«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (3)

Además de por su comportamiento general, en la obra de Eduardo Galán Felipe IV queda caricaturizado en varios pasajes concretos como un rey cómico, propio de una comedia burlesca del Siglo de Oro. Recordemos, por ejemplo, el momento en que declama unos ridículos versos con rimas esdrújulas, que la Calderona califica de «latinicultos y cultiparlantes». Otro aspecto que le degrada es la ridícula comparación con Juan Rana, un actor de la época especializado en papeles cómicos. Más tarde Luzmán parodia su muletilla preferida «Soy el rey», etc.

María Calderón, la CalderonaEnorme importancia adquiere el personaje de la Calderona, hasta el punto de ser el que, perifrásticamente, da título a la obra: ella, la Calderona, es «la amiga del Rey» (condición de la que se jacta orgullosa en su parlamento final; cfr. infra). Hay que tener en cuenta que en la lengua clásica, la palabra amiga era polisémica y, además de significar ‘compañera en una relación de amistad’, valía ‘amante, manceba, concubina’ (cfr. las menciones de la expresión «amiga del rey» en las pp. 57, 63, 90, 100, 118 y 134)[1]. Los primeros elogios de la dama están puestos en boca de don Diego y de Luzmán, que la admiran como actriz y como mujer («¡Qué prodigio de hembra, don Diego!», p. 52). Es su diálogo el que informa al espectador, en una de las primeras escenas, de que el rey se ha encaprichado de ella y desea verla en la casa de conversación de don Lope.

Frente al carácter tiránico y despótico del rey, ella intentará mostrar y hacer valer su independencia: «Y Vos [veréis] cómo una mujer decide cuándo y con quién se complace de amores» (p. 64). Con habilidad logra llevar la iniciativa de la relación, juega con el rey y retrasa una semana el entregarse físicamente a él pretextando que le ha venido a visitar el nuncio (‘la menstruación’). También se muestra valiente al anunciar que intercederá por los judíos, prevaliéndose de su estima con el monarca (que ha crecido al quedar embarazada): «Fuera de escena no finjo sentimientos jamás» (p. 106), explica a don Diego.

También se nos informa de que la Calderona es adorada por el pueblo de Madrid, que la aclama al verla en el balconcillo de la Plaza Mayor rivalizando con la reina. Ella sigue jugando sus armas: en ese episodio de la fiesta de los toros, la Calderona da un pañuelo verde (el color que significa ‘esperanza’, tanto en el Siglo de Oro como en nuestros días) al capitán Polilla, porque sabe que eso pondrá celoso al rey y que los celos acrecientan los amores. Si Felipe IV pregona continuamente: «¡Yo soy el rey!», ella podrá igualmente blasonar: «¡Soy la Calderona!» (p. 101). Al final quedará derrotada y resignada, pues el rey afirma categórico que no va a reconocer a su hijo, sino que lo inscribirá, cuando nazca, como «hijo de la tierra». Ahora su suerte está echada: el rey destierra a los cómicos y a ella la manda a un convento; y la obra concluye con un pasaje efectista[2], en el que Eduardo Galán le concede la última réplica para que pueda rebelarse y desafiar a la autoridad regia, por lo menos de palabra, con el siguiente alegato:

Ved que me estáis quitando hasta mi nombre y mi voz. Ayer los aplausos del público me ensalzaban y las gentes gritaban a coro mi nombre. Mañana trocaré vestidos de cómica por hábito de monja, mudaré de nombre, pero con la cabeza bien alta, pues sólo yo, María Calderón, la Calderona, he sido y seré siempre ¡la amiga del Rey! (p. 134).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Este final tiene algo de decimonónico, por su efectividad romántica; y también de comedia aurisecular, pues en los ultílogos se solía recordar, como se hace aquí, el título de la comedia representada.

