1615, Lope difamado por una mujer

El 20 de abril de 1615 fecha Lope el manuscrito autógrafo de El galán de la Membrilla, y estrena también ese año Santiago el Verde[1]. El 9 de junio está en Toledo; por una carta al duque de Sessa se deduce que ha llegado allí escapando de una mujer, quizá una antigua amante, que lo difama y persigue con fines deshonestos:

Yo, Señor Excelentísimo, llegué aquí huyendo de las ocasiones en que la lengua de una mujer favorecida infame puede poner a un hombre de mi hábito. Y respondiendo también a la objeción tácita de que no se huye bien del peligro acercándose a él, como yo arriba reprehendo, digo: que siendo, como fue, testimonio, no le puede correr mi conciencia aunque no quede libre mi reputación; pero en confianza de que los que me conocen están desengañados, quise huir del mayor mal, aunque diese de ojos en el que era menos. Presumo, Señor, que como hombre acabado al mundo se persuaden fácilmente a tan mal gusto, como quien ya no los podía hallar mayores, ignorando que el dinero nunca fue viejo, ni las diligencias con mujer ingratas. A los conjuros de Vuestra Excelencia no hallo otra respuesta, aunque siendo tales, bien me holgara que los acreditaran juramentos: pues plegue a Dios, Señor, que si después de mi hábito he conocido mujer deshonestamente, que el mismo que tomo en mis indignas manos me quite la vida sin confesión antes que ésta llegue a manos de Vuestra Excelencia, y créame que no le encubriera pensamiento, porque fuera vilísimo linaje de ingratitud no confesarme con un Señor de tal entendimiento, con un príncipe que me llama su amigo, y con un dueño solo que tengo en el mundo para mi amparo y protección. Presupuesta esta verdad por infalible, sí, por vida de Vuestra Excelencia y del Conde mi Señor, que Dios guarde muchos años: no hay más causa a mis ausencias que huir la persecución de una mujercilla que escribe aquí me persigan, como lo han hecho, dándome vayas de noche en cuadrillas, judíos desta ciudad con quien ella tiene conocimiento; así me lo dicen los que las oyen, que yo duermo en parte que es imposible; con otras cosas que diré a Vuestra Excelencia cuando le bese las manos; y en materia de la tal mujer, no importa que Vuestra Excelencia haga conceto de alguna mocedad, pues siendo seglar no fue prodigio; aunque para mí sí lo es que haya en el mundo quien apetezca una mujer (dejando la profesión) tan desatinadamente fea, que en su cara se han vaciado fariseos para las procesiones, y en su alma necedades para matar entendimientos.

En realidad, el contacto continuo con la farándula y los cómicos, gente de malísima reputación, constituye un peligro que atenta gravemente contra su dignidad sacerdotal.

Murallas de Ávila

En el verano de 1615 va a Ávila y consigue una capellanía instituida en la iglesia de San Segundo por su antiguo protector, el obispo don Jerónimo Manrique de Lara. Sus 150 ducados de renta contribuyen a aliviar algo sus muchas necesidades económicas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope y las polémicas anticulteranas (1613-1614)

Por otra parte, es este un momento (1613-1614) en el que Lope está inquieto por Góngora y la nueva poesía culta[1]. En esos años se difunden por la corte en forma manuscrita el Polifemo y las Soledades, e inmediatamente surgen admiradores y detractores del nuevo estilo. Frente a las aspiraciones de Lope de ser el príncipe de los poetas líricos se alza ahora la figura y la voz de un genial poeta cordobés. Como escribe Carreño, «Góngora es la sombra que nubla fatalmente su aureola de gran poeta indiscutido».

El año de 1614 se publica el Quijote de Avellaneda, continuación apócrifa de la primera parte cervantina de 1605. Sale a nombre de Alonso Jerónimo de Avellaneda, seudónimo que esconde a alguna persona que formaba parte, sin duda, del círculo de amigos letrados de Lope, enemistado con Cervantes. En otra entrada analizo con más detalle la enemistad con Góngora y Cervantes y todas estas polémicas.

