«Canción de Nochebuena», de Beatriz Schulze Arana

La escritora boliviana Beatriz Schulze Arana (Potosí, 1929-La Paz, 2000) participó de la fundación en La Paz de la segunda generación del grupo «Gesta Bárbara» (1944). En 1995 ingresó en la Academia Boliviana de la Lengua. Entre sus obras se cuentan títulos como Lejanías (1945), Surcos de luz (1947), En el telar de las horas (1948), Por la escala del ensueño (1949), En el dintel de la noche (1951), Desvelo de lámpara (1958), Pompas de jabón (1958), Clarinadas de oro (1979), Burbujas de color (1979), La princesita calipso y el fausto ruiseñor (1980), Semillero de luces (1981) y Luces mágicas (1988). Los últimos años de su vida los pasó en la «Casa del Poeta», dotada por el municipio de La Paz.

Juan Quirós nos ofrece la siguiente valoración de su estilo poético:

Dedicada a los oficios del ensueño, muy femenina, ajena a modas y esnobismos, siempre despierta al imperativo de sus principios y a su voz interior, Beatriz Schulze Arana está exenta de sensiblería y de toda jugarreta verbalista. De sus versos para niños ha dicho Gabriela Mistral: «Van envueltos en un halo de verdadera belleza, además recrean, enseñan sin violencias, ejercitan la imaginación y abren surcos de bondad y de ternura»[1].

Su «Canción de Nochebuena» es una sencilla composición en hexasílabos en los que la voz lírica expresa los dones que piensa presentar al Niño recién nacido.

Virgen con el Niño Jesús, de Antonio Arias

Los recursos utilizados (anáforas, paralelismos, variedad de rimas asonantes, empleo de diminutivos, etc.) son los habituales en este tipo de poemas que se insertan en la tradición de la poesía navideña de tono popular. Este es el texto del poema:

Me ha dado la alondra
pajas de su nido,
yo le haré con ellas
su cunita al Niño.

Me han dado las nubes
copos de algodón,
albos como un sueño,
tibios como el sol.

Con don tan precioso
a mi Niño Dios
le haré una almohadita
y un muelle edredón.

Me ha dado la luna
un jirón del traje
que lució la noche
de su primer baile;

de seda tan fina
yo le coseré
bellos pañalitos
al Dios de Belén.

Me han dado los mares
encajes de espuma,
con ellos al Niño
yo le haré una túnica.

Agujita mía:
corre, salta, vuela
sobre el escenario
del encaje y seda.

Agujita mía:
¡corre! ¡salta! ¡vuela!,
que Jesús ya viene,
que Jesús ya llega
y yo no consigo
terminar mi ofrenda.

Agujita mía:
¡corre! ¡salta! ¡vuela![2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 347.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 351-352.

«Nochebuena», de Luciano Durán Böger

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Estamos en el cuarto domingo de Adviento, y la Navidad está ya a la vuelta de la esquina… Así pues, continuaremos la serie de poesía navideña —y, al mismo tiempo, la de breves semblanzas de escritores bolivianos— con el poema «Nochebuena», de Luciano Durán Böger (1904-1996). Nacido en 1904 en Santa Ana, capital de la provincia de Yacuma, en el departamento del Beni, fue escritor (poeta, cuentista y novelista), crítico de arte y también pintor autodidacta. La mayor parte de su producción poética quedó recogida en su antología Geografía de la sangre (1963). En el terreno de la narrativa aportó obras como Sequía (1960), Inundación (1965) —subtitulada Novela para un continente en lucha—, En las tierras de Enín (1967), que está considerada una de las mejores novelas bolivianas, y Sangre en La Esmeralda (1972), cuyo título se cita a veces equivocadamente como Sangre de Esmeralda. Es autor también del ensayo Poetas del Beni (1963). Durán Böger fallecería en La Paz  en 1996. De él ha escrito Juan Quirós que es

Dueño de una copiosa producción en verso donde existen muchas composiciones fáciles en demasía, junto a otras con aciertos que no son causales. Cuando se olvida del partido político que profesa [fue fundador y militante del Partido Comunista de Bolivia], Durán Böger afirma el paso y camina con seguridad. Nada fía entonces a la improvisación, deja de ser incoherente y aparece el poeta que hay en él[1].

