La muerte trunca la felicidad del Fénix

Sin embargo, esta felicidad disfrutada en Alba de Tormes se va a ver truncada: Isabel pasa enferma un año, en que Lope cuida amorosamente de ella, y finalmente muere al dar a luz a su segunda hija, Teodora, en ese año de 1594, dedicándole Medinilla una sentida elegía[1]. Y Lope la recuerda en el primer aniversario de su muerte:

Belisa, señora mía,
hoy se cumple justo un año
que de tu temprana muerte
gusté aquel potaje amargo.
Un año te serví enferma,
¡ojalá fueran mil años!,
que así enferma te quisiera
continuo aguardando el pago.
Solo yo te acompañé
cuando todos te dejaron,
porque te quise en la vida
y muerta te adoro y amo.

Vanitas, Barthel Bruyn

La niña Teodora fallecería también pronto, y Lope expresará su dolor en un soneto de las Rimas, «A la sepultura de Teodora de Urbina»:

Mi bien nacido de mis propios males,
retrato celestial de mi Belisa,
que en mudas voces y con dulce risa
mi destierro y consuelo hiciste iguales;

segunda vez de mis entrañas sales;
mas, pues tu blanco pie los cielos pisa,
¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa
quebranta tus estrellas celestiales?

Ciego, llorando, niña de mis ojos,
sobre esta piedra cantaré, que es mina
donde el que pasa al indio, en propio suelo

halle más presto el oro en tus despojos,
las perlas, el coral, la plata fina.
Mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al Cielo.

De otro titulado «A dos niñas» (incluido asimismo en las Rimas) se ha pensado que podría estar dedicado a la muerte de sus hijas, aunque se ha discutido el sentido funeral del poema, que admite más bien una lectura en clave amorosa:

Para tomar de mi desdén venganza
quitome Amor las niñas que tenía,
con que miraba yo como solía
todas las cosas en igual templanza.

A lo menos conozco la mudanza
en los antojos de la vida mía;
de un día en otro no descanso un día,
del tiempo huye lo que el tiempo alcanza.

Almas parecen de mis niñas puestas
en mis ojos que baña tierno llanto.
¡Oh, niñas, niño Amor, niños antojos!

¡Niño deseo que el vivir me cuestas!
Mas ¿qué mucho también que llore tanto
quien tiene cuatro niñas en los ojos?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope e Isabel: años tranquilos en Alba de Tormes

En 1590 terminan los dos años de destierro del reino y puede regresar a Castilla, aunque todavía no a la Corte[1]. Se asienta con su esposa en Toledo, donde se acomoda con don Francisco de Ribera Barroso, futuro marqués de Malpica, hecho que Pérez de Montalbán sitúa a la vuelta de la jornada de Inglaterra:

Al volver de esta desgraciada expedición, Lope marchó a Madrid y entró al servicio del marqués de Malpica, y después, con el mismo carácter, sirvió al conde de Lemos.

No sabemos cuánto tiempo duró en servicio de don Francisco. En cualquier caso, es mucho más importante su acomodo con don Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba, al que acompañará hasta sus estados en Alba de Tormes (Salamanca). Allí, en su palacio junto al río, el duque ha formado una rica corte artística y literaria, de la que forman parte también Pedro de Medina (Medinilla) y Juan Blas de Castro. En esta idílica corte ducal de Alba de Tormes permanecerá Lope hasta 1595. Su señor, que se ha casado el 23 de julio de 1590 con doña Mencía de Mendoza y Enríquez, es preso por desobediencia y ha de pasar tres años encerrado en el castillo de La Mota (Valladolid). En la fiesta de toros que se organiza para celebrar su regreso, el 15 de mayo de 1593, muere don Diego de Toledo, hermanastro del duque, y Lope le dedica una bella elegía.

