José García de Villalta (1801-1846), novelista histórico

De José García de Villalta (Sevilla, 1801-Atenas, 1846), periodista liberal, hay que recordar su novela El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, del importante año de 1835. Esta obra supone una nueva aportación a la tendencia de la novela histórica, pues sirve para introducir en ella las opiniones políticas del autor. En efecto, García de Villalta defiende sus ideas liberales y lanza duros ataques contra los jesuitas, bajo el nombre encubierto de «alquimistas».

Portada de El golpe en vago

Las aventuras de los dos amantes, separados por varias personas que se oponen a su amor, constituyen la trama central de la intriga, pero se ven interrumpidas por constantes digresiones que rompen el ritmo narrativo, además de perderse en una maraña de personajes y episodios secundarios con muy poca ilación entre sí. No ha podido comprobarse si es cierto, como se ha dicho alguna vez, que la novela fue redactada primero en inglés —García de Villalta estuvo emigrado y fue traductor— con el título de The Dons of the Last Century.

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), novelista histórico

Después de publicar en 1834 la obra Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas. Bosquejo histórico, Francisco Martínez de la Rosa dio a las prensas su novela Doña Isabel de Solís, reina de Granada (en los años 37, 39 y 46), que es una de las más históricas del género aunque, por la misma razón, una de las menos novela. Martínez de la Rosa hace gala de su erudición añadiendo más de trescientas notas de considerable longitud (las coloca, eso sí, al final, «como en un lugar de destierro», para no romper el ritmo de lectura), lo que convierte a la obra en una biografía novelada.

El volumen de lo histórico casi ahoga la fantasía del autor, que tampoco era novelista y que trabaja más bien como historiador; pero, por otro lado, su trabajo no puede alcanzar la categoría de historia por la mezcla de elementos ficticios. Menéndez Pelayo la calificó de «erudita y soporífera novela»[1]; de la misma forma, ha sido juzgada con excesiva severidad por toda la crítica. Es cierto, sería absurdo negarlo, que las descripciones son muy prolijas y los diálogos muy escasos pero, a pesar de todo, puede leerse con cierto interés; cuando menos, está escrita en una prosa culta y cuidada, con ciertos toques arcaizantes.

Francisco Martínez de la Rosa

En esta novela, frente a lo que es habitual en el género, sí aparecen personajes históricos importantes en el primer plano de la acción. La reconstrucción, como es obvio, alcanza el grado de lo arqueológico, hasta el punto de que se ha podido decir que el verdadero protagonista de la novela es la ciudad de Granada y que al autor importó más pintar un cuadro de época que novelar la historia de la cautiva cristiana. Tiene también su importancia por ser la primera novela romántica de tema granadino (si exceptuamos el Gómez Arias de Trueba), que recupera además el viejo tema de las novelas moriscas del amor entre personas pertenecientes a distinta raza y religión.


[1] Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Madrid, CSIC, 1943, vol. III, p. 143.

Patricio de la Escosura (1807-1878), novelista histórico

Patricio de la Escosura (Oviedo, 1807-Madrid, 1878) fue militar liberal y conoció el exilio. Sus novelas tocan temas muy variados, desde la ambientación medieval en el reinado de doña Urraca de Castilla en El conde de Candespina (1832) hasta el episodio contemporáneo en El patriarca del valle (1846-1847) pasando por el tema del pastelero de Madrigal y el reinado de Felipe II en Ni rey ni Roque, su mejor obra, o el tema americano en La conjuración de Méjico o Los hijos de Hernán Cortés (1850).

Menos interesantes nos resultan sus Estudios históricos sobre las costumbres españolas (1851) que, pese al título, son una «novela original», y sus Memorias de un coronel retirado (1868), de carácter autobiográfico.

Patricio de la Escosura

En Ni rey ni Roque no pretende una reconstrucción histórica ambiciosa, sino que su propósito declarado es distraer al lector; se le ha criticado su estilo narrativo simple y hasta incorrecto a veces en lo gramatical (frases mal construidas, redundancias…). Sin embargo, sus diálogos son buenos y consigue que su obra resulte amena y se lea con facilidad…, lo que no es poco en este tipo de obras.

Estanislao de Cosca Vayo (1804-1864), novelista histórico

El valenciano Estanislao de Cosca Vayo (Valencia, 1804-1864) inicia su producción con una novela no histórica, sino sentimental, El Voyleano o La exaltación de las pasiones (1827); le sigue una de las primeras de ambiente histórico contemporáneo, Los terremotos de Orihuela (1829). Al año 1830, el mismo de Los bandos de Castilla de López Soler, corresponde Grecia o La doncella de Misolonghi. De 1831 es Historia imparcial de la emperatriz Eudoxia Foederovna, esposa del Czar Pedro I el Grande, y de 1832 La amnistía y Aventuras de un elegante o Las costumbres de antaño, otro relato no histórico.

