Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema «A la circuncisión del Niño Jesús»

La corriente de poesía ascético-mística con nombre femenino está representada, en la Navarra del siglo XVII, por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín, a la que ya dediqué un par de entradas previas comentando sus poemas «Para gloria de Jesús…» y «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…»; y por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión, cuya figura evocaré brevemente hoy[1]. Nacida en Tudela en 1605, durante su juventud estuvo dirigida espiritualmente por el padre jesuita Francisco González Medrano; tomó el hábito de Santa Clara en el convento de su ciudad natal el 25 de agosto de 1633.

Tudela (Navarra)

Según recogen sus biógrafos, dentro del claustro dio permanentes muestras de gran virtud, especialmente la de la resignación. Llegó a ser abadesa de la comunidad y, por encargo de su confesor, escribió unos Ejercicios espirituales[2], obra comenzada el 7 de noviembre de 1650 en la que expone una vía de perfeccionamiento interior carente casi por completo de visiones y revelaciones, y en la que se incluyen algunos versos suyos. Falleció en su convento tudelano el 11 de octubre de 1660.

En efecto, en los folios 150v-157v de sus Ejercicios espirituales figuran recogidos varios poemas suyos (capítulo XXIX, «Pónense algunos versos que fervorosa escribió»): son los que comienzan «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has herido…», «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has cumplido…», «Dueño y amante mío…», «De tu divina clemencia…», «A fertilizar el mundo…», «Cuando en la noche mejor…», «Aunque el amor no creció…», «Grande es nuestra dignidad…», «¡Al blanco, al blanco, almas limpias…», «Un enamorado amante…» y «Al que en la cena legal…». Se trata de versos sencillos que, como afirma fray Miguel Gutiérrez, compuso «sin haber estudiado el arte poética». De todos ellos, transcribiré aquí la composición dedicada «A la circuncisión del Niño Jesús»:

Aunque el amor no creció,
porque siempre fue ab eterno,
¿quién nos ha amado infinito
sin poder ser más ni menos?

Hoy se ven mayores muestras
dando su pequeño cuerpo
porque el cuchillo ejecute
la ley que es para los reos.

No atiende a lo que parece,
que quiere más mi remedio
que su propia estimación,
que es condición de su pecho.

Jesús por nombre le ponen
porque no sea manifiesto,
que aunque pecador parece,
no es sino Redentor nuestro.

Es Jesús la melodía
y panal que da recreo,
que así le llamó Bernardo,
el regalado del cielo.

Jesús enamorado,
Jesús divino,
Jesús que das vida,
¡ay, Jesús mío![3]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La ficha completa del libro es: Ejercicios espirituales que en el discurso de su vida, desde que tuvo uso de razón, hizo y ejercitó con el favor divino la venerable madre sor Jerónima de la Ascensión, religiosa y abadesa que fue del convento de Santa Clara de la ciudad de Tudela, de Navarra. Escribiolos la misma de su mano y letra con viva mortificación suya, por precepto de obediencia de su Provincial el M. R. P. fray Miguel Gutiérrez, letor jubilado y calificador del Santo Oficio de la Inquisición, para consuelo y aliento de las almas pías. Y para mejor inteligencia, hizo el dicho padre la Introdución, que se pondrá al principio. Contiene lo que va en este libro dotrina muy provechosa, no solo para personas que tratan de perfección, sino también para los padres espirituales que las gobiernan y para predicadores. Va dirigido a la soberana Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, protectora de los justos, y abogada de los pecadores, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661.

