«El Niño divino (villancico de Navidad)» de Manuel Machado

El poema navideño de hoy nos lo brinda Manuel Machado. Se titula «El Niño divino (villancico de Navidad)» y canta en estilo sencillo y popular (versos octosílabos con repetición de un estribillo, empleo de diminutivos afectivos, etc.) el doble sentimiento que suscita el nacimiento del Niño Jesús, que ríe y llora al mismo tiempo en el pesebre: de un lado, la alegría (risa), porque su venida al mundo trae la salvación al género humano; pero, al mismo tiempo, la tristeza (llanto) que provoca su desvalimiento en el Portal de Belén, el cual anticipa además los futuros sufrimientos de su Pasión y Muerte redentora en la Cruz («Cuando el niño sea un hombre / lo llevarán al Calvario…)»:

Niño Jesús en el pesebre

De llanto y risa,
de risa y llanto.

Venid a ver el infante
que ha nacido en el establo,
que por ser Rey en los Cielos
no quiso en tierra  palacios.

Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos…
En la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto,

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Para que no sienta el frío
del mundo donde ha llegado,
una mulita y un buey
su aliento le están echando.

Tiene por lecho las pajas,
por techo el cielo estrellado…
De una claridad sublime,
tiene el semblante bañado…

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario…
Pero su Padre Divino
lo arrebatará en sus brazos…

Como a la par llora y ríe,
al mover de uno a otro lado
la cabecita, en el aire
traza del Iris el arco…

de llanto y risa,
de risa y llanto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 101-102.

La «niña de nuef años»: del «Cantar de mío Cid» a Manuel Machado y María Teresa León

En medio del dolor de la partida de Rodrigo Díaz de Vivar y su mesnada al destierro, la ternura se hace presente, en forma de compasión mutua, en el célebre episodio de la «niña de nuef años»:

El Campeador     adeliñó a su posada
así commo llegó a la puorta,     fallóla bien çerrada,
por miedo del rey Alfons,     que assí lo pararan:
que si no la quebrantás,     que non gela abriessen por nada.
Los de mio Cid     a altas vozes llaman,
los de dentro     non les querién tornar palabra.
Aguijó mio Çid,     a la puerta se llegaua,
sacó el pie del estribera,     una ferídal’ dava;
non se abre la puerta,     ca bien era çerrada.
Una niña de nuef años     a ojo se parava:
«¡Ya Campeador,     en buena çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado,     anoch dél entró su carta,
con grant recabdo     e fuertemientre seellada.
Non vos osariemos     abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos     los averes e las casas,
e aun demás     los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal     vos non ganades nada;
mas el Criador vos vala     con todas sus vertudes santas.»
Esto la niña dixo     e tornós’ pora su casa.
Ya lo vede el Çid     que del rey non avié graçia.
Partios’ dela puerta,     por Burgos aguijaba,
llegó a Santa María,     luego descavalga;
fincó los inojos,     de coraçón rogava (vv. 31-53)[1].

El Cid con la niña de nueve años

La versión prosificada de Alfonso Reyes dice así:

El Campeador se dirigió a su posada; llegó a la puerta, pero se encontró con que la habían cerrado en acatamiento al rey Alfonso, y habían dispuesto primero dejarla romper que abrirla. La gente del Cid comenzó a llamar a voces; y los de adentro, que no querían responder. El Cid aguijó su caballo y, sacando el pie del estribo, golpeó la puerta; pero la puerta, bien remachada, no cedía.

A esto se acerca una niña de unos nueve años:

—¡Oh, Campeador, que en buena hora ceñiste espada! Sábete que el rey lo ha vedado, y que anoche llegó su orden con prevenciones muy severas y autorizadas por sello real. Por nada en el mundo osaremos abriros nuestras puertas ni daros acogida, porque perderíamos nuestros bienes y casa, amén de los ojos de la cara. ¡Oh, Cid: nada ganarías en nuestro mal! Sigue, pues, tu camino, y válgate el Creador con todos sus santos.

