El otro día transcribía el «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981); y para hoy, día de Año Nuevo y Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, traigo su «Oración del Año Nuevo», que reza —nunca mejor dicho— así:
Señor: para este día del Año Nuevo te pido —antes que la alegría, antes que el gozo claro y encendido, antes que la azucena y que las rosas— una curiosidad ancha y serena, un asombro pueril frente a las cosas…
Quiero que ante el afán de mi mirada enamorada y pura todo tenga un misterio de alborada que me deslumbre a fuerza de blancura.
Quiero ser el espejo con que el río convierte en gozo nuevo la ribera; quiero asombrarme del estío y enamorarme de la primavera.
Señor y padre mío: dame el frescor de esa pradera llana, riégame del rocío de tu mejor mañana.
Hazme nuevo, Señor; y ante el cielo y los campos y la flor, haz que mi asombro desvelado diga: Señor: ésta es la rosa, ésta es la espiga… ¡y esto que lleva dentro es el amor![1]
[1] Cito por José María Pemán, Poesía esencial, estudio preliminar y selección de José Enrique Salcedo Mendoza, Motril (Granada), Imprenta Comercial, 2002, pp. 114-115.
De esa «mujer de verso en pecho» que fue Gloria Fuertes ya han entrado en el blog otros poemas navideños, en concreto el villancico «Ya está el niño en el portal» y su famoso «El camello cojito». Vaya para hoy, último día del año, esta otra composición, «El ángel de Belén que vino en helicóptero», recogida en su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belén, ilustrado por Marifé González.
Sécate el parabrisas. Límpiate el parabesos. Cepíllate las alas y entrénate en el vuelo.
Aterriza en Belén, encima del pesebre. San José, pensativo. La Virgen tiene fiebre.
(Y empezó a cantar a Dios el ángel aviador).
El aire frío azotaba, el ángel se equivocaba.
—¡Gloria, Gloria, Gloria Fuertes! —¡Que no, que no, criatura! ¡Gloria a Dios en las alturas!
Ya en otras ocasiones he traído al blog algunos poemas navideños de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-Pamplona, 2016). En una entrada antigua pueden leerse el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor», y en otras más recientes añadí el «Villancico que repite la letanía de siempre» y el «Soneto para un alumbramiento». Copiaré hoy su «Villancico de la espera en el portal», perteneciente también a su poemario Memorial del gozo (1994), todo él de temática navideña. Se trata de un romance con rima á o que presenta la particularidad de que en todas las cuartetas el primer verso es el mismo, «La Virgen y San José». Cabe destacar asimismo la estructura “circular” de la composición, con esa repetición de «Mientras tanto…», en los versos cuarto y último, que subraya la esperanzada espera de la llegada del Niño.
También en la espera incide, asimismo, la repetición del verso «siguen los dos esperando» en las coplas décima y undécima (que constituyen una variatio respecto al verso segundo del poema, «están los dos esperando»); e igualmente la formulación «siguen, minuto a minuto, / con su reloj, esperando…», de la novena.
La Virgen y San José están los dos esperando el nacimiento del niño que ha de venir. Mientras tanto…
La Virgen y San José, sueño arriba y sueño abajo, mullen la paja de trigo y caldean el establo.
La Virgen y San José preparan el aguinaldo: dátiles de la palmera y naranjas del naranjo.
La Virgen y San José miran el cielo y el campo; tres mil millones de estrellas en el rocío temblando.
La Virgen y San José tienen parientes lejanos; después de que nazca el niño serán mucho más cercanos.
La Virgen y San José no pueden dormir, pensando en Nazaret, cuando tenga allí, tres o cuatro años.
La Virgen y San José con la miel a flor de labio ensayan nanas sabidas para poder acunarlo.
La Virgen y San José tienen el alma temblando, lo mismo que con la brisa estremécense los álamos.
La Virgen y San José, entre el gozo y el encanto, siguen, minuto a minuto, con su reloj, esperando…
La Virgen y San José siguen los dos esperando. (Por las colinas se acercan arcángeles afinando.)
