Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Una novela histórica se construye con una mezcla de elementos ficticios y de elementos históricos: las proporciones serán en cada caso distintas, pero en todas ellas cierto segmento de la historia novelesca se identificará con cierto segmento de la historia real. Por supuesto, el resultado final de esa mezcla será siempre una obra perteneciente a la Literatura, no a la Historia; en consecuencia, al novelista histórico no se le ha de pedir el mismo rigor científico que al historiador. Ahora bien, si el novelista es mínimamente riguroso —y Navarro Villoslada lo es en alto grado—, puede llegar a transmitir con sus novelas, no solo el placer estético de una obra de ficción, sino además una visión acertada de aquella época en la que ha situado su acción. Es decir, puede proporcionar al lector ciertos conocimientos históricos (la historia es maestra de la vida, según acuñación clásica), y animarle quizá a un mejor conocimiento de los hechos del pasado, sirviéndole de acicate para acudir a fuentes historiográficas.

Carlos d´Evreux y Trastámara, Príncipe de VianaComo suele ser habitual, en esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos esenciales se acumulan en los primeros capítulos, donde se ofrece un cuadro panorámico de la época para que el lector pueda hacerse una idea general de la misma y situar correctamente a los personajes. El marco histórico es aquí la guerra entre los bandos navarros de beamonteses (partidarios del Príncipe de Viana, Carlos, y luego de su hermana doña Blanca) y agramonteses (que apoyaron a Juan II, rey de Aragón), y ya desde la primera página del libro se alude a «las guerras intestinas en que estaba ardiendo a la sazón el reino de Navarra». Carlos, nieto de Carlos III el Noble, era el legítimo heredero al trono navarro al morir su madre doña Blanca; pero esta, en una cláusula de su testamento, dejó estipulado que no se proclamase rey sin contar con el permiso de su padre; en vista de que don Juan II retuvo injustamente en su poder el reino, incluso después de sus segundas nupcias con Juana Enríquez, el joven Príncipe de Viana hubo de debatirse entre el respeto filial y sus evidentes derechos, optando finalmente por el alzamiento armado. Carlos contó con el apoyo de los castellanos, interesados en el enfrentamiento entre padre e hijo, lo que contribuyó a que las discordias se prolongasen en Navarra durante cuarenta años.

Los beamonteses, que proclamaron rey a don Carlos, estaban encabezados por don Luis de Beaumont, Conde de Lerín. Su gran rival, cabeza del bando agramontés, era mosén Pierres de Peralta (el Joven), Condestable de Navarra, vasallo del rey don Juan. En la novela, se menciona la muerte del Príncipe de Viana, envenenado por orden de su madrastra y de su hermana doña Leonor. Todo esto es, más o menos, histórico: hoy en día parece probado que don Carlos murió de muerte natural, enfermo de tuberculosis; pero su muerte fue cuando menos sospechosa y durante mucho tiempo se especuló con su posible envenenamiento; algunos historiadores acogieron la idea y, por tanto, no tiene nada de extraño que Navarro Villoslada aprovechase para su obra la versión más dramática y novelesca.

Carlos, Príncipe de VianaLa muerte del Príncipe de Viana aparece aludida varias veces en la novela, pero el núcleo central del argumento lo constituye el fin de su hermana doña Blanca, heredera del título, de los derechos a la Corona navarra y también de las desgracias de don Carlos. La princesa doña Blanca fue enviada por su padre, Juan II, al castillo de Orthez, en el Bearn, en abril de 1462 con la excusa de que allí se concertaría su boda con el Duque de Berry, hermano del rey de Francia. Se trataba en realidad de todo lo contrario: de que permaneciese en poder de los Condes de Foix, don Gastón IV y doña Leonor, para que no pudiese contraer matrimonio, pues, siendo entonces ella la legítima heredera del trono, la descendencia que hubiese podido tener sería un obstáculo para los planes de don Juan. En la realidad, antes de su traslado a Francia doña Blanca permaneció recluida en varios castillos; en la novela, Navarro Villoslada finge la poco verosímil circunstancia de que la princesa ha decidido vivir en Mendavia disfrazada de labradora. También añade el autor el lance novelesco que supone su liberación temporal por parte de Jimeno. Doña Blanca vivió dos años encerrada en Orthez, para morir el 2 de diciembre de 1464; en cambio, el novelista sitúa su muerte a los pocos días de su llegada, concentrando temporalmente todos los acontecimientos de la novela, lo que sin duda proporciona mayor dramatismo a la acción.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Argumento de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (segunda parte)

