El personaje de Sancho Panza

Sancho PanzaEl personaje de Sancho Panza se construye por contraste, físico y psicológico, con el de don Quijote[1]. Sancho responde al tipo del labrador inculto (no sabe leer ni escribir), pero de ingenio despierto y con un sentido común a flor de piel. Por su simplicidad e ingenuidad entronca con el bobo o pastor rústico del teatro, pero no es un necio; al contrario, es un personaje que rebosa sabiduría popular y que sabe ser discreto, como lo demuestra con creces su gobierno de la ínsula Barataria. No ha recibido una educación escolar, pero tiene el conocimiento natural de las cosas, que expresa fundamentalmente a través de los refranes.

Si don Quijote ha sido caracterizado como un personaje cuaresmal, Sancho personifica el aspecto carnal de la humanidad. Si don Quijote es alto y avellanado, Sancho destaca por su oronda figura; el escudero disfruta con la comida y la bebida en abundancia y, en general, con todos los aspectos materiales de la existencia, en claro contraste con los altos vuelos del espíritu de su amo. Si uno campa por la región del ideal, el otro se mueve siempre muy a ras de tierra, y juntos sintetizan ese binomio de idealismo y materialismo presente en todo ser humano. El contraste con su amo se da también en el plano lingüístico, pues ambos utilizan registros muy distintos (fabla arcaizante, estilo culto y elevado vs. refranes y habla rústica y vulgar). Frente a la valentía extrema de don Quijote, Sancho rehuirá siempre que pueda las ocasiones de peligro, aunque en muchos momentos terminará compartiendo golpes y sufrimientos con su amo.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Antecedentes de la novela histórica romántica en el siglo XVIII español

El triunfo pleno de la novela histórica en España coincide con el triunfo del movimiento romántico español en la década de 1830 (concretamente para la novela histórica en torno a los años 34-35); y el inicio de su decadencia viene a producirse aproximadamente por las mismas fechas en que declina nuestro Romanticismo, después de 1844 (año de publicación de El señor de Bembibre, obra cumbre del género histórico), aunque la tendencia novelesca histórica subsistirá, más o menos degradada, durante algunas décadas más.

El Rodrigo, de Pedro MontengónPero ya en el siglo XVIII y primeros años del XIX habían aparecido algunas obras que son ya novelas y que constituyen antecedentes bastante claros del género histórico que se cultivará con profusión desde 1830[1]: Historia de Liseno y Fenisa (1701), de Francisco Párraga Martel de la Fuente, novela de tipo bizantino; Ascanio o el joven aventurero (1750), anónima; Historia verdadera del conde Fernán González, su esposa doña Sancha y los siete infantes de Lara (1750), de Juan Rodríguez de la Torre; El Antenor (1788), de Pedro Montengón; La verdadera historia de Inés de Castro (1791), de Bernardo María Calzada; El Valdemaro (1792), de Vicente Martínez Colomer; Eudoxia, hija de Belisario y El Rodrigo (1793), de Pedro Montengón; Historia del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II (1796), anónima, de la que no se conserva ejemplar; Memorias de Blanca Capello, gran duquesa de Toscana (1803), de Antonio Marqués y Espejo; El emprendedor o Aventuras de un español en el Asia (1805), de Gerónimo Martín de Bernardo; y Anastasia (1818), de Marqués y Espejo.


