Proseguimos la serie de poesía de Navidad con esta composición de Antonio Murciano, escritor que, al igual que su hermano Carlos —y muchas veces los dos al alimón—, ha cantado el nacimiento de Jesús y las temáticas propias de esta festividad religiosa. Este poema desarrolla, en concreto, el motivo, que tiene bastante tradición, de las dudas sobre la paternidad de San José, que es a lo que alude el título:
«Abuela Santa Ana, ¿qué dicen de vos?» (Popular)
Al rayar el día el gallo cantó: —Ya nació el Mesías, nuestro Salvador.
—Señora María, ¿qué dicen de Usía? —Que yo soy la Virgen que parió al Mesías.
—Señora Santa Ana, ¿qué dicen de vos? —Que soy soberana abuela de Dios.
—Señor San Joaquín, ¿qué dicen de ti? —Que soy el abuelo del chiquirritín.
—Señor San José, ¿qué dicen de Vd.? —Que no soy el padre del Niño Manuel.
—No le haga Vd. caso a los qué dirán. —Él me llamó padre cuando empezó a hablar.
—Si él le llamó padre, por algo será. Cuando el río suena, agua llevará[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 70-71.
¡Alegraos, en la ciudad de David nos ha nacido el Salvador!
¡Con mis mejores deseos de una muy feliz y santa Navidad a todos los amigos-lectores insulanos!
De entre las varias composiciones poéticas navideñas de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998), copiaré hoy su «Villancico» que comienza «Ya está el niño en el portal…»:
Ya está el niño en el portal, que nació en la portería. San José tiene taller, y es la portera María.
Vengan sabios y doctores a consultarle sus dudas: el niño sabelotodo está esperando en la cuna.
Dice que pecado es hablar mal de los vecinos y que pecado no es besarse por los caminos.
«Que se acerquen los pastores que me divierten un rato; que se acerquen los humildes, que se alejen los beatos.
Que venga la Magdalena; que venga San Agustín, que esperen los Reyes Magos que les tengo que escribir»[1].
Este villancico ha sido musicado por Paco Ibáñez y se puede escuchar aquí.
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 174-175 (suprimo la conjunción y que figura al comienzo del v. 8).
La escritora boliviana Beatriz Schulze Arana (Potosí, 1929-La Paz, 2000) participó de la fundación en La Paz de la segunda generación del grupo «Gesta Bárbara» (1944). En 1995 ingresó en la Academia Boliviana de la Lengua. Entre sus obras se cuentan títulos como Lejanías (1945), Surcos de luz (1947), En el telar de las horas (1948), Por la escala del ensueño (1949), En el dintel de la noche (1951), Desvelo de lámpara (1958), Pompas de jabón (1958), Clarinadas de oro (1979), Burbujas de color (1979), La princesita calipso y el fausto ruiseñor (1980), Semillero de luces (1981) y Luces mágicas (1988). Los últimos años de su vida los pasó en la «Casa del Poeta», dotada por el municipio de La Paz.
Juan Quirós nos ofrece la siguiente valoración de su estilo poético:
Dedicada a los oficios del ensueño, muy femenina, ajena a modas y esnobismos, siempre despierta al imperativo de sus principios y a su voz interior, Beatriz Schulze Arana está exenta de sensiblería y de toda jugarreta verbalista. De sus versos para niños ha dicho Gabriela Mistral: «Van envueltos en un halo de verdadera belleza, además recrean, enseñan sin violencias, ejercitan la imaginación y abren surcos de bondad y de ternura»[1].
Su «Canción de Nochebuena» es una sencilla composición en hexasílabos en los que la voz lírica expresa los dones que piensa presentar al Niño recién nacido.
Los recursos utilizados (anáforas, paralelismos, variedad de rimas asonantes, empleo de diminutivos, etc.) son los habituales en este tipo de poemas que se insertan en la tradición de la poesía navideña de tono popular. Este es el texto del poema:
Me ha dado la alondra pajas de su nido, yo le haré con ellas su cunita al Niño.
Me han dado las nubes copos de algodón, albos como un sueño, tibios como el sol.
Con don tan precioso a mi Niño Dios le haré una almohadita y un muelle edredón.
Me ha dado la luna un jirón del traje que lució la noche de su primer baile;
de seda tan fina yo le coseré bellos pañalitos al Dios de Belén.
Me han dado los mares encajes de espuma, con ellos al Niño yo le haré una túnica.
Agujita mía: corre, salta, vuela sobre el escenario del encaje y seda.