Alba de Tormes por Nacho Alcalde

Al igual que los de Valencia, son estos años de sosiego al lado de su esposa Isabel, que es su musa literaria bajo el nombre poético de Belisa: «Ella parece inspirarle, provocarle, una estremecida emoción, casi un fervor poético», escribe Villacorta. En el poema «Descripción de la Tapada», la evoca bellamente «Suelto en ondas el mar de sus cabellos…». Por lo demás, el desempeño de su cargo como secretario o gentilhombre de cámara del duque de Alba le deja bastante tiempo libre para escribir (en Alba de Tormes firma varias comedias: El maestro de danzar, El leal criado, Laura perseguida, El dómine Lucas, El caballero del milagro…). Además, puede mantener contactos con el ambiente universitario de Salamanca (se sabe que el 26 de enero de 1594 alquiló una casa en esa ciudad), y se ha apuntado, como ya vimos en una entrada anterior, la posibilidad de que siguiese sus estudios en la célebre universidad salmantina, pero en modo alguno están documentados. Dedica un poema, «Descripción del Abadía», a la finca con hermosos jardines propiedad del duque en la sierra entre Salamanca y Cáceres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El destierro de Lope en Valencia

En fin, fuese cual fuese la participación exacta de Lope en la Armada contra Inglaterra, tenemos que, a su vuelta, marcha a Valencia para seguir cumpliendo la pena de destierro de Castilla[1]. Y este destierro en la ciudad levantina va a tener algo de providencial, sobre todo para el desarrollo de su carrera dramática. Es el caso que Lope llega a Valencia a finales de 1588 o primeros de 1599, acompañado de su esposa, de su amigo Claudio Conde y del empresario teatral Gaspar de Porres. Serán dos años, 1589-1590, felices, de rara tranquilidad, rota únicamente por la noticia de la muerte de la madre de Lope (que fue enterrada el 22 de septiembre de 1589). Esa felicidad queda reflejada en el célebre romance «Hortelano era Belardo».

Valencia era una ciudad rica y populosa, con una floreciente actividad comercial: abierta al Mediterráneo y mirando a Italia (recuérdense las históricas relaciones de la Corona de Aragón con las ciudades y estados italianos), no solo florecían los negocios, sino también la vida cultural y artística, que estaba en pleno desarrollo. En la ciudad del Turia las representaciones teatrales estaban cobrando una fuerza muy notable, y Lope, instalado allí por un tiempo, pronto entró en contacto con dramaturgos como Cristóbal de Virués, Francisco Agustín de Tárrega, Gaspar de Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boyl o Ricardo de Turia, los cuales están perfeccionando las fórmulas del teatro renacentista en busca de nuevas direcciones. Como ha puesto de relieve la crítica, Lope aprenderá muy bien algunas lecciones de sus colegas valencianos y, lo más importante, sabrá integrar armónicamente los diversos elementos dramáticos que aquellos escritores levantinos estaban tanteando y poniendo en práctica en sus comedias.

La viuda valenciana, de Lope

La escritura dramática, que había empezado como una afición, se ha ido convirtiendo en una «profesión», en su modus vivendi. Lope, poco a poco, consigue fijar una fórmula de enorme éxito popular, corta el patrón de la denominada Comedia nueva, en la que tantos discípulos e imitadores tendría. Lope tuvo que ajustarse al gusto de su público, y hay un pasaje muy significativo del Apologético de las comedias españolas de Ricardo de Turia que hace referencia a esta circunstancia:

Pues es infalible que la naturaleza española pide en las comedias lo que en los trajes, que son nuevos usos cada día. Tanto, que el príncipe de los poetas cómicos de nuestros tiempos, y aun de los pasados, el famoso y nunca bien celebrado Lope de Vega, suele, oyendo así comedias suyas como ajenas, advertir los pasos que hacen maravilla y granjean aplauso, y aquéllos, aunque sean impropios, imita en todo, buscándose ocasiones en nuevas comedias, que como de fuente perenne nacen incesantemente de su fertilísimo ingenio, y así con justa razón adquiere el favor que toda Europa y América le debe y paga gloriosamente.

