Lope detenido, encarcelado y condenado

La familia de Elena reacciona, y así Jerónimo y su hijo Diego Velázquez presentan una querella ante el alcalde de Casa y Corte Espinosa[1]. Como consecuencia de la denuncia, en la tarde del 29 de diciembre, Lope es detenido mientras asistía a una representación en el Corral de la Cruz y conducido a la cárcel de la Corte situada en la calle de Atocha, acusado de difamación por la familia de su amante. Un posible testimonio literario de este paso por la prisión sería el romance «En la prisión está Adulce…».

Se sigue el juicio, y los testigos Rodrigo de Saavedra, cómico, y Alonso de Ordóñez, licenciado, acusan a Lope de ser el autor de los injuriosos libelos contra la familia de Elena. El 2 de enero de 1588, alegando que es menor de edad, el escritor solicita que se le dé como curador a Diego de Izmendi (en realidad, ya sobrepasaba por unos meses la mayoría de edad, fijada entonces en los 25 años). El 9 de enero es él quien declara, para negar la acusación: afirma conocer los famosos libelos, pero dice que no son suyos; manifiesta que tiene a Elena Osorio por «mujer muy honrada»; indica que se dedica a escribir comedias «por su entretenimiento», y que considera que la enemistad de los Velázquez se debe a que dejó de darles sus piezas a ellos para vendérselas a Porres. Sin embargo, los argumentos de Lope no convencen a los jueces y el 15 de enero de 1588 es condenado a cuatro años de destierro de la Corte y cinco leguas, y a dos del reino de Castilla.

En la cárcel Lope seguirá injuriando a Elena y su familia y, tras una nueva querella, el 5 de febrero se dicta la sentencia definitiva, por la que los jueces le aumentan el castigo de destierro de cuatro a ocho años:

Confirman la sentencia de vista en grado de revista, con que los cuatro años de destierro desta Corte y cinco leguas sean ocho, demás de los del reino, y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas.

Así, con unas semanas de cárcel y una dura condena de destierro, terminan los apasionados amores de Lope con Elena Osorio, su gran pasión de juventud. Como escriben Rennert y Castro, «No es probable que aquel fuese el primer amor de Lope; pero es seguro que aquella pasión fue intensa y vehemente». Fue, sin duda, su primera borrasca amorosa, pero no sería, ni mucho menos, la última, como tendremos ocasión de comprobar[2].

Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

[2] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas.

Lope de Vega: unos amores despechados y unos libelos ofensivos

Serán cuatro o cinco años los que dure esta apasionada relación con Elena Osorio, tiempo en el que las comedias escritas por Lope iban naturalmente a parar a manos de la compañía de Velázquez, el padre de la muchacha[1]. Y las piezas que escribía el mozo eran buenas, en el sentido de que agradaban al público y daban ganancia, así que todo iba miel sobre hojuelas.

Sin embargo, llega un momento en que Lope se va a ver desplazado en el amor de Elena por don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela (Antonio Perrenot de Granvela), personaje con muchos más posibles que el hijo del bordador: por muchas y exitosas comedias que este fuera capaz de escribir, el otro, el rival, constituía mucho mejor partido.

Antonio Perrenot de Granvela, el cardenal Granvela

Al parecer, fue la madre de Elena, Inés Osorio, quien la indujo a cortar con Lope. Como señalan algunos biógrafos, es posible que la ruptura definitiva no se produjera inmediatamente y que durante algún tiempo Elena, convertida ya en pareja de don Francisco, concediera ocultamente sus favores a Lope… hasta que se cansa de compartir mujer con otro.

Y así, a finales de 1587 un Lope de Vega despechado, con el orgullo herido y cegado por los celos escribe unos libelos difamatorios contra Elena y su familia que rápidamente se difunden por todo Madrid. A sus parientes los trata de alcahuetes y rufianes, pues considera que han influido negativamente para que ella le abandone; y a su antes adorada Elena la califica ahora directamente de prostituta, en versos tan crudos y groseros como estos:

Los que algún tiempo tuvistes
noticia del Lavapiés,
de hoy más sabed que su calle
no lava, que sucia es;
que en ella hay tres damas
que, a ser cuatro como tres,
pudieran tales columnas
hacer un burdel francés.

