«Las afueras», de Luis Goytisolo, novela colectiva

Las afueras (1958) de Luis Goytisolo es una novela colectiva: en sus páginas el individuo cede el papel de protagonista a la sociedad. En los relatos que la componen se va tejiendo una complicada red onomástica, ya que en todos ellos aparecen repetidos los mismos nombres, pero en cada caso corresponden a distintos personajes.

Novela colectiva

Corrales Egea habla de «mezcla confusa de personajes (pues cada uno de ellos desempeña papeles distintos aunque bajo un mismo nombre, lo que resulta a veces difícil de seguir por el lector)»[1]. Veamos otras opiniones que explican mejor esta peculiar característica de la obra:

Cada uno de los relatos —dice Sanz Villanueva— ofrece una historia distinta, sin vinculación con las restantes excepto en el hecho de que los personajes coinciden en el nombre (Augusto, Víctor, Ciriaco, Domingo, Antonio, Alvarito, Bernardo, Magdalena, Claudina, Amelia…), pero la coincidencia es onomástica, no de personalidad, aunque sí exista vinculación en su sentido. Estos nombres corresponden a diversos grupos generacionales y sociales: Augusto (y sus esposas, Magdalena) representan una clase acomodada y vacía, correspondiente con la generación mayor. Víctor indica la generación siguiente, participante en la guerra y, pese a su posición acomodada, carente de sentido vital, frustrada o con mala conciencia que lleva a un aparencial acercamiento al pobre. Domingo (y sus correspondientes Amelia) es la generación mayor de tipo servil y doméstico. Ciriaco es la generación siguiente, clase modesta, trabajadora. Quedan, finalmente, los jóvenes o niños (Álvaro, Antonio, Dina y Bernardo). Todos estos nombres resultan protagonistas de una historia colectiva que, situada en este año concreto de 1957, mediante una recuperación del pasado, nos ofrece una panorámica reciente de Barcelona. Esta panorámica se hace realidad literaria, sin embargo, a través de argumentos singulares y de historias particulares[2].

Y estas son palabras de García de Nora:

[Luis Goytisolo] ha introducido hasta diez u once series de personajes que no se relacionan ni se parecen, pero que llevan todos el mismo nombre. (Si no recordamos mal, hay cuatro señores que se llaman Augusto, cuatro damas que son doña Magdalena, otros cuatro Víctor y Diana, Dinetas o Claudinas. Tres Ciriacos, Domingos y Tonios o Antonios. Dos Alvaritos, dos Amelias, dos Patacanos y Bernardos —si es que el Nacho del tercer cuento y el Nap del quinto no deben tomarse por Bernardos también—). [ …] La pluralidad de circunstancias, la diferencia de condiciones personales, la intervención misma del azar no anulan ni tuercen, en lo fundamental, el carácter y el sentido de esas vidas entramadas, condicionadas por su particular situación histórico-sociológica; la reiteración de los nombres propios, a esta luz, resulta, en efecto, un artificio —deliberado y transparente—, pero no caprichoso, sino buscado precisamente para subrayar la identidad de los destinos más allá de las innumerables variaciones circunstanciales y anecdóticas. Así, los don Augusto y doña Magdalena son uniformemente ejemplos de la burguesía adinerada de la preguerra (implícitamente se va dejando constancia de cómo la «posición» y la riqueza encubrían su vacuidad, su sórdida miseria moral; por si quedaran dudas, ahí está la abrumadora pareja de abuelos supervivientes del segundo relato); los Víctor son los hijos de tales padres: ex-combatientes todos ellos, radicalmente frustrados unos, como en el primer relato, triunfadores deshechos por dentro algunos (tercero), atenidos a una escéptica medianía otros (séptimo); paralelamente, los Domingos y Amelias, viejos aparceros y antiguas sirvientas, y la generación siguiente (contemporánea de los Víctor): el Ciriaco aparcero, el Ciriaco limpiabotas, el Ciriaco peón de albañil; vienen luego los más jóvenes, los Alvaritos —niños «bien»— o los Antonios, pobres pero animosos, endurecidos y conscientes; y, en fin, los niños (Dina en el primer cuento, Bernardo en el segundo y sexto), que van adquiriendo conciencia, en silencio, mudos o casi mudos y enigmáticos, frente al no menos extraño mundo de los mayores[3].

