Versionando a Garcilaso («Cuando me paro a contemplar mi estado»)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaYa en alguna entrada anterior había ofrecido un breve comentario del Soneto I de Garcilaso de la Vega, que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…». En este poema, el yo lírico analiza su situación anímica, en un ejercicio de introspección que le lleva a conocer, a tener plena consciencia de que el amor le aboca a la muerte: «sé que me acabo» (v. 7), «Yo acabaré» (v. 9). El enamorado presiente, pues, la muerte, pero más que la propia muerte teme que con ella tenga fin su cuidado (palabra que, en el contexto de la poesía petrarquista, hay que entender en el estricto sentido de ‘preocupación amorosa’). Y, si su voluntad lo puede matar —argumenta—, más lo matará la de la bella ingrata amada enemiga, a la que se ha entregado por completo (el sin arte del v. 9 quiere decir ‘sin malicia’), que no es parte suya, y que por eso mismo no tendrá con él piedad alguna:

Cuando me paro a contemplar mi ’stado
y a ver los pasos por do me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quiere, y aun sabrá querello;

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?[1]

Pues bien, hoy —aniversario de la muerte de Garcilaso— ofrezco tres textos diferentes que versionan su soneto desde distintas perspectivas[2]. La primera es de Lope de Vega, incluida en sus Rimas sacras (1614), colección poética en la que el Fénix hace balance de su situación personal, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío vital, del que ahora se da plena cuenta:

Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado,
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño,
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria, la razón perdida[3].

La segunda corresponde a don Gonzalo de Córdoba, duque de Sessa; se trata de un texto, del que no conocemos su datación, en el que la voz lírica corresponde a un cortesano desengañado ya de sus pretensiones, cuyos enemigos son los privados:

Cuando reparo y miro lo que he andado
y veo los pasos por donde he venido,
yo hallo por mi cuenta que he perdido
el tiempo, la salud y lo gastado.

Y si codicio verme retirado
y vivir en mi casa recogido,
no puedo, porque tengo ya vendido
cuanto mi padre y madre me han dejado.

Yo me perdí por aprender el arte
de cortesano, y he ganado en ello,
pues he salido con desengañarme.

Que, pues mi voluntad pudo dañarme,
privados, que son menos de mi parte,
pudiendo, ¿qué harán sino hacello?[4]

En fin, la tercera es una versión a lo burlesco, una parodia anónima en la que el hablante lírico, un tal Valdés, es un cornudo confeso que juega en su parlamento con diversas alusiones a los cuernos, incluyendo varios juegos de derivación (carnero, venado, toro de Jarama, cornado, Capricornio, Aries, Unicornio, cornucopia):

«Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los cuernos que en mi frente veo,
sigún tuve de cuernos el deseo,
a tener más pudiera haber llegado.

No soy carnero yo, sino venado,
y aun toro de Jarama, sigún creo;
de cuernos quise hacer un rico empleo,
doblé el caudal, y ansí gané un cornado.

Nací debajo el signo Capricornio,
el cual me influye su figura propia,
y diome el Aries al nacer un toque.

Y ansí quedé en figura de Unicornio,
y ahora soy la misma cornucopia.»
Valdés lo dijo al pie de un alcornoque[5].


[1] Cito, con ligeros retoques, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 37.

[2] Para la fortuna de este texto ver Edward Glaser, «“Cuando me paro a contemplar mi estado”. Trayectoria de un Rechenschaftssonett», en Estudios hispano-portugueses. Relaciones literarias del Siglo de Oro, Valencia, Castalia, 1957, pp. 59-95; y Nadine Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», Criticón, 74, 1998, pp. 9-29.

[3] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, núm. 302, p. 621. Ver la pertinente anotación del editor sobre fuentes y motivos temáticos presentes en el soneto lopesco.

[4] Cito por Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», pp. 18-19, modernizando las grafías.

[5] Cito por Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», p. 18, modernizando las grafías.

La «Salutación del optimista» de Rubén Darío

Para hoy 12 de octubre, Día de la Hispanidad, bastará con copiar sin necesidad de mayor comento la famosa «Salutación del optimista», de Rubén Darío, publicada en Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos y Bibliotecas, 1905). Es composición que nos interesa por su claro mensaje (un canto entusiasta en favor de la necesaria unión de España y «la América española», como escribiría en la oda «A Roosevelt», dos continentes «en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua»), pero que además constituye un magnífico ejemplo del rito y la musicalidad propios del Modernismo.