Su obra más importante en la materia que nos ocupa, la novela histórica romántica, es La conquista de Valencia por el Cid, de 1831.

Portada de La conquista de Valencia por el Cid

Del año 34 es Los expatriados o Zulema y Gazul, y del siguiente Juana y Enrique, reyes de Castilla. Después publicaría La hija del Asia (1848).

Sus novelas aparecen, salvo Los expatriados, en Valencia y en ellas, sobre todo en La conquista de Valencia por el Cid podemos encontrar el paisaje levantino; sus descripciones, un tanto genéricas pero no exentas de cierta suave melancolía, hacen que, junto con Cortada y Sala, se adelante a Gil y Carrasco en traer a la novela histórica escenas coloristas del paisaje de su región. Señalar que sus personajes se caracterizan por la escasa penetración psicológica sería hablar de un mal corriente en la mayoría de todos estos autores (por ejemplo, el carácter del Cid, idealizado al máximo por el patriotismo de Vayo en su novela, resulta inverosímil). Sus diálogos son muy poco vivos. Por lo demás, destaca su estilo limpio, castizo, con alguna reminiscencia cervantina, demasiado florido y ampuloso en ocasiones.

Juan Cortada y Sala (1805-1868), novelista histórico

Este escritor catalán (Barcelona, 1805-Sant Gervasi, 1868) era historiador y pudo documentarse para sus relatos, que guardan por tanto una fidelidad histórica aceptable.

Juan Cortada y Sala

Publica en Barcelona varias novelas que destacan precisamente por su catalanismo: Tancredo en Asia. Romance histórico del tiempo de las cruzadas (1833-1834), La heredera de Sangumí. Romance original del siglo XII (1835), El rapto de doña Almodis, hija del conde de Barcelona, don Berenguer III. Narración histórica (1836), Lorenzo. Novela histórica del siglo XIV (1837), Las revueltas de Cataluña o El bastardo de Entença (1838) y El templario y la villana (1840-1841). Su segunda novela inaugura, de hecho, la corriente regionalista dentro de la novela histórica romántica. La última pudo influir en la obra de Gil y Carrasco, que aparecerá en 1844.

Algunos de los subtítulos parecen indicar (y algunas características de sus novelas, como la invocación a las musas, por ejemplo, lo confirman) que Cortada entendía la novela histórica como un poema heroico en prosa.

Larra, novelista histórico: «El doncel de don Enrique el Doliente» (1834)

El caso de Mariano José de Larra (1809-1837) es semejante al de Espronceda pues, no siendo conocido como novelista, publica una novela histórica (también en 1834 para la colección de Repullés), El doncel de don Enrique el Doliente. Historia caballeresca del siglo XV y, al igual que aquel, la personaliza trasladando a ella sus problemas y haciendo trasunto de su persona al protagonista.

Larra y El doncel de don Enrique el Doliente

Sin embargo, la novela de Larra es bastante mejor que la de Espronceda[1]: los personajes están más matizados, ya que se concede gran importancia al análisis de los sentimientos. Su documentación es seria y, sin caer en lo arqueológico, nos muestra variados aspectos de la vida señorial de aquel momento. Pero no es la reconstrucción histórica lo que más interesa, sino la violenta pasión amorosa, puramente romántica, que conduce a Macías[2] a la muerte, y a la locura a Elvira: el amor imposible lleva a la muerte por amor. Por otra parte, la novela está bien escrita, aunque el estilo resulta un tanto desigual. El autor se deja notar con muchísima frecuencia por medio de digresiones acerca de la situación política del momento y a través de la constante ironía de las palabras del narrador.


[1] Para Marcelino Menéndez Pelayo era «la primera novela histórica digna de leerse entre las compuestas a imitación de Walter Scott» (Obras de Lope de Vega, Madrid, RAE, 1898, vol. X, p. LVIII). Citado por Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch S. A., 1974, p. 62.

[2] Larra trató el mismo tema del trovador Macías, aunque con algunas diferencias en el desenlace, en una obra dramática.

Espronceda, novelista histórico: «Sancho Saldaña» (1834)

José de Espronceda (1808-1842) es autor de una sola novela que ha merecido —creo— la atención de la crítica más por el nombre de su autor que por su calidad literaria intrínseca. Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar. Novela histórica original del siglo XIII[1] fue redactada durante su destierro en aquel lugar y quizá de esta circunstancia de no poder trabajar con la calma y el detenimiento deseables se resienta en el plano estructural; en efecto, la novela no es sino una sucesión de cuadros sueltos, de distintos lances y aventuras, hilvanados únicamente por la presencia de los mismos personajes protagonistas.