Lope de Vega y sus cartas con el duque de Sessa

El tono familiar que se permite muchas veces Lope en estas cartas personales dirigidas al de Sessa deriva hacia lo obsceno y el chiste grotesco[1]. Así, no se recata en contar alguna aventura, ya antigua cuando escribe en octubre de 1611:

… llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Ingalaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude. Dábale unos escudillos, reliquias tristes de los que había sacado de Madrid a una vieja madre que tenía; la cual, con un melindre entre puto y grave, me dijo así: «No me pago cuando me güelgo.»

Lope de Vega, Cartas sobre Amarilis

Con algo más de contención, aunque sin ocultar la índole de sus relaciones, comenta sus amores con Amarilis, Marta de Nevares, loando la belleza de sus piernas (carta de febrero-marzo de 1617); el gusto de la reconciliación de los amantes tras el enojo («El enojo en los amantes es tempestad de verano, que llevando las escorias de las calles, dejan el lugar más fresco. Con todo eso, no por los gustos de las paces querría los pesares de los enojos, y como de muchos actos se hace un hábito, así de muchas pendencias algún odio», mayo de 1617); o las ansiedades de la pasión:

Verdad es que Amarilis me ha hecho algunas visitas, con cuyo consuelo (que al parecer de Vuestra Excelencia no le hay mayor) he pasado una sed insaciable, que es lo que más me ha atormentado, y templado la de verla, que es lo que más me podía atormentar (junio de 1617).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (2)

Felipe IV, por VelázquezEl retrato de los personajes constituye uno de los puntos más interesantes de La amiga del Rey. Eduardo Galán nos presenta negativamente a Felipe IV, mal esposo y mal rey. Es un monarca obsesionado con el sexo, autoritario solo con los inferiores, tiránico con los débiles, incapaz de emplear su energía para mejorar la caótica situación de su arruinado país. Cegado por la pasión, con María Calderón emplea un lenguaje casi obsceno, que revela que en ella no busca amor, sino tan solo la satisfacción del deseo carnal: «Y tú, prepárate, porque vas a comprobar cómo el rey sacia de amor y placeres a una mujer» (p. 64)[1]. Su comportamiento roza lo sádico, pues en los dos meses que dura la pasión con la cómica la trata sin miramientos (sus golpes le causan varios moratones, y ella misma se quejará: «Esto ni es amor ni es placer»). Con su esposa es capaz de emplear un lenguaje más cortesano, pero tiene la indelicadeza de reconocer delante de ella que desea a la cómica y que prefiere sus «caderas» y «tetas». Es, por supuesto, una persona posesiva («¡Eres mía y sólo mía!», grita a la Calderona, p. 115), celosa (cfr. los comentarios de don Diego y la cómica) e iracunda: cuando sorprende a Polilla abrazando a María, estalla su cólera y abofetea al capitán (p. 109). Para humillar a la reina, dispone que actué en Palacio su rival; la Calderona trata de oponerse pero, como otras veces, ha de someterse a los caprichos del superior: «¡Soy el rey!» (p. 92), «En Palacio mando yo» (p. 116), «¡Lo digo yo y basta!» (p. 121) son las frases favoritas de Felipe IV para hacer cumplir su voluntad, y no tiene más argumentos.

Lo peor de este comportamiento liviano del monarca es que le aparta del ejercicio del poder. En un determinado momento se comenta que lleva quince días sin recibir al embajador francés, ya que ha permanecido fuera de palacio por «Asuntos de mujeres»[2]. Cuando la reina Isabel lo reclame a su lado, responderá: «Me iré con quienquiera y en cualquier lugar me mostraré en compañía de damas, cortesanas o mancebas. (Soberbio.) ¡Que soy el Rey, vive Dios!» (p. 92). Él exige a su bella esposa obediencia y sumisión, pero no tendrá reparo en exhibir a la cómica en un balcón de la Plaza Mayor, aunque sabe que mancilla el honor de doña Isabel y que degrada su propia dignidad real. La reina le pide que, si no puede dejar a sus amantes, se ocupe al menos de los asuntos de gobierno, porque el pueblo murmura, y la única respuesta que se le ocurre consiste en amenazar con cortar las cabezas a todos. Insiste la reina tratando de hacerle ver que, si no a ella, deberá rendir cuentas ante Dios, y de nuevo el monarca no sabe salir de su eterna cantinela: «¿Es que no soy el rey?». Así las cosas, a la hermosa francesa no le queda más remedio que reconocer, resignada y dolida: «Con razón dicen las gentes que en las Españas reina un conde y desgobierna un rey» (p. 96).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Aquí se imbrican magníficamente los ámbitos de lo público y lo privado: sus amoríos con la Calderona, al tiempo que le apartan de su esposa, le impiden recibir al embajador francés Jean Pierre du Fargis.

