Narciso Serra, poeta y dramaturgo: caudal literario

En entradas anteriores me he ocupado ya de la biografía de Narciso Serra (1834-1877) y he trazado una semblanza literaria del escritor.

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A continuación, y sin ánimo de exhaustividad, ofrezco un listado con los títulos de las principales obras poéticas y dramáticas de Narciso Serra, ordenados por orden alfabético, con los datos más completos posibles que me ha sido dado recabar:

  • A la puerta del cuartel, juguete cómico en un acto y en verso (1867; 2.ª ed. en 1873).
  • Amar por señas, adaptación de la obra de Tirso de Molina (1855).
  • Amor, poder y pelucas, comedia en tres actos traducida libremente del francés (1855).
  • Cómo se rompen palabras, comedia en tres actos y en verso, original de Narciso Serra y Cayetano di Suricalday (1852).
  • Con el diablo a cuchilladas (1854).
  • ¡Don Genaro!, zarzuela en un acto y en verso, con música de Luis Martín (1866).
  • ¡Don Tomás!, juguete cómico (1867).
  • Dos Napoleones, juguete cómico en tres actos y en verso (1870).
  • El amor y la Gaceta, juguete cómico en tres actos, original y en verso (1863).
  • El bien tardío, segunda parte de El loco de la guardilla, drama original en un acto y en verso (1867; 2.ª ed. en 1876).
  • El gran día, zarzuela en un acto y en verso, con música de Soledad de Bengoechea (1874).
  • El loco de la guardilla, paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, con música de Manuel Fernández Caballero (1861; 8.ª ed. en 1887).
  • El querer y el rascar, comedia en un acto y en verso (1856; 3.ª ed. en 1886).
  • El reló de San Plácido (1858).
  • El todo por el todo (1855).
  • El último mono, sainete en verso sobre un pensamiento de Alfonso Karr, con música de Cristóbal Oudrid (1859).
  • Entre bastidores, zarzuela en un acto y en verso, con música de Miguel Carreras y González (1874).
  • Flor de los cielos, balada lírico-dramática en verso, con música de Soledad de Bengoechea (1874).
  • Harry el diablo, zarzuela en dos actos y en verso, en colaboración con Miguel Pastorfido y música de Antonio Repáraz (1862).
  • La boda de Quevedo, comedia en tres actos y en verso (1854).
  • La calle de la Montera, comedia en tres actos y en verso (1859).
  • La confesión de un muerto, cuento original y en verso (1875).
  • La edad en la boca, pasillo filosófico casero, original y en verso, con música de Joaquín Gaztambide (1861).
  • La oveja descarriada (1865).
  • Las desdichas de un buen mozo, juguete en dos actos y en verso (1876).
  • Las dos hermanas, comedia en un acto y en verso (1869).
  • Las ferias de Madrid, con Juan Dot y Michans (1849).
  • Las mocedades de Enrique V.
  • Leyendas, cuentos y poesías originales de D. Narciso S. Serra (1876; 2.ª ed. corregida y aumentada en 1877).
  • Los infieles, juguete cómico, con Luis Mariano de Larra (1860).
  • Luz y sombra, balada lírico-dramática en dos actos y en verso, con música de Manuel Fernández Caballero (3.ª ed. en 1867).
  • Marica-enreda, comedia en tres actos y en verso, con Juan Dot y Michans (1849).
  • Mi mamá, traducción (1848).
  • Nadie se muere hasta que Dios quiere, con música de Cristóbal Oudrid (1860).
  • Perdonar nos manda Dios (3.ª ed. en 1870).
  • Poesías líricas (1848).
  • Sin prueba plena (1857).
  • Todos al baile, juguete cómico en tres actos, arreglado a la escena española (1869).
  • Un hombre importante, comedia en tres actos y en verso (1857).
  • Un huésped del otro mundo, comedia en un acto, original y en verso.
  • Una historia en un mesón, zarzuela en un acto y en verso, con música de Joaquín Gaztambide (1861).
  • Zampa o La esposa de mármol, obra lírico-fantástica en tres actos y en verso, acomodada la letra (de Anne-Honoré-Joseph Duveyrier, Melesville) a la música del célebre Herold por Narciso Serra y Miguel Pastorfido (1859)[1].

[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002.

Alusiones metateatrales en «El muerto resucitado» de Lucas Merino y Solares

Son muy frecuentes a lo largo de esta comedia burlesca (y tópicas en el género) estas alusiones metateatrales que rompen la ficción escénica[1]: «muy servidora de ustedes», «Ustedes ya lo han visto» (pp. 2a y 10b, respectivamente[2]; en ambos casos la actriz se dirige al público con esos «ustedes», y en la p. 9a Foncarral alude también al «auditorio atento»); «mas yo lo remediaré / como me ayude el poeta», declara la Princesa (p. 5a); tras referir Leganés la muerte de Foncarral, la Princesa le pregunta si lo que ha contado es verdad o relación, y el joven bromea: «Pues ¿qué, es paso de comedia?» (p. 15a); el Príncipe comenta: «Si ya se hizo la boda, / acabose la comedia» (p. 16a), porque las comedias acababan tópicamente con las bodas de los protagonistas; tras la aparición de Foncarral como muerto resucitado, Leganés no sale de su asombro: «Por la Virgen de un lagar, / que estoy con la boca abierta, / sin saber si esto es verdad / ni apurar si esto es comedia» (p. 16b). Pero, además, los finales de los tres actos se rematan con un guiño metateatral. Así, el Príncipe es quien ordena que acabe la primera jornada:

LOS DOS.- ¿Mandáis, Príncipe, otra cosa?

PRÍNCIPE.- Que se acabe la Jornada,
porque el auditorio pueda
criticar si es buena o mala
hasta ahora la comedia (p. 6b).

