Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (2)

El primero de los poemas amorosos es «Leyenda guipuzcoana» (pp. 17-25), de claro tono narrativo, con rima aguda en -ó cada cuatro versos (que son heptasílabos). La primera parte es un diálogo entre una voz lírica femenina y su hermana, que se lamenta por un amor sin esperanza; mirando al mar Cantábrico, señala esta última que desea la muerte porque el mundo es para ella negra cárcel, fúnebre prisión. En la segunda parte, la voz lírica refiere la muerte de la bella y maldice al hombre que causó su desgracia. En el titulado «Dos lágrimas» (p. 39), formado por cuatro redondillas, el yo lírico compara una lágrima de la persona amada con una gota de rocío, siendo insuficientes una y otra para apagar su sed de amor.

«Su nombre» (pp. 41-45) es una composición de diecinueve estrofas de estructura 11- 7a 11- 7a (con rima aguda en los versos pares). Una voz femenina canta, dirigiéndose a su madre, al amor que es toda su vida, pero que la desdeña; ella tan solo desea amarle y soñar que él la ama; sabe que este sufrir en silencio es una locura, pero también su felicidad, y por eso acaba pidiendo: «déjame, pues, vivir con mis quimeras, / que vivir es soñar» (p. 45). «En un álbum» (p. 47) es un romance con rima en é-a que refiere el flechazo amoroso de una pareja, él y ella: el cruce de una mirada basta para que un relámpago de dicha una sus almas gemelas, pero es tan intenso que les condena «a ceguedad eterna». El título responde a una práctica poética muy habitual en el siglo XIX, consistente en que los poetas escribiesen algunos versos en álbumes, abanicos, etc.

Álbum poético

La nota trágica aparece en «Un suelto de La Correspondencia» (pp. 59-67), una silva de tono narrativo que refiere el suicidio de una joven por un desengaño amoroso (el paquete de cartas localizado por la madre así lo revela). Narrativo es también el poema siguiente, titulado significativamente «Cuento» (pp. 69-73); se trata de un romance endecha con rima é-o que empieza así: «Érase, niñas mías, / érase, y va de cuento, / érase una princesa, / allá, en lejanos tiempos». La hermosa vive en un palacio riquísimo, que es para ella cárcel dorada, porque sufre de amores; habla con un rosal, un pájaro, el céfiro, un arroyuelo y una mariposa, comentando que no es feliz; en fin, una voz del cielo le dice que está herida de muerte, porque el sufrimiento mata.

«Canción de la esclava» (pp. 81-83) son las evocaciones de una «bella sultana» que recuerda un encuentro con su amante. El esquema métrico 11- 7a 11- 7a y el exotismo del tema, subrayado por la introducción de alguna palabra extraña, da cierta musicalidad a este poema, de tono vagamente modernista:

Como el pájaro vuela a su nido
mi dueño volaba,
hacia el ancho e inmenso desierto
su jaike flotaba.
A caballo, en su negro caballo,
la vega cruzaba,
y su imagen preciosa este río
por siempre guardaba.

[…]

Claro río, que guardas las flores
de mí tan amadas,
llévame donde fueron sus hojas
tan puras y blancas.
Que me vean morir libre y bella
tus ondas templadas;
y si vuelve, decidle vosotras
que nunca fui esclava.

De tema similar, aunque desde una perspectiva masculina, es «El cautivo» (pp. 97-100), composición de heptasílabos que presenta rima aguda en -á cada cuatro versos, quedando los demás sueltos. Un prisionero obtiene su libertad, pero en realidad no puede quedar libre porque ama a la sultana. La estructura del poema es circular; cito los versos iniciales y finales:

Sultana, yo me alejo
por siempre de tu lado,
brilló para mí el día
de dulce libertad.

[…]

Sultana, yo me alejo
por siempre de tu lado,
y lloro por perdida
mi dulce libertad.

En «Dos amores» (pp. 189-91), romance endecha con rima á-a, el yo lírico se debate entre el amor a una «hermosa soberana», adornada con seda, oro y esmeraldas, y una «joven cautiva», también bella; al final, termina postrándose a los pies de esta como tributo a su desgracia. En fin, «Cantares» (pp. 193-94) son nueve coplillas, con rimas asonantes o consonantes en los pares, 7- 5a 7- 5a. Alguna de ellas tiene cierta gracia: «En el agua bendita / pone mi amada / sus deditos de rosa. / ¡Quién fuera agua!»; «Cuando te sigo, niña, / no es que te sigo, / es que voy por mi alma / que va contigo»[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (1)

No son muchos los nombres de mujeres que encontramos al recorrer la historia literaria de Navarra, al menos hasta fechas recientes (en efecto, esta situación ha cambiado y en los últimos años existe una nómina más que considerable). Más escasos son todavía los de mujeres que hayan cultivado la poesía, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX. En este sentido, me parece interesante rescatar del olvido el nombre de Francisca Sarasate (1853-1922) y su libro Horizontes poéticos, del año 1881. Esta autora, que se acercó a géneros tan dispares como la novela, el cuento, la leyenda histórica en verso, el teatro y la poesía, constituye una excepción notable en el panorama de las letras navarras del siglo XIX. La calidad literaria de sus escritos no es extraordinaria, pero la misma circunstancia de su singularidad bien la hace merecedora de alguna reseña, como esta breve que ahora le dedico.