Hispanoamérica

Este es el texto del poema:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede, engañada, la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis al salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: «La alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.»

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el amor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura,
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.

Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda![1]


[1] Cito, subsanando algunos errores (eminencia por inminencia, urbe por ubre) y con ligeros retoques en la puntuación, por Francisco Montes de Oca, Ocho siglos de poesía en lengua castellana, 17.ª ed., México, D. F., Editorial Porrúa, 1998, pp. 494-495. La «Salutación», recitada por Luis Echegoyen en una reunión en Chabot College (San Francisco) en homenaje a Rubén Darío, puede escucharse en este enlace. A una presentación del año 2013 en el Teatro Rubén Darío de Managua (Nicaragua) corresponde este otro. En fin, una interesante explicación sobre «El origen del poema “Salutación del optimista”» puede verse aquí.

«Cervantes», de Bernardo López García

La composición más conocida de Bernardo López García (Jaén, 1838-Madrid, 1870) es, sin duda alguna, su oda patriótica «El dos de mayo», publicada en 1866 en El Eco del País, cuyos primeros versos se hicieron celebérrimos: «Oigo, patria, tu aflicción / y escucho el triste concierto / que forman, tocando a muerto, / la campana y el cañón…». Su producción poética quedó recogida en el volumen Poesías (Jaén, Establecimiento Tipográfico de F. López Vizcaíno, 1867, con ediciones póstumas en 1880 y 1908).

Miguel de Cervantes

A nosotros nos interesa su poema «A Cervantes», en cinco décimas, que se incluyó en 1876  en el Álbum literario dedicado a la memoria del rey de los ingenios españoles, cuyo texto dice así:

¡Gloria a Cervantes! Loor
al genio que en alto vuelo
mojó en raudales del cielo
la pluma del escritor.
¡gloria al genio seductor
que asombra, encanta y divierte!
¡Lauros al atleta fuerte
que con sus hercúleos lazos
arrojó un mundo en pedazos
a las plantas de la muerte!

Él con su genio profundo
y la fe por estandarte
cual nuevo Colón del arte
buscó para el arte un mundo;
con entusiasmo fecundo
trabajó, artista y guerrero;
y al fin consiguió altanero,
con gloria que aturde al hombre,
fijar su potente nombre
junto a Dante y junto a Homero.

Él vio otra aurora lucir
por en medio del nublado,
e hirió de muerte al pasado
presintiendo el porvenir;
dejó en la tierra, al morir,
su nombre, que el mundo aclama;
de su inspiración la llama
que brilla radiante y pura,
y una copa de amargura
tan grande como su fama.

Titán de la inspiración,
con la distancia creciendo,
va un aplauso recibiendo
de cada generación;
y es tan grande la ovación
que da el mundo a su memoria,
que si cantando victoria
se alzase en la tumba fría,
en la tumba se hundiría
bajo el peso de su gloria.

Al escuchar los rumores
que produce su talento,
toma vuelo el pensamiento
para otros mundos mejores;
porque son tan seductores
y es tan pura su belleza,
que cuando a escribir empieza
sobre el mundo, su proscenio,
todas las cumbres del genio
se humillan a su grandeza[1].


[1] Álbum literario dedicado a la memoria del rey de los ingenios españoles. Publícalo la redacción de la revista literaria «Cervantes», Madrid, Establecimiento Tipográfico de Pedro Núñez, 1876, pp. 47-48. Precede al título: «Aniversario CCLX de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra». Se recoge también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 84-85.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

«Un soneto a Cervantes» de Rubén Darío

Este poema de Rubén Darío se publicó originalmente en la revista Helios (Madrid), IX, 1903, p. 37, con dedicatoria «A Ricardo Calvo». En 1904 se reprodujo en tres revistas de Hispanoamérica, con el título «A Cervantes»[1] y, finalmente, al año siguiente quedó recogido en Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos y Bibliotecas, 1905). Es, junto con la «Letanía de nuestro señor don Quijote», escrita expresamente para el III Centenario del Quijote en 1905, uno de los textos cervantinos más conocidos del poeta nicaragüense.

Miguel de Cervantes Saavedra

El texto de este soneto (cuyos versos séptimo, undécimo y duodécimo son heptasílabos, en la línea de experimentación métrica propia del Modernismo) dice así:

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino![2]


[1] Para más detalles remito a Jorge Eduardo Arellano (ed.), Rubén Darío. Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, p. 21.