[1] No obstante, aunque existen estos antecedentes, y algunos más en la década de los 20, considero que la producción propiamente dicha comienza en 1830, con la publicación de Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler. Antes se podrían buscar algunos antecedentes más entre las novelas contenidas en las siguientes colecciones: Colección de varias historias (1760-1780), de Hilario Santos Alonso; otra del mismo título de Manuel Josef Martín (1771-1781); Lecturas útiles y entretenidas (1800), de Atanasio Céspedes y Monroy; Mis pasatiempos (1804), de Cándido María Trigueros; y El Decamerón español (1805), de Vicente Rodríguez de Arellano. Por otra parte, algunas de las novelas que se escriben por estas fechas combinan elementos de la novela histórica y de la denominada «novela gótica»; de hecho, Guillermo Carnero considera que los conceptos de «novela gótica» y «drama gótico» deben ser incorporados al estudio de nuestra literatura, «aunque ésta no ofrezca el rico repertorio y las manifestaciones canónicas de otras, y debamos en ocasiones limitarnos a hablar de literatura con elementos góticos». Ver su trabajo «La holandesa de Gaspar Zamora y Zavala y la literatura gótica del siglo XVIII español», en José Romera, Antonio Lorente y Ana María Freire (eds.), Homenaje al profesor José Fradejas Lebrero, Madrid, UNED, 1993, vol. II, pp. 517-539; la cita en la p. 533.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El personaje de don Quijote y sus interpretaciones simbólicas

Don QuijoteEn este sentido, interesa recordar que, para los contemporáneos de Cervantes, don Quijote era, exclusivamente, un personaje cómico, una figura ridícula, caracterizada por su comportamiento grotesco y disparatado: un loco del que todos se podían burlar para divertirse y reírse a su costa[1]. En el siglo XVIII, momento en que empiezan a aparecer estudios más profundos sobre la obra y el personaje, este se leerá en clave satírica, como personificación del daño que pueden causar las lecturas de ficción caballeresca. Y tendremos que esperar al siglo XIX, a las interpretaciones románticas, para ver convertido a don Quijote en un personaje más rico y complejo, de profundo carácter simbólico.

Cada generación irá añadiendo nuevas lecturas, nuevas interpretaciones del Quijote y de don Quijote, con una enorme pluralidad de enfoques y perspectivas. Así, don Quijote pasará a convertirse en símbolo de la lucha por la justicia y la libertad, o del conflicto entre lo ideal y lo real. Con la Generación del 98 se refuerza la lectura hispanista: las derrotas de don Quijote son el reflejo de la decadencia de la España heroica y caballeresca. Para Ortega y Gasset, unos años después, don Quijote es el espejo del hombre que tiene un proyecto vital auténtico y desarrolla la idea filosófica del heroísmo del fracaso: el personaje cervantino es un héroe que surge del fracaso, y en ese fracaso nos está brindando una enseñanza. Más recientemente, otros estudios (en especial los de Augustin Redondo[2]) han puesto de manifiesto el carácter cuaresmal del personaje, en el contexto de una interpretación en clave carnavalesca del conjunto de la novela. Etcétera.

Sea como sea, don Quijote es un personaje entrañable y rebosante de humanidad, coherente siempre con sus ideales hasta las últimas consecuencias, cuya peripecia vital no está exenta de tragedia y patetismo (recordemos las numerosas ocasiones en que resulta herido, sufre caídas, termina con los huesos molidos, pierde dientes y muelas…); un personaje que con su vivir y actuar nos lega una enseñanza que sigue plenamente vigente, pues viene a mostrarnos que la mayor hazaña del hombre es vencerse a sí mismo; un personaje, en fin, cuyas aventuras nos hacen reír muchas veces, en ocasiones sonreír y quizá también, en algunos momentos, llorar amargamente.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En Otra manera de leer el «Quijote». Historia, tradiciones culturales y literatura, Madrid, Castalia, 1997, especialmente el capítulo II.2, «El personaje de don Quijote», pp. 205-230.

Importancia de la novela histórica romántica española

Todo lo que se refiere al pasado me parece de una belleza tal
como nunca volveré a verla (Thornton Wilder)

La novela histórica romántica española no había merecido excesiva atención por parte de la crítica, al menos hasta hace relativamente pocas décadas. En general, las historias de la literatura apenas le dedicaban unas páginas en las que se solía despachar el tema con un par de tópicos generalizadores: todas sus producciones, salvo El señor de Bembibre y unos pocos títulos más, no eran sino pálidas y serviles imitaciones de Walter Scott, de escasa o nula calidad literaria.

