Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la voz

Uno de los aspectos más interesantes relativos al estudio de la oralidad en esta novela de Navarro Villoslada[1] lo podemos encontrar al rastrear las distintas indicaciones que sobre las modulaciones, las inflexiones o el timbre de la voz de los personajes va haciendo el narrador. Estas indicaciones relativas a la voz pueden ser acordes con el carácter habitual del personaje (es decir, refuerzan su caracterización psicológica) o bien corresponden a distintos estados de ánimo (ira, alegría, dolor, desesperación, etc.).

La voz de Amaya, la heroína, como no podía ser menos, es dulce y armoniosa. Ya desde el principio se nos dice que «cantaba como un ángel» (p. 36). Se habla también de «la dulcísima voz de Amaya» (p. 301) y del «suavísimo acento de la dama» (p. 167). En un pasaje determinado tiene que hacer frente a una turba de ciudadanos exaltados, y entonces les habla «con acento que ablandaba las rocas y amansaba las fieras» (p. 520). Sin embargo, en otro momento de tensión, al pensar que su amado García ha podido morir a manos de la multitud, pregunta por él «con un acento sordo y hueco, que nunca había salido de aquella garganta de ruiseñor» (p. 523). Como vemos, el propio narrador manifiesta el contraste entre su tono de voz normal y el de la ocasión presente.

La voz de Lorea, madre de Amaya, es también especialmente hermosa. Dice Ranimiro, su esposo: «Su voz era argentina, conmovedora y privilegiada. La misma, la misma voz, duque Favila, que acaba de resonar en este aposento con la canción de Aníbal» (p. 46). Es decir, la misma voz que la de Amaya, que acababa de entonar esa canción vascongada. Su voz puede ser «solemne y misteriosa» al referirse al cumplimiento de las profecías de Aitor, pero inmediatamente se torna en una voz «tan suave y tan hermosa que parecía del otro mundo» (p. 54).

Por lo que llevamos examinado, sabemos ya que la voz es un elemento importante que caracteriza a todas las mujeres descendientes del gran patriarca vasco Aitor: Lorea, Amaya, y también su tía Amagoya, como veremos después. De hecho, al final de la novela, Amagoya reconoce que su sobrina Amaya es verdaderamente la persona a quien corresponde conservar la tradición y los tesoros de Aitor precisamente por la voz, cuando canta de nuevo unas estrofas del canto de Aníbal:

Amagoya la escuchó con asombro, con embeleso, como quien percibe real y verdaderamente los ecos con que ha soñado.

—¡Amaya! —exclamó—. ¡Tú eres hija de Aitor! Eso no se aprende: eso se transmite, se hereda… ¡Amaya! ¡Tu madre cantaba así! ¡Tus antepasados cantaban así! ¡Yo canto así! ¡Amaya! ¡Tú no eres extraña en la familia de Aitor! ¡Su casa es tu casa!

—Y en ésta se han conservado fielmente —respondió la princesa— las tradiciones y cantares de la patria de mi madre (pp. 694-695).

En definitiva, esta voz especial es patrimonio exclusivo del linaje de Aitor, y se aprecia particularmente al recitar o cantar los textos transmitidos de generación en generación por vía oral.

Amaya_Comic

Me he detenido en estos tres personajes femeninos por ser su voz un rasgo caracterizador esencial en ellos, una marca de pertenencia a la ilustre familia del viejo patriarca. Sin embargo, el narrador nos ofrece informaciones relativas a la voz de otros personajes. Por ejemplo, Plácida, mujer del anciano Miguel de Goñi, recuerda que han muerto cuatro hijos suyos en la guerra secular que enfrenta a vascos y godos, pero afirma «con voz entera como la de una leona» (p. 62) que le quedan otros cuatro dispuestos al mismo sacrificio.

Ranimiro, padre de Amaya, es un guerrero godo que sabe alternar una severa rigidez con una dulzura amable, según con quién trate, y eso se refleja también en los cambios de su voz: «Parecía imposible […] que aquella voz que vibraba de placer y cariño, hiciese de pronto estremecer con severo y a veces terrible acento» (p. 31).

Olalla, una jovencita labradora de gran desparpajo, posee una voz «de argentinos ecos» (p. 132) y su madre Petronila, apodada por los demás «la loca», canta o, mejor, recita «en perdurable tono de salmodia» de forma tal que parece «que llora con la voz, a falta de lágrimas» (p. 135). Esta aparente loca —en realidad muy cuerda— tiene la misión de salvar a los personajes principales acudiendo en su ayuda en los momentos delicados o de peligro para ellos. Sus apariciones suelen ser entonces bruscas, inesperadas, lo que hace que su tono de voz se corresponda con la situación:

Momentos después resonó dentro una voz estentórea que decía rugiendo, como una leona sorprendida delante de sus cachorros:

—¡Atrás, Abraham Aben Hezra, atrás!