[2] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza. Edición homenaje, Salta, Editorial Biblioteca de Textos Universitarios, 2006, pról. y ed. de Íride M. Rossi de Fiori et al., poema XVIII, p. 159. Está incluido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 46.

«Ínsula», de Felipe Cortines Murube

Felipe Cortines Murube (Los Palacios y Villafranca, Sevilla, 1883-1961) es un escritor adscrito al Modernismo poético, autor de poemarios como De Andalucía. Rimas (1908), El poema de los toros (1910), Nuevas rimas (1911) y Del levantamiento por la tradición de España (1936). Publicó también relatos de viajes y algunas novelas. Hoy nos interesa recordar una composición poética suya, un soneto, que constituye una evocación de Sancho Panza y su gobierno de la Ínsula Barataria. Dice así:

Un costal de malicias y refranes
llamaba don Quijote a su escudero[1],
el gran Panza, el famoso marrullero,
prez de los castellanos ganapanes.

Como premio a sus múltiples afanes
Sancho ganó la Ínsula primero,
y al regirla, un maligno curandero
no le dejó comer[2]: sufrió desmanes.

Sube al mando el humilde guardacabras
porque, al fin, aquel sandio[3] sin oficio
era un hombre gracioso en sus palabras.

¡Pero cuántos hoy son corregidores,
y solo alegan este vil servicio:
ser lacayos de apócrifos señores![4]

José Moreno Carbonero, Festín de Sancho Panza en la Ínsula Barataria


[1] Un costal de malicias y refranes / llamaba don Quijote a su escudero: «… que toda esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y malicias» (Quijote, II, 43).

[2] un maligno curandero / no le dejó comer: se refiere al doctor Pedro Recio de  Agüero o doctor Tirteafuera (por ser natural de este lugar de Ciudad real), «médico insulano y gobernadoresco» (Quijote, II, 45) que mata de hambre a Sancho Panza.

[3] sandio: tonto, necio.

[4] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 44.

Una aproximación a la figura de fray Pedro Malón de Echaide

Como apretado resumen de la figura y la obra de fray Pedro Malón de Echaide, reproduciré aquí las palabras con que lo presentaba en un trabajo mío del año 2005[1]:

Pedro Malón de Echaide (Cascante, 1530-Barcelona, 1589) profesó como religioso en el convento agustino de Salamanca el 27 de octubre de 1557. En la universitaria ciudad castellana enseñaban, entre otros, maestros destacados como fray Luis de León, Domingo de Soto, Pedro de Sotomayor, Juan de la Peña o Gaspar de Grajal, a cuyos cursos Malón asistiría como alumno, recibiendo una amplia formación humanista, filosófica y teológica. Más tarde desempeñó varios cargos dentro de su orden, con distintos destinos, en especial en el reino de Aragón. Un año antes de su muerte había publicado la única obra suya que conservamos, y por la que sin duda merece un lugar entre los clásicos de nuestra literatura áurea: La conversión de la Magdalena, en que se ponen los tres estados que tuvo, de pecadora, de penitente y de gracia (Barcelona, Hubert Gotard, 1588).

La lectura de su obra nos revela al escritor agustino como teólogo originalísimo y excepcional escritor, y como uno de los más brillantes espíritus humanistas del momento. La conversión de la Magdalena no es tan sólo, como se ha pensado a veces, una paráfrasis de los Evangelios, sino un rico mosaico que, tomando la figura de la Magdalena como símbolo del penitente, amalgama los más diversos temas sociales, teológicos, históricos y lingüísticos, todo perfectamente conjuntado por la mentalidad de un humanista ascético. En el tratado —que gozó de gran éxito y difusión durante los siglos XVI y XVII, como demuestran las numerosas ediciones y su pronta traducción a otros idiomas— se aúnan las más diversas corrientes renacentistas: Platón, Plotino y San Agustín se encuentran magníficamente armonizados junto a los neoplatónicos italianos, sobre todo Ficino y Pico della Mirandola[2].

