Los relatos de Iturralde y Suit: algunas características

En una entrada anterior ofrecía una clasificación de las obras de Juan Iturralde y Suit. Ahora no voy a detenerme en el análisis exhaustivo de sus leyendas y cuentos, que sin duda merecen un estudio mucho más profundo, pero sí que me gustaría señalar algunos rasgos generales que se aprecian en esos relatos.

Juan Iturralde y Suit

Cabe destacar en primer lugar el uso brillante de la adjetivación en las descripciones paisajísticas: la fina captación de la naturaleza se une al hondo sentimiento de amor por la tierra que impregna esos escritos —Iturralde defiende la navarridad vascónica— y que lleva a una visión arcádica de la Euskal-Erria: Vasconia es uno de los últimos reductos puros e incontaminados frente a los efectos devastadores de la civilización moderna y del progreso, destructores inmisericordes de las costumbres de la raza. El tema del respeto a la tradición, encarnada en los mayores, implica en ocasiones consecuencias estructurales, ya que en muchos relatos cobra enorme importancia la oralidad: el narrador es con frecuencia un viajero que tiene oportunidad de escuchar una historia de labios de un anciano, que es quien conserva las viejas leyendas y tradiciones, a quien se cede la palabra. Existen también otros relatos de magnífica arquitectura, construidos por medio de repeticiones paralelísticas y con una estructura circular (ejemplo señero sería el de «Las brisas de los montes euskaros»).

En cuanto a su concepción de la historia, Iturralde y Suit acude al pasado como espacio donde aprender una lección para el presente. Contrapone un pasado glorioso con un presente poco halagüeño, pero en él siempre queda abierta una puerta a la esperanza regeneradora (véase el final de «Las brisas…»), debido en buena medida a sus creencias religiosas. Existen en sus relatos rasgos románticos, como la presencia constante de ruinas de castillos y monasterios, pero no se muestran como mero elemento decorativo, ni siquiera como mero escenario de los episodios históricos narrados, sino que son símbolo de los desgarrones, reales y dolorosos, de la identidad navarra en ese momento crítico de la historia.

En fin, al brillante empleo de la adjetivación, al tono lírico y a la pericia técnica ya apuntada, se podrían añadir como marcas de estilo de estas narraciones (que, por lo general, fluyen de forma sencilla y sobria) la presencia de ciertos rasgos de humor —en los relatos contemporáneos, no así en los ambientados en el pasado— o la inclusión de palabras o expresiones vascas, que por lo común suelen ir destacadas en cursiva: por ejemplo, sorguiñas, aitona, makillas, alayua ‘el grito de guerra vascón’, Jaun-goikoa, irrintz, chirula, lamiñacs, Basso-jaun, ezpata, chaolas, Heren-sugue o Herentsugue ‘dragón mitológico’, nor da or, ongui etorri, jaunac, kaiku, belarra, azkona, gazteluaren jauna, batzarre, maisterrak, mutil, ene seme maitia, sagarduos ‘vascos provincianos’, etc.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica (de 1834 a 1844)

La tercera etapa va de 1834 a 1844. Es la gran década de la novela histórica[1], coincidiendo con el triunfo del movimiento romántico (y con una serie de cambios sociopolíticos importantes)[2]. El año 34 es considerado como el cenit de la novela histórica española por Peers y Buendía. En efecto, se publican ese año novelas importantes como son Sancho Saldaña, de Espronceda, El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra y Los expatriados o Zulema y Gazul, de Vayo, además de la segunda novela de Húmara y Salamanca, Los amigos enemigos, y la adaptación por parte de López Soler de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, con el título de La catedral de Sevilla. El triunfo de la novela histórica o, como señala Buendía, el triunfo del Romanticismo en la novela, se consolida en 1835 al dar a la prensa sus novelas otros autores señalados: Cortada y Sala (La heredera de Sangumí), Escosura (Ni rey ni Roque), García de Villalta (El golpe en vago). El otro límite de esta etapa es también claro, pues en 1844 se publica El señor de Bembibre, obra que ha sido considerada tradicionalmente por la crítica como la mejor de su género en España. Se suele señalar un «parón» en la producción desde 1838[3] (fecha de Cristianos y moriscos, de Estébanez Calderón) hasta ese año 44; sin embargo, hay que destacar que 1840 es un año importante, no solo porque se publican varias obras, sino por aparecer El templario y la villana, de Cortada, que puede colocarse entre las mejores de la tendencia.