La Virgen y San José siguen los dos esperando. Él nacerá cuando quiera acostarse en su regazo.
La Virgen y San José miran de nuevo sus manos. Silenciosamente. Al punto. Cerca. Pronto. Mientras tanto…[1]
[1] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [Eurograf], 1994, pp. 30-31. Añado una coma al final del primer verso de la octava cuarteta.
De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema en la literatura, ya ha quedado transcrito su «Poema de la saeta», composición incluida Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931). Hoy traigo estas «Sevillanas del siglo XVIII», que es una de las diez piezas de su «Colección de Canciones Populares Antiguas», grabadas por el sello La Voz de su Amo, en 1931, interpretadas por La Argentinita (voz, castañuelas y taconeo), con arreglos y el acompañamiento al piano del propio Federico.
Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla).
¡Viva Sevilla! Llevan las sevillanas en la mantilla un letrero que dice: ¡Viva Sevilla!
¡Viva Triana! ¡Vivan los de Triana, los trianeros! ¡Vivan los sevillanos y sevillanas!
Lo traigo andado. La Macarena y todo lo traigo andado. Cara como la tuya no la he encontrado. La Macarena y todo lo traigo andado.
¡Ay río de Sevilla, qué bien pareces, lleno de velas blancas y ramos verdes![1]
[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 759-760.
En el poema número 4, el poeta (el yo lírico) entra en comunicación con un tú, el de la mujer amada, del que pondera su «crecida belleza». El poeta sigue estando en soledad y apartamiento, como indican las imágenes «este nido apartado / de mi vida», «mi fuego / silenciado», «el hundido / fondo de mi sentida / rosa»[1]. El poeta es feliz apartado, mientras que la amada es rosa «enarbolada / en la labrantía de mi terruño pecho». El poeta anuncia que de su «mar recóndito» saldrá «el agudo coral de mi alma, / penetrado en tu más divino verbo»[2].
Después (poema 5), el poeta se dirige a un interlocutor distinto, la «hora desmedida» que vibra «la raíz última de mi último poema». El destinatario es un tanto ambiguo: ¿se sigue refiriendo a la amada o se trata de una alusión a la hora final de la muerte? Sea como sea[3], anuncia «mi deseo / de armar las cosas con mis labios» en «este gris otoño / en que todo pardea», de «llenar con tu fruto / mi vuelo vacío».
El poema 6 es una composición altamente afirmativa: «mi rosa plena en su perfume», «el lejano fuego de mi palabra», «tu pereza / bella en el lindo marco de mi ensueño», «comienzo a ser hombre», «siento / inmensamente todo / lo alumbradizo y callado que todos / llevamos guardado», «mi tesoro / de hombre se va aclarando»… La composición se remata con un bello final, en el que el yo lírico es un «ermitaño puro» que tiene su sol guardado, es decir,
el reflejo agrandado del Dios que en nuestra sangre hermanado quiso abrir en nosotros su caudal de fuego. Tengo el soñar eternizado del mundo en mis labios sinceros retornado.
Luego de esta alusión al Dios humanado (que reaparecerá en distintos poemarios), encontramos en el poema 7 que el poeta se siente «huido del mundo»; afirma: «ya niño estoy disolviendo / las cosas al mirar», y también que quiere «tener presta mi pobre esperanza», «mis sangrantes / labios llenos de fuego»; con el deseo de que «enflore mi pecho calado», de que pueda ser en todo y llorar «en esta canción que han plantado en mis manos»[4].
[1] La rosa será un símbolo tradicional reiterado en la poesía de Amadoz (véase Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67, nota 35).
[2] «Llama la atención del lector atento la riqueza interior en la que todo, las cosas todas, incluso Dios, cobran nueva expresividad y se convierten en símbolos de lo individual intransferible. […] La amada se convierte así en ‘la raíz última de mi último poema’, es decir que ella es ella y es, también, la creación última de él» (Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64).