[3] Cito por Antología de poetisas líricas, tomo II, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1915, pp. 23-24.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (y 3)

En definitiva, como hemos podido ver en las dos entradas anteriores, Los peligros de Madrid de Bautista (Baptista) Remiro de Navarra constituyen una guía y aviso para forasteros, una brújula para navegar por el proceloso mar de la Corte madrileña sin naufragar en los escollos de damas pidonas, para no dejarse arrastrar por los bellos cantos de tan engañosas sirenas[1]. La crítica ha destacado la habilidad del autor en el retrato de sus personajes. Así, Antonio José Rioja Murga escribe:

A nuestro modo de ver, los personajes remirianos constituyen, sin lugar a dudas, un verdadero ejercicio de maestría literaria, ya que se muestran como auténticos paradigmas de los personajes-tipo, amén de prestar un valioso servicio a la intención de un autor que se adivina costumbrista[2].

Un costumbrista madrileñoEste estudioso aboga por rescatar esta «curiosa, misógina y divertida obra del injusto ostracismo literario al que se ha visto forzada». Reconoce que, aunque no se trata de una pieza maestra de nuestra literatura aurisecular, no por ello carece de interés y méritos literarios, y la califica de «pintoresco retablo costumbrista»[3]. Del mismo modo, José Esteban ha destacado la «excelente intuición costumbrista» del autor, que sería el «primer costumbrista madrileño». En efecto, Remiro de Navarra se adelanta a otros autores como Juan de Zabaleta (El día de fiesta por la mañana, 1654, y El día de fiesta por la tarde, 1660) o Francisco Santos (Día y noche de Madrid, 1663). Terminaré esta sucinta evocación citando de nuevo a Arredondo, quien afirma que estamos ante un libro atípico, que no es propiamente una novela cortesana, ni tampoco una grave reflexión moral sobre los vicios y pecados:

Lo más curioso de Los peligros de Madrid es, precisamente, esa mezcla de temas apicarados, estructuras narrativas y digresiones varias de un autor omnipresente, que envuelve todo en agudezas conceptistas para insertarlo en ambientes, calles, costumbres, fiestas y tipos madrileños[4].

Y más adelante, tras señalar que la obra interesa por ser pieza representativa de la prosa conceptista, añade que, desde el punto de vista del género narrativo, constituye

un curioso libro de avisos, ya que su contenido no es estrictamente noticioso, ni exclusivamente moralizador. Ese tono de Los Peligros…, ambiguo, fluctuante entre el relato apicarado y las obras de consejo y reflexión, marca un punto de inflexión entre las narraciones apicaradas de Salas Barbadillo, las digresiones de ideología conservadora de Castillo Solórzano, la vena satírica de Vélez de Guevara en El Diablo Cojuelo, y las moralizaciones dogmáticas, ejemplarizantes y “costumbristas” de Zabaleta y Santos[5].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, p. 141. Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», p. 144.

[4] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia /Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 14.

[5] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, p. 24.

Diego Felipe Juárez  y su «Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía» (1638)

El presbítero Diego Felipe Juárez[1], beneficiado de la villa de Falces, publicó Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía. Conságrase a la Natividad de la Virgen Santísima, Madre de Dios y Señora nuestra (en Pamplona, por Martín de Labayen, impresor del reino, 1638).

Falces (Navarra)

Al decir de Manuel Iribarren[2], es obra «estimable y desigual», escrita «con épico acento», en la que se celebran las proezas de los soldados españoles en el sitio de Fuenterrabía. En su aprobación, fechada en Pamplona a 8 de octubre de 1638, el Padre Sebastián de Matienzo, escribe:

Del estilo siento que es amenísimo, con gravedad de palabras, realce de frases, claridad de voces, corriente de metros, erudición de humanas y divinas letras, a tiempo no afectada; y en fin, silva tal que cumple con las leyes de cabal poesía deleitando y moviendo[3].

La obra se compone de dos silvas, cada una de las cuales va precedida por un soneto dedicado a la Virgen María. En el primero de ellos, «El autor a la Virgen Santísima Nuestra Señora», manifiesta su deseo de contar con la inspiración de la soberana del cielo para poder cantar adecuadamente la victoria sobre los franceses:

Si el labio purifica balbuciente
de aquel profeta, serafín gallardo,
que del fuego de amor, divino dardo,
encendió en el altar la brasa ardiente,

en muda admiración, sellada Fuente,
mi labio, en tanta empresa, teme tardo
el poderla cantar, pues me acobardo
a tanto asombro como el alma siente.