Desde Valencia, Lope mandaba sus textos a Madrid para que fuesen representados; el autor Porres le enviaba un propio cada quince días con esta finalidad. En otro orden de cosas, sigue cultivando la poesía lírica y así, la Flor de varios romances nuevos y canciones que en 1589 da a las prensas Pedro de Moncayo, en Huesca, recoge varias composiciones juveniles de Lope. Respecto a su vida familiar, el 10 de noviembre de ese mismo año Lope e Isabel bautizan en Valencia a su primera hija, Antonia (que moriría, quizá en Alba de Tormes, en 1591).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope y sus «otros desaires de fortuna»

Por cierto, la explicación que Pérez de Montalbán da en la Fama póstuma para la salida de Madrid es completamente diferente (el enfrentamiento con un hidalgo maledicente)[1]. Calla, como ya se dijo en una entrada anterior, todo lo relacionado con Elena Osorio (cárcel, proceso judicial, destierro…) y además indica que Lope se alista en la Armada por el dolor provocado por la muerte de su esposa Isabel, y una vez cumplidos varios años de estancia en Valencia.

Juan Pérez de MontalbánLa cronología, en el compendioso relato de Montalbán, queda de esta forma bastante trastocada. En efecto, tras mencionar la boda con Isabel de Urbina, escribe:

Es pues el caso que había en este lugar un hidalgo entre dos luces (que hay también crepúsculos en el origen de la nobleza como en el nacimiento del día), de poca hacienda pero de mucha maña para comer y vestir al uso, donde pedía barato con desahogo a título de decir donaires a los presentes y cortar de vestir a los que no estaban delante. Supo Lope que una noche había entretenido la ociosidad del auditorio a su costa y disimuló la descortesía, no por temor sino por desprecio […] mas viendo que porfiaba en su civil tema, cansose, y sin tocar en la sangre ni en las costumbres, que lo primero es impiedad y lo segundo despropósito, le pintó en un romance tan graciosamente que causó en todos risa pero no escándalo, que en los versos escritos sin odio y con buen gusto cabe el donaire pero no la injuria. Picose el tal maldiciente con grande estremo […] y remitió su defensa a la espada, enviando a Lope un papel de desafío; lance de que salió tan airoso que dejó calificado su brío y enmendada la condición de su contrario. Éste y otros desaires de la fortuna, ya negociados de su juventud y ya encarecidos de sus opuestos, le obligaron a dejar su casa y su patria, su esposa con harto sentimiento, si bien se le templó la cortesana acogida que le hizo la ciudad de Valencia y sus ciudadanos, mientras fue su huésped.

Nótese cómo con la expresión «otros desaires de fortuna» corre Montalbán un tupido velo sobre el destierro y sus verdaderas causas. Y sigue así su narración:

Después de algunos años que estuvo en aquel reino, los afectos naturales de la patria, las floridas riberas de Manzanares, objeto lírico de su pluma, y los justos deseos de ver su esposa le restituyeron a sus brazos con tan destemplado contento que se temió su vida en el mismo regocijo, que es tanto el melindre de nuestra salud que peligra en el gozo como en la pena, si no es que fuese ensayo del dolor que le estaba esperando, pues dentro de un año el agudo acero de la muerte, que corta y deshace las más firmes lazadas, se la quitó intempestivamente de los ojos. Golpe que le partió el corazón por medio, y que solo pudo hacerle sufrible el respeto a la mano que le tiraba. Sucedió esta desgracia en ocasión de efetuarse la jornada de Inglaterra, que alentaba el generoso brazo del Excelentísimo Señor Duque de Medina Sidonia, a cuya sombra se alistó de soldado con ánimo de perder la vida porque acabasen con ella sus congojas. Salió de Madrid, cruzó toda la Andalucía, llegó a Cádiz y pasó a Lisboa, donde se embarcó con un hermano suyo que tenía, alférez, y había muchos años que no se vían; placer que también le duró pocas horas, porque en una refriega que tuvieron con ocho velas de holandeses, le alcanzó una bala y murió en sus brazos. Y como sea verdad que nunca viene un pesar solo, porque siempre el que se padece es víspera del que ha de seguirse, sucedió tras tantos azares que el viento, tirano príncipe de las provincias de Neptuno, con una borrasca continuada malogró, a pesar de la razón y de la justicia, el noble corazón de tantos esforzados leones, cuyo lamentable suceso volvió a Madrid a nuestro Lope más aprisa que imaginó su ardimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

