Otras mujeres del «Quijote»: Maritornes y doña Rodríguez

Quedan por examinar algunos personajes femeninos de relevancia[1]. Un caso particular es el de Maritornes, sirviente de la venta de Juan Palomeque, de la que se nos ofrece un retrato típicamente barroco que responde al canon de la turpitudo et deformitas (torpeza y deformidad). Sus rasgos físicos contradicen las ideas neoplatónicas, según las cuales la belleza externa se identifica con la interna, la del cuerpo con la del alma. Maritornes es fea por fuera, es horrible físicamente, pero tiene buen corazón (por ejemplo, se muestra compasiva con Sancho tras el manteo). Aparte, representa la carnalidad y así, cuando acude a su cita nocturna con el arriero, provoca la confusión del cuaresmal don Quijote, al pensar este que la «doncella» viene a verlo a él para solicitarlo de amores.

Maritornes

Otro caso digno de mención es el de doña Rodríguez, sirvienta de la casa ducal, que responde al tipo de la dueña, tópicamente ridiculizado en la literatura satírico burlesca aurisecular, pero aquí es también un personaje caracterizado en profundidad. En efecto, doña Rodríguez tiene un conflicto, es una víctima más de los Duques. Es la única persona que cree, en ese contexto festivo y burlón, que don Quijote es un caballero de verdad, y le pide ayuda para vengar a su hija, que ha sido deshonrada por el hijo de un prestamista del Duque.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Recursos de intriga en la novela histórica romántica española

El novelista histórico echa mano de todo tipo de lances y peripecias para provocar sorpresa y mantener despierta la atención del lector[1] y, así, encontraremos en las páginas de estas novelas desafíos y duelos, torneos, juicios de Dios, combates singulares, batallas, asaltos a castillos, amores clandestinos, enfrentamientos entre padres e hijos, raptos, cuchilladas, ejecuciones, fiestas de toros, cañas y sortijas, zambras, bailes, banquetes, descripciones de armas, vestidos y objetos lujosos, enfrentamientos raciales, persecuciones religiosas, bandidos y salteadores, votos y juramentos, superstición, hechicerías, magia, agüeros, pasiones violentas, conspiraciones, intrigas palaciegas, venganzas, embozados e incógnitos[2], etc. etc.

Torneo

Hay también cierto regusto por algunos elementos de misterio y truculencia propios de la novela gótica o de terror: fantasmas, lúgubres visiones, espectros, sombras, voces misteriosas, gritos terroríficos, tétricos calabozos, extraños murmullos, celdas solitarias, castillos aislados, oscuros pasadizos subterráneos, esqueletos, cabezas cortadas, puertas simuladas que se abren con resortes secretos, instrumentos de tortura, pócimas y bebedizos, pomos de veneno…

Calabozo

En ocasiones entran también en las novelas algunas dosis de violencia y crueldad[3]; el ejemplo más significativo podría ser la muerte en Sancho Saldaña de Zacarías que, atado a un árbol, es atacado primero por un perro azuzado por los bandidos para recibir después un hachazo del Velludo en la cabeza. Tremendista es también el cuadro del cadáver de Anselma siendo picado por las aves de rapiña en Gómez Arias[4]. O estas dos descripciones de un campo de batalla después del combate:

Cráneos rotos, miembros destrozados, armas abandonadas, moribundos retorciéndose entre las angustias de la muerte, heridos aplastados bajo el peso de una legión o bajo los pies de los caballos, cadáveres mutilados esparcidos acá y acullá, eran los despojos de aquel cuadro horrible que presentaba la campiña cubierta de restos humanos (Los caballeros de Játiva, pp. 178-179).

El sol del mediodía caldea el ambiente; el suelo, calcinado, se desmigaja en tenues partículas de polvo; la sangre, rápidamente absorbida y evaporada, comunica a la tierra el color rojizo parduzco de los yacimientos de hierro. El aspecto del campo de batalla es espantoso; las heridas atroces: cráneos abiertos, miembros separados del tronco, pechos y vientres rasgados; vísceras y entrañas esparcidas y espachurradas, escorriendo sangre como esponjas embebidas; los pies resbalan en despojos fríos y pegajosos, en nauseabundas mucosidades; los cadáveres, trágicos, contraídos y convulsionados, parece como que maldicen y amenazan (Don García Almorabid, p. 233)[5].


[1] No estará de más recordar estas palabras de Alberto Lista: «Dos son los elementos esenciales de la novela, sea cual fuere su clase, el interés y lo maravilloso. Entendemos por maravilloso no solo la intervención de los seres sobrenaturales, como los dioses de la antigua mitología, o los magos y hechiceros de la edad media, sino también las coincidencias extraordinarias, las aventuras no comunes, los lances apurados, los grandes peligros evitados por felices circunstancias, en fin, todos los incidentes que sin necesidad de recurrir a la acción del cielo son, aunque naturales, muy raros. Sin interés y sin maravilloso no hay novela» (Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, I, p. 155).

