Bilbao y el País Vasco en «Una ciudad del norte», de Pedro Ugarte

PedroUgarte2En la novela de Ugarte Una ciudad del norte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999) se reiteran con mucha frecuencia las alusiones —cargadas de simbolismo— a ese cielo sucio, de tungsteno, de la ciudad, identificable con Bilbao: «aquel cielo inclemente que en mi ciudad, fuera a llover o no, siempre amenazaba lluvia» (p. 15); «el maldito cielo parduzco de la ciudad» (p. 106); «un cielo emborronado y plagado de tutelares helicópteros» (p. 119), «el cielo de tungsteno» (p. 249); «la grisura lúgubre del cielo de la ciudad» (p. 277; véanse otras alusiones en las pp. 20, 21, 169, 250, 258, 288, 289, 299 y 300). Ese cielo gris, plomizo, «de tungsteno», y la amenazadora presencia de los helicópteros policiales que lo rasgan (el otro leitmotiv de la novela; cfr. las pp. 35, 119, 147, 164, 169, 250 y 300[1]) son dos claros símbolos de la triste situación que vive la ciudad y todo el País Vasco:

La radio traía noticias del último atentado terrorista y poco después las declaraciones de distintos políticos, cuya pesadumbre hacía muchos años había agotado todos los recursos de la retórica. Algo era ligeramente molesto pero nada suscitaba conmoción; en realidad nunca pasaba nada: sólo que a un tipo se lo habían quitado todo mediante un balazo o una bomba lapa, y que su nombre, reescrito cientos de veces, germinaría por un día en la estraza periodística (p. 107).

Son muchas las alusiones a esa dura realidad: secuestros y asesinatos, dispersión de los presos, barricadas ardiendo, palizas a policías de paisano, enfrentamientos entre separatistas y españoles… En una ciudad en la que la política lo invade todo y todo lo emponzoña, las calles son una amenaza, y en ellas resulta fácil convertirse en cadáver:

Qué distinto mi rincón del mundo a cualquier otro. Entre los dientes de sierra de las montañas se retorcían unos valles estrechos, como cuñas de azadón en la madera, y en ellos la gente se apilaba, se amontonaba, discurría entre empujones, se agazapaba por las noches en altos dados de cemento, como hordas de lechuzas obligadas a apretarse sobre los brazos de un solo árbol inhóspito. Mis paisanos se llevaban siempre mal (quizás debido a la falta de espacio, a las abruptas cordilleras, a la grisácea consistencia del cielo de tungsteno) y por todos lados florecían las trincheras. Y así, la confianza perdida en cierto parapeto parecía al adversario la evidencia de una adhesión inquebrantable a sus ideas. Bastaba salir huyendo de cualquier trinchera, dejando atrás las banderas de otro tiempo, para encontrar en algún sitio nuevos camaradas, castrenses barracones, guaridas, barricadas, prietas filas de tropa donde extraviarse al dictado de consignas distintas a las anteriores, pero igual de belicosas. Pasaba el tiempo con cruel continuidad y en la ciudad nunca hubo espacio no ya para el heroísmo, sino para la más elemental honestidad. Nada relevante que apuntara hacia ninguna parte: sólo la peligrosa movilidad del adversario, tan escurridizo, que de hecho cualquiera podría transfigurarse en él. En mi país nadie estaba nunca muy seguro de con quién estaba hablando. Allí la política no era una oportunidad de conseguir prebendas, la política era cuestión de vida o muerte (pp. 285-286).

Hacia el final de la novela, Jorge se reencuentra con Juanmari, un compañero desaparecido hace veinte años; Juanmari le confiesa que ha estado en Francia, colaborando con ETA, aunque no ha participado en acciones terroristas, y que lo que escribía en la libreta cuando eran compañeros de colegio eran datos de todos ellos. Este es el comentario que ese encuentro y esas revelaciones suscitan en el protagonista:

El pasado siempre hace daño. Posiblemente no sirve para otra cosa. Yo regresé a casa muy despacio, sin esperanza ya de que la lluvia lavara alguna vez a mi ciudad de todo aquello (p. 297).

