Leyendo estos días la recopilación poética de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998) titulada Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), encuentro en el libro de esta «stajanovista del verso» (así se define en el poema «Proceso creativo», que figura en las pp. 193-194) un par de composiciones que constituyen sendas recreaciones quijotescas: se trata de los poemas «Quijote y Sancha» y «Por la Mancha». Como este tema de las recreaciones me interesa mucho, y como creo que son textos escasamente conocidos, los transcribo aquí, sin necesidad por ahora de mayores comentarios, dada su sencillez:
QUIJOTE Y SANCHA
Llevo dentro de mí Quijote y Sancha como toda mujer de ancha es Castilla, llevo dentro de mí mora y judía, llevo un trigal, un chopo y un viñedo.
Presta a luchar con mi locura cuerda Quijote y Sancha contra el vulgar e injusto, el ambiente es hostil pero da gusto cuando soporto bien la burla y befa, y a enderezar entuertos y a embellecer a tuertas.
Luchar con verso en ristre por conquistar la puerta de un amor borrascoso. ¿Dónde mi Dulcineo? ¿En qué Toboso?[1]
POR LA MANCHA
Por la Mancha Sancho se aquijota y Quijote se ensancha[2].
[1] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), ed. de Pablo González Rodas, 12.ª ed., Madrid, Cátedra, 2011, pp. 219-220. En el penúltimo verso suprimo la coma que figura tras «¿Dónde», entendiendo que «mi Dulcineo» no es vocativo; la frase vale ʽ¿Dónde [está] mi Dulcineo?ʼ. Además de esa doble identificación del yo lírico con Quijote y (aquí) Sancha, pareja que constituye la expresión simbólica de la dualidad idealismo / pragmatismo presente en todo ser humano, cabe destacar la introducción, en los versos finales, de un tema recurrente en todo el libro: el dolor por la pérdida de un amor o la ausencia de correspondencia por parte de la persona amada (aquí ese «Dulcineo» que augura un «amor borrascoso»).
[2] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), p. 354. El poema parece condensar en sus tres breves versos la conocida teoría de la quijotización de Sancho Panza y la sanchificación de don Quijote (con juego de palabras en en-sancha).
En la entrada anterior me refería al poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), de Sagrario Torres, y ofrecía algunos datos sobre la autora y su intención al escribir este libro: ofrecer una carta de respuesta íntima (y de ahí el título) a la maravillosa carta de amoresque el enamorado caballero escribe en Sierra Morena a su amada Dulcinea del Toboso. Hoy comentaré brevemente la estructura externa del libro, y reproduciré luego uno de sus poemas, el bello soneto con que se cierra, titulado «Contigo irá mi sombra». Este texto constituye una buena síntesis de su contenido y quintaesencia la intención de la autora al escribirlo (tras ver morir a don Quijote, «ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama», escribía en las palabras introductorias). En fin, podrá servir, además, como una pequeña muestra del estilo poético de Sagrario Torres.
Tras las dedicatorias y las dos páginas con unas someras explicaciones dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) —algunos de cuyos párrafos ya reproduje—, encontramos a modo de lema las célebres palabras dedicadas por Dostoievski, en su Diario de un escritor (1873-1876), a la inmortal novela cervantina: «No se puede hallar una obra más profunda y poderosa que el Quijote», etc. Después, el libro se divide en las siguientes secciones:
—Una Primera parte, titulada «Visiones dolorosas y excelsas en Cervantes, donde se ha querido ver lo sobrenatural para el alumbramiento de Don Quijote». Consta de tres apartados: una «Introducción» (el poema «Un hombre entre paredes húmedas»); I, «Quijote: No pudo ser un ciego azar»; y II, «Quijote: Creció tu cuerpo en lentas perfecciones».
—Un Intermedio, con cuatro apartados: I, «Quijote: Santo mío. Altar para mi incienso», encabezado por un lema de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho sobre la Tolosa y la Molinera; II, «Quijote: Las nodrizas celestes»; III, «En homenaje a [la] Tolosa y la Molinera»; y IV, «Quijote: En la noche de luna».
—La Segunda parte, titulada «Después de las amarguras que sufrió Don Quijote durante largo tiempo, y que a ninguna, por conocidas, se hace alusión», que se divide en: I, «Muchos soles brillaron»; II, «Quijote: El mundo ya no es grande», con otro lema unamuniano, extractado también de la Vida de don Quijote y Sancho, ahora relacionado con Aldonza; y III, «Quijote: Después de cien galas».