Quijote de Avellaneda

En ese mismo año, por la beatificación de Santa Teresa, Lope es secretario de la justa poética. Pasa el resto del año en Madrid, y sigue escribiendo para el teatro. El 3 de noviembre de 1614 se da una fiesta en el jardín del palacio del duque de Lerma, y se representa El premio de la hermosura.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica sus «Rimas sacras» (y 3)

Encontramos asimismo en las Rimas sacras el desengaño del amor mundano con todas sus bellezas, que son falsas y efímeras, vanidad de vanidades[1]. Por ejemplo, en el soneto dedicado «A una calavera», con su estremecedor final:

Vanitas, de Philippe de Champaigne

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que, mirándola, detuvo.

Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.

Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento;
aquí de la las potencias la armonía.

¡Oh, hermosura mortal, cometa al viento!,
donde tan alta presunción vivía
¿desprecian los gusanos aposento?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica sus «Rimas sacras» (2)

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en las Rimas sacras en bellísimos sonetos intensamente emotivos[1]. Por ejemplo el famoso que comienza «No sabe qué es amor quien no te ama…»:

No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, Esposo bello;
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.

Tu boca como lirio que derrama
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.

¡Ay, Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo,
perdí lo que pudiera estar gozando?

Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que un hora amando
venza los años que pasé fingiendo.

JesucristoO este otro, también bastante conocido dentro del corpus lírico del Fénix:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos» respondía,
para lo mismo responder mañana!


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica sus «Rimas sacras» (1)

Todos estos años de zozobras, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían en lo literario con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que Lope hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta[1]:

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria la razón perdida.

Rimas sacras, de Lope de VegaEstas Rimas sacras son, pues, el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Luchas interiores de Lope de Vega

Lope de VegaPero en la nueva vida de Lope no todo el tiempo es para el estudio y la oración, como daba a entender en sus versos[1]. Efectivamente, a pesar de su nueva condición sacerdotal, sigue su servilismo con el duque de Sessa, que insiste para que el escritor continúe al frente de sus tercerías y haciéndose cargo de la redacción de sus billetes amorosos. Una de las cartas que Lope le manda es buena prueba de su lucha interior; ocurre que su confesor, fray Martín de San Cirilo (a quien dedicaría las Rimas sacras) le ha negado la absolución al confesarse, y por eso le escribe a su mecenas:

… no se canse en venir aquí a la noche, pues bien puedo como a tan gran señor y dueño mío hablar tan claro; que como cada día confieso este escribir estos papeles, no quisieron el de San Juan absolverme si no daba la palabra de dejar de hacerlo; y me aseguraron que estaba en pecado mortal; heme entristecido de suerte que creo no me hubiera ordenado si creyera que había de dejar de servir a Vuestra Excelencia en alguna cosa, mayormente en las que son tan de su gusto. Si algún consuelo tengo es saber que Vuestra Excelencia escribe tanto mejor que yo, que no he visto en mi vida quien le iguale; y pues esto es verdad infalible, y no excusa mía, suplico a Vuestra Excelencia tome este trabajo por cuenta suya, para que yo no llegue al altar con este escrúpulo, ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas; que le prometo que me aventaja tanto en lo que escribe, como en el haber nacido hijo de tan altos príncipes. No había osado jamás decir esto a Vuestra Excelencia por mi amor inmenso y mis infinitas obligaciones, trampeando cada día lo mejor que podía el modo de confesarme; ya ha llegado a no ser posible menos. Vuestra Excelencia es dueño de un entendimiento claro y de un corazón generoso; mire lo que quiere hacer de mí, que es tanto lo que le debo y le quiero, que dejo a su juicio cuanto iba a decir aquí.

Y también:

… le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda ni le parezca que es pequeño pecado haber sido yo el conservador de esta amistad […], que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto; yo no hago sino el de Dios. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y estos no son escrúpulos, sino pecados para no hallar gracia de Dios, que es lo que ahora deseo.

