«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (1)

VolcanDeAmor_VallejosGenaro Xavier Vallejos Jabala[1] (Sangüesa, Navarra, 1897-1991) fue sacerdote y escritor. Dejando aparte su importante actividad en el terreno sacerdotal (centrada en el ámbito de la misionología), es autor de obras literarias como Viñetas antiguas (1927), Pastoral de Navidad (1942) o El Camino, el Peregrino y el Diablo (1978). A San Francisco Javier dedicó el drama histórico-misional Volcán de amor (1922) y otra pieza a la que puso música el Padre Antonio Massana, SJ: Xavier. Estampas escénicas en un prólogo, tres cuadros y un epílogo, estrenada en Barcelona en 1930[2]. Volcán de amor obtuvo el primer premio en un certamen nacional celebrado en Burgos y fue estrenado con éxito por Bartolomé Soler en el Teatro Gayarre de Pamplona la noche del 24 de septiembre de 1922. Se publicó en forma de libro al año siguiente, en 1923, con el subtítulo de Escenas de Amor Divino. La obra, que constaba de tres actos y un «Cabo» o epílogo, llevaba en esa edición la siguiente dedicatoria:

A la Diputación del Reyno de Navarra. Este es el varón que despreció al mundo. Este es el que vio nacer el sol de Oriente. Este es el que, saliendo de su patria, la engrandeció por los confines de la tierra. Este es nuestra historia. Este es nuestra raza. Por los siglos de los siglos, Francisco Xavier.

La obra, muy representada en colegios y seminarios, tuvo nuevas ediciones, con ligeros retoques y modificaciones en el texto dramático, y a la altura de 1942 había alcanzado ya la cuarta edición (Bilbao, El Siglo de las Misiones)[3]. Su acción se centra en el último año de la vida de San Francisco Javier (la muerte del santo, a las puertas de China, constituye precisamente la culminación del drama). Alternan en la obra la prosa y el verso. El reparto es bastante extenso, aunque destacan tres personajes fundamentales: en primer plano, la figura del santo navarro; y en un segundo término, su colaborador, el mercader Diego Pereira, y su antagonista, don Álvaro de Ataide. Examinemos el argumento acto por acto.

El primer acto se sitúa en el templo de Triwalaor, en la India. Don Álvaro y su escudero Duarte, disfrazados de indios artesanos, se acercan al templo deseosos de apoderarse de un fabuloso collar de perlas que allí se custodia. El fakir Abul-Bemar y Kanna, un fiero brahmán, hablan de un «cuervo» —en alusión al misionero navarro— que, con su predicación, les roba los indios del templo desde hace tiempo (pp. 39-40); se lamentan además de que Visva Mithas, el gran sacerdote, se haya puesto de su lado; este reconoce explícitamente que los dioses indios están caducos y viejos y que el dios Bramah está aburrido. Los dos malvados trazan su venganza; Kanna afirma: «Si no podemos vengarnos como leones, seremos reptiles. Verás qué buena venganza. Yo te lo prometo» (p. 42), y Abul-Bemar: «¡Como reptiles! ¡Padre Brahma, dame la astucia, dame el veneno de una serpiente!» (p. 42).

Tras la presentación de estos dos personajes negativos, se alza a continuación la figura santa de Francisco de Javier, inflamado de amor divino, tal como nos lo muestra la acotación de las pp. 42-43:

Por los castaños de la izquierda aparece la excelsa figura de San Francisco Javier. Es el Padre Francisco. Lleva ya diez años en la India y está en el postrero de los cuarenta y seis de su vida santa. Su cabellera, que ha sido negra, como su barba y sus ojos, encaneció ya por la fatiga dura del apostolado. Alza de ordinario el rostro encendido de una misteriosa fiebre, y hay en sus pupilas tan extraño resplandor que todos dan por sabido que el Padre Francisco anda en un perpetuo éxtasis.

