Breve biografía de Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Nacida en Ávila el 28 de marzo de 1515, su nombre en el siglo fue Teresa de Cepeda y Ahumada. «Es un tópico ya consagrado, y no menos necesario, hablar del influjo que la amurallada ciudad natal —símbolo de vida religiosa y caballeresca— y la austera llanura en que se asienta (tierra de santos y de cantos) pudieron ejercer sobre la conformación espiritual de la escritora», escribe Juan Luis Alborg[1]. No menos tópico —y no menos necesario— resulta recordar el origen converso de la familia por línea paterna: su abuelo Juan Sánchez de Toledo, un rico mercader, fue procesado por la Inquisición en 1485; y muchos elementos de la cultura y religiosidad interior de Santa Teresa tienen que ver con esa condición suya de judeoconversa (ella firmaría —antes de hacerlo con su nombre religioso, Teresa de Jesús— como Teresa de Ahumada, eliminando el apellido paterno, que era el negativamente connotado).

A los seis años, influida por las lecturas de las vidas de santos (recogidas en el célebre Flos Sanctorum, versión traducida al español de la Legenda Sanctorum o Legenda Aurea de Jacobo de Vorágine), quiere escapar de casa con su hermano Rodrigo para ir a tierra de infieles en busca del martirio… aunque la aventura no llega muy lejos, al ser descubiertos en su huida por un tío antes de haber atravesado las murallas de la ciudad. Con su hermano también pasaba las tardes jugando a ermitaños en el huerto de la casa. Más tarde, de joven, Teresa fue gran aficionada a la lectura de los libros de caballerías (su padre,  Alonso Sánchez de Cepeda, era muy aficionado a la lectura y en la casa abundaban los libros), e incluso habría empezado a escribir uno, a lo que parece. En 1528, tras la muere de su madre, doña Beatriz de Ahumada, la joven se aficiona en exceso a las galas y vanidades de la vida mundana; y en 1531 es internada por su padre en el colegio de monjas agustinas de Santa María de Gracia de Ávila, que abandonaría en 1533 debido a su mala salud. Pero en 1535, con diecinueve años, movida seguramente por la lectura de las Confesiones de San Agustín y por el recuerdo de una monja carmelita que había conocido, Sor María Briceño, ingresa como novicia en el convento de las carmelitas de la Encarnación de Ávila, donde profesaría como religiosa dos años más tarde.

Entre 1537 y 1542 padece una grave enfermedad, que empeora debido a sus frecuentes y rigurosas penitencias y le dejaría secuelas de por vida:

Los extremados ejercicios ascéticos a que se sometió entonces quebrantaron su salud poniéndola al borde de la muerte; con su peculiar fuerza de voluntad pudo reponerse, pero siempre le quedaron huellas de aquella enfermedad en su propensión a la fiebre, los dolores de cabeza y el insomnio. Durante largos años de intensa vida interior pasó por épocas de vacilaciones y sequedades de espíritu, pero gozó también los más delicados regalos de la experiencia mística; a esta época corresponde el episodio de la transverberación, tan vivamente descrito por la Santa en su Vida[2].

Santa Teresa de Jesús

En cualquier caso, impulsada por una visión que tuvo de las penas del infierno, pasaría a la vida de acción, acometiendo con actividad infatigable la reforma de su orden, para devolverle la severidad y pureza primitivas, y la fundación de nuevos conventos reformados. En efecto, en 1562 fundó el primer convento con arreglo a la nueva regla, el de San José de Ávila, llamado de los Carmelitas Descalzos. Sus reglas difieren de la antigua observancia en estos puntos: vida de clausura, oración en la celda, abstinencia de carne, ayuno desde la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) hasta Pascua de Resurrección, carencia absoluta de bienes, silencio total desde el rezo de completas al de prima más el acto de descalzarse, de donde procede esa denominación de «carmelitas descalzos». Como se ha escrito, su vida es un continuo ir y venir por tierras españolas. Fundaría otros diecisiete conventos, sobre todo en Castilla y Andalucía (Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Burgos… ) y reformó otros muchos más. Colaboró igualmente en la reforma de la rama masculina de la orden, encabezada por fray Juan de la Cruz.