Blanca II de NavarraVeamos ahora el argumento de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], Quince días de reinado. Han pasado quince años desde 1464, pero las guerras civiles siguen siendo el azote del menguado reino de Navarra. Doña Leonor de Foix, una vez eliminados los dos «obstáculos» que se interponían en su camino hacia el trono (sus dos hermanos mayores, don Carlos y doña Blanca), es ya la heredera, aunque mientras vive su padre Juan II solamente puede ostentar el cargo de gobernadora general o lugarteniente del rey. Al morir este en 1479, doña Leonor es coronada, pero durante la ceremonia una mujer le vaticina que su reinado durará únicamente quince días. Se trata de Inés, que reaparece ahora como la penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella: sigue enamorada de Jimeno, aunque sabe que es el suyo un amor sin esperanza, y se limita a procurarle toda la ayuda que necesita allí donde se encuentre por mediación de sus amigos, los judíos. Jimeno se presenta en esta segunda parte haciéndose llamar don Alfonso de Castilla, misterioso personaje que se ha convertido en el favorito de la reina (que, por supuesto, no le reconoce); tiene trazado un plan de venganza contra doña Leonor que consiste en suministrarle un veneno en dosis tal que venga a fallecer precisamente el día del aniversario de la muerte de doña Blanca. Sin embargo, Inés le convence para que desista de esta idea, dejando el castigo en manos de la Providencia, por lo que Jimeno se limita a hacer sufrir a doña Leonor con sus continuos desdenes.

En efecto, la reina siente agudísimos celos de Catalina de Beaumont, una bella joven a la que don Alfonso ha salvado del incendio de su castillo, y por la que siente un cariño especial ya que posee la misma belleza e inocencia que doña Blanca. Doña Leonor, que no tiene inconveniente en eliminar a sus enemigos haciendo uso del veneno, proporciona uno de efecto lento a Catalina. Esta, que es hija del Conde de Lerín, caudillo de los beamonteses, no ama a Jimeno, sino a don Felipe de Navarra, mariscal del reino y cabeza del bando contrario, el agramontés. La rivalidad entre ambas familias parece disminuir, merced a la tregua firmada para la coronación de la reina, hasta el punto de prepararse la boda de ambos jóvenes (que supondría la paz definitiva), pero una confusión —relativa a la entrega de unos castillos— hace que se enconen los viejos odios, y el padre de Catalina mata a don Felipe. Entonces Catalina, que no desea ya vivir, arroja al suelo el frasco que le traen con el contraveneno; no obstante, logra salvarse gracias a un nuevo antídoto que le da Inés. Mientras tanto, van pasando los quince días de reinado vaticinados a doña Leonor y esta, sintiéndose cada vez peor, fallece, de muerte natural —castigada por Dios—, en la fecha para la que había sido emplazada. Inés y Catalina ingresan en un convento y Jimeno parte a pelear en la guerra de Granada.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Argumento de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (primera parte)

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VilllosladaLa acción de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] comienza en Navarra el año 1461. El reino se encuentra dividido en dos bandos, el de los agramonteses, partidarios de don Juan II, rey de Aragón y de Navarra, y el de los beamonteses, que apoyan a la Princesa de Viana, doña Blanca, legítima heredera de la Corona una vez que ha muerto su hermano Carlos. Para escapar de sus perseguidores, doña Blanca ha decidido vivir en la villa de Mendavia, fingiéndose una sencilla labradora, con el nombre de Jimena. Un día, Jimeno (hijo de un judío, que se ha enamorado de ella y que, por amor, se ha bautizado con ese nombre), contempla cómo su amada es raptada por los agramonteses. Para tratar de rescatarla, el judío se convierte en capitán de una partida de bandoleros tras derrotar en las Bardenas al temible Sancho de Rota. Esperando encontrar a la villana de Mendavia, rescata a varias cautivas que estaban en poder de los bandidos; una de ellas, Inés, queda perdidamente enamorada de su libertador, pero Jimeno no puede corresponder a este sentimiento, porque su corazón lo llena la fingida labradora. Pasa el tiempo y, finalmente, Jimeno consigue rescatar a doña Blanca cuando es enviada hacia el castillo de Orthez[1], donde va a quedar en poder de su ambiciosa hermana doña Leonor, casada con el Conde de Foix, que desea a toda costa ser reina de Navarra; sin embargo, por una equivocación —ya que desconoce que la mujer que ama es la Princesa de Viana—, la lleva precisamente al mismo castillo adonde la conducían sus enemigos.