El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco

Es innegable que la gran novela española del XIX es la realista, cultivada en el último tercio del siglo. Sin embargo, no debemos olvidar que fueron los románticos quienes continuaron la espléndida tradición novelística aurisecular, interrumpida casi por completo durante el poco novelesco siglo XVIII[1]. En efecto, resulta curioso comprobar que autores importantes como Larra o Espronceda, que no han pasado a la historia de la literatura como novelistas, escribieran cuando menos una novela histórica. Fue fundamentalmente por medio de la temática histórica como los novelistas románticos consiguieron, en primer lugar, elevar la categoría literaria del género novela en España y, por otra parte, educar a un público lector hasta entonces muy escaso. Sus obras son, sin duda alguna, inferiores en calidad a las de los escritores del Realismo, pero gracias a ellas se puede hablar ya ciertamente de una novela española en la década de 1830-1840. Pues bien, esta novela histórica romántica, que constituye ya una tendencia bien delimitada y posible de analizar, será el tema de las próximas entradas del blog[2].


[1] Hoy en día sabemos que expresiones del tipo «vacío»  o «desierto novelesco», «siglo novelesco», referidas tópicamente al XVIII español, deben ser matizadas, pues no resultan del todo exactas: además de las obras más conocidas de Torres Villarroel, el P. Isla o Montengón, se leyó novela en reediciones de los clásicos y, además, en los últimos quince años surgieron nuevos nombres (Cadalso, Mor de Fuentes, García Malo, Rodríguez de Arellano, Martínez Colomer, Valladares de Sotomayor, Céspedes y Monroy, Tóxar o Trigueros) que cultivaron el género narrativo, bien dentro de una corriente imitadora, bien con tendencias renovadoras; ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972, y La novela en el siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1987; y para un panorama completo de la producción novelesca de todo el siglo, Joaquín Álvarez Barrientos, La novela del siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Don Quijote o la locura caballeresca

Alonso Quijano enloquece leyendo libros de caballeríasUno de los rasgos que definen a don Quijote es la locura, cercana a la paranoia; pero es la suya una locura muy peculiar[1]. Don Quijote es loco solo en aquello que tiene que ver con la caballería andante; cuando su mente no está dominada por su monomanía caballeresca, piensa y razona a las mil maravillas, y hasta declama discursos que dejan admirados a sus oyentes por su discreción y buen juicio. De ahí que don Diego de Miranda, tras la aventura de los leones, lo defina como «un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo» (II, 17, p. 768), y que poco más adelante su hijo don Lorenzo hable de él como «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, 18, p. 776).

Sin embargo, al final de sus días, se invierte el proceso con que comenzaba la novela: de cuerdo había dado en loco y, tras su derrota como caballero andante, que supone la pérdida definitiva de su voluntad heroica, deja de ser loco para volver a estar cuerdo. En efecto, el regreso a casa significa también un regreso a la cordura: el personaje vuelve a recuperar el juicio, vuelve a ser de nuevo el hidalgo Alonso Quijano el bueno, para morir cristianamente, rodeado de sus familiares y amigos, en su lecho, después de haber hecho testamento, y él mismo proclama taxativamente:

—Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno (II, 74, p. 1220).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Otros autores de la comedia neoclásica

Mencionaré brevemente otros autores y obras que acompañan a Leandro Fernández de Moratín, comenzando por La petimetra (publicada en 1762), de Nicolás Fernández de Moratín[1]. Es una comedia de capa y espada, híbrido de comedia barroca y comedia a la francesa, que describe un tipo femenino, el de la presumida. El delincuente honrado (escrita en 1773), de Gaspar Melchor de Jovellanos, es obra de tesis sobre los desafíos. Puede ser considerada un melodrama o comedia lacrimosa, un tipo de teatro con abundantes elementos trágicos y sentimentales.