Lleva una sotana raída, con el cuello alzado y vuelto al estilo de la época, y un ceñidor a la cintura; de una cinta gruesa le pende el crucifijo aquel que le devolvió un cangrejo cuando le lloraba perdido a orillas del mar. Su palabra es fuego. […]

Conviene notar que las maneras y la expresión del semblante de San Francisco han de ser en todo momento, aun en los trances de más apasionada exaltación, contenidos por una interior austeridad. Ningún gesto violento, ni en el deseo, ni en el ademán de esta alma sublime que en todo momento vive anegada en la presencia de Dios.

En su primer monólogo, pronunciado «Con sobreanhelo», muestra ya su deseo de pasar a la China, donde le esperan miles de almas que convertir al catolicismo (este será su mayor deseo, repetido constantemente a lo largo de la obra):

¡Hijos míos, con qué ansia tan divina
sueña en vosotros mi alma enamorada!
(Arrobado.)
¡Hijos míos de China…! (p. 44).

Sin embargo, antes de marchar quiere rescatar a Kadilah y Souka, dos jóvenes brahmines que van a convertirse al catolicismo. Kadilah se niega a participar en los sacrificios paganos y está dispuesto a marchar con el Padre Francisco; en cambio, Souka no se atreve a partir por no dejar sola a su madre. Kanna, que insiste en la imagen de los «cuervos» para aludir a los misioneros y sus negras sotanas, acusa directamente a Javier: «Tú nos robas la gente de las pagodas» (p. 49). El santo, por su parte, proclama la hermandad universal en la religión cristiana: «Sí, hijo mío; en este país y en el universo mundo todos somos iguales, porque todos somos hijos de Dios y llevamos su misma sangre» (p. 50). Su mayor deseo es marchar a Santo Tomé, y desde allí embarcar rumbo a la China:

¡Y pronto, rostro al mar! (Con mucha exaltación.) ¡Tengo un ansia de verme luego en el mar! Es tan descomunal el tesoro que allí llevamos que se me imagina andar tropezando por todas las vías de tierra, y no sosiego hasta verme en medio del mar. Iremos como conquistadores de una nueva cruzada, sin lanza y sin espada, a todos los rigores. Mendigos, harapientos, desafiando a piratas y vientos y furias de la mar. Va con nosotros Cristo, ¿qué nos ha de faltar? Él nos lleva adelante. A nuestra voz de mando, el reino de la Iglesia se ha de ir ensanchando. Ese imperio de China de millones y millones dicen que es. Todo para nosotros tres. ¡Qué divina alegría! Segar y segar mies desde que nazca el día, y otro y otro y otro día después… (p. 53).

El Padre Francisco pone paz entre don Álvaro de Ataide y el mercader Diego Pereira, que han entablado una agria discusión. Después sale el cortejo de sacerdotes indios para realizar el sacrificio humano que establece su rito sagrado, y San Francisco trata de detenerlo. Una acotación nos informa de que Abul-Bemar «Se retuerce como un verdadero reptil» (p. 56; cfr. sus palabras del comienzo). Visva Mithas advierte al misionero del peligro que corre, pues los sacerdotes son fanáticos; pero, «con un empuje sobrenatural», los hace retroceder arrastrándolos «hacia las tinieblas misteriosas del templo» y todos los demás claman: «¡Solo Cristo Dios! ¡Solo Cristo Dios!» (p. 57). Visva Mithas se arranca su collar sagrado y lo arroja a los pies de los brahmanes. El acto se remata con la indicación de que el Padre Francisco «Queda en las tablas con el Cristo en alto, radiante, magnífico, triunfador» (p. 57)[4].


[1] Sobre la vida y obra de Vallejos, ver Carlos Mata Induráin, «Genaro Xavier Vallejos (1897-1991). Biografía, semblanza y producción literaria de un sacerdote sangüesino», Zangotzarra, 2, 1998, pp. 9-91. Citaré el texto de Volcán de amor por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas (española, francesa, italiana y portuguesa), tomo III, Siglos XVIII, XIX y XX, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1977, pp. 454-455.