El final de la novela, que tiene una estructura circular, es triste y no deja abiertas las puertas a la esperanza. La compañera de Jorge, Susana, quería tener un hijo, pero él, que es un pesimista forjado en el negro pozo del miedo, no estaba dispuesto a dar vida a una persona para entregarla a tanta falta de esperanza. Al final sí han tenido ese hijo, y en vísperas de su incorporación por vez primera al colegio, Jorge lo lleva a conocer el patio, el mismo patio del mismo colegio donde lo llevó su padre (secuencia inicial de la novela); sobre sus cabezas sigue viéndose el mismo cielo manchado, de tungsteno, y sigue oyéndose el mismo sonido amenazador de los helicópteros policiales; el niño siente el mismo miedo que su padre sintiera años atrás. La impresión que nos deja este final es que todo se repite, que no hay posibilidad alguna de cambio, y las palabras que cierran el relato no pueden ser más desesperanzadas:

Miré hacia arriba: el cielo de tungsteno seguía amenazando lluvia, pero no se decidía a descargar sobre nosotros. Aquella lánguida amenaza siempre había bastado. Quizás la verdadera tragedia de esta extraña provincia consistía simplemente en eso, en sentirnos privados del sol y de la lluvia al mismo tiempo, recluidos en una niebla indecisa, y tener la certidumbre de no haber padecido desde hacía mucho tiempo las penalidades de una verdadera guerra pero sí el grave zumbido de los helicópteros, como si el cielo se obstinara en recordarnos que todas esas cosas (la guerra, la lluvia, quién sabe) serían posibles algún día.

El cielo de tungsteno mostraba con nosotros una indulgencia humillante y antipática, se divertía en jugar a perdonarnos o bien debilitaba la luz a media tarde, nos la expropiaba antes de tiempo. Pensé que, frente a esa bóveda de nubes bituminosas, se estrellarían para siempre todas las esperanzas y que aquella lúgubre ciudad seguiría siendo lo que siempre había sido: una prodigiosa cochambre repleta de seres humanos y de cosas (p. 303).


[1] La atosigante presencia de los helicópteros desmonta «la mentira de una ciudad que creía vivir sin sobresaltos» (p. 300); y poco después podemos leer estas demoledoras palabras: «No sé si más allá del cielo de la ciudad estaba Dios, pero más acá estaban los helicópteros, siempre los helicópteros, un número anormal de helicópteros. Era lo que le faltaba a aquel cielo de mierda para culminar una espléndida tristeza» (p. 301).

Cervantes y el espíritu de tolerancia

Miguel de CervantesLigado a la idea de libertad[1], merece la pena destacar igualmente en Cervantes su delicado espíritu de tolerancia con los que piensan de forma diferente, tolerancia que se ha puesto en relación con un cristianismo de tintes erasmistas[2] entendido como amor y caridad, un concepto de religiosidad en el que lo esencial —más que los dogmas doctrinales y la oración meramente verbal— radica en la práctica sincera de una fe sencilla e íntima. Esa tolerancia también se ha explicado en otras ocasiones como resultado de su contacto directo y prolongado con personas de otra raza y religión, circunstancia que habría ensanchado las perspectivas de su mente[3].

Recordemos, además, que en su entremés El retablo de las maravillas Cervantes ridiculiza de forma magistral las creencias y prejuicios relacionados con la limpieza de sangre de los cristianos viejos[4]. Y no olvidemos tampoco su posición ante el tema de la honra y el honor, con su actitud comprensiva frente al adulterio, que lleva en sus obras a soluciones radicalmente alejadas de las sangrientas de los dramas de honor calderonianos. Tanto la defensa de la libertad humana como este espíritu de amor caritativo, de tolerancia y respeto frente a los demás, de comprensión ante sus diferencias, sus errores y sus defectos, son aspectos que nos hablan de la modernidad, la universalidad y la plena vigencia que, a día de hoy, siguen teniendo las enseñanzas cervantinas.