Agujita mía: ¡corre! ¡salta! ¡vuela!, que Jesús ya viene, que Jesús ya llega y yo no consigo terminar mi ofrenda.
La Virgen sueña caminos, está a la espera; la Virgen sabe que el Niño está muy cerca.
Estamos en el cuarto domingo de Adviento, y la Navidad está ya a la vuelta de la esquina… Así pues, continuaremos la serie de poesía navideña —y, al mismo tiempo, la de breves semblanzas de escritores bolivianos— con el poema «Nochebuena», de Luciano Durán Böger (1904-1996). Nacido en 1904 en Santa Ana, capital de la provincia de Yacuma, en el departamento del Beni, fue escritor (poeta, cuentista y novelista), crítico de arte y también pintor autodidacta. La mayor parte de su producción poética quedó recogida en su antología Geografía de la sangre (1963). En el terreno de la narrativa aportó obras como Sequía (1960), Inundación (1965) —subtitulada Novela para un continente en lucha—, En las tierras de Enín (1967), que está considerada una de las mejores novelas bolivianas, y Sangre en La Esmeralda (1972), cuyo título se cita a veces equivocadamente como Sangre de Esmeralda. Es autor también del ensayo Poetas del Beni (1963). Durán Böger fallecería en La Paz en 1996. De él ha escrito Juan Quirós que es
Dueño de una copiosa producción en verso donde existen muchas composiciones fáciles en demasía, junto a otras con aciertos que no son causales. Cuando se olvida del partido político que profesa [fue fundador y militante del Partido Comunista de Bolivia], Durán Böger afirma el paso y camina con seguridad. Nada fía entonces a la improvisación, deja de ser incoherente y aparece el poeta que hay en él[1].
Su poema «Nochebuena» canta con versos sencillos la belleza de la Virgen María y el nacimiento del Niño-Dios para, en la parte final —los dos últimos versos—, dar un quiebro que introduce la preocupación del autor por la problemática social («no tengo arbolitos, / ni zapatitos, ni cena», expresa la voz lírica). La composición reza así:
Bella estaba la Madre del amor que besa el Aire, del amor que arrulla Luz, del amor que mima el Agua.
Sin una perla de llanto, juega sobre el planeta con lunas y con pañales.
¡Hijo del Hombre! Niño de carne y de sangre nació como nace el verso del corazón del Poeta.
Esta noche es Nochebuena —y yo no tengo arbolitos, ni zapatitos, ni cena[2].
[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 179.
[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 180-181.
De Nazaret a Belén hay una senda; por ella van los que creen en las promesas.
Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.
Este es el texto completo del poema:
Pastora, la contradanza que tejes sobre la tierra con los pies desnudos, huele a pastos de Nochebuena.
Te enlazan dos zagalones, y entre sus manos labriegas —arbolito de diciembre— tu talle se balancea.
Detrás vienen seis pastores con tres zagalas cimbreñas, como siguiendo el aroma de tus huellas.
Y cantan un villancico —son crecido entre las hierbas— iniciado por el viento de las quenas.
Desde el portal de sus voces, la tuya, como una estrella, los encamina hacia un verde retablo de Nochebuena…
Ya los gallos campaneros dan las doce; y es la tierra, bajo el viento de los astros, cuna que se balancea…
¡El Niño Dios ha nacido! —mies de luz sobre la vega—, y tus canciones, pastora, se tiñen de un alba nueva[1].
[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.
Nacida en Ávila el 28 de marzo de 1515, su nombre en el siglo fue Teresa de Cepeda y Ahumada. «Es un tópico ya consagrado, y no menos necesario, hablar del influjo que la amurallada ciudad natal —símbolo de vida religiosa y caballeresca— y la austera llanura en que se asienta (tierra de santos y de cantos) pudieron ejercer sobre la conformación espiritual de la escritora», escribe Juan Luis Alborg[1]. No menos tópico —y no menos necesario— resulta recordar el origen converso de la familia por línea paterna: su abuelo Juan Sánchez de Toledo, un rico mercader, fue procesado por la Inquisición en 1485; y muchos elementos de la cultura y religiosidad interior de Santa Teresa tienen que ver con esa condición suya de judeoconversa (ella firmaría —antes de hacerlo con su nombre religioso, Teresa de Jesús— como Teresa de Ahumada, eliminando el apellido paterno, que era el negativamente connotado).