«El grito silencioso», un relato sanferminero de Jesús Carlos Gómez Martínez

Tres elementos claves en la producción literaria de Jesús Carlos Gómez Martínez son la fantasía, el humor y el tema sanferminero. Baste recordar, en este sentido, sus libros Sanfermines forever, publicado en 1995, o La historia secreta de los kilikis de Pamplona, del año 2001. En esta ocasión quiero comentar uno de sus relatos sanfermineros, «El grito silencioso», que el autor recogió en dos recopilaciones de sus cuentos: Actos de amor ingrato, recopilación de 1993 (el relato ocupa las pp. 11-16), y también en Capricho de faraones, de 1995 (aquí figura en las pp. 55-59).

«El grito silencioso», que va encabezado por una cita de Fenelón: «El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos», fue Primer Premio Internacional «Ayuntamiento de Carreño» (Asturias, 1988). Se trata de un relato en tercera persona sobre Javier, experto corredor del encierro de Pamplona. Una gitana le ha vaticinado: «Estos sanfermines te va a matar un toro». A pesar del vaticinio, ha visto a un toro negro que le incita a correr. Presiente que algo no será igual en esa mañana. «Hoy, el miedo fracasará de nuevo» (p. 15). Al final, Javier cae ante el toro Facineroso y los gritos de la gente anuncian su muerte: «Su pensamiento último es para el grito más sentido, que nunca podrá oír» (p. 16), es decir, el de su madre, a la que ya no podrá telefonear para tranquilizarla, como hacía siempre al acabar la carrera.

Cogida en el encierro de San Fermín

La frase corta, impresionista, logra transmitir acertadamente la emoción y la tensión del encierro. El relato tiene también cierto tono de artículo periodístico.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (1)

La amiga del Rey, de Eduardo Galán FontEn esta comedia en dos actos, escrita en solitario por Eduardo Galán[1], el fondo histórico tiene mucho mayor peso; la acción se ambienta en primavera de 1628. Felipe IV está casado con Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII de Francia. España vive sumida en la miseria y la corrupción, bajo el poder del valido, el conde-duque de Olivares. Felipe IV, despreocupado de las tareas de gobierno, se dedica a ganarse el calificativo de «el rey galante», con que fue conocido, siendo una de sus últimas conquistas la actriz María Inés Calderón, apodada «la Calderona». Fruto de su relación con ella nacerá un hijo, Juan de Austria, en 1629, que sería reconocido varios años después, en 1642. La actriz fue encerrada en un convento del valle de Utande, en la Alcarria, donde llegó a ser abadesa. Todos estos datos históricos los recoge la comedia y puede afirmarse que, en conjunto, el autor consigue un alto grado de veracidad, resultando patente el esfuerzo de documentación llevado a cabo. Eso sí, en su interpretación de los hechos Eduardo Galán carga las tintas en el retrato negativo de Olivares —verdadero protagonista ausente de la obra—, lo mismo que en el del monarca, como veremos.