Malón de Echaide

En su tratado de La conversión de la Madalena, y a modo de descanso para el lector, Malón intercaló diversos poemas, la mayoría de los cuales constituyen paráfrasis de salmos bíblicos, en las que sigue el modelo de paráfrasis exegética cultivada por quien fuera su maestro en Salamanca, fray Luis de León. En próximas entradas tendremos ocasión de examinar algunas de estas paráfrasis bíblicas de Malón, su estilo poético y los procesos de amplificatio que lleva a cabo en sus versiones de los salmos[3].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «“Como la cierva en medio del estío…”: una paráfrasis del salmo 42-43 de Pedro Malón de Echaide», en Gonzalo Aranda y Juan Luis Caballero (dirs.), La Sagrada Escritura, palabra actual. XXV Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2005, p. 116.

[3] La obra de Malón ha generado una abundante bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2014; su introducción (pp. 11-64) constituye una buena síntesis acerca del autor y su obra, y el lector interesado encontrará ahí también una completa bibliografía (pp. 73-85). Sobre la orden agustina y sus principales representantes, ver, entre otros trabajos, Ignacio Monasterio, Místicos agustinos españoles, 2.ª ed., El Escorial (Madrid), Editorial Agustiniana, 1929, 2 vols.; y Luis Álvarez, El movimiento observante agustiniano en España y su culminación en tiempo de los Reyes Católicos, Roma, Analecta Augustiniana, 1978.

«Cervanterías», de Juan Pérez Zúñiga

Juan Pérez Zúñiga (Madrid, 1860-Madrid, 1938) destacó como escritor inclinado a la vena humorística. Fue redactor de publicaciones como Madrid Cómico, ABC, Blanco y Negro, El Liberal, Heraldo de Madrid, Nuevo Mundo o La Esfera, en las que popularizó el seudónimo Artagnán. Su ingenio cómico y su gran habilidad versificatoria le inclinaron al cultivo de la poesía festiva, terreno en el que se le calculan más de veinte mil composiciones escritas y publicadas. Fue también autor teatral que obtuvo algunos éxitos notables, siempre cultivando los subgéneros cómicos.

A esa misma veta festiva responde su composición titulada «Cervanterías». Obvio es decir que la calidad literaria de este romance con rima aguda no es grande pero, entre burlas y bromas, el autor va dejando caer algunas verdades como puños. Y como en este 2015 también estamos —seguimos— de centenarios cervantino-quijotescos, aquí va el texto de Pérez Zúñiga por si sirve como aviso para navegantes

Con ocasión y pretexto
del centenario de un tal
Cervantes, cuyos libracos
ustedes conocerán,
algunos autores que aman
al compañero inmortal,
le estudian de cuantos modos
se puede al hombre estudiar,
y sobre considerarle
como vate excepcional,
como filósofo inmenso,
como bravo militar,
como manco distinguido
y como hijo de Alcalá
(aun con los vientos que corren
por Alcázar de San Juan),
no sería muy difícil
que, como cosa especial,
hubiese algún cervantófilo
que llegase a publicar
un examen analítico,
crítico y aun algo más,
de los pelos que a Cervantes
le solían asomar
por entrambos ventanillos
de las napias. Y aun habrá
quien estudie a Miguel como
timbalero singular,
como ciclista premiado,
como devoto del flan
y hasta como ama de cría
pa casa de los papás.

Pelos de la nariz

Yo, por no ser menos que esos
que a tales cosas se dan,
estoy escribiendo un libro
que así voy a titular:
El Rocinante y el Rucio
mirados en sociedad
como sesudos filósofos.
Estudio trascendental.
Digo en él que si el ingenio
y la hidalguía se van
de nosotros y el carácter
de Quijotes nada es ya,
de las líneas que encabezan
al libro monumental
no queda más que la Mancha
que no se puede quitar.
Para el cuarto centenario
terminado se hallará.
Dios nos dé salud y suerte
para verlo publicar[1].


[1] Cito por Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 116-117. En este mismo volumen se recoge otra recreación poética cervantina de Pérez Zúñiga, «Cervantes me escribe» (pp. 113-115).

«Cervantes», de Marciano Zurita

Para conmemorar el natalicio, tal día como hoy del año 1547, de Miguel de Cervantes Saavedra, copiaré un soneto de Marciano Zurita y Rodríguez (Palencia, 1887-Madrid, 1929), poeta que cabe ubicar en el momento final del Modernismo en España. Este texto salió publicado en la revista Blanco y Negro de ABC el 6 de junio de 1915, formando un tríptico con otros dos sonetos más, dedicados a «Quevedo» y a «El bachiller Sansón Carrasco» (pp. 18-20).

