Tenemos, entonces, que la burla nada eutrapélica del bojiganga ha terminado en un acto de violencia que ha provocado un daño físico, al dar con don Quijote en el suelo. Y esa primera violencia se ha encadenado con una segunda, la consistente en saltar a lomos del rucio y darle con las vejigas en las ancas, acción que provoca las dudas de Sancho, al verse en la disyuntiva de acudir a socorrer a su amo o a su borrico (esta bondad natural del escudero contrasta con la travesura del burlón demonio). Como ha puesto de relieve Evangelina Rodríguez Cuadros, en esta segunda parte del episodio don Quijote se ve colocado ante un espejo, que le devuelve una imagen ridícula, la del bojiganga o moharracho:
El espejismo teatral se materializa de manera sangrante: un loco bufón se enfrenta a un hidalgo loco. Una mala figura, torpe y grotesca, entra en competencia con una Triste Figura y ésta no puede soportar el espejo que se le pone delante[1].
Recordemos qué decía exactamente el texto del pasaje en cuestión:
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles; cuya mala visión así alborotó a Rocinante, que sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio y a toda priesa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos (p. 715).
Podemos constatar que don Quijote sufre aquí una violencia ridícula y carnavalesca: el susto del bufón le hace caer al suelo junto con Rocinante, y la caída lo deja «harto más maltrecho de lo que él quisiera» (p. 715) [2]. Inmediatamente después será el rucio de su escudero quien sufrirá los golpes del bojiganga: «cada vez que [Sancho] veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno» (p. 715)[3].
[1] Evangelina Rodríguez Cuadros, «Don Quijote y sus figuras: de la imitación al retablo de maese Pedro», Philologia Hispalensis, 18.2, 2004, p. 179.
[2] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
Al texto de la comedia propiamente dicho le anteceden unos versos dirigidos «Al lector»[1], en los que el dramaturgo, José Joaquín Benegasi y Luján, indica que su numen «a lo festivo se inclina» y, además, alude a la brevedad de su pieza dramática:
Jornadas tan limitadas, solo yo las escribí, porque me hallo viejo y no estoy ya para jornadas. Perdonen mis humoradas, porque mi numen, tal cual, gusta de gastar su sal y a lo festivo se inclina, pero no soy tan gallina que me complazca el corral[2].
De estos versos —y de las alusiones dilógicas que encierran— parece deducirse que el autor se considera ya viejo (en realidad, si la obra se publica hacia 1753, tendría entonces unos cuarenta y seis años), que su inventiva es esencialmente jocosa y que, en principio, no piensa destinar su pieza a la representación pública (al menos eso parece querer indicar el no meterse en el corral: ‘el de comedias’). Quizá convenga ponerlos en relación con otros que dice el Conde en la Jornada segunda, y que tal vez pudieran estar reflejando circunstancias personales del autor, es decir, de la relación de Benegasi y Luján con el teatro de su tiempo:
CONDE.- Unas veinte comedias tengo escritas y son fatales.
LEONOR.- Pues serán bonitas.
CONDESA.- ¿Por qué a los tramoyistas no comboyas?
CONDE.- Porque a mí no me llevan las tramoyas.
CONDESA.- ¿Por qué no das siquiera los sainetes?
CONDE.- Porque no son los míos de juguetes.
CONDESA.- Quizá valieran, como ya es costumbre.
LEONOR.- ¿Qué te darían?
CONDE.- Una pesadumbre. Observo yo los cómicos preceptos y no gusta ya el patio de conceptos.
CONDESA.- ¿Pues de qué gustan, dime, sus cuadrillas?
CONDE.- De meneos, de teatro y tonadillas (vv. 497-508).
Pienso que el autor puede estar aludiendo al hecho de que el público de su tiempo gusta más del teatro que abusa de la tramoya (por ejemplo, las comedias de magia, las bélicas, las de gran aparato…) o de los géneros musicales («tonadillas») que de un teatro, como es el suyo, basado fundamentalmente en la comicidad verbal, en la agudeza conceptista (los conceptos a los que alude ahora, las humoradas que mencionaba antes).
Tramoyas
Sea como sea, la lista de «Interlocutores» sigue poniendo de manifiesto ese genio bienhumorado del autor, que hace uso de la onomástica burlesca: así, encabeza el reparto el conde de No se sabe, y se incluye también entre los personajes un gracioso llamado Mequetrefe, nombre que más adelante, ya en el interior de la comedia, servirá para introducir algunos juegos de palabras:
CONDESA.- Mequetrefe, callad y tened modo.