Este largo proceso, del que Santa Teresa da testimonio en el Libro de las Fundaciones, no estuvo exento de tensiones y hostilidades, que no fueron pocas, en especial por parte de los carmelitas de la antigua observancia, molestos con las reformas introducidas. En palabras de Alborg, «Comienza entonces la época de su incesante actividad, y con ella la de sus trabajos, sufrimientos y persecuciones de todo género»[3]. En efecto, Teresa fue confinada en Toledo por orden del P. General Rubeo, para evitar que la reforma que había emprendido se extendiera. Además el Libro de la Vida fue denunciado a la Inquisición y su autora fue procesada, aunque no llegó a ser condenada. Sea como sea, Teresa logró vencer la oposición gracias a la ayuda de fray Domingo Báñez, su nuevo confesor, de fray Juan de la Cruz, y de otras personas. Así, el conde de Tendilla logró interesar en el asunto al propio rey Felipe II, quien consiguió a su vez que el papa concediese la organización de los carmelitas descalzos como provincia independiente, con lo que la reforma quedaba asegurada. Y años después de su muerte, en 1588, fray Luis de León se encargaría de sacar la edición príncipe de sus obras: Obras de la Madre Teresa de Jesús, fundadora de los monasterios de monjas y frailes carmelitas descalzos de la primera regla (Salamanca, por Guillelmo Foquel, 1588)

En 1582, regresando a Ávila tras un viaje a Burgos, Teresa enferma y debe ser atendida en el convento de Alba de Tormes (Salamanca), donde moriría el 4 de octubre, con 67 años. Pero el encuentro con la muerte no asusta a una persona que tiene una visión trascendente del humano vivir; como ella misma escribiera: «Me da consuelo oír el reloj, porque me parece que me acerco un poquito más al momento de ver a Dios, cuando veo que ha pasado otra hora de la vida» (Vida, cap. 40, 20). Sería beatificada el 23 de abril de 1614 por el Papa Pablo V y canonizada el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV. El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia, siendo la primera de las cuatro actuales (las otras tres son Santa Catalina de Siena; Santa Teresita del Niño Jesús, otra carmelita descalza; y Santa Hildegarda de Bingen)[4].


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, 2.ª ed. ampliada, 6.ª reimpr., Madrid, Gredos, 1986, p. 897.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, pp. 896-897.

[3] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, p. 897.

[4] Existen numerosas biografías de la santa, y varias más van a ir apareciendo ahora con motivo del centenario. Pueden verse, entre otras muchas, estas obras: Padre Crisógono de Jesús Sacramentado (O.C.D.), Santa Teresa de Jesús. Su vida y su doctrina, Barcelona, Labor, 1936; 2.ª ed., Barcelona, Labor, 1942; Marcelle Auclair, Vida de Santa Teresa de Jesús, Madrid, Cultura Hispánica, 1970; o Joseph Pérez, Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Madrid, Algaba, 2007. Puede consultarse también la web de la Fundación V Centenario de Santa Teresa de Jesús <www.stj500.es>. Agradezco muy sinceramente los valiosos comentarios de la hermana María José Pérez González, O.C.D., del Carmelo de Puzol (Valencia), que han contribuido a mejorar algunos detalles de la redacción de esta entrada, y aprovecho para recomendar su blog Teresa, de la rueca a la pluma, donde el lector interesado encontrará abundantes noticias y comentarios, bibliografía sobre las obras de la santa, etc.

«Como la uña de la carne»: dolor y ternura en el «Cantar de mio Cid»

En el Cantar de mio Cid, un episodio que rezuma ternura, y a la vez hondo dolor, es el de la separación de Rodrigo Díaz de Vivar de su esposa doña Jimena y sus hijas, a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cardeña cuando, tras haber sido desterrado por el rey Alfonso VI, se dispone a partir a la frontera a pelear con los moros. Sabemos que la despedida del guerrero y su esposa constituye un topos de la épica (baste recordar la despedida de Héctor y Andrómaca en La Ilíada), pero aquí ese momento está transido de una especial delicadeza poética, que humaniza notablemente al héroe castellano:

Afevos doña Ximena     con sus fijas dó va llegando;
señas dueñas las traen     e adúzenlas en los braços.
Ant’el Campeador doña Ximena     fincó los inojos amos,
llorava de los ojos,     quísol besar las manos:
«¡Merced, Campeador,     en ora buena fostes nado!
Por malos mestureros     de tierra sodes echado.
¡Merced, ya Çid,     barba tan complida!
Fem’ ante vós     yo e vuestras ffijas,
iffantes son     e de días chicas,
con aquestas mis dueñas     de quien so yo servida.
Yo lo veo     que estades vós en ida
e nós de vos     partir nos hemos en vida.
¡Dandnos consejo     por amor de santa María!»
Enclinó las manos     la barba vellida,
a las sues fijas     en braço’ las prendía,
llególas al coraçón,     ca mucho las quería.
Llora de los ojos, tan fuerte mientre sospira:
«¡Ya doña Ximena,     la mi mugier complida,
commo a la mie alma     yo tanto vos quería!
Ya lo veedes     que partir nos emos en vida,
yo iré y vós     fincaredes remanida.
¡Plega a Dios     e a santa María,
que aun con mis manos     case estas mis fijas,
o que dé ventura     y algunos días vida,
e vós, mugier ondrada,     de mí seades servida!» (vv. 262-284)[1].

El Cid se despide de su esposa y sus hijas

Y poco más adelante, cuando ya es inminente la partida, el dolor de la separación —expresa bellamente el anónimo poeta— es como el que se produce cuando la uña se desprende de la carne:

La oraçión fecha,     la missa acabada la an,
salieron de la eglesia,     ya quieren cavalgar.
El Çid a doña Ximena     ívala abraçar;
doña Ximena al Çid     la manol’ va besar,
llorando de los ojos,     que non sabe qué se far.
E él a las niñas     tornólas a catar:
«A Dios vos acomiendo     e al Padre spirital;
agora nos partimos,     ¡Dios sabe el ajuntar!»
Llorando de los ojos,     que non vidiestes atal,
assís’ parten unos d’otros     commo la uña de la carne (vv. 366-375).

Rodrigo parte rumbo a la incertidumbre de la guerra, sin tener seguridad del regreso, sin saber si volverá a encontrarse con su familia en este mundo. No es de extrañar la cordial identificación que con el personaje del Cid sintieron muchos de los poetas del 27 y otros exiliados republicanos tras la Guerra Civil: igual que Rodrigo, ellos hubieron de marcharse para ganar el pan lejos de una patria a la que amaban profundamente y a la que no sabían si alguna vez podrían regresar…

En el Cantar de mio Cid, como es normal que suceda, ocupa un lugar destacado la descripción de hechos de armas (batalla de Alcocer, conquista de Valencia…), pues Rodrigo es un señor de la guerra, y aparece lógicamente caracterizado como valiente guerrero y buen estratega; pero, como he tratado de mostrar con un ejemplo ilustrativo, también hay lugar para abordar la dimensión humana del personaje, un hombre maduro y cabal, un héroe mesurado, incluso en los momentos de mayor dolor. Y es que don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, queda retratado como un héroe perfecto: es el perfecto vasallo y hombre de armas, pero también el perfecto esposo y padre. En el proceso de mitificación del héroe castellano, el primitivo autor no deja de lado esos otros aspectos correspondientes al ámbito de su vida familiar. De esta forma, con la inclusión de algunas escenas particularmente emotivas, poesía y ternura, sensibilidad literaria y sensibilidad humana, se dan la mano en el Cantar.


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

Tres poemas de «Mal de Amor», de Óscar Hahn

El poeta chileno Óscar Hahn (nacido en Iquique el 5 de julio de 1938) forma parte de la generación literaria de los años 1960. Crítico y ensayista, en la actualidad es profesor emérito de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Iowa (College of Liberal Arts & Sciences, Spanish & Portuguese). Además de otras destacadas distinciones literarias, obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2011 y el Premio Nacional de Literatura de su país en el año 2012.