Como recuerda Fernández Insuela, la obra fue redactada entre noviembre de 1993 y abril de 1994 y obtuvo el Premio «García Enrique Llovet» de la Excelentísima Diputación Provincial de Málaga correspondiente a ese año 1994. El mencionado crítico habla de la «notable complejidad y riqueza temáticas» de la pieza, por la imbricación en ella de un doble plano, el de lo público y el de lo privado, en las relaciones de los personajes: entre el rey y la actriz se abre el foso de la diferencia de clases, a lo que hay que añadir el hecho de que él sea casado. Pero, además de esa relación entre Felipe IV y la Calderona, hay otras acciones dramáticas, secundarias aunque conexas entre sí, que llegan a hacer sombra a la principal por su alto interés dramático. Desde el punto de vista estructural, cabe destacar la importancia de la última escena, que Fernández Insuela califica como «de auténtica maestría compositiva» (p. 23): basada en la técnica del «teatro dentro del teatro», la mezcla de ficción y realidad es completa, y en ella se decide el destino de la protagonista, que queda derrotada en sus objetivos, pero vencedora en su lucha por la dignidad personal. Otros aspectos generales que deberíamos destacar son la soltura de los diálogos y el sabio aprovechamiento de la cultura aurisecular (no solo la literatura, también las costumbres, la «intrahistoria» del periodo en que la pieza se ambienta), perfectamente asimilada por el dramaturgo. Un buen ejemplo es la construcción del personaje de Madre Apolonia, claro homenaje a la Celestina (cfr., por ejemplo, la p. 87)[2] .


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (8): el epistolario con el duque de Sessa

Epistolario de Lope de Vega

De toda esa relación entre Lope de Vega y el duque de Sessa tenemos en el Epistolario testimonio excelente[1]. Llama la atención ese tono servil extremo en muchas ocasiones, por más que se descuente la retórica de la adulación. Rastreando las cartas se pueden acumular pasajes sin cuento en los que Lope se manifiesta esclavo sumiso del duque, sometido a su voluntad, decidido a brindarle su sangre si la necesita un caballo del noble…; ahí van algunos testimonios:

Por vida de Carlillos, Señor Excelentísimo, que me pesa de no haber ganado a Vuestra Excelencia la gracia en tantos días que es necesaria para abonar una voluntad tan lisa, como lo ha de ser la de un desigual a los rayos de un gran señor, pues no cree Vuestra Excelencia lo que le adoro, estimo y reverencio por sí mismo. ¿Qué se me da a mí de mi cuñado, de mi hijo, de mi mujer, de mí, para con la tierra que Vuestra Excelencia pisa, mas que ni haya beneficios ni difuntos? Lo que yo quisiera tener en esta ocasión fuera cien mil doblones que enviar a Vuestra Excelencia, todos en las arcas del duque, porque fueran de Segovia. Y es esto tanta verdad, que el día que Vuestra Excelencia lo pruebe en mi sangre y en un alma que tengo, la aventuraré por servirle, como si tuviera muchas, y como debo y deseo a quien ya elegí por dueño, amo y señor lo que durare la vida; su estilo de Vuestra Excelencia, su entendimiento, su prudencia, su cordura, su generosa condición, me obligan, me enseñan, me cautivan, me pagan.

… no sé que Vuestra Excelencia me haya buscado, porque de rodillas hubiera ido desde aquí a su casa, como me obliga amor natural que le tengo, y la razón de servir al mayor príncipe que tiene España en grandeza, en entendimiento y en saber hacer honra y merced. […] tengo hecha resolución de no tener otro amparo que a Vuestra Excelencia, hijo de tan gran padre y nieto de tales agüelos cuales no los vio ni tendrá el mundo. […] Vuestra Excelencia me mande avisar cuándo quiere que vaya a verle, a servirle, a reverenciarle, que por vida de Carlos que le saque la sangre por darla a un criado de Vuestra Excelencia, que no tengo más que encarecer.

Yo no deseo ni quiero más bien que asistir a servir a Vuestra Excelencia lo que tuviere de vida, porque es mi bienhechor y en quien tengo fundadas las esperanzas della, aunque Dios manda que nadie las tenga en los príncipes, pero no dijo en los que tienen tantas virtudes y excelencias, que aunque no hubieran nacido con ella, se lo llamaran por las muchas de sus virtudes. Lisonjero parezco en esta carta, y no es, señor mío, ansí […] la razón desto es el estar yo tan enamorado, que el lenguaje a los que lo están corre con este estilo, aunque sea hablando con Dios, que es el último encarecimiento.