[2] Algunos de estos recursos los estudia Guillermo Zellers en «Influencia de Walter Scott en España», Revista de Filología Española, XVIII, 1931, pp. 149-162. Al final, concluye: «En resumen, aunque los recursos de técnica manejados por Walter Scott tengan un origen más remoto y fueran empleados en España con anterioridad es muy probable que el hecho de hallarlos en novelas del período romántico español se deba a directa e inmediata influencia del gran novelista inglés» (p. 160).

[3] Justificada a veces por el carácter rudo de la Edad Media; después de mencionar la decapitación de ocho prisioneros moros, el narrador de Los caballeros de Játiva apostilla: «Horrible crueldad de aquellas edades de hierro y de sangre…» (p. 291).

[4] Ver también El templario y la villana, pp. 69-70.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (y 4)

La historia de doña Clara y don Luis ejemplifica un caso de amor adolescente, que aquí lleva al muchacho a disfrazarse de mozo de mulas para ir en busca de la bella joven[1]. Otro es el caso de Leandra, cuyos enamorados lloran por su desdén y se han hecho fingidos pastores (emulando a los de la felice Arcadia).

In Arcadia, de Friedrich August von Kaulbach

Tras escapar con el soldado Vicente de la Roca, que la ha enamorado, es abandonada; y aunque no ha sido deshonrada, nadie le cree y ha de terminar sus días encerrada en un convento.

La hija de Diego de la Llana (protagonista de un episodio del Quijote de 1615, en el contexto de la ronda nocturna de Sancho en la Ínsula Barataria) tiene dieciséis años y es «hermosa como mil perlas» (p. 1029). Encerrada siempre en su casa, escapa vestida de varón para conocer el mundo; es una bella víctima del tedio que, según Américo Castro, encierra el germen de una madame Bovary. Y también en la Segunda Parte encontramos otra mujer «de armas tomar», Claudia Jerónima, la mujer vengativa que mata por celos a su amado.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (3)

Baños de ArgelAl capitán cautivo, protagonista de otra historia intercalada, una mujer lo ayuda a escapar y lo acompaña con el fin de ser su esposa y hacerse cristiana[1]: se trata de Zoraida, cuyo modelo es la dama misteriosa y exótica de las novelas moriscas. La hija de Agi Morato es bella y astuta y lucha para conseguir su libertad, en el plano amoroso y en el de la religión: quiere ser cristiana y seguir a Lela Marién (la Virgen María) y la solución a su conflicto es la huida con el capitán cautivo, aunque ello le suponga abandonar a su padre y todo su mundo (aspecto juzgado duramente, en sentido negativo, por un sector de la crítica).

El catálogo de las mujeres del mundo morisco se completa con Ana Félix, la hija de Ricote, protagonista de un episodio de la Segunda Parte vinculado al drama de la expulsión de España tras los edictos de Felipe III.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El amor contrariado en la novela histórica romántica

Señalaré algunos ejemplos de amor contrariado por una u otra circunstancia. En Ave, Maris Stella Mencía ama a don Álvaro, pero es solicitada en matrimonio por su hermano don Diego, lo que provoca el conflicto entre ambos; en Amor y rencor, Juana y Lope pertenecen a familias rivales (Pachecos y Palomeques reza el subtítulo), lo mismo que los protagonistas de Don García Almorabid (enfrentado este a los Cruzat). La desigualdad social separa a los amantes en Pedro de Hidalgo (Pedro y Leonor), en Sancho Saldaña (Usdróbal y Leonor de Iscar), en Doña Blanca de Navarra (la princesa heredera del trono y el judío, al menos en apariencia, Jimeno) y en El templario y la villana (como indica el propio título); en esta novela, además del voto de castidad pronunciado por el templario Ricardo, se añade la última voluntad de su padre, que le pide antes de morir que no case con Teresa.

En El señor de Bembibre, además del voto de Álvaro al ingresar en el Temple, se opone a su amor el matrimonio de Beatriz con el conde de Lemus, al que ella accede por consejo de su madre, que se lo ha pedido en el trance de la muerte. En El lago de Carucedo, los dos amantes profesan en sendos monasterios al creer muerto el uno al otro. El amor de doña Elvira y Rodrigo López de Ayala, en El testamento de don Juan I, se ve interrumpido por el plan de venganza de otro noble, don Fadrique, que ama a la dama; con sus intrigas consigue que Rodrigo rompa sin dar explicaciones la palabra de matrimonio dada y, en última instancia, provoca la muerte del padre de doña Elvira, que se bate en duelo con Rodrigo para salvar su honor. Al final, Elvira muere de amor justo cuando va a profesar y Rodrigo, desesperado, se hace monje y marcha a Asia. La disyuntiva planteada a la mujer entre alcanzar el amor o ingresar en un convento aparece también en Cristianos y moriscos, El golpe en vago, Bernardo del Carpio y La heredera de Sangumí.