El de Sessa recompensará sus desvelos dándole un beneficio eclesiástico (una prestamera) en el pueblo cordobés de Alcoba.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, entre el estudio y la oración

Lope es nombrado clérigo de Evangelio, pero el grado tarda en llegar, así que vuelve a Madrid para llevarse a Toledo a su hija Marcela[1]. Seguramente es ahora cuando recoge en la casa madrileña de Francos a los hijos supervivientes tenidos con Micaela de Luján: Marcela y Lopito. Finalmente, con la salud algo quebrantada, es ordenado de presbítero en Toledo el 24 de mayo de 1614. A primeros de junio ya está de vuelta en Madrid, donde canta misa en el convento de los Carmelitas Descalzos.

Convento de los Carmelitas Descalzos en Madrid

En una epístola dirigida A don Antonio Hurtado de Mendoza resume su jornada diaria, repartida entre el estudio y el oratorio:

Entre los libros me amanece el día,
hasta la hora que del alto cielo
Dios mismo baja a la bajeza mía,
y cuando nuestra luz con pies de hielo
la noche eclipsa, lo que al rezo sobra
su parte, con las musas me desvelo…

Y Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, ponderará el modélico vivir durante años del sacerdote Lope:

Con este concierto de vida pasó Lope muchos años, viviendo siempre con tanta atención a su conciencia, con tanto respeto a su estado, con tanto despego al siglo, con tanto afecto a la virtud, con tanto descuido de su vida y con tanto cuidado de su muerte, que parece que la deseaba o la suponía muy cerca, porque con mucho tiempo hizo su testamento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope se prepara para el sacerdocio

El escritor recibiría, en efecto, las órdenes menores en Madrid, en marzo de 1614, y el día 12 marchaba a Toledo para ordenarse de presbítero[1].

Toledo

Pero Lope es incorregible, y mientras espera en la imperial ciudad para ordenarse, se aloja… ¡en casa de su antigua amante Jerónima de Burgos!, tal como le cuenta al duque de Sessa:

Aquí me ha recibido y aposentado la señora Gerarda con muchas caricias. Está mucho menos entretenida y más hermosa. Besa los pies de Vuestra Excelencia y me manda le escriba mil recados.

[…]

Mi vida es esta; y los pasos, de la posada a la iglesia; rezar dos horas, que ya me obligan, y a la noche hablar un rato, mientras llega la del sueño, con algún amigo; y porque quien todo lo niega todo lo confiesa, también me divierto de mis tristezas con la amiga del buen nombre, que ya tiene esto de gusto para Vuestra Excelencia, porque no hay cosa que suene a los oídos de quien ama como el nombre de lo que quiere, aunque sea en sujeto ajeno.

[…]

La tal persona [Jerónima] está fresca y buena.

Se ha tratado de justificar este episodio diciendo que, si Lope está en contacto en Toledo con Jerónima de Burgos, es para favorecer el interés amoroso que el de Sessa siente por la cómica, no por razones personales, es decir, no como galán. Pero con todos los antecedentes señalados, tal explicación resulta poco creíble. El solo hecho de convivir en la misma casa que su antigua amante, cuando estaba a punto de recibir la dignidad sacerdotal, era ya de por sí una idea, cuando menos, bastante peregrina…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

1614, nueva crisis religiosa de Lope

Lope de VegaEn el año de 1614, doblada ya la cincuentena, una nueva crisis de conciencia lleva a Lope a ordenarse sacerdote[1]. Algunos críticos califican esta decisión de loca y descabellada, pero otros biógrafos, como por ejemplo Entrambasguas, rechazan que tal decisión obedezca a un impulso momentáneo y frívolo, o que el escritor la tome por asegurar el bienestar económico. Sería más bien el resultado de un lento desarrollo psicológico. Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, la explica como consecuencia del desengaño sufrido tras la muerte de su esposa Juana de Guardo:

Sintió la madre la falta de su hijo [Carlos Félix] con tan verdadera fatiga, que nunca volvió en su antigua salud y a la primera enfermedad murió en ocho días, que una calentura sobre una pesadumbre de derecho pide la mortaja. Quizá para más bien de la difunta y para mayor desengaño de Lope, que viendo en aquella profanada belleza desteñida la púrpura de sus mejillas, ajada la nieve de su frente, macilento el color de su semblante, quebrados los cristales de sus ojos, traspilladas las perlas de sus dientes, helados los marfiles de sus miembros y desconocidas las señas de sus faiciones, se resolvió a no admitir tercero casamiento y a buscar nuevo modo de vida humana que le asegurase la divina. Para cuyo efeto dejó de raíz cuantos estorbos le pudieran embarazar en el siglo, retirose de las ocasiones más leves, trató solo del remedio de su alma; solicitó el hábito de la Sagrada Orden Tercera, entró en la congregación del Caballero de Gracia, acudió al servicio de los hospitales, ejercitose en muchas obras de misericordia, visitó el templo de Nuestra Señora de Atocha, de quien era muy apasionado, los sábados por voto y todos los días por devoción, y últimamente, resuelto a lo mejor se fue a Toledo y volvió sacerdote.

El propio Lope rememora su decisión de ordenarse sacerdote en su Epístola al doctor Matías de Porras:

Aunque con tanta indignidad cobarde,
el ánimo dispuse al sacerdocio,
porque este asilo me defienda y guarde.

Paso la vida en soledades tristes,
creciendo de mis males el aumento
desde los bienes que perder me vistes,

si bien el nuevo oficio me da aliento,
que si por él no fuera, de mis años
cayera por la tierra el fundamento.

Y en la epístola a Amarilis, le escribe:

Dejé las galas que seglar vestía;
ordeneme, Amarilis, que importaba
el ordenarme a la desorden mía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Mueren Micaela de Luján y Juana de Guardo, y reaparece Jerónima de Burgos

Por esas fechas, más o menos, debió de morir también la amante de Lope, Micaela de Luján[1]. Durante un tiempo se cierran los teatros por la muerte de la reina Margarita. Su esposa Juana sigue enferma, y finalmente fallecería el 13 de agosto de 1613, a los pocos días de dar a luz a Feliciana. «El dolor por la esposa perdida es breve y pasajero, como tantos sentimientos de Lope», apostilla Felipe Pedraza. En la Epístola a Amarilis escribe:

Feliciana el dolor me muestra impreso
de su difunta madre en lengua y ojos;
de su parto murió, triste suceso.

El testamento de la esposa da cuenta de la apurada situación económica por la que atravesaba la familia: falta de dinero, joyas empeñadas, etc. Viudo por segunda vez, pobre y mayor, Lope recogerá tiempo después en la casa de la calle de Francos a Marcela y Lopito, los hijos tenidos con Micaela de Luján. Pasados diez días de la muerte de su mujer se le concede el privilegio para publicar en Aragón las Rimas sacras.

Rimas sacras, de Lope de Vega

A mediados de septiembre de 1613 Lope está en la comitiva que acompaña a Felipe III a Segovia, Burgos y Lerma, para colaborar en los espectáculos cortesanos, y allí convive con la actriz Jerónima de Burgos que era, en palabras de Pedraza, «su amante intermitente desde 1607». En carta del 23 de septiembre escribe al de Sessa:

Yo, señor, lo he pasado bien con mi huéspeda Jerónima; aquí he visto los señores rondar mi casa; galanes vienen, pero con menos dinero del que habíamos menester, sacando el de Cantillana. Ya me mandan bajar al coche… Jerónima estaba presente al escribir a Vuestra Excelencia y me manda le envíe muchos besamanos; por ser de dama y tan servidora de Vuestra Excelencia los envío, aunque más le quisiera enviar lo que han costado estas fiestas.

De 1613 son también los manuscritos de La dama boba (28 de abril), escrita para la compañía dirigida por Jerónima de Burgos y su esposo Pedro de Valdés, y La burgalesa de Lerma (30 de noviembre). Ese mismo año publica Contemplativos discursos y Segunda parte del desengaño del hombre, títulos significativos que apuntan a una senda, la del arrepentimiento y desengaño, que Lope va a recorrer —o a intentar recorrer, al menos— en los años sucesivos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.