… si fuera de importancia mi sangre, ya no tuviera un átomo en las venas. Por vida de Vuestra Excelencia, señor, que no se fatigue, sino mire cómo y en qué quiere entretenerse, que como un lebrel de Irlanda está a sus pies, leal y firme, mientras tuviere vida…

… le juro como montañés que si mi sangre fuese necesaria a un caballo de Vuestra Excelencia, no dudaría sacármela toda…

Este tono de rendimiento y este lenguaje que parece amoroso en ocasiones han hecho pensar al psiquiatra Carlos Rico Avello en una «psicopatología» peculiar y en inclinaciones homosexuales entre mecenas y poeta, muy poco verosímiles. Las inclinaciones de ambos iban por otro camino y las cartas ofrecen abundante material para reconstruir parte de las historias amorosas de los dos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (y 4)

El conde-duque de OlivaresLa posada del Arenal nos interesa sobre todo aquí como antecedente de La amiga del Rey. Hay dos aspectos concretos que luego Eduardo Galán desarrollará en su comedia en solitario, La amiga del rey: la figura de Olivares y el personaje de la Calderona[1]. Así, se alude a los comentarios que circulan en los mentideros madrileños sobre la privanza del Conde-Duque (p. 21)[2] y Petra comenta que es soberbio y que busca el poder a toda costa. Respecto a la cómica, unos hombres comentan lo «bien dotada» que está, y una mujer les encarece la cautela, «que la Calderona es ahora la amiga del rey» (p. 17). Poco después, al comienzo del acto primero, don Lope, para ganarse a sus criados, les dice que les llevará al corral del Príncipe y Luzmán pregunta: «¿A ver a la Calderona?» (p. 22).


[1] También el nombre y el carácter del personaje Luzmán, que traslada a La amiga del Rey.

[2] Manejo estas ediciones: Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994; Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (7): conoce al duque de Sessa

Para la relación de Lope con los mecenas resulta crucial el año de 1605, cuando conoce al joven duque de Sessa, don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque del título, que tenía a la sazón veinte años menos que el poeta[1]. El encuentro marca la vida de los dos, que ya no se separarán hasta la muerte del Fénix, cuyo entierro sufraga el duque.

Conocemos muy bien estas relaciones gracias a un copioso epistolario, donde Lope va recogiendo infinidad de noticias, detalles, episodios domésticos, solicitudes de ayuda, peticiones de dinero, y todo tipo de asuntos —especialmente amorosos y eróticos— suyos y de Sessa, quien lo empleó de alcahuete, portavoz de sentimientos y autor de poesías encargadas para el consumo de los placeres eróticos del potentado, entre gestiones menos escabrosas. Sessa, con afición de coleccionista, recogía comedias y versos de Lope, y guardó también muchas cartas que formaban cinco tomos, de los cuales se han perdido dos.

Lope de Vega

Nunca se ha establecido seguramente en la historia de España una servidumbre tan estrecha, que se permita un tono tan familiar, a veces jocoso y hasta obsceno, aliado a la autohumillación más extrema del poeta frente al noble, para desembocar al fin en una melancólica resignación al no conseguir entrar en la nómina de servidores fijos de Sessa, con derecho a ración y quitación (alimento, o dietas, y salario). El duque nunca perteneció a las camarillas más próximas al poder: en numerosas cartas alude Lope de Vega a los posibles apoyos que podría solicitar el duque de don Rodrigo Calderón, favorito del privado Lerma. Poco consigue y las esperanzas depositadas en el nuevo régimen del conde-duque de Olivares tampoco resultan satisfechas, aunque el duque forma parte de comitivas reales, fiestas y embajadas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (3)

Respecto al contenido histórico de esta obra de Eduardo Galán y Javier Garcimartín, hemos de recordar que la mayor parte de la acción tiene lugar en la madrileña posada que le da título, en el año de 1622, durante el reinado de Felipe IV. Los autores destacan en una nota inicial, bajo el epígrafe de «Escenografía»: «La acción transcurre en el primer tercio del siglo XVII, en una época de contradicción entre los sueños imperiales de la España heroica y guerrera, y la mísera realidad de hambre y desengaño que padece el pueblo» (p. 13)[1].