[…]

—¡Atrás tú también, viuda de Basurde! —dijo la misma tremenda voz (p. 344).

En el diálogo que mantienen Asier y Munio en la página 380 vemos —¿oímos?— al primero expresarse con «severo y terrible acento», «con voz sorda, pero profunda y aterradora». En otro momento, se disfraza de Basajaun, personaje mitológico vasco, señor de la selva, para salir al paso de Teodosio de Goñi y provocar en él unos celos asesinos. Entonces, como corresponde al personaje que imita, emplea «una voz terrible, que más parecía rugido de fiera que humano acento», una voz «que asemejaba al rugido del león» (pp. 618 y 621, respectivamente).

Uno de los pocos personajes caracterizados negativamente en la obra es el falso ermitaño Pacomio —en realidad, un rabino judío padre de Aser—. Al ver desbaratados sus planes de venganza por la súbita aparición de Petronila que antes mencionaba, su voz refleja su temor, al convertirse en el «cavernoso acento del moribundo» (p. 344). En cambio, al reclamar a su hijo el secreto del tesoro utiliza una voz «hueca, perentoria, que no admitía réplica», «pavorosa, […] sorda y seca» (pp. 442 y 447).

Por supuesto, las indicaciones de este tipo (si un personaje habla murmurando, en voz baja o gritando, con voz amable o enérgica…) abundan a lo largo de la novela y no es posible consignarlas todas aquí. Me he limitado a señalar aquellas que me parecieron más importantes y significativas.


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: el valor de una vocal

Amaya[1], novela histórica de Francisco Navarro Villoslada, es un libro interesante para estudiar algunos aspectos de la oralidad —y la literalidad— porque nos traslada, como el subtítulo indica (Los vascos en el siglo VIII), a una época histórica en la que la comunicación era eminentemente oral. Como veremos, la mezcla de personajes de distintas razas, culturas y religiones, a saber, vascos, godos y judíos, hace necesarias muchas indicaciones del narrador, consciente del problema que supone el empleo de distintos idiomas por parte de ellos. Algunos de los personajes son hombres  orales, y alguno hasta se jacta de ello, al mostrar cierto desprecio por la letra escrita, como veremos. Sin embargo, existen muchos otros rasgos interesantes que trataré de analizar en sucesivas entradas.

En el subgénero narrativo a que pertenece esta novela, el histórico, uno de los recursos habituales para mantener la intriga es la ocultación de la personalidad de alguno de los personajes. En nuestro caso, uno de ellos es conocido hasta por tres nombres distintos: Eudón, Aser y Asier. Ahora nos interesan los dos últimos: cuando se presenta ante Amagoya, fiel guardadora de las tradiciones vascas, dice su verdadero nombre, que es el de Aser; pero ella no oye este nombre judío, sino que en sus oídos suena el de Asier, nombre que en vascuence significa ‘principio’ y que lo relacionaría con las proféticas palabras de Aitor, el patriarca de los vascos, «Amaya da asiera» (el fin es el principio).

Así pues, esta confusión relativa a este personaje  deriva de un fallo en la percepción oral. Veamos cómo lo explica el propio personaje; está hablando de la buena acogida que tuvo al llegar al caserío de Amagoya:

—¿Cómo te llamas?, me preguntó ésta. Aser, le contesté sencillamente; y ella se inmutó, me miró de hito en hito como embebecida en hondas imaginaciones, como arrobada de los sentidos, y tan extraña escena terminó con un abrazo, durante el cual me daba el nombre de Asier. No la contradije, pues tan bien me iba con la añadidura de una letra a las de mi nombre. Había comprendido Amagoya que yo le respondí Asier, palabra vascongada que significa Fin[2], y vos me explicasteis la importancia que tenía  (p. 450).

En efecto, no será lo mismo para el ambicioso Eudón ser un simple judío, personaje despreciable, situado en el último puesto del escalafón social de la época, que ser el profetizado y esperado Asier, vasco destinado a casarse con Amaya, para que el fin y el principio, el principio y el fin, se unan.

PersonajesAmaya


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] En realidad, asier o hasier, en vascuence, significa ‘principio’.

Navarro Villoslada, poeta: «Miserere» y «¡Cuál yace desamparada…!»