¡Oh, si una gota de esa fuente bella
mereciese beber, dulce María,
mar de la gracia, si del mar estrella!

Que si alanza[4] tu gracia la voz mía,
bástame de tu amor una centella
para cantar el triunfo de tu día[5].

La «Silva primera» comienza con una fórmula usual en la épica desde el célebre «Arma virumque cano» que da inicio a la Eneida de Virgilio:

Canto las armas, la vitoria canto
del varón generoso
que a mi patria dará nombre famoso.
Oye, Navarra, pues cesó tu llanto,
mi acento numeroso[6];
oye mi canto llano
en idioma vulgar, si castellano,
que las voces confusas
ensordecen las Musas.

Más para tanta empresa, Virgen santa,
un rayo de su luz me dé tu planta,
pues la besa la luna
y los rayos del sol te labran cuna
tachonada de estrellas
más puras y más bellas
que las vio el firmamento.
Tu luz invoca mi grosero acento.

A la sazón que de los tiernos brazos
de Géminis el sol huyó los lazos
y las escamas dora
del Cancro, que atesora
el oro de sus rayos,
sintiendo junio de calor desmayos,
el francés prevenido
de estruendo militar, embravecido
con treinta mil infantes,
tres mil caballos fieros y arrogantes
escureciendo su razón la ira,
por Navarra suspira;
su sinrazón le ciega,
pues, ciego, al corazón la paz le niega[7].


[1] El apellido que figura al frente de su obra, Xuarez, se transcribe en ocasiones como Suárez. Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 192.

[3] Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, preliminares, «Aprobación del padre Sebastián de Matienzo, de la Compañía de Jesús», s. f.

[4] Podría pensarse que alanza es errata por alcanza (en cuyo caso el sujeto sería mi voz: ʽsi mi voz alcanza tu graciaʼ); pero alanza también hace sentido tomando tu gracia como sujeto: ʽsi tu gracia alanza (impulsa, da fuerzas a) mi vozʼ.

[5] Diego Felipe Juárez, Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, preliminares, s. f.

[6] numeroso: armonioso.

[7] Diego Felipe Juárez, Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, fol. 1r-v. El otro soneto, que precede a la segunda silva, estará dedicado «A la Natividad de la Madre de Dios». Para otras obras que cantan la victoria de Fuenterrabía, ver los estudios preliminares de Jesús M. Usunáriz a sus ediciones de José de Moret, Sitio de Fuenterrabía, Pamplona, Ediciones y Libros, 2002; y de Juan de Palafox y Mendoza, Sitio y socorro de Fuenterrabía, Pamplona, Asociación de Amigos del Monasterio de Fitero, 2003.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (2)

José Esteban, al frente de su edición de la obra de Remiro de Navarra, escribe estas palabras relativas al género narrativo y al tema del libro:

Los peligros de Madrid no son, en realidad, una verdadera novela, sino más bien una serie de escenas costumbristas, a las que sirven de sostén aquellos lugares de la Corte definidos como peligrosos. Iniciador así de nuestro costumbrismo, Remiro de Navarra examina y cuenta una realidad que a veces escapa al novelista y al historiador. Realidad que es tanto más importante cuanto que nos ofrece un espejo fiel en que mirar nuestras inclinaciones y puede ofrecernos el ejemplo en que no debamos nunca caer. Entronca de este modo nuestro autor con los fines que después pretendería alcanzar nuestro costumbrismo de los siglos XVIII y XIX[1].

Los peligros de Madrid, de Baptista Remiro de Navarra.