Así dijo la niña, y se entró en su casa. Comprende el Cid que no puede esperar gracia del rey y, alejándose de la puerta, cabalga por Burgos hasta la iglesia de Santa María, donde se apea del caballo y, de hinojos, comienza a orar.

Es este un pasaje en que el primitivo autor supo condensar a la perfección el dolor de la partida en los desterrados y el dolor también de los burgaleses, que no pueden ayudarles, so pena de recibir graves castigos. El contraste magnífico entre el aspecto aguerrido de los recios hombres de armas castellanos y el carácter delicado y desvalido de la niña, lo supo evocar magistralmente Manuel Machado en su poema «Castilla», de Alma (1900). Los versos son de sobra conocidos, pero merece la pena copiarlos aquí de nuevo:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

—Buen Cid, pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga[2].

Menos conocida es, quizá, la recreación que del mismo episodio hace María Teresa León en una breve biografía novelada de Rodrigo Díaz de Vivar:

La ciudad de Burgos los recibe con todas las ventanas ciegas. No hay un alma por las calles de hielo. Parecen las casas más chicas, más pobres con sus puertas vencidas de miseria y sus techos de paja. A todas ellas ha llamado el miedo para que no se abra ninguna. Y ninguna se abre porque el pregón del rey ha sido leído cada cuatro esquinas y parece que aún tiembla en el aire:

«Prohibimos…»

El Cid y sus caballeros cruzan la ciudad. Pero se han detenido ante una puerta. Rodrigo golpea con la empuñadura de su espada. Ante el asombro de todos, se abre dando paso a una niña. Es de tan poca estatura que al acercarse al estribo del Campeador ninguno puede calcular qué edad tiene. Su cara menuda levanta hacia el Cid unos ojos oscuros, y su voz, algo temblona, comienza.

—Buen Cid, pasad de largo. No nos atrevemos a daros asilo. El rey ha pregonado que perderemos vidas y haciendas si tal hiciésemos. Marchad, buen Cid; en nuestro mal no ganáis nada.

Se le queda el Cid mirándola tan frágil, tan pequeña, tan valiente. Lleva sobre su cuerpecillo una saya desteñida; por la espalda le cae el pelo suelto; a la cintura, una escarcelilla con un trozo de pan. Sus caballeros y soldados tienen hambre. El viento sopla; viento norte helado. El Cid mira a la niña, a las casas de Burgos y, levantando su mano oculta en el guantelete de hierro, ordena:

—¡En marcha!

La niña los mira pasar desde su infancia valiente y a su vez levanta la mano para despedirlos.

El tropel de guerreros y caballos se dirige al arenal de Arlanzón[3].

Tal es la recreación que se hace en el capítulo VIII, pero lo que resulta más interesante, en mi opinión, es que, en el capítulo final, el XXI, titulado «Muere el Cid Campeador», el moribundo Rodrigo, en diálogo con su esposa Jimena, se acuerda emotivamente de aquella «niña de nuef años» de Burgos:

—¿Ves, Jimena, cuántas riquezas conquistó mi brazo? Pues me gusta recrearme en el recuerdo de los tiempos aquellos cuando te dejé pobre en Cardeña. Hoy todos tienen miedo ante mí. Éramos entonces infanzones sin fortuna. Yo me iba desterrado. Estaban cerradas las puertas y ventanas de Burgos. Sólo una niña se atrevió a rogarme que no les hiciese mal… ¿Qué pensará ahora de mí aquella niña? No sólo no hice mal sino que por mi tuvieron bien todos los reinos cristianos[4].


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

[2] Cito por Manuel Machado, Alma. Apolo, estudio y edición de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, Ediciones Alcalá, 1967, pp. 150-151. Con ligeros cambios en la puntuación en Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 27-28.

[3] Cito por El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, 5.ª ed., Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1978, pp. 43-44.

[4] El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, pp. 119-120.