A los seis años, influida por las lecturas de las vidas de santos (recogidas en el célebre Flos Sanctorum, versión traducida al español de la Legenda Sanctorum o Legenda Aurea de Jacobo de Vorágine), quiere escapar de casa con su hermano Rodrigo para ir a tierra de infieles en busca del martirio… aunque la aventura no llega muy lejos, al ser descubiertos en su huida por un tío antes de haber atravesado las murallas de la ciudad. Con su hermano también pasaba las tardes jugando a ermitaños en el huerto de la casa. Más tarde, de joven, Teresa fue gran aficionada a la lectura de los libros de caballerías (su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era muy aficionado a la lectura y en la casa abundaban los libros), e incluso habría empezado a escribir uno, a lo que parece. En 1528, tras la muere de su madre, doña Beatriz de Ahumada, la joven se aficiona en exceso a las galas y vanidades de la vida mundana; y en 1531 es internada por su padre en el colegio de monjas agustinas de Santa María de Gracia de Ávila, que abandonaría en 1533 debido a su mala salud. Pero en 1535, con diecinueve años, movida seguramente por la lectura de las Confesiones de San Agustín y por el recuerdo de una monja carmelita que había conocido, Sor María Briceño, ingresa como novicia en el convento de las carmelitas de la Encarnación de Ávila, donde profesaría como religiosa dos años más tarde.
Entre 1537 y 1542 padece una grave enfermedad, que empeora debido a sus frecuentes y rigurosas penitencias y le dejaría secuelas de por vida:
Los extremados ejercicios ascéticos a que se sometió entonces quebrantaron su salud poniéndola al borde de la muerte; con su peculiar fuerza de voluntad pudo reponerse, pero siempre le quedaron huellas de aquella enfermedad en su propensión a la fiebre, los dolores de cabeza y el insomnio. Durante largos años de intensa vida interior pasó por épocas de vacilaciones y sequedades de espíritu, pero gozó también los más delicados regalos de la experiencia mística; a esta época corresponde el episodio de la transverberación, tan vivamente descrito por la Santa en su Vida[2].
En cualquier caso, impulsada por una visión que tuvo de las penas del infierno, pasaría a la vida de acción, acometiendo con actividad infatigable la reforma de su orden, para devolverle la severidad y pureza primitivas, y la fundación de nuevos conventos reformados. En efecto, en 1562 fundó el primer convento con arreglo a la nueva regla, el de San José de Ávila, llamado de los Carmelitas Descalzos. Sus reglas difieren de la antigua observancia en estos puntos: vida de clausura, oración en la celda, abstinencia de carne, ayuno desde la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) hasta Pascua de Resurrección, carencia absoluta de bienes, silencio total desde el rezo de completas al de prima más el acto de descalzarse, de donde procede esa denominación de «carmelitas descalzos». Como se ha escrito, su vida es un continuo ir y venir por tierras españolas. Fundaría otros diecisiete conventos, sobre todo en Castilla y Andalucía (Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Burgos… ) y reformó otros muchos más. Colaboró igualmente en la reforma de la rama masculina de la orden, encabezada por fray Juan de la Cruz.
Este largo proceso, del que Santa Teresa da testimonio en el Libro de las Fundaciones, no estuvo exento de tensiones y hostilidades, que no fueron pocas, en especial por parte de los carmelitas de la antigua observancia, molestos con las reformas introducidas. En palabras de Alborg, «Comienza entonces la época de su incesante actividad, y con ella la de sus trabajos, sufrimientos y persecuciones de todo género»[3]. En efecto, Teresa fue confinada en Toledo por orden del P. General Rubeo, para evitar que la reforma que había emprendido se extendiera. Además el Libro de la Vida fue denunciado a la Inquisición y su autora fue procesada, aunque no llegó a ser condenada. Sea como sea, Teresa logró vencer la oposición gracias a la ayuda de fray Domingo Báñez, su nuevo confesor, de fray Juan de la Cruz, y de otras personas. Así, el conde de Tendilla logró interesar en el asunto al propio rey Felipe II, quien consiguió a su vez que el papa concediese la organización de los carmelitas descalzos como provincia independiente, con lo que la reforma quedaba asegurada. Y años después de su muerte, en 1588, fray Luis de León se encargaría de sacar la edición príncipe de sus obras: Obras de la Madre Teresa de Jesús, fundadora de los monasterios de monjas y frailes carmelitas descalzos de la primera regla (Salamanca, por Guillelmo Foquel, 1588)
En 1582, regresando a Ávila tras un viaje a Burgos, Teresa enferma y debe ser atendida en el convento de Alba de Tormes (Salamanca), donde moriría el 4 de octubre, con 67 años. Pero el encuentro con la muerte no asusta a una persona que tiene una visión trascendente del humano vivir; como ella misma escribiera: «Me da consuelo oír el reloj, porque me parece que me acerco un poquito más al momento de ver a Dios, cuando veo que ha pasado otra hora de la vida» (Vida, cap. 40, 20). Sería beatificada el 23 de abril de 1614 por el Papa Pablo V y canonizada el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV. El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia, siendo la primera de las cuatro actuales (las otras tres son Santa Catalina de Siena; Santa Teresita del Niño Jesús, otra carmelita descalza; y Santa Hildegarda de Bingen)[4].
