Apunte de urgencia sobre Camilo José Cela (1916-2002)

Nacido en Iria Flavia-Padrón (La Coruña, 1916), Camilo José Cela es una de las grandes figuras de la literatura española del siglo XX y un clásico de las letras hispánicas. La crítica considera que su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942), escrita a los veintiséis años, inaugura la narrativa española de posguerra. Es un libro de hondo pesimismo, que se detiene en los aspectos crueles y amargos de la existencia del protagonista. Por esta razón fue catalogada como novela tremendista, esto es, novela que gusta de presentarnos una vida desquiciada y violenta, sin ocultar ciertos hechos desagradables o incluso repulsivos. Tres este sonoro éxito publicó dos nuevos títulos, Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944).

Camilo José Cela

La colmena (1951) es otra de sus novelas más exitosas, que al no superar los problemas de la censura española hubo de publicarse en Buenos Aires. Con técnica pretendidamente realista y objetiva, el autor nos muestra «un trozo de la vida» madrileña de posguerra, «trozo» organizado por medio de secuencias independientes (como las celdas de una colmena), y que cobran vida gracias a un nutrido grupo de personajes que actúan a modo de protagonista colectivo. Al autor le siguen interesando, en esta obra, ciertos rasgos de la dureza de la vida: el hambre, el miedo, la anulación sexual.

Los siguientes títulos de Cela son Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), La catira (1955), Tobogán de hambrientos (1962), San Camilo 1936 (1969), Oficio de tinieblas 5 (1973); y ya en los años 80 y 90, Mazurca para dos muertos (1983), Cristo versus Arizona (1988), El asesinato del perdedor (1994), La cruz de San Andrés (1994, Premio Planeta de ese año) y Madera de boj (1999).

Su extensa obra se completa con varios volúmenes de cuentos y «apuntes» diversos (Esas nubes que pasan, 1945; El bonito crimen del carabinero, 1947; El gallego y su cuadrilla, 1949; Nuevo retablo de don Cristobita, 1957; Once cuentos de fútbol, 1963; Rol de cornudos, 1976, y varios títulos más, hasta sus Historias familiares, 1999), numerosos libros de viajes (Viaje a la Alcarria, 1948; Del Miño al Bidasoa, 1952; Viaje al Pirineo de Lérida, 1965; Nuevo viaje a la Alcarria, 1986), novelas cortas (Café de artistas, 1953), artículos (coleccionados en volúmenes como Mesa revuelta, 1945; Cajón de sastre, 1957; Los vasos comunicantes, 1981; A bote pronto, 1994; El color de la mañana, 1996), poemarios (desde Pisando la dudosa luz del día; 1936, hasta Reloj de arena, reloj de sol, reloj de sangre, 1989; su Poesía completa fue recogida 1996) y libros de memorias (La rosa, 1959; Memorias, entendimientos y voluntades, 1993). También cultivó el teatro, y cuenta en su haber asimismo con obras de carácter lexicográfico y adaptaciones de clásicos literarios españoles (Poema de mío Cid, La Celestina o El Quijote).

Cela ha sido novelista de muy variados registros, poco amigo de seguir una línea única; antes al contrario, optó siempre por la indagación y la búsqueda de nuevas formas narrativas, incluso experimentales como en San Camilo 1936 o Cristo versus Arizona. Es, sin duda alguna, un escritor cuya obra —y cuya personalidad— ha generado opiniones contrapuestas, y que solo a muy pocos puede dejar indiferentes. La calidad de sus escritos se vio confirmada en 1989 con la concesión del Premio Nobel de Literatura, al que hay que sumar otros importantes galardones como el Premio Planeta (1994) y el Premio Cervantes (1995).

El triunfo de la novela histórica en España: el fenómeno Scott

Waverley, la primera novela de Walter Scott, aparece en 1814, coincidiendo aproximadamente con la caída del Imperio napoleónico. Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas de que este tipo de novelar se adoptara también en España? ¿Eran las circunstancias españolas las mismas que en el resto de Europa? Consideremos estas palabras de Varela Jácome:

La novela histórica surge como género específico a comienzos del siglo XIX. George Lukács analiza los factores que determinan su aparición: la situación económica y política de Europa; la transformación económico-social de fines del siglo XVIII; el pensamiento de Adam Smith; la situación límite de la Revolución francesa; las revueltas de otros países en el período 1789-1814; la amarga experiencia napoleónica… La Península está dentro del área de parte de estas coordenadas, pero las causas analizadas retrasan la aclimatación de la narrativa histórica. Es tan importante vivir fuera o dentro del espacio geográfico español, que son los emigrados los que inician el género[1].

Esta última afirmación nos lleva más lejos, pues hay que matizar el papel que desempeñaron los exiliados españoles en el desarrollo de nuestra novela histórica. El problema es complejo y exige que vayamos por partes. En primer lugar, la novela española empieza a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX gracias a la conjunción de tres elementos necesarios: un público lector, una cierta industria editorial y una serie de autores que escriben novela. Esto permite que la novela española “resucite” después de haber estado muerta siglo y medio (con todas las salvedades y matizaciones que se quieran). Ahora bien, ¿por qué el género que se desarrolla casi en exclusiva es el histórico?

Podemos pensar, en primer lugar, que el factor determinante hubo de ser la moda iniciada por Walter Scott, y en este sentido sí que son los emigrados los primeros en captar su influencia por obvias razones geográficas e idiomáticas: recordemos que en Londres vivieron muchos de ellos; recordemos también las traducciones de Ivanhoe y de El talismán hechas por Mora en 1825 y 1826; e inmediatamente después vendrían las imitaciones directas (las dos novelas de Trueba y Cossío, escritas en inglés[2], son de 1828 y 1829). Lo que podríamos denominar como “el fenómeno Scott” hizo que una traducción o una imitación de sus obras fuera garantía de éxito editorial seguro, y es evidente que esto influyó necesariamente en algunos autores que se lanzaron a escribir a la manera del escocés.