Sancho Saldaña, de Espronceda

Además, Espronceda no es novelista, de forma que los principales valores de su creación hay que buscarlos en el hecho de que Sancho Saldaña sea posiblemente un trasunto de su autor. Si ello es así, si ese personaje atormentado y embriagado por la melancolía refleja el carácter de Espronceda, podemos considerar que su obra enriquece la novela histórica, al introducir en ella el planteamiento de los problemas personales del autor. Habría que señalar, además, otras coincidencias con sus poesías: el tono lírico y pesimista general; un amor que pudo ser salvador pero que, al hacerse imposible, termina por destruir a quien lo siente; la presencia de la naturaleza agitada o en calma en paralelismo o contraste con el estado de ánimo de los personajes; la aparición de personajes «fuera de la ley», como el bandido generoso apodado el Velludo, etc.[2]


[1] Se escribió para la famosa colección de Repullés y Delgado y se publicó, junto con El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, el año 1834; existe una edición ampliada de 1870, debida quizá a Julio Nombela, que ha creado ciertos problemas a la crítica sobre la autoría de lo añadido. Cfr. Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 167 y el «Estudio preliminar» de Ángel Antón Andrés a Espronceda, Sancho Saldaña, Madrid, Taurus, 1983, quien dedica un apartado a «La novela y sus dos versiones».

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Ramón López Soler (1806-1836), novelista histórico

Ramón López Soler (Manresa, 1806-Barcelona, 1836) utilizó en muchas de sus novelas el seudónimo de Gregorio Pérez de Miranda. No se debe confundir con un tal Ramón Soler (a veces aparecen a nombre de uno las obras del otro). Es uno de los autores más importantes en la materia que nos ocupa, no solo por publicar en España la primera novela histórica romántica (Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne, Valencia, Cabrerizo, 1830), sino porque le siguieron en los años siguientes varias más, a saber: El pirata de Colombia, Henrique de Lorena, Kar-Osmán. Memorias de la casa de Silva, Jaime el Barbudo o sea La sierra de Crevillente (las cuatro de 1832), La hija del bey de Argel (del 32 o del 33, de la que no se conoce ejemplar), El primogénito de Alburquerque (1833-1834), La catedral de Sevilla (versión de 1834 de Notre-Dame de Paris) y Memorias del príncipe de Wolfen (adaptación de una obra de Jules Janin, póstuma), publicadas en Valencia, Barcelona y Madrid. También escribió una novela de costumbres, Las señoritas de hogaño y las costumbres de antaño.

Portada de Los bandos de Castilla

Como ha señalado la crítica, se le puede considerar como el verdadero fundador de la novela histórica española; fue acusado de plagiario de Walter Scott, pero él mismo advierte en el prólogo de Los bandos de Castilla que va a imitar, adaptando o traduciendo incluso algunos fragmentos, las obras del escocés; y existen otros pasajes en los que demuestra su capacidad imaginativa personal. Lo que importa es que funda una tendencia de la novela en España que se prolongará todo el siglo. Sus reconstrucciones históricas son bastante buenas, como es normal en los mejores novelistas históricos; el gusto por lo que de poético y cristiano tiene la Edad Media tiñe toda su obra (no olvidemos que es fundador de El Europeo y de El Vapor, dos periódicos barceloneses en los que se dio cabida a Scott y a los temas medievales). Escribe notables diálogos, y a veces impregna su estilo con algunos arcaísmos de sabor cervantino. Destaca también el tono sentimental y melancólico de sus narraciones, especialmente en algunas notas de sus descripciones de la naturaleza (aspecto muy romántico, como es sabido).

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (y 3)

Pero pese a su éxito, la novela histórica romántica española tuvo sus detractores. Es muy interesante, en este sentido, el artículo titulado «La novela» que apareció en el Semanario Pintoresco Español, con las iniciales de Ramón de Mesonero Romanos, del que extracto estas dos citas[1]:

La novela de costumbres contemporáneas […] hubo de ceder el cetro a la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo ancho campo en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás a los que pugnaban por imitarle. Y estos pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas modelos por cierto más dignos de respeto ¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales abultando los defectos, y no acertando a reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan a hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquel supo inventar o ennoblecer!