Natività, de Carlo Maratta

Su poema «Nochebuena» canta con versos sencillos la belleza de la Virgen María y el nacimiento del Niño-Dios para, en la parte final —los dos últimos versos—, dar un quiebro que introduce la preocupación del autor por la problemática social («no tengo arbolitos, / ni zapatitos, ni cena», expresa la voz lírica). La composición reza así:

Bella
estaba la Madre
del amor
que besa el Aire,
del amor
que arrulla Luz,
del amor
que mima el Agua.

Sin una perla de llanto,
juega sobre el planeta
con lunas y con pañales.

¡Hijo del Hombre!
Niño de carne y de sangre
nació como nace el verso
del corazón del Poeta.

Esta noche es Nochebuena
—y yo no tengo arbolitos,
ni zapatitos, ni cena[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 179.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 180-181.

«Navidad», de Octavio Campero Echazú

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.

Belén andino

Este es el texto completo del poema:

Pastora, la contradanza
que tejes sobre la tierra
con los pies desnudos, huele
a pastos de Nochebuena.

Te enlazan dos zagalones,
y entre sus manos labriegas
—arbolito de diciembre—
tu talle se balancea.

Detrás vienen seis pastores
con tres zagalas cimbreñas,
como siguiendo el aroma
de tus huellas.

Y cantan un villancico
—son crecido entre las hierbas—
iniciado por el viento
de las quenas.

Desde el portal de sus voces,
la tuya, como una estrella,
los encamina hacia un verde
retablo de Nochebuena…

Ya los gallos campaneros
dan las doce; y es la tierra,
bajo el viento de los astros,
cuna que se balancea…

¡El Niño Dios ha nacido!
—mies de luz sobre la vega—,
y tus canciones, pastora,
se tiñen de un alba nueva[1].


[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.

«El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes

Para celebrar la fiesta de la Epifanía del Señor copiaré hoy el poema «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes, todo un clásico en estas fechas, perteneciente a su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belénilustrado por Marifé González. Además se puede escuchar, recitado por la propia autora, aquí (por cierto, a la altura del verso 20, me parece que la palabra que dice esta «mujer de verso en pecho» no es precisamente «birria»…).

Cubierta del cuento El camello cojito, de Gloria Fuertes y Nacho Gómez

El camello se pinchó
con un cardo en el camino
y el mecánico Melchor
con buen tino le dio vino.
Baltasar fue a repostar
más allá del quinto pino
e intranquilo el gran Melchor
consultaba su «Longinos»[2].

—¡No llegamos, no llegamos
y el Santo Parto ha venido!
—Son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido.

El camello cojeando
más medio muerto que vivo
va espeluchando su felpa
entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
—Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra
a lo largo del camino;
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
—ya cantaban pajarillos—
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
—No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero —repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado
le hace cosquillas al Niño[1].


[1] La famosa marca de relojes suiza es Longines; pero, en este contexto, bien puede ser Longinos, como pide la rima del romance…

[2] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 197-199 (aquí, en el título, se ha suprimido el adjetivo «cojito», que restituyo; y en el v. 4 suplo también «con buen tino», que completa el octosílabo).

«Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo

Para todos aquellos —niños y no tan niños— que, al acostarse esta noche, son capaces todavía de sentir ilusión, esta sencilla poesía de José Luis Hidalgo:

Que es la noche de Reyes,
duérmete pronto,
ya se oyen sus caballos
bajo los chopos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que si te ven despierto,
por ser curioso
tus zapatos, al alba,
estarán solos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que están los Reyes Magos
bajo los chopos[1].