Antonio Machado (1875-1939): cronología y semblanza de urgencia

1875 Nace en Sevilla, el 26 de julio. Es hijo del jurista y folclorista Antonio Machado Álvarez, Demófilo[1].

1883 Trasladada la familia a Madrid, estudia en la Institución Libre de Enseñanza con Giner de los Ríos, cuyo magisterio le marca profundamente.

1893 Publica sus primeros escritos en prosa en el periódico La Caricatura.

1899 Realiza su primer viaje a París, donde trabaja en la editorial Garnier.

1900 En Madrid conoce a Unamuno, Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez.

1902 En su segundo viaje a París conoce a Rubén Darío, entablándose entre ambos una gran amistad.

1903 Publica su primer libro de poesías, Soledades.

1907-1912 Catedrático de francés en Soria.

1907 Soledades. Galerías. Otros poemas.

1909 Se casa con Leonor Izquierdo.

1911 Nueva estancia en París estudiando la filosofía de Bergson en el College de France.

1912 Fallece Leonor. Campos de Castilla.

1912-1919 Catedrático en Baeza (Jaén).

1917 Páginas escogidas. Poesías escogidas. Primera edición de Poesías completas.

1919-1932 Catedrático en Segovia.

1924 Nuevas canciones.

1926 Juan de Mañara (teatro).

1927 Ingresa en la Real Academia Española.

1928 Segunda edición de Poesías completas. Las adelfas (teatro).

1930 La Lola se va a los puertos (teatro).

1931 La prima Fernanda (teatro).

1932 Catedrático en Madrid.

1936 Juan de Mairena. Evacuado a Valencia (con su madre Ana Ruiz y sus hermanos José, Francisco yJoaquín) por el gobierno republicano.

1937 La guerra, con ilustraciones de su hermano José. Participa en la Conferencia Nacional de Juventudes Socialistas y en el II Congreso Internacional de Escritores, organizado por la Alianza Internacional de Escritores Antifascistas.

1938 La tierra de Alvar González y Canciones del alto Duero. Trasladado a Barcelona.

1939 Ante el avance del ejército nacional, Antonio Machado, su madre y su hermano José cruzan la frontera con Francia. El 29 de enero llegan a Collioure. Vencido por el cansancio y la enfermedad, moriría el 22 de febrero, y su madre tres días después.

Antonio Machado

Antonio Machado es uno de los poetas españoles más importantes y populares del siglo XX. Dio a conocer sus primeras prosas en la revista Caricatura y sus versos juveniles en Electra, Helios y otras publicaciones modernistas. De hecho, se inició en el Modernismo, aunque luego recorrió sus propios caminos, logrando una voz propia y un estilo personal sencillo pero muy expresivo. Su libro Soledades (1903), reeditado luego como Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), se adscribe a las tendencias del Modernismo y el Simbolismo. Se trata de una poesía de marcado tono intimista y nostálgico, o mejor, suavemente melancólico, con la que expresa su profundo sentido de la temporalidad. Con estos poemas quiere Machado explorar y recorrer las galerías interiores del alma. Además del paso implacable del tiempo, que conduce a la muerte, otros temas que aparecen en este cancionero son la fe en Dios o el amor sentido desde la soledad, como anhelo espiritual y como angustia. El tono meditativo de estas composiciones queda subrayado por la elección de unas formas métricas sencillas y por la ausencia de imágenes; los estados de ánimo quedan condensados en objetos o gestos que cobran valor de símbolos.

Su otra gran obra es Campos de Castilla (1912), en la que manifiesta todo su amor al paisaje castellano y el dolor por la muerte de su esposa. Se trata de una poesía más volcada hacia el exterior, con una destacada vertiente de denuncia social. En 1917 publicó unas Páginas escogidas. Las composiciones de entre 1917 y 1924 quedaron recogidas en Nuevas canciones (1924), obra en la que desaparece la preocupación religiosa de la etapa anterior (no así la metafísica), aumenta la presencia de lo popular y se acentúan las notas de humor irónico y reflexivo, de escepticismo creciente, de introversión. De 1928 data la segunda edición de sus Poesías completas. La producción poética posterior a 1924 se agrupará en De un cancionero apócrifo, con comentarios de Machado a los distintos autores que supuestamente incluye el libro.