Al darse cuenta de su error, intentan escapar ambos con la ayuda de don Gastón, el hijo de doña Leonor, pero esta y sus caballeros consiguen detenerlos; doña Leonor desarma por completo a Jimeno al afirmar delante de todos que no es más que el hijo de un judío y, además, el capitán de una gavilla de ladrones: ningún caballero quiere cruzar su espada con él, y no le queda más remedio que huir, avergonzado y confuso. En realidad, Jimeno es hijo bastardo del rey de Aragón Alfonso V el Magnánimo, pero solo doña Leonor posee los documentos que acreditan esa identidad. Tras la marcha de Jimeno, la princesa doña Blanca queda en poder de sus enemigos y, finalmente, muere envenenada por su propia hermana.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Éxito editorial de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaEl éxito de la primera novela de Francisco Navarro Villoslada[1] fue enorme, como prueban las numerosas ediciones en tan pocos años. Algunas crónicas contemporáneas señalaron que había alcanzado «un triunfo literario desconocido hasta hoy entre nosotros». En los años cincuenta, además de alguna otra edición, llegaron las traducciones, al portugués (1853) y al inglés (dos en 1854, en Londres y Nueva York). En 1861 se publicó en un nuevo periódico ligado a Navarro Villoslada, El Pensamiento Español, y las ediciones siguieron en los años 80 y 90, siendo también numerosas las del siglo XX, en especial a cargo del Apostolado de la Prensa.

La obra se resiente, en su versión definitiva, de algunos defectos motivados precisamente por la forma en que fue redactada, con sucesivos añadidos y correcciones. Se ha comentado que la segunda parte es notablemente inferior a la primera, lo cual es cierto porque —como señala Simón Díaz— «la prematura desaparición de la protagonista disminuye el interés, que no puede lograrse por más que se acumulen intrigas y hechos insólitos»[2]. Navarro Villoslada añadió toda la segunda parte llevado, sin duda, por el éxito que alcanzó la primera, pero también por su deseo explícito de completar la enseñanza moral (la renuncia a la venganza personal de Jimeno, junto con el castigo de la culpable, doña Leonor). En cualquier caso, hay también momentos interesantes en Quince días de reinado, como por ejemplo la escena de la coronación de la reina, de gran sabor arqueológico.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 179.

Génesis y estructura de «Doña Blanca de Navarra» (1847) de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra es, junto con Amaya, la obra más conocida de Francisco Navarro Villoslada[1], y presenta unos personajes y unos escenarios navarros, en un momento conflictivo (sobrepasada ya la mitad del siglo XV) de la historia del reino de Navarra. En efecto, el autor trata aquí novelescamente unos sucesos históricos ya de por sí altamente dramáticos: la muerte de la Princesa de Viana doña Blanca, fallecida en extrañas circunstancias en 1464, y, tras un paréntesis temporal de quince años, el corto reinado de su hermana doña Leonor, Condesa de Foix, que duró solamente quince días, después de su coronación a finales de enero de 1479.

Atraído por la idea de escribir sobre la turbulenta época que vive Navarra en los años centrales del siglo XV (con el reino dividido por una cruel guerra civil entre los bandos de agramonteses y beamonteses y la presencia, siempre amenazadora, de los tres poderosos reinos vecinos: Castilla, Aragón y Francia), Navarro Villoslada redactó primero los esbozos de una obra dramática. En el archivo del autor se conservan varios de esos borradores, que figuran con distintos títulos: Los bandos de Navarra, El Mariscal, Don Felipe de Navarra, La Penitente… Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tema brindaba mejores posibilidades para ser tratado en forma de novela.

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaAsí, entre octubre de 1845 y mayo de 1846 fue apareciendo en las páginas de El Siglo Pintoresco, uno de los periódicos que Navarro Villoslada dirigía, una novela corta titulada La Princesa de Viana. Más tarde, de diciembre de 1846 a febrero de 1847, publicó en El Español, otro periódico de su dirección, una versión corregida de la misma, ahora con el título de Doña Blanca de Navarra. En ese mismo año de 1846 la novela tuvo dos ediciones, ya en forma de libro (por los editores Gaspar y Roig y Santa Coloma), y una más al año siguiente (Santa Coloma), con el mismo título de Doña Blanca de Navarra y con nuevas correcciones, aunque todavía no había alcanzado su extensión definitiva: hasta entonces la novela constaba solo de diecinueve capítulos; pero después añadió toda una segunda parte, titulada Quince días de reinado, con treinta nuevos capítulos. En el prólogo de esa edición íntegra (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1847, «tercera edición corregida y aumentada con una segunda parte») explicaba las razones de la adición:

No es mero capricho, ni exigencia de los editores, ni mucho menos es una mira de especulación el añadir una segunda parte a la novela que al parecer termina en los sucesos del castillo de Ortés. Doña Blanca de Navarra y Quince días de reinado son en verdad dos novelas distintas; pero entrambas se concibieron al mismo tiempo; y si el interés queda cuasi del todo satisfecho en la primera, el pensamiento moral no se desarrolla ni se completa hasta la segunda.

En suma, esta es ya la versión definitiva de la novela, que se titula en conjunto Doña Blanca de Navarra, conservándose el título original de La Princesa de Viana para la primera parte. Dos años después aparecería una nueva edición, Madrid, Gaspar y Roig, 1849, «cuarta edición corregida y aumentada con la segunda parte intitulada Quince días de reinado».