Francisca Sarasate Navascués

Aunque nacida en La Coruña en 1853, la vida de Francisca Sarasate Navascués estuvo plenamente enraizada en Navarra por sus vínculos familiares, de forma que suele ser incluida en las nóminas de escritores navarros. En efecto, era hermana del músico Pablo Sarasate y esposa del catedrático Juan Cancio Mena (de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena). En 1882 obtuvo el quinto premio —consistente en una pluma de oro— en el concurso organizado por el Ayuntamiento de Alba de Tormes con motivo del III Centenario de la muerte de Teresa de Ávila. Dio varias conferencias en el Ateneo de Zaragoza, fue colaboradora La Ilustración Española y Americana y directora de La Gaceta de París.

Libros de carácter lírico son Horizontes poéticos (1881), Amor divino (una oda publicada junto con Fulvia), Romancero aragonés (1894) y Poesías religiosas (1899). Algunos de sus poemas fueron musicalizados por su hermano Pablo. Su obra titulada Pensamientos místicos (1910) recoge una serie de reflexiones cristianas (sobre la vida, la muerte, el amor a Dios, la riqueza y la pobreza, el perdón, el sufrimiento, el trabajo, etc.).

Francisca Sarasate falleció en Pamplona en 1922.

Los datos completos de la obra que ahora me ocupa son: Horizontes poéticos. Libro rítmico dedicado por su autora a su hermano el eminente artista Pablo Sarasate, Pamplona, Imprenta de El Eco de Navarra, a cargo de M. Colomina, 1881 (existe un ejemplar en la Biblioteca General de Navarra, sign. 8-2 / 97). El primer aspecto que hay que destacar es que estamos ante un libro misceláneo, que incluye composiciones de distintos géneros. Así, las páginas 105-181 están ocupadas por un ensayo dramático titulado Los dos ciegos. Se trata de una comedia en dos actos y en verso que, como se indica en nota, desarrolla en forma dramática una novela francesa de igual título de Frédéric Soulié. Parece como si el género lírico no tuviese todavía la suficiente consideración literaria, de forma que a la hora de coleccionar esas composiciones poéticas en un volumen debieran ir arropadas por escritos de mayor fuste, pertenecientes a otros géneros «mayores». Las restantes piezas incluidas en el libro sí son poéticas, pero en varias de ellas el tono predominante es más narrativo que lírico (podría recordarse que la autora cultivó, por ejemplo en su Romancero aragonés, las leyendas históricas en verso, muy similares a las que, por esos años finales del XIX, componían otros literatos navarros como Hermilio Olóriz o Arturo Cayuela Pellizzari).

El libro se abre con una dedicatoria «A mi hermano Pablo Sarasate» y un elogioso prólogo de Juan Cancio Mena (pp. 5-15), donde se indica que es este un «libro de verdadera poesía», del que destaca su espíritu de inspiración, la grandeza y profundidad de pensamiento, la exactitud y colorido y la adecuación de fondo y expresión. En las palabras finales indica que la autora «es elevada en sus ideas, correcta en su decir, analítica en sus juicios, natural en sus descripciones, brillante en sus imágenes y, sobre todo, sabe hacer interesantes los asuntos que elige» (p. 15).

Los poemas aquí recopilados pueden ordenarse en cuatro bloques temáticos: 1) poemas amorosos; 2) poemas que analizan sentimientos intimistas, a veces partiendo de la descripción de diversos elementos de la naturaleza; 3) poemas de tema religioso o que introducen reflexiones morales; y 4) poemas de circunstancias y otros temas. Los iremos examinando en próximas entradas[2].


[1] Les dediqué unas líneas en mi artículo «Panorama del cuento literario navarro en el siglo XIX», Príncipe de Viana, 210, enero-abril de 1997, pp. 223-247.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

África en «Saudades… Toujours» (1973) de María del Villar Berruezo (y 3)

En el relato también se describen las villas, hotelitos y bungalows de los trabajadores europeos (pp. 124-125). La noche en que Dey se declara y salen juntos, ven este paisaje:

Enfrente, y hacia mi izquierda, brillaban las luces de Brazzaville, pequeñas y lejanas, pareciendo querer competir con las estrellas que lucían en el cielo.

Delante de nosotros se extendía el río como una larga pradera negra, moviente, repleta de peligros. De cuando en cuando unos serpenteos de luz amarilla clara ponían luminosidad en las ondulaciones pastosas de la corriente, luego desaparecían (p. 172).

Aura desea quedarse en el Congo para no perder ese amor; allí están ellos dos solos, lejos de todo. África es lo exótico, lo permitido, tierra de pasión; se deja seducir por la pasión y por el encanto del país. La tierra africana ejerce un irresistible embrujo sobre ella. Un diálogo entre Aura y Dey (pp. 205-220) sirve para introducir varios datos acerca del trazado de la línea Congo-Océano, del puerto de Punta Negra, sobre exploradores y gobernadores del territorio: Albert Veistroffer, Martial Merlin, Victor Augagneur, y sobre todo Pierre Savorgnan de Brazza, explorador al servicio de Francia, rival de Stanley, inglés que trabaja para Bélgica. Se habla del rey Renoké, el primer rey negro con el que trató Brazza, del rey Makoko, del río Ogooué, el principal río del Gabón…

Aura sigue con sus recuerdos, toma la pluma para continuar con sus introspecciones. Desea vivir en calma y soledad, dedicada al recuerdo de Dey. Ahora la pasión la vive con más bella puridad que en el Congo. El galán ejerció sobre ella la misma atracción y magia que el paisaje. Se evoca luego un paseo en barca con Dey, cuando ambos contemplan un amanecer sobre el río:

La claridad se intensificaba rápidamente y allí, tras la muralla de arbolado que ponía su veto a la margen del río, aparecía un disco color de cobre que subía sobre el fondo perla de un cielo sin nubes.