El poema de Francisco Navarro Villoslada titulado «Miserere» (Obra poética, núm. 49), romance con rima en , es un lamento del yo lírico que se dirige compungido a Dios pidiendo compasión. Se trata, claro está, de una paráfrasis del salmo 51 (50): «Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam…». Su estructura es circular: comienza con un «¡Compadécete, Dios mío, / compadécete de mí; / por tu gran misericordia / ten piedad de este infeliz!»; y termina —después de los yerros del pecador, que con sus actos ha negado en reiteradas ocasiones a Dios— con estas palabras: «¡Perdón, Dios mío, perdón; / ten piedad de este infeliz!».

Misericordia

Este es el texto del poema:

¡Compadécete, Dios mío,
compadécete de mí;
por tu gran misericordia
ten piedad de este infeliz!
La sombra de tu mirada
puede solo descubrir
del piélago de mis culpas
el negro abismo sin fin.
Yo seguía tus senderos,
yo, Señor, te conocí:
el único[1] bien que puede
hacer al hombre feliz;
y después de conocerte
yo te olvidé y te ofendí:
a tu luz cerré los ojos
y tu voz no quise oír.
Cuando me decías: «Vuelve»,
«No quiero», te respondí;
y mil veces me llamabas
y te negué más de mil.
Su faz cubrieron los ángeles
con sus alas de carmín
y debajo de sus alas
yo los sentía gemir.
Me mirabas compasivo
y en el rostro te escupí.
¡Perdón, Dios mío, perdón;
ten piedad de este infeliz![2]

Por su tema podría relacionarse con el núm. 53, el romance en que comienza «¡Cuál yace desamparada…!», que versa sobre la cautividad de la ciudad de Jerusalén como consecuencia de haberse apartado de Dios el pueblo elegido de Judá. El poema,fechado el 20 de julio de 1842, dice así.

¡Cuál yace desamparada
y en profunda soledad
la ciudad que antes solía
a cien pueblos cobijar!
Cual viuda desolada
la reina del mundo está;
la princesa de las gentes,
en dura cautividad.
De su infortunio en la noche
nunca cesó de llorar
a sus amigos llamando
que se burlan de su afán.
No hay una mano que intente
sus lágrimas enjugar
y sus contrarios la insultan
cuanto la temieron más.
La servidumbre esquivando
huyó de Salem Judá,
pero en extrañas naciones
no sosegaba jamás.
Y cuando lejos la vieron
de su muro maternal
acósanla sus rivales
y lógranla encadenar.
Desde entonces, ¡oh dolor!,
cubiertos de luto están
los caminos de Sión
en toda solemnidad.
Crece sin temor la yerba
en medio de su arenal:
como no hay quien venga al Templo,
ninguno la huella ya.
Sus puertas están por tierra,
sus ministros sin altar,
las doncellas sin aliño
y oprimida la ciudad.
La corona de su frente
ciñe otra frente rival
y su enemigo se adorna
con su pompa y majestad.
Cubierto de tus despojos
te abandona a la orfandad,
y del carro de su triunfo
tus hijos tirando van.
Vuelve, Salem, a tu Dios,
vuelve contrita la faz,
que es tamaña desventura
castigo de tu maldad[3].


[1] el único: el texto original trae en el único, que hace el verso largo; enmiendo suprimiendo en.

[2] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 49, pp. 224-225.

[3] Incluido en Navarro Villoslada, Obra poética, núm. 53, pp. 230-232.

Navarro Villoslada, poeta: «Oración para después de haber comulgado»

En mi edición de la Obra poética de Navarro Villoslada, publicada en 1997 por el Gobierno de Navarra, ofrecía un corpus total de 54 poemas, 31 que habían sido previamente publicados y otros 23 que permanecían inéditos hasta ese momento. Todos esos poemas que forman la producción poética del escritor de Viana los agrupaba por sus temas en varios apartados que, de mayor a menor importancia, eran: 1) poemas de tema religioso; 2) poemas de tema moral; 3) poemas de tema político; 4) poemas «de circunstancias»; 5) poemas amorosos; 6) poemas satíricos y burlescos; y 7) otros poemas varios. En sucesivas entradas iremos examinando esa producción, mucho menos conocida que sus novelas históricas, con la idea de dar a conocer y comentar sucintamente esos textos.

Ciertamente, es en la temática religiosa donde encuentra Navarro Villoslada su vena más inspirada. Conociendo su carácter y su pensamiento, no extraña que así sea. Incluía en mi edición de 1997, en el apartado de poemas religiosos, los números 5, 15, 17, 18, 19, 20, 23, 28, 31, 49, 50, 51, 52, 53 y 54. Algunos de sus títulos son ya bien significativos; así, escribió una «Oración para después de haber comulgado» (núm. 18), el poema que quiero comentar hoy. Se trata de una lira, dividida en 10 formas paraestróficas con la rima habitual 7a 11B 7a 7b 11B, la cual presenta los beneficios que el Cuerpo de Cristo, verdadero alimento espiritual del cristiano («dulce manjar»), reporta a su alma:

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura,
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

El yo lírico, en comunión con Dios, no desea romper ese estado de gracia y exclama: «Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte». E insiste en la misma idea en las palabras finales: «¡Ahora que estás conmigo / torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo!».

the-savior-juan-de-juanes

Este es el texto completo del poema, en el que se aprecian ciertos ecos de claro sabor sanjuanista:

¡Bendito Dios del Cielo,
que mi seno escogiste por morada!
¡Inefable consuelo
del alma enajenada,
que en tus brazos se duerme regalada!