Otro aspecto fundamental al trazar la semblanza de Cervantes, y que nos habla asimismo de su profundísima humanidad, es su concepción de la nobleza entendida como virtud, como práctica del bien y la justicia, es decir, una nobleza de alma que está por encima de la nobleza adquirida por el mero nacimiento, heredada por la sangre. Por ejemplo, en Quijote, I, 4 el recién armado caballero le recuerda a Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, que «cada uno es hijo de sus obras» (p. 65). Y este mismo tema se hace presente también de forma muy clara en los consejos que da a Sancho Panza antes de que parta al gobierno de la ínsula Barataria, al manifestar que «la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale» (II, 47, pp. 970-971). Cervantes, el hijo del cirujano, sabe y defiende a ultranza que nadie es más que nadie si no hace más que nadie[5].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Cabe destacar, entre la bibliografía existente, el trabajo de Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, CSIC, 1949; también los de Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, Fondo de Cultura Económica, 1966 y Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1978; un breve estado de la cuestión en José Luis Abellán, El erasmismo español, 3.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 2005, especialmente las pp. 254-269 (epílogo titulado «La herencia del erasmismo en la cultura española: El Quijote»). Otros estudiosos, en cambio, matizan o niegan esa influencia erasmista.

[3] En distintos sentidos se han interpretado las palabras de Ricote, vecino morisco de Sancho que tiene que marchar de España tras los decretos de expulsión, en Quijote, II, 54: por un lado, muestra su profundo dolor al tener que abandonar la amada patria pero, al mismo tiempo, comprende y justifica los decretos de expulsión.

[4] Recuérdese que algunos autores han apuntado los posibles antecedentes judaicos de Cervantes.

[5] Al final de la aventura del barco encantado, afirma don Quijote: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro» (Quijote, I, 18, p. 196).

«Una ciudad del norte» (1999), de Pedro Ugarte

Pedro UgarteUna ciudad del norte, de Pedro Ugarte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999), novela la vida de Jorge, contada en primera persona, desde su infancia hasta que entra en la cuarentena, lo que se corresponde, aproximadamente, con los años que van desde las postrimerías del franquismo y la transición hasta nuestros días. Ugarte retrata la dura realidad del País Vasco de esas décadas, con especial incidencia en los problemas de la violencia callejera y el terrorismo. En ningún momento se indica el nombre de la ciudad en que ocurren los hechos, pero esa ciudad del norte a la que alude el título es, sin duda alguna, Bilbao (sí se menciona el nombre de Indautxu, el barrio donde ha nacido el protagonista). Esa anonimia de la ciudad se explica porque Jorge se siente «un hombre triste, avergonzado, acorralado en sus insignificantes problemas, acorralado en uno de tantos barrios de una ciudad desconocida, una ciudad sin nombre, como siempre quise que fuera la mía» (p. 186). En su relato, él siempre aludirá a ella con expresiones genéricas del tipo «la ciudad», «mi ciudad», «una ciudad del norte», y su visión de la misma es siempre negativa: se trata de «una ciudad monótona y cobarde» (p. 40); «aquella lúgubre ciudad» (p. 119); «esta maldita ciudad» (p. 255), cuyas calles constituyen un laberinto inhóspito y cruel (p. 164), amenazador, que dificulta el mantenimiento de las relaciones personales y sociales.

Jorge y sus antiguos compañeros del colegio de jesuitas, ya «instalados en los confortables recovecos de la clase media» (p. 233), siguen viéndose en los partidos de fútbol de las mañanas de los sábados; todos están «varados en esa ciudad donde nacimos, sirviéndola y sirviéndonos de ella» (p. 66). El protagonista subraya el declinar de su ciudad (se habla de «aquellos bancos que en su tiempo dieron fama a la ciudad y que ahora se hallaban domiciliados muy lejos de nosotros», p. 69), aunque siga conservando una reputación «rancia, inútil, patética» (p. 66), una alcurnia avejentada y decolorada:

Esos atareados símbolos engañaban a la ciudad y la persuadían de que aún era algo importante en el concierto universal, en la decisiva red de centros financieros e industriales que recorre el planeta. Por supuesto, se trataba de un engaño interno, sin ninguna consecuencia favorable, pero a la ciudad eso le bastaba. A la ciudad, en realidad, le bastaban muy pocas cosas (p. 300).