Óscar Hahn

En su haber poético cuenta con abundantes títulos: Esta rosa negra (1961), Suma poética (1965), Agua final (1967),  Arte de morir (1977, 1979, 1981, 1987 y 2000), Mal de Amor (1981, 1995 y 2007), Imágenes nucleares (1983), Flor de enamorados (1987 y 1997), Estrellas fijas en un cielo blanco (1988 y 2013), Tratado de sortilegios (1992), Versos robados (1995 y 2004), Antología virtual (1996), Antología retroactiva (1998), Poemas de amor (2001), Apariciones profanas (2002), Obras selectas (2003), Sin cuenta (2005, antología), Obra poética (2006), En un abrir y cerrar de ojos (2006), Hotel de las nostalgias (2007, antología), Poemas de la era nuclear (2008, antología 1961-2008), Pena de vida (2008), Señales de vida (2009, antología), Archivo expiatorio. Poesías completas 1961-2009 (2009), Poemas sin fronteras (2010, antología), La primera oscuridad (2011), Esta rosa negra y otros poemas (2011), Todas las cosas se deslizan (2011, antología), No hay amor como esta herida (2012, antología de sus poemas eróticos) y Poesía completa (1961-2012) (2012). Títulos a los que hay que sumar otros trabajos de tipo ensayístico: El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX (1978), Texto sobre texto (1984), Vicente Huidobro o el atentado celeste (1998), Fundadores del cuento fantástico hispanoamericano (1998), Magias de la escritura (2001) y Pequeña biblioteca nocturna (2013).

Copio aquí tres poemas de su libro Mal de Amor (el poemario fue publicado originalmente en Santiago de Chile, Ganymedes, 1981; cito por la 4.ª ed., Santiago de Chile, LOM, 1997, con ilustraciones de Mario Toral; posteriormente, en 2007, tuvo una nueva edición de lujo, también en LOM).

 Mal de Amor, de Óscar Hahn

Aerolito

La velocidad del amor rompe la barrera de lo real
y el mundo estalla en astillas de fuego
sin la menor consideración para los despiertos (p. 9)

Paisaje ocular

Si tus miradas
salen a vagar por las noches
las mariposas negras huyen despavoridas

Tales son los terrores
que tu belleza disemina en sus alas (p. 17)

Cuerpo de todas mis sombras

Árbol de todos mis soles
sol de todas mis sangres
sangre de todas mis heridas
herida de todas mis muertes (p. 35)

«Los de abajo» de Mariano Azuela: valoración final

Sabemos que Los de abajo de Mariano Azuela inicia la novela de la Revolución mexicana, de la que es ya modelo clásico. Es la obra más importante del género, junto con El águila y la serpiente (1928) de Guzmán. La novela de Azuela es breve en extensión, pero intensa y preñada de bellezas en su misma concisión. Está bien escrita, bien estructurada y narrada con agilidad y fuerza. Los personajes son arquetipos, pero Azuela sabe insuflarles aliento y fuerza humana. Algunos de ellos —la Pintada, el güero Margarito— se nos hacen odiosos, pero el novelista los pinta tal como fueron en la realidad (pasados, eso sí, por el tamiz de la literatura).

Los de abajo nos muestra el desencanto producido por la Revolución, que no fue como muchos —entre los cuales se contaba Azuela— hubiesen querido. Y esa sinceridad del escritor resulta muy de agradecer: Azuela no idealiza la Revolución y los hombres que la hicieron, sino que los retrata con sus virtudes y con sus defectos. La novela constituye una visión fragmentaria y parcial de la Revolución, pero sin duda alguna verista. La idea que subyace al texto es que todos los sacrificios resultaron inútiles, pues al final los únicos que de verdad triunfaron fueron los logreros y arribistas.

Los de abajo, de Sergio Grande

Además, Los de abajo nos ofrece un magnífico retazo de la vida mexicana, un fresco palpitante de fuerza, y se integra en esa gran corriente de novelas indigenistas y costumbristas, novelas de la tierra que captan la vida intrahistórica del país. Azuela nos muestra en su novela el latir de su tierra, ofreciéndonos en concreto un trozo de la Revolución literaturizado: como se ha escrito, nos presenta al pueblo mexicano retratado en trance revolucionario. Se trata, en suma, de una obra llena de color y de vida —también de muerte— que deja tras su lectura impresión de verdad y sinceridad[1]. Justo lo que su autor pretendía.