El delincuente honrado, de Jovellanos

Podemos recordar asimismo las comedias de Tomás de Iriarte: Hacer que hacemos (1770), El señorito mimado (1788) y La señorita malcriada (1788, estrenada en 1791). Las dos últimas son las más importantes. En la primera, el protagonista es Mariano; su madre, la viuda doña Dominga, le permite todo, de forma que se convierte en un calavera. Entabla relaciones con Mónica, una chica ligera de costumbres, y firma con ella un compromiso matrimonial. Entra en contacto con una banda de estafadores, que es detenida. Él se salva, pero pierde el verdadero amor de Flora. Se trata, como podemos apreciar, de una obra con intención didáctica, que presenta además algunos rasgos costumbristas. La señorita malcriada viene a ser el reverso de la moneda; aquí la protagonista es Pepita, una joven insolente y de vida desenfada. Su padre, don Gonzalo, un juerguista, la incita incluso a ello, sin preocuparse lo más mínimo de su educación. Pasa por diversas peripecias y al final es recluida en un convento para ver si enmienda su malcrianza. Esta obra denuncia los vicios de la mala educación, con un respeto escrupuloso de las tres unidades.

De Juan Pablo Forner podemos mencionar La escuela de la amistad o El filósofo enamorado (1795) y La cautiva española. María Rosa Gálvez es autora de Un bobo hace ciento, La familia moderna, Las esclavas amazonas, Los figurones literarios, El egoísta… En fin, Cándido María Trigueros escribió Juan de buen alma y otras obras, que son refundiciones de Lope, Molière, etc.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Don Quijote, personaje adánico

Don QuijoteDon Quijote, como personaje, es un protagonista completamente diferente a los que aparecían en las obras narrativas al uso hasta entonces, incluidas las correspondientes al género caballeresco o al picaresco[1]. En efecto, no se trata de un personaje determinado por su origen, como sí lo eran el caballero (poseedor de una genealogía heroica, heredada por su nacimiento) y el pícaro (un «caballero enrevesado», para decirlo en palabras de Pedro Salinas, que cuenta con una genealogía ruin e infamante). Don Quijote, por el contrario, es un personaje «adánico» que se hace a sí mismo, del que no conocemos su historia previa: no sabemos quiénes fueron sus antepasados, ni a qué ha dedicado los años de su existencia anterior, y surge para nosotros, lectores, entrado ya en la cincuentena, cuando (según la esperanza de vida de aquel entonces) es ya casi un anciano[2].

En el primer capítulo, de forma muy sintética, se nos ofrece un acabado retrato de este hidalgo «de segunda», con ejecutoria de linaje pero empobrecido (hidalgos de gotera llamaban también en la época a estos representantes de la baja nobleza): se nos describe su menú diario más bien frugal que abundante («Una olla de algo más vaca que carnero…», pp. 35-36), su austera y algo anticuada vestimenta y también los escasos pasatiempos que la vida de aldea le brindaba para combatir el tedio de una existencia igual y sin horizontes. Téngase en cuenta que los hidalgos no podían trabajar puesto que se consideraba que el trabajo manual deshonraba y era, por tanto, una actividad impropia de la nobleza. Así, las únicas aficiones con las que Alonso Quijano podía llenar tantas horas de monotonía[3] eran la conversación cotidiana con los amigos (el cura y el barbero) y familiares (la sobrina y el ama), la práctica de la caza (ejercicio, este sí, propio de los nobles por ser imagen de la guerra) y, especialmente en su caso, la lectura, sobre todo de libros de caballerías, que serán los que le hagan enloquecer:

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio (I, 1, p. 39).

En ese mismo capítulo primero, Alonso Quijano transmuta el mundo a través del poder mágico de la palabra. De este modo, vuelve a nombrar a su caballo (de rocín lo vuelve en Rocinante), se bautiza a sí mismo con un nombre sonoro propio de héroe caballeresco (deja de ser el hidalgo Alonso Quijano para convertirse en el caballero andante don Quijote de la Mancha) y lo mismo hace con su amada (transforma a la rústica labradora Aldonza Lorenzo en la sin par princesa Dulcinea del Toboso). En esta actividad nominativa —y en fabricarse una celada— emplea varios días, buena señal de que el tiempo le sobraba a este ocioso hidalgo. Y es que don Quijote, antes de ejercitarse con las armas, se bate en el campo del decir poético, de la creación —a partir de la palabra— de un nuevo mundo, idealizado, completamente diferente de la realidad prosaica que perciben sus ojos.