Esa «mentira» de la ciudad se corresponde, de alguna manera, con las «mentiras» del protagonista, con sus sucesivos fracasos laborales y sentimentales. Así ve Jorge la red de relaciones sociales en su problemática ciudad:

Las ciudades como la mía son pequeñas mesas de billar donde las bolas entrechocan sin cesar y los avatares personales traman imprevistas consecuencias. La gente se ve y se vuelve a ver, pierde la pista de los otros durante algunos años hasta que surgen otra vez, transfigurados, en un punto distante de la escala social. Sólo en ciudades como la mía (tan alejadas de la comunitaria aldea como de la vasta soledad de las metrópolis) la vida se parece a un juego de azar y las personas se comportan como fichas en un reducido tablero, condenadas a distanciarse y a volver a chocar, interminablemente, en una especie de endiablada carambola (pp. 122-123).

Negativa es también la imagen que de la ciudad tienen otros personajes, como Eddie:

Eddie rechazaba aquella ciudad donde no valían de nada los principios vitalistas, porque cierta inmundicia interior era lo único que ayudaba a sobrevivir en su general oscuridad, en sus calles estrechas, envueltas en permanentes cortinas de lluvia, una ciudad que obligaba a recluirse pronto en casa durante los tristes atardeceres invernales, una ciudad del norte donde sólo la resignación servía para encontrar cierto acomodo (pp. 119-120).

Cervantes y la libertad (y 2)

Cervantes y la libertad, por Luis RosalesPor otra parte, no debe extrañarnos esa defensa de la libertad, continua y fervorosa, en alguien que en distintas ocasiones conoció la desgracia de verse privado de ella[1]. Si Lope remató uno de sus sonetos con el verso «esto es amor, quien lo probó lo sabe», bien podríamos decir de Cervantes, parafraseando las palabras del Fénix, «esto es cautiverio, quien lo probó lo sabe». No olvidemos tampoco la importancia del tema de la libertad en sus obras de teatro, como La Numancia, tragedia de toda una ciudad celtíbera que prefiere perecer antes que perder su libertad bajo la opresión romana, y sus varias comedias de cautivos, impregnadas de rasgos autobiográficos. También la «Epístola a Mateo Vázquez» es un canto a la libertad, pues en ella solicita al rey Felipe II que conquiste Argel para liberar a los millares de prisioneros cristianos:

Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos
tienes la llave de su cerradura.

Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,

valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando.

Y pues te deja agora la discordia
que hasta aquí te ha oprimido y fatigado,
y gozas de pacífica concordia,

haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.

Sólo el pensar que vas pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adevino
ya desde aquí su pérdida y quebranto[2].

En Cervantes encontramos una afirmación explícita y rotunda de la libertad: el hombre es libre, y no puede dejar de serlo, y es al mismo tiempo responsable y dueño de sí mismo, como pregona un famoso verso inserto en el capítulo IV del Viaje del Parnaso: «Tú mismo te has forjado tu ventura»[3].

Así pues, la libertad constituye un tema esencial en la vida y en la obra literaria de Cervantes. Ahora bien, no siempre se trata de la libertad en sentido físico. Tenemos también, en otro orden de cosas, la libertad de amar (o no amar) proclamada a los cuatro vientos en el discurso de la pastora Marcela (Quijote, I, 14); o en un famoso soneto de la pastora Gelasia, incluido en La Galatea, que se remata con un hermosísimo verso decimocuarto, «libre nascí y en libertad me fundo», que podría servir como lema de todo el pensamiento cervantino.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 345-346, vv. 217-234.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, v. 79, p. 255. «Es de suponer que Cervantes siente ansia de libertad, de dejar la casa paterna, echar a volar, probar su aventura. Toda su vida, en prosa y sobre todo en verso, repetirá la misma idea esencial, clave de su interpretación de sí mismo y de los demás: Tú mismo te has forjado tu ventura» (Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 85).

El desengaño del mundo en «Desengaños místicos» de fray José Alberto Gay

Comentaba en la entrada anterior que la última sección de los Desengaños místicos (1757) del tudelano fray José Alberto Gay es la más interesante del libro. Ya los primeros versos nos sitúan frente a los tópicos clásicos de la «vida retirada» y del desengaño del mundo:

Del mundo retirado,
huyendo tu fatal, infiel abismo,
en mí reconcentrado,
hablando el corazón consigo mismo,
con luz al desengaño, a que me inspira
conocerlo, del mundo me retira (pp. 56-57).