—Cierra el libro una composición última, el soneto «Contigo irá mi sombra», que constituye una especie de canción de envío a don Quijote, ya después de su muerte.
El poemario de Sagrario Torres bien merece una atención más detenida. Mientras llega el momento de dedicarle ese análisis de mayor profundidad[1], me limitaré a copiar aquí el hermososoneto final, que sintetiza el mensaje de todo el poemario, el cual constituye una interesante recreación poética quijotesca. Aquí la locura amorosa se ha contagiado por completo a la voz lírica femenina. Especialmente hermoso resulta el segundo terceto, en el que la mujer promete una compañía fiel («Contigo irá mi sombra») al caballero ideal que —más allá de su muerte física– seguirá peleando eternamente contra la injusticia («Cuando cruces / de nuevo un mundo de dolor y queja»), pero contando siempre con el apoyo de su enamorada, compañera puesta en pie a su lado («me alzaré como un monte hacia tu vida») para ayudarlo incondicionalmente en la defensa de la libertad y de todos los valores positivos que encarnaron —y seguirán encarnando— la lucha y los anhelos todos de don Quijote. Este es el texto completo del poema:
Bajo mi rostro a tu perfil yacente que alumbra el lecho de tu alcoba oscura. Un escarchado arroyo es tu figura y en ríos van mis ojos a tu frente.
Yo caliento tu helor inútilmente. Párpados tuyos besa mi locura, pómulos, labios de tu boca pura. En fuego y frío estamos solamente.
Vienen tinieblas a envolver las luces de tu cuerpo que asciende y que me deja para siempre olvidada y confundida.
Contigo irá mi sombra. Cuando cruces de nuevo un mundo de dolor y queja, me alzaré como un monte hacia tu vida[2].
[1] Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y, con más detalle, el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.
[2] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 65.
En el año 1986 se publicó[1], como número 5 de la colección «Julio Nombela» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el poemario de Sagrario Torres titulado Íntima a Quijote, que constituye una bella recreación quijotesca desde el territorio de la lírica. Para entender plenamente el significado del título ha de sobrentenderse la palabra carta o respuesta, pues eso es el libro en su conjunto: una carta íntima en respuesta a la dirigida por don Quijote a su amada Dulcinea del Toboso desde Sierra Morena.
Estos son algunos datos acerca de la autora[2]: Sagrario Torres Calderón Montiel nació en Valdepeñas (Ciudad Real), de donde salió, a la edad de cinco años, para ingresar en un internado estatal, el de «Nuestra Señora de la Paloma» de Madrid, donde permaneció hasta el año 1936. Antes de Íntima a Quijote había publicado varios otros títulos poéticos: Catorce bocas me alimentan (sonetos), Madrid, Editora Nacional, 1968; Hormigón traslúcido, Salamanca, Colección Álamo, 1970; Carta a Dios, Madrid, Colección Ágora, 1971; Esta espina dorsal estremecida (sonetos) Madrid, Colección Arbolé, 1973; Los ojos nunca crecen, Salamanca, Colección Álamo, 1975 (poema autobiográfico que describe su vida en el colegio, escrito con una beca de la Fundación Juan March del año 1973; la edición del libro estuvo patrocinada por la Delegación Nacional de Cultura); y Regreso al corazón, Madrid, Colección Adonais, 1981.
En 1982 le fue concedida una beca de Creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir el libro Íntima a Quijote, el cual saldría publicado cuatro años después, en 1986. Las palabras que dedica Luis López Anglada al poemario (reproducidas en sus solapas) sintetizan bien su contenido y la intención de Sagrario Torres al componerlo:
A pesar de los siglos transcurridos, a pesar de los innumerables trabajos que se han escrito sobre la obra inmortal de Cervantes, nunca, hasta ahora, fue capaz una mujer de responder al mensaje de infinito amor que constituyen la vida y la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.
Tuvo que ser una mujer manchega, iluminada desde su niñez por la luz de oro de la Poesía, la llamada a responder —y a corresponder— al inmortal amor de Don Quijote. Dulcinea de todos los tiempos, es ya, como en los versos de Antonio Machado, «… la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano».
Tal vez nunca mujer enamorada alguna respondió con tanta hondura, con tanta belleza de expresión, con tanta altura de espíritu a la total entrega del enloquecido amador. Y nunca la inspiración de Sagrario Torres alcanzó tantas y tan altas cimas de belleza y de poesía. Aquí, Sagrario-Aldonza-Dulcinea idealiza a su vez la figura egregia de Quijote, alcanza a comprender —como solo pueden comprenderlo las enamoradas— el alma quijotesca, justifica su pasión y da la razón al ingenioso caballero, que sabía que Dulcinea no era una invención, sino una realidad que algún día —ahora— aparecería ante los ojos del mundo para dar fe de su existencia.