[3] Fernández González, en «Río Arga» y sus poetas, p. 65, lo entiende referido a la amada: «Amor profundo, exento del entusiasmo erótico de otros poetas, pero que supone una entrega total […]. Alguien diría que estos versos resuenan con ecos románticos o de “dolce stil nuevo”. Y sin embargo no responden sólo a una idealización que llega hasta “el centro” sino que nos es devuelta revestida de las cosas y purificada».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Al examinar el tema de Sevilla en la literatura, ya hemos tenido ocasión de considerar otro soneto de Manuel Machado, el titulado «La caseta de feria». Copiaré hoy otra composición, también soneto, titulada «Abril sevillano», perteneciente a la sección «Sevilla» de Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias)(1943), el cual presenta como «cifra de toda maravilla» española los dos grandes acontecimientos sevillanos de la Semana Santa y la Feria.
El poema dice así:
Abril que tantas flores desabrocha, que tantas lenguas de cristal desata, Abril gracioso, Abril de espuma y nata, que todo bien y toda luz derrocha.
Abril loco de amor, Abril divino, joven abril, tesoro de verdores. Rico Abril de los miles de colores… Gloria del tiempo, encanto del camino.
Abril, por quien el año Abril se llama mientras la lumbre de los ojos brilla y la aventura de vivir se ama…
Como cifra de toda maravilla, en la tierra española, Abril se clama: Semana Santa y Feria de Sevilla[1].
[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 520.
El Adviento es esperanza, la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor. Preparemos los caminos, los caminos del amor, escuchemos su voz.
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor», Nuevos cantos de Adviento y Navidad)
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (domingo Gaudete, de estar alegres), esta sencilla composición de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta que ha cantó con frecuencia esta temática del Adviento y la Navidad. El poema (una décima), que se concibe como una oración en apóstrofe al «Jesucristo del Adviento» rematada con su correspondiente «Amén», no precisa mayor explicación.
No todo es humo ni viento si retrasas tu venida, que ya estás en nuestra vida, Jesucristo del Adviento. A veces es tan violento este mundo con su danza que la impaciencia no alcanza a esperar lo prometido. Mátanos el sinsentido y avívanos la esperanza.
La Obra poética(1955-2005) de José Luis Amadoz se compone de ocho poemarios[1]. De ellos, tres fueron publicados en su momento como libros exentos: Sangre y vida (Pamplona, Ediciones Morea, 1963, que recoge poemas de los años 1955-1958), Límites de exilio (Pamplona, Ediciones Morea, 1966, con composiciones del periodo 1960-1966) y El libro de la creación (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980, que reúne su actividad poética entre 1968 y 1974). Por otra parte, hay otros cinco poemarios, formados por poemas tanto inéditos como publicados sueltos en la revista Río Arga[2], pero que su autor no había dado a las prensas —por las razones que ya apuntamos— como libros independientes. Para esta recopilación del conjunto de su obra, Amadoz los ha reordenado y agrupado definitivamente[3] bajo estos títulos: Elegías innominadas (1981-1993), Poemas para un acorde transitorio (1992-1994), Mito de Andrós (1995-1998), Pasión oculta (2000-2002) y Callado retorno (2003-2005).
En sucesivas entradas, examinaremos el contenido de cada uno de estos ocho poemarios, analizando cuestiones de estructura, versificación y estilo, los principales temas y motivos, las imágenes y los símbolos manejados por el poeta, comenzando por Sangre y vida (1955-1958).