Pensé en una hostia de fuego que invisibles manos levantaban en el espacio. Pensé en una luna desconocida e incandescente que, hecha ascuas, loca y abrasadora, trastornaba las leyes del cosmos y corría por nuestra galaxia buscando dónde posarse.

Pero la luna loca, o el disco de cobre, se afirmaba con seguridad sobre los árboles y sobre el río y, perdiendo su ardiente color de brasa, empalideció hasta volverse de oro, rompió su funda metálica, lanzó mil rayos y flechas, pareció coronarse de lanzas y, majestuoso y soberbio como un dios, me obligó a bajar la cabeza (pp. 254-255).

Puesta de sol sobre el río Congo

Es un día de calor, de un sol de fuego que desprende «torrentes de luz dorada» (p. 260). Los amantes llegan a una playa y en la arena el sol saca reflejos embrujadores de oro. Aura ve indígenas embadurnados de ceniza, el palacio del rey, porque Dey ha querido ofrecerle «un día africano». Al anochecer, ve la puesta de sol sobre el río Congo (p. 268): «me alegró el pensamiento de navegar sobre el Congo en los momentos en que el sol, huyendo de las nubes de un azul intenso que lo perseguían, lanzaría flechazos sin llegar a ellas, consiguiendo solamente poner estrías luminosas sobre las aguas del río antes de fundirse en una orgía de colores rabiosos» (p. 268). Y llega el crepúsculo:

Entre besos, risas y bromas había descuidado el crepúsculo. Recorrí con la mirada la bóveda celeste. El sol, escondido en el horizonte, había huido deprisa bajo los azotes que le daba la noche, y sólo tenía fuerzas para enviar con sus últimos resplandores, tenues rayos de belleza moribunda (p. 273).

Pero la protagonista debe marchar para seguir a Dey a Portugal y dejar «los encantos de aquellas tierras, de aquellos cielos…» (p. 279). Se despide con estas palabras: «»Adiós, Congo. ¿Volveré a verte algún día?», repetía con el alma mientras tu coche me llevaba hacia Luanda» (p. 279). La novela, que acaba de forma abierta, con la posibilidad de un reencuentro, ha recreado a lo largo de sus páginas el calor, la humedad, el paisaje, el ambiente (criados negros, comidas exóticas, enfermedades tropicales…), en suma, el «perfume de tierra caliente» (p. 253) de aquella región africana que incluye topónimos con tan sugerente poder de evocación como Matadí, Santo Antonio de Zaire, Luanda, El Cabo, Angola, Mozambique…

Hemos visto en entradas anteriores, a través de la voz lírica de María del Villar, cómo en la alta noche africana la luna lloraba versos de amor desesperados, y cómo en otras noches africanas nacía y se desarrollaba la pasión amorosa de Aura y Dey. La autora navarra probó el «veneno africano» y, cautivada por su encanto, ya nunca lo pudo olvidar: tal fue la intensidad de sus vivencias, que años después las ofrecería a sus lectores en sus versos y en su novela, es decir, vertidas en el cauce de la literatura, que es, no lo olvidemos, otro veneno[1].


[1] Cito por María del Villar, Saudades… Toujours, Madrid, Editorial Tanagra, 1973. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

África en «Saudades… Toujours» (1973) de María del Villar Berruezo (1)

La novela Saudades… Toujours (Madrid, Editorial Tanagra, 1973) presenta algunos puntos de coincidencia con Mis nocturnos africanos. Las características similares son, sobre todo, el describir —ahora en el género narrativo— una apasionada historia de amor que tiene como marco la tierra del África. Al decir de la prologuista Josita Herrán (pp. 7-9), Saudades… Toujours es «una pura y sencilla, apasionada, novela de amor» (p. 7), y destaca precisamente la belleza de las descripciones paisajísticas, que tienen el sabor de lo auténtico y vivido: «la novela posee la autenticidad de lo real, lo único imaginario es la anécdota de amor» (p. 8).

Cubierta del libro de María del Villar, Saudades… Toujours (Madrid, Editorial Tanagra, 1973)

La novela está narrada por una primera persona femenina, que corresponde a Aura, condesa de Tova. Aura con frecuencia se dirige a un : ese al que dispara sus palabras es Dey, el caballero elegante de ojos grises rodeado de misterio (¿un espía, un aventurero, un timador…?) al que conoció en el Congo. En la anotación de 12 de noviembre, Aura indica que va a escribir una narración de su viaje al Congo o bien una novela. En la de 19 de noviembre insiste en esta idea de escribir una novela o sus impresiones de África. Se decide por esto último y, con la ayuda de su agenda, va reviviendo ante nuestros ojos los días de amor pasados en África. Así evoca, por ejemplo, su llegada el 19 de septiembre a Punta Negra:

Punta negra me pareció blanca a causa de sus casas claras y de sus arenas pálidas. El sol, oculto tras una cortina de nubes sin forma, difundía una luz igual, opalina, y todo me hacía el efecto de estar envuelto en un manto algodonoso, pesado y húmedo.

La playa desierta, imponente, salvaje, infinita, me produjo una impresión de asombro y de recogimiento. Alejada de la ciudad, y en absoluta soledad, ni a lo lejos ni de cerca se veían casas, palmeras, casetas de baño o toldos, ni siquiera un negro o un blanco que errase por sus orillas.

Hasta donde la vista alcanzaba sólo se percibía la arena, el mar, y por encima el cielo. Era un cuadro imponderable de tres colores, un cuadro que sólo tres mágicas pinceladas componían. Aquella grandiosidad me conmovió.

Quise aislarme, que nada ni nadie se destacara ante mis ojos rompiendo la armonía de tal belleza, y corrí por la playa abandonando a Madame Diéce.