No, esta Dulcinea no es aquella que Gastón Baty alzó a los escenarios, protagonista artificiosa en su ideal, personaje ideal de quimera. Sagrario es, ella misma, la respuesta de Aldonza a Quijote; es, ella misma, el sueño ideal que Cervantes intuyera. Su libro Íntima a Quijote es uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro tiempo. Aquí, como en el libro inmortal en el que no importa que Dulcinea existiera o no, tampoco importa que Quijote haya sido una realidad o un sueño. Lo que importa es que una mujer haya respondido por fin a un inmortal mensaje de amor de un hombre por ella enloquecido.
Tras las diversas dedicatorias (entre otras, a Valdepeñas y a todos los manchegos), en unas palabras dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) explica con detalle la autora las razones que le llevaron a escribir esta carta de respuesta Íntima a Quijote:
En ella le digo cómo veo yo su persona. De qué modo, procedente de las regiones sin nombre ni figura que sólo Dios conoce, fue concebido en la mente de su padre y madre Miguel. Cuál fue, según yo lo veo, el destino de su esforzada y desgraciada vida. Cómo le vi morir, más arrepentido de su aventura de lo que yo hubiese querido, y cómo ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama.
Añade que «Por mí y para mí, por él y para él escribí esta arrebatada carta» (p. 10), y remata sus palabras de prohemio con esta interesante indicación:
Puesto que él no podrá leerla, a ti, lector, encomiendo esta carta a mi Quijote, a nuestro Don Quijote. Mírala con buena voluntad. Es seguro que no te faltará, por malamente que cumplas el común deber español de ser amigo suyo[3].
[1] En el colofón se indica que el libro sale publicado con motivo de los 370 años de la muerte de Cervantes.
[2] Los extracto de entre los que figuran en las solapas del propio libro. Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.
[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 10; el destacado es mío.
Continuaremos hoy el examen de las poesías de Santa Teresa de Jesús recordando una de sus composiciones más famosas y conocidas, la que glosa «Vivo sin vivir en mí…». Pero antes recordaremos lo que sobre su producción poética en general han escrito Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:
Tiene, además, algunas composiciones en verso. Son, casi siempre, cancioncillas hechas con motivo de alguna festividad religiosa o para alegrar a sus monjas. Existen testimonios coetáneos de la gran facilidad y gracia que tenía la santa para improvisar este tipo de versos.
En realidad son muy pocas; se llegan a computar unas cuarenta pero la atribución de la mayor parte de ellas es más que dudosa. El motivo de esta inseguridad hay que buscarlo en que no estaban destinadas a la impresión sino que circulaban por tradición oral entre los conventos de la orden. No se recopilaron hasta el siglo XVIII.
Son glosas, canciones y villancicos escritos en metros tradicionales. Muchas veces aprovecha estribillos religiosos o profanos trasladados a lo divino. En ellas aparecen todos los temas tópicos de los cancioneros de los siglos XV y XVI: el cazador, el alba y la vela de amor, el servicio amoroso…, así como las antítesis de las que tanto gusta el género.
La más celebre es una glosa de «Vivo sin vivir en mí» y el villancico «Véante mis ojos», pero tanto una como otro son de dudosa atribución. En cualquier caso, las poesías que se le atribuyen, aunque algunas no sean suyas, responden perfectamente a su estilo personal[1].
Sobre el «Vivo sin vivir en mí» explica el padre Tomás Álvarez que es
Poema compuesto sobre la base de una letrilla vuelta a lo divino. Las estrofas glosan varios pensamientos o sentimientos «paulinos» que la Autora vive intensamente como propios. El poema es probablemente coetáneo del que compuso san Juan de la Cruz, inspirado en la misma letrilla (hacia 1572)[2].
Su texto dice así:
Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí, después que muero de amor; porque vivo en el Señor, que me quiso para sí; cuando el corazón le di puso en él este letrero: que muero porque no muero.
Esta divina prisión, del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón; y causa en mí tal pasión ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida! ¡Qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida! Solo esperar la salida me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga do no se goza el Señor! Porque si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga; quíteme Dios esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero.