Por su parte, María Soledad Arredondo antepone a su edición un completo estudio articulado en tres partes: «Un autor oscuro y un libro “raro”», «Estructura, tema y estilo» y «El Madrid de Los peligros», donde el lector interesado encontrará más detalles[2]. Arredondo destaca el hecho de que en este curioso libro costumbrista de avisos el afán doctrinalmente está prácticamente ausente:

Si algo llama la atención en el librito de Remiro de Navarra, es que ese compendio juguetón contra las tretas femeninas carece de preocupación religiosa, en contraste con los textos de su tiempo[3].

En cuanto al estilo de la obra, lo más llamativo es el empleo de los recursos de la agudeza verbal conceptista (abundantísimos juegos de palabras, chistes, dilogías, uso de la onomástica elocuente, etc.). De nuevo en palabras de Arredondo,

Remiro de Navarra es un representante típico de la prosa del siglo XVII marcada por la búsqueda del concepto y por la agudeza verbal. Como la mayor parte de los autores epigonales, no destaca por sus alardes en el acto del entendimiento, pero es infatigable a la hora de trastocar, disociar e invertir palabras. La prosa de Los peligros de Madrid se caracteriza por la transgresión del orden sintáctico, el juego de palabras y el retorcimiento expresivo, persiguiendo siempre el rasgo de ingenio y la agudeza verbal, no siempre bien logrados, lo que exige al lector actual un esfuerzo de orden y descodificación[4].

Sirva como ejemplo de esa dificultad conceptista este pasaje extractado del «Peligro II», que alude a las miradas de las damas: «Y, bien mirado, hablan por el ojo, porque —por hablar— se les salta a estas beldades polifemas, que cierran un ojo y abren otro para hacer puntería, y aun me sobra la n»[5]. En la obra alternan los periodos sintácticos largos con otras frases más breves y sentenciosas, con un estilo cercano al aforismo y al lenguaje hablado. Arredondo ha puesto de relieve la gran riqueza de campos léxicos manejados con propiedad por el autor: el galante, el religioso, el jurídico, el militar, el del juego…[6]


[1] José Esteban, «Noticia» preliminar en su edición de Los peligros de Madrid, Madrid, José Esteban Editor, 1987 (col. Clásicos El Árbol, 10), s. p.

[2] Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; y también los trabajos de Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144; María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 25.

[4] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, pp. 22-23.

[5] Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, ed. de María Soledad Arredondo, p. 82.

[6] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«¡Oh, Jesús, dulce memoria!…», poema de Ana de San Joaquín (1668-1731)

En una entrada anterior me refería a la carmelita descalza Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y transcribía su romance «Para gloria de Jesús…».

Villafranca (Navarra)

Copiaré hoy otra de sus composiciones, incluida también en la obra de su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, quien nos habla de su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, titulado «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No habiendo de hacer capítulo separado de su devoción al santísimo nombre de Jesús, que con el admirable de María grabó en el rallo del pecho para fijarlo en su corazón, a que también adoraba todos los días con otros cinco psalmos, y con ejercicio cuotidiano de bastante trabajo como ya se ha dicho, no puede haber lugar más a propósito para poner una obrita poética a este nombre admirable, que por la Sagrada Escritura que contiene se hace en una mujer casi increíble, pero el original de su letra queda en mi poder, y es como se sigue[3].

La composición tiene rima de romance, con la salvedad de que en la tirada se van alternando las coplas de versos octosílabos con otras de hexasílabos, manteniéndose en todos ellos la rima aguda é:

¡Oh, Jesús, dulce memoria!,
¿quién no se admira de que
al pronunciar este nombre
el alma absorta no esté?

Es tan regalado
este nombre, que
en este destierro
ya no hay más que ver.

No hay trabajo que no temple,
pues cuando el ánimo fiel
apenas ha pronunciado
Jesús, sin pena se ve.

Yo, sin ser teatina,
me muero por él
y su compañía[4]
me asienta muy bien.

Desde el oriente al ocaso[5]
alabanzas se le den
a este nombre, que admirable
en todo el mundo se ve.

Diga en los Cantares[6]
la Esposa también
que óleo derramado
este nombre es.