Vemos, por último, a la novela histórica de Walter Scott ridículamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando a los personajes históricos que pretende describir los atrevidos rasgos con que aquella pudo realzar a sus héroes fabulosos; remedando a veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

Ramón de Mesonero Romanos

Ramón de Navarrete, en otro artículo del Semanario, también condena la novela histórica, precisamente porque ni es novela ni es historia del todo:

¿Qué es la novela histórica? Una narración más o menos fiel, más o menos exacta, de sucesos pretéritos, amoldada a las intenciones del novelista, desfigurada según conviene a sus propósitos, y las más veces ridícula e infiel. ¿Puede ser algo más que esto? Por cierto que sí; pero entonces ha de faltar precisamente a las condiciones de su existencia; entonces ha de perder su amenidad, su interés, su ligereza, para convertirse en un curso indigesto de historia que nadie leerá; las mujeres porque se verán burladas en su esperanza y arrojarán el libro con enojo; los hombres porque preferirán la historia en su verdadero terreno, narrada con la detención conveniente, con la severidad que le es propia, con la exactitud indispensable. El que busque instrucción sana y esté sediento de estudio, no irá seguramente a beber en aguas tan turbias; el que desee divertir el ánimo, tampoco se contentará con aquello que le recree a medias[2].

Y en 1867, José Pulido y Espinosa, al hablar de las novelas, arremete contra este tipo peculiar que aquí estamos examinando, particularmente contra las publicadas por entregas que son, como cabe suponer, de peor calidad:

No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista no se cuida de la verdad sino que, truncando los hechos y los tiempos y dando tortura a la historia, finge sucesos y crea personajes e inventa situaciones que muchas veces hacen hasta visible el anacronismo que envuelven y las distancias que separan, para sostener un enredo que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni cabeza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad de pensamiento, ni en la verdad de los tipos que se presentan. ¿Se creerá tal vez probar en esto fecundidad e ingenio? ¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah, qué error! Montañas de pedruscos apenas dan quilates de rico mineral[3].


[1] Semanario Pintoresco Español, año 1839, t. I, p. 254.

[2] «La novela española», Semanario Pintoresco Español, año 1847, p. 83.

[3] Prólogo a Antonio de Padua, María Magdalena, novela bíblica original, Madrid, 1867. Recoge la cita Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 62.

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (2)

Son muy importantes las consideraciones sobre la novela histórica que señala Estébanez Calderón en el «Prólogo» La campana de Huesca (1854), de Cánovas del Castillo. Ahí comenta varias de las dificultades inherentes al género: necesidad de investigación histórica para no falsear los hechos, pero sin caer tampoco en la pesadez, manejo de un idioma castizo, búsqueda de lo novedoso sin llegar al extremo de una exageración inverosímil, etc. Los resultados obtenidos en España no han sido muy felices, pero ello no se debe a la falta de genio entre nuestros autores para tratar los temas históricos, sino al hecho de que no se leen las antiguas crónicas.

Cubierta de La campana de Huesca

Sin embargo —añade Estébanez—, hay novelas que constituyen excepción:

En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa y como por curiosidad y desahogo excepcional, ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vagoDoña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad.

Los novelistas históricos pueden cumplir el doble objetivo señalado por Horacio que es el de deleitar aprovechando pues, al mismo tiempo que proporcionan entretenimiento, acercan la historia a personas poco capacitadas para leer estudios históricos. Así lo creía Garcí Sánchez del Pinar:

Hace algún tiempo que ciertos autores de novelas han dado en la flor de tomar por asunto de sus obras hechos históricos […]. Siendo los estudios históricos bastante áridos para muchos, en especial cuando se ojean las páginas de aquellos escritores que no saben referir más que batallas y acontecimientos políticos, algunos novelistas han pensado que podrían dar a conocer la historia a trozos, o en determinados períodos de la vida de un pueblo, convirtiendo en obras de arte ciertos hechos consignados en olvidadas crónicas[1].

La novela histórica triunfó pronto en España en los años 30. Cortada indica en unas palabras «Al lector» que preceden a La heredera de Sangumí que se ha decidido a publicar esta su segunda novela en vista de la buena acogida dispensada por el público a su primer relato, Tancredo en Asia[2]. Como se señala también en el Diario de Avisos de Madrid del 4 de mayo de 1832, en una noticia acerca de Inés de Castro, de Mme. Genlis,

desde que los escritores de novelas han tomado por asunto […] importantes pasajes de la historia de los pueblos, su lectura no es tan indiferente como se ha pretendido sostener hasta el día[3].


[1] Prólogo a su obra La campaña del terror o Las vísperas sicilianas, Madrid, 1857. Recoge la cita Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 79, nota.

[2] Ver Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 1128.

[3] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.