[…]

Es puta de dos y cuatro,
y a mí me dijo un inglés
que la vio sus blancas piernas
por dos varas delantés…

A cuantos piden su cuerpo
se lo da por interés:
hizo profesión de puta;
¡ved qué convento de Uclés!

Este es otro de los sonetos ofensivos contra Elena y su familia:

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera.

Treinta ducados pide y saya entera
de tafetán, piñuela o anafalla,
y la mitad del precio no se halla
por ser el tiempo estéril en manera.

Mas un galán llegó con diez canciones,
cinco sonetos y un gentil cabrito,
y aqueste respondió que es buena paga.

Mas un fraile la dio treinta doblones,
y aqueste la llevó. Sea Dios bendito;
muy buen provecho y buena pro-le haga.

Contra Jerónimo Velázquez, que antes que director de una compañía teatral había sido solador de pisos, va enderezado el que comienza «Un solador se ha vuelto caballero…». Enemistado con los Velázquez, Lope dará ahora sus comedias a la competencia, concretamente al empresario teatral Gaspar de Porres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Elena Osorio, gran pasión de juventud de Lope

Ya vimos que la biografía de Lope en sus años juveniles presenta algunos puntos oscuros, ciertas lagunas derivadas de la falta de documentación que permita corroborar determinados aspectos[1]. Como escriben Renert y Castro, «no tenemos más que datos sueltos para guiarnos en el largo camino comprendido entre 1562 y 1584». En cambio, las noticias precisas van a ser mucho más abundantes a partir de los años 1583-1584.

Por aquel entonces —hacia finales de 1583, al volver de la expedición a las Azores, o quizá algo antes— Lope conoce a la que va a ser su gran pasión de juventud. Se trata de Elena Osorio, hija del autor de comedias (así llamaban en la época al empresario y director de una compañía teatral) Jerónimo Velázquez y de Inés Osorio. Elena, que vivía con su familia a la entrada de la calle de Lavapiés, estaba casada desde 1576 con el comediante Cristóbal Calderón, aunque este andaba lejos, por tierras americanas. Fue un verdadero flechazo, según lo evoca Lope en La Dorotea:

… no sé qué estrella tan propicia a los amantes reinaba entonces, que apenas nos vimos y hablamos, cuando quedamos rendidos el uno al otro.

Nuestro joven poeta estaba en los veinte años, o muy poco más, y cabe suponer que fue él quien primero se enamoró, rendidamente, de ella. Pronto comienza a cantarla con el nombre poético de Filis.

Cartel de la película Lope

Elena-Filis destacaba por su gran hermosura y sus buenas prendas: era bella, graciosa, alegre, ingeniosa, seductora, morena de piel («pues a Filis también, siendo morena, / ángel Lope llamó, y es nieve pura»), pero de cabellos dorados; de ojos claros «como los de Melibea» diría su enamorado, entreverando de nuevo vida y literatura. Sabía tañer algunos instrumentos y cantar con buena voz. Lope describe su incomparable belleza, su ingenio y discreción en una canción que comienza «Divina Filis mía», que sería incluida en el Romancero general (1604):

Divina Filis mía,
no basta lengua humana
para poder loarte por entero.
Tu gracia y gallardía,
tu vista soberana
y los serenos ojos por quien muero
dan fuerzas al grosero
estilo de mi pluma,
que viéndote le queda
valor para que pueda
de tu belleza y ser contar la suma.
Y esto toma a su cargo
por dar de lo que debe algún descargo.

[…]

Púsote la maestra
de todo lo criado
por boca clara nieve, entre un brasil,
cual tu belleza muestra,
con que se ha fabricado
tu blanco pecho y cuello de marfil,
el ademán gentil,
manos que manan leche,
mil primores que callo,
y en solo imaginallo
no cabe el pensamiento a qué lo eche.