Ya lejos me dejé caer cerca del agua y hundí mis dedos en la arena escurridiza. […]

No se oía otra voz que la del océano resonando en los ámbitos con un susurro calmoso y repetido, y yo me sentía perdida, absorta, fuera del tiempo y fuera del espacio, fascinada por la ingente soledad.

La plata del mar, como lámina brillante y movediza, se partía a lo lejos, y entre las dos rasgaduras ligeramente azuladas, que la espuma bordeaba de blanco, aparecía la curva siniestra de un tiburón o solamente su aleta: un triángulo agudo y negro (pp. 46-47).

Una española a la que conoció en París, la señora Sánchez, la ha invitado a ir al Congo, ya que hay guerra en Francia (aquí podríamos ver un trasunto de la historia personal de la autora; Aura da conciertos de piano, de la misma forma que María del Villar dio recitales de danza). Ese mismo día tiene ocasión de contemplar la maravillosa puesta de sol desde el Círculo Europeo:

Desde allí, mientras saboreábamos el whisky que nos ofreció el presidente del Círculo, contemplé maravillada una puesta de sol de belleza indescriptible. El Círculo, situado en una altura, parecía el centro de un inmenso ramillete de palmeras que dominaba la panorámica de la bahía, en cuyas aguas se reflejaban los oros y arreboles del sol que pronto pasaron a los tonos del azul, de la plata y del estaño, para, por fin sosegados, dormirse en un frío color de pizarra (p. 50).

Con la magia de la agenda, Aura revive aquellos días de ensueño, imagina que está otra vez al lado de Dey y sigue desmenuzando sus remembranzas, «y las iré escribiendo para mí misma, para mí sola, y para ti en mi pensamiento» (p. 52). En la anotación correspondiente al 20 de septiembre evoca su viaje en tren saliendo de Punta Negra (pp. 52 y ss.). Coincide con un ingeniero y un buscador de oro, y el diálogo que entre ellos se establece sirve para ofrecer datos diversos sobre el paisaje (jungla y valles), la aventura de los buscadores de oro, el «trabajo ciclópeo» del tendido de la línea férrea, los caníbales… Cuando Aura llega a Brazzaville, la recibe Otilia, quien le explica la división de la ciudad:

La parte baja de la ciudad —me dijo— se llama Kinshasa. Leopoldville es la ciudad alta, donde están el Palacio del Gobernador, edificios administrativos y otros de viviendas. Cerca hay un barrio elegante llamado Katina. Pero el comercio y la animación están en Kin. El pueblo negro queda más lejos, aparte, y es bastante grande (p. 63)[1].


[1] Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

«Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin

Con la festividad del Bautismo de Jesús finaliza hoy el ciclo litúrgico de Navidad. Terminaremos también esta serie de poemas de temática navideña con «Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999)[1]. Poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», tras la guerra civil partió al exilio, primero en Francia y después en México, junto con su marido, Juan José Domenchina. Muerto él en 1959, Ernestina regresaría a España en 1972. Entre sus títulos poéticos figuran En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936), Presencia a oscuras (1952), El nombre que me diste…. (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), Poemas del ser y del estar (1972), Primer exilio (1978), Poemillas navideños (1983), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Antología poética (1988), Los encuentros frustrados (1991), Poesía a través del tiempo (1991), Del vacío y sus dones (1993) o Presencia del pasado (1994-1995) (1996). Póstumas son las recopilaciones Poemas de exilio, de soledad y de oración (antología poética) (Pamplona / Madrid, Universidad de Navarra / Ediciones Encuentro, 2004), Poesía esencial (Madrid, Fundación Banco Santander Central Hispano, 2008) o Antología poética (Madrid, Ediciones Torremozas, 2017).

Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).
Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).

«Contemplación de María» es la primera de los tres composiciones recogidos en su folleto Poemillas navideños, y se divide externamente en cuatro apartados de métrica tradicional (el primero es un romance con rima aguda í; el segundo, un romance endecha —versos heptasílabos— con rima é e, con la peculiaridad de abrirse con una primera estrofa que presenta cinco versos[2]; el tercero, un romance con rima á o; y el cuarto, un romance con rima aguda á).

I

La espera te inunda toda
con su gozoso fluir.
Es un río de alegría,
un vuelo de colibrís
que te roza levemente
porque Dios que nace en ti
no cabe en el mundo entero
y cabe en tu seno. Así
van transcurriendo las horas
y su tejido sutil
borda hilo a hilo el milagro
que nos quiere redimir

Espera tuya. La nuestra
aprenderá hoy de ti
a esperar, año tras año,
el tiempo de revivir.

II

Y estabas, simplemente
ante ti, Dios pequeño
escondido e inerme
en tu cuerpo tan nuevo,
en tu llanto reciente.

Estás mientras le miras
o en tus brazos se duerme.
¡Qué limpio, qué sencillo
tu modo de quererle!

Al pastor de fe pura
y a los clarividentes
magos ricos en dones
silenciosa le ofreces.

No hace falta que hables.
Aquí estás, simplemente.
Tu estar es una rosa
que en la nieve florece. 

III

Todo el silencio del mundo
se concentra en el establo.
Callan los que están dentro,
calla el que llega cantando,
callan suspiros y risas.

El Niño mira callado
con sus ojos de luz tierna
a quien viene a contemplarlo.

Un aire nuevo, cernido,
agita suave los mantos
de María y de José.
Estamos en ningún lado,
en el alba de la tierra.

Amanecer rosa y blanco
del principio de la Vida.
Todo calla en el establo. 

IV

El borrico de la noria
se ha escapado hasta el portal
porque hoy el agua ya brota
de otro pozo. Volverá
sin duda alguna mañana
bajo el yugo y el ronzal
a trabajar nuevamente
lleno de gozo y de paz.