Cielos y tierra se rinden[7],
y hasta el infierno también
hace doblar las rodillas
confesando su poder.

Santo es y terrible[8],
y por eso es bien
aprenda a temerlo
quien quiere saber.

Tanto gozo el alma siente
cuando le nombra con fe,
que parece no hay más gloria
mientras no le llega a ver.

Si este nombre adoro
con amor fïel,
dichosa en la muerte
sin duda seré[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 174. El Padre Arévalo se sorprende del amplio manejo de erudición bíblica en la monja («se hace en una mujer casi increíble»), en alusión a las referencias a distintos textos bíblicos, cuyas referencias se añaden en nota al pie del poema.

[4] teatina … compañía: fácil juego de palabras; la hablante no es teatina (nombre aplicado en la época a los jesuitas), no es por tanto de la Compañía, pero disfruta en cualquier caso de la compañía de Jesús.

[5] Ps. 112.

[6] Cantic. I.

[7] Paul. ad Philipen. 2.

[8] Ps. 110.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 174-175. Mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro. Las cuatro notas con referencias a pasajes bíblicos están igualmente en el original.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (1)

Entre los escasos cultivadores de prosa de ficción que encontramos al recorrer la historia literaria de Navarra en el siglo XVII, podemos destacar a Bautista (Baptista) Remiro de Navarra, autor de Los peligros de Madrid (1646), libro que ha sido calificado por la crítica de «pintoresco retablo costumbrista»[1]. En esa obra, precursora en efecto del género costumbrista, el literato advierte a sus lectores —en especial a los incautos forasteros— acerca de aquellos lugares de la Villa y Corte donde podían correr riesgo sus vidas y haciendas. El modelo sería la obra de Antonio Liñán y Verdugo, Guía y avisos de forasteros, adonde se les enseña a huir de los peligros que hay en la vida de Corte (1620). Los peligros derivan fundamentalmente de la codicia de las mujeres, hipócritas, vanas y, sobre todo, pedigüeñas (por las páginas del libro van desfilando varias que presentan nombres tan rumbosos y significativos como estos: doña Apuleya de Córdoba, doña Prisca de Sandoval y Rojas, doña Terencia de Aragón, doña Vitruvia de Castilla, doña Ana Cordera, doña Balista Hurtado de Mendoza, doña Pirene y doña Fausta —dos ninfas ‘prostitutas’ del Manzanares—, doña Polibia de Toledo…). Ese propósito general de la obra lo explicita Remiro de Navarra en unas palabras introductorias que siguen al «Prólogo»: «Escribiré los peligros con coche de mujeres y sin él, en calle y Prado; y tomo esta parte por el todo, porque riesgos de gastar con algunas los hay en toda parte y lugar».

Los peligros de Madrid, de Remiro de Navarra

Los diez peligros de que consta el libro son: «Peligro primero. En la calle y Prado Alto», «Peligro segundo. En el Soto», «Peligro tercero. En casa», «Peligro cuarto. De noche», «Peligro quinto. En el Trapo», «Peligro sexto. De la calle Mayor», «Peligro séptimo. De la cazuela», «Peligro octavo. Del Prado Bajo», «Peligro noveno. De los baños de julio» y «Peligro décimo. De la ausencia». Como podemos deducir por los títulos, el autor lleva a cabo un retrato costumbrista de los sitios donde el desprevenido visitante a la Babilonia cortesana (así se denomina a Madrid en los textos del Siglo de Oro, por ser sinónimo de caos y confusión) podía ver peligrar especialmente su bolsa, si se mostraba solícito en atender las peticiones de regalos y favores de las damas pidonas (por ejemplo, en la calle Mayor, donde se localizaban las principales tiendas y joyerías). Como advierte María Soledad Arredondo, editora de la obra, el tema nuclear, casi único, es la sátira y aviso contra tales pedigüeñas, tema que sirve para retratar, al mismo tiempo, «los trucos femeninos, los ambientes más propicios, los personajes habituales en la Corte (el estudiante, el clérigo, el pretendiente, la dueña, el falso caballero…) y las fiestas más señaladas»[2]. En efecto, Remiro de Navarra describe con viveza el ambiente de la cazuela, que era el lugar del corral de comedias reservado para las mujeres, y otros espacios de diversión y entretenimiento para los madrileños de aquella época: los paseos del Prado alto y bajo, el Soto, las orillas del Manzanares, adonde acudían a bañarse, escenarios todos ellos propicios para los enredos amorosos de damas y galanes y los engaños de pícaros y rufianes. Otros aspectos que se satirizan son la desmedida afición a los coches (eran símbolo ostentatorio de riqueza y posición) o el abuso del tratamiento de don, doña (que en sentido estricto correspondía solamente a los caballeros, pero que usaban, por seguir la moda, hasta los personajes de más baja extracción social).