METATEATRO

La segunda se remata con estas palabras:

PRÍNCIPE.- Pues levantaos, muchachos,
e iros a jugar,
que la Jornada segunda
de aquí no quiere pasar (p. 10b).

Y la pieza se remata en el ultílogo con una referencia a los cultos, que la criticarán:

PRÍNCIPE.- Aquí sí que da fin
la nueva insigne comedia
del Muerto resucitado.

TODOS.- Pues acabe norabuena,
dando lugar a los cultos
para que critiquen de ella (p. 16b).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

«El muerto resucitado» de Lucas Merino y Solares: parodia de situaciones y motivos tópicos

Pasemos al análisis de los recursos de la jocosidad disparatada presentes en El muerto resucitado, comenzando por la parodia de situaciones y motivos tópicos[1]. Los autores de las comedias burlescas utilizan todo tipo de recursos cómicos para provocar la carcajada del espectador. Esta, hacer estallar la risa, es la función primordial de la comedia burlesca, con independencia del posible alcance de crítica social que sus chistes y alusiones —o algunos de sus chistes y alusiones— pudieran tener. Agruparé estos recursos humorísticos en distintas categorías.

En todas las comedias burlescas se parodian convenciones, clichés, motivos líricos y dramáticos habituales en las comedias «serias», y esta de El muerto resucitado no es excepción. Así, encontramos parodiado por ejemplo el intercambio de favores entre los amantes (la Princesa dio a sus pretendientes un zapato y una cornamenta de ciervo; Foncarral le pide un favor de sus piojosos cabellos…). Cuando se ve en un trance apurado, la dama no duda en desmayarse voluntariamente; este falso desmayo, fingido, aparece en dos ocasiones. La primera, cuando los dos galanes desenvainan sus espadas en su presencia:

PRÍNCIPE.- ¿Tan presto diste la vuelta?

LOS DOS.- ¿Era el desmayo formal?

PRINCESA.- Pues qué, ¿no sé yo fingir
por quitarme de quimeras? (p. 5b)[2].

Y más adelante, al comienzo del tercer acto, cuando su padre le advierte que está dispuesta su boda con Leganés y doña Estopa se dirige con un «ustedes» al público (con ella en escena solo está su padre):

PRINCESA.- ¡Ay, Jesús!, que si no fuera
porque ustedes ya lo han visto,
me desmayara otra vez,
haciéndolo más al vivo (p. 10a-b).

Más que tópicas son en la Comedia Nueva las escenas de galanteo a la reja de la amada. Aquí la encontramos también, cuando los dos galanes salen a dar serenata a la dama con sus guitarras.

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Y va seguida de la parodia de otra escena también repetida hasta la saciedad: aquella en que los personajes quedan a obscuras y esta situación da lugar a mil confusiones. Aquí el padre de la doncella sale «medio desnudo con espada en mano, rodela y gorro», en la oscuridad de la noche, al percatarse del ruido y la presencia de hombres rondando el palacio: «Camina como a obscuras hacia donde está Foncarral, y luego Leganés, con la espada recta» (p. 7a). No falta tampoco una apelación a los celos: «celitos, vamos a espacio», exclama Foncarral al comienzo de esa jornada segunda (p. 6a; en otro pasaje se equiparan los celos con la sarna); y al honor: «Castigaré a quien se atreva / a empeñar el honor mío» (p. 7a, donde quizá haya un chiste con empeñar / empañar el honor). En las comedias burlescas todo está vuelto del revés, y en lugar de turbarse las damas melindrosas, son los galanes los que quedan confundidos y dubitativos cuando la Princesa les riñe por no hacerle algún festejo al estilo cortesano: «Señora… Si… Cuando…» (p. 8a), balbucean los dos. Completamente ridículos son los regalos que más adelante les concede el Príncipe como recompensa por sus respectivas glosas poéticas:

PRÍNCIPE.- Tomad en premio, Vizconde,
el decreto original
que el rey Asuero expidió,
a persuasiones de Amán,
contra la judaica prole
mandándola[3] degollar
[…]
Y vos, Barón, la famosa
carta que a don Julián
escribió doña Florinda
quejándose del fatal
lance del rey don Rodrigo (pp. 9b-10a).

Cierto desarrollo alcanza la parodia del reto[4] entre los dos galanes que sucede al final de la comedia:

FONCARRAL.- Y así digo, señor, que reto y cito
de traidor y de infame a ese maldito,
y que armado, a pie y aun a caballo,
sabré defendello y sustentallo,
porque sepa Alcorcón y el mundo sepa
que el Barón, si es varón, es un babieca (p. 14).

No falta la descripción de las ridículas empresas que lucen los dos combatientes:

LEGANÉS.- Montaba a la jineta en capa parda,
sin estribos, ni brida[5], en una albarda:
plumas blancas tenía, gran penacho,
el sombrero raído, pardo y gacho;
la letra de su empresa
era, en campo azul, esta simpleza:
El que bebe y no come,
desesperar espere de que engorde
(pp. 14-15).

LEGANÉS.- Montaba a la española mi persona,
muy puesto de ropilla y de valona,
empresa y cabos todo azules
y una cota de malla de Per-Anzules[6].
La letra de mi intento
fue, en campo verde, este pensamiento:
El que por mujeres anda en debates,
tiene las pruebas hechas para Orates
(p. 15).