En definitiva, ahora en expresión de Sanz Villanueva,

diversas clases y diferentes ocupaciones y oficios son los protagonistas, por lo tanto, de Las afueras, relato colectivo que aventaja a las novelas de la ciudad (al estilo de La colmena, La noria) en que la limitación argumental produce una más ceñida verdad novelesca. Luis Goytisolo no pretende hablarnos de la ciudad toda, sino que plasma el retrato de unas cuantas gentes representativas y de las que podemos deducir un estado social general[4].

Esta abundancia de personajes implica que no todos pueden ser caracterizados con la necesaria profundidad psicológica; y ese es el principal inconveniente que, según García de Nora, puede señalársele a la novela:

El reproche más justo entre cuantos pudieran formularse a Las afueras es el de su insuficiencia respecto a los tipos abordados: en efecto, querríamos, necesitaríamos saber más de muchos de los personajes que en ella se perfilan o se dejan entrever (en especial, esos Tonios y Bernardos tan marginales aquí…). […] Ahora bien, ese reproche, aunque justo, resulta prematuro. Las afueras, dada su ambición temática, no puede ser otra cosa que la iniciación, la obertura cuyos motivos han de desarrollarse luego cumplidamente[5].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, p. 93.

[2] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, pp. 475-476.

[3] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, pp. 318-319.

[4] Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), p. 477.

[5] García de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, p. 320. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Lope y la casa de la calle de Francos

Los años 1609-1610 los pasa Lope viajando entre Toledo y Madrid. Siguiendo en la senda de la vida piadosa, el 24 de enero de 1610 ingresa en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas[1]. El duque de Sessa le protege con dineros y dádivas, pero sigue escribiendo para ganarse el sustento; así, el 5 de abril data el manuscrito de La hermosa Ester.

El 7 de septiembre lo encontramos avecindado en Madrid. En efecto, compra a Juan Ambrosio de Leiva una casa con patio en la calle de Francos (hoy de Cervantes), donde se instala con su familia legítima. El precio es de 9.000 reales (el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de 18 comedias, valoradas en 500 reales cada una); paga 5.000 reales al contado, y el resto en dos plazos de cuatro meses.

Casa de Lope de Vega en Madrid

En la entrada figura esta inscripción: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). Allí dispone de un pequeño jardín, con cuyo cuidado se entretiene, tal como escribe en la epístola octava de la Filomena (1621), titulada El jardín de Lope de Vega. Al licenciado Francisco de Rioja, en Sevilla:

Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene solo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta.

Aquí son dos muchachos ruiseñores,
y dos calderos de agua forman fuente
por dos piedras o conchas de colores.

Huerto de la casa de Lope

En esa casa de su propiedad reúne sus modestas posesiones, y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años esta casa será su refugio y atalaya, y en ella podrá dedicarse al estudio y la escritura literaria.

Escritorio de Lope de Vega

En una carta a Sessa, de un 23 de diciembre, pero sin año, escribe:

Finalmente, cuando me quiten mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio, me queda Vuestra Excelencia; que este bien no me le pueden quitar ni el poder, ni el tiempo, ni la codicia, ni la muerte…

En estos otros versos de su Epístola al doctor Matías de Porras (un médico amigo suyo y presidente de Audiencia en Perú) revela un tierno detalle de la vida familiar:

Llamábanme a comer; tal vez decía
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.

Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Carlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho.

Tal vez que de la mano me llevaba
me tiraba del alma, y a la mesa
al lado de su madre me sentaba.

Como vemos, Lope sabe hacer poesía de una mínima escena cotidiana como esta en que el niño lleva de la mano a su padre, que estaba enfrascado en su trabajo, para sentarlo a la mesa con los demás. Y el Fénix sigue escribiendo para mantener a su familia: el 8 de junio se le pagan 300 reales por los autos compuestos para las fiestas madrileñas del Corpus.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Tiempo y espacio en «Las afueras» de Luis Goytisolo

El macro-espacio en el que se desarrollan todas las historias de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo está constituido por la ciudad de Barcelona y sus alrededores, las afueras a las que se refiere el título. Mundo de pobreza y marginación que condiciona a los personajes (aunque en sentido estricto no se puede hablar de determinismo).