Borrico del Nacimiento
que fuiste ahora a buscar
un agua que es para siempre:
tus ojos reflejarán
asombrados y sumisos
un sueño que es realidad[3].


[1] Sobre la autora pueden verse, por ejemplo, los trabajos Ernestina de Champourcin, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27 / Diputación Provincial de Málaga, 1989; y Ernestina de Champourcin, del exilio, a Dios, biografía y selección de poemas de Beatriz Comella, Madrid, Rialp, 2002.

[2] En esta estrofa, los versos 1, 3 y 5 mantienen la misma rima asonante é e y los versos 2 y 4 presentan una rima también asonante é o.

[3] Tomo el texto de Ernestina Champourcin, Poemillas navideños, editor Rosario Camargo E., ilustradora Ana Laura Salazar, México, D. F., Programas Educativos, 1983, s. p. En el apartado I se lee por dos veces «tí» (quito la tilde). Mantengo la distribución en “estrofas” que presenta el original en las distintas tiradas de romance.

«Burrito santo», de Juana de Ibarbourou

Pues seguimos todavía en el tiempo litúrgico de Navidad, copiaré hoy una composición de Juana de Ibarbourou —Juana Fernández Morales, que usó como nombre literario el apellido de su esposo— (Melo, Uruguay, 1895-Montevideo, 1979). La de esta escritora, «Juana de América», que fue nombrada también «Mujer de las Américas», constituye una de las voces líricas más personales de la poesía hispanoamericana de comienzos del siglo XX. Entre sus libros de poesía se cuentan títulos como Las lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920), Raíz salvaje (1922), La rosa de los vientos (1930), La mancha de humedad (1944), Perdida (1950), Azor (1953), Mensaje del escriba (1953), Romances del destino (1955), Oro y tormenta (1956), La pasajera (1967), Angor Dei (1967) o Elegía (1968). Existe además una edición de su Obra completa, en cinco volúmenes al cuidado de Jorge Arbeleche (Montevideo, Instituto Nacional del Libro, 1992).

El Greco, La huida a Egipto (h. 1570). Museo del Prado (Madrid).

«Burrito santo» —un soneto de versos dodecasílabos, con cesura al medio, y rimas agudas en los vv. 2, 4, 6, 8, 11 y 14, que le imprimen un ritmo musical, muy en la línea de la lírica modernista— aborda otro tema tradicional de este tiempo de Navidad, la huida a Egipto de la Sagrada Familia tras la adoración de los magos de Oriente[1].

Borriquillo blando[2] de la Virgen María,
manso borriquito[3] que llevó a Jesús
con su Santa Madre que al Egipto huía
una noche negra sin astros ni luz[4].

¡Lindo borriquito de luciente lomo!:
hasta el niño mío te venera ya,
y dice, mirando tu imagen en cromo:
—¿Es el de la Virgen que hacia Egipto va?

¡Dulce borriquito, todo mansedumbre!:
nunca a tus pupilas asomó el vislumbre
más fugaz y leve del orgullo atroz;

y eso que una noche sin luna ni estrellas
por largos caminos dejaste tus huellas,
llevando la carga sagrada de Dios![5]


[1] Comp. Mateo, 2, 13-15: «Cuando se marcharon [los sabios de Oriente], un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”».

[2] blando: en otras versiones «blanco».

[3] borriquito: en otras versiones «borriquillo».

[4] luz: ha de leerse con seseo, para la rima consonante con Jesús; y lo mismo sucede más abajo (vv. 11 y 14) con atrozDios.

[5] Cito el texto por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 153-154. En el verso 3 enmiendo la mala lectura «el Egipto huía».

Dos villancicos de Concha Méndez: «De la miel y del azúcar…» y «Una cañita de azúcar…»

Concha Méndez —nombre literario de Concepción Méndez Cuesta (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)— fue una de las escritoras españolas de la Generación del 27 y perteneció al grupo de «Las Sinsombrero»[1]. Tras la guerra civil hubo de exiliarse, junto con su marido Manuel Altolaguirre, primero en París, después en Cuba y finalmente en México. Escribió, sobre todo, obras de teatro y de poesía. En el terreno lírico cabe destacar títulos como Inquietudes (1926), Canciones de mar y tierra (1930), Vida a vida (1932), Niño y sombras (1936), Lluvias enlazadas (1939), Poemas, sombras y sueños (1944), Villancicos de Navidad (1944), Vida o río (1979) y Entre el soñar y el vivir (1985), más la recopilación Poemas (1926-1986) (Madrid, Hiperión, 1995), con introducción y selección de James Valender.

A su libro de Villancicos de Navidad (México, Ediciones Rueca, 1944[2]) —que contó con una 2.ª edición aumentada (Málaga, Librería El Guadalhorce, 1967)— pertenecen los dos villancicos que he seleccionado para hoy, «De la miel y del azúcar…» (que podría titularse también «Villancico de los ángeles confiteros») y «Una cañita de azúcar…». Como el resto de los textos que componen el poemario, destacan por su métrica tradicional (romance) y su emotiva sencillez.

Ángeles de chocolate

Este es el primero:

De la miel y del azúcar
los ángeles confiteros
hacen para darle al niño
confites y caramelos.

El que cuida del maní
—que es el ángel manisero—
con un trocito de sol
lo va tostando en su fuego[3].

El segundo dice así:

Una cañita de azúcar
desde su cañaveral
le dijo al viento: «Mi amigo,
llévame a todo volar
—porque peso bien poquito
que bien me puedes llevar—
adonde vive ese Niño,
porque le quiero endulzar
con este sabor que tengo
su rosado paladar»[4].


