«Los de abajo» de Mariano Azuela: el título

Los de abajo son Demetrio Macías y, con él, todos los hombres y mujeres del pueblo que hacen la Revolución: son los de abajo en el escalafón social. Luis Leal hace notar que «ya en Los fracasados el autor omnisciente se refiere a los de arriba… y los de abajo, frase que en 1915 utiliza como título de su nueva novela»[1]. Más adelante señala este crítico:

No hay que olvidar que el éxito de la novela es el resultado, en parte, del hallazgo de la imagen titular: Los de abajo. ¿Quiénes, en la novela, son los de abajo? En el capítulo tercero de la primera parte hay una escena en que los hombres de Demetrio están en lo alto del cañón y los federales abajo. Cuando éstos tratan de huir, Demetrio les grita a sus compañeros: «A los de abajo… A los de abajo». Pero no son estos «de abajo», en el sentido recto de la palabra, o los federales (carrancistas) a los que el título se refiere, sino a aquellos que se encuentran en el fondo de la escala social y económica, esto es, a los pobres, los desheredados como el Meco, Serapio el charamusquero, Antonio el que tocaba los platillos en la banda de Juchipila, la Codorniz, Camila, Pancracio, Anastasio Montañés, Venancio, la Pintada, el Manteca, el cojitranco y aun Demetrio —el protagonista de la novela—. Todos ellos luchan porque han sido objeto de alguna injusticia de parte de los de arriba, de los caciques, simbolizados en la figura de don Mónico, los hacendados y los curros, o sea la llamada gente decente. Al abrir la novela, los de abajo, con Demetrio como jefe, han decidido luchar contra las injusticias cometidas por los de arriba. La lucha es cruenta, los sufrimientos intolerables. ¿Y todo para qué? Todo para volver a quedar en el mismo lugar, abajo, al cabo de dos años de penalidades. Esta actitud de derrota, de fracaso, es uno de los elementos que mantienen vivo el interés de la novela y le dan valor permanente.

Existe otro momento en la novela que alude indirectamente al título, en su parte final (p. 208)[2]. En el mismo cañón en el que los hombres de Demetrio Macías sorprendieron a los federales al comienzo de su andadura revolucionaria son ahora sorprendidos ellos por los miembros de la facción enemiga. En aquella ocasión los de Demetrio estaban en la sierra y él podía gritar «A los de abajo». Ahora es al revés: ellos están en el fondo del cañón y los contrarios les disparan desde arriba; Demetrio ruge como una fiera: «¡A quitarles las alturas!»… pero no será posible. Todos morirán.

Los de abajo

Mónica Mansour concluye: «El juicio más importante del narrador, desarrollado a lo largo de la novela, es la crítica respecto de que los de arriba siempre se quedan arriba y los de abajo siempre están abajo, con o sin Revolución»[3]. Efectivamente, en próximas entradas insistiré en este punto, a saber, que, pese a la Revolución, los de abajo siempre van a seguir estando abajo.


[1] Luis Leal, «Los de abajo: lectura temática», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 232.

[2] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[3] Mónica Mansour, «Cúspides inaccesibles», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 273.

Lope de Vega y Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón es el blanco de numerosas sátiras en el Siglo de Oro, fácil por su condición de jorobado, que da pie a infinitas comparaciones burlescas[1]. Quevedo destaca en el ejercicio denigratorio, pero Lope no es mucho más misericordioso en la dedicatoria a Cristóbal Ferreira de Los españoles en Flandes, donde se refiere a los señalados por la naturaleza como gente de mala condición, perversa y mala; alusión a Ruiz de Alarcón ha de ser el ataque a los poetas ranas «en la figura y en el estrépito» y a los gibones envidiosos. Verdad es que Ruiz de Alarcón también le dirigió sus pullas al Fénix en Los pechos privilegiados, aludiendo a sus amoríos con Marta de Nevares:

Culpa a un viejo avellanado
tan verde que, al mismo tiempo
que está aforrado de martas,
anda haciendo madalenos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: un éxito tardío

Los de abajoUna de las primeras circunstancias que debemos notar es que Los de abajo fue un éxito tardío. La novela se publicó por primera vez en forma de folletín en 1915, en el periódico El Paso del Norte, de El Paso, Texas. Fueron veintitrés entregas aparecidas entre el 27 de octubre y el 21 de noviembre de ese año. Posteriormente fue editada varias veces en forma de libro[1], pero no llegaría a ser conocida por el público y valorada por la crítica hasta mediados los años 20. Se suelen recordar algunos datos curiosos: por ejemplo, los veinticinco dólares que cobró Azuela por la publicación de la novela en forma de folletín; o el hecho de que tan solo se vendieran cinco de los mil ejemplares tirados en la primera edición en forma de libro, la de 1916. Pero luego la situación cambió y se sucedieron las ediciones; además, en 1938 se llevó a cabo una segunda adaptación teatral de la obra (había habido otra anterior del propio autor); y en 1940 se filmó una película inspirada en Los de abajo.