[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, 2.ª ed. ampliada, 6.ª reimpr., Madrid, Gredos, 1986, p. 897.
[2] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, pp. 896-897.
[3] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, p. 897.
[4] Existen numerosas biografías de la santa, y varias más van a ir apareciendo ahora con motivo del centenario. Pueden verse, entre otras muchas, estas obras: Padre Crisógono de Jesús Sacramentado (O.C.D.), Santa Teresa de Jesús. Su vida y su doctrina, Barcelona, Labor, 1936; 2.ª ed., Barcelona, Labor, 1942; Marcelle Auclair, Vida de Santa Teresa de Jesús, Madrid, Cultura Hispánica, 1970; o Joseph Pérez, Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Madrid, Algaba, 2007. Puede consultarse también la web de la Fundación V Centenario de Santa Teresa de Jesús <www.stj500.es>. Agradezco muy sinceramente los valiosos comentarios de la hermana María José Pérez González, O.C.D., del Carmelo de Puzol (Valencia), que han contribuido a mejorar algunos detalles de la redacción de esta entrada, y aprovecho para recomendar su blog Teresa, de la rueca a la pluma, donde el lector interesado encontrará abundantes noticias y comentarios, bibliografía sobre las obras de la santa, etc.
Seguimos con La conversión de la Madalena del cascantino fray Pedro Malón de Echaide, del que copio de nuevo —sin comentarios— una reflexión suya (en esta ocasión sobre los que denomina «pecadores de balde») y el bello soneto anónimo sobre el mismo asunto que incluye al final del § 11 de la «Parte segunda y estado primero de pecadora» de su tratado:
Tenía la estatua de Nabuco los pies de hierro mezclado con barro, y por cierto muy bien, porque cuando llega un pecador a este punto, ya todos sus deseos, sus pensamientos, sus tratos, todo cuanto hace, dice, piensa y halla, todo es tierra y polvo y eso ama y busca y en eso está enterrado, olvidado de Dios y de su cielo y de su gloria, hasta decir David: «Declinaron los ojos a la tierra» [Psal. 16]. Y estos tales, ya al pecado le tienen tan casero y como vecino, y tan familiar, que casi se les vuelve en naturaleza. Y ya acaece a muchos estar tan envejecidos en la costumbre del pecar, que pecan no por deleite sino por uso, que suelo yo llamallos pecadores de balde, que casi sin pensar en lo que hacen, sin gusto, sin otro interese, forzados de la mala costumbre, pecan; que es lo que dijo el que hizo este soneto[1], hecho a este mismo propósito; y por parecerme que lo concluyó bien he querido ponello aquí.
SONETO
¡Oh, paciencia infinita en esperarme!
¡Oh, duro corazón en no quereros!
¿Que esté yo ya cansado de ofenderos
y que no lo estéis Vos de perdonarme?
¡Cuántas veces volvistes a mirarme
esos divinos ojos, y a doleros,
al tiempo que os rompía vuestros fueros,
y Vos, mi Dios, callar, sufrir y amarme!
¡Oh, guarda de los hombres!, vuestra saña
no mostréis contra mí, que soy de tierra:
mirad a lo que es vuestro, y levantalde:
que no es deleite ya lo que me engaña
sino costumbre que me vence en guerra
pues por solo pecar peco de balde[2].
[1] El soneto es anónimo. Figura en varios manuscritos y tuvo cierta difusión. Ver Marcel Bataillon, «El anónimo del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 4, 1950, pp. 262-263.
[2] Cito por La conversión de la Madalena, ed. de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13), p. 251.