Viendo aquellos cabellos
que el sol se eclipsará delante de ellos,
déjote figurada
con mano artificiosa,
dejando en ti natura echado el sello.
Nariz proporcionada
como una fresca rosa,
del uno y otro lado el rostro bello,
y satisfecha en vello
soltó el pincel apriesa,
mas como lo ha sabido
la madre de Cupido,
de envidia muere y luego lo confiesa,
y dice que no es dino
que el ser humano sobre a lo divino.
Metida en su labor
te puso luego junto
en tus negras pestañas claros ojos…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega: bajo el signo de Venus

La vida de Lope de Vega va a estar marcada por continuos amores y amoríos, con dos matrimonios y numerosas pasiones extraconyugales, algunas de largo recorrido y gran estabilidad y otras que no pasan de ser fugaces relaciones, de las que apenas nos quedan breves noticias o indicios, a veces ni siquiera el nombre de la mujer en cuestión[1].

Venus de Botticelli

Amor y literatura se darán la mano, se entrecruzarán continuamente en la biografía del Fénix y en su obra literaria. En La Dorotea (obra en la que un Lope maduro rememora literariamente su primer gran amor de juventud, Elena Osorio, al tiempo que asiste al declinar de su gran pasión de madurez, Marta de Nevares), el personaje de don Fernando afirma:

Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe.

En un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribirá Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

En su comedia El remedio en la desdicha, afirmará por boca de uno de sus personajes, que «Hacer versos y amar, / naturalmente ha de ser», y a fe que él amó e hizo versos, ambas cosas naturalmente. Lope amó de forma apasionada, pero con la misma intensidad que amaba estaba presto al olvido, una vez que desaparecía, por muerte o por ruptura, el objeto amado, haciendo suyo el consejo que en cierta ocasión daba al duque de Sessa:

Para huir de una mujer, no hay tal consejo como tomar la posta en otra, y trote o no trote, huir hasta que diga la voluntad que ha llegado donde quiere, y que no quiere lo que quería.

En su haber amoroso acumularía Lope dos esposas (Isabel de Urbina y Juana de Guardo), tres «amantes oficiales» cuya relación se prolongó en el tiempo (Elena Osorio, Micaela de Luján y Marta de Nevares), algunas relaciones más o menos pasajeras (Antonia Trillo de Armenta, Jerónima de Burgos y Lucía de Salcedo), aparte de otras aventuras más fugaces o esporádicas. Se ha llegado a sumar en el currículum amoroso del Fénix un total de trece mujeres «importantes» en su vida, con las que tuvo unos quince hijos, entre los legítimos y los bastardos, si bien muchos de ellos murieron al poco de nacer o en sus primeros años de vida. Sea como sea, podemos dar por buenas estas palabras de Felipe Pedraza:

La sucinta enumeración de sus relaciones amorosas puede transmitir la falsa imagen de un donjuán de sentimientos cambiantes e irresponsables. No fue así. Lope vivió cada amor con fervorosa intensidad. Cuando la muerte o los disgustos de la vida en pareja rompieron esas uniones, el poeta recogió en su casa a los hijos habidos con las diferentes mujeres. En los últimos años de su vida, reunió junto a sí a los hijos de Micaela de Luján, de Juana de Guardo y de su último amor: Marta de Nevares.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Literatura de Pasión: otro poema de Lope («Muere la vida y vivo yo sin vida…»)

Entrando ya de lleno en el Barroco, tenemos que traer a este panorama a un gran trío de poetas líricos, esos «primeros espadas» de la poesía española del XVII que son Lope, Góngora y Quevedo.

Lope de Vega constituye, en su persona y en su obra, una magnífica síntesis del Barroco, capaz de nobles transportes por las elevadas regiones del espíritu y capaz también de bajos vuelos a ras de tierra. Hombre, en fin, con algo de ángel y mucho de barro, es autor de numerosas poesías sacras donde nos transmite, en bellos versos, sus momentos de dolorido arrepentimiento. Tratándose del genial Lope, «poeta del cielo y de la tierra», lo difícil no es encontrar poemas suyos de subida inspiración y belleza que ilustren a la perfección el tema que nos ocupa; en su caso, lo difícil es seleccionar solo unos pocos entre los muchos posibles. Ya di entrada en una idem anterior al soneto que comienza «Pastor que con tus silbos amorosos…». Pero también merece la pena copiar este otro dedicado «A la muerte de Jesús»:

Cristo muerto sostenido por un ángel, de Antonello da Messina

Muere la vida y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en su dura cruz, y yo de suerte
que soy de mis dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh, duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será un divino acuerdo,
mas eres Tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

«Pastor que con tus silbos amorosos…», de Lope de Vega

Los muchos años de zozobras de Lope de Vega, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que el yo lírico hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta (por ejemplo, en el soneto que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…»). Y, así, las Rimas sacras son el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en bellísimos sonetos intensamente emotivos, como el que empieza «No sabe qué es amor quien no te ama…»; o este otro, que hoy me limito a transcribir[1]:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Cristo crucificado, de Velázquez


[1] Como mínima referencia bibliográfica remito a Emilia I. Deffis de Calvo, «La figura del pastor en dos sonetos místicos de Lope de Vega», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 5.2, 1998, pp. 273-284.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

Lope de Vega: armas y letras

Hacia 1580 Lope comienza a darse a conocer como escritor por medio de algunas poesías líricas y de sus primeras comedias; podría decirse que su precoz carrera literaria, una afición o inclinación en sus orígenes, va adquiriendo unos matices tendentes cada vez más hacia la «profesionalización»: Lope va a seguir el oficio de las letras, sin menoscabo del desempeño de otros empleos al servicio de mecenas nobles[1]. Así, el período entre 1579 y 1583 se señala como la fecha probable de redacción de su comedia más temprana, Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe, la única de las conservadas del Fénix dividida en cuatro actos (pronto se impondrá la división en tres jornadas), si bien en la dedicatoria de El verdadero amante, comedia pastoril en tres actos, se dice que es la «primera comedia de Lope de Vega». En la Semana Santa de 1582 redacta Los cinco misterios dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. 1582-1583 es la fecha probable de su célebre romance «Ensíllenme el potro rucio…». Por estos años se va haciendo y consolidando poco a poco la reputación dramática de Lope, que escribe ahora para el teatro como un medio para ganarse la vida. Escritor fecundo y popular, sabe ganarse también el aplauso de los corrales, de ese público que, al haber pagado su entrada, exige que le entretengan (en la Epístola al doctor Gregorio de Angulo escribirá: «que soy galán de las señoras musas / y las traigo a vivir con el vulgacho», lo que le permitirá «no sufrir ajeno señorío»); a su vez, los empresarios teatrales le buscan por el éxito que garantizan las piezas lopescas en su representación sobre las tablas.

Por aquel entonces entra al servicio de don Pedro de Dávila, marqués de las Navas, como secretario, cargo que seguirá desempeñando hasta 1587, cuando su señor marche a Alcántara y Lope decida no acompañarlo. No obstante, en 1583 emprende otro camino más, el de las armas, pues participa como soldado en la expedición contra los portugueses a la isla Terceira (en las Azores), que zarpó del puerto de Lisboa el 23 de junio al mando de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz

Así pues, como tantos otros escritores de los Siglos de Oro (Garcilaso, Aldana, Cervantes, Calderón…), Lope se convierte en prototipo de poeta-soldado, es decir, alternará el ejercicio de la pluma y la espada. El 15 de septiembre de 1583 arribó la flota de regreso a Cádiz, y desde allí Lope volvería a Madrid.

A la altura de 1584 Lope ha alcanzado ya una gran reputación como poeta. Ha escrito composiciones laudatorias para los preliminares de las obras de varios de sus amigos. Además, versos suyos se incluyen en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (Madrid, 1584) y en el Cancionero de López Maldonado (Madrid, 1586). Cervantes, en el Canto de Calíope, incluido en La Galatea (1585), cita a Lope entre los escritores españoles más notables del momento:

Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana;
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.