El éxito le llegó a Los de abajo a raíz de una polémica literaria (en la que intervinieron críticos como José Corral Rigau, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Víctor Salado Álvarez, Federico Gamboa, Salvador Novo y José Vasconcelos) iniciada en noviembre de 1924 a propósito de un debate sobre la existencia o no de una novelística mexicana viril. Mariano Azuela ya había publicado por entonces varios libros, y habían aparecido antes de esa fecha algunas ediciones de Los de abajo. Sin embargo, Azuela y su novela apenas eran conocidos. Fue necesaria esa polémica para valorar en su justa medida al autor y a su obra. No sin razón pudo titular Englekirk su trabajo El Descubrimiento de «Los de abajo»[2]. A partir de entonces, el éxito obtenido estuvo refrendado por las sucesivas reediciones y por la entrada de Azuela en el canon de los novelistas de la Revolución.


[1] Indico aquí las ediciones más importantes de aquellos años: 1915 (octubre-noviembre), en el periódico El Paso del Norte, con el subtítulo Cuadros y escenas de la revolución actual; 1916, Imprenta El Paso del Norte, Texas, ya en forma de libro, con el subtítulo Cuadros de la revolución mexicana; 1917, periódico El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1917, Editorial El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1920, Tipografía Razaster, México; 1925 (enero-febrero), en el periódico El Universal Ilustrado; 1927, Biblioteca Popular. Ediciones del Gobierno de Veracruz, Jalapa; 1927, Editorial Biblos, Madrid; 1928, primera traducción al francés (en Le Monde, noviembre-marzo); 1929, arreglo dramático de la novela; 1929, primera traducción al inglés, Brentanos, New York; 1930, Editorial Espasa-Calpe, Madrid. Por supuesto, la obra ha conocido numerosas ediciones posteriores y traducciones a otros idiomas, pero estas son las que me interesaba destacar ahora. Todas mis citas serán por la edición de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Ver John E. Englekirk, El Descubrimiento de «Los de abajo», México, Imprenta Universitaria, 1935.

Lope de Vega y Quevedo

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, exigente y mordaz, debió de respetar a Lope, aunque se despachó sin medida contra Montalbán, tan estrechamente ligado al Fénix[1]. De su amistad dan muestra los elogios mutuos que se dirigen. En una carta de enero de 1622 Lope trata a Quevedo de «gran don Francisco de Quevedo» («Oí un romance del gran don Francisco de Quevedo un día en que trataban desta materia con ingenioso estilo, diciendo que los calvos se reían de los teñidos, y los lampiños de los barbados, con otras cosas que fundaban bien las diferencias de las opiniones»). En el Laurel de Apolo la alabanza a Quevedo parece menos formularia que en otros casos:

Al docto don Francisco de Quevedo
llama por luz de tu ribera hermosa,
Lipsio de España en prosa
y Juvenal en verso,
con quien las musas no tuvieron miedo
de cuanto ingenio ilustra el universo
ni en competencia a Píndaro y Petronio
como dan sus escritos testimonio.
Espíritu agudísimo y süave,
dulce en las burlas y en las veras grave,
príncipe de los líricos que él solo
pudiera serlo si faltara Apolo.

Quevedo, por su parte, corresponde con otra serie de ditirambos, entre los que copiamos como ejemplos el soneto laudatorio a El peregrino en su patria y la aprobación a las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (otra aprobación la hizo Valvivielso):

Las fuerzas, Peregrino celebrado,
afrentará del tiempo y del olvido
el libro que, por tuyo, ha merecido
ser del uno y del otro respetado.

Con lazos de oro y yedra acompañado,
el laurel con tu frente está corrido
de ver que tus escritos han podido
hacer cortos los premios que te ha dado.

La envidia su verdugo y su tormento
hace del nombre que cantando cobras,
y con tu gloria su martirio crece.