[3] Existe también traducción de la obra al euskera, del año 1931, bajo el título Sutan biotza (traducción de Juan Iruretagoyena, Zarautz, Eusko Argitaldaria Zelaya ta Lagunak, 1931)

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

San Francisco Javier, personaje dramático

En su importante trabajo de 1961 sobre San Francisco Xavier en la literatura española, el Padre Ignacio Elizalde, SJ, explicaba con estas palabras el hecho de que la vida del santo resulte un tema muy adecuado para su tratamiento en el teatro:

La vida de Xavier, esencialmente dramática y profundamente humana, constituyó un tema fecundo y apropiado para el dramaturgo y comediógrafo. Su intensidad emocional, su aventura a lo divino, la psicología de su conversión, el clima exótico y legendario del Oriente, su apostólica impaciencia, su ardiente y volcánico amor, su carácter emprendedor que tejió el mapa de las naciones en una red de viajes, la simpatía de su carácter, hacen de Xavier una figura extraordinariamente apta para la escena[1].

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Buena parte de esa producción dramática sobre San Francisco Javier corresponde al siglo XVII: se trata de obras compuestas según los patrones del teatro jesuítico y concentradas en torno a tres fechas claves: 1619, beatificación, 1622, canonización, y 1640, primer Centenario de la Compañía de Jesús. Después de la época barroca, la presencia del tema javeriano en el teatro es más escasa, pero reaparece con cierta intensidad en el siglo XX. Tenemos, por un lado, obras en las que el santo es el protagonista o tiene un papel muy destacado. En 1923, el jesuita argentino Juan Marzal publica en Buenos Aires El caballero de Dios, Ignacio de Loyola. Monólogo y escenas dramáticas; pues bien, dos de las piezas contenidas en ese volumen son javerianas: Adiós a las armas, sainete de estudiantes, y Desdén, afición y amor, drama histórico en tres actos. En 1922 se estrena y en 1923 se publica Volcán de amor, de Genaro Xavier Vallejos, quien además de este drama sacro compondría otra pieza dramático-musical, Xavier. Estampas escénicas (1930). Del año 1933 es el estreno de El Divino Impaciente de José María Pemán y de 1952 el de Las estrellas fulguran, de Adolfo Muñoz. A esta lista debemos sumar Destellos javierinos. Escenificación de la vida del santo dividida en 11 cuadros, de Luis María Arrizabalaga, SJ (1958), con ilustraciones musicales de Antonio Massana, SJ[2]. Y pocos años después (1963) se representaba Dolores y gozos del Castillo de Javier, un espectáculo de luz y sonido en cuya preparación colaboraron José María Recondo, SJ (sinopsis histórica), José María Pemán (guión literario), Cristóbal Halfter (música) y Cayetano Luca de Tena (puesta en escena).

Por otra parte, encontramos otras obras en las que Javier interviene, no como personaje principal, sino secundario: así sucede en El Marqués y el bachiller (1940), de Víctor Espinós, El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, y El capitán de sí mismo (1950), de Manuel Iribarren[3].

De todo este corpus dramático del siglo XX sobre la figura de San Francisco Javier, las dos piezas más exitosas e interesantes son Volcán de amor, de Vallejos, y El Divino Impaciente, de Pemán, que iré analizando en próximas entradas (en mi comentario, me detendré más en la primera, por ser la de Pemán mucho más conocida)[4].


[1] Ignacio Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, Madrid, CSIC, 1961, p. 107. La revisión más completa y reciente del teatro jesuítico javeriano en el Siglo de Oro es la de Ignacio Arellano (ed.), San Francisco Javier, el Sol en Oriente (comedia jesuítica del P. Diego Calleja), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006. Para un panorama amplio de la presencia de San Francisco Javier en el teatro español, ver Elizalde, San Francisco Xavier en la literatura española, pp. 105-189.

[2] Si nos fijamos en las fechas, veremos que tres de esas piezas se compusieron en torno a 1922, con motivo del Centenario de la canonización, o 1952, Centenario de la muerte del santo, mientras que la de Pemán apareció en un momento especialmente conflictivo, coincidiendo con las persecuciones contra la Iglesia católica que tuvieron lugar durante la II República.