Las características del desafío (con el chiste sobre la ceremonia de partir el sol, el empleo de frases hechas y comparaciones grotescas, la alusión a los parásitos, etc.) y las armas empleadas son igualmente risibles:

LEGANÉS.- Partimos luego el sol en un instante,
llevando a prevención un pujavante[7],
y sin decir oste ni moste
echamos a correr a puto el postre,
con lanza en ristre y la visera
calada, a modo de montera.
El Vizconde me embiste valeroso,
con más babas de rabia que un buboso;
al encuentro le salgo sin pereza,
tírame un nabo, dame en la cabeza,
y en esto consiguieron sus enojos
no más que incomodar algunos piojos.
Repárome furioso,
iracundo y celoso,
tírole un pepinazo con acierto,
sácole un ojo y tumba muerto
diciendo, cuando cayó, a boca llena:
«Adiós, Barón, que ya soy alma en pena» (p. 15).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Corrijo la errata del original, que lee «madandola».

[4] Encontramos otros retos ridículos en Los siete Infantes de Lara, El cerco de Tagarete, El hermano de su hermana, etc.

[5] Corrijo la errata «briada» del original.

[6] Estos dos versos son defectuosos como endecasílabos, el primero corto, el segundo largo.

[7] El texto original trae «llevando de prevención un pujabante», que hace verso largo. Enmiendo esa lectura.

Un romántico español: Narciso Serra (1834-1877)

En una entrada anterior ofrecía una semblanza literaria de Narciso Serra (1834-1877)[1]. En esta repasaré los principales datos biográficos del escritor.

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Narciso Serra nació en Madrid el 24 de febrero de 1834. Era hijo del comerciante Alejandro Sáenz Díez y de Carlota María Petra Serra Ortega, con la que aquel, tras enviudar, había casado en segundas nupcias[2]. Al comienzo de su carrera literaria firmaba Narciso Sáenz Serra, pero luego abrevió la firma, dejándola en Narciso Serra, nombre bajo el que figura recogido en los manuales e historias de la literatura[3]. Quedó huérfano de padre antes de cumplir quince años, momento en que su madre solicita su ingreso en el Colegio General Militar, donde comienza su formación. Sin embargo, en julio de 1846 lo abandonaría y quedaría sujeto a quintas.

Como literato, Serra se da conocer en el año 1848 con la publicación de un tomo de Poesías líricas y ese mismo año obtiene un éxito notable con el estreno de su primera obra teatral, una comedia traducida bajo el título de Mi mamá; por el contrario, fracasa en la formación de una compañía teatral propia.

Serra se unió a la sublevación del 28 de junio de 1854 de los generales Dulce, Ros de Olano y O’Donnell, y resultó herido en la acción de Vicálvaro, en lucha con las tropas realistas. Más tarde sería premiado por la reina Isabel II con el empleo de alférez de Caballería; en 1856, en atención a sus méritos, obtendría el grado de teniente (su hoja de servicios le atribuye «valor acreditado») y al año siguiente sería nombrado Caballero de Isabel la Católica. En 1859 pide la licencia absoluta del ejército, que le es concedida. Es una enfermedad, una parálisis progresiva, lo que le obliga a abandonar la carrera militar, con la graduación de capitán de Caballería.

«A sus treinta años tiene una vida desarreglada y bohemia, aunque cumple con eficiencia y deambula por los cafés, los teatros y las timbas. Por eso Serra afirma: “entre una mujer, una enfermedad y varios cómicos han hecho de mí cualquier cosa”», escribe Fradejas Lebrero[4]. Entra entonces en el Ministerio de la Gobernación como oficial de la clase de cuartos, y en 1864 es elegido para el cargo de censor de los teatros; lo abandona en noviembre de 1866, para ser nombrado de nuevo en enero de 1867 y ejercerlo hasta el momento en que la censura es suprimida tras la revolución septembrina del 68.

Narciso Serra permanece soltero, siendo atendido en su enfermedad por su madre, que le sirve también de amanuense: doña Carlota va copiando los escritos que su hijo le va dictando, y el escritor se lo agradece dedicándole varias composiciones poéticas. Lleva una vida aislada escribiendo para el teatro, circunstancia de la que se queja en alguna ocasión al hablar de «la dura / precisión de hacer comedias» para vivir. «De su proverbial buen humor ya no queda nada, se muestra pesimista con los empresarios teatrales, que le van dando la espalda; a pesar de los homenajes, ya no se arriesgan a estrenarle algunas obras», comenta Fradejas Lebrero[5].

Su economía se deteriora desde 1868, aunque compensa sus gastos con los ingresos que recibe merced a los sucesivos homenajes que se celebran en su honor en 1867, 1870, 1873 y 1876. Moriría el 26 de septiembre de 1877, cuando había logrado un nuevo destino en el Ministerio de Fomento. Fradejas Lebrero evoca así su fallecimiento:

Serra murió la noche del 26 de septiembre de 1877, en el cuarto segundo derecha del último edificio, acera de los pares, de la calle de Segovia, junto al recién inaugurado viaducto antiguo. Se le amortajó con el hábito de San Luis Gonzaga y fue enterrado, bajo un torrencial aguacero, en la Sacramental de Santa María. Le acompañaron poetas y dramaturgos —Zorrilla portaba una de las cintas del féretro— y al pasar por los teatros, la orquesta toca la Sinfonía del Profeta y las actrices arrojan coronas de flores[6].

En fin, para hacernos una idea de su personalidad, transcribo aquí un párrafo del mencionado crítico[7], donde recoge sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así:

Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta (Eusebio Blasco)[8].


