El héroe en la novela histórica romántica

En la novela histórica tradicional, lo más frecuente es que los personajes principales sean inventados, en tanto que los históricos reales, si aparecen, quedan en un segundo plano; y es lógico si pensamos en la dificultad añadida de tener que ceñirse a un carácter bien conocido por otras fuentes, no pudiendo recurrir a la imaginación sin el riesgo de falsear la novela. El protagonista masculino viene a ser, por tanto, el típico «héroe medio» de Scott aunque, como siempre, puede haber excepciones (Martínez de la Rosa o Navarro Villoslada, entre otros, colocan en un primer plano de sus novelas a personajes históricos importantes). Puede tratarse del típico héroe romántico, caracterizado por la soledad y melancolía de su persona, enfrentado a unas circunstancias adversas y a un destino fatal que le conduce irremisiblemente a la muerte o a la frustración de todas sus esperanzas (los modelos más acabados serían Sancho Saldaña, en la novela de Espronceda, y Macías, en El doncel de don Enrique el Doliente).

Sátira del suicidio romántico, de Leonardo Alenza

Se trata, por tanto, de un «héroe pasivo», según la definición de Ana L. Baquero:

Por héroe pasivo debe entenderse, en el concreto género que estudiamos, el personaje que queda configurado desde su nacimiento por las circunstancias que lo rodean. Esto es: lo que importa es la acción que pesa sobre el héroe y no la individualidad y personalidad del mismo[1].


[1] Ana L. Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, pp. 180-181. Esta característica ya fue señalada por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de Don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 174. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Teresa Panza y Sanchica

TeresaMonologoOtra clara representante del hogar —pero que merece entrada aparte— es Teresa Panza[1], la «costilla» de Sancho, ejemplo de buena madre, simple pero con gran sentido común, que sabe dar buenos consejos (por ejemplo, a su hija, al decirle que debe casarse con alguien que sea su igual). Aunque algo cambia su carácter cuando su marido llega a gobernador: mantiene correspondencia con la Duquesa, quiere llegar a condesa, se esponja al imaginarse por encima de las hidalgas del lugar, va por todas partes mostrando feliz su collar de corales y anhela pasearse en coche, máximo signo de distinción social, muy satirizado por la literatura burlesca de la época.

Según Robert Piluso[2], el matrimonio feliz en la obra cervantina es aquel que tiene buenos hijos. Y el de Sancho y Teresa Panza es un buen ejemplo de ello. Con sus catorce años, Sanchica representa la inocencia rústica. Buena y obediente, es un personaje entrañable, una inocente hija que también será objeto de burla (indirecta) cuando Sancho sea gobernador: en efecto, Sanchica vive con emoción el momento en el que se entera por una carta de que su padre ha obtenido ese cargo. Así le cuenta Teresa a su marido en su misiva de respuesta: «A Sanchica tu hija se le fueron las aguas sin sentirlo de puro contento» (II, 52, p. 1059).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Amor, matrimonio y honra en Cervantes, Nueva York, Las Américas Publishing Company, 1967.

Superficialidad de los análisis psicológicos en la novela histórica romántica

Los personajes de la novela histórica presentan, en general, muy poca profundidad psicológica; son figuras de un solo trazo y aparecen caracterizados de una vez para siempre: en cuanto se nos ofrece su primera descripción, ya sabemos cómo van a actuar y reaccionar a lo largo de toda la novela. Es clara la división del mundo novelesco en dos grupos, «los buenos», muy buenos, y «los malos», muy malos. De esta forma, los personajes se convierten muchas veces en meros tipos, estilizados hacia el bien o hacia el mal, sin que exista un término medio:

El personaje romántico —explica Navas Ruiz— suele ser de una sola pieza, sin inflexiones psicológicas, sin contradicciones: todo su comportamiento responde siempre a una esencia. El traidor actúa en traidor, el caballero en caballero, el bueno como bueno. Si se hiciera una distinción entre carácter o elementos psicológicos de un personaje considerado diacrónicamente, y tipo o elementos psicológicos considerados sincrónicamente, fijados definitivamente en un momento, cabría decir que el romanticismo ha creado tipos, no caracteres[1].

Por supuesto, hay autores que saben matizar psicológicamente a sus personajes por medio de detenidos análisis e introspecciones, sin caer necesariamente en ese maniqueísmo. Pero lo habitual es que exista un héroe y una heroína con una serie de personajes que les brindan su ayuda, y un malvado traidor o antihéroe con sus correspondientes secuaces. Los protagonistas suelen tener patronímicos eufónicos (Álvaro, Rodrigo, Alfonso, Ramiro, Lope, Carlos; Beatriz, Elvira, Isabel, Inés, Leonor, Blanca son nombres frecuentes).