Solo con la confianza vivo de que he de morir, porque muriendo el vivir me asegura mi esperanza; muerte do el vivir se alcanza, no te tardes, que te espero, que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte; vida, no me seas molesta, mira que solo me resta para ganarte perderte. Venga ya la dulce muerte, el morir venga ligero, que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba, que es la vida verdadera, hasta que esta vida muera, no se goza estando viva; muerte, no me seas esquiva; viva muriendo primero, que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle a mi Dios que vive en mí, si no es el perderte a ti, para merecer ganarle? Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero[3].
[1] Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. II, Renacimiento, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 485.
[2] En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1356, nota.
[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, núm. 1, pp. 1356-1357, con ligeros retoques en la puntuación.
Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento estamos celebrando a lo largo de este año 2015, tuvo fama ya en su tiempo de ser buena «trazadora de versos»; ella misma decía que, «con no ser poeta», necesitaba cantar a través de sus versos la hermosura de Jesucristo. Esas composiciones poéticas que salieron de su pluma las escribía —siempre sobre temas piadosos— para entretener a sus monjas o aliviar la monotonía y el cansancio de los numerosos viajes que realizó la andariega de Dios. Muchas le han sido atribuidas por la tradición, pero resulta difícil saber cuántas y cuáles son realmente suyas y cuáles no. Parece que escribió siempre en metros cortos, populares, fuera de la línea iniciada por Garcilaso, a pesar de que esta fue seguida por otros grandes escritores espirituales como fray Luis de León y san Juan de la Cruz.
Su poema más famoso seguramente sea el que glosa la letrilla «Vivo sin vivir en mí…», que expresa su sed de eternidad en unión con la divinidad. Muy conocidos son también estos otros versos suyos:
Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta[1].
Anota Tomás Álvarez que
Es letrilla que llevaba consigo la Santa en su breviario, al morir en Alba de Tormes (1582). Existe una extensa glosa poética de esta letrilla, pero no hay indicios de que también esa glosa sea de la Santa.
En fin, terminaremos por hoy —pero habrá nuevas ocasiones de volver sobre la producción poética de santa Teresa— recordando su poema «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿qué mandáis hacer de mí?». Este texto constituye la mejor expresión de una vida entendida como don del amor de Dios y como ofrenda a Él; aquí, en efecto, el yo lírico se entrega, poniéndose por entero en las manos de Dios:
Vuestra soy, para Vos nací: ¿qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad, eterna sabiduría, bondad buena al alma mía; Dios alteza, un ser, bondad, la gran vileza mirad que hoy os canta amor así: ¿qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criastes, vuestra, pues me redimistes, vuestra, pues que me sufristes, vuestra, pues que me llamastes, vuestra, porque me esperastes, vuestra, pues no me perdí: ¿qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor, que haga tan vil criado? ¿Cuál oficio le habéis dado a este esclavo pecador? Veisme aquí, mi dulce Amor, Amor dulce, veisme aquí: ¿qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón, yo le pongo en vuestra palma, mi cuerpo, mi vida y alma, mis entrañas y afición; dulce Esposo y redención, pues por vuestra me ofrecí, ¿qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí: ¿qué mandáis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza, dadme infierno o dadme cielo, vida dulce, sol sin velo, pues del todo me rendí: ¿qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración; si no, dadme sequedad, si abundancia y devoción, y si no esterilidad. Soberana Majestad, solo hallo paz aquí: ¿qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría, o, por amor, ignorancia; dadme años de abundancia, o de hambre y carestía; dad tiniebla o claro día, revolvedme aquí y allí, ¿qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando, quiero por amor holgar. Si me mandáis trabajar, morir quiero trabajando. Decid, ¿dónde, cómo y cuándo? Decid, dulce Amor, decid: ¿qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor, desierto o tierra abundosa; sea Job en el dolor, o Juan que al pecho reposa; sea viña fructuosa, o estéril, si cumple así: ¿qué mandáis hacer de mí?
Sea José puesto en cadenas, o de Egipto adelantado, o David sufriendo penas, o ya David encumbrado; sea Jonás anegado, o libertado de allí: ¿qué mandáis hacer de mí?
Esté callando o hablando, haga fruto o no le haga, muéstreme la ley mi llaga, goce de Evangelio blando; esté penando o gozando, solo Vos en mí vivid: ¿qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací: ¿qué mandáis hacer de mí?[2]
[1] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1368.