Lope, «en años verdes y en edad temprana», se habría ganado ya cierta fama literaria. Es posible que date de este momento, el período comprendido entre 1585 y 1588, la primera redacción de La Dorotea, pues en su dedicatoria al conde de Niebla dice: «Escribí La Dorotea en mis primeros años». En cualquier caso, este libro, una de sus obras maestras, no lo compondría Lope en su forma definitiva hasta su madurez, formando parte de su ciclo de senectute, y lo daría a la estampa en 1632.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Lope: otros estudios confusos y un supuesto amorío

Tampoco coinciden los biógrafos y estudiosos de Lope en la fecha de su traducción en versos castellanos del poema latino de Claudio titulado De raptu Proserpinae, hoy perdida, que dedicó al cardenal Ascanio Colonna: algunos la fechan tempranamente en 1577,  mientras que otros la retrasan al período 1581-1585[1].

El rapto de Proserpina

Otro episodio que ha generado confusión son unos supuestos amoríos con una joven, María de Aragón, hija de unos panaderos de la corte, de la que Lope se habría enamorado a finales de 1579; la muchacha habría quedado embarazada, aunque la niña fruto de tales amores moriría muy pronto. Algunos biógrafos han querido ver un reflejo de este episodio en el personaje de Marfisa de La Dorotea. Sin embargo, todo parece ser una confusión, y el Lope de Vega amante de esa tal María de Aragón, cuyo nombre figura registrado en algunos documentos, sería un homónimo de nuestro joven aprendiz de escritor.

Y todavía hay un detalle biográfico más que queda en la nebulosa. Nos referimos al supuesto paso por la Universidad de Salamanca, quizá para concluir los estudios eclesiásticos iniciados en Alcalá; estudios salmantinos que fueron deducidos por el Padre Rafael María de Hornedo de unas palabras del autor al presentar a Tomé de Burguillos en su «Advertimiento al señor lector» de sus Rimas humanas y divinas, que no necesariamente hay que tomar al pie de la letra:

… y se sabrá también que [Tomé de Burguillos] no es persona supuesta, como muchos presumen, pues tantos aquí le conocieron y trataron, particularmente en los premios de las justas, aunque él se recataba de que le viesen, más por el deslucimiento de sus defectos, que por los defectos de su persona; y asimismo en Salamanca, donde yo le conocí y tuve por condicípulo, siéndolo entrambos del doctor Pichardo, el año que llevó la cátedra el doctor Vera.

Se ha aducido como argumento para reforzar esa hipotética estancia la viva ambientación salmantina de su comedia El bobo del colegio, pero no resulta imprescindible para explicarla. Más bien cabe pensar que la relación con los ambientes universitarios salmantinos sea posterior, de cuando su estancia en la corte ducal de Alba de Tormes, a la que nos referiremos más adelante. No parece haber, pues, ningún argumento de peso para probar esos hipotéticos estudios en Salamanca, cuya universidad era tan célebre al menos como la de Alcalá y cuya vida estudiantil era, igualmente, no menos agitada y alegre.

Fuesen cuales fuesen los estudios universitarios regulares del Fénix, no cabe duda de su decidida afición a la lectura, a su continuada formación autodidacta, a su gusto por el estudio paciente, por las letras humanas, tan necesarias para la escritura literaria, tal como revelan estos versos de su epístola A Amarilis indiana:

Apenas supe hablar cuando, advertido
de las febeas Musas, escribía
con pluma por cortar versos del nido.

Llegó la edad y del estudio el día
donde, sus pensamientos engañando,
lo que con vivo ingenio prometía

de los primeros rudimentos, dando
notables esperanzas a su intento,
las artes hice mágicas volando.

Aquí luego engañó mi pensamiento
Raymundo Lulio, labirinto grave,
rémora de mi corto entendimiento.

Quien por sus cursos estudiar no sabe,
no se fíe de cifras, aunque alguno
de lo infuso de Adán su genio alabe.

Matemática oí, que ya importuno
se me mostraba con la flor ardiente
cualquier trabajo, y no admití ninguno.

Amor, que Amor en cuanto dice miente,
me dijo que a seguirle me inclinase:
lo que entonces medré, mi edad lo siente.

Mas como yo beldad ajena amase,
dime a letras humanas, y con ellas
quiso el poeta Amor que me quedase.

Favorecido, en fin, de mis estrellas,
algunas lenguas supe, y a la mía
ricos aumentos adquirí por ellas.

Lo demás preguntad a mi poesía,
que ella os dirá, si bien tan mal impresa,
de lo que me ayudé cuando escribía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.