Miguel de Cervantes

El que a nosotros nos interesa hoy es el primero de los tres sonetos, titulado «Cervantes», que reza así (nótese especialmente el hondo lirismo del v. 4; en cuanto al v. 6, «un prelado prestome su valía», lo entiendo como alusión al cardenal Giulio Acquaviva d’Aragona que, como sabemos, tomó a su servicio a Cervantes durante un breve tiempo):

Mi padre fue corregidor de Osuna
y con mi madre en Alcalá vivía
cuando yo cometí la picardía
de nacer reclamando teta y cuna.

Llegué a mozo sin pena ni fortuna;
un prelado prestome su valía
y en Italia luche con bizarría
y en Lepanto me hirió la Media Luna.

Cautivo luego y luego rescatado,
libre después, después encarcelado
y a la fin, sin cadena ni barrote,

el genio un día se acercó a mi frente,
y besándola dulce y sonriente,
me dijo: «Escribe.» Y escribí el Quijote[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 177.

Un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco» de Julián de Medrano

Reanudo el comentario de algunas de las composiciones líricas insertas en la miscelánea renacentista La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583)[1]. El poema de hoy figura recogido, igual que otras que he examinado anteriormente, en la sección que aparece bajo el epígrafe «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[2]. Se trata de un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco», que presenta la dificultad y el carácter artificioso propio de las composiciones de este tipo, usuales en la época[3]. Este es el texto de la composición:

No hallo ya en mi desconsuelo          suelo
ni tiene mi mortal locura          cura,
pues hasta hoy la desventura          tura[4]
y en mi mal cresce desconsuelo y          suelo.

Aquella a quien mi mal revelo          velo
y de mi fe, si bien se apura,           pura,
pero responde con cordura          dura
a cuanto no le viene a pelo          apelo.

A l’alma pide su clamor          amor,
queriendo más en la batalla          atalla,
pues por no descubir su pena          pena.

Echan mis ojos sin rumor          humor
y ofrescen a mi blanda avena[5]          vena,
y, no pudiendo publicalla,           calla[6].

Mariano Fortuny, El pastor flautistaEl soneto desarrolla motivos usuales y bien conocidos en la poesía amorosa que se sitúa en la tradición del amor cortés provenzal, el petrarquismo y el neoplatonismo[7], a saber: la pena y el dolor del enamorado desdeñado por la «bella ingrata enemiga», la necesidad de mantener oculto, en secreto, el sentimiento amoroso (vv. 10 y 14), el llanto anexo a su sufrimiento en silencio (v. 12), etc., pero tanto la calidad literaria del texto como su capacidad de despertar emoción lírica quedan sacrificadas en aras de la consecución del artificio perseguido de lograr las rimas en eco.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] Por ejemplo, el tudelano Jerónimo Arbolanche incluye en los folios 91v-92v de su poema narrativo Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) unos endecasílabos con rimas en eco, «¿Cómo te me fuiste…», cuyos locutores son el héroe protagonista Abido y la ninfa Eco, que va respondiendo con una serie de palabras que rima en eco con las distintas réplicas suyas. María Francisca Pascual Fernández, en su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015 (realizada bajo mi dirección), anota a propósito de ese pasaje: «Las composiciones en eco no fueron extrañas en el Siglo de Oro. Tomás Navarro Tomás (1974, pp. 222-223 y 271-272) menciona autores como Rengifo y Carvallo que “registraron el eco entre los acrósticos, laberintos y demás composiciones de ingenio. Tal artificio, probado por Juan del Encina, Lope de Rueda y Jerónimo Bermúdez, fue renovado por Baltasar de Alcázar en su Diálogo entre un galán y el eco, en el cual figuran 55 redondillas con sus respectivos finales […]. Con la misma forma de las de Baltasar de Alcázar aparecen las 22 redondillas de la Loa sacramental del eco, dedicada a la fiesta del Santísimo Sacramento, Madrid, 1644 (Cotarelo, Entremeses, I, núm. 177). Una variedad del eco eran los versos con refleja o rima redoblada, de los cuales se sirvió Lope en un soneto de La fuerza lastimosa, III, 9…”. Rengifo en su Arte poética recoge otros ejemplos de rimas en eco». Su cita interna del comienzo se refiere al conocido manual de Tomás Navarro Tomás, Métrica española, Madrid / Barcelona, Guadarrama / Labor, 1974.

[4] tura: turar, cultismo, vale lo mismo que durar.

[5] avena: zampoña, flauta pastoril.

[6] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 34-35. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, p. 158, lo edita conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[7] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.