[3] En este caso, las dos primeras obras se escriben en torno al año 1940, Centenario de la Compañía de Jesús.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (y 9)

A modo de conclusión, podemos señalar que en esta pieza de Eduardo Galán, La amiga del Rey[1], son varios los puntos de interés. Por un lado, la relación sentimental del rey y la Calderona; y, anexo a este, el conflicto de María Calderón como mujer y futura madre. Por otro, siguiendo en el plano amoroso, el triángulo formado por la reina, el embajador francés y doña Elvira. Un tercer núcleo de interés es el retrato del conde-cuque de Olivares.Felipe IVEn general, cabe destacar la calidad de la recreación histórica (la época de Felipe IV está evocada con notable acierto, tanto en los datos históricos como en los intra-históricos: el ambiente y las costumbres de la vida cotidiana, etc.), sin olvidar lo que hay en la pieza de enredo y humor (elementos no totalmente ausentes), las alusiones a temas y realidades contemporáneas y las reminiscencias literarias: la Celestina, la literatura picaresca, el teatro del Siglo de Oro en general, y El caballero de Olmedo en particular, etc. No en balde Eduardo Galán es un magnífico conocedor de la historia y la literatura del Barroco. Todos estos aspectos unidos convierten a La amiga del Rey en una obra muy pretenciosa (ya lo puso de manifiesto Fernández Insuela), tanto por la intensidad del retrato histórico que el autor traza como por el perfecto funcionamiento dramático de la acción y de los personajes. Quizá el autor haya cargado demasiado las tintas en los retratos de Olivares y el rey, pero esas son licencias permitidas en un drama histórico: aquí se trabaja sobre un pie forzado, pero quedan al dramaturgo algunos márgenes de maniobra para elaborar su ficción. Como es lógico, ni al drama ni a la novela histórica debemos pedirles la misma exactitud que exigiríamos a un manual de historia.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (8)

Pasemos a analizar el segmento histórico presente en esta comedia de Eduardo Galán. La acción se sitúa en la primavera de 1628 y los amores reales que sirven de fondo a la acción (Felipe IV y la Calderona) son verdaderos. A eso hay que añadir la mención de anécdotas o hechos históricos concretos (así, los ratones soltados en la cazuela del teatro). En tercer lugar, el lenguaje y las costumbres retratadas contribuyen poderosamente a dar sensación de verosimilitud. Hay numerosas alusiones a la situación política y económica de España: se habla del «estado mísero y ruinoso de nuestros reinos» (p. 93)[1], en los que abundan los hidalgos pobres; los piratas ingleses abordan los galeones del oro indiano; las guerras de Flandes desangran al país, etc. Por lo menos en dos ocasiones se menciona que no se paga el sueldo a los criados de Palacio (p. 55 y 93). Hay que recordar todo lo relativo a la religión y los problemas de los judíos con la Inquisición.

Juan RanaSensación de gran verosimilitud proporciona la mención de detalles costumbristas: las calles sucias de Madrid (p. 45; se constata la poco salubre costumbre de arrojar las inmundicias desde las ventanas al grito de «agua va»), los valentones (p. 49), las gradas de San Felipe, verdaderos «mentideros de Madrid» (pp. 51 y 64); alusiones a conocidos cómicos de la época (la Riquelme, Amarilis, Alonso de Valdivia, Juan Rana…) y a escritores (Lope, Tirso, Moreto); al teatro o corral de comedias de la Cruz (con apuntes interesantes sobre las representaciones), notas sobre la mala consideración social de los cómicos (p. 72), alusiones a los pícaros de Lavapiés y las riberas del Manzanares, a los banqueros genoveses (p. 51), al sagrado de las iglesias (p. 72). Entraría en este mismo apartado la mención de topónimos madrileños: la plaza de la Cebada, el paseo del Prado, el Manzanares, la Puente Segoviana, la Casa de Campo, la calle de Huertas, las gradas de San Felipe, el balcón de Marizápalos, la Plaza Mayor, la calle del León… Y lo mismo diríamos del léxico: floreo de Villán (p. 50), marranos ‘judíos’ (p. 66), gallofero ‘el que comía la sopa boba de los conventos’ (p. 81), que proporciona cierto sabor de época, pero sin resultar pedante o recargado para el lector o espectador contemporáneo.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (7)