[1] Véase esta frase de una carta de Azuela a F. M. Kercheville de 1940: «Algunos críticos han dicho que en mis novelas solo he dado la mitad de la verdad y este es el elogio más grande que podría recibir. Pero no lo acepto porque es mentira. La verdad tiene millares de facetas, y un hombre apenas puede dar en rigor lo que tiene frente a sus ojos. No es pues la mitad, sino una pequeñísima parte de la verdad, la mía, la que he querido dar con la mayor honradez y fidelidad posible» (tomo la cita de Luis Leal, Mariano Azuela, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1967, pp. 38-39).

Un soneto de Franz Tamayo en homenaje a Góngora

Dado que don Luis no aparece con mucha frecuencia por esta Ínsula Barañaria, no estará de más recordarle hoy —antes de que se nos enfade…— a través del soneto-homenaje que le dedicó el poeta boliviano Franz Tamayo.

Franz Tamayo (La Paz, 1879-La Paz, 1956), que además de poeta fue político y diplomático, constituye una de las figuras centrales de la literatura boliviana del siglo XX. Entre sus obras poéticas se cuentan Odas (1898) —cuya aparición fue saludada efusivamente por Rubén Darío—, Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917), Nuevos proverbios (1922), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia, fascículo segundo (1924), Nuevos rubayat (1927), Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945). Su obra puede adscribirse, en líneas generales, al Modernismo: «Es la poesía rara de un indio griego», escribe Juan Quirós[1], quien nos recuerda además el que fuera su lema —hermoso lema, ciertamente— en el terreno de la creación literaria: «La obra de belleza es para siempre».

Don Luis de Góngora y Argote

Y este es el texto —creo que no muy conocido— de su «Soneto en honor de don Luis de Góngora y Argote»:

Gran Don Luis, la rosa ha florecido
en vuestras manos de oriental orífice;
a un pagano donaire de pontífice
el garbo unís de príncipe garrido.

Ya Galatea y Tisbe os han sonreído
cual dos estatuas a su amante artífice.
Ya por siempre el canoro dios munífice
guardará vuestras rosas del olvido.

Indaga el peregrino apasionado
vuestra morada de cruzado moro
en el país lejano de Eldorado;

y una ciudad señala el dios canoro
donde en Alhambras de cristal calado
alza la gloria sus Giraldas de oro[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 52, con un ligero retoque en la puntuación (el verso 2 se cierra ahí con un punto tras orífice).

La visión de la naturaleza en «Los de abajo» de Mariano Azuela

En esta novela de Mariano Azuela, las descripciones del paisaje son breves, pero capaces de captar toda la grandiosidad de la naturaleza mexicana (ya comenté en una entrada anterior que la principal función de estas descripciones era la de atenuar la impresión de rudeza causada por las escenas revolucionarias). Azuela es en esos momentos un poeta pleno de luz, de color y de lirismo[1]. Veamos algunos ejemplos de esa maestría poética:

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas, prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas, los pitahayos como dedos anquilosados de coloso, árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Y en la aridez de las peñas y de las ramas secas albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca (p. 80)[2].

Cañón de Juchipila

Una estampa bella y repetida es la de los hombres de la partida en lo alto de la sierra, recortados contra el cielo:

A lo lejos, allá donde la breña y el chaparral comenzaban a fundirse en un solo plano aterciopelado y azuloso, se perfilaron en la claridad zafarina del cielo y sobre el filo de una cima los hombres de Macías (p. 121).

Algún tiempo después Demetrio decide regresar a la sierra: «La planicie seguía oprimiendo sus pechos. Hablaban de la sierra con entusiasmo y delirio y pensaron en ella como en la deseada amante a quien se ha dejado de ver por mucho tiempo» (p. 178). Cuando por fin la alcanzan, encontraremos descripciones que nos hablan de su grandiosidad, con imágenes que insisten repetidamente en el color blanco:

Fue una verdadera mañana de nupcias. Había llovido la víspera toda la noche y el cielo amanecía entoldado de blancas nubes. Por la cima de la sierra trotaban potrillos brutos de crines alzadas y colas tensas, gallardos con la gallardía de los picachos que levantan su cabeza hasta besar las nubes (p. 207).

La sierra está de gala, sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia (p. 209).

Y es que la descripción alcanza aquí un claro valor simbólico: ese metafórico velo nupcial pronto se convertirá en sudario de muerte para Demetrio y sus hombres.