Para este Viernes Santo, la entrada nos la da hecha fray Pedro Malón de Echaide, del que copio —sin otros comentarios— una reflexión suya a propósito del pecador arrepentido (es quien se interroga con ese Quid feci?, ¿qué hice?), a partir de la parábola del hijo pródigo (Lucas, 15, 18), y también el bello soneto que incluye en ese punto de su tratado sobre La conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588). El pasaje se localiza al final del § 25 de la «Tercera parte del Libro de la Madalena y el estado segundo que tuvo de penitente conforme a la letra del sagrado evangelio»:
Tras este Quid feci? viene luego el Surgam, et ibo ad patrem meum, que dijo aquel perdulario del hijo pródigo [Lucae 15]: Levantareme y volvereme a mi padre. Derrocareme a sus pies y allí lloraré; direle que le he ofendido, y al cielo en que Dios está; que ya no merezco aquel regalado nombre de hijo, perdido por mis maldades. ¡Oh, Padre de misericordia, recíbeme en tu casa! ¡Oh, cuántos jornaleros trabajan en tu hacienda hartos de mantenimiento, y yo, hijo otro tiempo regalado, muero de hambre en tierra ajena!
¿Pues será posible, ¡oh, Padre de clemencia!, que no me querrás recebir si voy a ti? ¿Que me volverás el rostro, que me cerrarás la puerta, que no te acordarás de aquel dichoso tiempo cuando me tenías por hijo y yo a ti por padre; cuando me sentabas a tu mesa, me dabas aquel pan sabroso de tu cuerpo y el vino celestial de tu sangre? Pues ya yo voy a ti, ¡oh, fuente de vida!, ya me contentaré con las migajas que de tu santa mesa sobran, y si me huyeres, bien sé que no podrás apartárteme mucho; ya sé dónde te hallaré; sobre un monte[1] te alcanzaré; allí me esperarás, los pies enclavados[2] porque no me huyas, y cosidas las manos porque no me castigues. Allí me abrirás esa sagrada puerta de tu costado, adonde yo ponga y esconda mi alma y la guarde de tu castigo.
Esta es la vuelta del hijo perdulario, que conoció el estado vil de porcarizo y gañán en que le habían traído sus pecados, como nos lo dijo bien uno en los versos siguientes:
SONETO
De padre y de consejo despedido
aquel mozo, avisado en propios daños,
do libertad, riqueza y pocos años
hicieron siervo al que ante era servido,
viéndose por su culpa tan perdido,
dice allá donde está en reinos estraños:
«¡Qué tarde llegan seso y desengaños,
pues tras guarda de puercos han venido!
Quiérome ir a mi padre a do primero
gocé el nombre de hijo, mal guardado;
quizá querrá por siervo recogerme.
¿Si huye? No hará, que en un madero
me espera el buen Jesús, por mí enclavado,
y el corazón rasgado, a do esconderme»[3].
[1] La palabra monte es referencia al Calvario; luego alude a los pies y manos clavados de Cristo en la cruz y la herida del costado por el lanzazo, según los relatos de la Pasión.
[2] Comp. Lope de Vega, Rimas sacras, soneto XIV, vv. 13-14: «pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?». Sobre la influencia de Malón de Echaide en Lope, ver Jorge Aladro y Alicia de Colombí-Monguió, «María Magdalena, guía de pecadores: Fray Luis, Malón, Lope de Vega», Anuario de Letras, XXXIV, 1996, pp. 157-224.
[3] Cito por La conversión de la Madalena, ed. de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13), pp. 300-301.
El agustino fray Pedro Malón de Echaide (Cascante, Navarra, 1530-Barcelona, 1589) es autor del Libro de la conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588), escrito con un estilo «vehemente y fogoso», que ha llegado a ser calificado de «oriental» por su lujo, gala y adorno[1]. Para Menéndez Pelayo es el «libro más brillante, compuesto y arreado, el más alegre y pintoresco de nuestra literatura devota», «halago perdurable para los ojos». De Malón de Echaide solo nos ha llegado esta obra de La conversión de la Madalena, en la que analiza al personaje bíblico en los tres estados de pecadora, penitente y en gracia, pero debió de escribir otras; por ejemplo, en el propio libro indica que tenía compuesto también un Tratado de San Pedro y otro dedicado a Todos los Santos.