Chabolas

Además de los núcleos urbanos y del ambiente ciudadano (Las afueras se relaciona, en lo relativo a esta cuestión, con otras novelas como La piqueta, de Antonio Ferres, o La resaca, de Juan Goytisolo, en las que el espacio es más bien la zona fronteriza con la gran ciudad, el suburbio[1]), aparece también el mundo rural. Existe cierta oposición entre ambos espacios: el campo es sinónimo de trabajo; la ciudad, de ocio (para los personajes burgueses, no para los obreros). Cuando aquellos acuden al campo es para descansar en sus villas de recreo o para verificar los trabajos realizados por los aparceros.

Los espacios concretos en los que transcurren los hechos narrados son: una masía de los alrededores de Barcelona, una casa en un barrio de la metrópolis, los bares y tascas de la Rambla, otro barrio, antiguo pueblo autónomo, ahora convertido en suburbio de la ciudad, un pueblo en el campo, de nuevo la urbe y, por último, otro pueblo de las cercanías.

En una entrada anterior ya he indicado algo acerca de la unidad temporal: las historias se fechan a los dieciocho años de acabada la guerra, es decir, en el momento contemporáneo de la redacción de la novela. Aquí y hoy son las coordenadas en que se mueven los protagonistas de esta novela colectiva. Novela de adolescencia (la del autor), «en la que tanta importancia tiene la vejez, el paso del tiempo». No hay una datación exacta, no se señalan los días concretos (salvo en el capítulo 2.º, en el que se especifica claramente que son seis días de octubre). Lo más frecuente es que se nos indique solo el mes o la estación del año (dos relatos ocurren en otoño, con lo que esta estación puede connotar simbólicamente de decadencia, rutina y apatía). Cuando estamos en el campo, el transcurso del tiempo se indica por el vuelo de las aves (la llegada o la marcha de las golondrinas, por ejemplo), por la mención de los trabajos del momento (época de la siembra, de la siega, de la vendimia) o según se produzca antes o después la salida y el ocaso del sol.

Hay, por supuesto, un tiempo recuperado en los recuerdos (muy claro en el caso de Víctor, cuando sube al desván y contempla los objetos antiguos). Más importante sería señalar la estructura «circular» de algunos relatos (el 4.º, el 6.º). Quiero decir que al principio del relato se nos plantea una situación, se vuelve a continuación atrás, a un punto del pasado, se narra lo ocurrido en ese pasado (o se sugiere sin contarse expresamente) para acabar llegando de nuevo al punto inicial de partida, allí donde la acción había comenzado[2].


[1] Ver Juan José López Cabrales, «Las entrañas de la ciudad: de Las afueras, de Luis Goytisolo, a Si te dicen que caí, de Juan Marsé», en Miguel Espinosa, Juan Marsé, Luis Goytisolo. Tres autores claves en la renovación de la novela española contemporánea, ed. Fernando Valls, Monserrat Amores, David Roas y Enrique Turpin, El Puerto de Santa María, Fundación Luis Goytisolo, 1999, pp. 193-202. Señala que en esta novela, como en Si te dicen que caí, de Juan Marsé, «las entrañas de la ciudad encierran el germen de una degeneración que puede acabar contaminando a quien, desde su periferia, se acerque demasiado» (p. 200).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Lope, poeta popular y poeta de corte

El año de 1609 es importante también en el terreno literario: además de Los quince misterios del Rosario de Nuestra Señora, publica Jerusalén conquistada y una nueva edición de sus Rimas, en la que añade el famoso Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo[1]. En este texto, que fue una disertación ante la Academia de Madrid, defiende el Fénix su ruptura con el arte (los preceptos) y expone de forma sucinta los principios de su teoría dramática, derivados de su exitosa praxis teatral.

Rimas (1609) de Lope de Vega

Entre 1604-1617 van a salir en Madrid y Zaragoza varias partes de sus comedias. Desde la Parte IX (1617), dedicada al duque de Sessa, Lope decidirá tomar las riendas en la publicación de sus piezas dramáticas, para evitar los abusos de la piratería. En el prólogo señala: «Viendo imprimir cada día mis comedias de suerte que era imposible llamarlas mías […], me he resuelto imprimirlas por mis originales». Ya en la epístola Al contador Gaspar de Barrionuevo, Lope se quejaba de que salían estragadas cuando otros las daban a las prensas, llevándose los beneficios que a él le corresponden:

Imprimo, al fin, por ver si me aprovecha
para librarme desta gente, hermano,
que goza de mis versos la cosecha.

