«… un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo”» (Mateo, 1, 20).
Vaya para hoy, festividad de san José y Día del Padre, este hermoso soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ, que no requiere de mayor comento:
Dejé mi casa cuando amanecía y cerré con amor aquella puerta de mi pobre taller. La luz incierta besó el recinto con la luna fría,
Y allí, entre olores de carpintería, dejé mis dudas y la pena yerta de noches sin dormir, de estar alerta bajo el peso de la melancolía.
Pero al mirar de pronto inacabada la cuna que clavé con tanto anhelo se desbordó mi alma de alegría,
sin miedo ya al camino ni al desvelo. Pues no hay cuna mejor, ni otra posada, que los amantes brazos de María.
Nieves Viesca (Gijón, 1959) es poeta y narradora, autora de libros como La danza del equilibrio (1996), Metamorfosis del sentimiento (2002), Diecinueve o veinte líneas (2009), Manual de tinta (2012) o El túnel y los días (2017). Copio para hoy su soneto «Belén por compañía», publicado en Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea (2016).
Juan Correa de Vivar, Adoración de los pastores (c. 1555-1559). Museo de Santa Cruz (Toledo, España).
Llega la Navidad que me envolvía y el belén que recuerdo tan presente arropa con su manto bien caliente a este fin por su larga travesía.
Con luz hasta la sien, es compañía disfrutar sus delicias gratamente obsequiando figuras de mi mente al anciano que muere cada día.
La hoz de mi vejez me trae presencias, atesora la espera del adviento reposado de azul melancolía
y encumbra los recuerdos con clemencias del hogar en su vivo movimiento para alcanzar la cúspide que es mía[1].
[1] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, p. 35.
Luca Giordano, Adorazione dei pastori (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).
¡Pronto, venid, que aquí hay al…! Algo hermoso, iba a decir, y no pude concluir al ver la luz del Portal.
¡Carillo, Gabriel, Leo… Leonor, quise llamar, pero no pude acabar, que ya he visto al Niño yo.
¡Traed acá queso y mi…! Y miel también, os decía, que al tiempo que le veía el Niño me ha visto a mí.
¡Preparad leña y cande…! Candela de aquella estrella y haced la hoguera más bella para el hijo de José[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 155. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.
¡Muy feliz 2026, con mis mejores deseos, a todos los insulanos!
Celia Viñas (Lérida, 1915-Almería, 1954) fue catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media (obtuvo la cátedra en 1943 en el instituto de Almería). Allí contrajo matrimonio con el también poeta Arturo Medina. Escribió poesía infantil en español y catalán. Entre sus libros de poemas destacanPalabra sin voz (1933), Trigo del corazón (1946), Canción triste en el sur (1948), El amor de trapo (1949), Palabras sin voz (1953) o Del foc i la cendra (1953), títulos a los que hay que sumar los de otras publicaciones ya póstumas: Como el ciervo corre herido (1955), Canto (1964, edición preparada por Arturo Medina), Antología lírica (1976, a cargo de Guillermo Díaz-Plaja, que había sido su profesor en Barcelona), Poesía última (1979), Oleaje (2004) y Las islas del amor mío (2015). Cuenta en su haber también con algunas obras narrativas (novela y cuento).
Vaya para hoy su sencilla cuanto emotiva «Nana de pastor en Navidad», una composición con una estructura (la de la nana) que adopta con frecuencia la poesía navideña.
Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640). Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).
A la nanita nana, nanita ea, el mal es una cuna para la tierra. Es tan ancho el abrazo de la montaña, que hasta la brisa duerme sobre las ramas.
—Madre, tengo el corazón, tengo el corazón de barro y se me ha dormido, madre, como se mueren los pájaros, los pájaros, madre mía, que ayer volaron, ¿sabes?, volaron alto. Duerme mi corazón, madre, ¿quién podría despertarlo?
—Pastor que tienes los ojos tan duramente cerrados, antes del alba tendrás el corazón desvelado y las manos temblorosas tendidas hacia lo alto[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 206-207. Cito con algunos retoques en la puntuación, añadiendo los guiones de diálogo y la separación en estrofas. El comienzo del poema lo es también de un conocido villancico tradicional: «A la nanita nana, / nanita ea, / nanita ea, / mi Jesús tiene sueño, / bendito sea, / bendito sea» (o con la variante «mi niño tiene sueño» en el verso cuarto).
Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1929), en solitario o al alimón con su hermano Carlos, ha cultivado con frecuencia la temática navideña en su poesía. En el blog pueden leerse sus poemas «La Nochebuena del astronauta» y el «Villancico de los qué dirán», más otro, «Romance viejo de la madre nueva», fruto de la mencionada colaboración fraternal. Vaya para hoy su composición titulada «La visitadora», que recrea con tensión dramática la llegada al Portal de Belén de una «mujer seca, harapienta y oscura» (v. 3). María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura («¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!», v. 18): es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.
Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso. Imagen creada con IA (Gemini).
A la memoria de los hermanos Tharaud
Era en Belén y era Nochebuena la noche. Apenas si la puerta crujiera cuando entrara. Era una mujer seca, harapienta y oscura con la frente de arrugas y la espalda curvada.
Venía sucia de barro, de polvo de caminos. La iluminó la luna y no tenía sombra. Tembló María al verla; la mula no, ni el buey rumiando paja y heno igual que si tal cosa.
Tenía los cabellos largos, color ceniza, color de mucho tiempo, color de viento antiguo; en sus ojos se abría la primera mirada y cada paso era tan lento como un siglo.
Temió María al verla acercarse a la cuna. En sus manos de tierra, ¡oh, Dios!, ¿qué llevaría?… Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente y le ofreció la cosa que llevaba escondida.
La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse. ¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa! El Niño la miraba. También la mula. El buey mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.
Era Belén y era Nochebuena la noche. Apenas si la puerta crujió cuando se iba. María, al conocerla, gritó y la llamó: «¡Madre!». Eva miró a la Virgen y la llamó: «¡Bendita!».
¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella! Afuera aún era pura, dura la nieve y fría. Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo entre sus dedos niños la manzana mordida[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 73. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.
José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001) fue fundador de la revista Garcilaso en 1943 y uno de los poetas representantes de la corriente neoclásica de posguerra. En su larga trayectoria poética se cuentan libros como Víspera hacia ti (1940), Poesía (1944), Versos de un huésped de Luisa Esteban (1944), Tú y yo sobre la tierra (1944), Retablo del ángel, el hombre y la pastora (1945), Del campo y soledad (1946), Juego de los doce espejos (1951), Tregua (1951), La red (1955),Geografía es amor (1956), El parque pequeño (1959), Corpus Christi y seis sonetos (1962), Circunstancias de la muerte (1963), La hora undécima (1963), Memorias y compromisos (1966), Hablando solo (1967), Facultad de volver (1970), Taller de arte menor y cincuenta sonetos (1973), Súplica por la paz del mundo y otros «collages» (1973), Sonetos y revelaciones de Madrid (1974), Los cristales fingidos (1978), El arrabal (1980), Nuevo elogio de la lengua española (1983), Sonetos españoles a Bolívar (1983), Piedra y cielo de Roma (1984), Carta a la madre (1988) o Mar viviente (1989).
De él ya hemos puesto aquí su «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”». Vaya para hoy su soneto titulado «Nacimiento de Dios», un apóstrofe a Dios, que llena y colma el corazón del yo lírico, mientras este le brinda el tributo sencillo de su propio nombre, lo mejor que puede entregarle.
Agnolo Tori, Il Bronzino, LʼAdorazione dei pastori (1539). Magyar Nemzeti Galéria (Budapest, Hungría).
Y Tú, Señor, naciendo, inesperado, en esta soledad del pecho mío. Señor, mi corazón, lleno de frío, ¿en qué tibio rincón lo has transformado?
¡Qué de repente, Dios, entró tu arado a romper el terrón de mi baldío! Pude vivir estando tan vacío, ¡cómo no muero al verme tan colmado!
Lleno de ti, Señor; aquí tu fuente que vuelve a mí sus múltiples espejos y abrillanta mis límites de hombre.
Y yo a tus pies, dejando humildemente tres palabras traídas de muy lejos: el oro, incienso y mirra de mi nombre[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 130-131. Añado la coma al final del verso 3.
De Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005), entre otros poemas de temática diversa, hemos dado entrada en el blog al soneto «Al gozo de Nuestra Señora cuando se supo Madre de Dios». Añado hoy este otro soneto, que se caracteriza por la musical cadencia de sus endecasílabos, realzada por diversos paralelismos. En los dos primeros cuartetos se enumeran los elementos de la naturaleza (alba, aire, rosas, brisa, luz, luna) que contribuyen —poéticamente— a la Encarnación del Niño; los dos tercetos ponderan el misterio de una divinidad eterna, infinita, que «se hace niña», «tan pequeña y suave» (vv. 10 y 9) al adoptar Cristo la naturaleza humana (unión hipostática). La composición se cierra con el bello apóstrofe «¡oh, alba de Dios que entre la paja llora!».
Antonio Palomino, Niño Jesús dormido (entre 1701 y 1725). Museo de Bellas Artes de Córdoba (España).
El alba tomó cuerpo en tu figura, el aire se hizo carne, los rosales desangraron sus rosas virginales para crear tu piel silente y pura.