Fernando González Ollé comenta que el Renacimiento apunta en la prosa navarra algo más tarde que la poesía, aunque «florece de manera espléndida» con esta obra de Malón de Echaide que, tanto por su fecha de publicación como por su talante expresivo, debe ser adscrita al Manierismo. Más tarde se detiene este estudioso en el comentario estilístico de La conversión de la Madalena. Explica que, si bien la finalidad del libro era de naturaleza ascética y pastoral, el autor supo redactar una pieza de factura literaria. Señala:
Unánime se presenta el elogio de los críticos sobre el dominio idiomático exhibido por Malón, que pulsa todos los registros de la lengua, desde el patético al tierno, pasando por el pintoresco. A la anchurosa riqueza de su léxico, castizo en unos momentos e innovador en otros, corresponde una sintaxis variadísima, cuya ductilidad permite adecuarla a cada situación o contenido mental[2].
La presencia de notas coloristas, la luminosidad, el afán visualizador, las briosas descripciones, la maestría en el manejo de las imágenes, los apóstrofes al lector (eco de su práctica oratoria), las escenas dramáticas, la inclusión de una rica fraseología popular y el énfasis oratorio (que supone el manejo de innumerables recursos retóricos) son algunas de las características de la obra destacadas por González Ollé, quien valora positivamente la riqueza literaria de La conversión, si bien matiza:
En ocasiones, sin embargo, su facilidad expresiva hace caer a Malón en el equívoco grotesco, la imagen irreverente, el chiste de mal gusto, aunque sin llegar a los extremos de la corriente conceptista de la oratoria sagrada. Como defecto capital en el estilo de Malón cabe apuntar la desproporción entre el motivo originario de su obra y el voluminoso desarrollo que le prestó[3].
Se refiere, asimismo, a otros dos rasgos destacados de la obra de Malón: por un lado, la raíz agustiniana de la exposición doctrinal acerca de la naturaleza del amor; por otro, la intercalación de algunas poesías, en su mayoría traducciones y paráfrasis bíblicas, que son inferiores a su prosa, aunque a veces estén a la altura de los versos de fray Luis de León, a quien Malón sigue de cerca. De hecho, Menéndez Pelayo se lamentaba de que no hubiese incluido más poemas como intermedio de su rica y florida prosa.
Recordaré, por último, que en La conversión de la Madalena Malón incluye una vigorosa defensa de la lengua castellana (es el momento del debate sobre el valor de las lenguas vulgares y su capacidad para ser vehículos conductores de cultura, para el cultivo de las ciencias y para los comentarios escriturísticos), igual que hace Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios para las ciencias[4].
[1] José Zalba, «Paginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 351.
[2] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 128-130
[3] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 134.
[4] La obra de Malón, plena de colorido, imágenes brillantes y galanuras de estilo, ha generado una copiosa bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13).
Para celebrar la fiesta de la Epifanía del Señor copiaré hoy el poema «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes, todo un clásico en estas fechas, perteneciente a su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belén, ilustrado por Marifé González. Además se puede escuchar, recitado por la propia autora, aquí (por cierto, a la altura del verso 20, me parece que la palabra que dice esta «mujer de verso en pecho» no es precisamente «birria»…).
El camello se pinchó con un cardo en el camino y el mecánico Melchor con buen tino le dio vino. Baltasar fue a repostar más allá del quinto pino e intranquilo el gran Melchor consultaba su «Longinos»[2].
—¡No llegamos, no llegamos y el Santo Parto ha venido! —Son las doce y tres minutos y tres reyes se han perdido.
El camello cojeando más medio muerto que vivo va espeluchando su felpa entre los troncos de olivos.
Acercándose a Gaspar, Melchor le dijo al oído: —Vaya birria de camello que en Oriente te han vendido.
A la entrada de Belén al camello le dio hipo. ¡Ay, qué tristeza tan grande en su belfo y en su tipo!
Se iba cayendo la mirra a lo largo del camino; Baltasar lleva los cofres, Melchor empujaba al bicho.
Y a las tantas ya del alba —ya cantaban pajarillos— los tres reyes se quedaron boquiabiertos e indecisos, oyendo hablar como a un Hombre a un Niño recién nacido. —No quiero oro ni incienso ni esos tesoros tan fríos, quiero al camello, le quiero. Le quiero —repitió el Niño.
A pie vuelven los tres reyes cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado le hace cosquillas al Niño[1].
[1] La famosa marca de relojes suiza es Longines; pero, en este contexto, bien puede ser Longinos, como pide la rima del romance…
[2] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 197-199 (aquí, en el título, se ha suprimido el adjetivo «cojito», que restituyo; y en el v. 4 suplo también «con buen tino», que completa el octosílabo).