Cogen papeles de una y otra mano,
imprimen libros de mentiras llenos;
danme la paja a mí, llévanse el grano.

Veréis a mis comedias (por lo menos
en unas que han salido en Zaragoza)
a seis renglones míos, ciento ajenos.

Por las mismas fechas, en el prólogo a El peregrino en su patria (1604), había escrito también:

Mas ¿quién teme tales enemigos? Ya para mí lo son los que con mi nombre imprimen ajenas obras. Agora han salido algunas comedias que, impresas en Castilla, dicen en Lisboa; y así quiero advertir a los que leen mis escritos con afición —que algunos hay, si no en mi patria, en Italia y Francia y en los Indias, donde no se atrevió a pasar la envidia— que no crean que aquéllas son mis comedias, aunque tengan mi nombre.

Lope está escindido entre su doble faceta de poeta popular y poeta de corte. Porque, además del teatro para los corrales, escrito para satisfacer el gusto del vulgo, Lope cultiva también la épica, que era el género poético más estimado por la preceptiva: con sus grandes poemas aspira a obtener el reconocimiento de los cultos y a ser considerado el máximo poeta nacional. Así, también en el año de 1609 da a conocer su Jerusalén conquistada, poema extenso a imitación del Tasso, con un total de unos 22.000 versos. En ausencia de Lope, corregirá las pruebas de imprenta su amigo Medinilla.

Jerusalén conquistada, de Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El Cid, de personaje histórico a personaje literario

Al acercarnos a la figura del Cid, debemos considerar la triple dimensión que tiene el personaje: hay un Cid histórico, el personaje real Rodrigo Díaz de Vivar, un señor de la guerra que vivió en el siglo XI y llegó a conquistar Valencia; hay un Cid legendario (ese Cid que, peregrinando a Santiago, atiende caritativamente a un leproso, que resulta ser san Lázaro, quien le vaticina sus futuros triunfos); y hay, por último, un Cid literario, que es el aspecto del personaje que más me interesa en este momento.

Cid Campeador

En efecto, ese personaje histórico de Rodrigo Díaz de Vivar, protagonista de hechos legendarios y convertido en mito, ha dado lugar a diversas recreaciones literarias, a lo largo de los siglos y en los distintos géneros: lo encontramos en la épica (Cantar de mio Cid, Mocedades de Rodrigo), el Romancero y el teatro del Siglo de Oro (la obra más famosa es, seguramente, Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, en dos partes, pero hay muchas más piezas dramáticas en las que el Cid interviene ya como protagonista, ya sea en un plano secundario).

También aparece con frecuencia en la literatura de los siglos XVIII y XIX (Nicolás Fernández de Moratín, Zorrilla, Trueba, Hartzenbusch, Fernández y González, etc.), tanto en narrativa como en lírica y en teatro. En fin, ya en el siglo XX, podemos recordar nuevas obras dramáticas como las de Marquina (Las hijas del Cid), Madariaga (Mío Cid), Luis Escobar (El amor es un potro desbocado) o Antonio Gala (Anillos para una dama), mientras que en poesía el tema del Cid fue muy frecuentado por los poetas del 27; y, por último, en la narrativa histórica, el personaje reaparece en algunas novelas históricas de los últimos años como El Cid de José Luis Corral o Doña Jimena de Magdalena Lasala, entre otras obras. Tendremos ocasión de irlo comprobando en futuras entradas.

Crisis religiosa de Lope y vuelta al hogar

Lope, que el 25 de julio de 1608 interviene en la justa toledana en honor del Santísimo Sacramento, va a sufrir por estos años una profunda crisis religiosa[1]. El hasta entonces esclavo de las pasiones ingresa ahora en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento en el oratorio de Caballero de Gracia (1609), y al año siguiente se adscribirá al oratorio de la calle del Olivar. Es nombrado además familiar del Santo Oficio de la Inquisición (así se titulaba ya en 1607, y sería sin duda un cargo obtenido por la mediación del duque de Sessa).