El yo lírico, desde sus «soledades» y «oculto del bullicio de las gentes», va a mostrar el carácter falso del mundo, en diversos aspectos: el amor es engañoso, la belleza resulta efímera (una flor que se marchita al más breve soplo)… todo es «engañosa apariencia», y cuando llega la muerte todo lo mundano queda convertido «en hediondez, en asco y en horrura» (p. 59). Tampoco es un bien estimable la nobleza, salvo únicamente la que se identifica con la virtud:

Es todo fantasía,
es apariencia todo y falsedades;
quien bien lo conocía
exclamó: vanidad de vanidades;
sin virtud no hay grandeza,
que sola la virtud es la nobleza (p. 69).

Ni siquiera la sabiduría debe llevar al hombre a enorgullecerse: el sabio presumido no debe olvidar que toda la ciencia que tiene se la debe a Dios. Del mismo modo, las riquezas no son un bien estimable. Al final, todo cede ante el poder igualador de la muerte:

Aquel que obstenta galas,
el otro que se engríe en la nobleza,
otra bizarra Palas,
otro armado de mando y de riqueza,
a un breve volver de ojos
los veo de la parca ser despojos (p. 62).

A continuación aparece la imagen tópica de la voltaria fortuna, con su rueda:

Con la suerte oportuna
se mira aquel feliz entronizado,
pues ciega la fortuna
en la cumbre le puso colocado;
pero, ¡ay!, ¿qué le sucede?
Que a otra vuelta desde lo alto ruede (p. 62).

Fortuna

Después, para desengañar la «loca fantasía» del hombre, introduce el poeta cinco imágenes simbólicas: la selva exuberante de belleza que se marchita en cuanto sopla el noto; los primorosos cedros convertidos en frágil heno; la fuente risueña que va a morir en el mar; el ave parlera atrapada en la red o en la liga; y el corzo ligero abatido por un disparo. Esta es la parte más bellamente elaborada del poema, con algunas hermosas imágenes de sabor barroco (en la línea de las de la «Canción real a una mudanza» de José de Sarabia):

La fuente corre aprisa,
risueña entre las guijas se dilata,
al campo causa risa,
es en el césped cítara de plata;
mas su curso armonioso
en el mar halla su sepulcro undoso.

El ave que, parlera,
se desmiente clarín del vago viento,
sirviéndole a la esfera
de vistoso plumaje con contento,
cuando más se divierte
en la liga, en la red halla la muerte.

El corzo que, ligero,
es viviente bajel de selva y prado,
pues natural velero
céfiro se desmiente desatado,
para infelicemente
siendo rémora al curso el plomo ardiente (pp. 62-63).

La conclusión es, en suma, que todo cuanto ofrece el mundo «embustero», «engañoso» e «inconsecuente», no son más que «gustos fugitivos», de ahí que el hombre deba poner sus ojos en objetivos más altos:

En Dios fija la mira,
este es amigo fiel y verdadero;
del mundo te retira,
que es falaz, mentiroso y lisonjero:
allá hay sin contingencia
lo que aquí solo ves en apariencia.

[…]

Maldigo tus halagos,
mentiras, falsedades y traiciones;
conozco tus estragos,
mundo engañoso, lleno de ficciones,
y escarmentado vuelo
a buscar a mi Dios, por quien anhelo (pp. 63-64).

No faltan en esta composición las alusiones mitológicas (Jano, Cupido, Venus, Palas, la parca…) y bíblicas («se ocultan para Abneres los Joabes», p. 57), junto con referencias a otros personajes históricos (san Francisco de Borja). Asimismo, advertimos la presencia de varios tópicos clásicos, como el virgiliano latet anguis in herba («solapadamente / encontré entre las flores la serpiente») o el medieval Ubi sunt? (al tiempo que se recrea un célebre verso gongorino):

¿Adónde están los Ciros,
Nabucos, Alejandros, Baltasares?
El orbe corre a giros,
reconoce sus glorias militares,
verás su honra pasada
disuelta en tierra, en humo, en sombra, en nada.