El beso, de Francesco Hayez

Igualmente, su descripción física coincide con la psicológica: en principio, pues, belleza y bondad van unidas, de la misma forma que aparecen juntos el mal y la fealdad[2]. Amor, celos, odio, venganza[3], ambición y honor serán los sentimientos que muevan a unos y a otros.

La palabra fisonomía se repite casi hasta la saciedad en estas novelas; debemos recordar que están de moda las fisiologías, así como los estudios de frenología y craneoscopia (Gall, Lavater): «Rara fisonomía era la del reverendo viajero. […] El mismo Lavater no hubiera fácilmente decidido si era nuestro hombre un bendito o un desesperado», leemos en El golpe en vago (p. 892). Espronceda recomienda que consulten el tratado de Gall aquellos lectores que no crean que puede adivinarse la forma de ser de las personas en la expresión de sus caras (p. 586; ver también las pp. 635, 653 y 706). Los sintagmas «sonrisa sardónica» o «gesto diabólico» son característicos para pintar con dos palabras la expresión de los personajes negativos. La escasez de penetración psicológica puede descubrirse, por ejemplo, en estas palabras en las que se nos cuenta cómo García Almorabid llora por un instante la muerte de su hija para olvidarse de ello al momento:

La condición de aquellos hombres avezados a la vida de la caza y de la guerra era brava y dura; en ella sobrenadaban muchas influencias, heredadas de la primitiva barbarie, modificada, pero no extinguida aún, por el cristianismo y los sentimientos caballerescos. Las almas eran, por lo general, incapaces de persistir en la pena; recibido el golpe y pagado el primer tributo a la humanidad, producíase la reacción y volvían a su tensión ordinaria que era la insensibilidad. El arrebato del dolor paternal fue violento, y rápido en la misma medida; don García no tardó en encauzarlo, recluyéndolo en lo más hondo del corazón. Se alzó del suelo afligido, pero no desesperado. […] Se sentía más inexorable y sin escrúpulos: aquella inmensa desgracia acababa de cortar el postrero y flojo lazo que lo unía al bien (Don García Almorabid, pp. 192-193)[4].


[1] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 32.

[2] Ver Antonio Prieto, «Introducción» a Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre, Madrid, EMESA, 1974, p. 8.

[3] La venganza será el motor principal de muchos personajes: Aznar Garcés quiere vengar la muerte de su hermano en La campana de Huesca; en Ave, Maris Stella el catalán Serra odia al Rebezo porque mató a su hermano y tiene jurada su venganza; en Sancho Saldaña la venganza de Zoraida, cegada por los celos, propiciará el fatal desenlace; los celos de Aixa, en Doña Isabel de Solís, al saber que Albo-Hacén ama a la cautiva cristiana, mueven también la acción; Bermudo vive para vengarse de Gómez Arias en esa novela; en El templario y la villana Gregorio jura vengarse porque Teresa no le ama, etc.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el ámbito del hogar (y 2)

Otras mujeres del Quijote que pertenecen igualmente al ámbito hogareño son la esposa del ventero Juan Palomeque el zurdo y la mujer del Caballero del Verde Gabán (esta última, simplemente aludida)[1].

La venta de Juan Palomeque el Zurdo

También la innominada hija del ventero, que aunque aparece siempre en compañía de Maritornes y hace con ella algunas travesuras, no trae aparejada una caracterización negativa (como solían tenerla las hijas de los venteros en el mundo picaresco). Aquí estamos ante una muchacha bien educada que disfruta con las novelas de caballerías, sensible y compasiva, una doncella silenciosa que observa la vida y el mundo desde el margen y que inspiró un bello poema a Manuel Machado:

«La hija callaba, y de cuando en cuando se sonreía»

(Cervantes, Quijote)

«La hija callaba
y se sonreía…»
Divino silencio,
preciosa sonrisa,
¿por qué estáis presentes
en la mente mía?

La venta está sola.
Maritornes guiña
los ojos, durmiéndose.
La ventera hila.
Su mercé el ventero,
en la puerta, atisba
si alguien llega… El viento
barre la campiña.

… Al rincón del fuego,
sentada, la hija
—soñando en los libros
de caballerías—,
con sus ojos garzos,
ve morir el día
tras el horizonte…

Parda y desabrida,
La Mancha se hunde
en la noche fría.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Las digresiones en la novela histórica romántica española

Las digresiones del narrador pueden ser de lo más variado; puede tratarse de afirmaciones generales de validez universal sobre la condición del hombre, sobre la amistad, sobre el amor, introducidas a propósito de un hecho particular que protagoniza un personaje de la novela. Por ejemplo, en Ni rey ni Roque, Juan desea que el tiempo pase deprisa para que llegue el momento de volver a ver a su amada; entonces el narrador añade:

Triste condición la del hombre, que con ridícula inconsecuencia desea abreviar el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso nunca llega (p. 815).