[1] Sobre el autor ver especialmente Narciso Alonso Cortés, «Narciso Serra», en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 129-202; Eusebio Blasco, «Las costumbres en el teatro: su influencia recíproca. Bretón de los Herreros, Narciso Serra, Ventura de la Vega, Ayala», en La España del siglo XIX, 3, 1887, pp. 121-171; José Fernández Bremón, «Don Narciso Serra», en Autores dramáticos contemporáneos y joyas del teatro español del siglo XIX, Madrid, Imprenta de Fortanet, 1881, tomo I, pp. 347-363; José Fradejas Lebrero, Narciso Serra (mi calle), Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1994; Narciso Serra, poeta y dramaturgo, Madrid, Ayuntamiento de Madrid / Instituto de Estudios Madrileños, 1995 y su introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, pp. 9-33; y Ana María Freire López, «Un proyecto desconocido del dramaturgo Narciso Serra», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 28, 1990, pp. 661-664. Ver también Francisco Blanco García, Literatura española en el siglo XIX, 2.ª ed., Madrid, Sáenz de Jubera Hermanos, 1903, cap. X, pp. 202-210; Piero Menarini, Patrizia Garelli, Félix San Vicente y Susana Vedovato, «Serra, Narciso», en El teatro romántico español (1830-1850). Autores, obras, bibliografía, Bologna, Atesa Editrice, 1982, p. 243; Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554; Jesús Rubio Jiménez, «Serra, Narciso», en Ricardo Gullón (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid, Alianza Editorial, 1993, vol. II, pp. 1540b-1541a, y José Simón Díaz, «Serra (Narciso)», en Manual de bibliografía de la literatura española, 3.ª ed. refundida, corregida y aumentada, Madrid, Gredos, 1980, p. 717b. Para este apretado resumen bio-bibliográfico me sirvo fundamentalmente de la acertada síntesis de Fradejas Lebrero en su introducción a La calle de la Montera.

[2] Se llegó a comentar por Madrid que era hijo natural del general Antonio Ros de Olano, pero al parecer sin mayores fundamentos.

[3] Por ejemplo, Rubio Jiménez recoge esta ficha en el Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana dirigido por Ricardo Gullón: «Serra, Narciso (Madrid, 1830-1877). Ocupó puestos administrativos, como el de censor de teatros, y continuó la comedia bretoniana en Amor, poder y pelucas (1855), El amor y la Gaceta (1863), A la puerta del cuartel (1867) y ¡Don Tomás! (1867), cuya intriga gira en torno a un riguroso militar a quien Inocencia, la mujer de quien está enamorado, termina suavizando el carácter. Cultivó el drama histórico: La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859) y El loco de la guardilla (1861), dramatización del proceso de escritura del Quijote».

[4] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, p. 11.

[5] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, p. 12.

[6] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, p. 13.

[7] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, p. 13.

[8] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002.

Personajes de «El muerto resucitado», comedia burlesca de Lucas Merino y Solares: la princesa doña Estopa

En cuanto a la Princesa que interviene en esta comedia, también es ridículo su nombre, doña Estopa (estopa es «Lo grueso y basto del lino», según Autoridades)[1]. Se dedica a tareas impropias de su principesca condición como espulgar su jubón (p. 3b)[2], lavar mondongos (p. 4b) o remendar las bragas de su padre (p. 8b). Su caracterización es la más completa de los cuatro personajes, porque contamos con diversos retratos que de ella hacen sus pretendientes. Así, esta la impresión que causó a Foncarral cuando la conoció:

FONCARRAL.- … una tarde
en que la Princesa estaba
espulgándose el jubón,
muy sola en una solana,
desmelenado el cabello,
hecha una sartén la cara,
los pies como una harpía,
las uñas como tarasca (p. 3b).

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Caracterización muy poco halagüeña que suscita el siguiente comentario de la Princesa, que está al paño: «Muy despacio me miró, / según como me retrata» (p. 3b). Al igual que otras damas de comedias burlescas, doña Estopa está comida por los piojos[3]:

FONCARRAL.- Dulce hechizo de mis ojos,
que prendes con tus cabellos,
más valiera no tenellos
que no cargarte de piojos;
pero si han de ser despojos
de alguna tijera insana,
no dejes para mañana
el hacerme algún favor:
¿no ves que será rigor
esperar a que estés cana? (p. 3b).

Por su parte, la primera vez que la vio Leganés estaba limpiando un mondongo en el río:

LEGANÉS.- Una mañana, señor,
saliendo de la taberna
de medicarme las tripas
por consejo de Avicena,
pasaba por un arroyo
donde estaba la Princesa
muy remangada de brazos,
descalza de pie y pierna,
con más pechos que una vaca
y más que un coche caderas,
lavando, si no me engaño,
un mondongo de ternera (p. 4a-b).

El galán concluye su descriptio dedicando a la dama este lindo piropo: «eres la mayor mondonga / de todas las mondongueras» (p. 4b)[4] y añadiendo el dato de que ella se quedó «con una boca de espuerta» (p. 4b). Aparte de la descripción de su “belleza” femenina, los dos mozos aluden a su carácter de mujer esquiva y desdeñosa, según el tópico de la «amada ingrata enemiga». Por ejemplo, canta Foncarral estos versos:

FONCARRAL.- Es un mármol mi dama
en la dureza,
porque tiene hechos callos
en las orejas;
y no me escucha,
por más que yo me quejo
a aquesta chusca (p. 6a).

Por su parte, Leganés añade:

LEGANÉS.- La deidad que yo adoro
parece un mármol:
insensible a mis quejas
siempre la hallo;
es cosa fuerte
nunca encontrarla dócil,
siempre muy hosca (p. 6b).