Carecemos de datos biográficos acerca del autor. Nacido probablemente en el reino de Navarra a principios del siglo XVII, Baptista Remiro de Navarra acudió a la Corte de Madrid, donde debió de pasar los años de su juventud llevando una vida desenfadada. En la dedicatoria «Al Excelentísimo señor don Juan Domingo Remírez de Mendoza y Arellano, señor de los Cameros, marqués de la Hinojosa, conde de Aguilar, mi señor» declara respecto a su obra: «Este, señor, es un juguete que escribí las tardes del verano, en Zaragoza, en tiempo tan breve, que apenas me pesa de su desperdicio». Y en el «Prólogo» insiste en el carácter de entretenimiento juvenil que tiene su libro: «Admite, lector, esta travesura de mis años juveniles, en tanto solicito ejecutar mi consideración con obras mayores». Los peligros de Madrid fueron publicados en Zaragoza, por Pedro Lanaja, impresor de la Universidad, en 1646. Ya en el siglo XX, el texto fue sacado del olvido por Agustín G. de Amezúa y Mayo, quien preparó una edición moderna (Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1956). La obra cuenta con otras dos ediciones recientes, debidas a José Esteban (Madrid, José Esteban Editor, 1987) y María Soledad Arredondo (Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996), esta última con una completa anotación[3].


[1] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144 (la cita en la p. 144).

[2] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, pp. 11-34 (la cita en la p. 15).

[3] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«Para gloria de Jesús…», romance de sor Ana de San Joaquín (1668-1731)

En la Navarra del siglo XVII, contamos con ejemplos de poesía ascético-mística con nombre femenino: esta corriente estaría representada por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión (Tudela, 1605-1660) y por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1]. Me referiré hoy brevemente a esta segunda. Hija de Juan Jiménez de Maquirriain y Antonia de la Rosa, recibió una cuidada educación y tomó el hábito el 16 de abril de 1697, en el convento de Santa Ana del Carmen de Tarazona. Su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, nos refiere su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. Manuel Iribarren nos recuerda: «Escribió poesías y algunas cartas espirituales. No carecen de mérito literario sus Coplas, en las que se pone de manifiesto humildemente, como a media voz, su gran amor a Cristo»[3]. Por su parte, José María Corella escribe:

Plasmó en cuartillas gran parte de sus accesos místicos y fervorosos trances, legándonos una colección de cartas espirituales y cierto número de coplas y poesías. Sus versos tienen un recio sabor teresiano, y sobresale en ellos una gran dulzura, un profundo sentimiento y una reposada paz interior[4].

En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, que se presenta bajo el epígrafe «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No se satisfacía su enamorado corazón con desahogar su pecho tan repetidas veces en prosa, sino que por aficionar con más tractivo usaba de la poesía, cuando no podía ocultar toda la avenida de la sagrada llama. Van estas coplillas, que aunque no son todas de este capítulo, han de apreciarse por lo chistoso y sazonado[5].