El señor de Bembibre


[1] «Y desde 1834 hasta la década siguiente (1844) se desarrolla lo que pudiéramos llamar novela histórica española en cuanto es cultivada por nuestros escritores con un sentido de autenticidad española y buscando sus formas propias, sin que por eso dejen de recordar en su técnica a los modelos del autor escocés, pero distando ya mucho de ser una imitación servil. Aun en los peores casos, es decir, en las más infelices novelas, el sello de la personalidad del autor y de la característica patria confieren personalidad suficiente como para que sean bautizadas, con cierto fundamento, como originales por sus primeros escritores» (Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 24).

[2] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, p. 63.

[3] Cfr., por ejemplo, Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, pp. 295 y 297.

Cervantes poeta: el «soneto fregonil» de Ocaña

Pulsa Cervantes el registro cómico con este «soneto fregonil» de versos de cabo roto, correspondiente también a La entretenida. Lo declama el celoso lacayo Ocaña, que está enamorado de la criada Cristina, la cual tiene otros dos pretendientes, el paje Quiñones y el criado de Cardenio, Torrente. Gustaba mucho Cervantes de estos versos de cabo roto (aquí lo son no solo al final, sino también al medio), y de esas rimas truncas agudas (baste recordar los poemas de los preliminares del Quijote). Es, en suma, una buena muestra de la gracia y el humor cervantinos en poesía.

Cupido disparando, de Rafael

Que de un lacá- la fuerza poderó-,
hecha a machamartí- con el trabá-,
de una fregó- le rinda el estropá-,
es de los cie- no vista maldició-.

Amor el ar- en sus pulgares to-,
sacó una fle- de su pulí- carcá-,
encaró al co-, y diome una flechá-,
que el alma to- y el corazón me do-.

Así rendí-, forzado estoy a cre-
cualquier mentí- de aquesta helada pu-,
que blandamen- me satisface y hie-.

¡Oh de Cupí- la antigua fuerza y du-,
cuánto en el ros- de una fregona pue-,
y más si la sopil se muestra cru-!

(La entretenida, Jornada II, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1805 a 1833)

Podemos establecer varias etapas en el desarrollo de la novela histórica en España, en paralelo con el desarrollo del movimiento romántico. Consideremos hoy las dos primeras etapas, entre 1805 y 1833.

Primera etapa, 1805-1826. Es un momento en el que se escriben muy pocas novelas, pero gracias a las traducciones y al desarrollo de la industria editorial, se va creando un público lector. En 1823 aparece la obra Ramiro, conde de Lucena, de Rafael Húmara y Salamanca, que puede considerarse la primera novela histórica española propiamente dicha, aunque no crea una producción en los años inmediatos.

Cubierta de Ramiro, Conde de Lucena

Segunda etapa, 1827-1833. Son unos años prerrománticos en los que la lectura de autores extranjeros da lugar a varias imitaciones y en los que aparecerán las primeras novelas históricas españolas: en 1828 se publica el Gómez Arias de Trueba y Cossío que sigue ya el modelo scottiano. Menéndez Pelayo llama a Trueba «padre de la novela histórica española», aunque hay que señalar que su obra se escribe fuera de España y en inglés. En cualquier caso, sí que es cierto que son los emigrados los primeros en cultivar el nuevo género creado por Scott. En 1830, el género histórico se afianzará en España con la aparición de Los bandos de Castilla, de López Soler, obra escrita con la intención de crear escuela en España y que va a conseguir ese objetivo.