Nótese la grotesca reducción paródica del tópico garcilasiano de la amada más dura que el mármol e insensible a las quejas amorosas del amante. Tras escuchar estos parlamentos, doña Estopa afirma que queda «como manteca», es decir, ‘blanda, derretida de amor’ (p. 6b). Otros rasgos van completando su caracterización: sabe bailar fandango (p. 7a) y tocar las castañuelas (p. 12b); se indica que cuando está seria parece un sol eclipsado, un cielo encapotado (pp. 7b-8a); y, en fin, su belleza y su desdén quedan subrayados de nuevo por Foncarral:

FONCARRAL.- Adoro tu soberana
imagen, dulce homicida,
y te dedico mi vida,
fiera, implacable, tirana;
mas dime, perra inhumana,
¿por qué me maltratas hoy? (p. 8b).

FONCARRAL.- Antes como un caramelo
eras, mi bien, en el trato;
ahora huraña, como el gato,
te burlas de mi desvelo (p. 9a).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Los piojos y otros parásitos (pulgas, chinches, etc.) abundan en las comedias burlescas; cfr. El cerco de Tagarete, vv. 135-137: «¿Cómo no me pongo antojos, / o me voy a Badajoz / a cu­brirme de piojos?»; Darlo todo y no dar nada, vv. 1635-1637: «¿Qué miro, no es esta, cielos, / la que hizo que me diesen / en el monte de los piojos?», o sea, en la cabeza; La ventura sin buscarla, vv. 360-365: «Niña que quitas enojos, / boca que engendras cariño, / cara con rasgos de niño, / cabellos largos y rojos, / que ostentas en vez de piojos / aljófares candidatos…»; Céfalo y Pocris, v. 2013: «Caballeros, despiojad».

[4] Se juega aquí con mondonga, que es el «Nombre que daban en palacio a las criadas de las damas de la reina» (Autoridades), y con mondonguera, ‘la mujer que guisa y vende mondongos’. Mondongas y mondongueras aparecen en varias burlescas; cfr. Castigar por defender, vv. 1024-1027: «Princesa.– Esa impúdica quimera / bachiller[4], ¿en qué se funda? Infanta.– En que soy yo la segunda / mondonga[4] y tú la primera»; El castigo en la arrogancia, vv. 400-403: «¡No me maltratéis, cristianos! / ¡Atended a mi nobleza! / Mirad que he sido a una esquina / años cinco mondonguera[4]»; El rey don Alfonso, el de la mano horadada, vv. 1524-1529: «Y le daré muerte fiera / como palabra me des / de que querrás ser después / en la corte mondonguera, / que es oficio ganancioso / y al fin se gana dinero»; La muerte de Baldovinos, vv. 49-52: «Era su virtud tan grande / y le sobraba de modo / que se puso a mondonguera / para partirla con todos». Una mon­donguera no muy limpia, con puntas además de hechicera y alcahueta, es Bárbara la de la cuchi­llada, del Quijote de Avellaneda: «Su amo le preguntó si la conocía, y él respondió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bodegones de Alcalá, con fama de harto espesa» (II, p. 231); «una triste mondonguera, Bárbara en nombre y en cosas de policía» (III, p. 158).

Personajes de «El muerto resucitado», comedia burlesca de Lucas Merino y Solares: el barón de Leganés y el vizconde de Foncarral

La apariencia del barón de Leganés es igualmente ridícula[1], cuando llega ante el Príncipe con abarcas y alforjas (acotación en la p. 2b)[2] y se presenta con estas palabras:

LEGANÉS.- … el barón de Leganés,
señor de todas sus huertas,
duque de las chiribías,
batatas, puerros y acelgas,
te habla… (p. 4a).

Más tarde él mismo reconoce que no acierta a hablar de puro dormido (p. 7b), que es «sufrido como un cabrito» (p. 9b) y que tiene piojos en la cabeza (p. 15); en la pelea, tratará de combatir con pepinos los nabos que le arroja Foncarral (p. 15).

Nabos

Este, el vizconde de Foncarral, es en efecto el «soberano nabero» (p. 4a), y se presenta al comienzo de la comedia «muy armado de bigotes / y puesto de quirotecas», es decir, ‘guantes’ (p. 2b); su caracterización es, por tanto, la de un lindo, pero un lindo que llega ridículamente montado en un burro y con un zapato al cuello (p. 2b). Es un cobarde: se queja de que Alcorcón intente atravesarlo con la espada «como si fuera chorizo» (p. 7a); y también un borracho, pues reconoce que está hecho un puro cesto (p. 7b). Nótese el empleo de imágenes cosificadoras, reductoras de la nobleza y dignidad que podríamos esperar en un personaje de su categoría. En los nombres de los tres personajes masculinos se está jugando con la toponimia madrileña: Alcorcón era famoso por sus pucheros de barro, y Foncarral (Fuencarral) y Leganés por sus huertas y verduras[3]. Los tres títulos (príncipe de Alcorcón, barón de Leganés y vizconde de Foncarral) son, pues, eminentemente risibles.


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Estas alusiones geográficas se completan con las del relato de Foncarral: «Corriendo, en fin, varias regiones, / llegué a Galapagar, Torre-Lodones. / Siguiendo el destino luego (¡ahí es nada!) / me encajé en Brunete y La Espernada, / y desde allí, con rumbo incierto, / me metí en Alcorcón, ya cuasi muerto» (p. 13). Luego la Princesa habla de la posibilidad de casarse en Naval-Carnero (p. 14b), pueblo que —por la fonética de su nombre— resultaría sin duda de mal agüero para el novio.

Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (y 2)

Hace algún tiempo comenté los rasgos que caracterizan la prosa «amable» de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964-2017). Ahora terminaré el repaso de sus libros en prosa que iniciaba en una entrada anterior[1].