Al final, las soluciones posibles para estos conflictos amorosos solo pueden ser dos: si los amantes logran vencer el obstáculo que los separaba, su amor y su constancia se verán premiados con un matrimonio dichoso; si no se alcanza este final feliz, se planteará un caso trágico con la desesperación, locura o muerte de los protagonistas (el suicidio no es tan frecuente como en el drama romántico; así, Elvira en El doncel enloquece, mientras que en Macías se quita la vida).

Sátira del suicidio por amor, de Leonardo Alenza

Sea como sea, el amor es uno de los factores principales en la construcción de la novela histórica romántica, tal como señala Buendía:

El amor, elevado a la categoría de lo sublime y etéreo, símbolo de la espiritualidad más elevada, constituye el resorte emocional, en persecución del cual corre el hilo novelesco. Elevado a las esferas más idealistas, concebido como algo absolutamente hermoso, digno de esperanza y sacrificio, lleva, sin embargo, el sello de lo trágico e irremediable. Una fatalidad preside el amor de las parejas heroicas, protagonistas que hallando en el amor su única razón de lucha y existencia, vagan siempre por los caminos de lo inaccesible[1].


[1] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 21. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (2)

En El curioso impertinente, Camila es la perfecta esposa que deja de serlo al no resistir la insensata prueba de su marido Anselmo, quien solicita a su amigo Lotario que la corteje para probar su virtud[1]. La situación presentada invierte el esquema típico del triángulo amoroso que se resuelve con final feliz: aquí se pasa de la armonía al caos. En este proceso, Camila es mostrada en su desarrollo: primero, doncella, hermosa y fiel; después, burladora, actriz y adúltera; por último, esposa arrepentida y temerosa.

El curioso impertinente

Un detalle respecto al modo de caracterización cervantino: no se juzga al personaje de Camila (desde el punto de vista del autor); simplemente se presentan todos los puntos de vista y el sentir profundo de cada uno de los implicados en el triángulo amoroso.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La heroína en la novela histórica romántica

Dama medieval, de John Brett

La protagonista está idealizada al máximo; es una mujer hermosa como un sueño[1] y de bondad sin par, tierna y delicada, rodeada a veces de un aura de tristeza y melancolía —¡cómo no recordar la Beatriz de El señor de Bembibre!, con una voz de dulzura celestial (suele cantar y tocar el arpa); es, en definitiva, «un ángel divino hecho para inspirar amor»He seleccionado, de las muchas posibles, un par de citas para ilustrar este apartado; la primera corresponde a la descripción de la Elvira de Sancho Saldaña; la segunda es el comentario que añade el narrador después de describirnos a la protagonista de La heredera de Sangumí:

Su rostro pálido, y más ajado por el dolor y la penitencia que por los años, pues no parecía tener arriba de veintidós, tenía un no sé qué tan angelical y amoroso, que cautivaba y enamoraba con sus ternuras. Pero el sentimiento que inspiraba era más dulce y respetuoso que ardiente y apasionado. […] Su languidez, la ternura, el corte ovalado de su semblante y, sobre todo, el velo místico, la mágica nube que hacía imaginar que la rodeaba, habría hecho doblar la rodilla al más profano y adorarla como una divinidad (p. 572).

Al ver a Matilde era forzoso concebir en la mente la idea de la dulzura, del cariño, de la amabilidad, de todos aquellos afectos tiernos que son la más inmediata emanación de los cielos; y sentía el alma una irresistible tendencia hacia aquel lánguido y precioso objeto que parecía formado por el Hacedor supremo con el designio de que inspirase el amor (p. 1168).

Esta mujer, toda belleza y bondad, representa a veces el amor salvador típico del Romanticismo (aunque a veces los amantes no alcanzan la felicidad[2]); su papel en la novela suele ser bastante pasivo[3]: es víctima de las circunstancias, que siempre oponen algún tipo de obstáculo al amor que sienten ella y su amado. Por ejemplo, será raptada por un rival; o su padre se opondrá a su inclinación amorosa por haber encontrado un matrimonio más ventajoso; o alguno de ellos profesará y los votos de la orden dificultarán su amor; o ambos amantes pertenecerán a familias rivales enfrentadas con un odio a muerte. A veces se añade el hecho de que uno o los dos enamorados son los últimos representantes de su linaje o estirpe, circunstancia que introduce una nota más de melancolía[4]. Es habitual el refugiarse en un convento, bien para eludir una dificultad, bien al final de la novela, por despecho o para renunciar al mundo[5].