De nuevo las armas: Lope y la jornada de Inglaterra

El escritor nos cuenta que a finales de ese mismo mes (mayo de 1588) se alistó en la Armada Invencible, nombre con el que se conoce hoy popularmente a la flota armada por Felipe II que tenía como objetivo la invasión de Inglaterra, aunque no la llamaron así los coetáneos de Lope, sino «Grande y Felicísima Armada» o «Católica Armada»[1]. En el libro III de la Corona trágica encontramos estos versos alusivos a la circunstancia:

Ceñí en servicio de mi rey la espada
antes que el labio me ciñese el bozo,
que para la católica jornada
no se excusaba generoso mozo.

De nuevo Lope se quita años, pues a esta altura de la vida estaba ya cercano a cumplir los 26, lo que ciertamente no se corresponde con la indicación «antes que el labio me ciñese el bozo». La decisión de volver a tomar las armas aparece evocada asimismo a través del recuerdo de don Fernando en La Dorotea:

Bien que consiste la paz de mis pensamientos en desear por algún tiempo la patria, y así pienso trocar las letras por las armas en esta jornada que nuestro rey intenta a Inglaterra.

¿Qué llevó a Lope, recién casado, a abandonar a su esposa, que probablemente estaba ya en estado? Las posibilidades sugeridas por los biógrafos son muchas: sentimiento sincero de pelear por la patria, afán de heroísmo juvenil, deseo de nuevas aventuras, intento de rehabilitación de su persona, que podría llegar demostrando valor en combate… Sabemos que en esta jornada de Inglaterra participaron su hermano Juan de Vega, alférez, y otros amigos o conocidos como Luis de Vargas Manrique, Félix Arias Girón y Claudio Conde.

Navío de la Armada española

En un célebre romance, Lope evoca líricamente el momento de la despedida de su Belisa-Isabel que —según esta fantasía literaria— se habría producido en Lisboa, a donde ella habría acudido para reprocharle el abandono en que la dejaba:

De pechos sobre una torre
que la mar combate y cerca,
mirando las fuertes naves
que se van a Ingalaterra,
las aguas crece Belisa
llorando lágrimas tiernas,
diciendo con voces tristes
al que se parte y la deja:
«¡Vete, cruel, que bien me queda
en quien vengarme de tu agravio pueda!»

Estos últimos versos, y los que siguen, que no copiamos, son los que sugieren que Isabel estaría ya encinta, y resulta poco creíble que esta escena de despedida tuviera lugar, en la vida real, en Lisboa. La armada salió del puerto portugués el 29 de mayo de 1588. Pero antes le dio tiempo al fogoso Lope a mantener relaciones con una cortesana lisboeta, como evocaría años después en una pícara alusión en carta al duque de Sessa. A bordo del galeón San Juan, equipado con 24 cañones, habría pergeñado La hermosura de Angélica, tratando de competir con Ariosto.

Armada contra Inglaterra

La participación exacta que tuvo Lope en esta jornada de Inglaterra, en la que murió su hermano Juan, resulta confusa, e incluso ha sido puesta en duda. No sabemos a ciencia cierta si en realidad Lope llegó a combatir. Para algunos biógrafos se quedó en Lisboa o no pasó de La Coruña. Para otros, su galeón llegó hasta al cabo Mizen (Mizen Head) en Irlanda, para luego retornar a La Coruña y de ahí regresar finalmente a Lisboa. Lo cierto es que los restos de la fracasada Armada, deshecha más por los temporales que por los combates, regresaron en diciembre (hay un romance lopesco, el que comienza «De la armada de su rey / a Baza daba la vuelta», que parece hacerse eco de esa vuelta), y que a finales de 1588 o principios de 1589 Lope marcha a Valencia, para seguir allí su destierro del reino de Castilla.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Primer matrimonio de Lope: Isabel de Urbina

Tenemos, pues, que hacia mediados de febrero de 1588 Lope debe salir de Madrid (directamente desde la cárcel, según establecía la condena) para cumplir la pena de destierro, tema que aparecerá ahora literaturizado en varios de sus romances, como en el que comienza[1]:

Mil años ha que no canto
porque ha mil años que lloro,
trabajos de mi destierro,
que fueran de muerte en otros.