[2] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, pp. 1358-1360, con ligeros retoques en la puntuación. El editor explica en nota al pie: «Poema que […] tiene amplias resonancias paulinas. Está inspirado en la palabra y el gesto de san Pablo en el camino de Damasco: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Ya en Vida había expresado la Santa reiteradamente ese sentimiento: «Vuestra soy, disponed de mí…» (V. 21,5)».
¡Alegraos, en la ciudad de David nos ha nacido el Salvador!
¡Con mis mejores deseos de una muy feliz y santa Navidad a todos los amigos-lectores insulanos!
De entre las varias composiciones poéticas navideñas de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998), copiaré hoy su «Villancico» que comienza «Ya está el niño en el portal…»:
Ya está el niño en el portal, que nació en la portería. San José tiene taller, y es la portera María.
Vengan sabios y doctores a consultarle sus dudas: el niño sabelotodo está esperando en la cuna.
Dice que pecado es hablar mal de los vecinos y que pecado no es besarse por los caminos.
«Que se acerquen los pastores que me divierten un rato; que se acerquen los humildes, que se alejen los beatos.
Que venga la Magdalena; que venga San Agustín, que esperen los Reyes Magos que les tengo que escribir»[1].
Este villancico ha sido musicado por Paco Ibáñez y se puede escuchar aquí.
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 174-175 (suprimo la conjunción y que figura al comienzo del v. 8).
La escritora boliviana Beatriz Schulze Arana (Potosí, 1929-La Paz, 2000) participó de la fundación en La Paz de la segunda generación del grupo «Gesta Bárbara» (1944). En 1995 ingresó en la Academia Boliviana de la Lengua. Entre sus obras se cuentan títulos como Lejanías (1945), Surcos de luz (1947), En el telar de las horas (1948), Por la escala del ensueño (1949), En el dintel de la noche (1951), Desvelo de lámpara (1958), Pompas de jabón (1958), Clarinadas de oro (1979), Burbujas de color (1979), La princesita calipso y el fausto ruiseñor (1980), Semillero de luces (1981) y Luces mágicas (1988). Los últimos años de su vida los pasó en la «Casa del Poeta», dotada por el municipio de La Paz.
Juan Quirós nos ofrece la siguiente valoración de su estilo poético:
Dedicada a los oficios del ensueño, muy femenina, ajena a modas y esnobismos, siempre despierta al imperativo de sus principios y a su voz interior, Beatriz Schulze Arana está exenta de sensiblería y de toda jugarreta verbalista. De sus versos para niños ha dicho Gabriela Mistral: «Van envueltos en un halo de verdadera belleza, además recrean, enseñan sin violencias, ejercitan la imaginación y abren surcos de bondad y de ternura»[1].
Su «Canción de Nochebuena» es una sencilla composición en hexasílabos en los que la voz lírica expresa los dones que piensa presentar al Niño recién nacido.
Los recursos utilizados (anáforas, paralelismos, variedad de rimas asonantes, empleo de diminutivos, etc.) son los habituales en este tipo de poemas que se insertan en la tradición de la poesía navideña de tono popular. Este es el texto del poema:
Me ha dado la alondra pajas de su nido, yo le haré con ellas su cunita al Niño.
Me han dado las nubes copos de algodón, albos como un sueño, tibios como el sol.
Con don tan precioso a mi Niño Dios le haré una almohadita y un muelle edredón.
Me ha dado la luna un jirón del traje que lució la noche de su primer baile;
de seda tan fina yo le coseré bellos pañalitos al Dios de Belén.
Me han dado los mares encajes de espuma, con ellos al Niño yo le haré una túnica.
Agujita mía: corre, salta, vuela sobre el escenario del encaje y seda.
Agujita mía: ¡corre! ¡salta! ¡vuela!, que Jesús ya viene, que Jesús ya llega y yo no consigo terminar mi ofrenda.
Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.
CASTAÑAS DE CAJÚ
A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier
Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.
Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.
Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.
Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.
La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.
[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La risa de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural(1998), Fragmentos de obsidiana(2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005),Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009), El pupitre asirio (2011),Islas invernales (2011) o Génesis (2011).
Olga Bruzzone, nacida en La Paz (Bolivia), en 1909, fallecería en 1996 en Canadá. Dirigió la revista femenina Superación y fue vocera de la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas (CONIF). Ganadora de varios premios literarios, es autora del poemario Hondo, muy hondo (1960) y de las novelas Tras la cortina de incienso (1974) y Torbellino de horas, que obtuvo el Segundo Premio «Erich Guttentag» en 1984. En su Índice de la poesía boliviana contemporánea, Juan Quirós nos ofrece esta valoración de su obra poética:
Desentraña las propias emociones con palabras vigorosas y vibrantes. Por sobre todas las cosas es una poetisa maternal. Ningún matiz que se roce con el tema de la madre falta a sus versos, desde el diseño leve hasta el grito encrespado, disconforme y bronco. Olga Bruzzone de Bloch es autora de Hondo, muy hondo, 1960[1].