[1] Del que forman parte también otras escritoras y artistas como Maruja Mallo, Rosario de Velasco, Marga Gil Roësset, María Zambrano, María Teresa León, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Margarita Manso, Delhy Tejero, Ángeles Santos, Concha de Albornoz y Luisa Carnés.

[2] El volumen tiene como colofón este texto: «Este libro se acabó de imprimir el día 4 de diciembre de 1944 en la imprenta de Adrián Morales S. bajo la dirección de su autora».

[3] Concha Méndez, Villancicos de Navidad, México, Ediciones Rueca, 1944, p. 19.

[4] Concha Méndez, Villancicos de Navidad, México, Ediciones Rueca, 1944, p. 48.

África en «Mis nocturnos africanos» (1957) de María del Villar Berruezo (y 3)

La presencia del continente africano —que es el tema que ahora me interesa destacar— se concreta, en primer lugar, merced a algunas menciones toponímicas (se habla de ciudades o lugares como Luanda, pp. 44, 56; La Beira, p. 70; Rigel, p. 76; Ciudad de Lourenço Marques, p. 106; Kinshasa y Brazzaville, p. 124); y también por la mención en estos poemas de paisajes exóticos, animales salvajes (panteras, onzas, leopardos, elefantes…), plantas (palmeras, nopal, cactos candelabros…), frutas tropicales (cocos, plátanos, papaya, piña, batata…), junto con algunos elementos de negritud y magia. Más que una descripción exacta y precisa de lugares concretos, hay en estos poemas (sobre todo en los «Nocturnos») una recreación del ambiente del África negra, de su naturaleza exuberante y de la atmósfera embriagadora de sus noches que invitan a la pasión amorosa. Se evocan, por ejemplo, algunos olores y perfumes intensos:

De nuestro jardín cercado
por laurel, bambú y naranjos
suben perfumes silvestres
de polen enloquecido,
de magnolias, lirios, nardos…
y esto no es lo que me turba,
sino el sabor de tus labios (p. 12).

Noche africana

En la composición «De la atmósfera sin aire» se habla asimismo de «bosques de olores fuertes» (p. 28) y se insiste en las notas olfativas con la mención de «perfumes salvajes»:

En la voluptuosidad
de los perfumes salvajes
tus sentidos se cernían
—débil y ardoroso alarde—
por pasión que retenía
mi actitud inatacable (p. 28).

Acaba ese poema con una invocación a la noche africana: «Noche abrasada del Congo, / no conseguiste quemarme» (p. 30). También la noche se llena de «misteriosos perfumes» en el poema «Cargada de sombra y polen»:

En vez de dormir, la Tierra
lanza poderosos gritos;
los árboles se estremecen,
las ramas ahogan gemidos,
las luciérnagas exponen
sus abdómenes ignitos,
ondas de amor y de celo
se extienden por lo infinito.

En la noche voluptuosa
se oyen susurros y silbos,
escóndense bajo troncos
orugas y barrenillos,
entre hojas o sobre piedras
tienen cita los cubillos,
palpitando de deseo
croan ranas, cantan grillos (p. 64).

Los insectos y otros pequeños animales que viven «en la caliente tierra africana» (p. 104) inundan la noche con sus quejidos de amor (véanse también las pp. 44, 92 y 96). Y se insiste en los «gritos de amor» que trae la noche africana en el poema «Ciudad de Lourenço Marques» (p. 106). La mención de «perfumes intensos», de «sonidos» y del «polen» esparcido por el aire se reitera en «Noche cerrada»:

Velada por sombras
que da el limonero,
ardorosa y tímida,
espero sus besos
mientras en el aire
perfumes intensos,
sonidos y polen
se pierden inquietos (p. 94).

Sensaciones olfativas («Perfumes de almendra y miel») y auditivas («ritmos delgados y largos») se funden asimismo en el poema «La Beira ha sido hoy una ascua». En algunas ocasiones es la voz lírica la que se perfuma para recibir al amante (p. 90)[1].

En cuanto a descripciones del paisaje, podemos mencionar la del poema «Crepúsculo» (p. 108), o esta otra puesta de sol inserta en «El romance de la diosa negra»:

El sol que era de oro pálido
se ha vuelto de cobre raro
y antes de morir decide
ensangrentar el espacio.
Entre unas nubes rojizas,
las hay como el alabastro;
otras jade, verde Nilo,
violeta y color de talio.
El sol no puede luchar
contra un manto de amaranto
que le empuja tras la tierra
y tras los árboles altos,
y resignado se esconde
para morir acostado
dejando que el amaranto
se torne en azul oscuro,
por diamantes claveteado (p. 120).

Los sonidos de tambores y canciones resuenan en muchos de estos poemas: así, en «No es porque la noche trae» se oye «lejano canto africano» (p. 12) y suena el tam-tam en «Cargada de sombra y polen»:

A lo lejos muere el eco
de un tam-tam ensordecido,
y a su ritmo lujuriante
serpentean como ofidios
negros de negro mirar
y tez de ébano bruñido.

Caen los cuerpos al suelo
como animales rendidos,
rezumantes de sudor
y perdidos los sentidos (p. 66).

Y también en el poema «Noche cerrada»:

Se oyen a lo lejos
las negras romanzas;
sansos imprecisos,
risas y palabras,
sones ahuecados
de tam-tam que lanza
ritmos primitivos,
indígenas bailan (pp. 92-94).