Mientras que en algunos de ellos le salteará el recuerdo de Filis-Elena:

¡Ay, amargas soledades
de mi bellísima Filis,
destierro bien empleado
del agravio que la hice.

Pero Lope es incorregible y, pese a sus enredos con la justicia, no tiene inconveniente en raptar (eso sí, con su anuencia, al parecer) a una doncella principal de Madrid, Isabel de Urbina, también conocida como Isabel de Alderete, a la que cantará en sus versos con el nombre poético de Belisa. Isabel es hija de Diego de Urbina y Alderete, pintor de la cámara real, y hermana de don Diego de Ampuero Urbina y Alderete, regidor y rey de armas de Su Majestad. Pertenecía, por tanto, a una familia bien situada. El rapto se debió de producir entre la salida de la cárcel y la marcha al destierro (recordemos que Lope disponía de un plazo de quince días para abandonar el reino de Castilla), si bien otra posibilidad es que lo quebrantase para regresar a Madrid y raptar a Isabel.

Firma de Lope de Vega

Pese al consentimiento de la muchacha, su escapada con el «escandaloso poetilla de Madrid», al decir de Entrambasguas, no dejaba de suponer un grave deshonor que debía ser reparado inmediatamente: la familia de Isabel reacciona y Lope se ha de enfrentar a un nuevo proceso judicial, que no se detendrá hasta que el 10 de mayo se case con ella por poderes, actuando en su nombre su cuñado Luis Rosicler (el marido de su hermana Isabel del Carpio, bordador de oficio):

En diez días del mes de mayo, año de mil y quinientos ochenta y ocho años, se desposó, con licencia y mandamiento del señor Vicario general de esta villa de Madrid, Lope de Vega e Carpio, vecino de esta villa, y en su nombre, y por su poder bastante, Luis de Rosicler, con doña Isabel de Alderete; fueron testigos el secretario Tomás Gracián; Juan de Vallejo, alguacil de corte; Juan Pérez, boticario; y Juan de Vega y Alonso Díaz, estantes en esta dicha villa. El licenciado Delgado.

Pérez de Montalbán, que en su Fama póstuma elimina todos los detalles negativos de la biografía de su admirado Lope —no dice nada, por ejemplo, de los amoríos con Elena Osorio, ni del escándalo del proceso por libelos, ni del paso por la cárcel—, señala que el matrimonio con Isabel de Urbina fue después de entrar Lope en la casa del duque de Alba y que se celebró con consentimiento de la familia:

Supo que estaba el señor Duque de Alba en Madrid, y vino a verle y a besarle la mano, de que se holgó Su Excelencia mucho porque le amaba con estremo y así lo mostró, ofreciéndole su casa y haciéndole no solo su secretario sino su valido, favor que pagó Lope con escribir a su orden la ingeniosa Arcadia, enigma misterioso de sujetos altos, desalumbrado en el rebozo de pastores humildes.

Perseveró en esta privanza mucho tiempo, ya estando con Su Excelencia en Alba, y ya viniendo a la corte a sus negocios, hasta que, enamorado de doña Isabel de Urbina, hija de don Diego de Urbina, rey de armas y muy conocido en esta villa, hermosa sin artificio, discreta sin bachillería y virtuosa sin afectación, se casó con ella con permiso de los deudos de entrambas partes.

