«Corte de corteza», de Daniel Sueiro, novela de anticipación

Daniel Sueiro denomina a Corte de corteza novela «de anticipación»: «Crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Se trata, ciertamente, de una novela de ciencia-ficción que anticipa un futuro caótico y deshumanizado, pero una ciencia-ficción «muy anclada en el presente», apostilla Tomás Yerro[1]. José Domingo habla de

actualidad, de realidad actual, de verídica descripción de unas formas de vida que alientan hoy en la superficie de nuestro planeta. […] No se trata, pues, de una novela utópica a la manera de Un mundo feliz de Aldous Huxley, en que se especulaba con una sociedad futura a largo plazo, resultante del proceso de automatización vital y de subordinación de la colectividad humana al principio absorbente de una ciencia deshumanizada. No, en Corte de corteza la sociedad es la misma en que nosotros vivimos y la anticipación, que el autor fija en el modesto lapso de quince años, es perfectamente lógica y comprensible de nuestros días. A nadie extrañarán, pues, los sucesos que se nos narran en la novela, algunos de los cuales fueron ya actualidad en su día en los despachos de las agencias internacionales, y otros podrían serlo en este mismo momento, sin dejarnos lugar siguiera para expresar nuestro asombro[2].

Y en las anónimas palabras preliminares de la edición de 1982 leemos:

Superación expresiva, renovación temática, afortunada conjunción de realidad e imaginación concretadas en esta ocasión en una novela de gran alcance, novela solo aparentemente de anticipación, puesto que su estructura argumental —el trasplante de cerebro de una víctima del terrorismo francotirador en Estados Unidos, que es también España y es todo país, no puede haber engaño en esto— no es sino el pretexto para ofrecer la más ácida y despiadada visión de la sociedad contemporánea, y la crítica más dura y directa de la violencia, el racismo, la mentalidad política imperialista y fascista, así como la deshumanización y la militarización progresiva a que parece abocar el mundo[3].

En la novela se tratan muchos temas. El núcleo es, en efecto, una operación de trasplante de cerebro (a eso alude el título: corte de corteza cerebral) y los problemas de toda índole que origina, tema de por sí más universal que los que planteaban las novelas sociales. Pero Daniel Sueiro no se limita a ese asunto concreto, sino que el relato le sirve para ofrecer sus opiniones sobre varios asuntos, hasta el punto de que Corte de corteza se convierte en una obra de carácter sociológico más que psicológico.

Corte de corteza, de Daniel Sueiro

Los críticos destacan más su actualidad (plantea temas de hoy, candentes en nuestros días) que su originalidad, ya que existen algunos precedentes temáticos. Así, para el tema de la doble personalidad El extraño caso del Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson y Juan o Carlos y Carlos o Juan, de Tomás Borrás. Y para el de los trasplantes, Arte de hacer curas, de Juan Pérez Zúñiga, El cambio de cabeza, de Thomas Mann y Frankenstein, de Mary W. Shelley[4]. Corte de corteza es un «réquiem por el deshumanizado mundo que puede venir»[5] y, en este sentido, puede relacionarse con otras obras como 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley o Parábola del náufrago, de Miguel Delibes[6].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 60.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza.

[4] Ver Antonio Iglesias Laguna, «Mundo gris y alucinante», La Estafeta Literaria, 421, 1 de junio de 1969, p. 163.