Señor de los señores,
que en cien mundos y cien moras estrecho,
¿cómo, buscando amores,
desciendes a mi pecho,
y en él tu trono deslumbrante has hecho?

Ángeles y querubes
con santa emulación mi gloria miran
y en nacaradas nubes
se acercan, se retiran,
y tanta dicha atónitos admiran.

Sí, que en blando regazo
tu Madre te estrechó recién nacido,
con menos fuerte abrazo
que a mi seno querido
con vínculos de fuego te has unido.

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura[1],
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

¿Quién para dicha tanta,
para tanto favor, quién es el hombre?
Ánima mía, canta
de Dios el santo nombre,
y haz que al impío su bondad asombre.

¡Oh, cuál me saboreo
con tu dulce manjar! ¿Y he de perderte,
dulcísimo recreo,
después de poseerte?
Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte.

De tu pecho la llaga
es manantial perenne de dulzura;
y el que en ella se embriaga,
lejos de su onda pura,
¿dónde templa su sed sin amargura?

¡Oh, buen Jesús!, el mundo,
desde tus alas visto al blando abrigo,
inspira horror profundo.
¡Ahora que estás conmigo
torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo![2]


[1] «Vestido de hermosura» es verso de evidente reminiscencia sanjuanista; recuérdese la respuesta de las criaturas en el «Cántico espiritual»: «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura».

[2] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 18, pp. 122-124.

Francisco Navarro Villoslada, poeta

ObraPoeticaAdemás de otros variados géneros literarios, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) cultivó también la poesía lírica. Sin embargo, esta actividad poética de este escritor nacido en Viana (Navarra) es, sin duda alguna, una faceta prácticamente desconocida, para el público en general y para la crítica especializada en particular. Hace unos años la intenté recuperar en un libro dedicado a editar su Obra poética[1], en el que ofrecía el corpus completo de sus poesías (todas las que publicó en vida y varias más que dejó inéditas). Además, dado que apenas se había comentado nada de la faceta de Navarro Villoslada como poeta, quise que el análisis que precedía a los textos de sus composiciones líricas fuese bastante detallado, dando un comentario temático, métrico y estilístico de sus poemas. Este año 2018 en que conmemoramos el Bicentenario del nacimiento de Navarro Villoslada es una buena ocasión para volver a ocuparnos de esta olvidada faceta suya  como poeta.

En el número de Pregón de 1968 José María Corella ofrecía un artículo titulado «Navarro Villoslada, autor dramático», queriendo resaltar con ese epígrafe que el de Viana también había escrito piezas dramáticas. Pues bien, podemos calcar ese título para destacar ahora la actividad poética de nuestro escritor: Navarro Villoslada también fue poeta, aunque en las historias de la literatura española casi nunca se suele mencionar esta faceta. Igualmente, en las antologías de poesía española, en general, o específicas del siglo xix[2], ni es mencionado ni se incluye ninguno de sus poemas. Es más, ni siquiera todos los críticos que han estudiado la historia literaria de Navarra y que, por tanto, han dedicado unas líneas al escritor vianés, dicen algo al respecto (así sucede, por ejemplo, en la antología realizada bajo la dirección de Ignacio Elizalde). Por supuesto, no es que Navarro Villoslada sea el primer poeta del momento en que vivió, eso es evidente; pero cuando menos debería conocerse que escribió poesía y que, si no todas, algunas de sus composiciones poseen cierta calidad y algunos aciertos notables.