Reyes Magos


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.

«Romance viejo de la madre nueva», de Antonio y Carlos Murciano

¡Feliz Año Nuevo!
Ojalá que el 2014 nos traiga a todos Paz, Amor y Felicidad…

Nacimiento de Cristo

Para todos los lectores y amigos del blog, va dedicada esta composición de los hermanos Antonio y Carlos Murciano, grandes especialistas en poesía navideña, que trata de Santa María, Madre de Dios:

Romance viejo de la madre nueva

(Lc 2, 1-8)

Camina la blanca niña
por los campos de Belén,
camina que te camina,
camino de ser mujer.
Detrás la sigue el esposo,
ciego ya de tanto ver;
delante, la leve huella
del ángel de Nazareth.
En un establo en ruinas
se han venido a guarecer.
Virgen se estaba la niña,
intacta su doncellez:
varón que la mancillase
no viera el mundo nacer.
En el cristal de sus ojos
se copia un breve doncel;
en los sus labios un nombre
se multiplica por tres;
en los sus pechos floridos
cantan la leche y la miel
y en el su vientre sin mancha
comienza el amanecer[1].


[1] Incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 75.

Un «Retablillo navideño en tres cuadros» de Pedro García Merino

Pedro García Merino (Mélida, 1908-Pamplona, 1977) compuso un Retablillo navideño en tres cuadros, subtitulado Nochebuena en la Ribera. Incluye voces riberas y está lleno de gracia y salero, como comenta Víctor Manuel Arbeloa:

El Retablillo vuelve a la larga tradición de las églogas castellanas, donde los pastores son las voces del pueblo, que piensa, habla y ríe como ellos[1].

Los personajes son el señor Juan (pastor viejo), el Repatán primero y segundo, y las señoras Inés, Lucía, Graciosa y Nicereta. El señor Juan les anuncia la profecía del próximo nacimiento de un Niño; cuando eso suceda, todo será felicidad en el mundo (va enumerando una serie de sucesos positivos que tendrán lugar: habrá paz, alegría, comida en abundancia para todos…).

El nacimiento de Cristo, por Lorenzo Costa

El Repatán segundo le replica:

—Una cosa le discuto:
dice usté quiabrá tocino.
¿Pues no es preceto divino
no comer carne de cuto?

A lo que responde el señor Juan:

—Eso es ley de Moisén,
pero en la nueva ordenanza
se podrá comer matanza
y longaniza tamién.

Pero, además de estas bromas a propósito de la comida, hay lugar asimismo en el Retablillo para los pasajes líricos. Por ejemplo, en el cuadro tercero, las mujeres y los pastores se acercan al portal y dedican al Niño estos bellos piropos:

—Precioso, rico, clavel…
—Majico, guapo, salero…
—Florecica del romero…
—Lirio, gotica de miel…


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 45.

«Pastoral de Navidad» (1942) de Genaro Xavier Vallejos

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.» 

En Pastoral de Navidad —obra que ha sido representada durante varios años en Sangüesa por la Agrupación «Misterio de Reyes»— Genaro Xavier Vallejos retoma algunos personajes del libro anterior: Pola, Luperca, la Garula… Se trata de un Poema escénico que se estrenó en Madrid en 1942. En el prólogo, el sacerdote sangüesino explica que introduce en su obra varios anacronismos —es decir, referencias que no corresponden al tiempo y al lugar histórico real de los hechos— para dar mayor fuerza emotiva y evocadora a su obra, porque el misterio del Verbo encarnado es de todos los siglos. Cito:

Para él no hay ni ayer ni hoy, mientras exista esta medida del tiempo. […] Diariamente nace Cristo entre nosotros.