Escudo de la Inquisición

Y vuelto, en fin, al redil del hogar, junto a su esposa Juana y sus hijos legítimos, se consagra a la vida familiar. En la Epístola al doctor Matías de Porras rememora ese retorno a la tranquilidad conyugal y doméstica:

Ya, en efecto, pasaron las fortunas
de tanto mar de amor, y vi mi estado
tan libre de sus iras importunas,

cuando amorosa amaneció a mi lado
la honesta cara de mi dulce esposa,
sin tener de la puerta algún cuidado;

cuando Carlillos, de azucena y rosa
vestido el rostro, el alma me traía,
cantando por donaire alguna cosa.

Y en un soneto cantará las excelencias y felicidades del matrimonio:

Quien no sabe del bien del casamiento
no diga que en la tierra hay gloria alguna,
que la mujer más necia e importuna
la vence el buen estilo y tratamiento.

Trasladar a los brazos soñoliento
un hijo en bendición desde la cuna
es la más rica y próspera fortuna
que puede descansar el pensamiento.

Necedad es sembrar tierras ajenas;
conoce el pajarillo el huevo extraño
y el amante engañado el hijo apenas.

Óigame aquel que se llamare a engaño:
los hombres hacen las mujeres buenas,
y solo por su culpa viene el daño.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La historia secreta de los kilikis de Pamplona, por Jesús Carlos Gómez Martínez

La historia secreta de los kilikis de Pamplona, de Jesús Carlos Gómez Martínez¿Qué se oculta en realidad detrás de las inmensas cabezotas de los kilikis de Pamplona?[1] Esto es lo que pretende contarnos Jesús Carlos Gómez Martínez en este libro: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la auténtica personalidad de Barbas, Patata, Napoleón, Verrugas, Coletas y Caravinagre. Quizá fue la idea de que la cara es el espejo del alma la que hizo sospechar al escritor que, debajo de esas máscaras, se ocultaban unos verdaderos desalmados. Y así, en seis breves pero ingeniosísimas semblanzas, nuestro amigo Jesús Carlos desenmascara por completo a tan malvados personajes, sacando a relucir todos los trapos sucios de sus vidas pasadas.

Tras una exhaustiva investigación de ocho años, puede al fin informarnos —a todos los lectores, pero en particular a los pamploneses; de hecho, continuamente se está dirigiendo a nosotros: «os debo prevenir…», «Yo te aconsejo…», «Cuídate mucho de…», «quizá te tranquilice saber…», «No has de olvidar…», «Como te imaginarás…», «Has de saber que…»— puede informarnos, decía, de que los kilikis han recalado en nuestra ciudad y desempeñan el noble empleo de escoltar a los gigantes precisamente para ocultar su vergonzante pasado de malhechores: Barbas habría sido un fabuloso espía, experto en mil disfraces, ardides y transformaciones; Patata, un habilísimo ladrón capaz de robar los tesoros mejor guardados y los más arcanos secretos; Napoleón, un inspector de homicidios en la peligrosa ciudad de Nueva York, de esos que se toman la justicia por su mano para limpiar las calles de escoria, al más puro estilo Charles Bronson; Verrugas, un abogado sin escrúpulos que nunca ha dudado a la hora de defender a los grandes capos de la Mafia siciliana; Coletas, un sanguinario pirata del mar Caribe; y Caravinagre, un inquietante gánster que no para de darle gusto al gatillo de su metralleta. En suma, una rica colección de rufianes, criminales, bribones y canallas. De verdaderos facinerosos. Unas auténticas joyas, vamos.

La fantasía y el humor recorren todas las páginas de este libro. El principal recurso literario es la hipérbole, la exageración desmesurada, grotesca y satírica en la presentación de las peripecias de sus vidas, en los detalles de sus correrías. Esta técnica narrativa (que los más cultos y eruditos, siempre dados a los latinajos, emparentarían tal vez con el concepto clásico de turpitudo et deformitas) encaja muy bien con el supuesto carácter de los personajes retratados. Y es que, bajo la aparente sencillez y el tono coloquial de la prosa de Jesús Carlos, se ocultan muchas horas de trabajo, de pulir con esmero el texto, de mimarlo frase a frase, palabra a palabra, actitud que revela una decidida voluntad de estilo.