En suma, don Quijote antes que caballero andante es poeta. Don Quijote se crea a sí mismo y crea, igualmente, el mundo que añora habitar. Y nosotros sentimos el deseo íntimo, la arrolladora voluntad de ser y hacerse del personaje, un personaje completamente libre[4], como proclamará más adelante, en el capítulo I, 5: «Yo sé quién soy» (p. 73). Don Quijote de la Mancha tiene una fe absoluta en sus sueños e ideales, en su proyecto de vida; don Quijote es, como acertadamente sugiriera Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, el Caballero de la Fe.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para más detalles, Eduardo Godoy, «Cervantes (Don Quijote): en torno a aspectos novelescos fundamentales», en AA. VV., Vigencia de la lectura del «Quijote», Santiago de Chile, Cuadernos Juvenal Hernández, 1996, pp. 37-55.

[3] Este problema del aburrimiento era propio de toda una generación, como han señalado Francisco Rico y Joaquín Forradellas en su lectura del capítulo I, 1, en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Volumen complementario, pp. 16-18.

[4] Véase Luis Rosales, Cervantes y la libertad, Madrid, Valere, 1960.

La comedia neoclásica o moratiniana (y 2)

Las comedias neoclásicas son sentimentales, pero no líricas; de ahí que se prefiera la prosa al verso[1]. Sus autores pretenden moralizar, dar una lección provechosa al auditorio (es un género con marcado afán didáctico: verdad y virtud, retomando las antes palabras de Leandro Fernández de Moratín citadas en otra entrada, son conceptos claves). Están ajustadas a las normas y a la regla de las tres unidades y se persigue la verosimilitud. Se desarrollan en ambientes urbanos y sus protagonistas pertenecen a la clase burguesa[2]. Junto a esta comedia de costumbres burguesas (en la línea de Molière), encontraremos también la denominada comedia lacrimosa o sentimental, que muestra ya cierto espíritu prerromántico.

La comedia lacrimosa

Leandro Fernández de Moratín es el autor más conocido e importante y, según ya señalé, el que con sus obras caracteriza toda la comedia neoclásica. Podría extrañarnos que con solo cinco comedias pudiera concitar en su tiempo tantos admiradores (llegaron a llamarle «el Molière español») y también tantos detractores. Es algo que debemos explicar en su contexto histórico-literario. Efectivamente, el teatro español, a mediados del siglo XVIII, había llegado a un estado de extrema postración y se hacía necesaria una rápida reforma. De esta manera, resulta más fácil de entender que sus cinco piezas fuesen suficientes para colocarlo en la cima de la comedia neoclásica, pues fue el único autor representativo con cierto grado de calidad estética, el suficiente para hacerle merecedor del calificativo de «padre de la comedia moderna»[3].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Ver Loreto Busquets, «Iluminismo e ideal burgués en El sí de las niñas», Segismundo, 37-38, 1983, pp. 61-88.

[3] Para la «Modernidad de Moratín», ver Fernando Lázaro Carreter, estudio preliminar a la edición de El sí de las niñas de Jesús Pérez Magallón (Barcelona, Crítica, 1994), pp. IX-XI.

Los personajes del «Quijote»

El censo de personajes del Quijote es verdaderamente elevado[1]. Se han hecho recuentos que sitúan en torno a los setecientos el número de los mencionados (un total de 659 personajes, de los cuales 607 son hombres y 52 mujeres), pero los que intervienen en la acción, aunque sea de forma mínima, son unos doscientos[2], que conforman un personaje coral o colectivo. En efecto, con los numerosos personajes que pueblan las páginas de su novela, Cervantes recorre todos los estratos sociales, los distintos oficios, las diversas regiones de la geografía peninsular, conformando un acabado retrato de la sociedad de su tiempo.