El primer poemario de José Luis Amadoz, Sangre y vida, que incluye poemas escritos entre 1955 y 1958, se publicó en 1963, en Pamplona, por Ediciones Morea, como número 3 de su colección[4]. Se trata de un poemario dividido en tres secciones: «De mi recogida belleza»[5], «Transfondo de mujer» y «Sangre y vida», que agrupan diez, seis y veinte poemas, respectivamente, numerados en arábigos. Nos encontramos, en esta primera incursión de Amadoz por los territorios de la poesía[6], con un poemario intimista, con versos en los que el poeta vuelca su corazón y su vida. En la primera parte, como ya parece sugerir el título[7], escribe solo, apartado de los demás, desde un íntimo recogimiento. A veces se identifica con un niño pequeño, con un pájaro en su nido, con un ermitaño, e introduce imágenes similares que hablan de apartamiento y fragilidad. Aunque en este primer libro poético predomina claramente la inmanencia, ya desde el tercer poema —en el que aparece la presencia de la muerte— queda apuntado el tema de la búsqueda de Dios. Los temas principales del poemario son la vida, el amor y la mujer, por un lado; en segundo término, la creación poética; y, en un plano de menor importancia, la reflexión sobre el hombre y Dios.
El desamparo, la soledad de la voz lírica, quedan patentes en el primer poema de «De mi recogida belleza», que comienza con el verso «Me han vuelto a mirar raro», y es frase que se repite más adelante. El poeta anuncia que la escritura va a ser reflejo de su sentimiento interior:
… sirvo al corazón que se abre y madura en este poema que deseara fuera inmenso, y planto las raíces rojas de mi vida, a cielo suelto, en la helada soledad de este viento que hoy me arrastra y me hiere fieramente…
El segundo poema sigue por la misma línea de mostrarnos la íntima soledad y el desvalimiento del yo lírico («Sigo recreándome solo, en esta / mi pasión oculta»[8]), pero se abre ya a la presencia de la mujer y su belleza:
Sigo bebiendo, manantial sonoro, de lo inalcanzable, sigo cuajando lo bello y hermoso que mi alma en surco hiere los ojos.
En estos versos el poeta hace inventario de lo que tiene: «tengo palabras mudas […] / y tengo vida tejida / de muerte», y sobre todo: «te tengo a ti que reclamas / sin egoísmo un amor cualquiera, linda / mujer que arrancas de tu vacío vano / lo presto a embellecerse». Amor, belleza y creación poética se aúnan, pues anuncia ahora que busca «la eterna palabra / verdecida que el otoño no dora».
Un avance, un paso más allá lo tenemos en el tercer poema, que comienza «Uno está escondido, ya postergado…»; el yo lírico, nos dice, «busca luz / de dentro» y siente «deseos de amarlo todo». El poema se tiñe de expresiones de sabor místico («revelación mística»), se afirma expresamente que «la mística renueva / la vida entera». Al final, de ese impersonal «uno» que aparece en el poema se dice que
huye del mundo, de la gente, y busca todo, busca sólo el sentido puro, lo inmancillado, busca el Dios achicado dando razón de todo, y el beso mórbido que señale la muerte: ya dormido en sus brazos.
Apreciamos una progresión significativa en estos tres primeros poemas de Sangre y vida: en el primero, el poeta se nos mostraba solo; en el segundo, aparece la compañera amada; en el tercero, se menciona a Dios y la voluntad de echarse en sus brazos tras la muerte física, es decir, la idea de una trascendencia anhelada, aquí solo apuntada, pero que se desarrollará más ampliamente en poemarios posteriores, hasta acabar dominando totalmente en el último, Callado retorno. Así lo significa Fernández González:
Los poemas que van del tercero al octavo son un canto al amor y a la amada desde la interioridad más gozosa que se resuelve en un canto con melodías místicas (Dios, las cosas y tú fundidos en la luz de dentro, sin falsedad ni engaño)[9].
[1] Para una primera aproximación a la figura (vida y obra) de Amadoz, remito al capítulo «José Luis Amadoz Villanueva», en Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, pp. 63-78, palabras que se reproducen en otro libro suyo, Historia literaria de Navarra. El siglo XX. Poesía y teatro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2004, pp. 166-176. En el trabajo de Charo Fuentes y Tomás Yerro, «Río Arga», revista poética navarra. Estudio y antología, Pamplona, Imprenta Garrasi, 1988, se alude a Amadoz en el capítulo II, «Gestación de la revista», y se le dedican las pp. 117-122 de la antología final.