Walter Scott

No obstante, y pese a la innegable y crucial importancia de la influencia de Scott, se trata de un factor puramente externo y es necesario señalar otras circunstancias que coadyuvan a explicar este triunfo de la novela histórica en España. Lo veremos con detalle en una próxima entrada.


[1] Benito Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch, 1974, pp. 21-22.

[2] Siempre que nos encontramos con autores españoles que escriben en otro idioma se plantea el problema o la posible discusión de dilucidar hasta qué punto puede considerarse su producción dentro del ámbito de la literatura española. Sea como sea, incluyo las novelas de Trueba y Cossío en la producción de novela histórica española, puesto que no hablo, en general, de novela histórica en España o de novela histórica en español (las traducciones de sus novelas llegarían unos años más tarde, en 1831 la de Gómez Arias y en 1840 la de El castellano).

Pedro de Górriz Moreda y su leyenda «La cadena de las Navas»

Poeta y prolífico autor teatral, Pedro de Górriz Moreda (Pamplona, 1846-Madrid, 1887) cultivó con asiduidad el género cómico, alcanzando cierto renombre en su tiempo. Así, escribió para la escena ¡Por un teniente!, Tercero interior, Madrid se divierte, Retreta, Cante hondo, El Retiro, La vuelta de Ruiz, Tute de yernos, La partida de bautismo, Levantar la caza, La mantilla blanca, El primer trompa, Género de punto, Año nuevo, vida vieja, Don Antonio, El fin del mundo, Los caciques de Villanueva, N. N., Buena estrella y varias obras más en colaboración. Como narrador, ganó la pluma de oro en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona de 1884 con la leyenda histórica «La cadena de las Navas»; al año siguiente se premió su Cancionero popular navarro, composición escrita en 50 cuartetas, y «Mis montañas»; y en 1886 otra leyenda en prosa titulada «La cruz negra»[1].

«La cadena de las Navas. Leyenda», dividida en doce breves capítulos, se presentó bajo el lema: «La leyenda no es la historia: donde esta empieza, aquella termina». Su protagonista es Íñigo Portillo, un joven menestral enamorado de Blanca, la hija del hombre de guerra don Tristán de Olano. Íñigo, que sueña con la dorada espuela de caballero, decide alistarse como ballestero en la mesnada de don Gutierre de Lodosa para la guerra que el rey don Sancho el Fuerte prepara contra los moros. Marcha con don Tristán y llega el día de la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212. Tristán muere matando enemigos; Íñigo, por su parte, también pelea «como un león» y consigue tomar la bandera y un trozo de las cadenas que rodean la tienda del Miramamolín. El rey don Sancho decide que ese será su blasón y promete nombrarlo caballero. Un año después se celebra la boda de Blanca e Íñigo, que ha sido elegido alférez mayor del reino; sin embargo, en un arca guarda un trozo de cadena que le recuerda su origen humilde.

Batalla de las Navas de Tolosa

Igual que sucede en otros relatos de autores navarros contemporáneos, cabe destacar la inclusión de elementos arqueológicos, especialmente por medio del empleo de un léxico perteneciente al campo semántico de las armas: contera, capacete, almete, montante, arnés de Vizcaya, loriga milanesa… Los diálogos insertos en la leyenda no revisten especial interés.


[1] Cfr. Fernando Pérez Ollo, Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, pp. 401-402.

Iturralde y Suit (1840-1909) y sus «Tradiciones y leyendas navarras»

Juan Iturralde y Suit (Pamplona, 1840-Barcelona, 1909) es el gran impulsor de la Asociación Euskara de Navarra, que se presentó en Pamplona el 6 de enero de 1878. Fue además concejal en el Ayuntamiento de la capital navarra, académico correspondiente de San Fernando y de la Historia y formó parte de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, de la que fue secretario. Sus relatos, muchos de los cuales se publicaron en la propia Revista Euskara, aparecieron coleccionados en forma de libro póstumamente[1].

Juan Iturralde y Suit

En un primer deslinde, podemos apreciar que en esas colecciones, junto con cuentos y leyendas históricas, aparecen mezclados otros trabajos de signo muy distinto. Por ejemplo, hay artículos eruditos de temas variados («Las guerras civiles de Pamplona en el siglo XIII», «Un conquistador navarro en el Nuevo Mundo», «Los castillos de Navarra durante la Edad Media», «La caza en Navarra en los tiempos pasados», «El tributo de las tres vacas», «Las cruzadas de Navarra en Tierra Santa», «Memoria sobre las ruinas del Palacio Real de Olite», «Prehistoria en Navarra»…), o bien relatos y descripciones de viajes («Recuerdos de Ujué», «El monasterio de Irache», «Una visita al castillo de Javier»…), que para nuestro objeto actual no nos interesan.

El resto de relatos propiamente literarios pueden clasificarse[2] en los siguientes apartados, que enumero de menor a mayor grado de ficcionalización:

1) Estampas y evocaciones líricas. Iturralde está dotado de una fina sensibilidad poética y en varias de estas semblanzas, al par que capta perfectamente la majestuosidad del paisaje navarro —o de las ruinas históricas conservadas—, evoca los momentos épicos, las pasadas grandezas del Antiguo Reyno, que constituyen el contrapunto del momento de decadencia espiritual que se vivía entonces. Tales evocaciones románticas —pero no de pura evasión, sino cargadas de significado y simbolismo— son «Una noche en Roncesvalles» (boceto de «La batalla de los muertos»), «Las voces del viento en los Pirineos navarros», «Las brisas de los montes euskaros», «La selva. Aguiriko-eliza», «El viejo espíritu de Navarra» o «El desolado de Rada». Algo diferentes son «Junto al hogar», pórtico de la edición de 1912, que es una invitación a la reflexión, en soledad y silencio, sobre la vida (concebida como «viaje doloroso por sendas sembradas de espinas», «valle de amarguras», «vía dolorosa», pero con el consuelo de la esperanza cristiana siempre al fondo); y «El triunfador de la muerte», una reflexión sobre Dios, que es quien la vence.