Las veinticuatro semblanzas de Cavilaciones (2006) nos proponen de nuevo una amplia variedad de temas y asuntos. Tenemos, así, numerosos escritos sobre literatura (o cultura, en general): el recuerdo de un encuentro personal con Arthur Miller, de visita en Pamplona por San Fermín, la reseña del libro La fuerza de la razón de Julián Marías y su obituario, otra nota necrológica, la de Federico Carlos Sainz de Robles, las evocaciones de José Ortega y Gasset en el 50 aniversario de su muerte y de Francisco Ayala casi centenario, o la semblanza de Mario Vargas Llosa aspirante todavía —en aquel entonces— al Premio Nobel. Las alusiones cinéfilas corresponden en esta ocasión al comentario de la película Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard. Por lo que toca a las ciudades y los paisajes, tenemos ahora: Burgos y otros escenarios castellanos, Soria —y siempre que se habla de Soria se recuerdan también la figura y los versos de Machado—, San Sebastián, París… Y, en el terreno de la política, nuevas reflexiones sobre el ser de España, sobre el modelo de ordenación territorial del Estado, las propuestas de reforma de la Constitución, el independentismo catalán, una evocación de la muerte del general Franco y una semblanza del rey Juan Carlos I, etc. También, ampliando la mirada a Europa, algunas reflexiones sobre la islamización del Viejo Continente y los peligros del islamismo radical (a propósito de opiniones y escritos de la periodista Oriana Fallaci y el politólogo Francis Fukuyama).

Rafael-Lopez-de-Cerain

Por último, los veintiséis trabajos incluidos en Un año más, un año menos (2010) siguen incorporando las mismas preocupaciones temáticas. Las semblanzas o evocaciones de escritores e intelectuales constituyen otra vez un apartado importante, desde los clásicos españoles (Lope de Vega, Larra) hasta el peruano Alfredo Bryce Echenique, pasando por Malcolm Lowry, Giuseppe Tomasi di Lampedusa o Ernest Hemingway, más un comentario sobre la celebración del Día del Libro. Aparecen también en estas páginas el cineasta Stephen Frears y su película Chéri, o los filósofos John Locke (su idea de que la libertad está en la base de la felicidad humana), Henri Bergson (a propósito de la risa) o el existencialista Albert Camus (recuerdo de su figura en el cincuenta aniversario de su muerte). Encontramos evocaciones de San Juan de Luz y, de nuevo, de la «ciudad inolvidable» de Soria (siempre con Antonio Machado al fondo: el cementerio de El Espino, con la tumba de Leonor, pero también la tumba del padre de López de Ceráin). Asuntos de tono más festivo (los toros, los sanfermines…) alternan con otros de mayor gravedad como la reunificación de Alemania, el recuerdo de Ignacio Ellacuría y los demás jesuitas asesinados en El Salvador, el terremoto de Haití, la situación política en Argentina con el matrimonio Kirchner en el gobierno, el estatus político de Gibraltar, o reflexiones más generales sobre la huelga general, el comunismo y la propiedad privada, etc.


[1] Este texto forma parte de mi estudio preliminar a Rafael López de Ceráin, Escritos de vapor, Madrid, Incipit Editores, 2015, pp. 11-14.

Personajes de «El muerto resucitado», comedia burlesca de Lucas Merino y Solares: el príncipe de Alcorcón

Los cuatro personajes de esta comedia burlesca son completamente risibles en sus acciones y en sus palabras: los cuatro son nobles —nobles, no lo olvidemos, con unos títulos ridículos—, pero están grotescamente rebajados de su alta condición, incluso animalizados o cosificados[1]. El príncipe de Alcorcón, padre de la Princesa, es un personaje que al comienzo de la comedia, tras los versos introductorios de la Música, se autoelogia con estas palabras:

PRÍNCIPE.- Norabuena el metro aplauda
mi grandeza; cante, pues,
a pesar de todo el orbe
mis excelencias, que a fe
no hay en Europa monarca,
moncofre en África infiel,
sátrapa en el Asia ardiente,
cacique en las Indias, que
compita con mis dominios
e iguale con mi poder;
y en cuanto alumbra el candil
del cielo, por la sartén
en que me hacen las migas,
que no se las cederé
al rey de Monomotapa
ni aun al rey de Maduré.
Príncipe soy soberano
con alto dominio de
Alcorcón y sus contornos,
y sus alfares también.
Toda potencia me teme
porque, en siendo menester
para conquistar el mundo,
millones de hombres haré,
si el barro a mano no falta,
sin el costo de comer (p. 2a)[2].

Como ya he señalado en una entrada anterior, el pueblo de Alcorcón era muy famoso por sus pucheros de barro, y es lógico que el señor de tal lugar no tenga problemas con la vajilla. En efecto, el Príncipe comenta que en su palacio sobran los jarros para beber (p. 2b); y el vizconde de Foncarral se presenta ante él enumerando el listado completo de sus títulos y dominios:

FONCARRAL.- Príncipe invicto de adobes,
monarca insigne de jarras,
conde de diez mil pucheros,
contando platos y tazas,
señor de cuatro mil ollas,
mil lebrillos, cien tenajas,
y otros chismes semejantes
muy propios para tu casa (p. 3a-b).

Más adelante, él mismo alude de nuevo a la posibilidad de fabricar hombres con barro para formar invencibles ejércitos, en este caso frustrada por la destrucción de sus hornos y su alfar:

PRÍNCIPE.- Del de Leganés celoso,
el compadre Foncarral[3]
me ha declarado la guerra
sin dejarme resollar,
destruyéndome los hornos
y destrozando el alfar,
por lo que no puedo yo
mis ejércitos formar (p. 11a).