Así pues, esta parte de su producción no había sido estudiada hasta ahora. Todo lo más, se pueden espigar algunas breves opiniones de quienes han hablado de él: Ferrer del Río, en 1849, ya señaló que había escrito «varios ensayos dramáticos y algunas poesías notables»[3]; Laurentino María Herrán[4] indica que fue «menos poeta que novelista», pero «sin embargo, también escribió versos aceptables»; Manuel Iribarren indica que «fue un correcto y entonado poeta» y añade: «Su “Oda a la Virgen del Perpetuo Socorro” es buena prueba de su inspiración y capacidad poética»[5]; Celia López Sainz señala: «Como poeta cultivó con fortuna la oda heroica y la sagrada; también la sátira, que lanzó contra sus enemigos»[6]; en fin, José Ramón de Andrés Soraluce afirma que «la poesía es consustancial al arte de Villoslada»[7]. Así es, si tenemos en cuenta las numerosas poesías que esbozó, especialmente en sus años de juventud, y que se conservan entre los papeles de su Archivo[8] (son, sobre todo, anacreónticas que siguen el modelo de Meléndez Valdés, o versos de entonación patriótica, cuyo modelo sería Quintana). El Padre Juan Nepomuceno Goy, que pudo manejar esa documentación, fue el primero en llamar la atención al respecto:

De Navarro Villoslada poco o casi nada se ha escrito hasta ahora. Pero aun entre los que le conocen por orales referencias serán contados los que se hayan formado de él una idea justa como poeta. […] Villoslada fue poeta, y poeta fecundísimo, y poeta verdaderamente inspirado. Hasta cierta época, muy cerca del 50, escribió versos, iba a decir a granel[9].

Mi trabajo del 2007 pretendía, por tanto: 1) dar el corpus completo de las poesías líricas publicadas de Navarro Villoslada[10] (que se encuentran dispersas en diversas revistas, algunas de carácter local como La Avalancha, la Revista Euskara o Euskal Erria, y otras cuya consulta solo es posible en hemerotecas: Boletín del Instituto Español, El Arpa del Creyente; al final, en la Bibliografía, doy las referencias completas de dónde se localizan); 2) añadir algunos textos inéditos especialmente interesantes por su calidad o por su valor documental; y 3) ofrecer un intento de ordenación temática del conjunto de su poesía, con una breve glosa o comentario de cada composición. Son contenidos que iré recuperando en sucesivas entradas.


[1] Ver Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, estudio preliminar y edición de Carlos Mata Induráin, presentación por Kurt Spang, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997.

[2] Así sucede con el libro Poesía española del siglo xix, ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1995, que incluye sin embargo poesías de otros autores mucho menos conocidos.

[3] Álbum biográfico, Madrid, Oficinas del Semanario Pintoresco Español, 1849, p. 87.

[4] Laurentino María Herrán, «La Inmaculada en la literatura de los siglos xviii-xix», Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, Madrid, 1955, p. 382. Reproduce algunos versos «Las ermitas», indicando que es una composición «curiosa por su tono polemista frente a la concepción inglesa de la vida, en que hace la apología de las ermitas marianas que siembran el suelo de España».

[5] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158.

[6] Celia López Sainz, «Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya, la Ilíada de los vascos (1818-1895)», en Cien vascos de proyección universal, Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, 1977, p. 383.

[7] Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. VII, p. 110.

[8] El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra —con motivo del Centenario de 1995—, donde actualmente me ocupo de su estudio y catalogación. Una vez más debo recordar la generosidad de los descendientes del escritor, que me han dado todo tipo de facilidades para cuantas investigaciones he emprendido sobre su ilustre antepasado.

[9] Padre Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, pp. 113-114. Comenta además: «¿Quién dirá que no era poeta el autor del “Himno a Calderón”, de una contextura tan recia, tan viril, tan limpia de ripios banales, que recuerda las más lapidarias estrofas de Núñez de Arce?». Y añade más tarde (p. 246) que en los años 40 Navarro Villoslada escribió «un lujoso tren de poesías, algunas de ellas dignas de asomarse a la posteridad sin sonrojo, antes con mucha ufanía».

[10] Excluyo su ensayo épico Luchana, que es poesía narrativa: un largo poema en endecasílabos heroicos, distribuidos en tres cantos.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: rasgos de estilo

Otro rasgo de estilo que apreciamos en la novela de Manuel Fernández y González es el abuso, en ciertos pasajes, de la copulativa y. Veamos, por ejemplo, estas dos citas correspondientes ambas al capítulo VIII (sigue la descripción del entierro aludida en una entrada anterior):

y así, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrás, y luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana tañía a misa de alba, y en la cancela del templo detuviéronse los cofrades, dejando el medio ataúd en tierra, y la mujer doliente se arrodilló en las gradas del pórtico, y el perro se allegó a la difunta y la lamió el semblante; en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela, y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las había abierto volvió a su sitio y a los pies del ataúd, y él y los otros tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia entraron, y Cervantes también… (pp. 100-101, cursivas mías)[1].

y allí pareció de nuevo el sacerdote, y asistían los sepultureros, y se cantó el último responso, y quitada la difunta del medio ataúd, lo que decía harto claro la gran pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya había llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un pañizuelo para que sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habiéndola dado la pala con algo de tierra un sepulturero, la arrojó sobre el cadáver temblorosa, y en el mismo punto de las desfallecidas manos fuésele la pala, y dando una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera… (pp. 102-103, cursivas mías).