[1] Sobre el tratamiento del paisaje afirmará Manuel Pedro González: «El autor no se detiene en descripciones prolijas. Solamente alusiones que por lo general no exceden de un corto párrafo, lo indispensable para encuadrar en este marco de la naturaleza al hombre y su obra, y contrastar la indiferente majestad y la serena belleza de aquella con la insignificancia y la idiotez de este. En estas pinceladas paisajísticas es donde más alto brilla la imaginación poética de Azuela. Aquí su estilo de líneas tan concisas y severas casi siempre se vuelve plástico, pero de una plasticidad comprimida, esquelética, lograda mediante unas cuantas metáforas de gran fuerza sugeridora» (Trayectoria de la novela en México, México, Ediciones Botas, 1951, pp. 195-196).

[2] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

Pablo Neruda, «En el fondo de América sin nombre…»

Como lectura para conmemorar este 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, selecciono un fragmento del Canto general de Neruda. Corresponde al pasaje final de la parte I del poemario, «La lámpara en la tierra»:

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur  solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo  el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua  y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces  un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la  nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las  cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de  los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche  pura.

Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.

No hay nadie. Escucha. Escucha  el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las  piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los  árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

(Cito por Pablo Neruda, Canto general, edición y notas de Hernán Loyola, prólogo de Julio Ortega, Barcelona, Random House Mondadori, 2003, pp. 38-39.)

Felicidades, Chile

Carácter épico de «Los de abajo» de Mariano Azuela

Otro aspecto digno de comentario es el carácter épico de la novela de Mariano Azuela y la categoría heroica de su protagonista, Demetrio Macías. Giménez Caballero afirmaba que «Los de abajo es cosa auroral, donde la novela se confunde con el poema épico, donde es más bien poema épico devenido novela»[1]. Carlos Fuentes en su artículo «La Ilíada descalza», Marta Portal en la introducción de su edición y Seymour Menton en «Texturas épicas en Los de abajo» insisten en ese carácter cuasi-mítico de la novela. Trataré de resumir los aspectos más destacados relacionados con esta cuestión.

Marta Portal habla del valor universal de Los de abajo. Sabemos que la obra de Azuela se ha convertido en un clásico, un clásico al menos de la novela de la Revolución mexicana. Pese a referir unos hechos situados en un lugar y un tiempo bien determinados, la novela tiene el valor universal de toda epopeya nacional, y le conviene un análisis mítico. Demetrio, el héroe, pasa por un proceso o rito de iniciación, que consta de tres fases: separación, pruebas de iniciación y retorno al hogar. La separación se produce tras el incendio de su casa, que le da la «carta de rebeldía» para actuar (también Martín Fierro decide hacerse gaucho matrero, gaucho malo, una vez que descubre su hogar destruido y su familia dispersa). Demetrio cuenta con un maestro, Cervantes (igual que Aquiles y Ulises reciben las enseñanzas del centauro Quirón). Tras sus primeros triunfos, oye contar el relato de sus hazañas —magnificadas—, tal como ocurre con los grandes héroes clásicos: la fama le precede antes de llegar a los lugares por donde pasa. La Pintada constituiría en la novela el prototipo de la mujer-tentación (Circe, Dido, las sirenas para Ulises), mientras que Camila representaría la mujer-ilusión. Con ellas dos se completa el mitema de la mujer-aventura. Por último, el final atemporal convierte a Demetrio en héroe mítico: con su muerte en el cañón de Juchipila —señala Valbuena Briones— «el caudillo pasa al Olimpo de los héroes».