[1] En Los caballeros de Játiva (pp. 106-107), Nuño empieza a contar la leyenda de una princesa, encantada en la Torre del Sol, «cuya extraordinaria hermosura excedía a toda ponderación»; entonces su amo García Romeu le responde: «Es claro que siendo princesa y heroína de cuento no había de tener una belleza vulgar».

[2] El caso más notable del amor como salvación es el que inspira Leonor de Iscar a Sancho Saldaña (cfr., por ejemplo, el diálogo de las pp. 604-605), aunque al final los celos de Zoraida impiden el final feliz.

[3] M. O’Byrne Curtis trata de mostrar, sin embargo, el papel activo de un «yo» femenino en el caso de Beatriz, en la novela de Gil y Carrasco, en su trabajo «La doncella de Arganza: la configuración de la mujer en El señor de Bembibre», Castilla. Estudios de Literatura, 15, 1990, pp. 149-159.

[4] Los Puigvert en El templario y la villana, el linaje de Iscar en Sancho Saldaña, la casa de Cervera en El rapto de doña Almodis, los Pérez de Ongayo en Ave, Maris Stella; en El señor de Bembibre Álvaro y Beatriz son también los últimos representantes de sus familias.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (1)

Frente a esas mujeres representantes del hogar, están las que protagonizan aventuras y enredos amorosos, a las que encontramos fundamentalmente en las historias intercaladas (que son todas ellas historias de amor)[1]. La acción de estas narraciones se construye en función de los avatares suscitados por las mujeres: son ellas las que inspiran las aventuras y mueven todos los hilos. Así, la pastora Marcela, cuyo desdén causa la muerte de Grisóstomo, paradigma de la libertad: Marcela, aunque sea amable (en sentido etimológico, ‘digna de ser amada’) por su belleza y virtud, elige no amar, y ha sido considerada por algunos críticos como la primera «feminista» de la literatura española.

Presentación de Dorotea ante don QuijoteLuscinda y Dorotea forman, junto con Cardenio y don Fernando, el cuarteto amoroso de Sierra Morena y protagonizan historias con final feliz. De Dorotea se nos ofrece primero su retrato físico: aparece vestida de varón, recurso tópico en la literatura del Siglo de Oro, pero el disfraz no logra ocultar su hermosura, que responde al canon renacentista: pies pequeños, cabellera rubia, manos de nieve… Más allá de su apariencia angelical, Dorotea tiene un carácter complejo: es una mujer activa, proveniente de un medio social urbano, que ayuda a su padre a llevar sus negocios. Además, reclama el derecho de casarse con don Fernando sin importarle que su linaje sea inferior. Según Madariaga[2], el rasgo característico de su carácter es la listeza: es una mujer inteligente, lista pero impulsiva (por eso cae seducida por don Fernando), y su actitud decidida contrasta con la del irresoluto y cobarde Cardenio. Su discreción se pone de manifiesto cuando colabora con el cura y el barbero representando el papel de princesa Micomicona para sacar a don Quijote de Sierra Morena; y, en el plano personal, al lograr finalmente que don Fernando se case con ella. Su fuerte personalidad destaca aún más por contraste con Luscinda, bella mujer también pero que acata las circunstancias adversas que se le presentan y no lucha por su amado Cardenio.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

El héroe en la novela histórica romántica

En la novela histórica tradicional, lo más frecuente es que los personajes principales sean inventados, en tanto que los históricos reales, si aparecen, quedan en un segundo plano; y es lógico si pensamos en la dificultad añadida de tener que ceñirse a un carácter bien conocido por otras fuentes, no pudiendo recurrir a la imaginación sin el riesgo de falsear la novela. El protagonista masculino viene a ser, por tanto, el típico «héroe medio» de Scott aunque, como siempre, puede haber excepciones (Martínez de la Rosa o Navarro Villoslada, entre otros, colocan en un primer plano de sus novelas a personajes históricos importantes). Puede tratarse del típico héroe romántico, caracterizado por la soledad y melancolía de su persona, enfrentado a unas circunstancias adversas y a un destino fatal que le conduce irremisiblemente a la muerte o a la frustración de todas sus esperanzas (los modelos más acabados serían Sancho Saldaña, en la novela de Espronceda, y Macías, en El doncel de don Enrique el Doliente).

Sátira del suicidio romántico, de Leonardo Alenza

Se trata, por tanto, de un «héroe pasivo», según la definición de Ana L. Baquero:

Por héroe pasivo debe entenderse, en el concreto género que estudiamos, el personaje que queda configurado desde su nacimiento por las circunstancias que lo rodean. Esto es: lo que importa es la acción que pesa sobre el héroe y no la individualidad y personalidad del mismo[1].


[1] Ana L. Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, pp. 180-181. Esta característica ya fue señalada por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de Don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 174. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.