2) Un segundo grupo lo formarían las leyendas, que podrían separarse en fantásticas («El organista loco de Iranzu», con un tema similar al de «El Miserere» de Bécquer, y «Salkindaria. El traidor»); e históricas, basadas bien en un hecho propiamente histórico, bien en un suceso perteneciente al ámbito más vaporoso e impreciso de la tradición: «Los perros de Martín abade», «La campana de Nájera», «La leprosa. Balada», «El castillo de Tiebas», «Un episodio de la historia de Pamplona», «El santuario de San Juan del Ramo», «La leyenda de San Virila de Leyre», «El puente de Miluce» o el fragmento de «El castillo de Amayur». Otra narración como la titulada «Juan Fermín de Leguía» se acerca a un hecho histórico que es además cuasi-contemporáneo del autor (un episodio de la guerra de la Independencia en el año 1813), con menos posibilidades por tanto de idealización al narrarlo.

3) Apólogos o ejemplos. Son relatos como «El ruiseñor de Errota-zuri», «La paciencia y la limosna», «La felicidad» o «Las lágrimas de la tribulación», con personajes-tipo y una fuerte carga simbólica, en los que se propone una enseñanza, ya a la conciencia de todo el pueblo vascongado (en el primero), ya a cada lector en particular (en los otros tres, cuyos títulos resultan bien significativos).

4) Cuentos satíricos y morales. Guardan cierta relación con los anteriores por su carga didáctica, aunque aquí se presentan unos personajes algo más individualizados y una historia narrativa mejor desarrollada. Incluyo en este grupo «La ínsula de los Penelópidas (Cuento que no lo parece)», que es una parábola que opone los términos de la dicotomía progreso vs. tradición en la Europa moderna; «Del por qué los franceses cuando se ocupan de las cosas de España carecen de sentido común (Cuento)», explicación chistosa del desconocimiento por parte de los franceses de las cosas de España; «El padre Saturnino», sátira del Estado moderno, uniformador y centralista, que devora a sus propios hijos, las provincias o territorios periféricos que lo componen; «Un congreso de protestantes en Pamplona», repaso cómico de algunas sesiones del Ayuntamiento en las que los concejales no hacen más que protestar por todo (de ahí el juego dilógico del título); o «Las santas misiones de El Imparcial», que vuelve a contrastar los intereses contrapuestos de las provincias y de la capital centralista.


[1] Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I., Cuentos, leyendas y descripciones euskaras, Pamplona, Imprenta y Librería de J. García, 1912, con prólogo de Arturo Campión; y Obras de don Juan Iturralde y Suit, vol. III, Tradiciones y leyendas navarras, con prólogo de Carmelo de Echegaray, Pamplona, Imprenta y Librería de García, 1916. En fechas más recientes, Segundo Otatzu Jaurrieta ha publicado dos tomos de sus Obras completas que incluyen sus narraciones y leyendas: Obras,vol. I, Cuentos y leyendas navarras y Obras, vol. II, Cuentos, leyendas e historia, Pamplona, Mintzoa, 1990.

[2] Adapto —con ciertas modificaciones— la clasificación que ofrece Campión para la producción global de este autor en su introducción a Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I, cit., pp. CLVIII y ss.

Francisca Sarasate Navascués y sus «Cuentos vascongados» (1896)

Francisca Sarasate Navascués (La Coruña, 1853-Pamplona, 1922) fue hermana del músico Pablo Sarasate y esposa de Juan Cancio Mena, de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena. Lo más interesante de su producción literaria es una colección de Cuentos vascongados (Barcelona, 1896), que incluye trece relatos, localizados todos —de forma imprecisa— en pueblos de Navarra o las Provincias Vascongadas.

Cubierta de Cuentos vascongados
Cuentos vascongados

En cierto modo, se asemejan a los cuentos de Antonio de Trueba, en el sentido de que ofrecen un elogio de la vida sencilla en el campo, aunque su calidad sea inferior con mucho. De casi todos ellos se desprende una enseñanza (algunos títulos son reveladores: «La caridad bien entendida…», «Antes que te cases, mira lo que haces»), aunque esa carga moralizante no llega a ser demasiado abrumadora. En algún caso la enseñanza no solo se deduce del ejemplo presentado, sino que se formula explícitamente; por ejemplo, en «Sueños de color de rosa» —que recuerda los Cuentos de color de rosa de Trueba—, hay una reflexión sobre el juego, presentado como una pasión que «absorbe todo, aniquila todo, rompe los lazos de parentesco y amistad, imposibilita de sentir y es ciega de tal modo que se asiste a las mayores catástrofes con la indiferencia de los estoicos» (pp. 37-38).

Estos Cuentos vascongados son narraciones sencillas, tanto por su forma como por su contenido: en efecto, entran en ellos historias y vidas vulgares, contadas sin grandes complejidades desde el punto de vista técnico. Es más, atendiendo a su estructura, algunos finales parecen algo precipitados, como si estuviera sin desarrollar plenamente la acción planteada; o bien sucede lo contario, algunos relatos son llevados hasta un extremo exagerado en sus últimas líneas, como si se buscara un efecto de sorpresa impactante sobre el lector (en «El ideal», tras el fallecimiento de Amado, Rosa muere sin que quede muy claro por qué; la muerte de Sofía y de César en «¡Noche triste!» es igualmente muy folletinesca). Cierta originalidad en la construcción presenta «¡Me aburro!», pues se trata de un cuento epistolar: el texto lo constituyen tres cartas dirigidas por Elvira, que veranea en San Sebastián, a una amiga; el desenlace se presenta en una postdata añadida a la tercera.