Y reproduce a continuación un gracioso romance que comienza «Para gloria de Jesús…», y después añade otro cuyo primer verso es «¡Oh, Jesús, dulce memoria…». Va aquí, con algunas breves notas explicativas, el texto del primero:

Santa Ana y San Joaquín con la Virgen María

Para gloria de Jesús
y de San Joaquín, su abuelo,
recreación con ayuno
tengo yo en Jueves lardero[6].

Y por tanto quiero dar
las buenas tardes en verso
a un monje que lleve Dios
si él es de ningún provecho.

Cuanto ha que no me regala,
ya con paciencia lo llevo,
y lo que más siento es
que no tome mis consejos.

Apuesto que, aunque ha estado
en la Misión, que no ha hecho
la fija resolución
de gastar mejor el tiempo

retirándose algún rato
y mirando con sosiego
las llagas, golpes y heridas
que en Jesús su amor hicieron.

De paso, ya lo aseguro
que lo hará, pero yo quiero
que se detenga y no ande
a coger el puesto luego.

Ya podía estar cansado
de lo mucho que maceo[7],
y pues me sufre que yo hable,
ponga allí ese sufrimiento,

perseverando algún rato
sin esperar más efecto
que hacer de Dios el querer,
gastando en esto aquel tiempo.

De San Joaquín me ha venido
esta vena de hacer versos[8],
y así no pido perdón
de aquestos atrevimientos.

Lo que pido es que se aumenten
el amor y los deseos
de serle más fiel devoto,
porque si no, reñiremos[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 84.

[4] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 153. Reproduzco tres poemas suyos («Con un continuo gemido…», «Yo soy la serranilla…» y «Del divino amor herida…») en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 193-198.

[5] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 173.

[6] Jueves lardero: con este nombre se conoce en diversas partes de España al jueves en que comienzan las fiestas del Carnaval; el adjetivo lardero deriva del latín lardarius, que significa ʽtocinero’, porque en el Carnaval se comen muchos alimentos grasos.

[7] maceo: bromeo; poner mazas a los perros y otros animales era una de las diversiones típicas del Carnaval.

[8] De San Joaquín me ha venido / esta vena de hacer versos: no apuro el significado exacto de esta referencia; la religiosa se llama Ana de San Joaquín, y en la época eran frecuentes los versos dedicados a Santa Ana y San Joaquín, los padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Quizá se refiera a esta circunstancia. Por ejemplo, en La gitanilla de Cervantes Preciosa canta un romance dedicado a Santa Ana.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 173-174. Se trata de un romance con rima é o, pero mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro a modo de coplas.

«En la festividad de los Santos Reyes», de Santa Teresa de Jesús

Copio para hoy, festividad de la Epifanía del Señor, otro villancico del ciclo navideño de Santa Teresa de Jesús. En nota al pie indica su editor moderno, el Padre Tomás Álvarez, que «Los doce primeros versos se conservan autógrafos en el carmelo de Savona (Italia)». La mención de Llorente en el v. 21 nos sitúa en un contexto pastoril. Los pastores, en efecto, se disponen a llevar al Dios humanado sus presentes («Llevémosle dones / de grande valor», vv. 13-14), sabiendo en cualquier caso que el mayor regalo que pueden ofrecerle es su amor y adoración: «Dale el corazón, / y yo esté empeñada», vv. 25-26).

Adoración, de Gentile

Pues la estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Vamos todas juntas
a ver el Mesías,
pues vemos cumplidas
ya las profecías.
Pues en nuestros días,
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Llevémosle dones
de grande valor,
pues vienen los Reyes,
con tan gran hervor.
Alégrese hoy
nuestra gran Zagala,
vaya con los Reyes
la mi manada.

No cures, Llorente,
de buscar razón,
para ver que es Dios
aqueste garzón.
Dale el corazón,
y yo esté empeñada:
vaya con los Reyes
la mi manada[1].


[1] Cito por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1376.