Commedia dell´ArteRecordemos ahora la escena final de la obra de Eduardo Galán. El rey desea que los cómicos representen en Palacio, y ellos deciden poner en escena una obra de commedia dell’arte, improvisando en parte la acción, que se titula Il fogoso amante. La Calderona interpreta a Isabella (en realidad, se representa a sí misma); Inés hace de Colombina (trasunto de la reina doña Isabel) y Luzmán, convertido en actor, hará el papel de Arlequino, un personaje cuyo comportamiento es similar al del rey Felipe IV: Arlequino mantiene relaciones con las dos mujeres y don Felipe, que no se ve retratado en el personaje, comenta: «¡Qué sinvergüenza es este Arlequino!» (p. 123)[1]. Llega un momento en que el rey y la reina se introducen en el juego escénico (rompiendo parcialmente la «ficción dentro de la ficción») y dialogan directamente con los personajes de Il fogoso amante. Tanto Isabella como Colombina están embarazadas, igual que la Calderona y doña Isabel. A pesar de las máscaras que llevan los actores, la reina reconoce a su rival, la cual defiende apasionadamente que Arlequino-el rey debe cuidar al hijo que ha concebido y darle su apellido. Aquí las alusiones a la realidad son casi transparentes, y la reina muestra su disgusto. María se excusa diciendo que ese es el argumento de la comedia y que a ella le ha tocado representar ese papel. Entonces la reina comenta que, si es así, no le gusta el argumento y pide que se cambie, aunque el rey ordena que la obra siga con el plan previsto.

A la representación se suma ahora el embajador francés, en el papel de Capitán Spavento, circunstancia que aprovecha Luzmán para entregarle un importante pliego que demuestra la traición de Olivares, su alianza con los ingleses contra Francia (otra incursión de lo «real» en la pieza de teatro representada por los cómicos). Curiosamente, es este segundo aspecto, el público, no el de las relaciones privadas, el que pone fin a la farsa: «¡Se acabó el juego!», ordena el rey (p. 129), y dispone lo que ha de hacerse; no hay castigo para Olivares, sí para los cómicos: destierro para todos, encierro en un convento para la Calderona.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (6)

Otros dos personajes de La amiga del rey de Eduardo Galán a los que dedicaré unas líneas son el capitán Polilla y don Diego. Polilla es un gallardo personaje que se vanagloria de su doble condición de soldado y poeta (una versión ridícula del tópico de «las armas y las letras»); sus palabras iniciales parecen emparentarlo con el clásico miles gloriosus fanfarrón y cobarde, con el valentón de la literatura aurisecular:

Puedo alancear toros, asestar golpes con mi espada a cien soldados y detener en una hora a un montón de pícaros de la ribera del Manzanares sin despeinarme ni un solo mechón de la cabellera. ¡Sabed que en Flandes, de donde no hace ni una semana que he llegado, he vencido en mil batallas al holandés (p. 39)[1].

Soldado bravucónTambién se muestra bravucón en lances amorosos, al decir a la Calderona: «Menos chanza, que os dejaré cautiva de amor con sólo clavar mi mirada en vuestros ojos» (p. 40). Parece que va a ser un personaje totalmente ridículo, al que los demás personajes podrán burlar y hacer trampas. Sin embargo, luego cambia su presentación, y es el único que llega a hacer frente directamente al poderoso rey Felipe IV. En la fiesta de los toros, en la que hace una brillante faena, muestra un estandarte con la divisa «Son mis amores de la comedia» (como el famoso mote «Son mis amores reales» del conde de Villamediana), lo que provoca los celos del rey, que no admite rivales que le disputen el amor de la Calderona. El propio Polilla exclamará que él no se detiene ni ante el rey ni ante Dios. Y cuando Felipe IV le golpee al verlo abrazado a María, tan sólo el respeto cuasi sagrado a la monarquía le hará contenerse para no devolver golpe por golpe.