Los personajes no siempre están bien trazados y a veces resultan contradictorios: por ejemplo, Pura, de «El ideal», se hace simpática al lector porque es maltratada, pero en realidad es una mujer casquivana que galantea con todos y merece nuestra antipatía; en «Gavón» (mantengo las grafías del original) se insinúa que Fermín es el hermano amable y cariñoso con su madre, mientras que Esteban es el malo, pero al final sucede al revés; la Rosa de «Sermón perdido» viene a comportarse como un don Quijote femenino, aunque en el fondo no pase de ser una deslenguada mujer de mala vida. Esas contradicciones y vacilaciones de carácter, que en otras circunstancias (por ejemplo, en una novela) podrían ser consideradas aciertos de caracterización —la vida no es como parece; la vida es más compleja de como se nos presenta a primera vista—, más bien pueden tenerse aquí por defectos debidos a impericia narrativa de la autora.

En algunos de estos cuentos apenas existe el diálogo: se ha reducido al mínimo, o bien ha quedado sustituido por el estilo indirecto. En conjunto, el mejor relato tal vez sea «Contra viento y marea», que ocupa el primer lugar del volumen. Narra la historia de una viuda joven con varios pretendientes que termina casándose con su criado Sancho, pese a la oposición de todo el pueblo y de su propia familia: Catalina ha de defender su decisión tal como indica el título para triunfar de la hipocresía y el rechazo general, viendo al final premiado su esfuerzo con un matrimonio feliz.

Francisca Sarasate es autora de otras obras: Un libro para las pollas (1876), que es una novela didáctica destinada a la educación de las señoritas, Horizontes poéticos. Libro rítmico (1881), Amor divino (1882), Fulvia o los primeros cristianos (1888), novelita corta escrita a la manera de la Fabiola del cardenal Wiseman, Romancero aragonés (1894), Poesías religiosas (1899) y Pensamientos místicos (1910).

Nicasio Landa (1830-1891), médico y literato pamplonés

Nicasio Landa y Álvarez de Carballo (Pamplona, 1830-1891), conocido como el Dr. Landa, médico militar cofundador de la Cruz Roja Española y escritor, dirigió la Revista Euskara en 1878-1879 y es autor de obras seudo-literarias como Un viaje a Canarias (1863) o La campaña de Marruecos. Memorias de un médico militar (1880).

Monumento a Nicasio Landa en PamplonaEn el panorama del cuento literario cultivado en Navarra en el siglo XIX nos interesa especialmente su relato «Los primeros cristianos de Pompeïopolis. Leyenda de San Fermín», escrito para el Certamen del Ayuntamiento de 1882, aunque finalmente lo dejó fuera de concurso al ser elegido como miembro del jurado. Conoció una segunda edición (Pamplona, Imprenta Provincial, 1891), a cargo de la Diputación de Navarra. Es una narración de dieciséis páginas con la que el autor desea «acreditar más y más el amor y veneración que los hijos de Pamplona sienten por su glorioso patrono San Fermín, el primer cristiano de Pompeïopolis».

En el prólogo afirma que se ha ceñido a la verdad histórica (cita los autores y fuentes que ha manejado, así como los hallazgos arqueológicos que le han servido para las referencias a antigüedades romanas de Pamplona). «En lo demás —advierte— he dejado correr la imaginación, mas no a rienda suelta sino ajustando todos los detalles» a los conocimientos históricos de que disponía. La leyenda se divide en cuatro capítulos: «Las Thermas de Pompeyo», «La casa de Firmo», «El templo de Diana» y «Cristo vence, Cristo reina» más un «Epílogo» que presenta el martirio de San Fermín en Tolosa. Lo mejor es con mucho el sabor de época: los amplios conocimientos del autor se reflejan en el empleo de un léxico preciso (atrium, impluvium, apodyterium, pallium, vermiculatum, tepidarium, exedra…) y en las propias notas que coloca al pie con explicaciones. Y si bien es cierto que todo ello proporciona verosimilitud a lo contado, ese tono erudito recarga innecesariamente y hace un tanto pesada la narración.

Es autor igualmente de «Una visión en la niebla. Los guerreros euskaldunas», relato que recuerda a algunos de Iturralde y Suit: el narrador está contemplando el paisaje pirenaico desde la cumbre del pico de Larrhun, cuando se levanta la niebla; los montes semejan entonces castillos y el murmullo del viento suena como unos pasos: el narrador «ve» a los primitivos euskos, hijos de Aitor; a los éuskaros o cántabros; a multitud de guerreros euskaldunas, protagonistas de diversos hechos gloriosos a lo largo de los siglos: cruzados, navegantes y descubridores, guerrilleros, soldados de las guerras carlistas y coloniales…

La aportación bibliográfica más completa sobre este interesante personaje corresponde al libro de José Javier Viñes titulado El Doctor Nicasio Landa: médico y escritor. Pamplona 1830-1891, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura-Institución Príncipe de Viana, 2001.

Aproximación a la narrativa de Rafael García Serrano

Comentaba en una entrada anterior que la producción literaria del escritor pamplonés Rafael García Serrano (1917-1988) es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas; pero que destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española.