Pero esto último no debió de ser así, ni mucho menos. Como se ha apuntado, la boda habría sido aceptada sin mucho entusiasmo por los Urbina, tras el hecho consumado de la huida, y como un mal menor que suponía la reparación de su maltrecho honor familiar. El matrimonio canónico con Isabel no se confirmará de presente hasta el 10 de julio de 1589, en la iglesia de san Esteban de Valencia, cuando ya los esposos estén instalados en aquella ciudad.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los sonetos de los mansos de Lope

Cabe señalar que, frente al duro tono, directo y soez, de los libelos, una huella más literaria —y mucho más hermosa— de la ruptura de Lope de Vega con Elena Osorio quedó en los famosos sonetos de los mansos[1]. Son tres los que forman la serie («Suelta mi manso, mayoral extraño…», «Querido manso mío, que venistes…» y «Vireno, aquel mi manso regalado…»), y los tres desarrollan la idea de que un «mayoral extraño» (Granvela) ha robado al pastor (Lope) su manso amado (Elena). He aquí los tres textos, plenos de honda emoción y de subidos quilates estéticos:

Suelta mi manso, mayoral extraño,
pues otro tienes de tu igual decoro,
deja la prenda que en alma adoro
perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño
y no le engañen tus collares de oro,
toma en albricias este blanco toro
que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino
pardo encrespado, y los ojuelos tiene
como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
suelta y verasle si a mi choza viene,
que aun tienen sal las manos de su dueño.

Manso blanco

Querido manso mío, que venistes
por sal mil veces junto aquella roca,
y en mi grosera mano vuestra boca
y vuestra lengua de clavel pusistes,

¿por qué montañas ásperas subistes,
que tal selvatiquez el alma os toca?
¿Qué furia os hizo condición tan loca,
que la memoria y la razón perdistes?

Paced la anacardina, porque os vuelva
de ese cruel y interesable sueño,
y no bebáis del agua del olvido.

Aquí está vuestra vega, monte y selva;
yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño;
vos mi ganado, y yo vuestro perdido.

Manso blanco 2

Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul; aquel hermoso
que con balido ronco y amoroso
llevaba por los montes mi ganado;

aquel del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado;

aquel me hurtaron ya, Vireno hermano:
ya retoza otro dueño y le provoca;
toda la noche vela y duerme el día.

Ya come blanca sal en otra mano;
ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.

Y, por supuesto, la relación también se recreará literariamente en La Dorotea (1632), obra de madurez donde la historia de amor y de rivalidad se oculta bajo los nombres de don Fernando, Dorotea y don Bela.


[1] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas. Como mínimo apunte bibliográfico sobre estos tres sonetos puede verse Mauricio Molho, «Teoría de mansos: un triple soneto de Lope de Vega», Bulletin Hispanique, 93-1, 1991, pp. 135-155.

Lope detenido, encarcelado y condenado

La familia de Elena reacciona, y así Jerónimo y su hijo Diego Velázquez presentan una querella ante el alcalde de Casa y Corte Espinosa[1]. Como consecuencia de la denuncia, en la tarde del 29 de diciembre, Lope es detenido mientras asistía a una representación en el Corral de la Cruz y conducido a la cárcel de la Corte situada en la calle de Atocha, acusado de difamación por la familia de su amante. Un posible testimonio literario de este paso por la prisión sería el romance «En la prisión está Adulce…».

Se sigue el juicio, y los testigos Rodrigo de Saavedra, cómico, y Alonso de Ordóñez, licenciado, acusan a Lope de ser el autor de los injuriosos libelos contra la familia de Elena. El 2 de enero de 1588, alegando que es menor de edad, el escritor solicita que se le dé como curador a Diego de Izmendi (en realidad, ya sobrepasaba por unos meses la mayoría de edad, fijada entonces en los 25 años). El 9 de enero es él quien declara, para negar la acusación: afirma conocer los famosos libelos, pero dice que no son suyos; manifiesta que tiene a Elena Osorio por «mujer muy honrada»; indica que se dedica a escribir comedias «por su entretenimiento», y que considera que la enemistad de los Velázquez se debe a que dejó de darles sus piezas a ellos para vendérselas a Porres. Sin embargo, los argumentos de Lope no convencen a los jueces y el 15 de enero de 1588 es condenado a cuatro años de destierro de la Corte y cinco leguas, y a dos del reino de Castilla.

