«El rayo verde», de Julia Guerra

Tras «Desde el olvido» y «Mediterráneo», transcribo hoy otro poema de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Forma parte de la segunda parte, «Ritual de caracolas», de su poemario Cárcel de la memoria (1991).

El rayo verde es un fenómeno óptico atmosférico que ocurre al amanecer y al atardecer, donde la luz del sol se descompone por la atmósfera y crea un destello verde visible durante uno o dos segundos justo antes de que el sol se oculte o después de que aparezca. La creencia popular dice que ver el rayo verde otorga felicidad para toda la vida; y si una pareja lo ve junta, se dice que sella su amor, y a esto es a lo que parece aludir el poema.

Rayo verde

La soledad desbocada de sus venas
acelera el fuelle de un triste corazón.
Fuego, volcán inapagable,
erupción cotidiana de ansiedad y temor.
Busca sin saber detenerse.
Su quebrada sonrisa nos iguala el cansancio.
Inesperadamente
el fenómeno extraño se produce.
De madrugada con el cálido gesto
                     del Amor
revoloteando en plumas de sorpresa,
ella ve aparecer el rayo verde[1].


[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 70.

«Mediterráneo», de Julia Guerra

Ayer traía al blog el poema «Desde el olvido», de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Copio hoy una segunda composición de su poemario Cárcel de la memoria (1991), también de la sección «Entre las algas», en la que el desengaño amoroso expresado por la voz lírica queda subrayado por el irónico final.

Invitación de boda

Un día,
acaso lo recuerdes,
construimos una gran casa de cristal
dibujando los sueños más profundos
dando vida al Amor en otras vidas.

Tú ibas a ser marino.
Yo, escritora.

Dime,
¿por qué llegó el invierno ahogándonos en sombras?
El destino es cruel y ahora se ríe.
Acabas de llamarme.
                     Me invitas a tu boda[1].


[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 38. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.

Un poema de Julia Guerra: «Desde el olvido»

La obra poética de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008) está formada por los siguientes títulos: Testamento de lunas (1983), Los hijos de la sombra (1986), Cárcel de la memoria (1992), Al viento (1996) y Dos orillas (2003, poemario bilingüe árabe-español).

Su volumen poético Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991) fue publicado con una ayuda a la Creación Literaria del Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra. Está formado por dos secciones, «Entre las algas» (36 poemas) y «Ritual de caracolas» (otras 30 composiciones), y los textos están acompañados por bellas ilustraciones de Piluca Aranguren Ilarregui. «Desde el olvido» es el séptimo poema de la primera sección, y constituye un buen ejemplo de la temática amorosa —de desamor, más bien— que reflejan varios de los poemas aquí incluidos.

Olvido y desamor

No he visto los ojos necesarios.
Ni las pequeñas manos que aprisionan las rosas.
Ni tus labios de fuego
                abrasando mi ausencia.
Preguntarás sin saber responderte.
Te quiero.
Te quiero detrás de nuestra sombra.
Detrás del desamor.
                Desde el olvido.

[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 16.

Un soneto de Josefina de la Torre: «Cuando veo mi imagen reflejada…»

De Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, he traído al blog estos días sus poemas «¡Gritar, gritar a la luna…», «¡Cómo temblaban mis labios…» y «Qué repetido deseo…». A su poemario Medida del tiempo (inédito hasta 1989) pertenece este soneto, de tono dolorido y gran fuerza expresiva:

José Gutiérrez Solana, [Mujer ante el espejo] (1963). Calcografía Nacional (Madrid), núm. de inventario: E-6724.
José Gutiérrez Solana, [Mujer ante el espejo] (1963). Calcografía Nacional (Madrid), núm. de inventario: E-6724.

Cuando veo mi imagen reflejada
en la luna impasible del espejo,
siento cómo me duele su reflejo
tan fiel a mi verdad enajenada.

Esta forma que late y se rebela,
un tiempo fue de amor y fue de vida;
y aún hoy, que huellas saben de su huida,
queda una voz para su luz en vela.

Pero un día vendrá el irremediable
que a este espejo me asome, ya acabada.
Y la raíz de fuego insobornable 

que crece en mi interior, aún no saciada,
conmoverá la cárcel indomable
con su llanto de ruina abandonada[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 289.

«Qué repetido deseo…», de Josefina de la Torre

Tras «¡Gritar, gritar a la luna…» y «¡Cómo temblaban mis labios…», de Josefina de la Torre (1907-2002), poeta canaria de la Generación del 27, añado hoy «Qué repetido deseo…», también de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, que presentan algunas rimas asonantes, de forma esporádica.

La dormeuse (1932), de Tamara de Lempicka. Colección privada.
La dormeuse (1932), de Tamara de Lempicka. Colección privada.

Qué repetido deseo,
todo igual y siempre el mismo,
distinto y otro, inconsciente,
confundido y tan preciso,
se me va quedando dentro
escondido y dueño solo,
perdido y presente siempre.
Altas noches, muros largos,
patios de la madrugada.
Y mi deseo rodando
—número de circo— libre.
Una y otra vez, alerta
dando la voz en mis sienes,
centinela de mi pecho,
fiel compañero constante.
Qué repetido deseo
tan inseguro y tan firme,
ignorada certidumbre.
Distancia, viento y espacio[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 283.

Otro poema de Josefina de la Torre: «¡Cómo temblaban mis labios…»

Copiaba ayer el poema «¡Gritar, gritar a la luna…», de Josefina de la Torre (Las Palmas de Gran Canaria, 1907-Madrid, 2002), poeta de la Generación del 27, y hoy traigo otra composición suya, esta de Poemas de la isla (1930). Se construye con versos octosílabos, varios de ellos con rima asonante en é o, pero la estructura métrica no es la de un romance. Las repeticiones paralelísticas contribuyen también a crear un ritmo que tiene la gracia de la poesía popular.