Revolución mexicanaMenton alude a las continuas referencias a las raíces indígenas, aztecas, del pueblo mexicano, factor que prolonga el tiempo de la novela, aunque sea de forma indirecta, pues la localización cronológica es muy precisa: la acción ocurre en los años 1913-1915. Además, el propio nombre del protagonista es significativo: Demetrio, derivado de Deméter, la diosa de la tierra, de los cultivos, de los cereales. Demetrio sería así, por tanto, el hombre de la tierra (el hombre de maíz de que habla Asturias para el caso de la civilización maya). La novela presenta un hecho de trascendencia nacional y el gran protagonista es el pueblo. Pero de todos esos hombres que se alzan en armas, destaca claramente uno, Demetrio: todos lo aceptan como jefe, todos le siguen sin vacilar, cuando es herido sus lugartenientes se echan «a los pies de la camilla como perros fieles», pendientes de su voluntad. El hecho de que no aparezcan las grandes figuras de la Revolución (Villa, Obregón, Carranza, Zapata…) tiene como fin no ensombrecer o amenguar su figura. Su triunfo coronando el cerro de La Bufa, cuando la toma de Zacatecas, simboliza el triunfo de la Revolución. La fidelidad de sus hombres es la misma que la que sienten los compañeros de Aquiles, Roldán o el Cid. La despedida de su mujer recuerda la de Héctor y Andrómaca o la del Cid y doña Jimena. Cuando regresa, su hijo se asusta al verlo, igual que el hijo de Héctor. La naturaleza, en fin, contribuye con su majestuosidad al engrandecimiento de la figura de Demetrio.

Carlos Fuentes también considera a Los de abajo como una epopeya nacional y la denomina «Ilíada descalza». Comenta su «naturaleza anfibia, épica vulnerada por la novela, novela vulnerada por la crónica». Comenta también el mito del retorno al hogar, como el Cid, como Roldán, como don Quijote. El gran mito de Homero se repite en esta novela, que es una nueva Ilíada, pero Ilíada «descalza». Y ese es un enorme mérito para Azuela, haber sabido forjar un personaje y una historia con aliento épico, pero sin idealizarlos completamente, mostrando también sus aspectos negativos, sus errores y vacilaciones, sus hechos contradictorios. Escribe:

Esta es nuestra deuda profunda con Mariano Azuela. Gracias a él se han podido escribir novelas modernas en México, porque él impidió que la historia revolucionaria, a pesar de sus enormes esfuerzos en ese sentido, se nos impusiera totalmente como celebración épica[2].


[1] Cito por Jorge Ruffinelli, «La recepción crítica de Los de abajo», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 198.

[2] Carlos Fuentes, «La Ilíada descalza», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. XXIX.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (y 6)

Nos acercamos al final de la novela de Mariano Azuela. Demetrio regresa a casa y se encuentra con su mujer. Ella le pide que no se vaya y surge la pregunta inevitable: «¿Por qué pelean ya, Demetrio?». La respuesta es conocida. Demetrio arroja una piedra al fondo del cañón y dice: «Mira esa piedra cómo ya no se para…» (p. 207)[1]. Después solo queda la emboscada y la muerte, primero de sus hombres, por último de Demetrio: «Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…» (p. 209).

José Clemente Orozco, "La trinchera"

Como indica Francisco Monterde, las obras de Azuela escritas entre 1913 y 1922, entre las que se cuenta Los de abajo, «reflejan los choques del idealista con la realidad y el consiguiente desencanto al ver que ésta le defrauda»[2]. Manuel Prendes, por su parte, escribe:

En su conjunto, el narrador y los personajes transmiten una clara ambigüedad en cuanto al código de valores de la Revolución, defendidos por la novela, huyendo del esquematismo de buenos-malos y mostrando (sin juzgarlo) el desajuste entre los principios originales de la lucha y sus motores efectivos.

En definitiva, se transmite un fatigado mensaje de desencanto: Azuela no es ni mucho menos antirrevolucionario, pero sí mantendrá siempre una posición crítica ante los caminos que adoptó el movimiento, cada vez más desviado del inicial entusiasmo maderista que se lanzó en su día a la militancia política y a seguir, como tantos de «los de abajo», las rutas de la Revolución[3].

El propio novelista dejó escrito: «Nuestro gran error no consistió en haber sido revolucionarios, sino en creer que con el cambio de instituciones y no la calidad de los hombres llegaríamos a conquistar un mejor estado social»[4]. Efectivamente, el mal no está tanto en unos sistemas determinados, sino en el corazón de cada hombre… He hablado a lo largo de varias entradas de desilusión. ¿No queda ninguna puerta abierta para la esperanza? La novela no lo dice explícitamente, pero Marta Portal cree hallarla en el hijo de Demetrio, en la joven generación que ha de construir el futuro. Cuando Demetrio habla con su mujer se fija, en efecto, en las facciones del niño: «Y su corazón dio un vuelco cuando reparó en la reproducción de las mismas líneas de acero de su rostro y en el brillo flamante de sus ojos» (p. 206)[5].