En la cárcel Lope seguirá injuriando a Elena y su familia y, tras una nueva querella, el 5 de febrero se dicta la sentencia definitiva, por la que los jueces le aumentan el castigo de destierro de cuatro a ocho años:

Confirman la sentencia de vista en grado de revista, con que los cuatro años de destierro desta Corte y cinco leguas sean ocho, demás de los del reino, y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas.

Así, con unas semanas de cárcel y una dura condena de destierro, terminan los apasionados amores de Lope con Elena Osorio, su gran pasión de juventud. Como escriben Rennert y Castro, «No es probable que aquel fuese el primer amor de Lope; pero es seguro que aquella pasión fue intensa y vehemente». Fue, sin duda, su primera borrasca amorosa, pero no sería, ni mucho menos, la última, como tendremos ocasión de comprobar[2].

Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

[2] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas.

Lope de Vega: unos amores despechados y unos libelos ofensivos

Serán cuatro o cinco años los que dure esta apasionada relación con Elena Osorio, tiempo en el que las comedias escritas por Lope iban naturalmente a parar a manos de la compañía de Velázquez, el padre de la muchacha[1]. Y las piezas que escribía el mozo eran buenas, en el sentido de que agradaban al público y daban ganancia, así que todo iba miel sobre hojuelas.

Sin embargo, llega un momento en que Lope se va a ver desplazado en el amor de Elena por don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela (Antonio Perrenot de Granvela), personaje con muchos más posibles que el hijo del bordador: por muchas y exitosas comedias que este fuera capaz de escribir, el otro, el rival, constituía mucho mejor partido.

Antonio Perrenot de Granvela, el cardenal Granvela

Al parecer, fue la madre de Elena, Inés Osorio, quien la indujo a cortar con Lope. Como señalan algunos biógrafos, es posible que la ruptura definitiva no se produjera inmediatamente y que durante algún tiempo Elena, convertida ya en pareja de don Francisco, concediera ocultamente sus favores a Lope… hasta que se cansa de compartir mujer con otro.

Y así, a finales de 1587 un Lope de Vega despechado, con el orgullo herido y cegado por los celos escribe unos libelos difamatorios contra Elena y su familia que rápidamente se difunden por todo Madrid. A sus parientes los trata de alcahuetes y rufianes, pues considera que han influido negativamente para que ella le abandone; y a su antes adorada Elena la califica ahora directamente de prostituta, en versos tan crudos y groseros como estos:

Los que algún tiempo tuvistes
noticia del Lavapiés,
de hoy más sabed que su calle
no lava, que sucia es;
que en ella hay tres damas
que, a ser cuatro como tres,
pudieran tales columnas
hacer un burdel francés.

[…]

Es puta de dos y cuatro,
y a mí me dijo un inglés
que la vio sus blancas piernas
por dos varas delantés…

A cuantos piden su cuerpo
se lo da por interés:
hizo profesión de puta;
¡ved qué convento de Uclés!

Este es otro de los sonetos ofensivos contra Elena y su familia:

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera.

Treinta ducados pide y saya entera
de tafetán, piñuela o anafalla,
y la mitad del precio no se halla
por ser el tiempo estéril en manera.

Mas un galán llegó con diez canciones,
cinco sonetos y un gentil cabrito,
y aqueste respondió que es buena paga.

Mas un fraile la dio treinta doblones,
y aqueste la llevó. Sea Dios bendito;
muy buen provecho y buena pro-le haga.

Contra Jerónimo Velázquez, que antes que director de una compañía teatral había sido solador de pisos, va enderezado el que comienza «Un solador se ha vuelto caballero…». Enemistado con los Velázquez, Lope dará ahora sus comedias a la competencia, concretamente al empresario teatral Gaspar de Porres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.