En cuanto a don Diego, su figura sirve para canalizar el tema de la situación de los judíos y sus graves problemas con la Inquisición española. Es figura que se nos hace simpática desde el principio, al convertirse en uno de los portadores de las ideas de tolerancia y libertad expresadas por el autor. Él será quien dé a Luzmán este bello y valiente consejo: «No pierdas jamás tu libertad» (p. 119).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (5)

Retrato ecuestre de conde-duque de Olivares, por VelázquezComo ya anticipaba en una entrada anterior, Eduardo Galán carga las tintas en el retrato de Olivares, presentado como un alcahuete del rey: él es quien le proporciona amigas para distraerlo y poder gobernar a su antojo, enriqueciéndose sin tasa y alimentando su desmedida ambición de poder. Pronto comienzan a acumularse los adjetivos negativos, que le aplican todos los personajes. Doña Elvira lo califica de «ladino», y el embajador francés indica: «Te digo que distrae al rey con amigas y cacerías para mantenerle ignorante de sus planes» (p. 42; cfr. también las pp. p. 65, 67 y 87: «es el Valido quien, como buena alcahueta, le celestinea damas, mancebas y mujercillas de toda condición», confirma Madre Apolonia)[1]. El pueblo le llama rufián y sinvergüenza, don Diego ve en él un «fullero malnacido» y un «rufián» (pp. 50 y 51)… Sus robos y su ambición desmedida (pp. 83 y 84) auguran un mal final para el valido; cuando don Diego se lamenta: «Olivares sólo busca enriquecerse a costa de nosotros. Y a fe, que acabará amasando una fortuna inmensa. ¿Quién podrá detener su ambición si él gobierna sin temor a perder su Privanza?», responde Luzmán: «Algún día perderá el poder, señor. Y ese día habrá justicia. ¡Vive Dios!» (p. 84). También la reina doña Isabel manifiesta sus quejas a Madre Apolonia:

¡Olivares, siempre Olivares! ¡Ha urdido tal red de intereses y negocios entre los Grandes de España y los Capitanes Generales que nadie se atreve a discutir su privanza!» (p. 87). Y más adelante se repite el mismo lamento: «¡Olivares! ¡Siempre Olivares! (p. 94).

El rey es el único que lo aprecia (cree que es «extremadamente trabajador y honesto», p. 94), sin darse cuenta, como todos los demás, de que ha adquirido bienes y fincas sin cuento a costa del erario público. Por eso Luzmán insiste en calificarlo como «el mayor rufián de estos reinos» (p. 108). El Conde-Duque protege a los judíos a cambio del dinero de sus banqueros lisboetas: pero saben que su protección es ficticia, pues en cuanto dejen de proporcionárselo, los mandará a la cárcel o a la hoguera. Respecto a sus manejos diplomáticos, se dice de él que es un «maestro de emboscadas» (p. 119), capaz de mantener un doble juego con Inglaterra y Francia a cambio, claro, de poner en peligro la estabilidad y los intereses de España. Don Diego previene a Luzmán: «Desconfía de Olivares, pues sólo la sed de poder y la ambición de gobernar eternamente sin temor a caer le mueve a obrar sin conciencia ni sentido del deber» (p. 119). Como vemos, su figura queda reducida a la de alcahuete del rey, desvergonzado y pícaro ladrón, y político caracterizado por su doblez. Acierta Fernández Insuela al comentar que su función es similar a la de Pepe el romano en La casa de Bernarda Alba: en ningún momento está presente en escena, pero su figura condiciona el comportamiento de todos los demás personajes.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (4)