MEQUETREFE.- Un mequetrefe suele hablar en todo.
CONDESA.- A otra parte, si gastas más razones.
CONDE.- Mequetrefes tendremos a montones.
MEQUETREFE.- Eso, señor, me da mayor contento, pues van los mequetrefes en aumento (vv. 463-468).
El reparto de la obra es muy reducido, con seis personajes de intervención destacada: el Conde y la Condesa, don Diego y doña Leonor, don Juan de Cevallos y Mequetrefe; el resto son meras comparsas (dos pajes, una viuda, un poeta, un agente de negocios, un letrado, un doctor y un pastelero, más los músicos). Ese reparto no muy amplio va en correspondencia con la mencionada brevedad de la pieza, circunstancia a la que se alude nuevamente, de forma chistosa, en el ultílogo:
TODOS.- Y no la notéis por corta [a la comedia], pues siendo así nadie niega que es menos mala si es mala y es mejor si sale buena (vv. 839-842)[3].
[1] Las citas serán por mi reciente edición: José Joaquín Benegasi y Luján, Llámenla como quisieren, edición, estudio preliminar y notas de Carlos Mata Induráin, en Carlos Mata Induráin (coord.), Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 8. Comedias burlescas, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 617-696.
[2] Estos versos preliminares se presentaban con algunas variantes en la primera edición.
La presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es relativamente amplia, y es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos más concretamente al tema de las guerras de Arauco, apreciaremos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De los cronistas, historiadores y autores de relaciones, hay que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y el Arauco domado de Pedro de Oña, sin que convenga olvidar otros títulos como Purén indómito de Diego Arias de Saavedra (atribuido tradicionalmente a Hernando Álvarez de Toledo) o Las guerras de Chile de Juan de Mendoza y Monteagudo.
Fundación de Santiago de Nueva Extremadura
En el teatro, la materia araucana la encontramos plasmada en piezas como La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete (1622), obra colectiva de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; La Araucana, auto sacramental de principios del siglo XVII, atribuido a Lope; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos, títulos a los que podemos añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte (comedia conservada en manuscrito y editada modernamente, en 1983, por M. del Carmen Hernández Valcárcel).
Sobre la materia de Arauco en el teatro existe abundante bibliografía[2], y a ella remito para más detalles. Ahora quiero recordar dos ideas tópicas que suelen mencionarse al tratar de estas cuestiones: por un lado, la escasa presencia del tema americano, en general, en el teatro español del Siglo de Oro; por otra parte, dentro de ese corpus reducido, la abundante presencia de temas y personajes relacionados con las guerras de Arauco[3]. ¿Por qué se escribieron tantas comedias ambientadas en ese contexto chileno? Creo que podemos dar por buenas las razones que aporta Glen F. Dille:
El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].
[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, Glen F., «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro, Kassel, Reichenberger, 1992; Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993; Teresa J. Kirschner, Teresa J., «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y Juan Antonio Martínez Berbel (coords.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Ignacio Arellano, M. Carmen Pinillos, Frédéric Serralta y Marc Vitse (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442 y La alegoría de América en el Barroco hispánico: del arte efímero al teatro, Valencia, Pre-Textos, 2005; Julián González Barrera, Un viaje de ida y vuelta: América en las comedias del primer Lope (1562-1598), Alicante, Universidad de Alicante, 2008; o Guillem Usandizaga, La representación de la historia contemporánea en el teatro de Lope de Vega, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2014. En estos trabajos el lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada.
[2] Para un acercamiento monográfico, ver especialmente Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996 [publicado posteriormente como Mónica Escudero, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999], y Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; también Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 y Dieter Janik, «La “materia de Arauco” y su productividad literaria», en Karl Kohut y Sonia V. Rose (eds.), La formación de la cultura virreinal, II, El siglo XVII, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 121-134.
[3] Ver por ejemplo Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», pp. 21 y 44-45.
[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.
Merece la pena destacar que la primera reacción de don Quijote ante el inesperado y sorpresivo encuentro había sido imaginar una aventura caballeresca: «Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura» (p. 713)[1]. Sin embargo, en cuanto el Diablo-carretero o carretero-Diablo detiene la carreta y le habla mansamente, el manchego acepta la explicación racional de todo aquello tan aparentemente extraño que está viendo:
—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula (pp. 714-715).
El episodio podría haber concluido ahí. Sin embargo, hay un factor añadido que va a hacer que la violencia no se haya desactivado todavía. Don Quijote, no lo olvidemos, viene abatido tras la burla del encantamiento de Dulcinea sufrida en el capítulo anterior (recordemos las primeras palabras de este capítulo II, 11: «Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana», p. 711); y ahora se va a tener que enfrentar a otra burla, cuando aparece el moharracho, «uno de la compañía que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas» (p. 715). Los exagerados movimientos de este «demonio bailador de las vejigas» (p. 715) asustan a Rocinante, que sale corriendo y termina derribando al suelo a don Quijote.
El resto del episodio se puede resumir brevemente: consiste primero en el fracasado intento de robo del rucio por parte del Diablo de las vejigas (se monta en él y trata de llevárselo, pero finalmente rueda también el por tierra: «habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante», p. 716), que finalmente lo deja marchar, volviendo entonces la bestia tranquilamente a su querencia; sigue el deseo expresado por el caballero de vengarse en alguno de los de la carreta; vienen luego las prevenciones de Sancho contra los farsantes, «que es gente favorecida» (p. 716), y los gritos de don Quijote, que quiere arremeter contra el «gallardo escuadrón» (p. 717) que forman los cómicos, los cuales se previenen con piedras para dar una buena «sopa de arroyo» (p. 717) a su atacante; finalmente, vemos cómo Sancho convence a su amo de que es mejor no atacarlos diciendo que «entre todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante» (p. 717). Esta advertencia del «Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y sincero» (p. 717) constituye un argumento de peso para don Quijote, que queda convencido y vuelve las riendas de Rocinante; «la Muerte con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje», y «este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte» (p. 718)[2].
[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
El subgénero de la comedia burlesca del Siglo de Oro, que alcanzó su máximo auge durante el reinado de Felipe IV, se prolonga hasta bien entrado el siglo XVIII con títulos como El rey Perico y la dama tuerta, de Diego Velázquez del Puerco[1]; las anónimas Angélica y Medoro[2] y Don Quijote de la Mancha resucitado en Italia[3]; o dos piezas debidas a Félix Moreno y Posvonel, El muerto resucitado[4] y Pagarse en la misma flor y boda entre dos maridos[5]. Mi acercamiento, en varios trabajos anteriores, a este corpus me ha permitido concluir que:
En estas piezas, que a veces se presentan con el subtítulo de comedia nueva burlesca, los autores dieciochescos siguieron manejando —en líneas generales— los mismos recursos de la jocosidad disparatada empleados por los ingenios del XVII, en el doble plano de la comicidad escénica y verbal. Sin embargo, se observa en las comedias burlescas del siglo ilustrado un notable adelgazamiento de las tramas: las dramatis personae se reducen casi al mínimo (en ocasiones, no más de cuatro o cinco personajes) y la acción se debilita hasta hacerse tan sencilla, que queda supeditada al humor verbal. Dicho de otra forma, en ellas predomina la concatenación de chistes y juegos de palabras, más que el desarrollo de una acción dramática. Además, no se suelen construir como parodia de una pieza seria concreta, sino que parodian diversas convenciones y escenas tópicas de la Comedia Nueva[6].
El minuet o Escena de Carnaval, de Giovanni Domenico Tiepolo
En el caso particular de Llámenla como quisieren, comedia burlesca del siglo XVIII de José Joaquín Benegasi y Luján que he editado recientemente[7], esas indicaciones apuntadas para las otras obras en general las vamos a ver confirmadas, como tendremos ocasión de comprobar en próximas entradas. La pieza tuvo dos ediciones, y su título y sus datos de portada ya son jocosos en sí mismos: Comedia (que no lo es) burlesca intitulada «Llámenla como quisieren». Su autor ella lo dirá. Se hallará donde la encuentren, y será en la Imprenta y Librería de Juan de San Martín, calle del Carmen, donde se hallarán otros papeles curiosos escritos por el mismo autor, en Madrid, con todas las licencias necesarias, [¿Juan de San Martín?], s. a. Hubo otra edición posterior, en la que sí se explicita el nombre del autor: Comedia (que no lo es) burlesca intitulada «Llámenla como quisieren». Su autor ella lo dirá; y por si lo calla: de don Josef Joaquín Benegasi y Luján, etc. Se incluye al fin de ella el sainete de «El Amor casamentero». Segunda impresión. Con licencia, en Madrid, en la Imprenta de Francisco Javier García, calle de los Capellanes, año 1761. Se hallará en la Librería de Josef Matías Escribano, frente de las Gradas de San Felipe el Real.
Salvador Crespo Matellán[8], tras consignar únicamente la ficha correspondiente a la primera edición (para la que aventura, entre interrogaciones, la posible fecha de 1753[9]), se pregunta si esta comedia es en realidad burlesca. Podemos responder que lo es, aunque con ciertas matizaciones aplicables también a otras piezas similares del siglo XVIII. Efectivamente, Llámenla como quisierenno es una comedia burlesca (como lo eran las del XVII) en el sentido de que su acción esté parodiando la de un modelo serio anterior, cuyo texto sirva de base para la recreación y sea su referente último; pero sí lo es en tanto en cuanto toda ella se construye como una sarta de disparates más o menos ingeniosos, de juegos dilógicos y chistes jocosos. En sentido estricto, si quisiéramos subrayar las diferencias con respecto a sus precedentes de la centuria anterior, quizá le convendría, más que el rótulo de comedia burlesca, el de comedia jocosa o disparatada. Dicho con otras palabras: es burlesca exclusivamente por su estilo desenfadado, por su exploración de la comicidad verbal, por estar llena de chanzas y burlas, pero no por el empleo de unas técnicas paródicas (que era rasgo definitorio de este peculiar subgénero dramático en el siglo xvii)[10].
[1] Contamos con una edición moderna de María José Casado, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VI, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007.
[2] Hay edición moderna debida a Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, en Dos comedias burlescas del Siglo de Oro: «El Comendador de Ocaña». «El hermano de su hermana», Kassel, Reichenberger, 2000.
[8] Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1979, p. 35.
[9] Por su parte, Jerónimo Herrera Navarro, que también menciona solo esta primera edición, escribe: «Impresa en 1744» (en su Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Alcalá de Henares / Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993).
Este episodio ocupa el capítulo 11 de la Segunda parte del Quijote, titulado «De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de Las Cortes de la Muerte»[1]. El caballero manchego y su fiel escudero van conversando acerca del encantamiento de Dulcinea, que se ha producido en el capítulo anterior; Sancho, tras expresar su preocupación ante la posibilidad de que los gigantes y caballeros que venza su amo no puedan encontrar a la dama (por estar encantada), muestra su disposición a emprender nuevas aventuras. Entonces algo sorprendente viene a interrumpir sus cavilaciones:
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:
—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza (pp. 713-714)[2].
Stefano Arata, en su lectura explicativa del capítulo, comenta al respecto que este encuentro sucede durante la semana de las fiestas del Corpus Christi, la llamada octava del Corpus[3], «cuando las compañías teatrales, tras haber actuado en las procesiones de las capitales, solían llevar sus autos sacramentales a los pueblos de la comarca»[4]. Ya sabemos que Cervantes fue un gran hombre de teatro —género en el que también quiso triunfar, aunque ahí se topó con la figura y la obra del Fénix—, y que estaba muy atento a todas las novedades teatrales de su tiempo, que conocía muy bien —como demuestra, por otra parte, la siempre destacada teatralidad del Quijote, en especial de su Segunda parte—, de ahí que no deba extrañarnos el carácter documental de este episodio, como ha puesto de relieve la crítica. Cito de nuevo a Arata:
Todo, en la descripción de la carreta de actores que se cruza en el camino de DQ, responde a la esfera de la verdad histórica, de forma casi documental. Existió realmente el autor de comedias Andrés de Angulo «el Malo», cuya compañía era una de las más afamadas de la época; el auto sacramental de Las Cortes de la Muerte que los actores acaban de representar, se puede identificar con una pieza de Lope de Vega, cuyo texto ha llegado hasta nosotros, y la descripción del atuendo de los faranduleros reproduce casi literalmente las indicaciones de vestuario del manuscrito lopesco. También el extraño personaje que aparece junto a la carreta —ese bojiganga que hace sonar unos cascabeles y esgrime un palo con unas vejigas de vaca—, procede de la viva realidad de las fiestas del Corpus. Se trata de una figura carnavalesca, personificación de la Locura, que precedía a los carros durante las procesiones, asustando con sus saltos y con un palo a los espectadores. Según la zona geográfica, se le conocía con el nombre de botarga, mojarrilla o moharracho[5].
[1] Sobre este episodio pueden consultarse los trabajos de Leonard Mades, «El auto de Las cortes de la Muerte mencionado en el Quijote», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, pp. 338-343; Roberto Jiménez Silva, «Un drama sacro en el Quijote: Las Cortes de la Muerte», en Homenaje académico al «Quijote» en el IV Centenario de su publicación, Toledo, Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, 2006, pp. 65-71, y James Iffland, «Don Quijote ante Las Cortes de la Muerte: reflexiones sobre la intertextualidad festiva», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 605-615, entre otros posibles.
[2] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
[3] Dato que rompe la cronología interna del Quijote… pero esa es otra cuestión.
En la serie de entradas a la que doy comienzo hoy pretendo un acercamiento a dos episodios de la Segunda parte del Quijote —el del carro de las Cortes de la Muerte (II, 11) y el del retablo de maese Pedro (II, 25-26)— en los que burla, teatralidad y violencia se dan la mano. Obvio es decir que estos tres conceptos han dado mucho juego a la hora de analizar la novela cervantina y han generado una abundantísima bibliografía[1]. Sin embargo, ahora me interesa destacar la fuerte imbricación de esos tres conceptos en los dos episodios seleccionados. En ambas ocasiones don Quijote se va a ver enfrentado a sendas realidades del mundo teatral cotidianas en aquella época (una compañía de actores, un retablo de títeres), pero que en su caso van a ser interpretadas en clave caballeresca.
En este sentido, los dos episodios ponen en primer plano el conflicto clave entre realidad y apariencia. El desenlace, en ambos episodios, resulta diferente: si en el primero de ellos don Quijote sufre la violencia carnavalesca del bojiganga y termina derribado por los suelos, quedando conjurada su proyectada venganza por la fuerza de la palabra (merced a un sabio consejo de Sancho), en el segundo el resultado será una explosión de violencia física derivada de la cólera del hidalgo, cuyos objetos pacientes serán los títeres de maese Pedro. Interesa destacar además que ambos episodios no solo incluyen burlas, sino que se desarrollan en un contexto general de burlas: así, el primero sucede tras el encantamiento de Dulcinea (en el momento del encuentro con las labradoras del Toboso en II, 10); y el segundo está colocado entre el planteamiento (II, 25) y el desenlace (II, 27) de la burlesca aventura del rebuzno[2].
[1] Sobre la burla en el Siglo de Oro son imprescindibles las reflexiones de Monique Joly, La bourle et son interpretation, Lille, Université de Lille, 1982; y, más recientemente, las de Ignacio Arellano, «La burla en el Siglo de Oro. Algunas consideraciones previas», en Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 1. Poesía de Lope de Vega, Góngora y Quevedo, New York, IDEA, 2020, pp. 13-24; con relación a la teatralidad en el Quijote, ver por ejemplo Bruce R. Burningham, «Jongleuresque Dialogue, Radical Theatricality, and Maese Pedroʼs Puppet Show», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, 23.1, 2003, pp. 165-200, y Jesús G. Maestro, «De la teatralidad en el Quijote. Sancho en Barataria o la subversión de la preceptiva sobre lo cómico», en Emilio Martínez Mata (coord.), Cervantes y el «Quijote». Actas del coloquio internacional, Oviedo, 27-30 de octubre de 2004, Madrid, Universidad de Oviedo (Catedra Emilio Alarcos Llorach) / Arco Libros / Asociación de Cervantistas, 2007, pp. 97-112; para la violencia, remito a Antonio Martí, «Mal y violencia en Don Quijote: crítica social cervantina», Anales Cervantinos, 25, 1987, pp. 285-303; Bénédicte Torres, Cuerpo y gesto en el «Quijote» de Cervantes, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2002, y Bénédicte Torres y Michèle Estela-Guillemont, «Algunas consideraciones acerca de la violencia en el Quijote», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 719-745, entre otros muchos trabajos.
Copio hoy este bello y emotivo soneto, de factura clásica, de José Luis Martín Descalzo (Madridejos, Toledo, 1930-Madrid, 1991), sacerdote, periodista y escritor, perteneciente a su libro Testamento del Pájaro Solitario, publicado en abril de 1991, pocas semanas antes de su fallecimiento. «Nadie ni nada» es el último poema de la tercera parte del libro, «Que bien sé yo la Fonte» (todo el volumen se presenta «En homenaje a y en seguimiento de San Juan de la Cruz»).
Nadie estuvo más solo que tus manos perdidas entre el hierro y la madera; mas cuando el Pan se convirtió en hoguera nadie estuvo más lleno que tus manos.
Nadie estuvo más muerto que tus manos cuando, llorando, las besó María; mas cuando el vino ensangrentado ardía nadie estuvo más vivo que tus manos.