Cervantes poeta: el soneto de Cardenio en La entretenida

Soneto de la comedia La entretenida, de tema mitológico (una recreación del mito de Ícaro): la voz lírica pondera la calidad de sus atrevidos pensamientos, que suben altos; y aunque vaticina que podrán caer en el mar del temor, asegura asimismo que su nombre no caerá en el olvido. El soneto ha sido visto como expresión del voluntarismo del estudiante Cardenio, que contrasta con su inacción en el plano de la acción dramática (su intención de conquistar a Marcela); al decir de Galanes, internaliza el mito de Ícaro a la manera cervantina: «el eje del soneto podrá ser la audacia icariana, lugar común en la literatura de los siglos XVI y XVII, pero su blanco es la justificación hazañosa del ser, el voluntarismo o libertad de labrarse su propio destino el hombre y la mujer aunque lo ejecutado resulte en un desastre personal»[1].

Ícaro

Este es el texto del soneto:

Vuela mi estrecha y débil esperanza
con flacas alas, y aunque sube el vuelo
a la alta cumbre del hermoso cielo,
jamás el punto que pretende alcanza.

Yo vengo a ser perfecta semejanza
de aquel mancebo que de Creta el suelo
dejó, y, contrario de su padre al celo,
a la región del cielo se abalanza.

Caerán mis atrevidos pensamientos,
del amoroso incendio derretidos,
en el mar del temor turbado y frío;

pero no llevarán cursos violentos,
del tiempo y de la muerte prevenidos,
al lugar del olvido el nombre mío.

(La entretenida, Jornada I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1064b)


[1] Ver Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, pp. 675-691; la cita, en p. 677.

Apunte de urgencia sobre Camilo José Cela (1916-2002)

Nacido en Iria Flavia-Padrón (La Coruña, 1916), Camilo José Cela es una de las grandes figuras de la literatura española del siglo XX y un clásico de las letras hispánicas. La crítica considera que su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942), escrita a los veintiséis años, inaugura la narrativa española de posguerra. Es un libro de hondo pesimismo, que se detiene en los aspectos crueles y amargos de la existencia del protagonista. Por esta razón fue catalogada como novela tremendista, esto es, novela que gusta de presentarnos una vida desquiciada y violenta, sin ocultar ciertos hechos desagradables o incluso repulsivos. Tres este sonoro éxito publicó dos nuevos títulos, Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944).

Camilo José Cela

La colmena (1951) es otra de sus novelas más exitosas, que al no superar los problemas de la censura española hubo de publicarse en Buenos Aires. Con técnica pretendidamente realista y objetiva, el autor nos muestra «un trozo de la vida» madrileña de posguerra, «trozo» organizado por medio de secuencias independientes (como las celdas de una colmena), y que cobran vida gracias a un nutrido grupo de personajes que actúan a modo de protagonista colectivo. Al autor le siguen interesando, en esta obra, ciertos rasgos de la dureza de la vida: el hambre, el miedo, la anulación sexual.

Los siguientes títulos de Cela son Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), La catira (1955), Tobogán de hambrientos (1962), San Camilo 1936 (1969), Oficio de tinieblas 5 (1973); y ya en los años 80 y 90, Mazurca para dos muertos (1983), Cristo versus Arizona (1988), El asesinato del perdedor (1994), La cruz de San Andrés (1994, Premio Planeta de ese año) y Madera de boj (1999).

Su extensa obra se completa con varios volúmenes de cuentos y «apuntes» diversos (Esas nubes que pasan, 1945; El bonito crimen del carabinero, 1947; El gallego y su cuadrilla, 1949; Nuevo retablo de don Cristobita, 1957; Once cuentos de fútbol, 1963; Rol de cornudos, 1976, y varios títulos más, hasta sus Historias familiares, 1999), numerosos libros de viajes (Viaje a la Alcarria, 1948; Del Miño al Bidasoa, 1952; Viaje al Pirineo de Lérida, 1965; Nuevo viaje a la Alcarria, 1986), novelas cortas (Café de artistas, 1953), artículos (coleccionados en volúmenes como Mesa revuelta, 1945; Cajón de sastre, 1957; Los vasos comunicantes, 1981; A bote pronto, 1994; El color de la mañana, 1996), poemarios (desde Pisando la dudosa luz del día; 1936, hasta Reloj de arena, reloj de sol, reloj de sangre, 1989; su Poesía completa fue recogida 1996) y libros de memorias (La rosa, 1959; Memorias, entendimientos y voluntades, 1993). También cultivó el teatro, y cuenta en su haber asimismo con obras de carácter lexicográfico y adaptaciones de clásicos literarios españoles (Poema de mío Cid, La Celestina o El Quijote).