Mas yo disculpo tal atrevimiento,
si con lo que ella muerde de tus obras
la boca, lengua y dientes enriquece.

Aprobación

Por mandado de los señores del Supremo Consejo de Castilla he visto este libro cuyo título es Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos, escrito con donaires, sumamente entretenido sin culpar la gracia en malicia, ni mancharla con el asco de palabras viles, hazaña de que hasta agora no he visto que puedan blasonar otras tales sino éstas. El estilo es no solo decente, sino raro, en que la lengua castellana presume vitorias de la latina, bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre. Son burlas que de tal suerte saben ser doctas y provechosas, que enseñan con el entretenimiento y entretienen con la enseñanza, y tales que he podido lograr la alabanza en ellas, no ejercitar la censura…

Más confusas y problemáticas o francamente negativas son las relaciones que tiene Lope con otros significados ingenios de su tiempo, como iremos viendo en las próximas entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo», de Mariano Azuela, novela de la Revolución mexicana

De entre la producción literaria de Mariano Azuela, que engloba obras pertenecientes a los más variados géneros literarios, destaca especialmente su novela Los de abajo, que se publicó en 1915 en el folletín de un periódico texano, y como libro al año siguiente, en 1916. No obstante, el éxito le llegaría algo más tarde, en los años 20, y hoy la crítica considera que Los de abajo inicia ese ciclo de obras que conocemos bajo el marbete de la «novela de la Revolución mexicana», siendo la obra más importante del género, junto con El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán.

Los de abajo, de Mariano Azuela

La novela, que incorpora experiencias autobiográficas del autor, nos ofrece la visión que Azuela tuvo de la Revolución, contada desde la perspectiva de «los de abajo», de Demetrio Macías (el campesino convertido en jefe de una partida tras los atropellos cometidos en su persona y familia por el cacique local) y de todos los hombres y mujeres del pueblo llano que la hicieron. Demetrio Macías es un personaje altamente mitificado e identificado simbólicamente con el proceso de la Revolución, desde la esperanza de los primeros momentos hasta la desilusión final (subrayada por la muerte del caudillo y de toda su partida en la emboscada del cañón de Juchipila).

Lope de Vega, Guillén de Castro y Mira de Amescua

También de Guillén de Castro y de Antonio Mira de Amescua habla positivamente Lope de Vega[1]. Alaba en distintas cartas el ingenio de ambos, y en la silva II del Laurel de Apolo loa

el vivo ingenio, el rayo,
el espíritu ardiente
de don Guillén de Castro,
a quien de su ascendente
fue tan feliz el astro
que despreciando jaspe y alabastro
piden sus versos oro y bronce eterno.

Guillén de Castro

Y también la «inexhausta vena / de hermosos versos y conceptos llena» del doctor Mira de Amescua… de cuya comedia La rueda de la Fortuna se burla, sin embargo, en carta a Sessa de agosto de 1604, donde consigna algunas prácticas curiosas del público toledano, al que se le había prohibido silbar con escándalo, y que no pudiendo hacer ruidos con la boca, los hacía con el trasero:

… representa Morales; silba la gente; unos caballeros están presos porque eran la causa desto; pregonose en el patio que no pasase tal cosa, y así apretados los toledanos por no silbar, se peen, que para el alcalde mayor ha sido notable desacato, porque estaba este día sentado en el patio. Aplacó esto porque hizo La rueda de la Fortuna, comedia en que un rey aporrea a su mujer, y acuden muchos a llorar este paso, como si fuera posible.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La producción literaria de Mariano Azuela

La producción literaria de Mariano Azuela (1873-1952) puede agruparse en cinco apartados:

1) novelas (Francisco Monterde lo ha calificado de «novelista de voz irrefrenable»). Cuenta en este apartado con títulos como María Luisa (1907), Los fracasados (1908), Mala yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Sin amor (1912), Los de abajo (1916), Los caciques (1917), Las moscas (1918), Domitilo quiere ser diputado (1918), Las tribulaciones de una familia decente (1919), El que la debe…, La Malhora (1923), El desquite (1925), La luciérnaga (1932), El camarada Pantoja (1937), San Gabriel de Valdivias, comunidad indígena (1938), Regina Landa (1939), Avanzada (1940), Nueva burguesía (1941), La marchanta (1944), La mujer domada (1946), Sendas perdidas (1949), La maldición (1955, póstuma), Esa sangre (1956, póstuma);