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Características de las novelas históricas de Navarro Villoslada

Todas las novelas históricas románticas —y, entre ellas, las tres de Francisco Navarro Villoslada[1]— presentan unas características comunes: localización preferente en una Edad Media, tópicamente idealizada, cristiana y caballeresca; narrador omnisciente, en tercera persona, que trata de crear una sensación de verosimilitud con frecuentes alusiones a crónicas ficticias; personajes planos, esquemáticos (los protagonistas suelen ser un héroe y una heroína, altamente idealizados, que se aman, pero que han de sufrir la persecución de algún odioso antihéroe); manejo de unas mismas técnicas y estructuras, y de unos mismos recursos de intriga para mantener el interés del lector, etc.

Trafalgar, de Pérez GaldósLa moda de la novela histórica con características románticas siguió en los años 50 y 60, en una verdadera avalancha de títulos, debidos especialmente a los autores que escribían por entregas o para los folletines de las publicaciones periódicas (Ramón Ortega y Frías, Florencio Luis Parreño y, sobre todo, Manuel Fernández y González), de mucha menor calidad literaria[2]. En cambio, en los 70 el modelo cambiaría, pasando a estar constituido por los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que representan una forma mucho más moderna y realista de entender la novelización de la historia nacional (no ya la poética Edad Media, sino una época mucho más cercana al autor, si no contemporánea).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Para el conjunto de la producción de la novela histórica romántica española, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.

Contexto literario de Navarro Villoslada

Francisco Navarro Villoslada[1] puede ser incluido en la nómina de los escritores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Espronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y escenarios de muchos de sus escritos.

Sir Walter ScottComo novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia, fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las producciones originales.

Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830),de Ramón López Soler; La conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (y 3)

Entre las obras menores de Francisco Navarro Villoslada[1] hay que mencionar los folletos de propaganda política (La España y Carlos VII, «El hombre que se necesita»), las biografías (Compendio de la vida de San Alfonso María de Ligorio, Estudio histórico militar de Zumalacárregui y Cabrera; de este libro solo escribió la primera parte, con el pseudónimo Thomas Wisdom) y algunas traducciones (los primeros capítulos de Agenor de Mauleón, el de la mano de hierro, de Dumas, García Moreno, presidente de la República del Ecuador, del Padre Berthe).

Doña Toda de Larrea, de Navarro Villoslada

También dejó numerosos trabajos inéditos; especialmente importante resulta un proyecto narrativo sobre la conquista de Navarra, sin concluir, titulado globalmente Pedro Ramírez, que incluye varias novelas históricas; esos borradores se conservan en el archivo del escritor[2], bajo distintos títulos: Doña Toda de Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra, El cuadrillero de la Santa Hermandad


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] El Archivo de Navarro Villoslada se conserva actualmente en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra, tras ser generosamente cedido en 1995 por los descendientes del escritor, los Sres. Sendín Pérez-Villamil. De esos trabajos inéditos publiqué Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, Madrid, Castalia, 1998.

Producción literaria de Navarro Villoslada (2)

La dama del rey, de Navarro VillosladaFrancisco Navarro Villoslada[1] empleó su pluma igualmente en el teatro, en la poesía y en el artículo de costumbres. Forman su producción dramática La prensa libre (1844), comedia en verso en la que se aboga por la independencia de los periódicos; Los encantos de la voz (1844), intrascendente comedia de enredo, en un acto y en prosa, escrita en colaboración con Manuel Juan Diana; Echarse en brazos de Dios (1855), drama histórico en verso, que retoma algunos episodios de la novela Doña Blanca de Navarra; y la zarzuela de tema vascongado La dama del rey (1855), con música de Emilio Arrieta, que se estrenó sin demasiado éxito.

Como poeta nos legó un ensayo épico titulado Luchana (1840), sobre el tercer asedio de Bilbao por los carlistas en 1836. También escribió, desde sus años juveniles, numerosas composiciones poéticas, en las que predominan los temas de contenido moral y religioso (destacan «A la Virgen del Perpetuo Socorro», «A Pío IX», «Meditación», «Las ermitas», el madrigal «Fuente brota en mi valle…» y el villancico «Al Niño donoso…», de graciosa sencillez).

En su faceta de autor costumbrista, dejó escrito «El canónigo» (1843), recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «El arriero» (1846) y «La mujer de Navarra» (1873), bella estampa del carácter de las mujeres montañesas y ribereñas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (1)

En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada[1] es conocido fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más detalle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.

Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la dramática[1]. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo (1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos humorísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el ambiente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, finalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los ojos de la sociedad.

Castillo de Marcilla (Navarra)Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista castellana).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.