Cela ha sido novelista de muy variados registros, poco amigo de seguir una línea única; antes al contrario, optó siempre por la indagación y la búsqueda de nuevas formas narrativas, incluso experimentales como en San Camilo 1936 o Cristo versus Arizona. Es, sin duda alguna, un escritor cuya obra —y cuya personalidad— ha generado opiniones contrapuestas, y que solo a muy pocos puede dejar indiferentes. La calidad de sus escritos se vio confirmada en 1989 con la concesión del Premio Nobel de Literatura, al que hay que sumar otros importantes galardones como el Premio Planeta (1994) y el Premio Cervantes (1995).

Cervantes poeta: el soneto de Porcia

Entrando ya en el terreno de la dramaturgia cervantina, encontramos sonetos como este inserto en Laberinto de amor, comedia que es una verdadera selva de amores, celos y enredos. Es declamado por Porcia, la enamorada de Anastasio, duque de Dorlán. Vemos en él un nuevo aviso de que el amante tiene que mantenerse siempre constante en su fe; y por medio de una serie de símiles o comparaciones en los tercetos, la voz lírica muestra qué sería el amor sin esperanza.

Amor sin esperanza

El soneto reza así:

Si al fuego natural no se le pone
materia que en la tierra le sustente,
volveráse a su esfera fácilmente,
que así naturaleza lo dispone.

Y el amante que quiere que se abone
su fe con afirmar que no consiente
en su alma esperanza, poco siente
de amor, pues que a su ley justa se pone.

Cual sin el agua quedaría la tierra,
sin sol el cielo, el aire sin vacío,
el mar en tempestad, nunca en bonanza,

y sin su objeto, que es la paz, la guerra,
forzado sin su gusto el albedrío,
tal quedara amor sin esperanza.

(Laberinto de amor, Jornada II, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1043a)

La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.

La Navidad de los poetas navarros: Jesús Górriz Lerga

Otro poeta que se ha acercado con fina sensibilidad al tema navideño es Jesús Górriz Lerga —quizá su nombre, Jesús, le predispone a ello, como a los “Ángeles” que mencionaba en una entrada anterior—. En efecto, tiene todo un libro, del año 1994, dedicado a este asunto, de bello e ilustrativo título: Memorial del gozo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Además de mencionar algunos títulos de poemas tan sugerentes como el «Villancico del payaso que adoró al Niño en representación de todo el circo» o el «Villancico del hombre del siglo XX», quiero copiar el titulado «Villancico del anuncio gozoso», que dice así:

¡Echa pregón, pregonero;
grita tu pregón de gloria!

Que despierte el mundo entero
y reviva la memoria
al son de la Buena Nueva.

¡Echa pregón, pregonero,
mientras la tierra se nieva
y en el frío de la cueva
nos nace el Dios verdadero!

(Ya el arcángel mensajero
lo anunció con su mensaje,
a los pastores primero,
y al resto del paisanaje…)

¡Grita el pregón, pregonero,
y desborde la alegría
este anuncio que nos llega
entre las claras del día:
LA VIRGENCICA MARÍA
HA DADO A LUZ, EN BELÉN,
A JESÚS, EL DIOS HERMOSO…

Belén es maravilloso
por los siglos de los siglos,
amén.

También podemos recordar su «Villancico del vagabundo»:

¿No había posada
para ti en Belén…?
No me extraña nada:
a los vagabundos
nadie quiere bien.
Pero eso… ¿qué importa?
En este portal,
si bien se le mira,
no se está tan mal…
Y eso que la noche
va en nuestro favor
y llena de estrellas
todo alrededor.
¿No había posada
para ti en Belén…?
Te lo dije antes:
a los caminantes
nadie quiere bien.
Ya voy viendo claro.
¿Tú has venido al suelo,
y vienes de arriba,
nacido del cielo?
¡Bienhaya la dicha
de nacer en cueva!,
que es cosa de pocos
—y que no se lleva—.
La brisa acaricia
el sueño del hombre
que va por el mundo
sin lucir su nombre.
¿No había posada
para ti en Belén…?
¿Y nadie le dijo
a tu madre… ven?
Yo tampoco tuve
sitio en el mesón.
Cosa que me alegra
ya, de corazón.