Copiaré su composición «Alma del suelo», que este mismo crítico incluye entre los cien mejores poemas bolivianos. Se construye, en esencia, como una serie de metáforas aposicionales a la palabra inicial, Indio. Cabe aclarar que el pututu mencionado hacia el final del poema es un instrumento de viento andino, que originariamente se fabricaba con una caracola marina:
Indio: recio vocablo, indómito y sonoro.
Canción del pajonal libre del hierro.
Luz replegada en ardientes lavas.
Petrificada audacia de los Andes.
Adjetivo del Sol.
Bronce de eco distante enraizado en la paja brava.
Polen del páramo.
Vendaval retenido en el surco, en la huella.
Oteador de la Aurora.
Dios de ti mismo.
Conoces el lenguaje de la estrella, el idioma del agua, la voz de las tormentas.
Autóctono. Telúrico. Fecundado en la tierra por el viento.
Yolanda Bedregal de Conitzer (La Paz, 1913-La Paz, 1999), célebre poeta y novelista boliviana, también conocida como Yolanda de Bolivia, constituye una de las figuras más destacadas del postmodernismo hispanoamericano. Es hija de Juan Francisco Bedregal, notable representante del Modernismo en Bolivia. Cursó estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de La Paz, y más tarde estudió estética en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso en Bolivia, enseñó en el Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Bellas Artes y la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y en la Academia Benavides de Sucre; trabajó también en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de Letras. Como diplomática, ejerció el cargo de embajadora de Bolivia en España. En homenaje y reconocimiento a su figura, el Estado boliviano creó en el año 2000 el Premio Nacional de Poesía «Yolanda Bedregal», que se convoca y entrega anualmente.
Su producción literaria incluye libros de poesía, de narrativa y algunas antologías (así, la Antología de la poesía boliviana preparada para la Universidad de Buenos Aires y para la Enciclopedia Boliviana, de la editorial Los Amigos del Libro), además de ensayos, obras divulgativas y literatura infantil. Entre sus principales títulos poéticos se cuentan los libros Poemar (1937), Ecos (1940, en colaboración con su esposo, Gert Conitzer, autor de las traducciones de los poemas al alemán), Almadía (1942), Nadir (1950), Del mar y la ceniza (1957) o Convocatorias (1994). De entre su obra en prosa destacan, especialmente, Naufragio (1936) y Bajo el oscuro sol (1971).
Sobre ella ha escrito Juan Quirós:
Es la más representativa figura de mujer que ha producido la poesía boliviana. Ha recorrido todas las gamas. Su voz desvelada le viene desde las zonas más recónditas del ser. Desde la ternura tenue hasta la rebeldía que modera el buen gusto, vibran en su plectro las más diversas tonalidades[1].
Como ejemplo de su poesía de tonalidad religiosa, la que prevalece en su última etapa de creación lírica, copiaré aquí dos poemas que reflejan la sed de eternidad del yo lírico, los titulados precisamente «Sed» y «Nocturno en Dios». El texto del primero es así:
No quiero agua ni sangre ni vino para mi sed.
Quiero lo que ha sido y nunca más será.
Lo que pudo ser y no fue. Lo que pasó, lo que será.
Tengo sed de Eternidad en la copa de vidrio de un instante fugaz[2].
El segundo, «Nocturno en Dios», es como sigue:
Señor, cuando oscurezca, te necesito mucho; cuando las hojas tiemblan para caer del árbol, parece que un lamento contenido se acerca.
Señor, cuando sea Otoño y la flor no esté firme, quiero que me acompañes a ver el desnudarse del mundo. Caerá mi primavera en un volar de estambres. ¿He de pisar acaso mi propia alma caída?
Llévame de la mano adonde nada piense, donde en ti me cobije sin que se mueva el tiempo. Tú eres inmarcesible, y yo quiero agostarme como hierba en tu pecho, que no me lleve el viento. Tengo miedo al crujido que hace el pie en el otoño[3].
[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 251. Para más detalles sobre su vida, su figura y su obra, con diversos estudios bibliográficos, remito a la web creada con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2013.
[2] Cito por Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 252-253.
[3] Recogido en Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 258.