Desparramó la brisa su ternura, la luz cuajó en tu forma sus cristales, la luna derramó sus manantiales para crear en Ti nuestra ventura.
Divinidad que, tan pequeña y suave, se hace niña en tu carne redentora, en lo infinito ni siquiera cabe.
En Ti la eternidad tiene su aurora, en Ti nada se halla que se acabe, ¡oh, alba de Dios que entre la paja llora![1]
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 156-157. Añado los signos de admiración en el último verso.
Vaya para hoy este villancico de Rafael Montesinos (Sevilla, 1920-Madrid, 2005), autor que publicó sus primeros poemas en las revistas Garcilaso, Espadaña e Ínsula. Como dice el poema, veinte siglos después, el Niño sigue llorando; veinte siglos después, todavía se escucha el cruel «No hay posada» en tantos lugares del mundo, algunos bien cercanos a nosotros… Y es que el barro humano es quebradizo, como expresivamente muestra el encabalgamiento de los dos versos finales.
Federico Barocci, La Natividad (1597). Museo del Prado (Madrid, España).
Lloran los panderos por la Navidad, porque en esta tierra ya no hay caridad[1].
No de carne, sino del barro de Adán (antes de aquel soplo), bajo su portal, hay un niño. Llora, terco en su llorar, hace veinte siglos ya.
Un ángel de tierra abre su volar quebradizo y pliega aquello de Paz en la Tierra… Pide buena voluntad. Pero nadie escucha ya.
Pastores de arcilla marchan al Portal. Pastores y hombres unen su cantar, que del barro vienen y hacia el barro van, barro que se quebra- rá[2].
[1]porque en esta tierra / ya no hay caridad: estos dos versos forman parte del villancico popular «Madre, en la puerta hay un Niño»: «—Madre, en la puerta hay un niño / más hermoso que el sol bello. / Parece que tiene frío / porque viene medio en cueros. / —Pues dile que entre, / se calentará, / porque en esta tierra / ya no hay caridad». Aquí se puede escuchar interpretado por Raya Real.
[2] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 118-119, donde figura con el epígrafe genérico de «Villancico».
Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad… (villancico popular)
Con mis mejores deseos de paz, amor y felicidad para esta noche en que nace el Niño-Dios, os dejo aquí este poema de María José Cortés (Madrid, 1971), autora que cuenta en su haber con poemarios como Palabras derramadas (2008), Cicatrices de asfalto (2013), El libro de los dones (2016), Ahora (2016, en colaboración con José María Carnero Montesinos), El arte de la genuflexión (2019) y El abrazo o el agua (2024).
Ludovico Cardi, Cigoli, La Adoración de los Pastores con santa Catalina de Alejandría (c. 1600). Metropolitan Museum of Art (Nueva York, Estados Unidos).
Hoy ha nacido un niño un niño de arena y agua un niño como un aljibe. Hoy ha venido un niño a enseñar con su sonrisa a mostrar con su silencio caminos que son de luz y que la luz los desanda. Hoy ha nacido un niño yo lo pongo en su cuna de paja ilusión y grava junto a su madre que canta nanas de algodón que late sobre la piel que es distancia resurrección de la carne madera de la ignorancia. Mientras, José en la puerta les protege de amenazas. Quién comprenderá este amor quién lo lleva en su garganta gratis como un beso de río hermoso como una danza. Hoy puede nacer un niño en la arena o en el agua sin la posibilidad de un aljibe. Hoy ha venido un niño a hablar de luz o de balas del frío que no se cuela por la pared de una casa. Un niño puede mostrar con su sonrisa intocada aquello que ya olvidamos cuando la luz nos tocaba. Quién comprende ya este amor quién lo acuna en su garganta como el roce de una mano aprendiendo perfil de plata[1].
[1] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 75-76.
«Mirad, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”» (Mateo, 1, 23)
Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, el poema que ha utilizado Rafael Duarte Sánchez para felicitarme las fiestas este año en mi muro de Facebook. Se trata de un grácil romancillo de rima é e que en su tramo final anticipa —como suele ser frecuente en la poesía de Navidad— los futuros sufrimientos de la Pasión del Señor. Dice así:
La lluvia caía casi tristemente. La lluvia pequeña sin granizo, leve, porque en el portal la pobreza viene sin luces, sin fuego ni amigos, ni gente. La estrella brillaba casi inútilmente, como en aquel tiempo de miedos furentes. La Virgen sentía a Dios en su vientre.
Y eso le dolía. La Virgen María, tan pura y creyente, temía y temía que, al Dios que sentía, lo hiriese el presente.
La lluvia caía con frío insistente, esa lluvia terca de nubes silentes. Allí en el portal, con la noche enfrente, sin casa, sin sitio, con miedos latentes…