La Navidad del vagabundo

En fin, de ese mismo poemario es el «Villancico del corolario que resume el gozo», que constituye una  lograda síntesis poética de la esencia de la alegría de la Navidad:

Amorosamente Dios
Verdaderamente vino
Hermosamente al portal
Indefensamente niño.
Felizmente nos nació
Gozosamente en Belén
Silenciosamente Dios
Rematadamente bien.

Ya en 1968, Górriz había publicado en la revista Pregón unos «Gozos para entonar en la Nochebuena», de influencia clásica, tal vez guilleniana, al decir de Arbeloa:

¡Aleluya, aleluya,
que floreció el tomillo!
Nace Dios en Belén
y el mundo tiene brillo.

¡Aleluya, aleluya,
toda la nieve es hielo!
El establo perdido
cobra fulgor de cielo.

¡Aleluya, aleluya,
el agua de la fuente
sabe a mieles y a vino
de modo permanente!

………

¡Aleluya, aleluya,
los Tres Reyes de Oriente
adoran al Dios Niño
y se pasma la gente!

¡Aleluya, aleluya,
la noche se ha incendiado!
La voz suena a concierto,
el aire huele a nardo.

¡Aleluya, aleluya,
se apaga el Nacimiento!
Pero lo vemos todos
claramente por dentro.

Podemos recordar por último su «Romancillo de la Natividad del Señor», «casi familiar, de puro clásico», de nuevo en palabras de Arbeloa:

A la media noche
se inundó el Portal
de luz y aleluyas
y olor celestial.

Dios era nacido
en carne mortal
de Santa María,
Madre Virginal.
A la media noche,
toda de cristal…

Trajeron panderos
Florencio y Pascual,
flautas y rabeles
trajo cada cual,
con gran alborozo
de tan buen Zagal.

A la media noche,
entre el palmeral
que a la vieja gruta
sírvele de umbral,
Dios era nacido,
en carne mortal,
de Santa María,
Madre sin igual.

Fue cosa de puro
gozo elemental…
A la media noche
Dios vino al Portal.

Cervantes poeta: el soneto del hijo del Corregidor

Corresponde este poema a otra de las Novelas ejemplares, La ilustre fregona[1]. Es un soneto cantado en la calle por unos músicos, delante de la posada en la que sirve la bella Constanza. Por lo que toca a su función, es muy similar a la del soneto que veíamos en la entrada anterior: por un lado, sirve para despertar los celos de Avendaño y, además, también aquí el texto lírico anuncia indirectamente que la supuesta fregona pertenece, en realidad, a una categoría social superior («deja el servir, pues debes ser servida…», v. 12, con dilogía del verbo servir: ‘trabajar como criada’ y ‘servicio amoroso a la dama, en la tradición del amor cortés’). Por lo demás, los versos del poema ponderan la «sin par hermosura» y la «alta honestidad» de la muchacha (vv. 10-11). Este es el texto:

Raro, humilde sujeto, que levantas
a tan excelsa cumbre la belleza
que en ella se excedió naturaleza
a sí misma y al cielo la adelantas,

si hablas, o si ríes, o si cantas,
si muestras mansedumbre o aspereza
(efeto solo de tu gentileza),
las potencias del alma nos encantas.

Para que pueda ser más conocida
la sin par hermosura que contienes
y la alta honestidad de que blasonas,

deja el servir, pues debes ser servida
de cuantos veen sus manos y sus sienes
resplandecer por cetros y coronas.

(La ilustre fregona, en Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, Madrid, Cátedra, 1980, vol. II, p. 154)

Constanza, la ilustre fregona


[1] Para los poemas insertos en La ilustre fregona, véase Monique Joly, «En torno a las antologías poéticas de La gitanilla y La ilustre fregona», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XIII, 2, 1993, pp. 5-15.