El sueño de la Revolución. La desilusión al comprobar el fracaso de sus objetivos. Cierta esperanza, quizá, para el futuro. Esos son los temas principales de la novela. Existen otros, pero menos importantes. Por ejemplo, el de la violencia, la crueldad y la muerte, subordinado al tema de la Revolución. Como hace notar la crítica, todas las escenas de la novela están teñidas por la violencia, salvo los episodios que ocurren en la ranchería de Camila: la recuperación de Demetrio tras ser herido constituye un breve remanso de la acción. Otra idea interesante que requeriría un análisis más detenido es la sugerida por Mónica Mansour de que todos los personajes corrompidos proceden de la ciudad, mientras que los nobles y sinceros son los campesinos, «pobres y derrotados, pero dignos como aztecas»[6]. Otros temas serían el tratamiento de la naturaleza, grandiosa, majestuosa (la función del paisaje es suavizar la impresión que nos dejan las escenas violentas de la Revolución), el caudillismo, el problema religioso, el amor y la mujer, etc.


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Francisco Monterde, introducción a Mariano Azuela, Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, vol. I, p. XIII.

[3] Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, p. 78. Por su parte, Arranz Lago, que ha analizado el imaginario de la violencia en la obra, señala: «ninguna fuerza es capaz de combatir el movimiento inexorable de la Revolución, sinónimo de espanto, tinieblas y muerte en la segunda y tercera parte de la novela» (David Felipe Arranz Lago, «Azuela y el desasosegante imaginario de la violencia», Castilla. Estudios de literatura, 23, 1998, p. 41).

[4] Citado por Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, p. 77.

[5] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[6] Mónica Mansour, «Cúspides inaccesibles», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 262.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (5)

Como sabemos, Pánfilo Natera (y con él Demetrio) se une a Pancho Villa, que a la postre resultaría el perdedor (recordemos que también Mariano Azuela se unió a ese bando).

Pancho Villa y Pánfilo Natera

Al final, Venancio trae las nuevas de la derrota: «¡Un desastre! Villa derrotado en Celaya por Obregón. Carranza triunfando por todas partes. ¡Nosotros arruinados!» (p. 198)[1]. El loco Valderrama le contesta con escepticismo que él ama la Revolución, no a los caudillos (ya se sabe que los locos, los niños y los borrachos dicen las verdades; quizá por eso incluye Azuela al final de su novela la figura de este “loco” que dice algunas verdades como puños):

¿Villa?… ¿Obregón?… ¿Carranza?… ¡X… Y… Z! ¿Qué se me da a mí?… ¡Amo la Revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es volcán, a la Revolución porque es Revolución!… Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cataclismo, ¿qué me importan a mí?… (p. 198).

Como ha señalado la crítica, la incorporación de Demetrio Macías a las tropas de Natera marca la cima de su fama, convertido ya en mito; luego, comienza el declive; como certeramente ha señalado Manuel Prendes,

a este momento de apoteosis del héroe sigue una progresiva fase declive, cuya clave esté probablemente en su misma incorporación «oficial» a la lucha revolucionaria. El héroe ya no lucha por una causa propia, ha cedido su identidad, asumiendo como auténtica imagen de sí mismo la mitificación que los revolucionarios han hecho de su figura, lo cual es índice de que empieza para él un proceso de degradación que, en última instancia, acaba en su aniquilamiento[2].

Cuando llegan a Juchipila exclama solemne Valderrama: «¡Juchipila, cuna de la Revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con sangre de soñadores… de los únicos buenos!…». Y un exfederal que pasa a su lado completa brutalmente la frase: «Porque no tuvieron tiempo de ser malos» (p. 202). El mensaje de desilusión no puede ser más claro: todos los que entraron en el proceso revolucionario fueron malos; si hubo algún bueno, fue porque no tuvo tiempo de llegar a hacerse malo…


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, p. 47. Y en otro lugar añade: «Demetrio Macías, con todas sus virtudes de héroe, demuestra también su falta de ideales, además de ser mujeriego, bebedor y hasta cruel» (p. 71).