MancoLepanto

Termino ya esta serie de entradas dedicadas a El manco de Lepanto. Puede afirmarse, como conclusión, que este relato de Manuel Fernández y González no atesora, ni mucho menos, una calidad literaria de subidos quilates, pero es sin duda una obra muy interesante para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el Romanticismo, o más bien ya el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en el escritor canónico[2], el autor por excelencia de la lengua y la literatura españolas[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver, entre otros trabajos, Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, núms. 98-99, julio-agosto de 1989, pp. 116-119, y «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional de España, 2005, pp. 117-136; Carlos Reyero (ed.), Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid, Comunidad de Madrid, 1997; Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»: siglos XVII-XIX, Salamanca, Ediciones del Colegio de España, 1998; José Montero Reguera, «Aproximación al Quijote decimonónico», en Jean-Pierre Sánchez (ed.), Lectures d’une œuvre. Don Quichotte de Cervantes, Paris, Éditions du Temps, 2001, pp. 1-24; María Ángeles Varela Olea, Don Quijote, mitologema nacional, Alcalá de Henares, Centro Estudios Cervantinos, 2003; y Joaquín Álvarez Barrientos, «“Príncipe de los ingenios”. Acerca de la conversión de Cervantes en “escritor nacional”», en Begoña Lolo (ed.), Cervantes y el Quijote en la música. Estudios sobre la recepción del mito, Madrid / Alcalá de Henares, Ministerio de Educación y Ciencia / Centro de Estudios Cervantinos, 2007, pp. 89-114.

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: técnicas narrativas

En fin, aparte de la escasa profundidad psicológica de los personajes, otras características propias de la novela histórica romántica española son: la voluntaria limitación de la omnisciencia del narrador en algunos detalles, las apelaciones continuas al lector, las marcas de la narración (con expresiones del tipo «como se dijo antes…», «ya lo vimos en el capítulo anterior…», «como se verá más adelante…»), las indicaciones que ponen de relieve la distancia temporal entre aquellos tiempos en que sucede la acción de la novela y estos tiempos modernos, los contemporáneos del escritor y sus lectores inmediatos. También las afirmaciones generalizadoras del narrador, del tipo: «Gente pobre era, que los pobres son los que más madrugan» (p. 104)[1]. Todos esos recursos y marcas los encontramos en el presente relato de Manuel Fernández y González.

En cuanto al estilo, y dejando de lado los abundantes casos de laísmos, leísmos y loísmos, interesa destacar que predomina la frase larga, la cual de alguna manera trata de recrear los amplios periodos sintácticos de la literatura áurea. Consideremos a modo de ejemplo este pasaje, elegido al azar entre los muchos posibles:

Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas, maderas los unos, y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardín de una casa principalísima había entrado… (pp. 90-91).

FuenteCupidos

El autor se deja llevar por su gran verbosidad, y va estirando la frase (lo cual no debe de extrañarnos si tenemos en cuenta que estos autores de la novela por entregas cobraban por líneas…). En el capítulo VIII, el narrador, refiriéndose a los pasos de Cervantes por Sevilla, podría limitarse a decir: «Yendo así por las desiertas calles, de repente le sorprendieron…». Pero en realidad escribe lo siguiente:

Yendo así por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina donde su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido; cuando aún el perezoso sueño en el lecho retiene sabrosamente a todo el mundo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron… (p. 98).

Esto, lo reitero, se explica perfectamente por las circunstancias de composición de la novela: «A más líneas, más ganancia», podríamos decir parafraseando el conocido refrán[2]. El resultado es que, en el conjunto de la obra, no hay una ilación lógica clara de personajes, tramas, descripciones, etc.: el relato se va construyendo a saltos, a lo que buenamente surge[3]… Si viene bien intercalar la descripción de un entierro, pues se describe un entierro con todo su cortejo fúnebre —leal perro incluido—, aunque eso suponga desviar la atención narrativa de la historia principal:

El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agonía que aún en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a pesar de los años y de la muerte, aún en ella aparecían, el desconsuelo de la mujer que tras la difunta iba, su mísera apariencia, y el perro que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al pasar el lúgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la otra se persignase; y aún no había acabado el padre nuestro, ni llegado a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dejó el camino que llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oración y el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para él buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de librar a su doña Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse encontrado (p. 10)[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] No encuentro, en cambio, en esta novela ese recurso habitual en el género consistente en el abuso del punto y aparte.