Fiesta de toros en MadridLo histórico de esta comedia hay que buscarlo en el ambiente: el mal olor de las calles de Madrid, los peligros de las mismas, el esplendor del teatro, las fiestas de toros en la Plaza Mayor, alusiones más concretas a la canonización de San Isidro… También se introducen distintos datos costumbristas que contribuyen a crear el denominado «color local»: la mención de que la villa y Corte está llena de pedigüeños y labradores (p. 20), la descripción de algunas comidas de la época (p. 20), las visitas al trapillo (p. 21), la carestía de los coches de caballos (p. 30), notas sobre el traje de camino (p. 31), el sagrado que para los malhechores constituían las iglesias (p. 32), la alta estima de los españoles en América (p. 36), los comentarios de Zósimo –que se considera un profesional de los ajustes de cuentas–, sobre el trabajo como actividad deshonrosa propia de criados y comerciantes, incompatible con la rancia nobleza de los hidalgos, etc.


[1] Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (6): las fiestas de Valencia de 1599

En 1599 Lope acompaña al marqués de Sarria a Valencia, donde estaban el rey Felipe III y la infanta Isabel Clara Eugenia, esperando a sus respectivos consortes que llegaban de Italia[1]. En las fiestas celebrativas Lope participa con gran actividad. En una de las plazas valencianas se representó su auto Las bodas del Alma con el Amor divino, con dos loas o prólogos, en el cual ingeniosamente se describe «al pie de la letra cómo su Majestad de Filipo entró en Valencia». La Barrera duda de algún historiador que atribuye a Lope el papel de gracioso en alguna de las funciones teatrales de la ocasión. Seguramente hay alguna confusión con la «actuación graciosa» que tuvo Lope en las fiestas nupciales, que coincidieron con el carnaval, y que se describen en un manuscrito conservado en la Biblioteca General de la Universidad de Valencia (Libro copioso y muy verdadero del casamiento y bodas de las majestades del rey de España don Felipe tercero con doña Margarita de Austria):

… iban delanteros dos máscaras ridículas, cual uno de ellos fue conocido ser el poeta Lope de Vega, el cual venía vestido de botarga, hábito italiano, que era todo de colorado, con calzas y ropilla seguidas, y ropa larga de levantar, de chamelote negro con una gorra de terciopelo llano en la cabeza, y este iba a caballo con una mula baya, ensillada a la jineta y petral de cascabeles, y por el vestido que traía y arzones de la silla llevaba colgando diferentes animales de carne para comer, representando el tiempo del Carnal, como fueron muchos conejos, perdices y gallinas y otras aves colgadas por el cuello y cintura […] les estuvo hablando a su majestad y alteza, que muy bien lo podían oír de lo alto de los balcones […] la cual máscara como buen poeta les dijo a los dos hermanos muy buenas cosas y palabras discretas y todo lo que decía era en verso muy bien compuesto en alabanza de su majestad y alteza de la infanta, que se lo estaban escuchando, y con otros muchos loores de la majestad de la reina doña Margarita de Austria […] les dijo maravillas, todo en verso italiano, como Botarga, que es figura italiana, y después con lindo verso español lo declaraba en romance castellano, que lo podían muy bien entender todos los que lo oían las elegancias y discreciones que les decía…

Hizo, entre otras composiciones, la relación en octavas reales Fiestas de Denia al Rey Católico Felipo III de este nombre, dedicada a la madre del marqués de Sarria, doña Catalina de Sandoval y Zúñiga, hermana del duque de Lerma.

Portada de Fiestas de Denia

En 1600 Lope de Vega abandona la casa del marqués para ir a Sevilla, desde donde hace diversos viajes y estancias en Madrid, Granada y Toledo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.