Nacimiento de Cristo

Como se trata de un hecho universal, el escritor localiza la acción en un lugar cercano, e introduce diversas referencias a las costumbres y a la forma de hablar de su localidad natal y de la zona (así, alude a las alubias de Sangüesa, a las ollas fabricadas en Lumbier…).

La obra se divide en seis cuadros: «La Anunciación», «La Visitación», «Camino de Belén», «Belén», «Nacimiento» y «Adoración de los Reyes». En el primero se oyen cañonazos y el tableteo de ametralladoras (este es uno de esos anacronismos de que hablaba antes, porque obviamente tales armas no existían en la época). «¿Hasta cuándo la miseria, y el odio, y el dolor, y las lágrimas?», se pregunta una voz, porque reina en el mundo una noche oscura, de sangre y guerras. Parece que Vallejos hubiera escrito estas palabras en nuestros días. Sin embargo, algo va a cambiar: el ángel Gabriel viene a anunciar a María la concepción y el nacimiento del Salvador; la luz que en ese momento se hace en el escenario simboliza la pronta llegada de Cristo, que será la Luz de los hombres.

El cuadro segundo describe «La Visitación» de la Virgen a su prima Isabel. En el tercero, «Camino de Belén», la acción se traslada a una posada, donde aparecen simpáticos personajes populares: Pola, Luperca, Taratoles y su nieto Peli, que piden alojamiento por caridad… Tras las riñas y discusiones de Luperca y Pola, se oyen unos bellos versos que alguien canta en el campo:

Alma, ya vienen
llamando a tu puerta.
Alma, date prisa,
que la hallen abierta.
Que la hallen abierta,
que la noche es fría.
¡Alma, si supieras,
qué pronto abrirías!

Cuando llegan la Virgen María y San José se encuentran con el «No hay posada» de la poco caritativa Pola, enfadada porque se imaginaba unos huéspedes más ricos. El cuadro se resume en estos cuatro versos finales:

Solitos vinieron,
solitos se van.
La noche está helada.
¿Quién les abrirá?

En el cuadro cuarto, «Belén», vuelven a aparecer esos mismos personajes del pueblo: María Sarmiento, Luperca, María la de la panadería, Agapita, la Garula, Pedro Matú y Manasén, quienes murmuran y cotillean en las ventanas de sus casas. María y José llaman a sus puertas, pero nadie les abre.

No hay posada...

El cuadro quinto se titula «Nacimiento»; un coro de ángeles anuncia a los pastores la Buena Nueva de la llegada del Mesías, y siguen unas coplas de Taratoles y el alegre villancico de la Pastora:

Caminitos del monte,
caminitos en flor.
¿Quién ha ido a contaros
que nacía el Señor?

[…]

Todo es paz en el mundo.
Todo vuelve a nacer
por la gracia de un Niño
que os nació en Belén.

Diversos personajes van entrando en una danza festiva, según son nombrados en el villancico, y al final la Virgen María eleva al Niño como una hostia.

Niño Jesús en la Hostia

En fin, el cuadro sexto representa la «Adoración de los Reyes». Luperca y Pola, ya reconciliadas, acuden al portal, invadidas por la alegría, bailando y cantando:

A Belén, pastores,
que el Rey celestial
ha nacido anoche
en un pobre portal.

Ahora «Todo está cambiado» tras el nacimiento del Niño-Dios y los distintos personajes vienen a adorarlo, al tiempo que Taratoles entona una canción de cuna que comienza:

Duérmete, Niño,
duérmete ya,
no tengas prisa
por despertar.

Gracias al tratamiento humano que les da Genaro Xavier Vallejos, esos personajes humildes que han sido testigos del Nacimiento de Jesús —Pola, Luperca, Taratoles, Peli, los pastores…— se hacen muy cercanos al espectador o al lector de esta Pastoral de Navidad, y con ellos también ese misterio de la Natividad del Salvador del Mundo, según era la intención del escritor.

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Gloria en los cielos a Dios
y en la tierra al hombre paz.»