[2] Al preparar esta Obra poética, el autor ha optado por no indicar en ningún caso la procedencia de aquellos poemas previamente publicados. Pero quien esté interesado puede consultar los datos ofrecidos por Ángel-Raimundo Fernández González en el apartado «Presencia en Río Arga y poemarios inéditos», en «Río Arga» y sus poetas, pp. 73-78 (alcanzan hasta el número 100 de la revista).
[3] El lector atento observará que en estos poemarios nuevos hay algunos poemas que se repiten en dos lugares distintos. No se trata de un error. Son composiciones que el autor ha querido destacar especialmente, porque alumbran un pensamiento especialmente caro al poeta, manejan un símbolo o un motivo reiterado o encajan perfectamente en distintas circunstancias. De ahí que al preparar esta ordenación de su Obra poética Amadoz haya decidido voluntariamente conservar esos poemas repetidos en dos poemarios distintos. Precisamente, una de las características que da unidad al conjunto de su poesía es la repetición constante de ideas, de sintagmas, de frases y de motivos, que aparecen reiterados a manera de leit motiv o de ritornello musical, y en ese mismo sentido ha de entenderse esta repetición completa de algunos poemas, como un fenómeno de «aliteración poética» practicado también por otros poetas.
[4] El Director de Ediciones Morea era el periodista Hilario Martínez Úbeda, buen amigo de los poetas de Río Arga. El poemario constaba de 76 páginas y se cerraba con el siguiente colofón: «Esta primera edición de / Sangre y vida, poemas de José Luis Amadoz, / volumen 3 de la “Colección MOREA”, / se acabó de imprimir el día 13 de junio de 1963, / festividad del Corpus Christi, / en los talleres de Editorial LEYRE, / en Pamplona. // LAUS DEO».
[5] Escribe Ángel-Raimundo Fernández González: «La primera parte suma diez poemas que J. L. Amadoz dedica “A los que en su luz y fortaleza templaron mi vida y me hicieron un hombre nuevo: padres, esposa e hijos”. Es decir, la sangre del título, además, es parte primordial de la vida, aunque ésta, como se apunta en el intertexto transcrito de Pablo Neruda, proviene también de “más oscuros cauces”» («Río Arga» y sus poetas, p. 63). En el ejemplar de Sangre y vida que manejo no figura esa dedicatoria ni ese lema, que tampoco han pasado a la versión definitiva de Obra poética.
[6] Me refiero a la poesía publicada. Al parecer, y a tenor de lo indicado en la solapa de este primer poemario, con anterioridad a Sangre y vida existían unos Poemas primeros (correspondientes a los años 1951-1953), que no se llegaron a publicar en su momento ni se han recogido tampoco en esta recopilación de la Obra poética completa.
[7] El sintagma «mi recogida belleza» lo podemos entender en un doble sentido: esa belleza es la paz interior, que podría aludir también al acto de creación poética, o bien se trata de la belleza de mujer amada.
[8] «Pasión oculta» será el título de uno de los Poemas para un acorde transitorio, e igualmente del penúltimo poemario de Amadoz.
[9] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Como estamos teniendo ocasión de comprobar, el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. En las últimas semanas he traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y otros tres de Manuel Machado («La caseta de feria»), de Gerardo Diego («Giralda») y de Rafael Laffón («A Jesús del Gran Poder en sus andas de la madrugada»); también el «Poema de la saeta» de Federico García Lorca; y hay asimismo abundantes entradas sobre los hermanos Manuel Machado y Antonio Machado. Añadiré hoy el poema de este último que comienza «¡Oh maravilla, / Sevilla sin sevillanos, / la gran Sevilla!»; en su Cancionero apócrifo Machado lo atribuye a Abel Infanzón, uno de aquellos «poetas que pudieron existir», al que dedica esta escueta nota biográfica: «Nació en Sevilla en 1825. Murió en París en 1887».