Efectivamente, García Serrano es uno de los mejores novelistas que han escrito sobre la guerra, de la que hizo «su tema». Antonio Valencia ha hablado de «fidelidad absoluta a un tiempo-eje»; y así es, en efecto: Eugenio o Proclamación de la primavera (1938), La fiel Infantería (1943) y Plaza del Castillo (1951) constituyen una «colecta de novelas» —al autor no le gustaba la palabra trilogía— que fue reunida en 1964 bajo el significativo rótulo común de La guerra. Otras tres novelas, La ventana daba al río, Los ojos perdidos y La paz dura quince días fueron agrupadas también posteriormente con el título de Frente Norte. Estas seis novelas constituyen una serie que García Serrano denominó «Ópera Carrasclás, novelas de la gran guerra española (1936-1939)». El valor testimonial de todas estas novelas es parcial, ya que García Serrano utiliza su pluma como un instrumento propagandístico, casi como un arma: «Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición», escribió.

García de Nora ha señalado que sus novelas son «un apasionado canto al espíritu de guerra, una especie de apología de la violencia cívica». Tal afirmación resulta especialmente acertada para su primera novela, Eugenio o Proclamación de la primavera (de 1938, con reediciones en 1964, 1982 y 1995, y alguna más en fechas recientes), obra mitificadora del joven protagonista —que elige una muerte heroica «por la Patria, la Falange y el César» en las luchas de la primavera sangrienta de 1936— y que exalta el empleo de las armas —«Pedagogía de la pistola» se titula un capítulo—. García Serrano se nos muestra en esta novela con todo el apasionamiento de sus veinte años, aumentado por la falta de perspectiva respecto a los hechos narrados. Algo de ese violento ardor queda todavía en las novelas posteriores, si bien con el paso del tiempo la acritud inicial se irá atenuando un tanto. Es más, hay que destacar cierta actitud comprensiva —que apunta con frecuencia en los escritos de García Serrano— hacia quienes combatieron en el bando contrario; así, leemos por ejemplo en Plaza del Castillo (1951, reeditada en 1964 y 1981): «No hay que odiar a nuestros enemigos, porque mañana hemos de vivir con ellos». Y, con independencia de las ideas políticas defendidas por este autor, resulta innegable que García Serrano sabe moldear la prosa castellana con un estilo sencillo, castizo y directo —que no renuncia a los rasgos coloquiales y hasta vulgares—, bronco en muchas ocasiones y a veces poético, y casi siempre ameno.

Rafael García Serrano

Por otra parte, García Serrano es autor también de una novela histórica sobre la conquista de México, Cuando los dioses nacían en Extremadura (Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1949); en el prólogo el novelista explica su intención: «El argumento se lo inventó Cortés y el libro lo escribió Bernal. De modo y manera que hay bien poco margen para quienes nos aventuramos por el camino maravilloso de la Conquista de México. Tentado por cuanto de humanidad y de puro prodigio —esto es, de español— hay en Cortés y en sus hombres, intenté una especie de modesta biografía de la Conquista, un reportaje sencillo y admirativo» (p. 9). Después se encarga de explicitar los paralelismos existentes entre la epopeya mexicana y la contienda española, que son —para el escritor falangista— dos momentos distintos de la continuidad histórica del Imperio español. García Serrano ofrece, en fin, una visión idealizada de la conquista, entendida como misión divina: retrata en los conquistadores una raza de héroes-dioses que lucha providencialmente y refleja los valores patrióticos y religiosos del Régimen.

Escribió también una novela de anticipación política, V Centenario (1986), y algunos libros de relatos como Los toros de Iberia (1945, con reediciones en 1964 y 1995), El domingo por la tarde (1962), Retrato (al minuto) de un cabrón contemporáneo (1977), El obispo de Gambo (progre) (1978) y Las vacas de Olite (y otros asuntos de toros) (1980). Su producción se completa con otros títulos (ensayos, libros de viajes, memorias, recopilaciones de artículos periodísticos o diccionarios): Notas de un viaje de Roma a Buenos Aires (1949), Bailando hasta la Cruz del Sur (1953), Madrid, noche y día, itinerarios de la capital de España (1956), Feria de restos (paisajes, manjares, hombres y vinos de España) (1959), Franco y nuestro tiempo (1963), Los sanfermines, itinerario de una fiesta (1963), Diccionario para un macuto (1964 y 1979), El pino volador y otras historias militares (1964), Historia de una esquina (1964), La paz ha terminado: los «Dietarios personales» de 1974-1975 (1980), La gran esperanza (1983), Concierto para máquina de escribir y cinco toques de corneta (1984) y, póstumo, Cantatas de mi mochila (1992). Aunque no es la parte más importante de su producción, también podemos recordar dos libros de poemas: Cock-tail (1934), en colaboración con José María Pérez-Salazar, y Poemas desangelados (escritos durante la guerra civil, pero no publicados hasta 1982). Aparte quedarían sus guiones cinematográficos[1].


[1] Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Breve semblanza de Rafael García Serrano (1917-1988)

Figura destacada en el panorama de la literatura navarra de posguerra es la de Rafael García Serrano (Pamplona, 1917-1988). Escribe José María Romera:

Si en [Ángel María] Pascual la sensibilidad literaria se impone sobre la ideología, no puede afirmarse lo mismo de otro importante escritor navarro que surge de la misma tendencia: Rafael García Serrano […]. La guerra civil, vista desde el frente vencedor, es el tema casi único de sus escritos (cuentos, novelas, artículos de prensa), agitadas soflamas del más exagerado fascismo que se mueven entre la evocación del levantamiento y, posteriormente, la lamentación por el declive de un régimen en decadencia. […] Pese a esta declarada subordinación de la literatura a la causa política, García Serrano se revela pronto como un buen novelista. […] Pero es su militancia activa en el terreno del periodismo la que más destaca a partir de los años 50; en sus artículos está perfectamente reflejada su prosa vehemente, ácida, no pocas veces ingeniosa, panfletaria, procaz, que, de no haber sido puesta al servicio único de su ideología, podría haber dado mejores frutos[1].