«Viñetas antiguas» (1927) de Genaro Xavier Vallejos

Los que soñáis y esperáis
la Buena Nueva,
abrid las puertas al Niño
que está muy cerca.

El sacerdote sangüesino Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) es autor de dos obras navideñas, que son Viñetas antiguas (1927), narrativa, y Pastoral de Navidad (1942), teatro.

Viñetas antiguas es un libro que incluye veintiocho semblanzas narrativas; varias de ellas refieren episodios de la vida de Jesús, y en concreto su nacimiento y su infancia. Tras «Campanas de la Anunciación», la titulada «Las nueve jornadas» describe el viaje de María desde Galilea a Belén, que hace montada en «un jumento gracioso, cegato, vejete, pelón y trotón».

De Nazaret a Belén

Esta secuencia narrativa es interesante porque contiene en germen la acción de la segunda obra navideña del autor, Pastoral de Navidad. María y José van primero a casa de su prima Rebeca, pero son rechazados; lo mismo les sucede en casa de Marta. Acuden entonces al mesón de «la avara, la dura, la terca Luperca», y allí reciben la misma respuesta negativa. Copio el fragmento que corresponde a este pasaje:

El mesón es grande, capaz para muchos huéspedes. Pero la dueña del mesón es la avara, la dura, la terca Luperca. Y antes de que ella admita a un pasajero, mucho tiene que cerciorarse de sus dineros, de sus haciendas, y hasta del repuesto que trae en las alforjas. Esta noche, como es muy copiosa la afluencia de forasteros que vienen al padrón, ella misma está a la puerta con una vigilancia impropia de su extrema vejez.

San José, que la conoce de tiempos atrás, se acerca solícitamente:

—¡Buenas noches, señora Luperca!

De una sola mirada de sus ojos astutos, Luperca investiga la pobre catadura de los viajeros.

—¡Bien crudas están para mi reúma!

—A sus años, debiera cuidarlo.

—¡Ya lo creo! ¡Yo estaría en la cama y el mesón sin huéspedes!

—¿Tendrá un rincón para nosotros, señora Luperca?

—¡Qué pensamiento! Ni para mí lo hay, que tengo que estarme en este poyo toda la noche.

—Aunque sea en el pajar, en el corral, en la cuadra. Algo que no esté a la intemperie.

—¡Doblones me han pagado por un poco de paja! ¡Todo está así!

Y junta los diez dedos de sus manos y miente descaradamente. Como San José había arrimado un poco el jumento, ella se levanta recelosa y les da con la puerta en el rostro. Aún asoma por un resquicio su cara de corcho y dice con verdadera burla:

—¡En las cuevas de allá abajo tendrán casa de balde!

Entonces de los ojos de San José se desbordan dos lágrimas de fuego. Piensa en la Virgen María.La Virgen también llora, pensando en el Niño Jesús. Están en mitad del camino. Un poco más abajo, junto al recodo, se dibuja, bajo la luna, la negra silueta de la cueva. No queda otro recurso.

Me parece un texto especialmente bonito y emotivo, por la ternura con que Vallejos sabe captar la desolación de la Sagrada Familia, en contraste con la avaricia de la mesonera. María y José encuentran la cueva hecha una cuadra, con un buey que no se sabe bien quién dejó allí. Y comenta el narrador: «Los cielos y la tierra aguardan en un silencio de maravilla. / Se acerca la medianoche». Y es que va a ocurrir algo milagroso: la encarnación del Verbo.

La Virgen María encinta

La misma ternura y la misma sensibilidad muestra Vallejos en otras dos viñetas, «Ya sale el niño Jesús», donde vuelve a aparecer la chismosa Luperca, y «La Virgen estaba lavando», donde se refiere la adoración de los Reyes Magos; Luperca, viendo posibilidad de ganancia, quiere llevar a su mesón a los regios personajes, pero otra vecina, Tiberga, los guía hasta el portal.

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.