2) cuentos («Impresiones de un estudiante», «De mi tierra», «Víctimas de la opulencia», «En derrota», «Avichuelos negros», «De cómo al fin lloró Juan Pablo», «El jurado», «El caso López Romero», «Paisajes de mi barrio», «Un rebelde», «José María», «La nostalgia de mi coronel», «Anuncios a línea desplegada», «Era un hombre honrado», «Petro», «Mi amigo Alberto», «¡Tal será la voluntad de Dios!»…);

3) piezas teatrales (Los de abajo, El búho en la noche, Del Llano hermanos, s. en c.);

4) biografías (Pedro Moreno, el insurgente, Precursores, El Padre don Agustín Rivera, Madero, biografía novelada);

y 5) ensayos y conferencias: Esbozo, Pinceladas, Cien años de novela mexicana, Algo sobre la novela mexicana contemporánea, Divagaciones literarias, Letras de provincia, Grandes novelistas, El novelista y su ambiente, Registro, Páginas íntimas, Miscelánea.

Mariano Azuela

Las Obras completas de Mariano Azuela aparecieron publicadas a cargo de Francisco Monterde[1] en tres volúmenes, los años 1958 (vols. I y II) y 1960 (vol. III).


[1] Este crítico ha resumido la evolución de Azuela, tanto en lo que toca a los estilos como a los diversos géneros a los que se acercó: «Partió del artículo, de la nota, del ensayo periodístico (para volver a él en sus últimos años) y, a través del cuento, entró en los confines de la novela corta y la novela: regional, costumbrista primero. En tal parcela, explorada por él en sucesivos tramos, se hallará cuando el estallido de la Revolución, que sorprende a otros novelistas nuestros mientras estaban desprevenidos, a él lo confirme en su vocación definitiva. Después vendrán —tras las presiones y reacciones, en la etapa de hermetismo— la evasión al pasado, por inconformidad con el presente, y las fugas transitorias hacia otros géneros: biografía y crítica, que incluye la autocrítica de sus obras, artículos, conferencias, teatro… Pero la constancia literaria, dentro de esas justificadas fluctuaciones, seguiría siendo la novela, porque en ella, al placer de crear caracteres, se unía la satisfacción de dar cauce libremente a sus discrepancias de la actualidad por él vivida» (Francisco Monterde, introducción a Mariano Azuela, Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, vol. I, pp. XX-XXI). Para Los de abajo es interesante la documentación reunida en Luis Leal, Mariano Azuela: el hombre, el médico, el novelista, selección y prólogo de …, México D. F., CONACULTA, 2001, vol. I, pp. 168-355.

Lope de Vega, María de Zayas y Vicente Espinel

A la escritora María de Zayas elogia con grandes extremos de inmortal ingenio en la silva VIII del Laurel de Apolo[1].

Vicente Espinel

Gran respeto y cariño profesó a Vicente Espinel, a quien trató a menudo de maestro, y de quien se confesó discípulo, con gran satisfacción del autor del Marcos de Obregón, en cuyo prólogo leemos:

Con el divino ingenio de Lope de Vega, que como se rindió a sujetar sus versos a mi corrección en su mocedad, yo en mi vejez me rendí a pasar por su censura y parecer…

Lope, en carta de julio de 1617, escribe por su parte al duque de Sessa: «merece Espinel que Vuestra Excelencia le honre, por hombre insigne en el verso latino y castellano, fuera de haber sido único en la música».


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Breve semblanza de Mariano Azuela (1873-1952)

Mariano AzuelaMariano Azuela nació en Lagos de Moreno (estado de Jalisco, México) en 1873. Hijo de un modesto comerciante rural, inició sus estudios en el Liceo de Varones del Padre Guerra, en Guadalajara. Su vocación literaria comenzó muy pronto, y en 1903 su cuento «De mi tierra» resultaba premiado en los Juegos Florales de Lagos. Obtuvo el título de licenciado en la Escuela de Medicina de Guadalajara, donde se doctoró en 1908. Al estallar la Revolución (1910) se le persigue por adversario del general Porfirio Díaz (por su espíritu liberal, Azuela sintonizó pronto con los revolucionarios); pero al triunfar Madero, se le nombra Jefe Político de Lagos. En la lucha entre las fuerzas de la Convención y los carrancistas, actúa como teniente coronel médico en las filas del general villista Julián Medina, muchos de cuyos rasgos se incorporarán al retrato del personaje de Demetrio Macías de su novela Los de abajo. Desempeña altos cargos públicos (fue Director de Instrucción Pública del estado de Guadalajara en 1914-1915), pero con la llegada al poder de Carranza se ve obligado a refugiarse en Texas. Vuelve a México en 1917 y se une de nuevo a su familia. Apartado de la política, dedica los últimos treinta años de su vida a la práctica de la medicina y a la literatura. Fue conferenciante del Colegio Nacional de México y, propuesta su candidatura para el ingreso en la Academia mexicana, la rechazó. Obtuvo en 1949 el Premio Nacional de Literatura. Falleció Mariano Azuela en 1952.