Ni rey ni Roque, de Patricio de la Escosura

Otros ejemplos:

Que la unión de los príncipes con sus pueblos, así como la de los amantes, puede quizá soldarse, una vez rota, pero nunca queda tan firme (Doña Isabel de Solís, p. 1415).

Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que la tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás, y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias (Sancho Saldaña, p. 526).

Las digresiones pueden ser, por ejemplo, alegatos en defensa del Romanticismo (en el capítulo segundo del libro II de Ni rey ni Roque); reflexiones sobre la Reconquista (Doña Isabel de Solís, II, 15); afirmaciones de tono moral (muy frecuentes en Edissa, cuyo autor ya nos advierte en la «Dedicatoria» que su intención es apartar a la juventud española de las malas lecturas y animarla a la virtud); comentarios sobre la presencia de extranjeros en la ciudad de Barcelona (La heredera de Sangumí, p. 1250); pero las más interesantes son las actualizaciones o referencias al hoy del autor utilizando el pasado para criticar aspectos políticos o sociales del presente. Veamos como muestra estas dos citas de Sancho Saldaña cargadas de intención:

Criado desde niño al lado de Saldaña y educado en el crimen, ambicioso por naturaleza y astuto, traidor y maligno por instinto, sabía tomar cuantas formas exteriores le acomodaban y encubría bajo la lindeza de su rostro y la flexibilidad de sus facciones la más refinada perversidad. […] Su amor propio producía en él los mismos efectos que la pasión más desenfrenada, no perdonando medio alguno para lograr su intento y satisfacer su orgullo o su venganza. Su ambición le hacía mirar con odio a cuantos eran más que él, y él solo era paje de lanza; en fin, sus dotes eran dignas de cualquier proteo político de nuestros días (p. 623).

En este momento gran fuerza de soldados cayó sobre los alborotadores con aquel encarnizamiento con que los satélites que usan la librea del despotismo acometen siempre, con razón o sin ella, a sus indefensos hermanos (pp. 739-740).

A veces el narrador pide permiso para alejarse del hilo central de la historia: «Permítasenos hacer aquí una corta digresión…» (El golpe en vago, p. 1030); o bien se disculpa por haber introducido alguna, como el de La campana de Huesca, que después de extenderse en una consideración sobre los nobles y los plebeyos, señala:

Pero nos apartamos de nuestro propósito; extractando estamos una crónica novelesca, que no componiendo discursos políticos (p. 510)[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el ámbito del hogar (1)

Frente a Dulcinea, la amada ideal que mueve el actuar del caballero, tenemos las mujeres representantes del hogar[1]. Es decir, las mujeres que están en la órbita del hidalgo manchego, la otra cara del personaje: Alonso Quijano es un solterón empedernido, mas en su ambiente familiar se halla marcado por la presencia del ama y la sobrina (personajes aparentemente estáticos, pero que andan urdiendo continuamente el regreso de don Quijote a casa).

La sobrina y el ama de don Quijote

Son dos mujeres innominadas (el nombre de la sobrina, Antonia Quijana, lo sabremos al conocer el testamento de su tío) que representan la tradición del hogar. Su comportamiento es en apariencia manso, pero en realidad son mujeres que manipulan la situación. Unamuno opina que resultan personajes funestos y a la sobrina, en concreto, la califica como una «gallinita de corral», pues considera que es el prototipo de la mujer hispánica que mata en el hombre cualquier atisbo de heroísmo o de sueño.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Dos poemas a San Francisco Javier

En el día de la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real, copio un par de composiciones sobre su figura, en castellano y en euskera:

HIMNO DE SAN FRANCISCO JAVIER[1]

No le empujó soñar de aventurero
ni la ambición de avaro mercader;
buscando a Dios, de pie sobre el velero,
bogando va Francisco de Javier.

Nunca tu Cruz dejaba a otras banderas
ir más allá por tierra y por mar;
águila audaz, se alzó entre las primeras;
danos, Javier, tu afán de conquistar.

Las almas son más preciosas perlas
de las que el sol de Oriente hace brillar.
Nunca jamás, al ir a recogerlas,
Javier temió las iras de la mar.

India y Japón imperios son pequeños
para saciar su ardiente corazón,
y al desgarrar los hombres sus ensueños
roto estalló aquel volcán de amor.