[3] Ver para más detalles Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, pp. 5-11.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (y 2)

¿Qué hay, en definitiva, de Cervantes en esta novela de Manuel Fernández y González?[1] Pues, en realidad, muy poco, por no decir casi nada. No es mi objetivo contrastar los datos que proporciona la novela con los hechos históricos y, en concreto, con los que se refieren a la biografía cervantina. Obvio es decir que hoy tenemos un conocimiento mucho más amplio de la vida de Cervantes, pero en el momento en que escribía Fernández y González se estaban produciendo algunos avances y descubrimientos en ese terreno de la biografía. Baste con decir que tales datos históricos y biográficos el novelista los maneja aquí a su antojo, con entera libertad, incurriendo en anacronismos que a veces son conscientes (una novela histórica, no lo olvidemos, es ficción) y que en otras ocasiones derivan, sencillamente, del mero desconocimiento; y, en cualquier caso, esos datos quedan supeditados al mero sucederse de las aventuras sin cuento protagonizadas por Cervantes.

Algunos de tales datos se concentran en algún capítulo concreto, como sucede en el VII, «En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes». Era una práctica habitual en este tipo de relatos, como también lo es la apelación continua y directa al lector:

Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.

Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe son las noticias de la vida y fortuna de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos (pp. 83-84).

Cervantes

Y poco más adelante se añaden otros datos que trazan una curiosa etopeya de Cervantes, en la cual el escritor se identifica con su inmortal personaje don Quijote por su insaciable sed de amor:

Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza, avara de sensaciones.

Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo.

Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atrabiliario, y era la cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeño de monta y honra.

Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel de Dios en una criatura mortal y perecedera.

El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama Don Quijote, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su amor en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.

A compasión mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en él se reflejó harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lágrimas, que no sonrisas, arrancara, a los que tienen alma, don Quijote, y en él se advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le comprendía, pedazos de sus míseras entrañas.

De un sueño de amor deshecho por la fea y severa verdad pasaba nuestro ingenio a otro sueño de amor, que cual los anteriores se desvanecía como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la luz del día.

Almas hay tan grandes que en el mezquino suelo no encuentran empleo digno de ellas, y de sí mismas se alimentan y en sí mismas buscan el engaño a su certidumbre y el consuelo a sus pesares (pp. 84-85)[2].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (1)

En el caso de la novela que ahora me ocupa[1] tenemos a un Cervantes espadachín, pendenciero y reñidor, galán y enamoradizo, que acabará loco y enfermo de amor, consumido por unas ardientes fiebres derivadas de la pasión que siente por doña Guiomar. Ciertamente, la obra de Manuel Fernández y González bien podría ser calificada de novela ígnea, pues todo son llamas, volcanes y fuegos diversos en los que abrasarse, consumirse y, casi, terminar pereciendo de amor. Por ejemplo, en el capítulo VIII, leemos que «íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía» (p. 98). Y así, por el estilo, en muchos otros lugares.

Antes, en el capítulo III, titulado «De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía», se nos había mostrado a doña Guiomar enamorada, primero preocupada por las cuchilladas que se sentían fuera de su casa, y luego hablando apasionadamente con el enamorado galán que la ronda. Veamos esta descripción de la dama:

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose más hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso (pp. 32-33).

Ocurre, en efecto, que su anónimo rondador ha logrado entrar en la casa huyendo de la riña y ahora, al encontrarla, le besa la mano y se dirige a ella con estas palabras:

—Hermosa señora —dijo levantándose aquel hombre—, no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados son los que, cuando yo pensaba solo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve (p. 34).

Este es otro ejemplo de los dulces coloquios que mantienen ambos:

—¿Y quién os ha dicho —exclamó ella— que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo —respondió él— vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo?, de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amarais, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza (pp. 47-48).

CervantesGalante

Y aunque el avisado lector podría imaginar de quién se trata, no es hasta el capítulo IV, «En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar», cuando averiguamos que ese valiente y constante enamorado que ronda con músicas a la bella viuda indiana es Cervantes, que se presenta a sí mismo con estas palabras:

—De buenos y honrados padres vengo, señora —respondió él—; hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos? —exclamó con encarecimiento doña Guiomar—; pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo [sic] por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos haylos, y no de los peores, que según el papel han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer —dijo Cervantes— que los pobres versos míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de Píndaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando solo se escribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? Pues o no me amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él (pp. 49-50).

Como vemos, Cervantes se muestra apasionado, y confiesa galante que prefiere el amor de ella al propio laurel de Apolo:

—Enjugáraos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza (pp. 54-55).