Lope de Vega, José de Valvivielso y Luis Vélez de Guevara

Buenas relaciones mantuvo Lope con muchos poetas: por ejemplo, con José de Valvivielso, sacerdote y autor de poesías religiosas y excelentes autos sacramentales, que debía de ser uno de los pocos poetas de buen carácter, ameno y bondadoso, a juzgar por los testimonios de sus contemporáneos[1]. En su cargo de censor de libros redactó cerca de cincuenta dictámenes amables y elogiosos. Según dice Montalbán en la Fama póstuma, Valvivielso fue uno de los amigos que asistían a Lope en la hora de la muerte y consolaban sus últimas congojas.

Luis Vélez de Guevara también pertenecía al círculo de amistades. Lope llega a intervenir como mediador en algunos problemas que tuvo Vélez con su mecenas, el conde de Saldaña, al cual había enviado una carta impertinente, según evidencia la que Lope escribe a Saldaña en noviembre de 1608 en la que disculpa a su amigo poeta:

Mirada, Señor Excelentísimo, como suena esta carta, digna fuera del castigo a que la sentenciara cualquiera que no fuere a sus principios, cuya fuente (que es el amor agraviado de Luis Vélez) está clarísima, si bien este arroyuelo de ringlones turbios se ha escurecido pasando por las yerbas y céspedes de la afición ofendida, que en razón de serlo osa y se atreve a igualarse a la grandeza de su dueño, más para demostración de su íntimo sentimiento que porque descompuesto intente volver a Vuestra Excelencia las palabras; que ningún cuerdo tiró flechas al cielo, de donde ellas mismas se vuelven con mayor furia. Del amor dijeron muchos que tenía respuestas como oráculo. Esta carta se ha de entender así, conde mi señor, y no juzgando sus razones por la superficie, que penetrando a las entrañas de las palabras bien se conoce que son celosas, y celos ¿cuándo no han sido hijos de Amor? […] Tiznado dirá Vuestra Excelencia que viene este amor de Luis Vélez en esta carta, y que son amores negros, como los de Etiopia, que aunque negros son hombres. Mas ¿cómo han de venir menos, siendo de un esclavo suyo, que por solo estar herrado ha errado en esto? La benignidad (como Vuestra Excelencia sabe mejor) es un gran atributo en Dios, a quien han de imitar tan grandes príncipes, que quien no sabe perdonar se iguala al mismo que le pudo ofender, pues se confiesa ofendido, y quien perdona hace el más generoso acto que cabe en naturaleza.[…] Luis Vélez ama su virtud, su entendimiento y su vida extraordinariamente. Cesen enojos, príncipe de los señores y señor de los príncipes, y déme desde aquí sus manos para besárselas en nombre de Luis Vélez, mientras él va a humillarse a esos pies que han dado más de algún paso en su remedio; que yo le buscaré y le jabonaré, y aun le echaré en colada, para que vaya tan limpio a esos ojos como lo ha de estar quien ha de asistir al sol, cuya claridad no perdona los átomos.

Luis Vélez de Guevara

En otra ocasión envía a Sessa una copla de Vélez de Guevara sobre los amores de Jerónima de Burgos con los actores Juan de San Martín y Salvador Ochoa, elogiando su ingenio y compartiendo las burlas:

Esta copla de Luis a Jerónima de Burgos y San Martín, su galán, me ha dado gusto, y así la envío a Vuestra Excelencia, como melón bueno, y ruego a Dios me le guarde cien mil años.

Jerónima, no se escapa
de caduco vuestro humor,
pues dejáis un Salvador
por un San Martín sin capa.
Mas para saber, en fin,
si sois puerca, echad un cerco,
y sabréis que a cada puerco
la viene su San Martín.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.