Isabel de Borbón, por VelázquezEn esta pieza dramática de Eduardo Galán, del personaje de la reina Isabel de Borbón también se destaca su belleza (así lo hacen Madre Apolonia y Polilla). Sin embargo, frente a la vitalista Calderona, la francesa es una mujer embargada por la tristeza, ya que no consigue dar un hijo varón al rey. Madre Apolonia comenta que es «generosa y austera, como nuestro pueblo» (p. 55)[1]. Su dama doña Elvira se sorprende de que no tenga amigos o admiradores secretos, pero ella no imita al rey en sus devaneos: «Una reina está obligada a ser esposa fiel y madre ejemplar» (p. 90). Al final del primer acto se rebela tímidamente, trazando un plan para que don Felipe, como rey y como esposo, regrese a Palacio; y al comienzo del siguiente se apresta a jugar sus bazas. Se viste y adorna para estar lo más seductora posible; quiere lucir su belleza en la fiesta de toros para que el rey la desee y pase esa noche, que es el aniversario de sus bodas, con ella. Pero su habilidad no es tanta como la de la cómica, y fracasará en su intento de manejarlo. Por otra parte, no solo como mujer, sino también como soberana es más responsable que Felipe IV, y así lo demuestra al preparar un decreto para que los gobernadores hagan un inventario de los bienes que poseen al comenzar un mandato, de forma que luego se pueda comprobar si se han enriquecido indebidamente[2].


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] El carácter de los hombres no cambia con el paso del tiempo, y aquí podemos ver referencias claras a la realidad española actual.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (3)

Además de por su comportamiento general, en la obra de Eduardo Galán Felipe IV queda caricaturizado en varios pasajes concretos como un rey cómico, propio de una comedia burlesca del Siglo de Oro. Recordemos, por ejemplo, el momento en que declama unos ridículos versos con rimas esdrújulas, que la Calderona califica de «latinicultos y cultiparlantes». Otro aspecto que le degrada es la ridícula comparación con Juan Rana, un actor de la época especializado en papeles cómicos. Más tarde Luzmán parodia su muletilla preferida «Soy el rey», etc.

María Calderón, la CalderonaEnorme importancia adquiere el personaje de la Calderona, hasta el punto de ser el que, perifrásticamente, da título a la obra: ella, la Calderona, es «la amiga del Rey» (condición de la que se jacta orgullosa en su parlamento final; cfr. infra). Hay que tener en cuenta que en la lengua clásica, la palabra amiga era polisémica y, además de significar ‘compañera en una relación de amistad’, valía ‘amante, manceba, concubina’ (cfr. las menciones de la expresión «amiga del rey» en las pp. 57, 63, 90, 100, 118 y 134)[1]. Los primeros elogios de la dama están puestos en boca de don Diego y de Luzmán, que la admiran como actriz y como mujer («¡Qué prodigio de hembra, don Diego!», p. 52). Es su diálogo el que informa al espectador, en una de las primeras escenas, de que el rey se ha encaprichado de ella y desea verla en la casa de conversación de don Lope.

Frente al carácter tiránico y despótico del rey, ella intentará mostrar y hacer valer su independencia: «Y Vos [veréis] cómo una mujer decide cuándo y con quién se complace de amores» (p. 64). Con habilidad logra llevar la iniciativa de la relación, juega con el rey y retrasa una semana el entregarse físicamente a él pretextando que le ha venido a visitar el nuncio (‘la menstruación’). También se muestra valiente al anunciar que intercederá por los judíos, prevaliéndose de su estima con el monarca (que ha crecido al quedar embarazada): «Fuera de escena no finjo sentimientos jamás» (p. 106), explica a don Diego.

También se nos informa de que la Calderona es adorada por el pueblo de Madrid, que la aclama al verla en el balconcillo de la Plaza Mayor rivalizando con la reina. Ella sigue jugando sus armas: en ese episodio de la fiesta de los toros, la Calderona da un pañuelo verde (el color que significa ‘esperanza’, tanto en el Siglo de Oro como en nuestros días) al capitán Polilla, porque sabe que eso pondrá celoso al rey y que los celos acrecientan los amores. Si Felipe IV pregona continuamente: «¡Yo soy el rey!», ella podrá igualmente blasonar: «¡Soy la Calderona!» (p. 101). Al final quedará derrotada y resignada, pues el rey afirma categórico que no va a reconocer a su hijo, sino que lo inscribirá, cuando nazca, como «hijo de la tierra». Ahora su suerte está echada: el rey destierra a los cómicos y a ella la manda a un convento; y la obra concluye con un pasaje efectista[2], en el que Eduardo Galán le concede la última réplica para que pueda rebelarse y desafiar a la autoridad regia, por lo menos de palabra, con el siguiente alegato:

Ved que me estáis quitando hasta mi nombre y mi voz. Ayer los aplausos del público me ensalzaban y las gentes gritaban a coro mi nombre. Mañana trocaré vestidos de cómica por hábito de monja, mudaré de nombre, pero con la cabeza bien alta, pues sólo yo, María Calderón, la Calderona, he sido y seré siempre ¡la amiga del Rey! (p. 134).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Este final tiene algo de decimonónico, por su efectividad romántica; y también de comedia aurisecular, pues en los ultílogos se solía recordar, como se hace aquí, el título de la comedia representada.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (2)

Felipe IV, por VelázquezEl retrato de los personajes constituye uno de los puntos más interesantes de La amiga del Rey. Eduardo Galán nos presenta negativamente a Felipe IV, mal esposo y mal rey. Es un monarca obsesionado con el sexo, autoritario solo con los inferiores, tiránico con los débiles, incapaz de emplear su energía para mejorar la caótica situación de su arruinado país. Cegado por la pasión, con María Calderón emplea un lenguaje casi obsceno, que revela que en ella no busca amor, sino tan solo la satisfacción del deseo carnal: «Y tú, prepárate, porque vas a comprobar cómo el rey sacia de amor y placeres a una mujer» (p. 64)[1]. Su comportamiento roza lo sádico, pues en los dos meses que dura la pasión con la cómica la trata sin miramientos (sus golpes le causan varios moratones, y ella misma se quejará: «Esto ni es amor ni es placer»). Con su esposa es capaz de emplear un lenguaje más cortesano, pero tiene la indelicadeza de reconocer delante de ella que desea a la cómica y que prefiere sus «caderas» y «tetas». Es, por supuesto, una persona posesiva («¡Eres mía y sólo mía!», grita a la Calderona, p. 115), celosa (cfr. los comentarios de don Diego y la cómica) e iracunda: cuando sorprende a Polilla abrazando a María, estalla su cólera y abofetea al capitán (p. 109). Para humillar a la reina, dispone que actué en Palacio su rival; la Calderona trata de oponerse pero, como otras veces, ha de someterse a los caprichos del superior: «¡Soy el rey!» (p. 92), «En Palacio mando yo» (p. 116), «¡Lo digo yo y basta!» (p. 121) son las frases favoritas de Felipe IV para hacer cumplir su voluntad, y no tiene más argumentos.

Lo peor de este comportamiento liviano del monarca es que le aparta del ejercicio del poder. En un determinado momento se comenta que lleva quince días sin recibir al embajador francés, ya que ha permanecido fuera de palacio por «Asuntos de mujeres»[2]. Cuando la reina Isabel lo reclame a su lado, responderá: «Me iré con quienquiera y en cualquier lugar me mostraré en compañía de damas, cortesanas o mancebas. (Soberbio.) ¡Que soy el Rey, vive Dios!» (p. 92). Él exige a su bella esposa obediencia y sumisión, pero no tendrá reparo en exhibir a la cómica en un balcón de la Plaza Mayor, aunque sabe que mancilla el honor de doña Isabel y que degrada su propia dignidad real. La reina le pide que, si no puede dejar a sus amantes, se ocupe al menos de los asuntos de gobierno, porque el pueblo murmura, y la única respuesta que se le ocurre consiste en amenazar con cortar las cabezas a todos. Insiste la reina tratando de hacerle ver que, si no a ella, deberá rendir cuentas ante Dios, y de nuevo el monarca no sabe salir de su eterna cantinela: «¿Es que no soy el rey?». Así las cosas, a la hermosa francesa no le queda más remedio que reconocer, resignada y dolida: «Con razón dicen las gentes que en las Españas reina un conde y desgobierna un rey» (p. 96).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Aquí se imbrican magníficamente los ámbitos de lo público y lo privado: sus amoríos con la Calderona, al tiempo que le apartan de su esposa, le impiden recibir al embajador francés Jean Pierre du Fargis.