JesusCarlosGomezMartinezFantasía, humor y tema sanferminero son ingredientes que ya aparecían en otras obras anteriores de este mismo autor. No es esta, en efecto, la primera incursión literaria de Jesús Carlos en el territorio de la fiesta pamplonesa por excelencia. No en balde ganó, en 1991, el Primer Premio Periodístico Internacional San Fermín por su trabajo «Yo, Fermín». Más tarde publicó Sanfermines forever (1995), libro formado por nueve semblanzas breves y un epílogo con acertadas evocaciones del chupinazo, el riau-riau, el encierro, las corridas, el ambiente de la calle, la figura de Hemingway y el pobre de mí, todo ello hilvanado por el tenue hilo de una trama amorosa. Uno de sus relatos, «El grito silencioso» (recogido en Actos de amor ingrato, recopilación de 1993, y también en Capricho de faraones, de 1995), nos cuenta la historia de Javier, un experto corredor del encierro al que una gitana le ha vaticinado: «Estos Sanfermines te va a matar un toro». En otra de sus narraciones, «Todos los caminos» (perteneciente a Actos de amor ingrato), nos recuerda que «El seis de julio, todos los caminos conducen a Pamplona».

Este nuevo libro de Jesús Carlos Gómez Martínez vuelve a ser, de alguna manera, de inspiración sanferminera. Él lo tiene muy claro: los kilikis se ocultan en Pamplona —en estado latente todo su potencial criminal— esperando la llegada de tiempos mejores que les permitan volver a sus andanzas y fechorías de antaño. Los kilikis, sin embargo, también nos dejan oír su voz y desmienten categóricamente, a través de una nota oficial, todas las acusaciones acumuladas en su contra. ¿A quién hemos de creer, al autor o a sus creaciones literarias? ¿Son fantasía o realidad estas vidas tan poco ejemplares de los kilikis de Pamplona? Caravinagre y sus compañeros, ¿son tan malos como nos los pinta Jesús Carlos o asistimos aquí a una venganza —literaria, of course— del miedo que de pequeño («Kiliki -ki, con el palo no, con la verga sí») le hicieron pasar? No sé, no lo tengo muy claro. Yo, por si acaso, estos Sanfermines procuraré contemplar a los kilikis desde una prudencial distancia…

ENLACE a la página web de Jesús Carlos Gómez Martínez:

Biografía


[1] Reproduzco aquí, con algunos ligeros retoques, las palabras que escribí como «Presentación» para el libro de Jesús Carlos Gómez Martínez La historia secreta de los kilikis de Pamplona, Pamplona, Ediciones Fecit, 2001, pp. 7-9.

Aparece Jerónima de Burgos en la vida del Fénix

Calle de Lope de Vega en MadridEl 28 de enero de 1607 nace Lope Félix, Lopillo, el último de los hijos del dramaturgo con Micaela Luján, que recibe el bautismo en Madrid el 7 de febrero (queda inscrito con el nombre de Lope Félix de Carpio y Luján)[1]. La madrina fue la comedianta Jerónima de Burgos, y Lope, un auténtico vendaval amoroso, va a sumar esta mujer a su ya larga lista de amantes. La relación, en cualquier caso, no se desarrolló de forma continuada, sino ocasional, con períodos de separación y reencuentros.

Además, a partir de 1608 ya no se tienen más noticias de Micaela de Luján, y aunque parece que ella vivía todavía a la altura de 1612, los hijos Marcela y Lope Félix quedarían al cuidado del padre.

Firma de Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Las afueras» de Luis Goytisolo: fragmentación y perspectivismo

En otro lugar explica José Corrales Egea las razones del fragmentarismo que caracteriza a Las afueras, e incluye a Luis Goytisolo, junto con García Hortelano, Marsé y Fernández Santos, entre los autores que siguen una línea de objetivismo puro y escueto. Estas son sus palabras:

Para los autores que siguen ortodoxamente la línea del realismo objetivo, la realidad aparece compuesta por una serie de hechos y sucesos que ellos tratan de presentar tal y como se nos pueden aparecen en una primera fase de percepción, tal y como serían aprehendidos por los seres vivos, o sea, por el propio lector. Es decir, inarticulados, sueltos, fragmentarios. Al negarse a dar cualquier clase de síntesis explicativa, la novela objetivista se atiene a presentar fenómenos desligados a simple vista entre sí: sucesos, objetos, cosas que se exponen como en una gran vitrina. Estas cosas así expuestas son realidades, pero de tales realidades sólo sabemos que están ahí, que existen. El autor considera cumplida su misión una vez presentadas, lo cual significaba ya mucho en el ambiente literario enrarecido todavía por la proximidad de la guerra[1].