Sus soberbios palacios,
el cetro, la grandeza, la corona,
los diamantes, topacios,
y cuanto grande de su ser blasona,
del tiempo al voraz diente
todo es pasado, nada de presente (p. 60).

En fin, los Desengaños místicos del Padre Gay se cierran con una «Protesta» (una décima) en la que el autor pone todo lo escrito bajo la corrección de la Iglesia, según fórmula usual.

Cervantes y la libertad (1)

Dos grandes temas completan el retrato moral del Cervantes hombre: uno es su apasionada defensa de la libertad, ante todo trance y en toda circunstancia, tema bien estudiado por Luis Rosales en los dos volúmenes de su libro Cervantes y la libertad; el segundo, su espíritu de tolerancia. Comenzaremos hoy el abordaje de la primera de esas cuestiones[1].

Don Quijote, entre otras cosas, es un héroe de la libertad, y su anhelo supremo de este ideal le lleva hasta el extremo de liberar a unos malhechores, los galeotes: en ese episodio narrado en Quijote, I, 22, el hidalgo manchego, saltando por encima de la justicia de los hombres y de cualquier otra consideración, da libertad a unos criminales castigados a galeras. Sancho le dice que es «gente forzada del rey» y le indica claramente que van condenados por los delitos que han cometido, pero don Quijote no oye más explicaciones: para su actuar le basta con saber que «van de por fuerza, y no de su voluntad» (p. 236). Él, que todavía es el Caballero de la Voluntad, no puede consentir que nadie —ni siquiera el mismo rey— atropelle la libre voluntad de otra persona, aunque se trate de unos desalmados.

Don Quijote libera a los galeotes

Si analizamos el hecho sólo desde el punto de vista racional, la acción de don Quijote es la de un anarquista que se opone a la justicia humana y a la autoridad real. Pero, en un sentido más profundo, lo que hace no es un disparate. Don Quijote se atiene únicamente a la religión de la caballería andante y se remite, en última instancia, a la infinita justicia divina:

… porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas […], que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello (p. 244).

Esta aventura cobra mayor significado como metáfora hiperbólica de la necesidad de poner el criterio de justicia y libertad por encima de todo. Recordemos también que Sancho Panza, tras decidir abandonar el gobierno de la ínsula Barataria, tan sólo desea retornar a su «antigua libertad». Y recordemos asimismo las hermosas palabras con que don Quijote alecciona a su fiel escudero en II, 58 tras abandonar la «prisión» que para ellos ha sido el Palacio ducal:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (p. 1094).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

Los «Desengaños místicos» (1757) de fray José Alberto Gay

He manejado una copia del ejemplar de la «segunda impresión, corregida y aumentada por el mismo autor» conservado en la Biblioteca Pública de Tudela, sign. R 2.545[1]. Esta segunda edición del libro se dio a las prensas en Zaragoza, en la imprenta de Francisco Moreno, el año de 1757.

Los Desengaños místicos están escritos en verso. Tras la «Dedicatoria a la fidelísima Esposa de Cristo Santa Gertrudis la Magna, honor y timbre glorioso de la sagrada, esclarecida religión del G. P. S. Benito» (nueve octavas reales, que ocupan cuatro páginas sin numeración), el libro se divide en las siguientes secciones:

1) «Introducción que hace el pecador lloroso para explicar en los Psalmos Penitenciales su arrepentimiento». Se trata de una larga glosa, en romance de rima –é o, de los siete salmos penitenciales. El uso continuo de esa misma rima para las siete glosas imprime un ritmo bastante monótono a esta sección inicial, que apenas se ve compensado por algunos aciertos de expresión (por ejemplo, la habitual interpretación exegética del agua como tribulación).

2) «Glosa de 19 cuartillas en que el alma propone amorosos afectos, después de haber llorado sus pecados», donde ya encontramos algo más de poesía. El modelo seguido es ahora el Cantar de los cantares: en efecto, en estas glosas se cantan los amores de la Esposa (el Alma) con el Esposo (Dios). Hay alguna bastante lograda, como por ejemplo la número II, que glosa estos versos: «¡Oh, Pastorcito divino!, / Lucero del alma mía, / resplandor del mejor día / que ha logrado mi destino» (p. 25a).

3) «Pinta el alma presente el Infierno, para librarse del pecado». Son 46 décimas en las que el yo lírico, al tiempo que describe las penas y los tormentos del infierno, incita al hombre a huir del vicio para evitar el castigo de la justicia divina. Termina así:

Este es un corto bosquejo
del mayor mal de los males;
abrid los ojos, mortales,
miraos en este espejo:
las luces de su reflejo
contengan vuestra maldad,
temed la severidad
del Infierno que os espera,
y evitad de esta manera
penas de una eternidad (p. 44).

Infierno

4) «Explica el alma el dolor que padece en el destierro de la celeste Corte», tirada de 26 octavas reales que glosan en estilo solemne y elevado el salmo 136, «Super flumina Babylonis».

5) «Glosa de la secuentia Dies irae, dies illa», 19 nuevas décimas que se construyen artificiosamente incorporando, junto con los versos castellanos, algunas de las expresiones latinas originales.

6) «Misterioso sueño para dispensar del pecado, propuesto en el siguiente romance, habiendo dado la primera cuartilla, para proseguir», romance de rima aguda en : el desengaño se ofrece en esta ocasión a través de un sueño del yo lírico en el que ha visto cómo, tras su muerte, su alma era condenada al Infierno; hace propósito de enmienda y confía en que los demás pecadores sigan su ejemplo.

7) «Exhortación a la resignación y paciencia en la siguiente glosa», donde los versos comentados son: «Sufre con amor igual, / alma, lo que más lastima, / que la más áspera lima / limpia mejor el metal».

8) «Para desengañar a otros, habla el corazón desengañado consigo mismo, proponiendo los engaños del mundo», que es una canción (43 estancias de seis versos heptasílabos y endecasílabos, con esquema de rima 7a 11B 7a 11B 7c 11C). Esta es, sin duda alguna, la sección más interesante del libro, y merece un comentario más detenido en una entrada aparte.


[1] Agradezco a Roberto San Martín Casi, responsable del Fondo Antiguo de la Biblioteca de Navarra, sus amables gestiones para la obtención de esta copia y las de otras obras del Padre Gay.

Cervantes, el hombre que aprendió a tener paciencia en las adversidades

Miguel de CervantesOtro aspecto destacable al trazar la semblanza de Cervantes, que ya quedaba apuntado en las famosas palabras de su autorretrato literario, es su carácter paciente y sufrido frente a las múltiples adversidades que la vida le deparó[1]: posibles problemas juveniles con la justicia y huida a Italia, fatigosa vida de soldado, cautiverio de cinco largos años entre infieles, un matrimonio al parecer no demasiado feliz, continuas necesidades pecuniarias, un trabajo muy poco grato como recaudador de impuestos, falta de amigos y burlas de sus enemigos literarios, varios pasos por la cárcel…

Cervantes es un hombre forjado en estos duros trances de la vida, como él mismo explicitaba al decir que «aprendió a tener paciencia en las adversidades». Un hombre que, a pesar de las amargas experiencias vividas, nunca —ni siquiera en la hora de la muerte— pierde el sentido del humor y la capacidad de escribir con gracia y con donaire y, por el contrario, es capaz de brindarnos un libro tan «sin hiel» como el Quijote[2].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] El propio Cervantes escribe: «Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y mohíno, / en cualquiera sazón, en todo tiempo» (Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 22-24, p. 254).

Fray José Alberto Gay, un desconocido literato tudelano del siglo XVIII

Muy poco conocida resulta la figura y la obra de fray José Alberto Gay, carmelita tudelano del siglo XVIII, autor de algunas obras literarias que no carecen de interés. Los principales datos bio-bibliográficos a él relativos los ha resumido Luis María Marín Royo en la entrada que le dedica en la Gran Enciclopedia Navarra:

Gay, José Alberto. (Tudela, 24.6.1705-Tudela, ca. 1780). Carmelita. Ingresó en la orden del Carmen Calzado a la edad de 17 años y obtuvo el grado de doctor en Teología. Fue examinador sindical [sic, errata por sinodal] de los obispados de Albarracín y Jaca, de cuyo convento fue tres veces prior, al igual que lo había sido del de Calatayud; definidor de la provincia carmelitana de Aragón y socio honorario de la Real Médica Sociedad Matritense de la Esperanza.