En prosa publicó, en 1936, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Por su parte, La guerra (1937) reúne versos y prosas de valor testimonial más que literario. Suele recordarse de forma especial su elegía por la muerte de García Lorca, «El crimen fue en Granada». Antonio Machado es autor además de varias obras de teatro, escritas en colaboración con su hermano Manuel: Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1926), Juan de Mañara (1927), Las adelfas (1928), La Lola se va a los puertos (1930), La prima Fernanda (1931) o La duquesa de Benamejí (1932).


[1] Texto extraído de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998, ampliado ahora.

Enseñanzas de Juan de Mairena / Antonio Machado sobre la sencillez expresiva

Como es sabido, Juan de Mairena fue uno de los muchos heterónimos apócrifos utilizados por Antonio Machado, quien en uno de sus proverbios de Nuevas canciones aconsejaba: «Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario». El otro frente al yo, el apócrifo, el complementario, son conceptos claves en buena parte de la obra de Machado. Como bien explica Muñoz Millanes, esta noción de «lo apócrifo» es central en Juan de Mairena, y añade que se trata de un concepto «bastante complejo y elusivo»[1].

En varios pasajes, Mairena / Machado reflexiona acerca del Barroco literario, y la principal crítica que le hace se centrará precisamente en su retoricismo alambicado, en su hueca palabrería. Estas ideas mairenianas —machadianas, en el fondo— sobre la necesaria sencillez de la expresión literaria las podríamos ilustrar con varios pasajes de Juan de Mairena, pero quiero recordar tan solo dos ejemplos destacables. En el capítulo I, «Habla Juan de Mairena a sus alumnos», leemos lo siguiente (son unas palabras que suelen recordarse con frecuencia):

—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena. —No está mal[2].

Esta misma idea, la necesidad de huir del barroquismo, de la expresión grandilocuente y retórica, la desarrolla Machado en el capítulo V, que se presenta bajo el epígrafe «(Ejercicios poéticos sobre temas barrocos)»:

Lo clásico —habla Mairena a sus alumnos— es el empleo del sustantivo, acompañado de un adjetivo definidor. Así, Homero llama hueca a la nave; con lo cual se acerca más a una definición que a una descripción de la nave. En la nave de Homero, en verdad, se navega todavía y se navegará mientras rija el principio de Arquímedes. Lo barroco no añade nada a lo clásico, pero perturba su equilibrio, exaltando la importancia del adjetivo definidor hasta hacerle asumir la propia función del sustantivo[3].

Y en el capítulo XXXVII, bajo el titulillo «(Amplificación superflua)», leemos:

—Darete el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa.
—¿Quieres decir que me darás una pera?
—¡Claro![4]

Sin duda, Machado no gustaba de expresiones perifrásticas del tipo «crestadas aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol nuncio canoro» (Góngora, Soledad primera, vv. 292-294). Rechaza tajantemente a través de su Mairena el culto a la dificultad, a lo difícil artificial, el uso de imágenes rebuscadas que solo sirven, en su opinión, para disfrazar conceptos fríos. Por el contrario, en la escritura poética deben prevalecer las intuiciones. Por eso para él el Barroco, por lo general, no tiene la gracia y sencillez de lo espontáneo (le gustan, eso sí, los autores populares, cercanos al pueblo, o mejor dicho, que son voz del pueblo: especialmente Cervantes y Lope de Vega).

Pero esto constituye ya materia para una entrada futura…


[1] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 487.

[2] Antonio Machado, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936), ed. de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 53.

[3] Antonio Machado, Juan de Mairena, ed. cit., pp. 76-77.

[4] Antonio Machado, Juan de Mairena, ed. cit., p. 237.