En efecto, Rafael García Serrano es un caso de vocación literaria precoz y jamás desatendida en esas dos vertientes fundamentales del libro y del periodismo. Falangista desde 1934, al producirse el Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936, García Serrano —Rafael García Serranoque tiene diecinueve años y se encuentra en Pamplona— se integra en una escuadra falangista y se incorpora a la columna de autobuses que, al día siguiente, transporta a los voluntarios que marchan hacia Madrid. Combatirá con las tropas de García Escámez en las alturas de Somosierra. Al poco tiempo, tiene que ser evacuado a un hospital de Pamplona al infectársele una herida. Tras dos meses de convalecencia, se incorpora a la redacción de Arriba España y, en octubre, pasa a ser su subdirector, trabajando como corresponsal de este periódico en el frente Norte, en el de Madrid y en el de Huesca.

Se integra después en una bandera en formación que será destinada a realizar patrullas por las mugas del Roncal, en la frontera con Francia. Más tarde sigue el curso de alféreces provisionales en la Academia de Ávila. Es enviado ahora al frente de Teruel pero, aquejado de una enfermedad, en el invierno de 1937 tiene que ser nuevamente evacuado: una pulmonía doble será el principio de un proceso tuberculoso que le obliga a pasar la última fase de la guerra alejado de los combates; es más, García Serrano habrá de vivir cinco años en sanatorios y hospitales. Me he detenido en la peripecia vital de García Serrano porque hay mucho de autobiográfico en su obra, en especial en el personaje de Ramón de su novela La fiel Infantería.

Tras publicar sus primeras novelas, Eugenio (1938) y La fiel Infantería (1943), García Serrano se convierte en Jefe Nacional de Prensa y Propaganda del Frente de Juventudes. Ejerce el periodismo en la prensa del Movimiento; así, de 1945 a 1957 trabaja para Arriba, periódico del que será corresponsal en Roma. Realiza dos viajes por Hispanoamérica con el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange. Escribe también en Primer plano, Siete flechas y, desde 1974, en El Alcázar. García Serrano permanecerá siempre fiel a su ideología falangista, incluso tras la incorporación de la Falange a los principios del Movimiento Nacional. A la muerte del general Franco, con el proceso de transición hacia la democracia, verá derrumbarse todo su entramado ideológico: según García Serrano, los vencedores de la guerra se encuentran ahora derrotados, de ahí que simpatice con la intentona golpista de 1981. Falleció el día de la Hispanidad de 1988, sin haberse desviado un ápice de las ideas que venía sosteniendo desde 1934.

La producción literaria de este escritor pamplonés es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas. Pero destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española. Tendremos ocasión de comprobarlo en una próxima entrada.


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Mediterráneo, 1993, p. 190a. Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel Infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Semblanza de Ángel María Pascual (1911-1947)

Ángel María Pascual[1], nacido en Pamplona en 1911, fallecido en 1947, fue, ante todo, periodista. Como se ha señalado, en sus varios trabajos como articulista, dibujante y diseñador tipográfico en Diario de Navarra, Arriba España de Pamplona y la revista Jerarquía se encuentra la base de su producción literaria. Él mismo escribió a este respecto: «Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo». En efecto, después de afiliarse a Falange, fue fundador y director de Arriba España, y editor y artífice asimismo de Jerarquía. Desempeñó además otros cargos públicos: Delegado provincial de Educación Nacional de Navarra, Jefe provincial del Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, Presidente de la Asociación de la Prensa de Pamplona, director de la Hoja del Lunes, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona. Como periodista, mantuvo diversas secciones, por ejemplo en Diario de Navarra «Cymbalum Mundi» y «Tijerefonemas»; otra destacada columna suya fue «Silva curiosa de historias» (de 1931 a 1937). Colaboró en El Español con la sección «Cartas de Cosmosia», que son «breves artículos de actualidad vistos y tratados desde el prisma de una pequeña capital de provincia»[2]. Colaboró además en numerosas publicaciones: Juventud, Estafeta Literaria, Vida Vasca, Vértice, Santo y Seña y La Voz de España de Santiago de Chile.

Ángel María Pascual

Sus principales títulos literarios son Amadís (Madrid, Espasa Calpe, 1943), novela de tendencia anti-realista en la que acomoda el mito literario caballeresco a la historia coetánea (José Antonio Primo de Rivera es equiparado a Amadís); Don Tritonel de España (Bilbao, Departamento de Propaganda. Frente de Juventudes SEU, 1944); Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto (1947, con una segunda edición de 1971 y otra más reciente, en el año 1997, a cargo del Gobierno de Navarra); y ya póstumos: Catilina. Una ficha política (1948, con reedición de Barcelona, Sirmio, 1989); San Jorge o la política del dragón (1949, reeditada hace unos años junto con Eugenio o Proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, Madrid, Fundación Editorial San Fernando, 1995); Glosas a la ciudad (Pamplona, Morea, 1963), que es una recopilación de artículos periodísticos de Arriba España escritos entre octubre de 1945 y abril de 1947 con semblanzas, recuerdos, paisajes, evocaciones nostálgicas, etc.; y Silva curiosa de historias (Pamplona, Pamiela, 1987), con introducción y selección de Miguel Sánchez-Ostiz. También es autor de una traducción del tratado De monarchia de Dante (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947). En los últimos años el Gobierno de Navarra está publicando —con estudios preliminares de Miguel Sánchez-Ostiz— las obras completas de este interesante, cuanto poco conocido, autor pamplonés, que incluso cuando desciende al terreno del panfleto de propaganda política —caso del Don Tritonel de Españaconserva en su prosa rasgos de buena literatura.