«Los tres reyes magos» de Rubén Darío

Copio para esta noche especial, de espera ilusionada, el poema número IV de Cantos de vida y esperanza (1905), que dedica el poeta nicaragüense Rubén Darío a «Los tres reyes magos». En él, una cuarta voz que interviene tras los tres magos, proclama que, en la Epifanía, «Triunfa el amor y a su fiesta os convida»:

Andrea-Mantegna-Adoracion-reyes-magos-oriente

—Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
Todo lo sé por la divina Estrella!

—Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo
Y en el placer hay la melancolía!

—Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
Que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
Que brilla en la diadema de la Muerte.

—Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor y a su fiesta os convida.
Cristo resurge, hace la luz del caos
Y tiene la corona de la Vida![1]


[1] Cito por Rubén Darío, Azul… Cantos de vida y esperanza, ed. de José María Martínez, Madrid, Cátedra, 1995, p. 350. Se respeta la presentación de la edición original de 1905 (mayúscula al comienzo de cada verso, signos de admiración solo en el cierre, etc.). Anota el editor moderno: «Sin datos sobre publicación anterior a Cantos ni tampoco sobre el manuscrito; Torres Rioseco (Antología… 103) propone como fecha de redacción la de 1903».

El «Soneto del amor de oscuro» de Luis Alberto de Cuenca

El título de este poema de Luis Alberto de Cuenca, que forma parte de la serie «Seis poemas de amor» de su poemario El otro sueño, remite, claro está, a los conocidos Sonetos del amor oscuro de García Lorca, si bien aquí la leve modificación nominativa cambia completamente el sentido del texto: ya no se trata ahora de un “amor oscuro” (valga decir ʽproblemático, prohibido…ʼ), sino de un “amor de oscuro”, cuyo significado exacto se explicita en los versos 10-11 («date una vuelta por la lencería / y salpica tu piel de seda oscura») y 13 («si me asaltas de negro, vida mía»).

LenceriaNegra3

Cabe recordar que cuando el poema se publicó por primera vez (El otro sueño, Sevilla, Renacimiento, 1987, pp. 14-15, libro que incluye poemas de los años 1984-1986), el poema figuraba bajo otro epígrafe: «El poeta a su atracadora, pidiéndole que vuelva sucintamente vestida de negro». Es a raíz de su inclusión en la antología Poesía 1970-1989 (Sevilla, Renacimiento, 1990, p. 156) cuando se opera el cambio de título. El tono paródico del poema de Luis Alberto de Cuenca con relación al hipotexto lorquiano lo explica así Javier Letrán:

El «Soneto del amor de oscuro» parodia desde el título el dado póstumamente a la serie de sonetos lorquianos, y subvierte desde el contenido uno de estos sonetos en particular, cuyo título barroquizante («El poeta pide a su amor que le escriba») está presente en el título princeps del poema luisalbertiano («El poeta a su atracadora, pidiéndole que vuelva sucintamente vestida de negro»). El tema de la esquivez de la persona amada se mantiene junto al del erotismo en ambos textos, pero el sentido y la actitud del poema postmoderno no son mistificadores, sino más bien todo lo contrario: el “amor oscuro” sanjuaniano, se transforma ahora paródicamente en el “amor de oscuro” lusialbertiano, salpicado de fetichismo con mínimas prendas de lencería de seda oscura[1].

Este es el texto del soneto:

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura[2].


[1] Javier Letrán, La poesía posmoderna de Luis Alberto de Cuenca, Sevilla, Renacimiento, 2005, p. 114. Para la condición paródica de este y otros poemas del autor, ver también Javier Gómez-Montero, «Praxis de la parodia en Poesía (1970-1989) de Luis Alberto de Cuenca», en Túa Blesa et al. (eds.), Actas del IX Simposio de la Sociedad Española dde Literatura general y Comparada, vol. II, La parodia. El viaje imaginario, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1994, pp. 133-151.

[2] Cito por Luis Alberto de Cuenca, Los mundos y los días. Poesía 1970-2005, 4.ª ed., Madrid, Visor Libros, 2012, p. 148.