San Francisco Javier

EUZKALDUNEN (JABIER)[2]

Euzkaldunen lore berdin gabea
zuri gaude —arren samiñetan
Entzun Jabier —erritaren otoia
Jainkoagan dezu al bizia.

Entzun Jabier Loyolaren bitartez
Jaungoiko onak esandako itzak
ez mundua, begira goi-zerua
au daukazu betiko zoria.

Jaunarentzat sutan dezu biotza
lur guzia beretzat nai dezu.
Piztu Jabier xure gar bizi orretan
maitasunez, gure biotz auek.

Gurutzea, gure zeru bidea
gurutzean gure Jaun Maitea.
Mundu ontan beti izango nekea
gero goian zorion betea.

Zaitugunez gure jarrai bidea
rrakutzi egizko bidea.
Goian degu azken gabe pakea
Jainkoagan zorion betea.


[1] Recogido en Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, San Sebastián, 1967, núm. 102, p. 88.

[2] Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, núm. 260, p. 146.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (y 4)

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160)[1].

Don Quijote vencido por el Caballero de la Blanca Luna

Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

En definitiva, la presencia de Dulcinea es verdaderamente notable, hasta el punto de que podemos afirmar que el Quijote es, entre otras muchas cosas, una maravillosa y romántica historia de amor.

Dulcinea del Toboso


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Estructura y tempo narrativo en la novela histórica romántica española

Son bastante frecuentes las digresiones y afirmaciones de carácter general, las historias y los versos intercalados[1], las descripciones largas y tediosas[2] y los diálogos pesados (aunque hay también buenos dialoguistas, como López Soler o Navarro Villoslada). Las historias y relatos intercalados suelen estar introducidos normalmente por los propios personajes; además de ralentizar la acción, sirven ya para explicar sucesos anteriores que ayudan a conocer mejor algún aspecto de la novela, ya simplemente para crear un ambiente de leyenda, de misterio o de medievalismo, en cuyo caso son más independientes respecto de la trama central. Todos estos elementos remansan notablemente la acción de la novela, que si no correría desbocada por la sucesión ininterrumpida de lances y aventuras.

Tempo narrativo

A la presencia de esos factores —y no a la aparición de profundos análisis introspectivos de los personajes, como sucederá después en la novela realista— se debe el hecho de que el tempo de estas novelas no sea tan rápido como se podría esperar. Por supuesto, no se puede generalizar respecto al ritmo narrativo, ya que en una producción tan extensa hay de todo, desde las novelas —unas pocas— en que las prolijas descripciones hacen pesada la lectura, con un tempo demasiado lento, hasta las que poseen un ritmo digamos «cinematográfico» (por la rapidez con que se suceden los acontecimientos), que son las más numerosas[3]. Lo difícil es conseguir, como hace Gil y Carrasco en El señor de Bembibre, un equilibrio entre la acción y la descripción del paisaje. Suele ser habitual también que la novela se cierre con un epílogo o capítulo final en que se cuenta la suerte corrida por los personajes principales[4].


[1] En Ave, Maris Stella se incluye la historia del Rebezo; en Edissa, la de Maliba; en Gómez Arias, la de Bermudo y Anselma; en Sancho Saldaña, las de la maga y Zoraida (así como algunas poesías); en Doña Urraca, las del alférez Olea y el conde Peranzules; en Ni rey ni Roque, el «Manuscrito de Inés»; en La mancha de sangre, la historia leída por Eleanora con «La última voluntad de un moribundo»; en Doña Isabel de Solís, unos romances para descanso del lector, así como la historia de la princesa encantada; romances intercalados los hay también en La conquista de Valencia por el Cid, versos en La campana de Huesca y El doncel, y canciones en Cristianos y moriscos.

[2] En general, el estilo de la novela histórica tiende a los períodos largos, con frases muy extensas, salvo en el caso de los entreguistas, que abusan de las oraciones cortas y yuxtapuestas y del punto y aparte.

[3] Hay que tener en cuenta además que en las novelas escritas para ser publicadas por entregas ese factor tiene repercusiones en la estructura, ya que el autor debe terminar el pliego en un momento culminante de la acción, para que el interés del lector se mantenga y ansíe comprar la siguiente entrega.

[4] Así, en La campana de Huesca, La conquista de Valencia por el Cid, Cristianos y moriscos, El testamento de don Juan I, Doña Blanca de Navarra, El señor de Bembibre, Sancho Saldaña y Ave, Maris Stella; en las dos últimas se declara que se añade para que los lectores no queden descontentos sin saber qué fue de los protagonistas. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (3)

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada[1]. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285).

Dulcinea del Toboso

Pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Don Quijote y las labradoras del Toboso

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

Azotes de Sancho Panza para desencantar a Dulcinea


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.