Paisaje de labios, de Patrik Molntuss
Paisaje de labios, de Patrik Molntuss.

¡Cómo temblaban mis labios
al despertarme mi sueño!
¡Qué parado mi deseo!
Mi pensamiento, qué libre
por los caminos del viento.
Cuando cerraba los ojos,
el día los iba abriendo;
yo recogiendo mi imagen,
él desdoblando su anhelo.
¡Cómo temblaban mis labios
a la sombra de mi sueño![1]


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, pp. 282-283.

Un poema de Josefina de la Torre: «¡Gritar, gritar a la luna…»

Josefina de la Torre Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1907-Madrid, 2002) forma parte de la nómina amplia de la Generación del 27, y también del grupo de «Las Sinsombrero». Además de poeta, fue novelista, cantante lírica, actriz y guionista. Entre sus títulos poéticos se cuentan Versos y estampas (Málaga, Litoral, 1927), Poemas de la isla (Barcelona, Altés, 1930), Marzo incompleto (en la revista Azor, 1933, con otras ediciones posteriores en 1947 y 1968), Poemas de la isla, en edición de Lázaro Santana (en la Biblioteca Básica Canaria de la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1989), que incluye los tres libros anteriores más el inédito Medida del tiempo, o Poemas (Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2003 y Santa Cruz de Tenerife, Interseptem, 2004). En 2020 se ha publicado su Poesía completa (Madrid, Torremozas), en edición de Fran Garcerá, en dos volúmenes, que recogen su obra poética de 1916 a 1925 y de 1936 a 1989. Se incluye aquí Mi dolor, poemario inédito hasta entonces escrito tras la muerte de su marido en 1980.

Luna y velero sobre el mar

Su poema —un romance, forma estrófica tradicional cara a la poeta— que comienza «¡Gritar, gritar a la luna…» pertenece a Medida del tiempo (1989), y dice así:

¡Gritar, gritar a la luna
estática sobre el cielo!
Luz de abierta noche amarga
y rebeldías sin ecos…
¡Lanzar la voz que despierte
 todas las cuerdas del viento!
Claro mar del horizonte,
velero que arriba al puerto…
Conquista de lo imposible
en los brazos del encuentro.
Rotas las cadenas muertas,
libre de espacios el vuelo.
Pero la noche es violenta
y es violento su desvelo.
¡Ay, el dolor que no puede
ni ser dolor ni ser duelo!
Altas y abiertas ventanas
como pupilas de ciego
se van tragando las sombras
enhebradas de lamentos.
Entre las sábanas frías
la línea recta del cuerpo
hace estremecer de angustia
las tinieblas de lo incierto.
Y en el hueco del oído
donde se afianza lo eterno,
acompasado y monótono
marca segundos el péndulo[1].


[1] Lo cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 288. En el verso 12 prefiero transcribir «el vuelo», frente a la lectura «al vuelo» que trae esta edición.

Un soneto de Ernestina de Champourcin: «Búscame en ti. La flecha de mi vida…»

De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya había transcrito aquí su poema navideño «Contemplación de María». Como bien escribe José Luis Ferris, «Ernestina de Champourcin fue, con distancia, una de las poetas más prolíficas de su generación, con más de veinte libros publicados y una extensa lista de poemas diseminados, desde los años veinte, por múltiples y prestigiosos diarios y revistas»[1]. Vaya para hoy este bello soneto de La voz en el viento (1931), «construido con una retórica que tiene en el símbolo cancioneril o místico su base, aquí destinada a la expresión del amor humano, que a la altura de 1930 constituye para Champourcín uno de sus temas poéticos preferidos»[2].

Flecha atravesando dos corazones

Búscame en ti. La flecha de mi vida
ha clavado sus rumbos en tu pecho
y esquivo entre tus brazos el acecho
de las cien rutas que mi paso olvida.

Despójame del ansia desmedida
que abrasaba mi espíritu en barbecho.
El roce de tus manos ha deshecho
la audacia de mi frente envanecida.

Navegaré en tus pulsos. Dicha inerte
del silencio total. Ávida muerte
donde renacen, tuyos, mis sentidos.

Ahoga entre tus labios mi tristeza,
y esta inquietud punzante que ya empieza
a taladrar mi sien con sus latidos[3].


[1] José Luis Ferris, en Mujeres del 27. Antología poética, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 255.

[2] Francisco Javier Díez de Revenga, en Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, p. 631.

[3] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, pp. 630-631. En el verso 3 edito «tus» en vez de la lectura «sus» que trae la transcripción de Díez de Revenga.

«Huerto de Melibea», de María Victoria Atencia

Vaya para hoy este breve poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), uno de los muchos suyos en los que encontramos reminiscencias de nuestros clásicos. Aquí, de la Celestina (recordemos las palabras de Calisto, en el Acto I; cuando Sempronio le pregunta ¿Tú no eres cristiano?, él responde: «¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo»).

Huerto de Melibea (Salamanca).

El poema es el segundo de la sección «En el joyero Tiffanyʼs» de su poemario El coleccionista (1979):

Escribió en su poema mi nombre, ya inmortal,
y me subió con él en su carro de fuego.
de por vida o por muerte —conceptos revisables—
en Melibea creo y de Calisto soy[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 128.

«Canción de invierno y de verano», de Ángel González

En entradas anteriores he transcrito aquí algunas composiciones de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. A «Inventario de lugares propicios al amor», «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud» añado hoy «Canción de invierno y de verano», que es el noveno poema de la sección «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», del mismo libro. Dice así:

Valparaíso

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico Sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
—rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.