Es esta una curiosa obra de Pascual publicada como número 10 de una colección llamada «Ediciones para el bolsillo de la Camisa Azul». Comienza calcando las técnicas y estructuras narrativas de los viejos libros de caballerías: se refiere en ella la educación del niño Tritonel, que fue encontrado en el agua, dentro de un tonel, por el ermitaño Beltenebros, que antes había sido caballero y ahora vive en una isla deshabitada. Los consejos del anciano se mezclan con diversas reflexiones y evocaciones de la España imperial, cuyo espíritu trata de recuperar la Falange, de forma que el librito pronto degenera en panfleto político. Por su corta extensión podría ser una novela corta, pero es obra difícil de clasificar desde el punto de vista genérico —lo mismo que Amadís—, situada entre la literatura y la política.

De mucha mayor calidad literaria son sus Glosas a la ciudad (1963). Escribe Miguel Sánchez-Ostiz:

Los motivos de los escritos literarios de Pascual son los hechos más anodinos de la realidad cotidiana, los más intrascendentes o los más relevantes, mostrados siempre desde su cara oculta. […] Todo lo que en sus primeros artículos e incluso en su Amadís era una mezcla de clasicismo y barroco, con mayor predominio de este segundo, se transforma en sencillez en las glosas; una sencillez que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la descripción exacta, al detalle minucioso y a un lirismo nada banal, alcanzando la intensidad del poema en prosa. Pecarán a veces, si se quiere, de una nostalgia complaciente hacia un mundo amable, mucho más amable que la época concreta en que estas glosas fueron escritas; pero también expresan el deseo de una ciudad mejor, de una sociedad mejor. Podrá mostrarse irónico, humorístico, mordaz o melancólico o entusiasmado hacia las cosas y las gentes de su ciudad; pero al fondo […] siempre está la «Capital de tercer orden» que Pascual quiso mejorar[3].

En 1987 la editorial Pamiela publicó otra selección de artículos periodísticos de Pascual titulada Silva curiosa de historias, coincidiendo con la celebración de unas Jornadas (los días 14-17 de diciembre de ese año) con motivo del 50 aniversario de su muerte. Estas silvas son, en opinión de nuevo de Sánchez-Ostiz,

historias «inéditas y antiguas» de Pamplona, de los siglos XVI al XIX, que componen un mosaico de los oficios, las devociones, los afanes, las diversiones, los grandes y pequeños acontecimientos que dejaron su huella en los legajos, los personajes de primer y segundo orden, los hechos de armas de la ciudad, unas viñetas escritas en un estilo voluntariamente anacrónico, paródico de un lenguaje arcaico y llenas de humor[4].

Asimismo cabe destacar el interés de la poesía de Ángel María Pascual. Su poemario Capital de tercer orden constituye un retrato de una ciudad provinciana, cuya vida anodina y gris va quedando reflejada en los versos de estos poemas («Consumos», «La calle», «Café», «Melopea parda», «Mercado», «Un balcón», «Urinario», «Novillada», «Hotel», «Pesadilla», «Casas baratas», «Vitrina de fotógrafo», «Soledad», «Casino», «Entierro», «Juerga», «Viático en el suburbio», «Jardín público» y «Estación»). Las composiciones van precedidas de la siguiente indicación: «Cualquier coincidencia con una ciudad existente es siempre casual», y el libro se cierra con un poético —y desengañado— «Envío». El citado Sánchez-Ostiz, en su estudio preliminar a la reedición del poemario, ha señalado que los poemas de Capital de tercer orden son menos formales y culturalistas y más decididamente prosaístas que otros inéditos suyos:

Son distintos a cuanto había publicado Pascual hasta entonces y una vez más, imagino, habrían chocado con toda seguridad en la Pamplona de 1947. Resultaban sobrecogedores por su desesperanza, por su amargura, por su dolor de fondo, por la crudeza con que nombra las cosas en apariencia quietas del mundo entorno, por el desconcierto del poeta que sostiene esos versos[5].

Reproduzco un fragmento de «Melopea parda», que refleja el ambiente de una ciudad —Pamplona o cualquier otra de la primera posguerra— gris y llena de tedio:

Es la hora indecisa. Pronto los gatos pardos
y los cerros pardos
y los tejados pardos
y los mendigos pardos.
Todo es pardo.

Viste de pardo el tardo labriego
y el santero que lleva un Niño milagrero
y el peregrino que canta su «Deogracias»
nocherniego.
Todo es pardo.

[…]

Junto a la última farola crece un cardo.
Color de miseria, nacional tabardo.
Todo es pardo.
pardo, pardo, pardo, pardo, pardo.


[1] Ver para más detalles el trabajo de Juan María Lecea Yábar, «Ángel María Pascual (1911-1947)», Príncipe de Viana, septiembre-diciembre de 1998a, año LIX, núm. 215, pp. 859-874.

[2] Miguel Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IX, p. 45.

[3] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, pp. 46-47.

[4] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, p. 47.

[5] Sánchez-Ostiz, prólogo a Ángel María Pascual, Capital de tercer orden, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, p. 16.