[5] Palabras de Mercedes Gordon recogidas por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 193.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» (1969), novela experimental de Daniel Sueiro

El momento de cambiar de rumbo le llegó a Daniel Sueiro con Corte de corteza, novela ganadora del Premio Alfaguara en su convocatoria del año 1968, el cual se concedía a obras renovadoras, tal como indican estas palabras de Domingo Pérez Minik:

El más atrevido de estos premios es el Alfaguara, con sus cuatro años de vida, por lo tanto, el más presumido, el más exigente y también el que más se ha atrevido a poner de relieve nuevas formas y contenidos dentro del género novelesco. […] Corte de corteza, de Daniel Sueiro, nos ha demostrado con mucha claridad que el juicio de este jurado ha sabido aventurarse por caminos inexplorados, estar muy al tanto de la narrativa nacional, sentirse animado por un análisis muy estricto, que atañe lo mismo a los contenidos de conciencia, a las estructuras inéditas, a la necesidad de poner en buen rumbo a la novela española de estos tiempos, que ha gastado sus energías en repetirse en un realismo promovido desde no se sabe qué recintos teoréticos deteriorados[1].

Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro

Corte de corteza es, en efecto, una obra renovadora, y lo es un doble sentido: formalmente, porque aplica nuevas técnicas; temáticamente, porque su autor se abre a lo imaginario, a la ficción, y abandona el realismo social, al menos tal como lo había practicado hasta entonces. El propio Sueiro lo reconoce expresamente:

He dejado de alimentarme de vasos de tinto tomados frente a mostradores de zinc en viejas tabernas, he dejado de escuchar el habla popular estereotipada. […] Todo está cambiando en el mundo, y algo está cambiando entre nosotros. Yo he decidido en esta novela escribir sobre cosas nuevas y hacerlo de una manera no tan aburrida, sino más apasionante, a mi modo de entender, más libre[2].

En cualquier caso, la lectura de la novela pone de relieve que el abandono del realismo social no supone necesariamente el abandono de la denuncia y de la crítica; y así lo explicita el escritor:

Pese a su renovación formal, Corte de corteza acusa todavía una marcada tendencia hacia la denuncia social, expuesta con una ideología a ratos casi panfletaria, demagógica[3].


[1] Domingo Pérez Minik, «Daniel Sueiro: Corte de corteza», El Día, 1 de junio de 1969; citado por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 190.

[2] Cita del autor recogida por Miguel Fernández-Braso, «La novela ganadora del IV Alfaguara en los escaparates. Daniel Sueiro dentro y fuera de casa», La Estafeta Literaria, 415, 1 de marzo de 1969, p. 11. Y poco antes declaraba también: «Sí, Corte de corteza rompe con mi novelística anterior. No sé si este camino vale o no, pero es distinto. No quiero ser pedante, pero he procurado que tenga un valor menos provinciano» (p. 10). Ignacio Soldevilla escribiría: «Sueiro aparece ya liberado de las sumisiones propias del realismo crítico, y realiza uno de los buenos ejemplos de lo que podríamos llamar globalismo narrativo: olla podrida de todos los recursos, de todos los registros tonales y lingüísticos» (tomo la cita de las palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza).

[3] Cita del autor recogida por Fernández-Braso, «La novela ganadora del IV Alfaguara en los escaparates…», p. 11. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Evolución de Daniel Sueiro: el cansancio de la novela social

Ahora bien, en el panorama de la narrativa española de posguerra llega un momento de cansancio producido por el abuso del realismo social. Este tipo de literatura había entrado en un callejón sin salida: repetición de temas, hastío en el lector, fracaso de los objetivos propuestos… Los novelistas pertenecientes a esta corriente crítica —algo similar pasa también con los poetas— se percatan de que no era ese el camino, de que debían renovarse si no querían morir en el intento, de ahí que pasaran a experimentar con nuevas estructuras, nuevas formas, nuevos lenguajes.

La novela social española, de Pablo Gil Casado

Eso es lo que hará Daniel Sueiro (y como él otros muchos autores, que — si no es que dejan de publicar— darán a su obra una mayor amplitud de miras, expresándola en un cauce no tan estrecho como el impuesto por el realismo social). Suficientemente expresivas son estas palabras del propio Sueiro que explicitan la cuestión: «He abandonado la novela llamada social porque entendí que ya no era útil, que ya no contaba con lectores»[1]. Ahora, a finales de los 60, pasa a considerar la literatura «como una revelación hacia los demás, como forma de expresión, como modo de vida y como ejercicio vivo del pensamiento y del lenguaje, no sé si por el mismo orden en que los estoy mencionando»[2].


[1] En Eduardo García Rico, «Daniel Sueiro y Los servidores del garrote», Triunfo, año XXV, núm. 421, 27 de junio de 1970, p. 43; citado por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 189.

[2] Daniel Sueiro, Corte de corteza, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969; citado por Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 59. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

El contexto literario de Daniel Sueiro

Por lo que respecta al contexto histórico-literario y la evolución narrativa de Daniel Sueiro, conviene recordar que pertenece al grupo de escritores del realismo social de los años 50; como señala Tomás Yerro, «toda su obra presenta las realidades cotidianas con una visión crítica»[1]. En su época de estudiante tuvo dificultades económicas:

Yo no tenía dinero y me animaba mucho que me aceptaran mis cosas en los periódicos y me dieran para vivir. […] Había que subsistir; comía en los comedores del Parque Móvil, pasaba hambre, desde luego; era muy importante tener la peseta para coger el tranvía[2].

Él mismo reconoce que «al principio, era un fabricante de cuentos para concursos»[3]. Parece, pues, que se inclinó en un primer momento por el relato porque podía resultarle más rentable. Como ha destacado Ana María Navales, el autor

No pensaba entonces en escribir novelas. Siguió con los cuentos hasta tener el aliento suficiente para acometer obras de mayor envergadura. La afición y el interés por los asuntos inmediatos, reales, le fueron ganando. Descubrió esa especie de aburrimiento de los años 50 al 60 y se dedicó a escribir sobre las cosas pequeñas, miserables, que pasaban y no tenían cabida en los periódicos. Con este material aspiraba a hacer una obra de gran empuje. Diríamos que llegó a la literatura como necesidad, para abordar temas que no tenían cabida en el periodismo[4].

En opinión de Tomás Yerro,

desde su primera novela, La criba (1961), hasta la más reciente, Corte de corteza (1969), Daniel Sueiro ha manifestado una preocupación social, un decidido afán por denunciar las situaciones injustas de nuestra época. En él ha prevalecido el concepto utilitario de la literatura sobre el estético […]. Atribuye a la literatura una función informativa y crítica […]. Daniel Sueiro justificó la actitud denunciadora de los novelistas sociales como sustitutiva de la encomendada —pero no cumplida— a la prensa de aquellos años[5].

Estas palabras aparecen ilustradas por un par de citas del propio novelista, quien afirmaba, en una entrevista en Ínsula: «A mí me importa muy poco que la posteridad diga que yo colocaba los adjetivos en su sitio. Las obras del escritor tienen que estar en la calle, como una especie de activismo ideológico, pero ese es su sitio». Y a la pregunta: «¿Qué temas te preocupan?», respondía:

Creo que se notan en todo lo que escribo. Los asuntos locales, inmediatos y nuestros. Y dada mi concepción de la literatura, precisamente aquellos que exigen una denuncia, una llamada de atención sobre ellos. En pocas palabras, hablar de lo que no se habla[6].

Daniel Sueiro

En cuanto a las lecturas e influencias que se aprecian en su obra, son numerosas. En primer lugar, los escritores de la «generación perdida» norteamericana (Faulkner, Melville, Hemingway, Dos Passos…). Conoce también el nouveau roman francés como demuestra esta declaración: «Sacar a primer plano los objetos que están en cierto sentido modelando nuestra vida, me parece un enfoque a una aventura temática y formal que merece nuestra atención»[7]. Ha leído a los clásicos españoles (la picaresca, Cervantes, Lope, Quevedo, Calderón…), a los novelistas del XIX y del 98 (Galdós, Valle-Inclán, Baroja) y a los del XX (Cela, Max Aub, Sender, la generación del medio siglo, esto es, a sus contemporáneos). De entre los poetas, destacan Neruda y Lorca como sus favoritos. No desconoce la literatura hispanoamericana (Borges, Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo…). Lecturas, por tanto, abundantes y variadas. Algunas de ellas no nos deben extrañar (nos referimos a los autores realistas y críticos) dada la concepción que de la literatura tiene Sueiro: insatisfecho, inquieto, él mismo optará también por una literatura comprometida de denuncia[8].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 57.

[2] En Antonio Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», Ínsula, 235, junio de 1966, p. 4.

[3] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 155 (palabras de Daniel Sueiro en una conversación con la autora).

[4] Navales, Cuatro novelistas españoles…, p. 155.

[5] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 58-59.

[6] En Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», p. 4.

[7] En Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», p. 4.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Vida y obra de Daniel Sueiro (1931-1986)

Daniel Sueiro nació en Ribasar (La Coruña) en 1931. Tuvo una infancia difícil (hijo de un maestro nacional, fue el undécimo hermano de la familia) y, además, sus padres le hicieron estudiar para auxiliar de banca, dedicación que no era de su agrado. Dejó esta carrera para emprender la de periodismo en Madrid. Estudió también Derecho en las universidades de Santiago de Compostela y Madrid. Colaboró desde muy joven en publicaciones periódicas (Arriba, Pueblo, Historia 16…), trabajó para la Agencia EFE, y fue guionista de diversas películas (Los golfos, de Carlos Saura; Los farsantes, de Mario Camús; El puente, de Juan Antonio Bardem) y colaborador en guiones de series de televisión (Cervantes, Juanita la Larga…). Murió en Madrid en 1986.

Daniel Sueiro

Empezó Daniel Sueiro su carrera literaria publicando cuentos, para dedicarse más tarde, aunque no de forma exclusiva, a la novela y, así, obtuvo diversos premios: Juventud, Café Gijón, Nacional de Literatura de relatos, Alfaguara… Entre los principales títulos de su producción se cuentan las novelas La criba (1961), Estos son tus hermanos (1965), La noche más caliente (1965), Solo de moto (1967), Corte de corteza (1969) y Balada del Manzanares (1987, póstuma); los libros de cuentos La rebusca y otras desgracias (1958),  Los conspiradores (1959), Toda la semana (1964), El cuidado de las manos (1974), Servicio de navaja (1977), etc.; y ensayos y libros-reportaje como El arte de matar (1968), Los verdugos españoles (1972), La pena de muerte: ceremonial, historia, procedimientos (1974), La verdadera historia del Valle de los Caídos (1976), Historia del franquismo (1977 y 1986, en colaboración con Bernardo Díaz Nosty), Crónicas de los Montes de Toledo: andanzas de dos furtivos (1982, en colaboración con Roberto Llamas), La flota es roja: papel clave del radiotelegrafista Benjamín Balboa en julio de 1936 (1983), El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista (1983), Rescoldos de la España negra (1983) o La pena de muerte y los derechos humanos (1987)[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Antecedentes de la novela histórica: historias novelescas del XVII

En el siglo XVII se siguen cultivando los temas del rey don Rodrigo (Jaime Bleda: Corónica de los moros en España) y del pastelero de Madrigal (otra anónima Historia de Gabriel de Espinosa, de 1683); se introducen otros de la antigüedad clásica (Séneca y Nerón, de Fernando Álvaro Díez de Aux, La Fénix troyana, de Vicente Mares); proliferan las historias bíblicas, de bandoleros y de santos (El hijo de David, de Juan de Baños de Velasco, Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo de Baile, Soledades de Aurelia, de Jerónimo Fernández de Mata, El piadoso bandolero, de Juan Pérez de Montalbán, El bandolero, de Tirso de Molina).

Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena

Hay que mencionar también las Historias peregrinas y ejemplares de Gonzalo de Céspedes y Meneses, que son seis episodios históricos ocurridos en otras tantas ciudades; y existen otras obras que reconstruyen la historia, bastante fantaseada, de alguna ciudad: Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Luis Ariz, Antigüedad y excelencias de Granada, de Francisco Bermúdez de Pedraza. No podemos olvidar en este recorrido por el XVII las importantes obras de Cristóbal Lozano, pues recogen leyendas e historias en las que se inspirarían los escritores románticos (en particular Zorrilla y Fernández y González): Los reyes nuevos de Toledo, David perseguido, El rey penitente David arrepentido y David más perseguido. Una nueva novela morisca es La historia de los dos enamorados Ozmín y Daraja, incluida en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: obras históricas áureas

Volviendo al terreno historiográfico, habría que mencionar las obras de Diego Hurtado de Mendoza (Historia de la guerra de Granada), Luis de Mármol Carvajal (Historia del rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada), Gonzalo Argote de Molina (Nobleza de Andalucía), Hernando de Baeza (Relaciones de algunos sucesos de los últimos tiempos de Granada), Hernando del Pulgar (Crónica de los Reyes Católicos, Compendio de la historia de Granada), el canciller Pedro López de Ayala (sus crónicas), Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) o el inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales).

HistoriaVerdaderaDeLaConquistaDeLaNuevaEspaña

La obra de Bernal es una crónica con pretensiones de historia verdadera («esta muy verdadera y clara historia», escribe en el prólogo), pero adornada con ribetes de libro de caballerías: hay en ella una mezcla de realismo (las descripciones de los combates, presenciados por el autor como soldado, que dan sabor de vida vivida a la obra) y de ensueño (los portentos y maravillas del nuevo mundo americano que dejan atónitos a los españoles). Mencionaré además la Historia de España del Padre Mariana, no tanto por la inclusión en ella de elementos novelescos, como por haber servido de inspiración y de fuente documental a varios novelistas españoles, particularmente a los que trataron los temas granadinos[1].


[1] Y no hay que olvidar obras pseudohistoriográficas como son los denominados «plomos» de Granada, falsos cronicones y escritos apócrifos, pues —como señala Juan Ignacio Ferreras— «una falsa historia puede ser una verdadera novela histórica» (La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, p. 46). Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: las «Guerras civiles de Granada»

Llegamos así a la obra que se ha podido considerar como primer episodio histórico nacional, por la actualidad de los sucesos narrados, las Guerras civiles de Granada (en dos partes, de Zaragoza, 1595, y Cuenca, 1619; dejo de lado ahora lo relativo a la problemática edición de la segunda parte de Alcalá de Henares, 1604).

Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes (Barcelona, 1610)

Las dos partes del relato de Ginés Pérez de Hita combinan elementos fantásticos e históricos, si bien nos interesa ahora más la primera, que narra la lucha de bandos anterior a 1492, y en la que predominan los elementos de ficción novelesca; así, la acusación de adulterio a la reina de Granada, la historia de los amores de Zaide y Zaida o los de Gazul, a lo que hay que añadir las descripciones de fiestas de toros, sortijas y cañas, de vestidos, motes y divisas, que contribuyen a la creación del denominado «color local». El grado de poetización e imaginación es mayor aquí que en la segunda parte, de mayor historicidad, que describe las luchas coetáneas de las Alpujarras, reflejo de las vivencias del autor como soldado participante en los sucesos.

Historia de las guerras civiles de Granada (París, 1660)

Las Guerras civiles de Granada constituyen una obra importante no solo en sí misma, sino por las derivaciones del tema granadino que inspiró en el extranjeroAmahide, de Mlle. Scudéry, Zaïde, de Mme. de La Fayette, Gonzalo de Córdoba, de Florian, El último Abencerraje, de Chateaubriand o la Crónica de la Historia de Granada, de Washington Irving. Es más, se suele recordar que Scott la leyó en los últimos años de su vida y que lamentó no haberla conocido antes para haber ambientado en España alguna de sus novelas[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: la materia morisca

Más importante es la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, «novela histórica morisca» cuyo episodio central (la captura y posterior liberación del moro enamorado) parece inspirarse en un hecho realmente sucedido o, cuando menos, verosímil en el contexto de la guerra fronteriza granadina. Además, el autor atribuye la acción a un caballero, Rodrigo de Narváez, de existencia real, aunque la obra no está exenta de algunos anacronismos.

El Abencerraje

A ese aire de verosimilitud contribuyen también la exactitud topográfica y la acertada descripción de armas y vestidos. El Abencerraje es, junto a la ya mencionada —en una entrada anterior— Crónica sarracina y a la primera parte de las Guerras civiles de Granada, a la que pronto me referiré, uno de los antecedentes más claros de la novela histórica moderna.

Los romances fronterizos, que solían ser «romances noticiosos» —según la denominación de Menéndez Pidal—, cantan sucesos diversos de la guerra de Granada, hechos aislados de carácter episódico, como el cerco de Baeza en 1368 por el rey de Granada y don Pedro el Cruel, la conquista de Antequera y de Alhama, el sitio de Álora o la muerte de don Alonso de Aguilar en la guerra de las Alpujarras en 1501. Estos romances introducen elementos novelescos, con lo que carecen en general de autenticidad histórica; pero, a su vez, dieron lugar a leyendas que los historiadores aceptaron frecuentemente, «ya que el crédito del romancero como fuente informativa estaba muy alto en los siglos XV y XVI»[1].


[1] María Soledad Carrasco Urgoiti, El moro de Granada en la literatura, Granada, Universidad de Granada, 1989, p. 34. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: siglos XV y XVI

Del siglo XV se pueden entresacar tres obras importantes como posibles antecedentes del novelar histórico: el Passo honroso de Suero de Quiñones, redactado por Diego Rodríguez de Lena, escribano real que da fe de la defensa que hizo dicho caballero en el puente de San Marcos sobre el río Órbigo, cerca de León, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434; El Victorial o Crónica de don Pedro Niño, conde de Buelma, de Gutierre Díaz de Games, «biografía mágica» de ese personaje, desde la niñez a la vejez, con un tono lírico y levemente irreal; y la Crónica de don Álvaro de Luna, escrita entre 1453 y 1460, atribuida a Gonzalo Chacón, que ensalza al personaje caído, frente a la «historiografía oficial».

Al siglo XV pertenece también la que se ha señalado como «la primera novela histórica española» (Menéndez Pidal); me refiero a la denominada Crónica sarracina (h. 1430), de Pedro del Corral, sobre el tema del rey don Rodrigo y la pérdida de España, que introduce en el relato numerosos elementos novelescos. El autor atribuye su obra a los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes: quiere dar apariencia de historia verdadera y, de hecho, algunos de sus contemporáneos la aceptaron como fuente historiográfica legítima, si bien Fernán Pérez del Pulgar, en el prólogo de sus Generaciones y semblanzas, la llamó «trufa o mentira paladina». En realidad, es una refundición, siguiendo el modelo de los libros de caballerías, del relato de la pérdida de España contenido en la Crónica general de 1344: son frecuentes los lances de amor, las largas descripciones de batallas, hazañas, justas y torneos así como los elementos maravillosos. Obra similar, en el tema y en lo relativo a la mezcla de historia y ficción, es la Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna.

Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna

Del siglo XVI son las obras de fray Antonio de Guevara (Relox de príncipes y libro áureo del emperador Marco Aurelio; Epístolas familiares o cartas áureas), que se presentan como históricas, hecho que escandalizó en su momento a los verdaderos historiadores; Las Abidas, de Jerónimo de Arbolanche, novela en verso sobre los orígenes míticos de España; algunos pliegos de cordel como la Historia de Marcilla y Segura o la Historia de Gabriel de Espinosa, temas legendarios recogidos por la novela del XIX. Existen también muchas historias noveladas, por ejemplo, sobre el Gran Capitán[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.