Esto sucede ya en el capítulo V, «En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes». Asistimos ahora, casi, a una escena propia de un libro de caballerías, con Cervantes asimilado, de alguna manera, a un caballero andante protector de mujeres desvalidas, esto es, parangonable con su futura creación, don Quijote:

—No digo yo —respondió Miguel de Cervantes— por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, gigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me concedíais esta merced venturosa (pp. 57-58)[2].

Y en esta línea continúa el relato de Fernández y González, que nos muestra a un Cervantes galante y enamorado, pero también pendenciero, aficionado a las bravatas y presto a las riñas, que es un soldado pobre, pero al mismo tiempo un escritor que asiste, ahí en Sevilla, a la tertulia literaria de Juan de Arguijo, etc. No parece necesario seguir acumulando más ejemplos y citas similares…[3]


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en otro pasaje, en diálogo ahora con Margarita, se dirige a ella de esta caballeresca manera: «—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarrestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran , y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario» (pp. 183-184).

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González, novela folletinesca

Como es bien sabido, Cervantes no quiso perderse «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Pues bien, ocurre que en esta novela de Manuel Fernández y González[1] Cervantes está afiebrado en el momento del combate como consecuencia de una calentura de amor, porque no ha logrado alcanzar el amor imposible que siente por una dama, doña Guiomar:

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las bascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón… (pp. 223-224).

Estamos ante una novela muy mala, ¿por qué no decirlo?, en lo que se refiere a calidad literaria… pero también ante una novela buenísima… en su género, el de la novela de capa y espada (el de la novela de aventuras históricas, según la taxonomía de Juan Ignacio Ferreras mencionada en una entrada anterior), de la que presenta todos los clichés y rasgos característicos[2]. Tenemos, en efecto, una dama bellísima, celestial, la rica indiana doña Guiomar, perseguida incansablemente por el villano de turno; una huérfana, Margarita, también perseguida por el correspondiente villano; y un Cervantes espadachín y pendenciero, súbitamente enamoradísimo de doña Guiomar, pero atraído igualmente por la huérfana Margarita. Añádase a ello una Sevilla descrita como ciudad especialmente hecha para el amor; su porción de duelos, cuchilladas y rondas de alguaciles; un familiar del Santo Oficio de la Inquisición encaprichado él también de la bella y tentadora indiana; unas gotas de superstición (la casa donde vive la dama, supuestamente encantada con duendes), etc., etc. Si mezclamos todos esos ingredientes en la coctelera de la novela folletinesca (o, mejor, si los mezcla a su manera el ínclito Manuel Fernández y González), obtenemos entonces como resultado un relato como El manco de Lepanto: desestructurado y falto de coherencia narrativa, donde lo esencial es la yuxtaposición mal hilvanada de aventuras, lances y peripecias, que, eso sí, no faltan; más bien al contrario, el autor las prodiga generosamente.

Duelo

Para empezar, no existe profundidad psicológica en el trazado de los personajes —tampoco hay que engañarse: esperarla en este tipo de relatos sería pedir cotufas en el golfo—. Por ejemplo, este Cervantes espadachín se parece muchísimo al Quevedo espadachín que encontramos en otras novelas de Fernández y González, como por ejemplo la titulada Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo. El Cervantes de una y el Quevedo de otra son personajes que, haciendo abstracción de los datos biográficos y las circunstancias propias de cada uno, resultarían prácticamente intercambiables en esos relatos. Ignacio Arellano, refiriéndose a la citada recreación quevediana del novelista sevillano, comenta lo siguiente:

Leonardo Romero, con amable generosidad, le concede [a Fernández y González] una gran capacidad para inventar tramas y saberlas contar de modo atractivo. En la novela que pergeña con don Francisco de Quevedo hay sin duda trama, pero tan deshilachada que el lector ha de adoptar una perspectiva lúdica para tomarse con buen humor las vicisitudes de un relato que en ciertos momentos parece parodia de su mismo género. Resulta, sin embargo, un curioso documento que revela muchos tics de este tipo de obras poco elaboradas artísticamente, pero útiles para averiguar cuál es la imagen que de una época o personaje (como Quevedo) se ha ido sucediendo a lo largo del tiempo[3].

Pues bien, insisto: lo que se indica a propósito de Quevedo en Amores y estocadas sirve igualmente para Cervantes en El manco de Lepanto. Tan solo haría falta cambiar el nombre del escritor convertido en personaje de ficción protagonista de cada novela, y lo predicado para uno se acomodaría perfectamente al otro[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, p. 5a. Las principales características relacionadas con la trama y estructura, el retrato de los personajes, el estilo lingüístico para lograr el color de época, etc., que menciona Arellano para Amores y estocadas son aplicables a El manco de Lepanto y, en general, al conjunto de las novelas históricas de Fernández y González ambientadas en el Siglo de Oro español.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.