«El maestro de Carrasqueda» y «San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno

Los puntos de contacto del cuento de Unamuno «El maestro de Carrasqueda»[1] con la novela San Manuel Bueno, mártir son varios, tanto es así que su texto podría ser considerado un precedente –lejano, eso sí– del relato de 1931. El primer paralelismo lo tenemos en el tema de fondo: «El maestro de Carrasqueda» nos presenta a una comunidad aldeana que vive espiritualmente animada gracias al esfuerzo de un hombre de valía excepcional, y algo similar ocurrirá en San Manuel. En la novela, el sacerdote tratará de transmitir la fe a sus parroquianos de Valverde de Lucerna; en este relato es sobre todo el progreso material, pero también el espiritual, el que trata de llevarles don Casiano. Don Manuel convierte al pueblo en su monasterio y finge una fe que no tiene para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos; algo parecido es lo que intenta don Casiano, que también vive solamente para sus vecinos: «He derramado mi espíritu en Carrasqueda […] Carrasqueda es mi mundo […] Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (pp. 151-152). Además, como sucede en la novela, la evocación del guía ocurre poco después de su muerte y por parte de una persona que llegó a conocerle en vida[2].

A lo largo de todo el cuento el narrador insiste en describir la acción benefactora de don Casiano, que «se vaciaba el corazón ante los alumnos». Él ha sido el auténtico regenerador del pueblo, a cuyos habitantes ha conseguido quitar el pelo de la dehesa, venciendo su suciedad y su ignorancia, es decir, limpiando las impurezas materiales y espirituales. Se dice, en efecto, que «les mondó cuerpos y mentes» y que les enseñó sobre todo «a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua» (p. 150)[3]. En todo momento es consciente de lo sordo de su lucha, pero también del valor de la misma, y así lo reconoce ante Ramonete:

¿Qué prefieres, que tu nombre trasponga el Pirineo y ande en bocas de extraños, o que tu alma se derrame en silencio por España, entre los que piensan con la lengua que piensas tú? […] Sí, se lo que vas a decirme: [en un lugarejo] se embrutece, se envilece y se empobrece. Pero ¿no era mi deber trabajar para que se humanizaran, ennoblecieran y enriquecieran tus hermanos los carrasquedeños? (pp. 151-152).

Si, a la hora de la agonía, don Manuel pide que le lleven junto al altar para morir en el seno de la iglesia –de la iglesia de Valverde de Lucerna–, don Casiano es llevado en el mismo trance a la escuela, que era su púlpito; desde su ventana se ve el paisaje de la montaña (recuérdese la importancia del simbolismo del lago y de la montaña en San Manuel). Todavía se pueden señalar más analogías entre ambos textos. En la novela, el sacerdote se identificaba de forma muy clara con Cristo, con el Cristo agonizante en la Cruz. Pues bien, en «El maestro de Carrasqueda» son varias las alusiones cristológicas referidas a don Casiano: igual que Jesús, nuestro protagonista es «el maestro», tiene algunos discípulos y uno de ellos es su predilecto; como el Nazareno, habla por medio de parábolas: las palabras con que se inicia el relato no son otra cosa que una parábola, y luego, en la p. 150, se afirma explícitamente: «Era en el campo, entre los sembrados, bajo el infinito tornavoz del cielo, donde, rodeado de los chicuelos […] le brotaban las parábolas del corazón».

Más adelante se recuerda otro testimonio suyo: «Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (p. 152), que enlaza (sobre todo por el empleo del verbo enterrar) con la cita del cuarto Evangelio que hace escribir en el encerado de la escuela a la hora de su muerte: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él sólo queda; mas si muriere, lleva mucho fruto» (p. 153). Para algunos de sus convecinos don Casiano ha sido una voz que clamaba en el desierto; sin embargo, sabemos que su semilla ha caído en buena tierra y ha fructificado en su hijo espiritual, don Ramón Quejana, el Rehacedor y, a través de este, en todo el pueblo. Su inmolación personal ha sido necesaria para que su palabra surtiese todo su benéfico efecto: el maestro se ha sacrificado por los demás, entregándose a los vecinos del pueblo de Carrasqueda en una especie de comunión espiritual. En el último consejo dado a don Ramón antes de fallecer le pide que siga transmitiendo sus enseñanzas a los demás, que se convierta en un verdadero espíritu vivificador:

Y calló para siempre. Y Quejana besó aquella boca, sellada para siempre por el supremo silencio, y al besarla cayeron de los ojos vivos del discípulo dos lágrimas a los ojos del maestro, fijos en la eternidad (p. 154).

Esas dos lágrimas pasando de los ojos del vivo a los del muerto simbolizan la continuidad de sus ideas, el trasvase de la savia nutricia del uno a otro, la asimilación del mensaje y de las enseñanzas. Don Casiano y don Ramón, unidos en la eternidad de las ideas, se convierten en los padres espirituales del pueblo de Carrasqueda de Abajo, trasunto a su vez, claro está, de la patria española en decadencia.

Miguel de Unamuno


[1] Cito por Miguel de Unamuno, Cuentos de mí mismo, selección e introducción de Jesús Gálvez Yagüe, Madrid, Libros Clan A. Gráficas, 1997, pp. 147-154.

[2] El narrador, en efecto, ha conocido a don Casiano, como revelan estas palabras suyas: «¡Todo un alma aquel pobre maestro de escuela de Carrasqueda de Abajo! Los que le hemos conocido […] anciano, achacoso, resignado y humilde, a duras penas lograremos figurarnos a aquel joven fogoso, henchido de ambiciones y de ensueños, que llegó hacia 1920 al entonces pobre lugarejo en que acaba de morir, a ese Carrasqueda de Abajo, célebre hoy por haber en él nacido nuestro don Ramón Quejana, a quien muchos llaman el Rehacedor» (p. 148).

[3] En un pasaje reforzado estilísticamente por el polisíndeton de la conjunción copulativa y: «Y cuando aquellos niños se hicieron hombres y padres, don Casiano les hacía leer los domingos, comentándoles lo que leían, y les mondó cuerpos y mentes, y les enseñó a cubrir el estiércol y a aprovecharlo, y, sobre todo, a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua».