A este panorama de la presencia de Sevilla en la literatura hispánica ya incorporamos en una entrada anterior el nombre de Lope de Vega, quien ambientó varias de sus comedias en la ciudad hispalense (baste recordar, por ejemplo, El arenal de Sevilla). Y ya transcribimos ahí la cancioncilla «Río de Sevilla, / ¡quién te pasase…» que inserta al comienzo de la tercera jornada de Amar, servir y esperar. Pues bien, en la segunda jornada de la misma pieza, mientras se ven en sendas partes del vestuario dos barcos enramados, dos coros alternos cantan «Vinieron de Sanlúcar» (la acotación tras el v. 240 indica «Dentro música, guitarra, sonajas y bulla»):
Alonso Sánchez Coello (atrib.), Vista de la ciudad de Sevilla (finales del siglo XVI).
Vienen de Sanlúcar, rompiendo el agua, a la Torre del Oro barcos de plata.
Galericas de España, sonad los remos, que os espera en Sanlúcar Guzmán el Bueno.
Barcos enramados van a Triana; el primero de todos me lleva el alma.
A San Juan de Alfarache va la morena a trocar con la flota plata por perlas[1].
[1] Lope de Vega, Amar, servir y esperar, Jornada II, vv. 241-256. Cito por la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, a partir de Ventidós parte perfeta de las Comedias del Fénix de España frey Lope Félix de Vega Carpio…, en Madrid, por la viuda de Juan González, a costa de Domingo de Palacio y Villegas y Pedro Vergés, 1635.
Rafael de León y Arias de Saavedra (Sevilla, 1908-Madrid, 1982), VIII marqués del Valle de la Reina y IX conde de Gómara, puede adscribirse como poeta a la Generación del 27 (aunque no siempre figure en las nóminas al uso), con poemarios como Pena y alegría del amor (1941) o Jardín de papel (1943). Abogado de carrera, nunca ejerció la profesión, como tampoco ocultó nunca su homosexualidad: «Rafael de León fue un grandísimo poeta, y un valiente para su época. Se atrevió a amar libremente y a reconocerlo, y más de un disgusto, una humillación y un desafecto se ganó por ello», escribía Alfonso Ussía en ABC en 2002.
Como autor de letras para copla, formó parte del célebre trío Quintero, León y Quiroga, que escribió varias de las más célebres canciones populares españolas del siglo XX (algunas de ellas en colaboración con otros artistas), como «Tatuaje», «Ojos verdes», «Francisco Alegre», «La Zarzamora», «A ciegas», «A tu vera», «A la lima y al limón», «Pena, penita, pena», «María de la O» o «Con divisa verde y oro». Hacia el final de su dilatada carrera de letrista, Rafael de León escribió para los cantantes Nino Bravo, Raphael, Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Isabel Pantoja o Carmen Sevilla, entre otros.
«En Sevilla había una casa» (suele citarse también con el título de «No te mires en el río») es una famosa copla, escrita en 1940, que ha sido cantada por algunos de los más grandes de la canción popular, desde Concha Piquer (Bulerías, 1940, y en el film Me casé con una estrella, de 1951) o Estrellita Castro (1943) hasta Diana Navarro (De la Piquer a la Navarro, 2023), pasando por Lola Flores en la película María de la O (1959), Angelillo (Grandes éxitos de Angelillo, vol. 1), Imperio de Triana, Elsa Baeza, Concha Velasco en Pim, pam, fuego (1975), Carmen París, Juan Legido (El gitano señorón, vol. 1, 2006), Paco Valladares en Mamá, quiero ser artista (1986), María Dolores Pradera (María Dolores Pradera canta con… acompañada por Los Gemelos, 1989), Carlos Cano (en su disco Ritmo de vida de 1989), Hilario López Millán (Hilario, 1991), Martirio (Coplas de madrugá, 1998) o Armando Moreno (Antología: la colección definitiva, 2021), entre otros cantantes.
Salvador Dalí, Figura en una finestra (1925). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España).
El texto pondera los celos que siente el yo lírico al ver a su enamorada, bella y engalanada, reflejándose en el río (el Guadalquivir), hasta que un día, en efecto, este termina arrebatándosela: «Que la vio muerta en el río / y que el agua la llevaba».
En Sevilla había una casa, y en la casa una ventana, y en la ventana una niña que las rosas envidiaban.
Por la noche con la luna en el río se miraba. ¡Ay, corazón, qué bonita es mi novia, ay, corazón, asomá a la ventana!
¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río, ¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer porque tengo, niña, celos de él.
Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío. Quiéreme tú, niña de mi corazón, matarile, rile, rile, ron[1].
De la feria de Sevilla él le trajo una alianza, gargantilla de corales y unos zarcillos[2] de plata.
Y parecía una reina asomada a la ventana. ¡Ay, corazón!, le decía su novio, ¡ay, corazón!, al mirarla tan guapa.
¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río, ¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer porque tengo, niña, celos de él.
Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío. Quiéreme tú, niña de mi corazón, matarile, rile, rile, ron.
Una noche de verano cuando la luna asomaba vino a buscarla su novio y no estaba en la ventana.
Que la vio muerta en el río y que el agua la llevaba. ¡Ay, corazón!, parecía una rosa. ¡Ay, corazón!, una rosa muy blanca.
¡Ay, ay, ay, ay, cómo se la lleva el río! ¡Ay, ay, ay, ay, lástima de mi querer! ¡Con razón tenía celos de él!
¡Ay, qué dolor, qué dolor del amor mío! ¡Ay, qué dolor, madre de mi corazón!, matarile, rile, rile, ron[3].
[1]matarile, rile, rile, ron: son varias las cancioncillas populares que tienen en común la coletilla de «matarile, rile, rile, matarile, rile, ron».
En este recorrido por la presencia de Sevilla en la literatura hispánica, no podía faltar el nombre de Lope de Vega, quien ambientó varias de sus comedias en la ciudad hispalense (baste recordar, por ejemplo, El arenal de Sevilla), dando entrada en ellas tanto a descripciones de lugares emblemáticos de la ciudad como a elementos folclóricos con ella relacionados. Tal es el caso de esta cancioncilla que inserta al comienzo de la tercera jornada de Amar, servir y esperar, cuando la dama Dorotea pide a su criada Esperanza que baile para entretenerla, aprovechando que el criado Andrés pude ayudarla cantando «por lo cortesano airoso».
El río Guadalquivir a su paso por Sevilla.
Río de Sevilla, ¡quién te pasase sin que la mi servilla[1] se me mojase!
Salí de Sevilla a buscar mi dueño, puse al pie pequeño[2] dorada servilla.
Como estoy a la orilla mi amor mirando, digo suspirando: «¡Quién te pasase sin que la mi servilla se me mojase!»[3].
[1]servilla: «Zapato ligero y de suela muy delgada» (DLE).
[2]pie pequeño: el canon de belleza femenina de la época establecía la preferencia por los pies pequeños, que calzasen pocos puntos.
[3] Lope de Vega, Amar, servir y esperar, Jornada III, vv. 65-78. Cito por la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, a partir de Ventidós parte perfeta de las Comedias del Fénix de España frey Lope Félix de Vega Carpio…, en Madrid, por la viuda de Juan González, a costa de Domingo de Palacio y Villegas y Pedro Vergés, 1635.
Retomo hoy la serie de poemas “sevillanos” con este soneto de Nuevas canciones (1917-1930)de Antonio Machado, en el que se mezclan la evocación de la ciudad y la casa natal, el Palacio de las Dueñas (brevemente, en los dos primeros versos) y el recuerdo nostálgico del padre, Antonio Machado Álvarez, «Demófilo».
Esta luz de Sevilla… Es el palacio donde nací, con su rumor de fuente. Mi padre, en su despacho. —La alta frente, la breve mosca, y el bigote lacio—.
Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea sus libros y medita. Se levanta; va hacia la puerta del jardín. Pasea. A veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar inquieto ahora vagar parecen, sin objeto donde puedan posar, en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana; ya miran en el tiempo, ¡padre mío!, piadosamente mi cabeza cana[1].
De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema en la literatura, ya ha quedado transcrito su «Poema de la saeta», composición incluida Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931). Hoy traigo estas «Sevillanas del siglo XVIII», que es una de las diez piezas de su «Colección de Canciones Populares Antiguas», grabadas por el sello La Voz de su Amo, en 1931, interpretadas por La Argentinita (voz, castañuelas y taconeo), con arreglos y el acompañamiento al piano del propio Federico.
Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla).
¡Viva Sevilla! Llevan las sevillanas en la mantilla un letrero que dice: ¡Viva Sevilla!
¡Viva Triana! ¡Vivan los de Triana, los trianeros! ¡Vivan los sevillanos y sevillanas!
Lo traigo andado. La Macarena y todo lo traigo andado. Cara como la tuya no la he encontrado. La Macarena y todo lo traigo andado.
¡Ay río de Sevilla, qué bien pareces, lleno de velas blancas y ramos verdes![1]
[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 759-760.
Al examinar el tema de Sevilla en la literatura, ya hemos tenido ocasión de considerar otro soneto de Manuel Machado, el titulado «La caseta de feria». Copiaré hoy otra composición, también soneto, titulada «Abril sevillano», perteneciente a la sección «Sevilla» de Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias)(1943), el cual presenta como «cifra de toda maravilla» española los dos grandes acontecimientos sevillanos de la Semana Santa y la Feria.
El poema dice así:
Abril que tantas flores desabrocha, que tantas lenguas de cristal desata, Abril gracioso, Abril de espuma y nata, que todo bien y toda luz derrocha.
Abril loco de amor, Abril divino, joven abril, tesoro de verdores. Rico Abril de los miles de colores… Gloria del tiempo, encanto del camino.
Abril, por quien el año Abril se llama mientras la lumbre de los ojos brilla y la aventura de vivir se ama…
Como cifra de toda maravilla, en la tierra española, Abril se clama: Semana Santa y Feria de Sevilla[1].
[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 520.
Como estamos teniendo ocasión de comprobar, el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. En las últimas semanas he traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y otros tres de Manuel Machado («La caseta de feria»), de Gerardo Diego («Giralda») y de Rafael Laffón («A Jesús del Gran Poder en sus andas de la madrugada»); también el «Poema de la saeta» de Federico García Lorca; y hay asimismo abundantes entradas sobre los hermanos Manuel Machado y Antonio Machado. Añadiré hoy el poema de este último que comienza «¡Oh maravilla, / Sevilla sin sevillanos, / la gran Sevilla!»; en su Cancionero apócrifo Machado lo atribuye a Abel Infanzón, uno de aquellos «poetas que pudieron existir», al que dedica esta escueta nota biográfica: «Nació en Sevilla en 1825. Murió en París en 1887».
En esta composición machadiana, como afirmó Rogelio Reyes, «Sevilla no es de verdad: pertenece a la ensoñación poética y cumple la función de paraíso perdido para siempre, el irrecuperable paraíso de la niñez obsesivamente alimentado hasta el final…»[1]. En efecto, el poema constituye una nostálgica evocación de la Sevilla de la infancia, que apunta también en el comienzo de su célebre «Retrato» que abre Campos de Castilla («Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero») o en el soneto de Nuevas canciones en el que evoca a su padre y que arranca con estos dos versos: «Esta luz de Sevilla… Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente»[2].
La composición de Abel Infanzón / Antonio Machado, que por si sencillez no requiere mayor comentario explicativo, dice así:
¡Oh maravilla, Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla!
Dadme una Sevilla vieja donde se dormía el tiempo, en palacios con jardines, bajo un azul de convento.
Salud, oh sonrisa clara del sol en el limonero de mi rincón de Sevilla, ¡oh alegre como un pandero, luna redonda y beata sobre el tapial de mi huerto!
Sevilla y su verde orilla, sin toreros ni gitanos, Sevilla sin sevillanos, oh maravilla![3]
[1] Palabras de Rogelio Reyes en una conferencia pronunciada en febrero de 2014 en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Recupero la cita de la entrada «¿Sevilla sin sevillanos?» del 27 de septiembre de 2022 del blog del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla.
[2] Se refiere al sevillano palacio de Las Dueñas, cuyo administrador y uno de sus inquilinos era el padre del poeta, Antonio Machado Álvarez. Allí nació Antonio el 26 de julio de 1875.
[3] Lo cito por Antonio Machado, Poesías completas. Soledades / Galerías / Campos de Castilla…, edición de Manuel Alvar, apéndice de M.ª Pilar Celma, 27.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 445-446.
Como estamos teniendo ocasión de comprobar, el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. Recientemente hemos traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y otros dos de Manuel Machado («La caseta de feria») y de Gerardo Diego («Giralda»); el «Poema de la saeta» de Federico García Lorca; y hay también abundantes entradas sobre el propio Manuel Machado y sobre su hermano Antonio Machado. Hoy traigo el soneto «A Jesús del Gran Poder en sus andas de la madrugada», de Rafael Laffón, perteneciente a su poemario Adviento de la angustia (Valladolid, Halcón, 1948). Miguel Cruz Giráldez, en su anotación, explica claramente la alegoría náutica que estructura el soneto y apunta los principales rasgos de estilo; así, indica que la composición
responde a un estímulo estético-religioso surgido a raíz de la contemplación de Jesús del Gran Poder, al despuntar el alba de un Viernes Santo de Sevilla. El soneto es un precioso documento de esa instantánea. Con una técnica impresionista, logra transmitirnos toda la fuerza poética de tan sobrecogedora estampa. Con evidente acierto iguala Laffón el paso del Señor a un navío que flota sobre un mar de humanas cabezas espectadoras. Y es el mismo Dios —abrazado fuertemente a la cruz que lo agobia— el timonel que imprime el rumbo a esa nave. Es el momento en que las primeras luces matutinas rompen el velo inefable de la gran madrugada pasional. El poeta nos lo expresa por medio de notas coloristas: «desmayo de violetas» (v. 9) y «va Jesús —ya entre rosas— timonero» (v. 14).
El tono del poema es diáfano. Sus metáforas no son herméticas y, aunque muy elaboradas, son perfectamente identificables en sus dos planos. En este soneto se produce una admirable síntesis de elementos cultos (la combinación métrica y los artificiosos procedimientos expresivos, a veces algo gongorinos: «De la Cruz cuanto es más la pesadumbre / tanto de penas el bajel más flota») y populares (el tema). El acierto de la composición reside precisamente en el tratamiento culto de un tema popular. Laffón, una vez más, supera el más estrecho localismo consiguiendo para su obra una validez estética universal[1].
Jesús del Gran Poder (Archivo de la Hermandad del Gran Poder, Sevilla).
Este es el texto del soneto (en nota al pie explico algunos términos, sobre todo los propios del léxico de la navegación):
Alto fanal[2] de trágica galeota[3] sobre un mar de encrespada muchedumbre. Las andas vienen y a la opaca lumbre Jesús marca a su nave la derrota[4].
¿Adónde en la tiniebla densa, ignota? Turbia ansiedad, livor[5] e incertidumbre. De la Cruz cuanta es más la pesadumbre tanto de penas el bajel más flota.
Desmayo de violetas, y el ventalle[6] que el vidrio helado empáñale al lucero… El alba, en fin, que asoma por la calle[7].
Y en las manos de fiebre su Madero, como asido a un sangriento gobernalle[8], va Jesús —ya entre rosas— timonero[9].
[1] Miguel Cruz Giráldez, en su selección y comentarios de «Rafael Laffón (Sevilla, 1895-Sevilla, 1978)», en Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 672-673.
[2]fanal: «El farol grande que el navío o galera capitana lleva en el remate de la popa, para que los demás que componen la armada puedan seguirla de noche, guiados por su luz» (Diccionario de Autoridades).
[3]galeota: «Galera menor, que consta de diez y seis o veinte remos por banda, y solo un hombre en cada uno. Lleva dos árboles, y algunos cañones pequeños» (Diccionario de Autoridades).
[5]livor: las dos acepciones principales del término encajan aquí, ʻcolor cárdenoʼ (es voz poética), en alusión a la túnica morada del Nazareno; pero también podría ser ʻmalignidad, envidia, odioʼ, de quienes lo han condenado a muerte.
[6]ventalle: voz cara a san Juan de la Cruz, del catalán ventall, que significa ʻabanicoʼ; pero también podría valer aquí ʻvientoʼ.
[7] Téngase en cuenta que la procesión de Jesús del Gran Poder sale en la Madrugá del Viernes Santo.
El tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. Recientemente hemos traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y otros dos de Manuel Machado («La caseta de feria») y de Gerardo Diego («Giralda»); y hay también abundantes entradas sobre el propio Manuel Machado y sobre su hermano Antonio Machado. Hoy traigo la composición «Poema de la saeta» de Federico García Lorca, dedicada a Francisco Iglesias, perteneciente a Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931).
El poema está formado por ocho secuencias («Arqueros», «Noche», «Sevilla», «Procesión», «Paso», «Saeta», «Balcón» y «Madrugada»), que componen otras tantas estampas de la ciudad hispalense. Dice así:
ARQUEROS
Los arqueros oscuros a Sevilla se acercan.
Guadalquivir abierto.
Anchos sombreros grises y largas capas lentas.
¡Ay, Guadalquivir!
Vienen de los remotos países de la pena.
Guadalquivir abierto.
Y van a un laberinto. Amor, cristal y piedra.
¡Ay, Guadalquivir!
NOCHE
Cirio, candil, farol y luciérnaga.
La constelación de la saeta.
Ventanitas de oro tiemblan, y en la aurora se mecen cruces superpuestas.
Cirio, candil, farol y luciérnaga.
SEVILLA
Sevilla es una torre llena de arqueros finos
Sevilla para herir. Córdoba para morir.
Una ciudad que acecha largos ritmos, y los enrosca como laberintos. Como tallos de parra encendidos.
¡Sevilla para herir!
Bajo el arco del cielo, sobre su llano limpio, dispara la constante saeta de su río.
¡Córdoba para morir!
Y loca de horizonte, mezcla en su vino, lo amargo de Don Juan y lo perfecto de Dionisio.
Sevilla para herir. ¡Siempre Sevilla para herir!
PROCESIÓN
Por la calleja vienen extraños unicornios. ¿De qué campo, de qué bosque mitológico? Más cerca, ya parecen astrónomos. Fantásticos Merlines y el Ecce Homo, Durandarte encantado. Orlando furioso.
PASO
Virgen con miriñaque, virgen de la Soledad, abierta como un inmenso tulipán. En tu barco de luces vas por la alta marea de la ciudad, entre saetas turbias y estrellas de cristal. Virgen con miriñaque tú vas por el río de la calle, ¡hasta el mar!
SAETA
Cristo moreno pasa de lirio de Judea a clavel de España.
¡Miradlo por dónde viene!
De España. Cielo limpio y oscuro, tierra tostada, y cauces donde corre muy lenta el agua. Cristo moreno, con las guedejas quemadas, los pómulos salientes y las pupilas blancas.
¡Miradlo por dónde va!
BALCÓN
La Lola canta saetas. Los toreritos la rodean, y el barberillo desde su puerta, sigue los ritmos con la cabeza. Entre la albahaca y la hierbabuena, la Lola canta saetas. La Lola aquella, que se miraba tanto en la alberca.
MADRUGADA
Pero como el amor los saeteros están ciegos.
Sobre la noche verde, las saetas, dejan rastros de lirio caliente.
La quilla de la luna rompe nubes moradas y las aljabas se llenan de rocío.
¡Ay, pero como el amor los saeteros están ciegos![1]
[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 268-272.
Vamos viendo que el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros, desde la Edad Media hasta nuestros días. Recientemente hemos traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y el soneto «La caseta de feria», de Manuel Machado, y hay también abundantes entradas sobre este último poeta sevillano y sobre su hermano Antonio Machado. Hoy copiaré el soneto «Giralda» de Gerardo Diego, que es el poema 2 de la primera sección de su poemario Alondra de verdad (Madrid, Ediciones Escorial, 1941). El propio poeta nos ofrece esta detallada explicación:
Compuesto en Gijón, 1926. Y ofrecido para su publicación en la revista de Sevilla Mediodía. Mis ojos estrenaron Sevilla en la Semana Santa de 1925. Una de mis primeras visiones fue la de la Giralda, ofrecida súbitamente a mis miradas que vagaban distraídas al nivel de la calle, «al contraluz de luna limonera». La impresión fue muy intensa y tan maravillada que recuerdo que una de las agujas de la catedral fue, durante unos instantes, para mí el más incólume de los cipreses. Meses después trabajaba laboriosamente el soneto que en la primera versión enviada a Mediodía llevaba este segundo cuarteto:
¿Qué te dice la hermana de la orilla —azulejo oro y moro—? ¿Se querella de tu esbeltez o de tu piel doncella, toda naranja al sol que se te humilla?
Un escrúpulo de unidad me llevó a sustituir la alusión a la torre del Oro por la forma definitiva, que aún llegó a tiempo para la impresión en la revista.
En otro viaje a Sevilla me contaron los amigos que un ilustre erudito hispalense lamentaba mi error arqueológico al llamar mudéjar a la Giralda en lugar de almohade. Y tenía muchísima razón. Sólo que no había tal error. Pues aparte de que ningún poeta le cantaría a la Giralda aunque le aspasen «yo almohade te quiero y no cristiana», en mi caso mis precarios conocimientos de Historia del Arte («notable» nada más en las aulas salmantinas) alcanzaban hasta esa precisión. Pero al «quererla» mudéjar —que no es decir que lo sea— pretendía, claro es, humanizarla, viva, islámica y sin conversión o apostasía en tierra de cristianos, esto es, mudéjar.
Finalmente, un querido amigo prefiere cortar por lo sano y recita el debatido verso así: «Ni mudéjar te quiero ni cristiana». Variante que si mejora tal vez en energía retórica, en cambio rinde demasiado abstracta la geometría —que yo quiero aún humana— del verso final[1].
El texto es como sigue:
Giralda en prisma puro de Sevilla nivelada del plomo y de la estrella, molde en engaste azul, torre sin mella, palma de arquitectura sin semilla.
Si su espejo la brisa enfrente brilla, no te contemples —ay, Narcisa— en ella, que no se mude esa tu piel doncella, toda naranja al sol que se te humilla.
Al contraluz de luna limonera, tu arista es el bisel, hoja barbera que su más bella vertical depura.
Resbala el tacto su caricia vana. Yo mudéjar te quiero y no cristiana. Volumen nada más: base y altura[2].
[1] Explicación del autor en Gerardo Diego, Obras completas. Poesía, Tomo I, edición preparada por Gerardo Diego, edición, introducción, cronología, bibliografía y notas de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Alfaguara, 1989, pp. 488-489.
[2] Cito por Gerardo Diego, Obras completas. Poesía, Tomo I, p. 433.