En «La media noche está lejos» se alude a un «cumbé callado» y a un «zombí» (p. 96). Otros elementos de «negritud» y magia aparecen diseminados aquí y allí, por ejemplo en «De la atmósfera sin aire»:

Era una noche de embrujos
y de diabólicos ritos,
llena de mágicas artes,
de teurgias y maleficios (p. 26).

El mundo de los negros queda sugerido por medio de breves pinceladas: por ejemplo, en la alusión a «los negros por los trillos» (p. 46), a un criado negro que sirve frutas (p. 88) o a los negros que duermen en «La media noche está lejos» (p. 96). Sabor africano y negro tiene todo «El romance de la diosa negra». Comienza con una bella evocación de la joven negra lavando, cuyas manos «se atareaban / como dos flores oscuras / que por blanquearse lucharan» (p. 114). Sigue después una descripción más completa de la bella «negra mozuela»:

El cuello era torre fina,
la espalda negra cascada,
y los ojos esmeraldas
en nácares engarzadas,
brillando como dos joyas
en el negror de la cara
que a rasgos maravillosos
un artista cincelara (p. 114)[2].

Un mendigo que aparece la reconoce por diosa (además de tener «cuerpo de diosa», su condición es revelada por una medialuna que lleva al pecho y por la tonada que canta, desconocida en aquel país[3]) y la lleva a la selva, a un prodigioso palacio donde será adorada por el pueblo. También en este poema se hace presente el «retumbante tam tam / que la región alboroza» (p. 132)[4].


[1] El «Tríptico» cuenta la misma historia de amor-desamor que los nocturnos, pero de forma condensada: en el primer poema, la amada se perfuma y prepara para la llegada del amante; en el segundo, él la besa y las estrellas se muestran celosas; en el tercero, se indica que esa noche de pasión queda ya lejos.

[2] Más adelante se mencionan sus encías de color de pulpa de papaya (p. 118).

[3] Hay además una evocación del personaje de Salambó (p. 136).

[4] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

África en «Mis nocturnos africanos» (1957) de María del Villar Berruezo (2)

El bloque más extenso del poemario es el formado por los «Nocturnos», que son veintiuno. La noche y la luna africanas son los motivos más repetidos aquí, presentes en casi todos los poemas[1]. La «noche peregrina» del África (p. 38) es por lo general una noche acogedora, cómplice de los amores:

La noche es un manto
de seda pesada
para los amores,
para las espaldas,
que pone molicie
en seres y plantas
que envuelve en blandura
la terraza blanca (p. 94).

Luna africana

La voz lírica femenina enunciativa de estos poemas se identifica constantemente con la luna; por ejemplo, en el titulado «En la noche que callaba» se define como vestal ‘sacerdotisa’ y esclava del astro nocturno[2] (en un apóstrofe dirigido a la propia luna):

Yo era tu vestal perdida
en las hebras de una vida
de confusión y agonía,
en las hebras de una vida
sin misterio y poesía,
y tú, luna bien amada,
mi luna de plata viva,
me mirabas de la altura
grave, desdeñosa, altiva.

Sabías que soy tu esclava
hace miles, miles de años,
que en antiguas teogonías
te vi conducir de estrellas
innumerables rebaños;
que en noches de plenilunio
te ofrecía mi pureza
al danzar bajo tus rayos
mientras tú, serenamente,
recorrías los espacios (p. 20).

En «No me esperes esta noche» la voz lírica rechaza al amante, precisamente porque quiere estar a solas con la luna y confiarle todos sus pensamientos:

Seré toda de la luna
en este ambiente dormido
viéndola verter tesoros
sobre el mar y los caminos,
y seré bajo su luz
un misterio recogido
en jardines de cristal,
que tú nunca has conocido (p. 32).

Si el amante lo desea, podrá ver sus ojos reflejados en el resplandor de la luna: «Mira el cielo a media noche. / Las nubes harán castillos / para la luna adornada / con rico traje amarillo […] y verás también mis ojos / reflejados en su brillo» (p. 34). Bajo la luz de la luna baila ella desnuda en ocasiones:

Por maravillas tentada
saldré desnuda a la playa.
La luna, que es generosa,
me hará de luz una falda,
irisará las escamas
de peces que sobrenadan
y me pondrá una corona
de coral y conchas blancas.
Sobre los flecos de espuma
que el mar en la arena lanza
bailaré para mí sola
danzas rituales y extrañas.
Hundiré mis pies descalzos
en las dunas solitarias,
sollozaré amargamente
cuando llegue la mañana (pp. 56-58).

En «Luz de miel era el ambiente», la «loca luna» tira topacios ‘baña todo con su luz’, que es una luz de miel (p. 74); y en «Un rayo de luna viene» leemos: «Un rayo de luna viene / con suave caricia blanca / a ponerme transparente / como es transparente mi alma» (p. 80). En fin, la voz lírica también se identifica con la luna en el último de los «Nocturnos», el titulado «Nimbada de oro pálido»:

Nimbada de oro pálido
la luna parecía
una extraña princesa
con diadema y sin manto.

Por parecerme a ella
me nimbé de oro pálido
y sonreí a quimeras.

Esperando, esperando
mi nimbo se hizo blanco (p. 84).

Pero a veces tenemos noches sin luna. Así, algún poema nos refiere que la noche está oscura, no solo por la falta de la luna sino también, sobre todo, por la ausencia del amante (p. 40, poema «La noche está oscura»). En «Tragedias de amante muerto» la luna llora la muerte de su amante (el sol[3]) de la misma forma que la voz lírica llora la ausencia de su amor. Algo similar sucede en «La luna blanqueó la arena», pues la luna se identifica aquí con ese amor perdido: «y en las alturas, la luna / era de azabache negro» (p. 50): no hay luz, sino total oscuridad[4]. «Sombra y silencio en la noche» describe de nuevo una noche sin luna: «Hoy no hay luna que en el rostro / me ponga reflejos claros» (p. 52), y es también una noche en la que a la voz lírica le faltan los brazos de su amante. En «Una noche blanca blanca» se describe la desilusión que sigue a una brevísima esperanza de amor; todo sucede en el corto espacio de tiempo que media entre el ocultarse de la luna tras unas nubes y su reaparición en el cielo:

Una noche blanca, blanca.
Una noche en que bordabas
mi silueta en los caminos
con el nácar de tu cara,
una grande y bella sombra,
una sombra enamorada
llegó hasta la sombra mía,
tiernamente la abrazaba.

Te cubriste toda entera
con damasco y terciopelo
y en la noche se oyó un grito,
¡ay!… ¡el grito que recuerdo!

Desgarraste en mil jirones
damascos y terciopelos,
y otra vez mi sombra sola
dibujaste por el suelo
con el nácar de tu cara,
con la albura de tus velos,
el resplandor de tu frente
y el veneno de tu aliento (p. 68).

Como podemos apreciar por los versos citados, la noche y la luna son dos motivos repetidos con mucha frecuencia. También el mar aparece en algunos de estos poemas, como en «Era aquella noche el mar», asociado a la ilusión perdida (en algunos de estos versos podríamos observar quizá algún eco lorquiano):

Era aquella noche el mar
verde de un verde esmeralda,
y la espuma de su borde
como enaguas de gitana
que bailara estremecida
por pasión desesperada.

Báilame, orilla del mar,
una danza descocada;
que el faralá de tus olas
venga a golpearme la cara;
que el encaje se haga trizas,
la ropa toda se caiga,
y aparéceme desnuda
cual fantástica gitana,
con cuerpo de menta verde,
con alma de aguas amargas.

Siguió murmurando el mar
sin libertar su gitana,
y yo me quedé esperando
toda la noche en la playa
por una ilusión perdida…
y ninguna otra encontrada (p. 24)[5].


[1] La luna tiene un extenso y variado simbolismo. Para los valores simbólicos de la luna (símbolo femenino, cíclico, de muerte y resurrección, de inmortalidad, de fecundidad, de melancolía y tristeza…), remito a Hans Bierdermann, Diccionario de símbolos, Barcelona, Paidós, 1996, pp. 277b-280a; Federico Revilla, Diccionario de iconografía y simbología, 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Cátedra, 1995, pp. 254b-255a; José Antonio Pérez-Rioja, Diccionario de símbolos y mitos, 5.ª ed., Madrid, Tecnos, 1997, p. 276a, entre otras posibles obras de referencia.

[2] En su novela Saudades… Toujours, la protagonista Aura se dirige así a su amado: «Cheri —dije como absorta—. Si hubiese vivido otras vidas, creería haber sido una sacerdotisa y una adoradora de la luna» (p. 203).

[3] En las pp. 126-28 se habla de la luna velando al sol y resucitándolo con sus lágrimas.

[4] En el poema «La media noche está lejos», de la sección «Tríptico», se indica que «Selene fulge / amortajada» (p. 96).

[5] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

África en «Mis nocturnos africanos» (1957) de María del Villar Berruezo (1)

Mis nocturnos africanos (1957) es un libro que recoge un total de treinta y un poemas, repartidos en cinco apartados: «Primer romance tropical» (un poema), «Nocturnos» (veintiún poemas), «Tríptico» (tres poemas), «Mensajes» (cuatro poemas) y «Romances» (dos poemas)[1].

María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957

El «Primer romance tropical» y el segundo de los dos «Romances» finales, el titulado «Último romance tropical», tienen una función de marco: en el primero la voz lírica evoca su llegada a una tierra extraña en la que va a emprender una «Nueva ruta incierta y seca…» y en la que ha vivido sensaciones que con el tiempo se han llegado a convertir «en recuerdos prodigiosos / […] / con paisajes, cielos, puertos, / villas, navíos, océanos; / perfumes, bullicio, piedras, / sobre el esmalte grabados» (p. 8). En el último poema subraya cómo todo lo evocado y vivido queda ya «lejos, lejos, lejos»:

Lejos los mares verdosos,
lejos noches azuladas,
lejos las lunas de plata
como reinos acostados.

[…]

Mares, amor, noches, luna,
gritos, lágrimas, desvelos…
todo remoto, fundido,
todo lejos, lejos, lejos (p. 138).

Entre ambos romances-marco, queda evocada una historia de amor vivida con intensidad en tierras africanas. En efecto, podría afirmarse que el tema central del libro es la evocación de ese amor, que tiene como escenario el magnífico paisaje africano, un amor que termina en ausencia y olvido. Así, el recuerdo de ese amor, nacido en las cálidas noches africanas, bajo su espléndida luna, es el eje articulador del poemario. Varias de las composiciones hacen referencia al desamor y a la ausencia del amado (así, la voz lírica habla de «una ilusión perdida» en la p. 24; en la p. 32 reprocha al amado «tus quereres ilusivos» y alude a sus «desesperanzas»; en la p. 36 se afirma que el recuerdo del amante queda ya perdido en el pasado; en las pp. 40-42 se lamenta su ausencia; y en la p. 54 la voz lírica nos muestra el estado de su «alma sombría»)[2].


[1] El poemario se abre con unas frases de Henri Mondor, de l’Académie Française, a modo de lema: «Un grand poète. / Un grand traducteur. / Belle aventure!», y la reproducción de un retrato de María del Villar por Miguel Ángel del Pino. Luego se intercalan varios dibujos de la escritora que ilustran las distintas partes del libro.

[2] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.