GuerrerosBarro

Este «alcorcónico monarca» (p. 4a), al que los dos galanes llaman poco respetuosamente «abuelo» (p. 10b; recordemos que es el único personaje viejo, al que corresponde en la comedia representar la autoridad moral, la prudencia y los sabios consejos), se queja de las numerosas preocupaciones derivadas de la majestad y el reinar (p. 2b); es un personaje que gusta de comer migas (p. 2a) y de mamar callos en la taberna (p. 12b), comidas rústicas y propias de gente de baja condición[4]; anda con vestidos remendados: le echan soletas a sus calzas (p. 2b) y su propia hija le remienda las bragas, bragas que están llenas de suciedad y excrementos:

PRÍNCIPE.- Hija, ¿qué hacías aquí?

PRINCESA.- Remendándote unas bragas.

PRÍNCIPE.- Mira que les falta el forro.

PRINCESA.- No por cierto, que aforradas
están todas ellas de
palominos y cazcarrias (p. 8b).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] El texto original lee «El Leganés zeloso / del Compadre Foncarral», que enmiendo, por exigirlo así el sentido y la correcta medida del primer verso, corto tal como figuraba escrito.

[4] Las migas y los callos se mencionan en muchas comedias burlescas, lo mismo que otros alimentos grasos como morcillas, longanizas y demás derivados del cerdo (quienes tomaban estas comidas no eran sospechosos de judaizar).

Resumen de la acción de «El muerto resucitado», de Lucas Merino y Solares (Jornada tercera)

La Jornada tercera de El muerto resucitado la abren el Príncipe y la Princesa[1], que finge llanto y se queja a su padre de que la casa por fuerza con Leganés, cuando ella tiene hecho el ridículo voto de ser monja velada y profesa si encuentra un buen marido «que sufra, que calle y vea» (p. 10a)[2]. El Príncipe comenta que Leganés espera para casarse y que es la razón de Estado la que tiene prioridad al casar a las princesas, a diferencia de lo que ocurre con las «marquesillas aldeanas» y las «señoras de la legua», que sí tienen voluntad para elegir marido (con ellas la «casamentera» es la razón del gusto). La Princesa quiere en realidad al vizconde de Foncarral y asegura que preferiría ser hija de una confitera para poder casarse con quien quisiese. El padre trata de aportar razones convincentes para su elección: Leganés confina con sus dominios, mientras que Foncarral queda a cuatro leguas, y esta es la razón que le ha llevado a desechar también a los pretendientes extranjeros:

Por eso mis enviados
tienen la orden secreta
para despedir al Kan,
al Marrueco, a Bayaceto,
al formidable Sultán
y después de todos estos
al vizconde Foncarral (p. 11a).

Ocurre además que «el compadre Foncarral», celoso de Leganés, le ha declarado la guerra, pero el Príncipe no puede formar ahora sus ejércitos de barro porque el enemigo le ha destruido el horno y los alfares. Además Foncarral amenaza con invadir el lugar con sus ejércitos de pepinos.

Pepinos

La Princesa decide entonces —nuevo enredo de la dama— fingir que estima a Leganés y que olvida a Foncarral, y así, afirma que la razón de Estado ha vencido su voluntad.

A continuación sale Foncarral «de botas y de camino» (p. 11b), indicando que, cansado de «derretirse», esto es, de arder de amor, y de encontrar a la Princesa «dura como el pedernal», desdeñosa, se vuelve a su lugar. Sin embargo, doña Estopa lo convence para que se quede y rete a su rival, al tiempo que le pide que mire por ella, por su honra y su viudedad (p. 12a). En presencia del Príncipe, el vizconde de Foncarral, relata «enfurecido» que salió de su lugar hace tres años con ánimo de recorrer todo el mundo y cómo en la corte de Alcorcón se enamoró de su hija, a la que ha cortejado «con intento / de esposarla y meterla en un convento» (p. 13). Cuando ya estaba dispuesto a marcharse a su tierra —explica—, ella le ha exhortado a la venganza y, en efecto, fija el cartel de desafío y arroja el guante a Leganés, que lo levanta del suelo, aceptando el combate. El Príncipe se lamenta de lo mucho que puede perder si muere el barón de Leganés, pero su hija lo consuela —con su punta de ironía— diciéndole que, si eso sucede, podrá llamar a la razón de Estado para que lo resucite (p. 14b).

Sin embargo, en el duelo resulta vencedor Leganés, que se presenta «muy alborotado», describe el grotesco combate que han mantenido y refiere la muerte de Foncarral. Muerto su amado, la Princesa, que no quiere ser monja y «menos quedarme doncella» (p. 16a), reconoce que la razón de Estado le hace fuerza para casarse, se apunta al «Viva quien vence» y se muestra dispuesta a dar su mano a Leganés. Pero en este momento llega Foncarral como «alma en pena» y «convidado de piedra»[3]. Al verlo aparecer, todos se asustan y a la Princesa se le caen los guantes y el abanico. Ella lo rechaza ahora por venir después de muerto a turbar sus bodas, pero Foncarral, hablando con fúnebre tono, dice que acude del otro mundo a casarse con ella: «Soy muerto resucitado, / y así las Parcas lo ordenan» (p. 16b). La Princesa se retracta de la palabra recién dada a Leganés, el Príncipe aconseja paciencia al Barón porque «esto es destino del Cielo» y él reconoce que «esta es la fe de las hembras» (p. 16b). Foncarral y doña Estopa se dan la mano, y con una nueva alusión metateatral, reiterándose el título de El muerto resucitado, acaba la comedia.


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Encontramos otros muertos resucitados en los desenlaces de las burlescas El Comendador de Ocaña, El caballero de Olmedo o El hermano de su her­mana, por ejemplo.

Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (1)

Ya en una entrada anterior me ocupaba de señalar algunos rasgos que caracterizan la prosa «amable» de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964-2017). Añadiré ahora un breve comentario de los libros que forman su producción prosística[1].

