de pura raza escapado de alguna zahúrda de Satanás que infante criado en los palacios con leche azaharada y lengüítas de pavo real. A lo más, y perdonándole mucha mugre, daríale yo cédula de carbonero, que tales y tan negros suelen andar por mi tierra los que trabajan en aquestas labores (p. 25).
Y más tarde, cuando le explica que don Quijote quiere acercarse a besar sus manos, añade que lo hará «estén ellas como estuviéreden, ambaradas si sois príncipe, u hollinadas si carbonero, según se les antoja a estos mis ojos, aunque, a lo que creo, ahora me mienten como bellacos» (p. 28).
Algo similar sucede en el capítulo IV, cuando los clérigos que se presentan ante su vista (y que Sancho, por supuesto, identifica claramente como tales) se le representan a don Quijote, en su fantástica imaginación, como viudas enlutadas:
—Con la Iglesia tornamos a topar, mi señor don Quijote, que aquellas cuentas negras que lueñe veíamos, no en otra cosa se han trocado sino en otros tantos curas, enteros y verdaderos, tanto o más que los de nuestra tierra.
—¿Y cómo lo conociste, Sancho?
—¿En qué voy a conocer que de día estamos? —respondió Sancho—. Tan simple es, pues vienen como entalegados de pies a cabeza y más negros que la noche.
—¿Y no pudieran ser una caterva de viudas enlutadas? —replicó don Quijote.
—Rasúreme en seco si aquellos no son tan clérigos como el que más pudiere serlo en Roma, que antes confundiera yo una gallina con un alguacil de a caballo, si los hubiere, que a una dueña plañidera con un cura navarro.
—¿Curas y navarros? Buena nueva me das, Sancho —dijo don Quijote (p. 38).
A su vez, llama la atención que estos simpáticos curas navarros no crean de entrada que se encuentren ante ellos los verdaderos don Quijote y Sancho, como si dijéramos «en carne y hueso», sino que piensan que se trata de dos gangarilleros, es decir, dos actores de teatro que representan el papel de las inmortales creaciones cervantinas (y tal vez no estaría de más relacionar este aspecto con el motivo del juego y la representación, tan presente en todo el Quijote, y muy especialmente en la Segunda Parte)[3].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] Y el adjetivo follones ‘malandrines, desalmados’, que suele aparecer ligado en el Quijote a los encantadores y gigantes, lo encontramos aquí en el sintagma «cleros tan follones».
Tomaré unas palabras de Tomás Yerro como punto de partida para mi reflexión sobre esta cuestión relativa a Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982):
La agresividad anticatólica, profanadora y blasfema a veces, no es resultado [en la poesía de Irigoyen] de una “pose” culturalista: brota del rechazo del nacional catolicismo español de posguerra, causante de diferentes traumatismos del poeta (y de tantos españoles de a pie, y en particular navarros) gestados en los años cincuenta y sesenta en la levítica ciudad de Pamplona. Surgida de la experiencia autobiográfica con la fuerza irreprimible del instinto, la poesía de Irigoyen alcanza, sin embargo, una dimensión colectiva, generacional y, por ello mismo, solidaria»[1].
Efectivamente, aunque tras la voz lírica cabe percibir circunstancias autobiográficas de Ramón Irigoyen (el paso por el Seminario, los años de estudio en la Universidad de Salamanca, la estancia purificadora en Grecia, donde tradujo a los clásicos, hasta la circunstancia del hermano gemelo que nació muerto aludida en las pp. 23 y 36…), la intención de estos poemas busca trascender la propia experiencia personal del poeta para alcanzar una dimensión social. El propio Irigoyen lo indica en el «Epílogo», relativizando así la posible interpretación “autobiografista” de su poemario:
Lo primero que veo en estos versos es que la voz que habla en el poema es la de un juglar, o sea la voz de un poeta-saltimbanqui más empeñado en urdir una crónica de costumbres colectivas que en ofrecer un resumen de su autobiografía. Naturalmente el juglar ha estado y está inmerso en los avatares de la sociedad cuya historia quiere contar y participa de sus calamidades y fortunas. Pero esta participación personal, en la historia del poema, es relativamente irrelevante. En este sentido el yo que habla en el poema es un yo muy tangencial de Ramón Irigoyen, o por lo menos del Ramón Irigoyen que más conozco (p. 13).
El enfoque social —taxativamente declarado por el autor— viene determinado por el hecho de que, como él, hubo muchas otras personas en la misma circunstancia, que vieron recortadas sus posibilidades de realización personal por el régimen y la sociedad franquistas. Así, la conciencia de su fracaso personal («Me está desviando del tema / la mala hostia que hago / al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado», p. 18; «conmigo como hijo / ya es suficiente el fracaso», p. 20) es exponente de un fracaso más amplio, de muchas otras personas que vivieron ese mismo momento histórico, de toda una generación; y es también una crítica corrosiva de un modelo —cultural, social…— de régimen autoritario, el del general Franco, al que se alude siempre en el poemario de forma indirecta, aunque transparente, por medio del sustantivo Rayo, imagen que sintetiza su poder y su energía destructora: «aquel Rayo / tan campechano, gallego / y franco», «aquel Rayo franco» (p. 19), «el Rayo» (pp. 21 y 22), «el Rayo ha muerto» (p. 34).
Los abanicos del Caudillo no solo nos ofrecen una «visión desmitificadora», una «crónica negra», «la caricatura y el esperpento de las miserias del inmediato pretérito» (son expresiones de Yerro), sino que se remonta años atrás, para poner de manifiesto las secuelas de muerte, odio y violencia que dejó en España la guerra civil. No falta una referencia al exilio en el final del fragmento I: «cuando sufrimos aquí la héjira / de los mejores ciudadanos» (p. 19); ni, en la página 24, a propósito del padre legendario, a los fusilados en las represalias de la guerra del 36:
Por él mi poesía ahora es más árida
que sus inhóspitos brazos.
Ya mi ternura está más seca
que los pellejos del bacalao.
Ya no me queda ni una lágrima.
Sequía y sal: tengo la gracia
de un universo de fusilados (p. 24).
Y esa visión negativa se proyecta hacia el futuro, pues el juglar se duele del triste legado que Franco dejó para lustros a los españoles «en las arias de su testamento» (una clara alusión a su heredero político), legado que fue «la paranoia, la menopausia, la paronomasia / y la desgracia de los chistes malos» (p. 19). En conjunto, el poemario nos transmite una imagen nada halagüeña de aquellos «asquerosos años» en los que «nos quitaron todo, / por no coincidir en nada / con quienes nos destriparon» (p. 18, jugando con la antítesis todo / nada). El autoritario régimen de Franco tan solo sirvió para crear una sociedad de locos, de personas sexualmente reprimidas («… porque por hombres nos han castrado / y no renunciamos a la vida / ni con los testículos ensangrentados», p. 22) y con sus libertades personales brutalmente recortadas[2].
[1] Tomás Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga. Revista navarra de poesía, 27, segundo trimestre de 1983, p. 30.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.
Sabemos que la arquitectura narrativa del Quijote es muy compleja, con alternancia de distintos planos de ficción: el autor real de la novela, que es Miguel de Cervantes Saavedra (quien en el prólogo de la Primera Parte se nos presenta como padrastro, y no como padre, de don Quijote), el autor arábigo Cide Hamete Benengeli que historia las hazañas del caballero, el autor segundo, el traductor, los anales de la Mancha y otras fuentes diversas que registran los hechos del caballero, etc. El distanciamiento y el perspectivismo, que se suman a la ironía y la ambigüedad cervantinas (características destacadas también de toda su narrativa), hacen que muchas veces no sepamos a qué carta quedarnos. Pues bien, todos estos aspectos quedan apuntados en Don Quijote en las Améscoas[1], si bien las menciones no revisten tanta complejidad como en el modelo cervantino.