Sumamente esclarecedoras me parecen estas otras reflexiones de José María Castellet (y quizá convendría no olvidar el título de una importante obra suya, La hora del lector):

Luis Goytisolo Gay ha escrito su obra por el procedimiento que podríamos llamar «adjetivo», es decir, que busca su sentido, como una suma, en el resultado final. Considerados aisladamente los siete sumandos que son los capítulos, son partes que no adquieren su significación completa sino en la suma final que se opera en el lector al terminar la lectura del libro. Si las cantidades a sumar son homogéneas, es posible la suma; si son heterogéneas, no. En Las afueras, los sumandos (capítulos) son, evidentemente, homogéneos, luego la suma (novela) es posible. Realizar la operación es el trabajo del lector, y ese es el trabajo que se le pide, a cambio del cual accede al proceso de creación por derecho propio[2].

Así pues, el autor muestra una serie de datos, no demuestra sus ideas. Es el lector quien, con esos datos, debe hacer la síntesis y extraer sus propias conclusiones. Tal vez esta fragmentación o perspectivismo tenga algo que ver con la influencia del cine que reconocía el propio Goytisolo: cada capítulo sería como un plano o escena cinematográfica suelta. Por otra parte, se puede señalar la semejanza estructural de Las afueras con La noria, novela de Luis Romero, unos años anterior a la de Goytisolo, que tiene también personaje colectivo y que engloba, al igual que la obra de Cela La colmena, un amplio panorama urbano.

La noria, de Luis Romero

Sea como sea, el hecho de que se debatiera tanto esta cuestión estructural de Las afueras (la discusión sobre si era novela o libro de relatos) supuso una publicidad importante para la obra, tal como reconoció su autor, y también la crítica:

Las afueras había provocado una viva polémica entre los críticos que veían en ella una novela renovadora y los que la consideraban pura y simplemente un camelo, polémica que sin duda despertó el interés del público y facilitó la buena acogida que tuvo[3].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, pp. 85-86.

[2] José María Castellet, «Técnicas narrativas: tiempo histórico, novela colectiva», Índice, 173, junio de 1967, p. 6.

[3] Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), p. 93. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Lope entra al servicio del duque de Sessa

Lope va a tomar a partir de ahora nuevos rumbos en su intento de acercamiento a la nobleza cortesana[1]. En agosto de 1605 viaja de Toledo a Madrid (quizá con motivo del fallecimiento de su hermana, Isabel del Carpio) y conoce a don Luis Fernández de Córdoba y Aragón, el joven duque de Sessa (sexto en el título) y de Baena y almirante de Nápoles. Entra a su servicio como secretario no oficial y confidente, y con él mantendrá una estrecha y particular relación hasta el final de sus días. Lope (43 años, frente a los 23 del joven noble, aficionado a las letras y a las mujeres) va a ayudarle en sus galanteos, le escribirá los billetes amorosos, le servirá en suma de alcahuete en sus aventuras. En próximas entradas se desarrollará más por extenso todo lo relacionado con su servicio al duque de Sessa.

Escudo del ducado de Sessa

Podemos señalar otros hitos importantes en estos años. En 1606, año en que la corte retorna a Madrid, él está en Toledo con su mujer, pero hace frecuentes visitas a Madrid para ver al de Sessa; y hay documentados viajes de Micaela desde Toledo a Madrid, donde ambos amantes se encontrarían. Ese año nace Carlos Félix, hijo legítimo, que sería bautizado el 28 de marzo. El 22 de octubre de 1607 alquila unas casas en la calle del Fúcar, seguramente no para la familia legítima, sino para la adulterina (él sigue viviendo oficialmente en Toledo, con su esposa Juana y su hijo Carlos Félix). Como vemos, Lope se ve obligado a seguir llevando una doble vida


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.