LopezdeCerain1

En las doce piezas de su primer libro en prosa, Olvidos y presencias (1999), encontramos ya tres ejes temáticos que van a tener una presencia constante en la prosa (también en la poesía[2]) de Rafael López de Ceráin. Un primer bloque lo constituyen las evocaciones de ciudades, regiones y paisajes, aquí en concreto Valencia y Soria. Otro segundo núcleo está formado por las evocaciones y semblanzas de escritores que forman parte del amplio bagaje cultural del escritor, autores que han dejado algún tipo de huella en su vida y sus escritos, ya sean españoles (Dionisio Ridruejo, Jaime Gil de Biedma, Manuel Alcántara) o hispanoamericanos (Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato). En fin, las referencias cinematográficas se presentan de la mano de actores como Marcello Mastroiani y de directores como François Truffaut, John Huston o el algo menos conocido Wim Wenders. Paisaje, literatura y cine constituyen, ya desde los inicios, tres grandes núcleos temáticos en la prosa de López de Ceráin.

En la introducción de Las rutas de Antonio Machado (2002) señala el autor que «estas páginas nacieron como una breve guía turística sin mermar sus aspectos literarios». Se trata de una evocación personal del poeta sevillano-soriano, de sus libros —en especial de Campos de Castilla y La Tierra de Alvargonzálezy de los paisajes castellanos. A los versos de la «Oración por Antonio Machado» de Rubén Darío y el prólogo de José Antonio Pérez-Rioja sigue una «Introducción» explicativa. Luego la primera parte, «Antonio Machado y Soria», es una evocación personal de la llegada del poeta a tierras sorianas, de su encuentro y matrimonio con Leonor Izquierdo y de otros hechos decisivos de su biografía. Se copian y comentan también algunos de los más importantes poemas machadianos como «A orillas del Duero», «Por tierras de España» o «A un olmo seco», entre otros. La segunda parte del ensayo analiza la «Significación de Soria en la vida y obra de Antonio Machado». La tercera parte, en fin, «La ruta soriana por antonomasia: tierras de Alvargonzález», reproduce tanto la versión en prosa publicada en el número 9 del Magazine Mundial, en enero de 1912, como el famoso romance «La Tierra de Alvargonzález», del que se destaca su «intensidad dramática». En conjunto, el libro constituye una hermosa aproximación a la experiencia vital y a las obras sorianas de Machado, trazada con fina sensibilidad por otro poeta que mantiene, igualmente, importantes vínculos familiares y de vivencia íntima con la austera ciudad castellana. Apreciamos, pues, la conjunción de ambas sensibilidades poéticas frente el paisaje soriano, y los sucesos biográficos de Antonio Machado son comentados desde una posición de gran simpatía personal.

El perplejo encadenado (2003) se abre con un prólogo de M.ª Pía Senent Díez y un poema del autor, «El silencio del hombre». Siguen cuarenta y tres artículos que responden al trabajo de López de Ceráin como «articulista semanal de tema vario y, por supuesto, no esencialmente periodístico» para la cadena de prensa SPC. La variedad temática es más notable en este libro, pues muchas de las semblanzas responden ahora a muy diferentes asuntos de actualidad política o social. No faltan las evocaciones literarias (Defoe, Hemingway, Baroja, Victor Hugo, Borges, Saramago, Sábato, Fernando Quiñones, Pere Gimferrer, José Agustín Goytisolo…), culturales (Averroes, Velázquez, Goya…) y cinematográficas (Akira Kurosawa, relaciones entre literatura y cine, etc.), pero los temas tratados abarcan ahora un abanico de posibilidades muy amplio: comentarios sobre la situación política española, el bucle melancólico del nacionalismo vasco y la lacra del terrorismo de ETA, reflexiones sobre el ser de España (las dos Españas) y la Leyenda Negra, sobre el sentido de la libertad y la democracia, el problema del paro, el abuso de la bebida por parte de los adolescentes, etc. No faltan artículos escritos al calor de algunos sucesos de la política internacional: la situación de los países del Este en la época post-soviética, las conflictivas relaciones entre Rusia y Estados Unidos, la ominosa guerra de los Balcanes, la mafia italiana, el arresto de Pinochet en Londres, los desastres naturales ocurridos en Centroamérica… A veces las reflexiones se dedican a asuntos menos trascendentes, como por ejemplo los toros (otro motivo recurrente en los escritos del autor). Y aquí y allá, salpicando las páginas de El perplejo encadenado —bello título, también—, algunas evocaciones de paisajes y ciudades, con algunas pinceladas personales y algunas gotas de recuerdos autobiográficos.

En el siguiente libro, Páginas de un tiempo (2004), la literatura vuelve a ser el elemento nuclear. Dos trabajos más largos son sendas visiones personales de Garcilaso de la Vega (el autor concluye que «Garcilaso fue por excelencia el poeta del amor») y Pío Baroja («El hombre malo de Itzea»). Dos semblanzas más están dedicadas a los hermanos Panero (Juan Luis, Leopoldo María y Michi) y al escultor y poeta Jorge Oteiza, y una más es una reflexión sobre los libros de viejo y el hábito de la lectura. El paisaje se hace presente en esta ocasión en la evocación de Almagro y otras poblaciones manchegas. En fin, otros escritos reflexionan sobre temas de mayor calado político: el régimen y la situación de las comunidades autónomas en España, la importancia de la Democracia y el Humanismo, la defensa de las Humanidades, etc.


[1] Este texto forma parte de mi estudio preliminar a Rafael López de Ceráin, Escritos de vapor, Madrid, Incipit Editores, 2015, pp. 11-14.

[2] Su poesía se encuentra recogida en dos libros recopilatorios: Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (Madrid, Devenir, 2007) y Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 (Madrid, Íncipit, 2010).