En el capítulo V, titulado «En que se da cuenta del enojo de don Quijote al tener noticia de lo que sobre él dijera cierto clérigo letrado navarro en la lición de apertura de aulas de la Universidad Pampilonense, con lo cual se interrumpe la sarta de improperios contra la clerecía navarra que Sancho comenzara en el capítulo anterior», don Quijote parece rebelarse —un poco a la manera unamuniana, como el Augusto Pérez protagonista de Niebla— contra Cervantes por haberlo retratado como un pobre loco falto de juicio. En realidad, eso es lo que sucede con el personaje don Quijote descrito por Fernández de Avellaneda en su continuación apócrifa de 1614: ahí don Quijote, llamado el Caballero Desamorado (el don Quijote auténtico jamás renunciará a su ideal amoroso representado por Dulcinea, ni siquiera cuando se vea vencido en las playas barcelonesas por el Caballero de la Blanca Luna y con su arma apuntándole directamente a los ojos), sí es un loco de remate que termina sus días en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo.
En cambio, el personaje cervantino es un genial «loco cuerdo» o «cuerdo loco», un personaje entreverado de locura y discreción, un orate tan solo en lo atingente a la caballería pero con muy «lúcidos intervalos» cuando no se deja arrebatar por su monomanía[2]. Pero citemos ya esas palabras de don Quijote en el capítulo V de la novela de Larráyoz Zarranz:
—Así sabrán los mundos que don Quijote de la Mancha no es el que fingiera aquel Migueluelo de Cervantes, un antojadizo visionario de huero seso, que por una nadería perdía los estribos, sino un caballero, señor de sí y del mundo, cuerdo y sentado las veinticuatro horas del día (p. 46)[3].
En otro orden de cosas, se alude a lo largo de la novela a fuentes diversas que han servido para la redacción de estos nuevos hechos de don Quijote, que aumentan el perspectivismo de la historia («el antedicho historiador», «Malas lenguas afirman»…); se hacen protestas de veracidad con relación a los hechos contados, al tiempo que se pondera su importancia, de forma similar a lo que ocurre en el Quijote cervantino («esta verdadera historia», «historia tan importante como esta»…); o se introducen comentarios metanarrativos a propósito de episodios o sucesos que quedan pendientes de un capítulo a otro («… habrá de guardarlo para el capítulo siguiente…», «… como en el capítulo siguiente y con la ayuda del Cielo se dirá…»), de los cuales hay también abundantes ejemplos en el Quijote. Baste recordar el episodio de la pelea con el escudero vizcaíno, que queda interrumpido al final del capítulo I, 8 (ambos contendientes con las espadas en alto), y que no se completa hasta el capítulo siguiente, merced al hallazgo del cartapacio con papeles arábigos que descubre el narrador-autor en el Alcaná de Toledo (hallazgo que le permite seguir contando las hazañas de don Quijote) [4].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] Recordemos que en II, 18 don Lorenzo, el hijo poeta de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo llama «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos».
[3] Pero en otro lugar de la novela sí que encontramos la mención «mi padre Cervantes». A continuación vienen unas palabras del propio don Quijote defendiéndose de cierta caracterización de su persona hecha en la lección magistral que una vez dio Johannes de Olio (alusión a Juan Ollo) en la apertura de aulas de la «Universidad Eclesiástica Pampilonense» (supongo que con esa denominación alude al Seminario Diocesano de Pamplona; pese a mis pesquisas, no he conseguido localizar ese texto de Juan Ollo, e ignoro incluso si llegó a publicarse), donde presentaba a don Quijote como «un psiconeurótico vulgarcejo, un tipo típico a catalogar en la casilla de los esquizofrénicos de Krapelin». Don Quijote no está de acuerdo, en modo alguno, con tal catalogación que lo convierte en un mero loco, y manifiesta su contrariedad y su profundo enojo de la siguiente manera: «¿Yo esquizofrénico? ¿Esquizofrénico yo? Ante todo, ¿quién es ese casuistilla de mala muerte, por muy mucetado que sea, para hurgar con su péñola en las más recónditas entretelas de mi ánima, o con palabra suya para hacer análisis de mi psiquis, como cuando trincha las entrañas de un orondo palomino? / ¿Yo esquizofrénico, Sancho? ¿Osará decirme que aquellos gigantes con quienes medí mis armas no eran tales gigantes sino unos molinos ventolineros? ¿Soy yo acaso un iluso? ¡Yo haré volver a tragar sus palabras al tal dómine, que en mengua de mi honor redundan, por más que vengan arropadas pomposamente con verbo cienzudo y con helenismos pedantoches!» (p. 46).