Nadie estuvo más ciego que mis ojos cuando creí mi corazón perdido en un ancho desierto sin hermanos.
Nadie estaba más ciego que mis ojos. Grité, Señor, porque te habías ido. Y Tú estabas latiendo entre mis manos[1].
[1] Cito por José Luis Martín Descalzo, Testamento del Pájaro Solitario, 13.ª ed., Estella, Verbo Divino, 1991, p. 87.
Añadiré hoy el romance de las Rimas sacras «Al ponerle en la cruz», que describe el momento de la crucifixión. Ahora bien, el relato en tercera persona de aquellos hechos alterna con los apóstrofes a Cristo en los vv. 41-56 («mi Jesús, bien de mis bienes», v. 42, «mi Amor», v. 49) y a la Virgen María en los vv. 61-72 («divina Madre suya», v. 61, «Reina de los cielos», v. 65, «Madre de piedad», v. 69); pero la voz lírica apela sobre todo directamente al alma pecadora y endurecida, en dos ocasiones (vv. 25-28 y 81-84), un «Alma pegada en tus vicios…», «Alma de pórfido y mármol» a la que se le dirige la admonición final «no te despierte la muerte».
Este es el texto del romance:
En tanto que el hoyo cavan adonde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la Sierpe[1],
aquella ropa inconsútil[2] que de Nazaret ausente labró la hermosa María después de su parto alegre,
de sus delicadas carnes quitan con manos aleves[3] los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte.
No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes.
Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten.
Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues.
Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede.
A la sangrienta cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le coronaron dos veces.
Asió la soga un soldado, tirando a Cristo de suerte que donde va por su gusto quiere que por fuerza llegue.
Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de la gente, que primero que la abrace quiere también que la bese.
¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se acueste!
¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os prometen! ¡Qué corredores dorados los duros clavos crueles!
Dormid en ella, mi Amor, para que el hombre despierte, aunque más dura se os haga que en Belén entre la nieve.
Que en fin aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra Madre y el heno de aquellos bueyes.
¡Qué vergüenza le daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo entre tanta gente!
¡Ay, divina Madre suya!, si agora llegáis a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os consuele?
Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor es este, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles.
Mas, ¡ay, Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para tomar la medida por donde los clavos entren.
¡Oh, terrible desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre.
Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene.
Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte[4].
[1]el Cordero … figurado por la Sierpe: reminiscencia bíblica, de Números, 21, 1-9: cuando los israelitas atraviesan el desierto tras escapar de Egipto, muchos de ellos mueren mordidos por las serpientes; por indicación del Señor, Moisés fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un asta. Todos los mordidos por las serpientes que miran a la serpiente de bronce, sanan. Esta serpiente exaltada en el asta es trasunto de Cristo salvador en la Cruz. Comp. con estos versos del romance «A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», de Agustín López de Reta: «Si abrigó el pecho en afectos / áspides que le envenenan, / en ti, exaltada Serpiente, / salud prodigiosa encuentra» (en Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz, con privilegio, en Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, impresor del reino, año 1688).
[4] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 641-643.
Para este 6 de enero —fiesta de la Epifanía del Señor— he seleccionado unos versos pertenecientes a Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612)[1].
La adoración de los Reyes Magos (Rubens).
El poema del Fénix («una canción que uno de los criados que traemos comenzó a cantar a los Reyes») se inserta entre la prosa del Libro cuarto:
Reyes que venís por ellas, no busquéis estrellas ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
Reyes que venís de Oriente al Oriente del Sol solo que, más hermoso que Apolo, sale del Alba excelente; mirando sus luces bellas, no sigáis la vuestra ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
No busquéis la estrella agora, que su luz ha oscurecido este Sol recién nacido en esta Virgen Aurora. Ya no hallaréis luz en ellas; el Niño os alumbra ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
Aunque eclipsarse pretende, no reparéis en su llanto, porque nunca llueve tanto como cuando el Sol se enciende. Aquellas lágrimas bellas, la estrella oscurece ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas[2].
[1] Hay edición moderna: Pastores de Belén, ed. de Antonio Carreño, Madrid, Cátedra, 2010.
[2] Tomo el texto, con algunas modificaciones, de la versión de Pastores de Belén preparada por Enrique Suárez Figaredo, edición electrónica que tiene como texto base la edición de Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612 (estos versos se localizan en las pp. 277-278). El poema se encuentra reproducido en varios sitios de Internet con el título facticio de «La llegada de los Reyes Magos».