En esta composición machadiana, como afirmó Rogelio Reyes, «Sevilla no es de verdad: pertenece a la ensoñación poética y cumple la función de paraíso perdido para siempre, el irrecuperable paraíso de la niñez obsesivamente alimentado hasta el final…»[1]. En efecto, el poema constituye una nostálgica evocación de la Sevilla de la infancia, que apunta también en el comienzo de su célebre «Retrato» que abre Campos de Castilla («Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero») o en el soneto de Nuevas canciones en el que evoca a su padre y que arranca con estos dos versos: «Esta luz de Sevilla… Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente»[2].
La composición de Abel Infanzón / Antonio Machado, que por si sencillez no requiere mayor comentario explicativo, dice así:
¡Oh maravilla, Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla!
Dadme una Sevilla vieja donde se dormía el tiempo, en palacios con jardines, bajo un azul de convento.
Salud, oh sonrisa clara del sol en el limonero de mi rincón de Sevilla, ¡oh alegre como un pandero, luna redonda y beata sobre el tapial de mi huerto!
Sevilla y su verde orilla, sin toreros ni gitanos, Sevilla sin sevillanos, oh maravilla![3]
[1] Palabras de Rogelio Reyes en una conferencia pronunciada en febrero de 2014 en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Recupero la cita de la entrada «¿Sevilla sin sevillanos?» del 27 de septiembre de 2022 del blog del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla.
[2] Se refiere al sevillano palacio de Las Dueñas, cuyo administrador y uno de sus inquilinos era el padre del poeta, Antonio Machado Álvarez. Allí nació Antonio el 26 de julio de 1875.
[3] Lo cito por Antonio Machado, Poesías completas. Soledades / Galerías / Campos de Castilla…, edición de Manuel Alvar, apéndice de M.ª Pilar Celma, 27.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 445-446.
Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento y Solemnidad de la Inmaculada Concepción, un hermoso soneto de Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1933), «María Anunciada», perteneciente a su poemario Del abreviado mar (Madrid, Ágora, 1957). Fernando Carratalá nos ofrece este comentario del poema:
Paz Pasamar posee una amplia cultura religiosa y ha dedicado muchos versos al tema de la trascendencia. De sus incursiones en la temática navideña es una buena muestra el soneto «María Anunciada», de perfecta andadura rítmica en sus endecasílabos, y con estrofas y rimas ajustadas al patrón clásico: el arcángel Gabriel anuncia a María que se ve a convertir en la Madre de Dios. Y la poetisa se refiere a María con un lenguaje metafórico de gran belleza y eficacia estética —a lo largo del primer cuarteto— y con adjetivos que aluden a su sencillez y serenidad —en el segundo cuarteto, que contiene, en los versos 7 y 8, un símil de altísimo valor poético: «plena / como el dorado trigo en la gavilla»—. Pero es, sin duda, en el terceto que cierra el soneto en donde se alcanza un intenso clímax poético: Vino Gabriel [a anunciar la transformación de una sencilla mujer nada menos que en la Madre de Dios]; vino la Luz [divina a realzar su hermosura]; y, por fin, llegó Dios y se fingió pequeño [al hacerse Hombre en el vientre de María][1].
Pedro Pablo Rubens, Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Poco que añadir a tan certero comentario, salvo quizá destacar la bella creación neológica mielar del verso 4. El soneto dice así:
¡Pan virginal, aceite sin mancilla! «Ave María, la de gracia llena», te saludó Gabriel, y la colmena de tu pecho mieló la maravilla.
Tú la más sola. Tú la más sencilla. Mujer por sola, y por la más serena, escogida primero que el mar, plena como el dorado trigo en la gavilla.
Por el milagro de la dulce boda tomaste enorme dimensión y altura, y Dios cruzó despacio por tu sueño.
Vino Gabriel, y te mudaste toda, vino la Luz y supo tu hermosura, y llegó Dios, y se fingió pequeño[2].
[1] Fernando Carratalá, en Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, p. 205.
[2] Tomo el texto de Poesía de Navidad para niños y jóvenes, p. 117. En el primer verso, cierro el signo de admiración, que en la edición por la que cito solo se abre.