Personajes del Quijote

Se ha afirmado, con plena razón, que en el Quijote está toda la España del XVII, desde el rey hasta el último villano, pasando por representantes de los distintos estamentos, clases sociales y oficios: miembros de la alta nobleza, hidalgos más o menos empobrecidos, labradores ricos, comerciantes, médicos, letrados, eclesiásticos, estudiantes, militares, cabreros, arrieros, mozos de mulas, venteros, actores, mozas de mesón y del partido, amas, dueñas, doncellas, damas principales, y un larguísimo etcétera. En suma, puede decirse que en el Quijote están representadas, sin excepción, todos los grupos de la pirámide social, y que leer esta obra es un modo de asomarse al inmenso mosaico de la España de aquel entonces. En cualquier caso, no por esta circunstancia de su concreta y exacta localización espacial pierde el libro valor universal, y en ello precisamente radica, en buena medida, la riqueza de la magistral obra cervantina.

Por otra parte, Cervantes tiene la habilidad de caracterizar a muchos de sus personajes con rasgos bien definitorios y representativos de su condición, aunque no por ello se queden siempre en la categoría de meros tipos: así, acumula en su retrato elementos que nos hablan de su presencia física, su temperamento y psicología, su indumentaria y sus hábitos alimenticios, su ideología, sus sentimientos y aspiraciones, sus peculiares formas de hablar… Dicho con otras palabras, el modo de caracterización de los personajes cervantinos no es excluyente, sino incluyente: cada uno de ellos no está caracterizado por un sólo rasgo que lo tipifica sino que conforma una psicología con rasgos positivos y negativos. Recordemos que Cervantes retrata sus personajes sirviéndose del perspectivismo (cada uno de ellos es descrito por el narrador y también por otros personajes) y, en este sentido, no son unívocos, sino que quedan presentados desde distintos puntos de vista.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Remito a Alberto Sánchez, «La sociedad española en el Quijote», Anthropos. Suplementos, 17, 1989, pp. 267-274; y a Antonio Domínguez Ortiz, «La España del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998, pp. LXXXVII-CIV.

La comedia neoclásica o moratiniana (1)

En el siglo XVIII los preceptistas distinguían claramente dos géneros teatrales, la tragedia y la comedia[1]. Los límites entre uno y otro estaban netamente marcados, así que la separación era obligada. Y si en otra entrada anterior he señalado que la tragedia del XVIII no gozó en general de mucho éxito, habrá que decir ahora que algo más afortunada —pero tampoco demasiado— fue la comedia neoclásica.

El sí de las niñas, de MoratínEn efecto, a la larga resultó también un intento fallido. El único autor capaz de arraigar entre el público fue Leandro Fernández de Moratín, cuyas obras se estrenaron tardíamente: su primera comedia subió a las tablas en 1790. El panorama está dominado por su figura hasta tal punto, que el conjunto de la comedia neoclásica suele a veces recibir el nombre de comedia moratiniana. Ello se debe a que él consiguió fijar una fórmula característica del Neoclasicismo[2]. ¿Cuáles son sus rasgos? En primer lugar, una crítica social moderada, dentro de unos límites no escandalosos; en segundo término, la aparición de unos caracteres idealizados (no hay estudios psicológicos completos, sino tipos que no evolucionan a lo largo de la pieza: conocemos cómo son y cómo van a reaccionar los personajes en cada momento). Esto no quiere decir que se trate de una comedia de caracteres; significa simplemente que el autor ha conseguido retratar con mucho detalle a distintos tipos, esto es, ha llegado a una universalización de los personajes.

Otra característica es la simplificación de la intriga, evitándose las complicaciones argumentales típicas del Barroco. Se eliminan los episodios subalternos para ceñirse a lo esencial. Igualmente, se sigue un desarrollo cronológico lineal, sin desvíos ni saltos atrás que puedan complicar la trama y despistar al espectador.




[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Una buena síntesis de «La poética dramática de Moratín» se encontrará en el prólogo de Jesús Pérez Magallón a su edición de El sí de las niñas, Barcelona, Crítica, 1994, pp. 5-30.