Las únicas referencias de su vida relacionadas con su ciudad natal son un acuerdo municipal del 17 de mayo de 1747 por el que el ayuntamiento le confió el encargo de predicar el sermón de la colegiata día de Santa Ana, patrona de la ciudad; otro del 17 de mayo de 1751 en que se le nombró predicador para la próxima cuaresma; y el último del día 15 de mayo de 1752 en que de nuevo se le pidió que predicase la cuaresma para el año siguiente.

Escribió y publicó: Triunfo y poder de Santa Orosia, Patrona de la muy noble y leal ciudad de Jaca y [su] montaña (Pamplona, 1745). Desengaños místicos y métricos amorosos afectos para mover al hombre a llorar sus culpas y [a] agradecer las divinas finezas (dos ediciones, la segunda en Zaragoza, 1757); y El grande patriarca y celador Elías, norma y ejemplar de prelados y elecciones religiosas (Zaragoza, 1748).

Santa Orosia de Jaca

Otras referencias a fray José Alberto Gay las hallará el curioso lector en Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura; en José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos; o en Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, entre otros autores.

A las obras mencionadas por Luis María Marín Royo, debemos añadir todavía dos títulos más: Parnaso alegórico, corona de musas y estrellas en gloria del Beato Josef de Calasanz, fundador de las Sagradas Escuelas Pías (Zaragoza, 1756) y Métrica lúgubre expresión en la muerte del Excmo. Señor Conde de Gages, Virrey y Capitán General de Navarra, etc. (pieza manuscrita conservada en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, sign. Ms. 11.027).

A mi juicio, la obra más interesante del Padre Gay es la titulada Desengaños místicos, y a ella dedicaré unas breves notas en las próximas entradas.

Cervantes soldado o «el manco de Lepanto»

Con respecto a Cervantes y las armas, baste mencionar su heroica participación en la batalla naval de Lepanto, que siempre recordaría con orgullo[1]. Así, en el «Prólogo al lector» de la II Parte del Quijote se defiende con estas palabras de los insultos lanzados contra él por Avellaneda:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella (pp. 617-618).

Un rasgo destacado del carácter cervantino es, precisamente, el de su valor heroico (Cervantes se burlará de muchas cosas en su obra, pero jamás se reirá de la heroicidad; al contrario, ensalzará la sangre derramada en combate, por ejemplo en los dos sonetos a la pérdida de La Goleta insertos en la historia del capitán cautivo, en la I Parte del Quijote). Su participación en tan gloriosa jornada la evocará también en unos versos de la «Epístola a Mateo Vázquez», secretario de Felipe II (obra atribuida a Cervantes, aunque su autenticidad se ha puesto en duda y podría ser una falsificación).

Batalla de Lepanto

Aquel día Cervantes se encontraba enfermo con fiebre y sus superiores quisieron que se retirase a la sentina, con los heridos; sin embargo, su alto sentido del deber le hizo permanecer arriba, peleando en el esquife (uno de los lugares más peligrosos, en primera línea de combate, expuesto directamente al fuego enemigo) al mando de una docena de hombres (lo que parece indicar que era más que soldado raso, algo así como cabo). Él prefiere perder la vida en defensa de Dios y de su rey que quedarse a resguardo bajo cubierta; y en estos versos de la epístola se muestra que la inmensa alegría por la victoria alcanzada le hace olvidar el dolor de las heridas recibidas en el pecho y en la mano izquierda:

 … y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada
cuanto a la nuestra favorable y diestro,

de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho,
y de bárbara gente y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho […].

Con alta voz de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el sol mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.

A esta dulce razón, yo triste estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba.

El pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,

que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido[2].

Cervantes siempre se enorgulleció de su participación en aquella gloriosa batalla «donde, con alta de soldados gloria, / y con propio valor y airado pecho, / tuve, aunque humilde, parte en la vitoria»[3]. Su valiente actuación le haría ganar para la posteridad el sobrenombre de «el manco de Lepanto».

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 341-342, vv. 109-144.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, I, vv. 142-144, p. 220.